miércoles, 28 de abril de 2021

LILI

 



Ojeo, distraída, el Instagram. Voy deslizando las imágenes lentamente, con el pulgar, viajando a esos lugares que he conocido y a otros que no. Mi cabeza fluye relajada; recuerda, o simplemente imagina. Me detengo. Hay un vídeo de la hija de Fara, una niña de dos años, maldiva, de piel muy oscura, agachada en cuclillas, dibujando con el dedo sobre la blanquísima arena de su isla. Lleva un bañador rojo con tirantes de volante. El pelo –oscuro, como toda ella– está recogido en una pequeña coleta. Unos cuantos mechones se le han escapado y puedo sentir la brisa. La imagen se repite una y otra vez, pero no parece que haya un principio y un fin. Para ella se ha detenido el tiempo, o simplemente no existe.

Almudena Pascual©

TIEMPO

 


¡Es tan increíble que una simple palabra pueda ser todo y nada a la vez! Porque si me preguntas ¿Qué es para ti el tiempo?, te diría que es calma cuando necesito paz, fuerza cuando estoy triste, amigo cuando estoy perdida, corto cuando soy feliz, injusto cuando estoy enfadada, lento cuando tengo prisa y nada cuando no quiero sentir.

Siempre le echamos la culpa cuando nos pasan cosas malas, porque nos faltó tiempo para conseguir algo, porque no llegamos a tiempo a una cita importante, necesitaba más tiempo, es un ladrón… Siempre lo concebimos como algo negativo e injusto con nosotros, porque, sin darnos cuenta, pensamos que está a nuestro servicio, que siempre tiene que cumplir todos nuestros deseos aunque ni siquiera sepamos cuáles son. Pero es tan injusto como juzgar a alguien sin haber escuchado su versión.

Yo pensaba como todos los mortales, hasta que llegó a mis manos la película Alicia a través del espejo. En ella, el tiempo es un ser animado, con sentimientos, y sobre todo real, tangible. Además, los humanos somos muy injustos con él, nos enfadamos porque no conseguimos nuestros sueños en esta vida; la vida es injusta por culpa del tiempo, le culpamos de todo lo malo, pero ¿y si el tiempo nos regala su tiempo, su esencia? Porque sin él no valoraríamos los segundos antes de un beso, los minutos para que den las doce en Nochevieja, los días que pasamos enfadados por una tontería, los años que llevamos sin ver a esas personas que ya no están… Sin el tiempo, dejaríamos que la vida pasara y no la viviríamos.

Deberíamos dejar de luchar contra él y disfrutar de él, porque no tiene ni principio ni fin; simplemente, existe, y como dice en la película: No puedes ganar una carrera al tiempo, ¡soy invencible! – El tiempo.

 

Jezabel Luguera©


EL TIEMPO ENTREVERADO

 

 


Nueve días, cuatro horas y quince minutos es lo que dura una pata de jamón en casa. Si la pieza es de jamón serrano o de bodega, la cantidad casi se multiplica a dieciséis días, seis horas y dos minutos. Ahora bien, si hacemos uso de la guardia pretoriana con diferentes cámaras y micros (dispositivos sólo empleados para la vigilancia extrema de las piezas de pata negra), la sagrada extremidad puede llegar a convivir hasta un mes en familia. Vamos, que te encariñas tanto con ella que no quieres que se emancipe nunca. Es parte de la decoración y, cuando desaparece, se te cae hasta alguna lagrimilla, y no precisamente de jamón.

Si piensas en su pasado –un cerdito gordo y sonriente revolcándose en la montanera–, algunos, en este infantil e innecesario estado de remordimiento, están jodidos. Y es cuando pienso: mejor, que así tocamos a más y podremos disfrutar de sus delicias durante mucho más tiempo. De hecho, hay una pregunta recurrente que se les formula a todos aquellos que se pasan a las corrientes ideológicas de la lechuga y de la acelga hispánica, y ésta es: ¿qué vas a hacer con el jamón? ¿Lo vas a poder superar?  ¿Lo dejarás también? Yo sé, porque les he pillado infraganti, que, la mayoría de las veces, estos personajes deshonran al príncipe de la endivia y acaban cediendo ante la deslizante loncha veteada del manjar ibérico. Maldita hipocresía, pero todos –incluidos, nosotros, los del contubernio de la veta– nos engañamos alguna vez.

Si disfrutas de su presente, es la mejor opción: gustas y degustas y vuelves a degustar; así hasta que alguien te pone freno. Y si no tienes a nadie, es más complicado, pero para eso está el autocontrol que nos caracteriza, a algunos.

Y si piensas en el futuro, visualizarás sus huesos hirviendo en un delicioso caldo de cocido o sus tacos desmenuzados en las croquetas que te preparaba tu abuela. O casi mejor, te imaginas acercándote de nuevo a tu proveedor apostado en una esquina, deslizándole unos billetes, y él, de forma solícita, te encarama la guitarra en el hombro ajustándote la bandolera.

En cualquier caso, los tiempos se vuelven a repetir: el pasado, que me recuerda aquellos sabores; el presente, porque los vuelvo a disfrutar; y el futuro, porque me pone en alerta para hacer acopio de piezas porcinas, no vaya a ser que, con tanto buenismo, corrección, enfermedades y pandemias, nos lo vayan a prohibir también.

 

Óscar Nuño©

TIEMPOS

                                                                          


                                

            Hay gente que nace a destiempo y gente que muere a destiempo. No era suyo el pensamiento. Lo había leído hacía años y se le quedó grabado en algún lugar de su cerebro, en algún lugar que permitía que aflorara de vez en cuando; a veces, demasiado a menudo. Sí, hay un tiempo para vivir y un tiempo para morir. Y hay quien se empeña en estar a destiempo en ambos.

            Somos marionetas moviéndonos por un escenario en el que los telones cambian, los títeres  a nuestro alrededor se van sucediendo, algunos efímeros, otros obstinadamente presentes. El tiempo se llena de historias de éxitos y de fracasos, de odios y pasiones, de sueños alcanzables y sueños inasequibles, de aspiraciones sublimes y aspiraciones mezquinas, de amores posibles y amores imposibles, de risas y de llantos. Y en esa enmarañada madeja de rutas perseguidas y otras abandonadas, de placer y de sufrimiento, de obligaciones y frustraciones, de fidelidades y de traiciones, de pronto uno mira hacia arriba y ve que no es más que una frágil marioneta que pende de un par de hilos, y que bastaría con cortarlos para que toda, absolutamente toda aquella complejidad, se sumiera en la balsámica simplicidad de la nada... Y uno ve que hay unas tijeras al alcance de la mano.

