miércoles, 8 de marzo de 2017

EL DESAYUNO

REFLEXIÓN ANTES DE DESAYUNAR
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Con mi taza de cereales en una mano y mí portátil siendo aporreado por la otra, me dispongo a desayunar. ¿Me acompañáis?
Abro la ventana para que Lorenzo amenice mi mañana, pero no entra solo: la música de la radio del vecino y la misma voz de éste haciendo los coros, son dos comensales más a mi desayuno.
Sin darme cuenta, mi cuerpo empieza a moverse al ritmo de los coros de mi vecino y, en menos de 30 segundos, estamos haciendo un dúo a un piso de distancia. Pero la canción acaba rápido y los dos nos volvemos a nuestra rutina; o al menos durante un rato que lo delimitará otra canción que nos guste a los dos y el dúo vuelva a la carga. (Gracias, vecino. Sin ti, el dúo no sería posible).
A medio tazón, me doy cuenta de que el reloj de la cocina… Sí, señores, yo desayuno en la cocina; otros desayunan en el salón, mirando las noticias en la televisión; otros desayunan en cafeterías o bares para llegar a la hora a su trabajo, o simplemente porque les da tristeza desayunar solos; y algunos privilegiados desayunan en la cama. Todos sabemos que desayunar en la cama es un poco… putada. Es muy bonito ver cómo alguien se ha preocupado de levantarse sin hacer ruido, ha pensado qué querías desayunar, lo ha preparado como ha podido y te ha despertado con una bandeja y una sonrisa. Hasta aquí, todo perfecto, igual que una peli de Hollywood. Pero en cuanto la bandeja encierra tus piernas encima de la colcha y ves cómo tiemblan los líquidos dentro de las tazas y vasos, tu mente empieza a mandar mensajes de alerta en forma de… “si se te cae el café, la colcha no volverá a ser la misma y tu madre te matará, porque fue su regalo de Navidad”, así que te armas de valor y de todas las servilletas a tu alcance para cubrir todos los centímetros posibles de ser manchados.
Pero la cosa no acaba ahí. En cuanto haces el mínimo gesto de movimiento, la cama tiene su propia respuesta de acción-reacción y… la mesa se mueve como si estuvieras en una colchoneta inflable en la piscina de la casa de tus sueños ―perdón, que me voy del tema―, así que no te mueves si no es necesario o no hay aviso de bomba.
Y llega el momento de… comerte las tostadas o cereales o simplemente de darle un sorbo al zumo de naranja, y parece que nos ha poseído el espíritu de la niña del exorcista, o sencillamente nos hubiera enseñado a comer un orangután con pulgas y no para de arriscarse. En definitiva: es muy romántico, pero no es la manera más cómoda de empezar a alimentar nuestro cuerpo.
Volviendo a mi reloj de cocina ―que me disperso como los niños pequeños frente a un bol de golosinas―, me informa de que mi tiempo de reflexión conmigo misma se está acabando y que tengo que adentrarme en la nueva aventura que supone un nuevo día.
Os cuento como desayuno yo. No quiere decir que sea la mejor manera ni la correcta, pero quería dejar constancia de lo importante que es este acto tan rutinario y para algunos prescindible, porque cada día es un reto y tenemos que estar preparados para la batalla.


Jezabel Luguera González ©

EL DESAYUNO

EL DESAYUNO

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Mi hermano es como un Troll noruego. ¿Por su físico? Bueno, un poco sí. La nariz, sobre todo: es prominente, larga y termina en una bolita gorda, redonda. Con estas características, huele la comida a distancia, más que cualquier humano ―perdón, no digo que no lo sea; humano, lo es―. Vi su primera ecografía, que ahí estaba ese puntito dentro de mamá, y ya destacaba su nariz, lo único que pude distinguir cuando me dijeron “tu hermano”. Bueno, esto ya es el pasado; corramos un tupido velo; volvamos al presente.
Ayer por la tarde tuvo dos cumpleaños, de unos compañeros del colegio; en ambos merendó como si no hubiera mañana. Como buen Troll, olisquea y se tira en plancha sobre cualquier cosa comestible, dulce o salada, carne o pescado. Mi abuela dice que es un estómago muy agradecido. Cuando llegó a casa después de los dos cumpleaños, quería cenar:
―Guillermo tiene hambre ―dijo la criaturita, hablando en tercera persona; ahora le ha dado por ahí.
Mamá le dio un gran vaso de cacao. Lo tiene que tomar todas las noches; de lo contrario, no duerme. Lo hace como un cachorrito, panza arriba, emitiendo sonidos de placer.
Al día siguiente, bien de mañana, se levantó diciendo:
―Guillermo tiene hambre, quiere desayunar. Mami, caliéntame la leche en “tu croondas”.
Mamá, se quedó extrañada y dijo:
―Guillermo: será caliéntala en el microondas.
Y respondió el okupa:
―Sí, mamá, eso ha dicho Guillermo: en tu croondas.
Mamá oculta la mente, digamos distraída, de mi hermano; se hace la loca, todo está bien, perfecto. Yo miré a papá, arqueando mis cejas. Él me retiró su mirada, aguantando la risa. Yo no le vi la gracia, la verdad.


