sábado, 1 de julio de 2017

LA VISITA

Resultado de imagen de UNAS AMIGAS DE VISITA
—¡Definitivamente debes ponerte el azul! Es el que mejor le sienta a tu tez.
Era Miriam, desde el otro extremo de la casa, quien le gritaba así a Edurne, que permanecía sentada delante de su ordenador.
Edurne y Miriam compartían piso, gastos y gato; para lo demás, ninguna coincidencia. Edurne era funcionaria del Ministerio de Economía: ordenada, metódica, previsora... Miriam, la cara opuesta: derrochona, desordenada y frívola, vivía a salto de mata en aquel piso que había heredado de sus padres, muertos hacía muchos años en un accidente. Eso y el seguro de vida que había cobrado y que le permitió vivir unos cuantos años, algunas fotos y un gato asocial y anciano y libros era todo lo que tenía de ellos.
Edurne había estudiado ciencias empresariales y, como no tenía temperamento para los negocios, decidió preparar oposiciones. Dicho y hecho: en la siguiente convocatoria, consiguió una plaza. Un trabajo tranquilo, aburrido, sin emociones y bien pagado.
Miriam ponía copas los fines de semana en algún garito de moda, ejercía de relaciones públicas en la discoteca  más cool, vendía muebles chinos, joyas antiguas... Siempre aparecía algo o alguien que le proporcionaba unos ingresos nunca suficientes, nunca regulares. ¡Tenía tanto encanto! Cualquier ser humano en quien ella posase sus ojos se convertía en su aliado y, si sonreía, en su esclavo; ¡si era hombre, sobre todo!
Vivía ajena a ese poder: distante como una diosa o entrañable como un bebé.
Edurne y ella eran amigas desde que tenían memoria y, aunque nunca habían seguido caminos semejantes, nunca se mantuvieron lejos; más bien, al contrario. La única vez que Edurne viajó fuera de España, fue para buscar a su amiga, perdida en una fiesta continua en Ámsterdam. La recogió de una casa comuna, sumida en las nieblas de docenas de porros de marihuana y sabe Dios qué otras cosas, y se la trajo a casa: flaca, con la mirada extraviada y un picor incesante que Edurne trataba sobre todo con agua y jabón...
Edurne no tenía pareja. Un novio en la facultad, que la dejó por la sobrina del decano, algunos revolcones apresurados en el coche y húmedas sesiones de besos en el portal eran toda su experiencia amorosa. Así que cuando Miriam la inscribió en un portal de solteros  en la web, pensó que su amiga estaba loca:
—Ocúpate de tus asuntos —le dijo.
El perfil de Edurne en el portal de citas resultó, gracias a la imaginación de Miriam, un éxito y eran numerosas las proposiciones que recibía. Miriam desechaba unas y contestaba a otras según lo que pensaba que era bueno para su amiga. Edurne fruncía el ceño, carraspeaba y decía que estaba harta de que se metiese en su vida, pero se ocupó de conseguir las contraseñas y escudriñaba todo aquel entramado que su amiga había montado para encontrarle un hombre. ¿Qué sería de su amiga si ella encontraba un hombre y se marchaba? ¿Quién pagaría la luz? ¿Quien la recogería en las madrugadas de vino y rosas, cuando se perdía en los after de la ciudad?
Aun así, le gustaba leer lo que escribían sus pretendientes respondiendo a las preguntas supuestamente hechas por ella, sus insinuaciones y aspiraciones románticas.
Miriam, pasado un tiempo, consideró que ya era hora de aceptar una cita. Se habían escrito cartas, habían intercambiado fotos. Edurne juraba que mi muerta acudiría a la cita. Miriam hacía caso omiso y le preparaba el plan: aperitivo en la terraza de La Caracola, delante del mar, un breve paseo y luego, comer juntos en un sitio bonito —en El Remedio, quizá— y después, lo que surja...
—¡No, no y mil veces no! ¡No iré a ninguna parte con ningún hombre que no conozca!
—El vestido azul, definitivamente el azul. Ese es el que mejor le sienta a tu tez...
—Quítate eso de la cabeza. ¡No saldré jamás con un desconocido! ¿Y si es un psicópata y hace conmigo hamburguesas?
—¡Bah! Tonterías —decía Miriam, y se daba media vuelta.
 En ese momento, el timbre sonó y Miriam dijo:
—¡Ya voy yoooo!
Volvió enseguida, hablando con alguien por el pasillo y, con una de aquellas sonrisas suyas que esclavizaban, dijo:
—Edurne, tienes una visita. Eduardo, te presento a Edurne. Edurne, este es Eduardo. Ahora que ya lo conoces, ve a ponerte tu vestido azul...


Balbi Peón ©

1 comentario:

lns Ángeles Sánchez Gandarillas dijo...

¡Enhorabuena; me ha gustado mucho! El desarrollo, concreto y un buen estilo con los ingredientes adecuados para completar este relato corto.
Abrazo.