            Sentía frío. La humedad había encontrado la forma de colarse entre la ropa. El agotamiento se iba apoderando de él. La luz de la luna, lechosa, tenue, mortecina, desaparecía tras la capa de nubes negras, que comenzaron a descargar una lluvia espesa y obstinada. Desde el suelo inseguro de matorrales, desde las copas imponentes de los árboles, desde todas partes, le embriagaba el olor a hierba mojada. Respiró hondo. Siempre le había gustado el sabor del aire en una noche lluviosa en medio del bosque. Los chorros de agua crepitaban a su alrededor y apenas lograban ahogar el sonido de su propio jadear. Hacía horas que deambulaba sin rumbo. No llevaba brújula, ni reloj, ni teléfono. Nada de eso le sería útil para llegar a su destino, pues su destino era ninguno. Debía de ser, barruntaba, más de la media noche. Sus miembros estaban ya entumecidos y  su cuerpo le apremiaba a encontrar algún lugar protegido donde sentarse y recuperar algunas fuerzas; pero paradójicamente, recuperar fuerzas no era lo que le acercaría a su destino. Sacó la petaca de acero que llevaba en un bolsillo del anorak y bebió un largo trago de whisky. Sintió el calor en sus entrañas, y sus piernas recuperaron vigor. Tanteaba el terreno con los pies para no caer. Sus ojos se habían aclimatado tanto a la profunda oscuridad que percibía siluetas frente a él, siluetas que a veces adquirían formas fantasmagóricas a las que estaba ya demasiado acostumbrado como para que le afectaran, formas que parecían moverse espasmódicamente, como a fotogramas, vistas a través de la cortina de agua que le caía delante de los ojos desde la visera de la capucha.

            Pensar… No quería pensar. El tiempo de pensar ya había pasado. Ahora era el tiempo de olvidar.

            Se concentraba en encontrar algún recoveco entre la oscuridad por el que atravesar un macizo de arbustos; columbrar alguna elevación del terreno hacia la que dirigir sus pasos. Toda su vida le habían atraído los lugares altos; ante la duda, hacia arriba, se había dicho siempre, y seguía instintivamente su regla, aunque ahora, la verdad, le daba exactamente lo mismo hacia dónde se dirigiera. Le invadía un sentimiento de plenitud, de realización, que en otras circunstancias hubiera resultado contradictorio, al constatar que sus fuerzas se acababan, que no tendría aguante para superar la noche, que la agradable rendición le iba invadiendo, que no tardaría en caer agotado y se abandonaría por la dulce pendiente que conducía a la nada.

            Se notaba mojado y tenía mucho frío. No habría abrochado con cuidado el cuello de su anorak y el agua había encontrado la ruta hasta su piel cansada. No recordaba ya si había sido un descuido o si lo había hecho deliberadamente. Cayó de rodillas y se lastimó las manos con unas piedras al intentar instintivamente asir a ciegas lo que fuera para amortiguar la caída. La sangre caliente en las palmas de las manos le resultó agradable. Se las frotó para repartir un poco de calor por los dedos, entumecidos. Permaneció un rato en la misma posición, de rodillas, y encontró así un poco de descanso. Tenía hambre. Sacó de un bolsillo una tira de longaniza mojada y tomó dos bocados. Sintió la inyección de fuerza de forma inmediata.

            La lluvia amainaba. De su capucha ya sólo colgaban hilachos, riachuelos de agua en vez de la espesa cortina de antes. Tenía escalofríos por todo el cuerpo y calambres en los pies. Volvía a caminar, el paso ya impreciso, vacilante. La negrura frente a él parecía ser menos profunda ahora que el agua había cesado. Las sombras y las formas eran algo más precisas, pero le daba igual. Arrastraba los pies, y sus botas se hundían en cualquier desnivel y le hacían tambalearse. Ya no era capaz de pensar con claridad y eso le complacía. Era un autómata, un fantasma deambulando perdido por un bosque profundo en un último caminar hacia un deseado abismo.

            No sabía cuánto tiempo llevaba así, pero debían de ser ya muchas horas porque no le quedaban fuerzas ni para sostenerse en pie. Se dejó caer sobre la hierba mojada. Su mirada, fija en la silueta de una colina que adivinaba más que veía no excesivamente lejos de sí. Llegaba el momento, pensaba, y se sentía bien. Por la cresta de la colina, colándose entre la línea de árboles que la coronaba, de pronto, un rayo de luz roja, titubeante, de un nuevo amanecer le sorprendió. No creía que fuera ya momento para el alba. Le admiró la rapidez con que el cielo se encendía, como fuego asomándose por encima de la colina. La mera visión de la luz le hizo sentir, seguramente imaginar, el delicioso latigazo de un poco de calor. El día acudía presto. El paisaje se iluminaba a su alrededor como un escenario sobre el que se encendieran de pronto todos los focos. Por primera vez desde hacía muchas horas, se vio a sí mismo tumbado en la maleza, mojado, abatido. La cima del pequeño montículo prendido por la luz del alba le llamaba con un magnetismo irresistible. Se irguió. Quizás, pensó, quizás…

            Titubeante, encorvado, temblando de frío, encaminó sus pasos hacia los rayos de sol que iluminaban, ahora con insolente descaro, todo el horizonte. La humedad de la noche se elevaba  del suelo, formando una bruma por la que se iba abriendo paso hacia una nueva esperanza. Otra vez había perdido.   

                                                                       

José-Pedro Cladera Fontenla©

lunes, 26 de abril de 2021

Y PASA EL TIEMPO…

 


Cuando los pasos tiemblan y ves la mano amorosa. Descubres las flores, el tiovivo, la arena crujir bajo tus pies, la mar terrible que te devora y el sol te quema la carita. Cuando las manos amigas del hermano te acompañan… o te meten un grillo dentro del vestido, que de todo hay en la viña del Señor. Cuando tu olor comienza a ser la goma de borrar (que sabe a fresa), el grafito del lápiz, a niños calientes y a cuervo blanco —aquellas primeras monjas—. El plumier y sus pinturas, tu primer tesoro; y las amigas, el mejor de todos. Cuando una malvada te dice ¿sabes quiénes son los Reyes Magos?, –¡maldita sea por siempre!–. Los juegos ruidosos en la calle, las puertas abiertas…

            Y pasa el tiempo…

            Más cuervos —esta vez, azules—, que traban tu camino, pero cultivan tu cultura e intelecto. El rubí rojo en tu braga blanca, que no por avisado aterra menos, el orgullo simple de la niña. Los implacables exámenes, la tentación de lo prohibido, las primeras lecturas de libros escondidos, clandestinos.