Ana Pérez Urquiza ©

EL DESAYUNO

EL  DESAYUNO

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“Es el Cola Cao desayuno y merienda.
  Es el Cola Cao desayuno y merienda ideal…”
Y llegaba mi tía cargada de besos dulces, expandiendo el  perfume ―cual dama que era― y acarreando un paquete familiar y vistoso de Cola Cao. Nos lo traía para que fuéramos un poco más urbanitas. Mi madre lo colocaba en la repisa de la chimenea ―para que nos eclipsara―, aunque yo nunca lo probé y mis hermanos  tampoco   lo hicieron.
“Lo toma el ciclista que es el amo de la pista,
              Y  también el boxeador, que lucha que es un primor.”
Mi padre, atraído por el slogan dos veces atractivo ―energético y con sus ídolos―, añadía, de vez en  cuando, un cucharón a su tazón de leche con sopas hervidas de borona. Y la caja era sustituida por otra con sus colores nítidos y dibujos primorosos.
            Con los años, a la leche con sopas hervida a fuego lento, le fui añadiendo café aromático y antisomnífero.
            Y llegaron los hijos y por escrito solicitamos los cereales Corn Flakes. 
“A los del pueblo, no nos gustan esos productos tan exóticos”, nos aseguró la jefa de la cooperativa. Pero pronto llegaron los copos de maíz y cambió nuestro desayuno: zumo de naranja recién exprimido, un tazón de cereales y una tostada de miel con un vaso de café ―las hijas, quizá por los genes del abuelo, empezaron a disfrutar del Cola Cao―.  Así, nuestros desayunos fueron tomando un cariz real.
            Me levantaba a las 6:30 y preparaba legumbres, pescadito frito, huevos cocidos, bacon  ―más o menos, el menú de la comida y de la cena―; el aroma que se expandía por el resquicio de  la puerta hacía de despertador para mi familia. Además del desayuno ordinario, empezaron a picar de aquí y de allí y hacían lo que se llama “un desayuno completo”. A veces, les abría una lata de alubias blancas y otra de Corn Beef, que hacían las  delicias de mi marido.
            Con los estómagos repletos y exhalando diversos aromas, a las hijas solo les tocaba hacer sus camas; el fregado lo iba haciendo entre bocado y bocado y luego me dedicaba a la limpieza de la cocina…, ¡puf!
Me restregaba con fuerza y brío. Volaba al autobús mientras me abotonaba el abrigo. Y así, cual posesa, pasaron treinta y tantos años. En el colegio, apenas tenía tiempo para el cafecito; el sandwich lo engullía como engullen los pavos. 
Durante todos esos años anhelé levantarme a las 7:30, ¡una hora más tarde, para no volverme loca! Pero no cayó esa bicoca; todo lo contrario: caí enferma. A las clases, se me juntaban las correcciones de los cuadernillos, las reuniones de padres y madres…, auxiliada solo por un café de máquina.
            Llevo ocho años jubilada en Serdio, donde la tranquilidad es absoluta: cerca de  los Picos y del mar. Cada vez que me acerco, San Vicente me saluda, las naranjas y los limones me tiñen los ojos, la bandada de gaviotas desayuna esparciendo un olor a abono; “la finca”, segada por un experto, me hace partícipe de su hermosura; las flores que embellecen el camino me hacen sonreír; hasta el milano, que desde su observatorio escudriña su desayuno, mantiene su porte soberbio. Todo es telúrico, la tierra de la región me hace sentirme de esta forma tan especial. Cuatro curvas pueden tragarte si no vas arrimada a la cuneta, las palmeras esbeltas ondean a cámara lenta.  Freno  en el recodo: pasa en fila y a paso ligero la vacada holandesa. A cada paso, ven más cerca la tierna hierba… Desde su coche, el dueño “urbanita“ me saluda. 
También a mí se me ensaliva la boca ante el café deleitoso…

                                             San Vicente de la Barquera, a 31 de enero de 2017
                                                                         Isabel  Bascaran







EL DESAYUNO

EL DESAYUNO
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―¡Cierra los ojos y pon las manos! ¡Sorpresaaa!
            Marga, que estaba haciendo la cena en esos momentos, miró a su marido un tanto perpleja, pero se echó a reír y las puso después de haberlas limpiado con el paño de cocina. El sobre era normal, blanco y en su interior, una nota: “VALE POR UN FIN DE SEMANA LOS DOS SOLOS JUNTO AL MAR”.
―¿De verdad? ¿Te has vuelto loco?
―¡Sí, lo estoy! Loco loco…
            Hacía unos días que habían celebrado sus bodas de plata: misa, renovación de votos, comida con su familia más íntima. Hasta sus hijos les hicieron un verso precioso, y placa de plata conmemorativa. Todo había sido muy entrañable.
            ―¿Sabes?, he pensado que, con suerte, podemos estar en el medio de nuestra vida, y quería algo especial e íntimo para nosotros.
            Marga se echó en sus brazos y pensó muchas cosas. ¡Pero qué demonios, en la vida no vienen nada mal estas cosas, aunque sean muy de vez en cuando! No todo iba a ser trabajar y criar hijos…
            Al día siguiente, hizo la maleta y hasta metió los bañadores, por si acaso. Todavía era finales de septiembre y en el norte es buena época. La playa huele a algas. Es tiempo de montañas de algas, de uvas, de berberechos, de…
            Y se fueron a rememorar sus tiempos. Esos que pasaron tan, tan rápidos. El viaje, sin incidencias. Paró el coche junto a una verja de jardín. La chica de la agencia les esperaba para darles las explicaciones pertinentes y la llave.
            ―Espero que esté todo a su gusto. Disfrútenlo. Tenemos muy buen tiempo.
            La casita no era muy grande, pero parecía acogedora, un poco en alto y un sendero cerca que ponía: “A la playa”.
            En el salón, lo primero que Marga vio fue un jarrón con rosas rojas en la mesita junto a la chimenea.
―Otra sorpresa, ¿eh? ―se echó a reír y leyó la tarjeta con misiva de amor.
Salieron abrazados a la terraza, llena de hortensias en macetones. Se estaba bien allí: buenos butacones de jardín y el mar al alcance de la mano.
            ―Te voy a llevar a cenar a ese sitio que nos gusta tanto.
―¿Más sorpresas? ―dijo Marga.
Se pusieron cómodos para caminar y se acercaron hasta el hotelito que tenía unas vistas grandiosas. Aquello estaba bastante animado. Consiguieron una mesa para dos en aquella pradera y pidieron una dorada a la plancha, ensalada y, de postre, tarta de queso con arándanos. ¡Todo estaba riquísimo!
            Se volvieron despacio, saboreando minuto a minuto el paseo con olor a salitre y a algas.
            ―¡Tengo otra sorpresa! ―abrió el frigorífico y sacó una botella de cava.
―¿Pero qué tienes ahí? ―dijo de nuevo Marga.
―¡No se mira; eso es para mañana! ―dijo él.
Buscaron dos copas y salieron de nuevo a la terraza y brindaron por esos años juntos, por la familia que habían creado y sobre todo por ellos, que a pesar de las dificultades, que nunca faltan, seguían en la brecha. Y se quedaron allí, abrazados, contemplando el majestuoso espectáculo del sol escondiéndose por el mar con los destellos rojizos que lo inundaba todo. La noche prometía. ¡Especial, todo era especial!

