viernes, 5 de agosto de 2011

LA ERÓTICA


¡Qué poca caridad! Menos que poca. ¡Ninguna caridad para con este pobre viejo! Os he repetido mil veces los muchos años que tengo, y encima, esta misma mañana he tenido que enseñarle el culo a cinco mujeres juntas. Con todo ello ¿cómo creéis que tendré yo la libido para acertar a escribir algo que merezca la pena sobre la ERÓTICA?. Porque sí, fue Foncho quien propuso el tema, pero todas vosotras a un tiempo lo mismo que en Fuenteovejuna, aceptasteis a la una.

Siendo en cama y boca abajo, claro es que arriba estuvo el culo. Y la doctora Gutiérrez sin encomendarse a Dios ni al diablo, me bajó el calzoncillo. Frente a ella, al otro lado de la cama, la enfermera que le daba el instrumental. Y tres jóvenes estudiantes de medicina, mirando, recreándose, y aprendiendo en mis carnes macilentas. ¿Os imagináis mi estado libidinoso en esos momentos? Pues entre la pila, y la situación del momento, la temperatura bajo cero. (Me refiero a la pila de años, a la situación acojonante entre tanta mujer, y a la temperatura de aquello que estás pensando.)

La verdad es que, con más cuidado, no pudo clavar Marisa la aguja con la anestesia. Si, pinchó allí, justo donde la espalda pierde su nombre. Tenía que barrenar para tomar una nuestra no se si de mi hueso sacro, o del coxis. Fue una sensación extraña, extrañísima que me hizo encoger un poco, y la doctora me puso más anestesia. Por lo visto necesitaba hacer un análisis de la composición de mis huesos para saber porqué mi organismo produce tanta plaqueta.

Mientras tanto, lo mismo la médico que la enfermera, me daban palique. Las tres restantes, ni pío. Solo se limitaban a mirar como si estuvieran interesadas en lo que la especialista estaba haciendo. Las muy tunas miraban atentísimas. Tanta y tan grande fue su atención, que me hizo sospechar. De repente descubrí la verdad de aquél interés sin límites. Estaban aprovechando la ocasión única de disfrutar de un cuerpo semidesnudo e irresistible como el mío. Lo leí en sus miradas.

La doctora Gutiérrez sacó dos pequeños tubos llenos de algo ensangrentado, y me advirtió que después debía de permanecer en la cama una hora tumbado boca arriba sin moverme. Mientras me hacía los últimos arreglos, la enfermera me preguntó si conocía a su hermana, que se llama Mar, y trabaja como administrativa en el Ayuntamiento de San Vicente. Puede que de vista la conozca, pero así, de momento, no caigo.

Las tres se miraron con el rabillo del ojo unas a otras. A la más cercana a mi, los ojos se le tornaron vidriosos.

Noté como si las muchachas empezaran a respirar con dificultad, y sus miradas se clavaban como aguijones en las partes bajas de mi cuerpo… Hacían esfuerzos por guardar la compostura, y con difícil disimulo las lenguas húmedas hicieron lentos rodeos para refrescar sus labios resecos. Me pareció que sus ojos crecían, y que sus miradas me taladraban cuando la enfermera me ayudó a darme la vuelta. Me pareció que a pesar de intentar mantenerse quietas, sus cuerpos se retorcían…

Yo respiré profundo. Saqué de debajo de la sábana mis brazos musculosos y en el soporte de mis manos enlazadas sobre la almohada, apoyé con chulería la cabeza. Las miré desafiante. Las miré como invitándolas, y entonces ellas perdieron la compostura. Apretaron sus piernas, suspiraron, se retorcieron ya sin recato alguno…

Y entonces la enfermera abrió la puerta. Me despertó.

-Vamos, ya pasó la hora y la doctora te espera en su consulta.

J. González González ©

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