            Cuando llega el amor y el cuerpo tiembla, el corazón late por su cuenta y los sentidos se nublan de placer. Ni atiendes ni entiendes. Un roce, un beso, cambia la vida; se abren las piernas y se cierran los ojos. La vida encuentra y pierde el sentido al mismo tiempo. Miradas de agua, que filtran los mimbres de la vida…

            Y el tiempo pasa…

            Cuando el aroma del azahar te cala los huesos y la sonrisa se te rompe en la cara. Y son las páginas, siempre las páginas, las mejores amigas. Y esas vidas se incrustan en la tuya y te ayudan a caminar tu senda.

            Y cuando te rasgas al medio, te arden las entrañas, escuchas el primer llanto de la criatura y se te llena de plumas el alma.

            Y llega la Dama Negra, que te atraviesa el corazón –con una vez no le basta a la parca–, te desguaza viva. Y el polvo vuelve a las estrellas.

            Dejas tu huella en la arena caliente, reseca, cómplice. Cuando no distingues bien la sonrisa de la arruga, porque son una. Porque el tiempo pasa y se lleva a los amigos, se lleva a los amores. Porque te lleva a ti.

            Maldita cana, bendita sea.

            Y el tiempo sigue pasando…

            Crepitan mis huesos, y las cenizas livianas buscan refugio en mi ángel guardián.

            Y ya pasó el tiempo…

 

REMEDIOS LLANO©

COMILLAS

ABRIL 2021


Veritas filia temporis

 


Veritas filia temporis

 

Llovía con gran fuerza a última hora de la tarde en Trujillo. Mario escuchaba Mein Teil, cantada por Rammstein, metal por los cuatro costados.

Se giró lentamente y vio la mesa robusta de madera del despacho de su padre, ahora de él. Se sentía a gusto entre esas viejas paredes impregnadas de sabiduría y repletas de libros. Alzó la vista hasta donde podía ver claramente distintas secciones, muy bien separadas por temas: Historia, Novela clásica, Novela histórica, y Poesía. Recordaba cómo su padre le inició en esta aventura, formándole en las grandes obras de la literatura universal. Sus ojos empezaron a recorrer las estanterías: Elejía a Ramón Sijé, Hamlet, El Quijote, La divina comedia, Crimen y castigo, Fausto, o Hambre, de Knut Hamsun, entro otras muchas.

Cuando llegó al lomo del tercer nivel empezando por la izquierda, ya tocando la puerta, se paró en Ulysses, de James Joyce. El libro que guardaba con más celo, el mejor. Se lo regaló su padre por su mayoría de edad. Lo abrió  por la mitad. Allí estaba todavía la rosa, que en un tiempo era del color de los copos de nieve recién caídos y otrora de un marfil pálido. Consummatum est –estarías orgulloso de mí, papá–. Cerró el libro y se quedó mirándolo, diciéndole: Otro día, mi amigo especial; hoy no dispongo del tiempo que mereces.

La música y la lectura eran su gran vía de escape.

Volvió a la ventana. Corría el agua con más ímpetu que hacía unos minutos, pero iba a salir igualmente a tomarse un gin tonic con abundante hielo. Se puso los tejanos, una camisa de cuadros y un suéter Shetland de color azul. Una cazadora de cuero Aeronáutica Militare completaba el atuendo. Se miró al espejo y quedó totalmente satisfecho.

Cogió el Porsche Carrera negro metalizado y se dirigió al pub. Estaba solo, su familia se había ido unos días a ver a los abuelos de Martina, su mujer, y se había llevado a sus tres hijos. Le gustaba la soledad. La necesitaba de vez en cuando, pero sabía muy a ciencia cierta que ellos eran su talismán y que, al cabo de una semana, se derrumbaría sin sus risas y sin su amor. Necesitaba su contacto. Eran su equilibrio. Lo sabía muy bien porque, de lo contrario, empezarían a abrirse grietas en su vida, y eso ya lo había vivido y no quería volver a ello.

Sonó su móvil. Aparcó a un lado de la calle y activó el botón de los auriculares. Enseguida lo llenó el jolgorio de sus hijos abalanzados y gritando para poder hablar con él. Varias lágrimas recorrieron su cara. Después de decirles que los añoraba, se puso al aparato Martina, explicándole que no estarían toda la semana fuera porque lo extrañaban. Demasiado tiempo, se dijeron.

Cuando colgó, estuvo un rato analizando algo que nunca había hecho, y se dio cuenta del gran significado de la palabra “tiempo”. La verdad es que le había dado relativa importancia. Tiempo para llegar al trabajo, tiempo para coger el coche y demás. Pero el tiempo, en sí, era mucho más.

            Veritas filia temporis… La verdad es hija del tiempo.

 

Francis Cortés Pahissa©

SE PASA EL TIEMPO...

 



 

Se pasa el tiempo,

te dicen los recuerdos;

no se detiene.

 

Pero el presente,

que anuncia otro mañana,

hay que vivirlo.

 

Y aquí seguimos,

en tiempo y por el tiempo,

su discurrir.

 

¡Bendito tiempo,

dirá el afortunado

con su sonrisa!

 

¡Maldito tiempo,

Desgranará, llorando,

el desgraciado!

 

Como en botica,

hay gustos para todos,

según la feria.

 

A veces, pienso

ser parte de ese tiempo,

¡volar con él!

 

Y cuando pare,

(si un día se detiene),

dormir tras él.

 

De todas formas,

la vida sin el tiempo

nada sería.

 

Rafael Sánchez Ortega ©

20/04/21

 

LA SEÑAL DEL TIEMPO

 


 

Son las 7 horas, 32 minutos y 57 segundos de la mañana del 14 de abril de 2021. Miércoles. El teléfono de última generación que descansa sobre la mesita de noche comienza a emitir una suave música melódica que, según un reciente estudio científico, es la mejor opción para dejar atrás la inercia del sueño y, gracias a ello, alcanzar el mejor grado de concentración y rendimiento en las primeras horas del día.

La persiana comienza a subir de manera automática y gradual. Hace casi tres horas que la corona del sol asomó tras los precipicios del horizonte. La luz exterior traspasa los gruesos cristales creando reflejos tornasolados en las cortinas de lino puro y dibujando pinceladas en tonos miel sobre las paredes blancas de la habitación.

La temperatura en el interior de la estancia es de 17´8°C. Una temperatura que se convierte en aún más agradable cuando, al acercarse a la ventana, los ojos azules anclados en el imperturbable rostro de Volodia Startsev contemplan el gélido e inabarcable paisaje de tundra siberiana helada que se abre ante él. Ya le advirtieron, antes de llegar allí, que la primavera es muy tímida una vez que dejas atrás los Urales. Pero su decisión, cuando surgió aquella oportunidad, fue firme. Segura. Duda no es una palabra que aparezca en su diccionario.