            ―¡Despierta, dormilona!
            Marga le escuchaba como en sueños, pero era de verdad. La estaba besando por la mañana… ¡Increíble! Abrió los ojos. El sol inundaba la habitación y su marido estaba con el bañador puesto y una camiseta playera. ¡Era tarde, seguro!
            ―¡Tenemos desayuno especial esperando en la terraza!
            ―¿De verdad que has cocinado?
            ―Bueno, cocinar, cocinar… ¡Pero ya verás como todo está riquísimo!
            Salieron a la terraza y se quedó perpleja. La mesita estaba llena de viandas, y muy buenas. En una fuente alargada, un pudin de cabracho, con sus cuadraditos de pan tostado alrededor y su mayonesa en el centro. Otra fuente llena de lonchas estupendas de salmón ahumado, con su limón, mantequilla y tostadas para acompañar. En otra, redonda, había puesto unas lonchas de jamón ibérico que olía…, tenía una pinta… Y por si fuera poco, hasta una lata de Chatka. Un frutero con unos enormes melocotones y, para beber, una botella de Albariño bien fría.
            ―¡Bueno, bueno, bueno!, lo de abrir sobres y latas se te da muy requetebién. ¡Pero esto es un festín!
            Se echó de nuevo en sus brazos. Parecían dos tortolitos recién casados y decidieron disfrutar como lo que eran: dos seres que se seguían queriendo y que aquel impasse les serviría para cargar pilas y seguir en la lucha diaria. El lunes quedaba lejos…

                                                                       Mª EULALIA DELGADO GONZÁLEZ

                                                                                  Febrero 2017

EL DESAYUNO

Paronimia
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            Solía llegar pronto a las inmediaciones de mi trabajo para que me diera tiempo a desayunar antes de empezar. A esas horas de la mañana, la cafetería donde acostumbraba a entrar, en pleno Paseo de Gracia de Barcelona, estaba siempre llena de gente y hacerse con una mesa era tarea poco menos que imposible, por lo que yo habitualmente desayunaba en la barra. No obstante, aquel día tuve suerte y me hice con la mesa de una pareja que acababa de levantarse. Así que allí estaba yo, cómodamente sentado, leyendo el periódico y tomándome un rico y humeante café con leche y un par de donuts ―¡qué tiempos aquéllos, en los uno comía lo que le venía en gana sin preocuparse por el colesterol!
            Me llamó la atención una señora, muy puesta ella, que desentonaba aparatosamente con el resto de quienes allí estábamos, aprestándonos a iniciar nuestra jornada de trabajo: vestía un abrigo corto de visón que la hacía parecer tan extraña como alguien vestido de frac en un partido de fútbol; peinado de peluquería, gafas grandes de concha, con incrustaciones de piedrecillas que brillaban como un pequeño firmamento alrededor de sus ojos; y sobre todo, joyas, muchas joyas. Pendientes de brillantes, un collar de perlas que le daba un montón de vueltas al cuello, anillos en casi todos los dedos, y pulseras que hacían mucho ruido al mover las manos. La mujer estaba claramente fuera de lugar, pero ella iba muy digna.
            Se movía entre las mesas, contrariada por no encontrar dónde sentarse. Cuando me crucé con su mirada, sentí un ramalazo de solidaridad y, sin pensármelo dos veces, me dirigí a ella:
            ―Si lo desea, puede compartir esta mesa conmigo. No va a ser fácil que encuentre una libre a estas horas.
            Exhibió una sonrisa encantadora y aceptó enseguida.
            ―Ay, qué amable es usted, no sabe cuánto se lo engrandezco ―dijo, mientras se sentaba―. Ya no existen muchos caballeros que tengan estas diferencias con las señoras. Ahora todos van a la suya, y además, como me ven así, tan arreglada, pues están llenos de perjuicios y les da como cosa dirigirse a mí.
            Ciertamente, había muchas conversaciones alrededor y yo no estaba seguro de si la había oído bien o me llegaban algunas sílabas deformadas por el ruido de fondo.
            ―¿Qué le apetece a usted tomar? ―le pregunté, al tiempo que hacía un gesto para que se acercara un camarero.
            ―Pues mire, la verdad es que me es inverosímil, no soy adepta a nada. Pero tomaré también un cafés con leche y un donus, como usted.
            Me recordó a otra persona que conocí hacía años, que se empeñó en contarme los detalles del parte metrológico y que aún me hace reír cuando me acuerdo de ella. ¡Qué más puede uno pedir que una señora emperifollada y diciendo disparates para empezar el día con buen humor! Así que le sonreí y le hablé de alguna tontería para tirarle de la lengua, aunque pronto pude comprobar que la señora no necesitaba mucha ayuda para eso.
            ―Perdone la indiscreción ―me cortó a la primera oportunidad―. Espero que no me acuse de inferirme en su vida privada, pero, como veo que ya no es usted un polluelo pero no lleva alianza, me pregunto yo: ¿cómo es que no se ha casado aún? ―y hacía muchos gestos con las manos para que sonaran las pulseras.
            ―Muy observadora, señora, pero sí: me he casado; y tres veces, por falta de una. Los hay que no aprendemos nunca.
            ―¡No me diga! ¿Es usted un polígramo?
            ―No, mujer, ni polígramo ni poliedro. Tres veces, pero no juntas: una después de la otra. ¿O es que me ve usted cara de masoquista?
            ―No, no, eso tampoco ―se apresuró a contestar―. Aunque no veo qué tendría de malo. De hecho, sin ir más lejos, mi hermano Arturo, que es el primigenio de mi familia, es masoquista de la Renfe y le va muy bien. Lo mismo lleva el tren a Madrid que a Bilbao, y nunca se pierde. Pero bueno, me alegro mucho de que no sea usted un prevertido, que ahora la gente se ha vuelto obesa con todo lo hace referencia al seso. Y ustedes los hombres, no me dirá que no, en lo único que piensan cuando están con una mujer es en sus pechos y su angina, ¡qué cochinos!
            ―Bueno ―me dio por seguirle la corriente―, ¡y si encima es una angina de pecho, ya, ni le cuento! Somos así.
            ―¡Ay, qué escurrente es usted, qué cosas dice! Pero no me diga que no tengo razón. ¿Y qué me dice de esos jóvenes tan modernos que lo mismo van con chicos que con chicas, como si fueran hierbafroditas? ¡Qué desgenerados! Mire, yo soy muy compresiva, pero con eso no puedo.
            ―Bueno, bueno, son una cosa… Yo, con los hierbafroditas, tampoco puedo, ¿eh? ―le seguí la corriente―. Y dígame, señora, ¿usted tiene hijos; algún nieto ya, a pesar de ser tan joven? ―y se hinchó, encantada con la alusión a su lozanía.
            ―Sólo una hija, Marujita. Pero no podré tener nietos, porque fíjese usted qué desgracia: resulta que ella es esméril, y su marido, para colmo, omnipotente. Pero se lo han tomado bien, ¿eh? Tienen una aptitud muy positiva. Están pensando en adaptar un niño, pero no sé, no sé. Estas cosas hay que pensarlas bien con el celebro.
            ―Bueno, no se preocupe; es que ahora, con tanta contaminación, hay mucha omnipotencia por ahí. Pero, bien pensado: ¡para qué quieren ustedes niños dándoles la murga! Usted, a pasarlo bien con su marido, que son cuatro días.
            ―¡Ay, mi marido! ¡Si yo le contara! Yo nunca hablo de mi marido de moto propia. Para no aburrir a la gente, ¿sabe? ―e inmediatamente se puso a hablarme de su marido―. Mi Ambrosio era médico, un endoclino muy inminente, y siempre estaba en el candelabro, siempre en olor de multitudes. Un día, un 30 de mayo ―me acuerdo porque era el día de San Frenando―, le iban a dar una medalla por una técnica que había descubierto para extripar tumores por lamparoscopia.  
            ―Uy, con eso de la lamparoscopia me imagino que habrá que tener mucho cuidado. ¡Mire que si se le muere el paciente electrocruzado! ―arriesgué yo, por ver si se daba cuenta.
            ―¡Qué tonterías dice usted, hombre! Pero le entiendo, ¿eh? Ya sé que la treminología médica es difícil para los que no están familiarizados con ella. A lo que iba: mi Ambrosio siempre fue muy puntual, como un reloj sueco, y aquel día, como era el ojomeneado, pues aún tenía que serlo más. Pero esa mañana se durmió, por lo que se levantó de muy mal humor y salió de casa a toda prisa, hecho un obelisco. Con tan mala suerte que, al cruzar la calle, le atropelló una frugoneta y el pobrecillo se quedó estratégico. A los dos meses, espiró, y ahora descansa en el pantalón familiar.
            ―Sí que lo siento, señora. Una verdadera desgracia. Con las frugonetas hay que ir con un cuidado…
            ―¡Qué le vamos a hacer! Pero no se crea, ¿eh?, que una tiene mucho sabor propio y sabe resinarse y tomar la vida como viene. No se gana nada siendo intrasingente.
            ―Por supuesto. Eso nunca. La intrasingencia no lleva a nada bueno.
            ―Afortunadamente, mi Ambrosio me dejó bien y no me falta de nada ―dijo, mientras se repasaba ella misma sus múltiples y ostentosas joyas―. Lo que pasa es que no soy de presumir. Además, soy muy sencilla y no me gusta lapidar el dinero, que como suba la infracción te quedas a dos velas. Yo pienso que tirar el dinero es un fragante delito, ¿no le parece a usted también?
            ―Bueno… fragantísimo.
―Hay gente que se piensa que tengo un poco de decencia senil, pero no es verdad. Lo que pasa es que soy muy abierta y enseguida le cojo efecto a la gente, como a usted, y se lo cuento todo. No le molesta, ¿verdad?
―¡Qué va, mujer! Cuando se le coge efecto a alguien, ya se sabe. Pero, bueno, se me hace tarde y he de irme a trabajar. Ha sido un placer desayunar con usted y no le exagero nada si le digo que no la olvidaré fácilmente.
            ―Ay, no me sea usted croqueto. ¡Qué cosas tiene! Va a conseguir que me romborice. Y muchísimas gracias por la invitación, es usted todo un caballero.
La habría invitado de todas formas, pero estaba claro que a la señora no le gustaba lapidar los cuartos. Así que pagué la cuenta, salimos juntos de la cafetería y nos despedimos.
            Cuando llegué al trabajo, mis compañeros me miraron sorprendidos, porque no acostumbraba a retrasarme.
            ―¿Te ha ocurrido algo? Diez minutos tarde, no es normal en ti.
            ―Nada, que he estado desayunando con todo un presonaje y vengo con la cabeza como un biombo.
            ―¿Te traigo una café y una aspirina?
            ―Pues igual sí.