En medio de aquella nada perenne, lo único que rompe la horizontalidad infinita del panorama es el cíclico, incansable y monótono cabeceo de cientos de bombas de varilla que, una y otra vez, pican el durísimo suelo en busca de extraer hasta la última gota de ese oro negro que mueve el mundo llamado petróleo. Ser el propietario y director de las explotaciones de Samotlor, el mayor campo petrolífero de Rusia, no es fácil. No es sencillo. Él lo ha conseguido a base de esfuerzo, sacrificio y  una determinación sin límites. Y gracias a esas cualidades, hoy se ve recompensado acumulando la mayor fortuna económica de toda Europa.

Volodia Startsev había nacido a mediados de la década de los 70 en la pequeña ciudad industrial de Vorónezh, 500 kilómetros al sur de Moscú. De familia humilde, su madre murió durante el parto de su hermano pequeño cuando apenas contaba con año y medio. Su padre trabajaba horas y horas en el mantenimiento de las vías del ferrocarril, por las que discurrían constantemente trenes de calderas rojas humeantes y frenos chirriantes que hacían temblar el endeble cabecero de madera de su cama. El poco tiempo que pasaba en casa su progenitor lo hacía oliendo a grasa y borracho como una cuba. Así que se crio entre la soledad, el frío, la pobreza, la suciedad y el hambre.

Fue una tarde de finales de septiembre de 1989 cuando todo sucedió. Cuando todo cambió. Se encontraba junto a un grupo de amigos, pegando patadas a un bote de hojalata, levantando polvo de un suelo de tierra parda y marrón tapizado por las primeras hojas caídas de los álamos y chopos. Un columpio roñoso y taciturno, que un día fue rojo, gemía sus dolores mecido al compás del viento. Un parque cualquiera en un barrio pobre de extrarradio de ciudad, en esa abstracta línea en la que la urbe se convierte en campo y viceversa.

Fue muy rápido, aunque realmente no sabe precisar la duración de los hechos. El relato es borroso, pero las imágenes son nítidas. Demasiado nítidas: un brillo rosado en el cielo, una bola roja de aspecto metálico que se posa en el suelo del parque, que desaparece, que vuelve a surgir de la nada y aterriza de nuevo, los gritos de los otros niños, aquellos seres gigantescos de movimiento robótico, con tres ojos y extraños ropajes e instrumentos, la incapacidad de mover ni un músculo de su cuerpo mientras todo aquello ocurría, a escasos metros de donde él se encontraba, la forma en que todo se evaporó… Y después el dolor de cabeza, el malestar, las pesadillas, la turbación, las mil y una declaraciones ante hombres de uniforme marrón lleno de galones, y de aparentemente inocentes y agradables enfermeras de batas verdes deslavadas que le ofrecían una piruleta a cambio de confesar que toda aquella historia no había sido más que una inocente gamberrada infantil para llamar la atención.

No lo supo en aquellos momentos, pero el supuesto OVNI de Vorónezh del que fue testigo principal abriría, durante varios días, los informativos de los principales medios de comunicación del planeta. En la actualidad, varios de los principales expertos en la materia se decantan por que aquel incidente no fue más que una burda teatralización orquestada desde el corazón del Kremlin para desviar el foco mediático de los cada vez más evidentes problemas políticos, económicos y sociales de ese gigante comunista con pies de barro que, apenas meses más tarde, desembocarían en la caída de muros y telones tras los cuales vivía, triste, el torero cantado por Sabina.

Aquella trágica vivencia marcó su carácter. Pudo haber caído en el alcohol, las drogas o en cualquier otra desgracia. Pero la mejor forma que encontró su joven mente de encauzar todo aquello fue considerarse un elegido. Una señal venida de otros mundos, universos o realidades paralelas, porque a día de hoy sigue sin albergar dudas de que estuvo ante seres que no procedían de este pequeño mundo llamado Tierra, que lo escogieron a él por alguna razón que desconoce, y que se esforzaría incluso por encima de sus posibilidades para hollar el seguro brillante destino que le albergaba. Concentró todas sus fuerzas a tal fin, y evitó cualquier tipo de distracción. Progresivamente se fue convirtiendo en una persona huraña, recta, adusta, marcial e insociable. Matemático y preciso a escalas enfermizas. Maniático. Vanidoso y ególatra. Trabajó incansablemente en miles de pequeños oficios hasta poder pagarse la matrícula universitaria. Se doctoró cum laude en Ingeniería del Petróleo y en Gestión de Empresas. Su nombre comenzó a sonar con fuerza entre las empresas del sector, pero su complicada personalidad y las excesivas ansias de éxito y poder hicieron que, una a una, fueran rechazando su currículum.

El gran Volodia Startsev no iba a permitir que unos oligarcas de silla vieja carcomida por la polilla, puros caducados y despachos de luz gris se entrometieran en su camino. Si no iban a confiar en él, levantaría él mismo su propia empresa petrolífera. Comenzó a prospectar metro a metro la inmensidad de la Formación Bazhenov, un estrato de la cuenca siberiana occidental en plena estepa. Según sus estudios, millones de toneladas de crudo se encontraban a más de tres kilómetros de profundidad de aquellos helados suelos. Apretó cada tornillo, dibujó cada mapa, condujo cada kilómetro, soportó temperaturas casi incompatibles con la presencia humana, gastó hasta el último rublo… y se manchó con la primera gota negra que fue capaz de extraer. Hoy tiene miles de empleados a su servicio, ha construido ciudades enteras, posee aviones y aeropuertos privados, mansiones palaciegas en las capitales más importantes y lujosas, colecciones de arte al nivel de la mejor pinacoteca del mundo, y una suma de dinero sencillamente incalculable que crece de forma exponencial cada vez que cualquier persona reposta gasolina, juega un partido de tenis o pone la lavadora. En los últimos años ha invertido parte de su riqueza en nuevos sectores como la banca online, la nanotecnología, la biomedicina o la robótica, en todos los casos con acierto y obteniendo cuantiosos beneficios.