José-Pedro Cladera ©

EL DESAYUNO

DESAYUNO CON SONRISAS...
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Desayuno con sonrisas
que me dejan como nuevo,
y eres tú, mi Cenicienta,
la causante del suceso.

Es el ave que, en el árbol
me saluda en un momento;
es la garza sorprendida
por el corzo y el rebeco.

Es el río, en el meandro,
quien me ofrece sus reflejos;
es el agua, gota a gota,
que va al mar con sus deseos.

Es la brisa del nordeste
que acaricia, bien, mi pelo;
es el aire revoltoso,
soñador y picaresco.

Es la rosa, desde el parque,
la que tiembla con sus pétalos,
es la mano enamorada
que acaricia con sus dedos.

Es la lluvia un pentagrama
y arcoíris bajo el cielo;
es la lágrima rebelde
la causante del bolero.

Es la barca adormecida
que suspira junto al puerto;
es el hombre que la cuida,
un curtido marinero.

Es la vida, en su conjunto,
un continuo movimiento;
es el niño, que la vive,
el que puede hacerla un sueño.

"...Desayuno con tu cara,
con tus labios y tus besos,
y es a ti, mi Cenicienta,
a quien amo en estos versos..."


Rafael Sánchez Ortega ©
03/02/17


EL DESAYUNO

El desayuno

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Bajamos a desayunar. Las caras, un poco abotargadas, cansadas; pero parecían felices después de una buena noche de fiesta, baile, y seguramente de buen sexo... Todos habíamos descansado muy poco...
Pudimos darnos el capricho, ahora que teníamos dinero. Queríamos a nuestros amigos y deseábamos agasajarles: a los de la infancia, con los que habíamos jugado a las canicas y a las muñecas; a los de juventud, con los que compartimos aula, estudios, instituto y, con otros, la universidad; a los amigos que van quedando en nuestras cunetas pero a los que guardamos un cariñoso espacio en el recuerdo; a los que vamos encontrando por el camino de la vida y también hacen nido en el corazón, algunos en el alma por siempre jamás.
Eran nuestros amigos y amigas, nuestra vida vista en caleidoscopio: vi a la frágil y delicada niña, a la adolescente buena estudiante y ansiosa por aprender, a la moza que conoció el amor, a la joven de las noches en vela ante los libros y apuntes, nervios por los exámenes, por las oposiciones (no superadas), a la joven madre y a la madre madura; a la mujer que, muy joven, se enfrentó a la muerte y al encuentro de un nuevo amor.
Todo eso vi en las caras esperando el desayuno. Y cuando, dos días antes, recibíamos en la puerta de aquella vieja casa a toda esta gente, la mayoría desconocida entre ellos, a los que no pretendíamos mezclar, era un acto de puro y absoluto egoísmo, de recuperar y disfrutar de nuevo trocitos de vida pasada, como si eso fuera posible.
Habíamos alquilado la casa dos meses antes, una de esas posadas rurales tan de moda, vieja pero con todas las comodidades, a la vera de un pueblín, en cualquier sitio. La dueña, una mujer de unos 70 años, menuda, hermosa y segura de sí misma, sería esos días nuestra cocinera; dos chicas la ayudarían en la limpieza unas horas al día. 
Saludos, presentaciones, abrazos. Unas 25 personas: algunas, con sus parejas; otras, solas.
Distribución de dormitorios, visita a la impresionante biblioteca (la mayoría compartíamos el amor por la lectura y además fue uno de los motivos para elegir esa casona), paseo por los alrededores... Libertad y también impunidad. Se apreciaron las primeras miradas cómplices; algunas, clandestinas; todos lejos de sus vidas y, al fin y al cabo, después de tres días no nos volveríamos a ver...
Cena opípara y divertida fiesta de disfraces, era la última noche. La dueña de la posada no perdía detalle, pendiente de todo y de todos; no hubo una sola queja. En la fiesta, solo había una condición: llevar máscara. Después de tres días compartiendo cada minuto, deberíamos conocer a la persona que teníamos al lado... y dejarse llevar...
Era casi de día cuando el baile, la fiesta, las risas y el alcohol se terminaron. Por eso, en el último desayuno, las caras se veían raras, cansadas, dichosas, culpables... Terminaba el paréntesis en la monotonía diaria, se avecinaba la avalancha de intercambios de teléfonos, de buenos deseos, la promesa de repetir...
Aunque ya estábamos casi todos, sentados y hambrientos, el desayuno no llegaba. Tampoco olía a pan tierno y café, ¿habría algún problema en la cocina? Al cabo de un buen rato, nos desperdigamos por la casa buscando y llamando a Rosalía, la dueña. Al fin, alguien la encontró. Estaba en la biblioteca, sentada en una butaca frente a un ventanal, con la cabeza abierta, muy blanca y seguramente muy fría; un hierro de la chimenea, manchado de sangre, cabello y algo blancuzco y repugnante, estaba cerca en el suelo; los lomos de los libros más cercanos brillaban con las salpicaduras de la sangre… Rápidamente, recorrí con la mirada todas las caras, que reflejaban  las más variadas emociones.
¡Estábamos en una ratonera!