A sus 45 años ha alcanzado unas cotas de éxito impensables para cualquier adolescente. Mucho más para alguien con unos orígenes tan miserables. Fue hace diez primaveras, ya en pleno ascenso meteórico entre las grandes fortunas mundiales, cuando decidió que casarse y crear una familia podría dar un empujón interesante a su imagen de empresario de prestigio. Sin tiempo para el amor y el cariño, entró una mañana en el área administrativa y de gestión, echó un vistazo rápido, buscó a la mujer que, según sus gustos, mejor combinaba la juventud con la belleza, y dos semanas más tarde se casaban con la simple presencia de dos compañeras de trabajo como damas de honor. María, ese era su nombre, solo pudo yacer junto a su esposo aquella inicial noche de bodas. Fue su primera y única vez. Eso sí, con la puntería de un francotirador de élite, quedó encinta de mellizas que, nueve meses después, verían la luz bajo los nombre de Sasha y Alina. Su padre fue siempre una figura lejana, imperceptible, más una leyenda fantasmagórica que un ser de carne y hueso. Su único contacto, visual, nunca físico, eran cuatro segundos después del desayuno. Mientras ellas, junto a su madre, se levantaban de la mesa en dirección a una gran puerta apeinazada de estilo renacentista, con elaborados dibujos geométricos labrados y aristas molduradas, por el otro extremo de la estancia aparecía un señor alto y musculoso, con su pelo rubio engominado y con un elegante traje negro con corbata a juego, al que tenían que llamar papa y señor esposo, respectivamente, mientras realizaban una practicada y elegante reverencia con el cuello. Vidas absolutamente separadas. Tres cisnes blancos aislados, encerrados en una jaula de platino desbordada de riqueza monetaria y de pobreza del alma.

Y es que el tiempo es muy preciado en la vida del magnate ruso. Y no admite ninguna distracción que le aparte de sus quehaceres. La familia, el ocio o la cultura, desde luego, son algunas de esas distracciones a evitar. Y todo queda mensurado con escrupulosa exactitud. El instante preciso para levantarse tras haber dormido las horas adecuadas. A las ocho de la mañana en punto se sienta en su despacho y empieza a mover y revisar documentación sobre la mesa de ébano y marfil durante 113 minutos. Tras ello, baja al campo de trabajo para inspeccionar en primera persona las labores de extracción y evitar la holgazanería de algún peón perezoso. De ahí a la zona de talleres, a reunirse con proveedores, a sacar camiones del recinto, a realizar videoconferencias con grandes líderes políticos mundiales a los que deja con la palabra en la boca si considera que sus discursos se exceden de la duración conveniente, o a llevar la contabilidad exacta hasta del último kopek que entra o sale de su cuenta bancaria. Así durante los 365 días del calendario. Sin un descanso. Sin un respiro. La palabra delegar es otro de esos vocablos que no aparecen en su enciclopedia. Él es el mejor, y él tiene que controlar todas las operaciones que se ejecuten en su empresa. Desde cómo se barre el cuarto donde el personal de limpieza guarda sus productos y utensilios hasta cerrar un acuerdo de cooperación multibillonario con algún jeque caprichoso de Oriente Medio. El motivo por el que ha alcanzado la cima para la que fue elegido no ha sido por ser un tuerto rodeado de ciegos, sino por ser un tiburón tirano y absolutista sin escrúpulos que ha aniquilado todo rastro de vida de los océanos.

A última hora de la jornada se acuesta, pero, antes de caer en los brazos de Morfeo, arropado entre las suaves sábanas y en la silenciosa quietud de su alcoba, dedica los últimos 27 minutos de lucidez a pensar, a reflexionar en cómo puede mejorar su actividad empresarial y, en definitiva, su situación económica. Porque quiere más. Volodia Startsev siempre quiere más. Es insaciable.

Sumido estaba en sus cavilaciones cuando creyó encontrar el filón que estaba buscando. La mina inacabable. Aquello que todo ser humano desea poseer, pero que absolutamente nadie es capaz de conseguir. Algo que superaría los límites conocidos del precio, de la oferta y de la demanda. Se incorporó de un salto de la cama y gritó.

–¡Cómo no me he dado cuenta antes! Lo único que necesito para ser cada vez más poderoso es tener cada vez más tiempo. Tengo que conseguir tiempo. Como sea.

Bañado en una fiebre descontrolada, en un estado alterado de conciencia, comenzó a garabatear fórmulas matemáticas imposibles, a trazar con tiralíneas miles de rayas sobre los planos, y a triangular las constelaciones de estrellas. Hasta que lo tuvo claro. Hasta que creyó haber hallado la coordenada precisa en donde tenía que buscar.

Descendió hasta la zona de talleres y garajes. Los trabajadores del turno de noche no daban crédito a lo que estaban observando. Su jefe, totalmente fuera de su ser, perturbado, subía hasta la cabina de la tuneladora de que disponen en la empresa, arrancaba, y salía disparado atropellando a todo obstáculo, vivo o inerte, que se encontrara a su paso.

Avanzó kilómetros y kilómetros por la agreste e impávida taiga hasta que, según sus cálculos, alcanzó el punto correcto. Activó la cabeza giratoria con elementos de corte y comenzó la perforación del túnel vertical más profundo jamás proyectado. Jamás imaginado. El descenso hacia las profundidades magmáticas fue bastante rápido. Estaba seguro de que al final del camino se toparía con lo que estaba buscando. Los potentes focos del vehículo alumbraban una oscuridad física que se podía tocar. Empezó a encontrarse con señales que indicaban desvíos hacia lugares que no le interesaban: paciencia, solidaridad, amor, sabiduría…

–¡No! ¡No es eso lo que necesito! –gritaba, exasperado.

Estaba a punto de arrojar la toalla y de perder toda esperanza. Pero, por fin, tras un recoveco casi imperceptible, pudo ver que sobre una gruesa compuerta metálica de doble hoja, desvencijada y descuadrada, colgaba el letrero que tanto anhelaba. En sencillas letras negras mayúsculas sobre fondo blanco se podía leer con total claridad: EL TIEMPO.

No se molestó ni en llamar. El método de apertura era una rueda metálica, al estilo de los submarinos, que giró, por imperativo y entre suspiros oxidados, ante la fuerza indómita de aquel hombre. Al abrir el portón y traspasar el umbral, no pudo reprimir un grito ahogado que salía desde lo más profundo de su entraña adolescente.

Aquellos seres. Aquellos humanoides gigantes de andares y gestos autómatas que habían aterrizado ante él en aquel desangelado parque, se afanaban en mantener en movimiento las coronas, los piñones, los barriletes y volantes de un enorme reloj mecánico que, como si de en un corazón se tratase, bombeaba segundos y segundos hacia la superficie.