Remedios LLano Pinna ©
Febrero de 2017
COMILLAS

domingo, 15 de enero de 2017

UNA VEZ SOÑE

UNA VEZ SOÑÉ

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Una vez soñé que era condesa. La más hermosa del condado, todos los nobles y campesinos estaban de acuerdo. Hija de un anciano conde. Era rubia, ojos verdes y piel blanca. Todos los nobles caballeros de las proximidades suspiraban por mi amor. Ninguno de ellos, sin embargo, logró ganarse mi simpatía. De las visitas al castillo, todos se volvían melancólicos, tristes por mi indiferencia.
―¿Quieres renunciar a las alegrías y dulzuras del matrimonio, Jimena? ―me preguntaba mi padre―. Yo soy ya viejo y...
―No, padre ―respondía―, sólo me casaré con un hombre que sea hermoso, rico, fuerte, príncipe o rey.
―En amor, hija mía, más vale ternura que riqueza ―decía mi padre.
Una tarde de verano, llegó al castillo un apuesto joven, vestido de rojo, cabalgando sobre un caballo negro azabache. Dijo que era un poderoso señor, que venía de lejanas tierras atraído por mi belleza.
En el castillo, era un día de gran fiesta para celebrar la llegada del joven noble. Se organizó un gran banquete, donde no faltaron trovadores y juglares. Cuando miré al joven desconocido, noté un sentimiento nuevo para mí.
La estancia del misterioso joven se prolongaba; en el castillo, los banquetes y las fiestas continuaban. Una noche, después del baile, el caballero, vestido siempre de rojo, se acercó y me dijo:
A media noche, ven a la orilla del río; te espero junto al puente de madera.
Iré; a las doce en punto, allí estaré.
Llegué puntual. Le dije:
Aquí estoy, ¿qué quieres de mí?
Decirte que te amo, Jimena, y que te quiero como reina y señora.
Yo también te amo.
Pues sígueme.
¿Y mi padre?
Sígueme, un trono te espera. Ven a recibir la corona que tengo dispuesta.
De pronto, un relincho; apareció el caballo negro azabache, como por encantamiento. El extraño caballero montó y me tendió sus brazos.
¿Seré reina?
Sí, lo serás, Jimena mía.
Me cogió bruscamente y me sentó en la grupa del caballo. Una nube espesa me envolvió. Me sentí zarandeada. De lejos, oía:
Levántate, perezosa, vas a llegar tarde al colegio. ¿No has oído el despertador?

Ana Pérez Urquiza ©


UNA VEZ SOÑE

UNA VEZ SOÑÉ QUE…

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Una vez soñé que se moría la camelia.
La planté en un lugar resguardado, con orientación oeste. Los dos primeros años apenas creció, pero tampoco languideció. Hacia noviembre, le cubría la base del tallo con tierra abonada. Era el único cuidado que le ofrecía. El anhelo para que diera señales de vida se desvanecía.
Un invierno, la nieve cubrió el jardín y los verdes sépalos. Entre ellos aparecieron unos botones rojizos. ¡Se me humedecieron los ojos! ¡Por fin, daba señales de vida! Las yemas se fueron abriendo formando unas rosas achaparradas. Los pétalos no solo aguantaban el frío sino que hermoseaban con él la entrada, hasta la primavera. Y durante los meses templados iba pasando de la niñez a la adolescencia: se transformó en un arbusto precioso con la fronda uniforme y verde lustroso, superando al jazmín que la protegía; era como el broche que engalanaba el jardín.  Innumerables pecíolos y en cada uno, no uno, ni dos, sino siete yemas se preparaban para deshacerse de sus cataratas y juntarse a la belleza del día. En febrero, las rosas achaparradas cubrían el verde arbusto como una tarta de fresa: nadie la ninguneaba. Era la obra de un orfebre que había insertado cientos de rubíes en un irisado diamante.
Aquel invierno granizó. Los cristales golpeaban las persianas como chinas primero y como petardos después. Al  amanecer, corrí, bien abrigada, al jardín. Vi cómo el granizo daba saltos desde los sépalos al césped: las flores eran protegidas por la fronda: era como un paraguas verde que aguantaba el ataque del hielo cristalizado.  Sentada en una silla abatible, quise deleitarme con aquella parcelita-paraíso con sus azaleas y margaritas africanas como damas de honor, los ciclámenes y geranios como pajes, y el jovencito limonero emanando su elixir.
Una vez soñé que se moría la camelia.
Tomé un café bien cargado, me abrigué y salí a examinarla. Una capa gruesa de hielo cubría el césped, el cortejo de flores y la camelia. La sonrisa, también, se me iba helando; solo sentía el sabor del cafetito que me dio fuerzas para sentarme en la silla bajo un blanco plumífero. El tenue sol fue licuando, poco a poco, la  capa de hielo. Las flores fueron esponjándose, absorbiendo tanta carga que se separaban del pecíolo. En las dos horas que la estuve observando, el césped se tiñó de sangre…

San Vicente de la Barquera, a 6 de enero de 2017

Isabel Bascaran

UNA VEZ SOÑE

UNA VEZ SOÑÉ…
(Tema obligado con el que iniciaremos
 nuestra andadura en el año 2017)