Un terrible sentimiento de inmovilidad se apoderó de sus músculos y de su mente. Sus pies parecían revestidos de plomo y varados en el suelo. Otra vez, como aquella primera vez, quedaba a su plena merced. Convertido en estatua inamovible. Uno de aquellos seres, con los mismos tres ojos y con la misma absurda vestimenta, una especie de mono azul sin costuras, que ya tuvo delante hace casi tres décadas, se le acercó. No movió ningún tipo de órgano ni parte anatómica que pudiera reconocerse como una boca, pero su voz robótica retumbó clara dentro de su cabeza. Le dijo así:

–El tiempo no es controlable para un simple humano mortal. Lo podéis medir, lo podéis fragmentar, incluso podéis intentar obviarlo…, pero en el fondo da igual. Es un juez que no admite debate ni protestas. Siempre gana. Estuvo antes que vosotros, está ahora, y estará después. ¿Te has preguntado cómo era el tiempo antes del tiempo? Cuando el cronómetro se puso en marcha, cuando nació el primer segundo, ¿qué había antes? Cuando se acabe el mundo, ¿no seguirán girando las manecillas del reloj? ¿No seguirá cayendo la arena? Que no haya nadie midiéndolo no quiere decir que el tiempo, de alguna manera, no siga avanzando. No sabréis si para adelante, si para atrás, o sin dirección concreta. Pero correrá, ¿no crees?

Ese ser enigmático se giró, obviando la cercana presencia de Volodia, para continuar con sus tareas. Éste noto que la vida volvía a su ser, que tenía de nuevo el control sobre su cuerpo. Indignado y furioso, no iba a permitir que aquella bestia de procedencia desconocida se entrometiera en sus faraónicas aspiraciones de futuro. Con toda la potencia que pudo almacenar en sus músculos se abalanzó para golpearlo, pero cuando su puño estaba a pocos centímetros, una cegadora luz violácea le envolvió, le zarandeó en el aire como a un guiñapo, y le lanzó con fuerza desmedida hasta chocar brutalmente contra el marco del portón de entrada. Malherido y mareado, aquella voz volvió a reverberar en su cabeza.

–Querido Volodia, no has entendido gran parte del mensaje. O, mejor dicho, lo has malinterpretado y deformado. Sí, puedes considerarte una persona especial, algo así como un elegido, después de aquella visita que te hicimos. No teníamos dudas de tus capacidades, de que podrías alcanzar grandes cotas de éxito a partir de tu tesón, tu capacidad de sacrificio y tu férrea voluntad. Pero ¿de qué te ha servido? Te has convertido progresivamente en un ser despreciable, ruin y mezquino. Eres muy pobre, porque solo has sabido acumular dinero. Y eres el ejemplo más evidente de que el dinero, por sí solo, no otorga la felicidad. Busca a tu alrededor, y encuentra la dicha. Pero date prisa. Ese rayo de luz que te ha sacudido te ha expuesto a unos altísimos niveles de radiación. Miles de células cancerígenas están ya recorriendo tu cuerpo, no te quedarán más que unos pocos meses de vida. ¿Te das cuenta de esa paradoja? Los humanos os pasáis la vida preguntándoos cuánto tiempo os quedará por delante, y, qué curioso, cuando por fin lo descubrís, es porque os queda muy poco. Mala cosa.

Totalmente desfallecido, con todo dando vueltas a su alrededor debido al tremendo golpe, simplemente cerró los ojos y, con la visión de aquellos engranajes movidos por gigantes, se dejó ir…

(…)

Son las 7 horas, 32 minutos y 57 segundos de la mañana del 15 de abril de 2021. Jueves. El teléfono de última generación que descansa sobre la mesita de noche comienza a emitir una suave música melódica que, según un reciente estudio científico, es la mejor opción para dejar atrás la inercia del sueño y, gracias a ello, alcanzar el mejor grado de concentración y rendimiento en las primeras horas del día.

Volodia Startsev se despierta empapado en sudor, con la respiración entrecortada, la piel pálida y el pulso agitado taladrándole en las sienes. Las sábanas están mucho más revueltas que de costumbre. Balbucea en soledad.

–Oh, por Dios…, solo ha sido un sueño. Una maldita pesadilla. Todo ha sido un sueño. Tranquilo.

La persiana comienza a subir de manera automática y gradual. La coreografía diaria arranca de nuevo con la estricta fidelidad y precisión perpetuas. Los ojos azules, anclados en su imperturbable rostro, contemplan el gélido e inabarcable paisaje de tundra siberiana helada que se abre ante él. En medio de aquella nada perenne, lo único que rompe la horizontalidad infinita del panorama es el cíclico, incansable y monótono cabeceo de cientos de bombas de varilla que, una y otra vez, pican el durísimo suelo… hasta que algo fuera de lo rutinario capta su atención.

–¿Qué demonios es eso?

En la lejanía de aquella llanura sin fronteras, en los estertores del campo visual humano, un brillo rosado refulge en el cielo, escoltado por un ejército de nubes esculpidas en algodón. Antes de llegar a asimilar siquiera esta imagen, una voz que parece proceder de las cuatro paredes de la habitación, y a la vez de ningún sitio concreto, percute con fuerza en el interior de su cerebro. Reconoce al instante esa entonación mecánica.

–¿Estás seguro de que solo ha sido un sueño?

El impacto mental es salvaje. Está a punto de perder la conciencia. Tiene que agarrarse al pie de la cama para evitar caer desvanecido. Tiene miedo. Después de tantos años, vuelve a sentir el sabor del pánico y del terror bajando por su garganta y dando puñetazos en la boca del estómago. Pero, poco a poco, empieza a comprender, empieza a entender, que lo que importa no es si todo aquello ha sido real o no, si le aguarda mucha existencia por delante o está en realidad gravemente enfermo. Lo crucial es que tiene que dar un cambio drástico en su vida. La señal del cambio. El camino que tenga por delante, ya sea muy corto o muy largo, lo andará con otra actitud, otro talante, otras prioridades y, sobre todo, con las personas con las que lo tiene que hacer.

Sale corriendo hacia el comedor del lujoso apartamento. Al entrar en la sala, su esposa y sus hijas aún permanecen sentadas a la mesa, dando los últimos bocados a unos dulces de nata. Las tres mujeres se giran, sobresaltadas, al escuchar el sordo golpe de la puerta contra el tope pegado en el suelo. Aunque les separan una decena de metros, Volodia puede advertir con claridad que en sus rostros se entremezclan sentimientos de sorpresa, miedo y confusión. Ese hombre distinguido y acicalado, metódico, calculador y milimétrico, se ha presentado ante ellas en pijama, con el pelo alborotado, ojeras profundas y una incipiente barba. Tras ese shock primario de unas décimas de segundo, las tres, como animales bien adiestrados, se levantan al mismo tiempo y se encaminan raudas hacia la puerta de salida, donde en perfecta alineación cronológica ejecutan la pertinente reverencia.

Es ese momento cuando ese individuo dictador, gélido y déspota, extiende su mano con la palma hacia delante indicando que paren. Gesto dulce, cercano, cálido, y sonrisa con hoyuelos.