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Hace unos días y por primera vez, nos juntamos en la Biblioteca Municipal los componentes del Taller de Escritura y los del Club de Lectura. Nos sentimos más arropados, más hermanados. Por sorpresa para mí, también  asistieron dos concejales de nuestro ayuntamiento (uno de ellos, la de Cultura), que escucharon con atención la lectura de nuestros relatos y sus comentarios correspondientes. Aquella noche fue la de mi sueño:
«La Concejala  de Cultura permaneció hasta el final, con una atención increíble. Después nos felicitó. Dio la mano a cada uno de nosotros y se despidió prometiendo que asistiría a todas nuestras reuniones, siempre que le fuera posible.
Volvió varias veces con un entusiasmo creciente. Tanto fue así que su imaginación comenzó a madurar una idea, que, según nos dijo, iba a exponer  en el primer pleno que se hiciera en el Ayuntamiento: “Tomar cuatro o seis escritos de cada uno de los componentes del Taller y editar un libro”. En el pleno hubo consenso total y editaron el libro. La corporación municipal regaló un ejemplar a cada uno de los autores y dos ejemplares a cada biblioteca municipal de nuestra Comunidad Cántabra.
Fue como una fértil semilla dejada caer sobre  un terreno ansioso de producir. A los dos  o tres meses, la semilla germinó, y prácticamente todas las bibliotecas municipales de Cantabria tuvieron funcionando un taller de escritura. La historia se repitió. Cada municipio publicó su libro, que también  regaló a las demás bibliotecas, con lo que estas se fueron enriqueciendo, y así todos los lectores pudieron conocer la creatividad, el trabajo y sentir de sus congéneres más cercanos.
Como la curiosidad es la madre del atrevimiento, algunos de los pocos cántabros que jamás tuvieron un libro entre las manos, primero, quisieron saber lo que por escrito contaban sus conocidos y se atrevieron a leer lo editado por su ayuntamiento. Quedaron satisfechos y luego quisieron saber lo de los demás ayuntamientos. Sin darse cuenta, estaban ampliando sus conocimientos. Y así, a lo tonto, que dirían en mi pueblo, o a la buena de Dios, que diría alguien más recatado, la Comunidad entera se aficionó a la lectura. Los hubo que empezaron por leer a los aficionados como nosotros y terminaron por leer a los clásicos, ¡que ya es leer!»

La presión de mi vejiga me despertó. Medio dormido, me fui al baño y, como todavía no había despertado totalmente, en lugar de orina. Vi como mi cuerpo eliminaba una catarata de libros diminutos que el sanitario fue tragando uno tras otro. 
Jesús González González


UNA VEZ SOÑE

LA GRAN BÚSQUEDA

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El despertador sonó como todos los días, de manera estridente pero familiar a la vez, y con ello provocaba que yo saliera de mis sueños fantásticos.
Un día nuevo comenzaba y con él la rutina de aquel que simplemente espera a que la vida le sorprenda de cualquier manera. Lo primero, hacer la cama: es un arte que quede como si nadie se hubiera pasado las horas peleando con un viejo bucanero, tirándose de un avión o simplemente dando vueltas alrededor de la almohada. Después, el estómago hace su aparición en escena, anunciando que el microondas le manda mensajes de que el desayuno no está preparado.
Unos quince minutos después, te sientas en tu sitio de la mesa con tu taza de café soltando humo, las tostadas calientes aguardando esa maravillosa mermelada casera (que la amiga de tus padres te regala cada Navidad), y la vieja radio te informa de que la helada de anoche ha provocado que la imagen que ves por la ventana sea como una postal navideña.
Ya son las once de la mañana y tú sigues en pijama. Te avergüenzas de ti misma y te diriges a paso ligero hacia la ducha, pero, antes de tocar el frío pomo de la puerta, te intercepta esa bola de pelo color azabache que salta en tus brazos para darte los buenos días con un buen lametón e informarte de que necesita su paseo matutino. Tras varios intentos por despegar la lengua de Tango de tu cara, consigues tu destino y ya estás en el baño metida.
Ya has cruzado la puerta del portal con tu abrigo más calentito ―un gorro que ni el mismo zar de Rusia tenía en su armario― y la cara de alegría de Tango enmarcada por su movimiento de rabo intermitente. La sonrisa aparece en tu cara de manera inmediata, el día va mejorando por momentos y simplemente quieres correr y disfrutar de la libertad de ser tú en este instante cuando, de reojo, miras el reloj y te das cuenta de que tu paseo se alargó demasiado, que las tareas, el trabajo y el mundo real te esperan. Llamas a tu bola de pelo favorita y regresas a casa tras varios intentos de Tango por quedarse a jugar con su nueva amiga Yera (la nueva gata de la vecina).
Las horas transcurren de forma simple: mails, llamadas, algún que otro vistazo por la ventana y muchos clientes para los que siempre su problema es el más importante e imposible de solucionar y que, después de simplemente escuchar sin haber empezado a solucionar nada, ya están contentos ―misterio que todavía no comprendo pero sí contemplo todos los días laborables; y que agradezco de vez en cuando, para qué negarlo.
Vuelvo a casa con las baterías bajas ―las del móvil, portátil y sobre todo las mías―. Tras 10 minutos de reloj buscando mis llaves en ese extraño lugar que yo llamo bolso y mi madre desastre universal, consigo abrir la puerta, donde me esperan Tango y su movimiento intermitente informándome de que toca otro paseo. Así que, sin pensármelo dos veces, dejo mi bolso en el suelo y los dos bajamos las escaleras  corriendo, porque el paseo nos espera.
Ya son las once y todo lo que tenía que hacer hoy según mi agenda (la cual yo misma me impongo) está hecho. Me dispongo a dormir unas cuantas  horas soñando con cosas fantásticas, porque mi vida no me sorprende pero sí me gusta y no tengo por qué buscar ―o mejor dicho, soñar― una vida mejor. Porque simplemente tengo un gran regalo, que es el presente.