–Esperad, chicas. Esperad. ¿Queréis tomar el desayuno conmigo? Así podéis contarme qué planes tenéis para hoy… ¡Vaya! Qué guapa estás, querida María, nunca me había fijado en que ese vestido te sienta como un guante… y oye, Sasha y Alina, ¡pero qué altas estáis! ¿Y desde cuándo tenéis el pelo tan largo? ¡Pero si os va a llegar a las rodillas!

La cara de las tres féminas oscila entre la desconfianza, el asombro y la estupefacción.

–¿Se encuentra bien, señor esposo? ¿Ha sucedido algo extraño? –pregunta María.

–¿Algo extraño? No, para nada. Simplemente es que tengo cinco minutos libres y los quiero aprovechar con vosotras.

 

Óscar Gutiérrez©

EL TIEMPO

 

 


Ante ella, envuelta en una luz tenue, le esperaba la muerte ambarina, con la parte craneotorácica cerrada como un ataúd. Ocupaba el centro de la sala sanitaria. Se fijó en la parte eléctrica y los ordenadores... a la derecha, pero sus ojos volvieron hacia su enemiga: la máquina que la invitaba a yacer, a respirar hondo y mantener el oxígeno inalterado durante unos segundos. Andrea cumplió las órdenes frunciendo los labios para evitar la exhalación del aire, y para no tener que repetir la prueba... ¡y estaba viva de nuevo!

La doctora Garmendia se presentó con dos becarios, con cara de pocos amigos ellos, justo cuando los celadores repartían la comida.

–¡Hola, mi valiente paciente! Has pasado la prueba del tac (Tomografía Axial Computarizada) como una campeona. ¿A que allí el tiempo se vuelve una goma elástica: alargar, tirar, atirantar…? Pero aquí estás, de nuevo, henchida de oxígeno. Acabo de hablar con la Dra. Serna.  Siente haberte tratado como a una loca, aunque se ha calmado un poco por sus airadas palabras cuando le he hablado de los resultados del tac: EMBOLIAS PULMONARES EN AMBOS PULMONES. No te voy a chillar como una energúmena. No entras en el 20% de que las que no pueden contar la osadía. Y ahora, durante cuarenta y ocho horas, nada de moverte. Y mientras yo aprovecho el fin de mi jornada, intercambio con Malcolm vuestro periplo... Tú a comer, a descansar y a pensar... ¿Vale, Andrea?

–Verás, Elena: antes de emprender el viaje, Andrea lo tenía clarísimo: ella no acudiría a un hospital aunque le afectara otro trombo; no se encarcelaría, no permitiría que la excursión tan deseada, tan bien planteada por Barbrú y por mí, se fuera al garete. ¡Y yo le di mi palabra! Al tercer día, tras dos horas de avión a Bruselas y otras tres de viaje a Oslo, descansamos. Al día siguiente, cinco horas en coche hasta el parque paraíso, a la cabaña mágica, y fue cuando sintió el dolor, esta vez, en la pantorrilla derecha. Sólo pronunció ¡Ay, el trombo! Barbrú y yo volvimos con la media ortopédica, el paracetamol y, ya que lo llevaba con tan buena cara, como premio, una cerámica con las flores silvestres –ya que no podría verlas in situ–. Teníamos los billetes pagados para el ferry por el fiordo. Éramos tortugas observando el paisaje, casi perpendicular a la gran balsa. El calorcito de agosto suavizó el dolor de Andrea. Con los ojos cerrados para evitar la pérdida del idílico panorama, el estómago agradecido por el sabor de los humeantes hot dogs, emprendimos el regreso durante el crepúsculo: las cataratas blancas, vaporosas, caían perpendiculares, ávidas cual gargantúas, letales cual carámbanos, sobre los ferrys –estacionados en la ensenada del fiordo–. El lento, asmático y agónico motor del auto ascendía en un geotropismo negativo, como si quisiera descansar, lanzándonos por el precipicio. Nueve horas en tren pudieron originar las embolias pulmonares. Andrea descansó casi cuarenta y ocho horas en el hotel. Los paseos por Bergen, con su exposición de barcos de madera, la subida en funicular a la cima de la ciudad, era como obligar al paciente Job a salir del dormitorio. Ella no se inmutó durante mi detallada y celestial  vivencia, mas, ante la descripción de tiendas novedosas y artesanales, se lavó la cabeza... Su ¡Ay!, amargo, fue un SOS. A punto de perder el conocimiento, la tumbé en la cama. Su mareo duraría diez minutos largos...

Perdona, Malcolm, ahí es donde se originaron  las embolias. Y me temo que se acabó todo.

–¡Qué va! Mejoró tanto que, en menos de media hora, con el bolso del brazo, salimos de compras. Sus ojos admiraban cada atrayente rincón del paseo. La escuadra, fondeada en el centro de la ciudad, parecía, con su velamen al viento, que iba a rescatarnos de los cercanos suecos...  Andrea entraba y salía encantada de cada tienda: en menos de una hora –corta para ella, larga y preocupante para mí–, tendría en sus manos unos quince regalos, para todos los de la lista. Parecía curada: las compras son para ella el opio que adormece la reflexión... Después, llegó mi turno para redondear el gasto ingente: cenar en Bergen, a ver si llevábamos su sabor en nosotros. Ni Arzak nos hubiera preparado una sopa de pescado tan exquisita como completa. De postre, dos copas de la casa: bizcocho absorbido con distinto glamuroso chocolate y aderezado con merengue, salteado con trozos de fresa, piña y mango  frescos... Hasta degustamos un vino blanco dulce. Para agradecer a la anfitriona su desvivir por nosotros y habernos ahorrado muchas líneas de conceptos varios en la cartilla, Andrea, con la pierna en alto –yo pelé y troceé las patatas y la cebolla– preparó una tortilla que Barbrú saboreó como si se tratara de un manjar. A la enferma le esperaba la cama. Al día siguiente, a las 5 a.m., dejamos el aeropuerto de Oslo. Un regreso a Vitoria bastante corto esta vez.

–Andrea, me alegro de que hayáis disfrutado de Noruega... Desde luego,  gozasteis años siderales fuera del hospital. Ahora, me toca a mí buscar una anfitriona para que me haga de Cicerone en ese país idílico...

                                       

                          Isabel Bascaran Garechana©

                                                                   San Vicente de la Barquera, a 21 de abril de 2021

miércoles, 31 de marzo de 2021

DULCE LOCURA

 


Me encontraba dando vueltas por la misma calle durante más de media hora. ¡En buen momento había decidido salir del hotel! Pero claro, llevaba metido tres días sin pasar de la puerta de entrada, solamente trabajo, trabajo y más trabajo. Como consecuencia: perdido en Berlín, muerto de frio y con un hambre atroz. Pero todo no estaba perdido, porque, al cruzar la esquina, encontré un pequeño restaurante, decorado de una manera muy elegante, con los camareros con chaqueta, pajarita, arañas enormes iluminando el comedor. Al llegar, pedí una mesa para uno. Me costó unos cinco minutos entenderme con el encargado del restaurante, porque yo no hablaba my bien alemán; pero él, mucho menos de inglés y español: ole, toros, san Fermín y para de contar. Pero un mensajero, que debía de llevar los encargos a las casas, sí sabía. Y así entré en su maravilloso comedor. Era como meterme en el castillo en medio de un baile.

Noté que me miraban, esa sensación que no sabes por qué pero tú notas. Me senté a una pequeña mesa, con una vela como única compañía. El camarero me entregó la carta y, parapetada detrás de ella, hice un barrido por toda la estancia en busca de quién producía aquella sensación, y lo encontré, pero… ¡Ella, no puede ser! Pero cuando nuestras miradas se encontraron, me guiñó un ojo de una manera tan sexy, y yo simplemente me quedé en blanco. Cuando mis neuronas volvieron a funcionar y le iba a devolver el coqueteo, un alemán de casi dos metros, más rubio que el maíz, venía a tomarme el pedido, pero yo estaba a otra cosa: una obra de arte, creada por los grades escultores, me estaba sonriendo y mirando de manera muy, muy dulce. Pedí los dos primeros platos de la carta –me daba igual, ya no tenía hambre, o no de la misma manera que al salir del hotel–. Quería preguntarle al camarero que si la conocía o invitarla a una copa, pero… si tardé cinco minutos para una mesa, para esta aventura necesitaba más de media vida, y no estaba dispuesto.

Cuando el camarero se alejó, decidí que era ahora o nunca, porque esa mirada me había atrapado. Así que cogí todo mi valor y me dirigí hacia ella. Al llegar a la mesa de postres, cogí la tarta de red velvet y dije: como me vuelvas a mirar otra vez así, te como de un bocado. Y así me dejé seducir.

 

Jezabel Luguera ©

LA SEDUCCIÓN

 


 

Cuando te vi, te noté absorto y con los ojos inundados de brillo, a rebosar de deseo. Ya desde aquel momento supe que algún día me poseerías.

Nací como casi todas nosotras, todavía sin terminar, de estar hecha y derecha del todo. Mi autoestima era bajísima y paso a paso me fui aceptando a mí misma. Poco a poco se fueron perfilando mis contornos y ganando curvatura y turgencia.

Puede que todo esto empezase cuando al fin me dieron un nombre propio, éste, exótico y sugerente a más no poder. Después me vistieron con las mejores galas –no era cuestión de ir todo el día desnuda; era mucho más seductor insinuarse y dejar que fuesen ellos quienes disfrutasen del excitante acto de desnudarme totalmente.

La primera vez no fue doloroso, pero tampoco placentero. He
de decir que más bien me sentí juzgada, violada y maltratada. Me decían: colócate así; ahora, boca abajo; date la vuelta, por favor. Me impregnaron de todo tipo de aceites y líquidos, porque decían que así estaría más guapa. Me manosearon desde negros, asiáticas, nórdicas y hasta judíos. Me volvían a colocar en otro ángulo, todo ello bajo un calor sofocante. Cuando por fin consiguieron sus propósitos, tras unas jornadas agotadoras, no volví a saber más de ellos hasta pasados tres meses. Entonces acordaron que aquel sería el gran momento, el momento de presentarme en sociedad: querían que me conociese mucha más gente. Yo más bien entendía que me iban a explotar. ¿Y qué ganaba yo de todo esto?, pensaba. Pues todavía no lo tengo claro. Al principio me presentaron a gente famosa e influyente que, cuando estaban los otros delante, eran todo alabanzas y buenas palabras hacia mí. Pero cuando me quedaba sola con ellos (con los hipócritas influyentes), salvo honrosas excepciones, realmente la mayoría me abandonaban y me dejaban tirada como una colilla.

Con el tiempo se fue ampliando el círculo de amistades y hacían todo lo posible para que me conociese más y más gente. Algunos de aquellos señores importantes se jactaban de que me habían disfrutado y eso hacía que la muchedumbre me desease aún más. Y ahí es donde vuelves a entrar tú, con tus ojos vidriosos y ese gesto incontenido. Sé que tuviste relaciones con alguna de mis hermanas mayores. Yo era la pequeña, y la anterior me sacaba quince años. Fue de ella de quien te enamoraste, y eso te hacía desearme aún mas, querías volver a sentir su piel, sus abrazos y sus curvas, pero con alguien más joven; sangre fresca que a su vez te rejuvenecería a ti también. Sabía que por las noches me buscabas, excitado, en las redes, y cuando me encontrabas, tu lascivia aumentaba y se te aceleraba el corazón.

Al final, lo conseguiste, ahí me tenías, ahora sola para ti: vestida y perfumada. Podías hacer conmigo lo que quisieras, era tuya, era tu esclava. Me quitaste la ropa. Al principio, excitado y con torpeza, pero pausadamente te fuiste deshaciendo en mil amores: tocándome con delicadeza y oliéndome con suavidad –te encantaba como olía, decías–. Esa primera noche dormimos juntos y, al amanecer, lo primero que hiciste fue acariciarme y regalarme unos halagos preciosos. Pero, de repente, me agarraste con furia, me ataste y empezaste a pisarme y patearme. Al principio, no tenía claro qué es lo que estaba pasando y el porqué. ¿Por qué?, me decía a mí misma. Con el tiempo, me acostumbré a tu rudeza y malos tratos, y hasta me gustaba, porque hacíamos un buen equipo y me decías todavía palabra bonitas y halagabas el ritmo que te proporcionaba mientras jadeabas encima. Luego aquellos malos tratos empezaron a repercutir en mis facultades y, en vez de ayudarme y curar mis heridas, te enfadabas y me insultabas constantemente.

Llegó un punto en que yo estaba muy cansada, entre nosotros ya no había ningún tipo de atracción. Una noche te descubrí con ese gesto de deseo que bien conocía de antaño y esos ojos chisporroteantes haciendo clic en la pantalla del ordenador; estabas cachondísimo mirando a una de mis primas. Eres un cerdo y un insatisfecho –pensé–; pero me resigné, convencida de que había llegado mi momento.

Al día siguiente, llamaron a la puerta y apareció ella, vestida para matar. La verdad es que no tenía mala pinta, la muy guarra. Me abandonaste en un cuarto oscuro lleno de objetos inservibles y hasta la fecha no he tenido más noticias de nadie. Por cierto, me llamo Nike Air Zoom y mi prima es ASICS Nimbus. Y ahora lo entiendo todo, estamos preparadas para durar un millón de pisotones.

 

Óscar Nuño©