Jezabel Luguera González ©

UNA VEZ SOÑE

UNA VEZ SOÑE QUE…

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―¡Estrella! ¿Otra vez en las nubes? ¿Se ha enterado de lo que acabo de decir?
            ―Sí, hermana; tenemos que hacer un relato sobre “Una vez soñé que…” ¡En las nubes, que estoy en las nubes! Yo estoy más allá de las nubes. ¿No me llamo Estrella?
            ―¡Quiero el escrito para el lunes! Tienen todo el fin de semana para hacerlo.
La tarde es calurosa, ya se acerca el fin de curso. Las ventanas de la clase están abiertas y del jardín se ha colado una lagartija. La miro y me río por dentro. Si se dan cuenta mis compañeras van a comenzar los chillidos…
¡Anda, que la que nos armó la monja el otro día con lo de las duchas! Estábamos en el dormitorio, nos hizo salir a todas de nuestras camarillas y nos puso verdes: ¿QUIÉN HABÍA OSADO TAPAR CON PAPELES LA VENTILACIÓN DEL GAS? Todas nos mirábamos perplejas. Al día siguiente apareció el alma del delito. ¡Una rata! Era una rata… ¡Nos pidió perdón! Menos mal.
Nos dieron la merienda y salimos al patio. Me subo al tobogán de cemento. Debajo hay como una gruta con una imagen de la Virgen. Desde allí se ve la huerta de las monjas y las gallinas, a las que tirábamos a principio de curso muchas miguitas de pan. Cada vez se iba extinguiendo más y más la costumbre hasta quedar en nada.
            ―¿No vienes a jugar? ―me dijo una compañera.
            ―¡No, estoy pensando!
Pero a ver… ¿Y qué escribo yo ahora? ¡Un sueño! ¡Pues como no me lo invente! Si los sueños de verdad están todos mezclados… Y son rarísimos. ¡Los recuerdas a veces con nitidez un rato y luego se suelen esfumar para siempre!
Ya habían apagado las luces del dormitorio, y sigo pensando. Como tengo cerca el baño, me levanto y voy. Es grande y su ventana, la única desde donde puedo ver las estrellas. De repente, suena un toc, toc, toc…
            ―¿Todavía despierta? 
¡La monja! ¡A la cama!
SABADO: Toca paella en la comida. Esparzo el arroz por el plato hasta que me lo unen y me instan a comerlo todo ¡Que no quede nada!. Mis compañeras de mesa me dijeron:  
            ―¿Te pasa algo? ¡Qué callada estás!
―No, es que estoy pensando…
La tarde la paso entretenida en clase de Labor. Sigo sacando hilos para hacer el filtiré en el juego de cama bordado que tengo entre manos. El Francés, la Taquigrafía y la Mecanografía quedan para el lunes. ¡Y EL MALDITO SUEÑO!
Me quedo al estudio nocturno. ¡Ahora o nunca, mañana es domingo! Y escribo. No mucho, la verdad; pero para salir del paso, servirá…
DOMINGO: Por la mañana, subo con mis compañeras cantoras al coro para la misa. Al bajar a comulgar, tenemos que hacerlo por las escaleras que dan a la entrada del colegio y entrar en la capilla y, como siempre a esa hora, ya están los cestos del pan con ese olor tan irresistible. ¡Me comería todos los bollos!
Por la tarde, visitas familiares. Pude estar con mis padres e ir a la cafetería del pueblo a merendar con ellos (chocolate con bollo suizo). ¡Vivaaa!
LUNES: De nuevo en clase. Hoy llueve y las ventanas están cerradas. Toca Lengua a primera hora, pero estoy tranquila. ¡Tengo mi escrito! Me toca detrás de Teresa. ¡Menudo sueño que lió, con excursiones y monedas falsas! ¡Perdió el autobús y tuvo que andar un montón de kilómetros!
            ―La siguiente.
Comienzo a leer:
«Una vez soñé que me encuentro entre mucha gente, amigos y familia. Era muy curioso: había mar y como piscinas y, para bajar de un sitio a otro, escaleras; pero escaleras rarísimas, muy altas y que teníamos que hacer cabriolas para cambiar de bajar a subir, pero todos lo hacíamos como la cosa más natural del mundo.
De repente, un barco enorme de pasajeros encallaba en las rocas y todos echábamos a correr, saltando de roca en roca como podíamos porque unas olas gigantes se nos venían encima. 
Ya estábamos a salvo, en un corredor entre rocas, que parecía como un claustro. El suelo era bastante liso, hasta que, de repente, un socavón enorme nos impedía seguir. Habían puesto una escalera, pero faltaban peldaños. Me tenía que  agarrar como podía, estirarme como si mis brazos y piernas fueran de chicle, pero lograba pasar sin que nadie me tuviese que ayudar. Y seguimos por las rocas hasta volver a subir por el otro tramo parecido, y seguíamos caminando por el pasadizo que ahora tenía luces de colores estratégicamente puestas y era largo, larguísimo…
            FIN»

            ―¡Eso lo ha soñado o se lo ha inventado? ―dijo la monja.
            ―¡De verdad que lo he soñado!
            ―¡Bueno, bueno! Puede sentarse. La siguiente…
En realidad, lo que no sabe es que son tres sueños. Los llaman sueños recurrentes. Entre escaleras rarísimas, rocas y más rocas y peldaños sueltos, me despierto agotada; pero lo supero y salgo siempre airosa. ¡Hala! ¡Como son sueños! Pero luego tendré que tener cuidado cuando suba otra vez al tobogán…
                                                          
                                                                       Mª EULALIA DELGADO GONZÁLEZ

                                                                                  Enero 2017