domingo, 20 de mayo de 2012

TARDE DE CONSULTA.


Estaba tan nerviosa que no paraba de moverse mi pierna, asi que pensé cruzar las piernas pero fue una mala solución porque en menos de un minuto toda yo temblaba al igual que un flan. Entonces observé que frente a mí se encontraba una montaña de revistas que ni el k-2, asi que decidida cogí una revista para calmar mis nervios, pero mi mente no paraba de enviarme preguntas, ¿Qué hacía allí?, ¿me pasará algo? Pero rápidamente las calmé porque Pablo me dijo que sería bueno y que lo necesitaba y él quería lo mejor para mí.

Entonces escuché mi nombre y una voz tan suave me indicó que pasara, que ella llegaría en dos minutos y que me pusiera cómoda. Al entrar en la habitación me sorprendí había un enorme sillón verde manzana que te invitaba a recostarse, y me puse a reír porque me había imagino aquella estancia tan sombría como la habitación de Drácula o Frankenstein, mi imaginación me había hecho pasar dos noches imaginando cadenas, telarañas y era todo lo contrario.

Me acomodé en el sillón y cerré los ojos, justo en el momento en que mi mente conseguía desconectar de mis miedos; escuché una puerta que se abría, una voz segura me saludó y abrí los ojos al ínstate, era una mujer muy joven con bata blanca y estaba sentada juntó a mi, me indicó que era Andrea y que le contara qué me pasaba.

Andrea tengo todo lo que en mi vida soñé, una casa de cuento de hadas, mi trabajo es mejor que el de mis sueños, mis seres queridos me cuidan, me respetan, escuchan y encima comparto este sueño con mi alma gemela ¿qué más puedo pedir?, pero no soy feliz siento que me falta algo y que este sueño se va a derrumbar si no lo encuentro, los días se me hacen eternos y las noches las paso teniendo pesadillas horribles que los amaneces no se llevan.

¿Qué me falta Andrea?

Ella sonrió y me explicó que era muy afortunada por todo lo que tenia, que ella misma no había conseguido completar su vida de ensueño, y que sólo tenía que disfrutarlo. Estuvimos una hora hablando, como unas viejas amigas en una cafetería. Compartimos miedos, alegrías y cuando me disponía a salir por la puerta me detuvo y dijo:

-Lucia ¿sabes que te falta, encontrar ese atardecer que te haga olvidar las pesadillas y te muestre las estrellas de la noche, para que cuando encuentres el amanecer le sonrías a tu vida?.

Me despedí de mi nueva amiga dándole una sonrisa de gratitud, y al llegar a la puerta de la consulta, me encontré a Pablo me agarró de la mano y me dijo ¿has visto que atardecer? Le he pedido solo para ti.

Jezabel Luguera ©

EL SUEÑO DEL HALCÓN.


Al entrar en aquel extraño lugar, el bello de la nuca se me erizó y sentí ese mismo escalofrio, cuando sabes que alguien te sigue.

Pasaron las horas y mi única compañía era la enorme presencia del los arboles y su leve conversación. Me quedé callado pues era invitado en el bosque y rendía respeto a la naturaleza, pero la sensación no desaparecía, miré a mi alrededor y sólo encontré la majestuosa presencia de las rocas y animales, no había enemigos solo paz y armonía de mi hogar.

Intenté descansar, pues no podía seguir mi viaje, estaba herido. Tras pasar varias horas descansando desperté agitado, con dolores y unos ojos grises mirándome, me levanté tan deprisa como mi cuerpo me permitió, cerré los ojos varias veces pues no todos los días tienes un halcón frente a frente, intenté echarle pues era quien me producía la sensación de ser observado (mi vigilante), pero él no se fue, todo lo contrario levantó su garra, y vi lo que traía, una nota. Como pude la desenganché y leí.

-Querido Ajax,
Te envió a mi halcón,
Para ayudarte a salir,
De tus pesadillas
Y regreses a casa.

Besos El bosque

Jezabel Luguera ©

AL FINAL DEL DÍA...


Al final del día me hechizó tu mirada
Y te regalé una sonrisa
El sol ya se había ido.
Tú y yo, no habíamos quedado... Sin embargo allí estábamos
Alguien dirá que el destino nos habría enfrentado.
Y, no recuerdo sobre qué conversamos, solo recuerdo que en aquel momento
La noche nos saludaba y nuestro día había iniciado.
La luna se disfrazó, la oscuridad se iluminó, sólo el mar fue testigo de aquel atardecer tardío.
Saltamos, bailamos, hablamos…
Parece que el ocaso convierte en monos saltarines a todos los enamorados
Enanos alocados,
Mientras el sol se despedía, la luna nos sonreía
Aquella imagen seductora
Naranjas color naranja ocultándose al occidente
Plateados de sonrisa torcida
Y el agua con su sal dulce pegándole a nuestros pies.
¿Quien habrá dicho que el destino nos habría enfrentado?
¿Quien habrá osado sentenciar lo presagiado?
Al final del día, nuestro día había iniciado
El estreno del ocaso fue para nosotros augurada alborada!


Kenia Araujo Pineda ©

RECUERDO AQUELLA HORA.


Recuerdo aquella hora y la recordaré siempre. El cielo se sonrojaba y enviaba su cara a bañarse en la ría tranquila. Allí se esparcía en diminutos reflejos que se multiplicaban constantemente y durante unos minutos convertían ese espacio del agua en un estanque dorado.

Es imposible que olvide este recuerdo pues pasé largos ratos contemplando aquel espectáculo que me hacía contener la respiración para evitar que algo me hiciera olvidar ese hermoso proceso.

También recuerdo los sueños con que adornaba aquellos momentos, la fantasía desbordada que venía a mi cabeza y salía, en torbellino, mezclándose con la realidad.

Allí, en aquel mirador que hacía de balaustrada, quedaron prendidos mis ojos ante tanta belleza. Allí vi al Amor en la distancia y quise tomarle con las manos para traerle a mi pecho. Allí fui capaz de cerrar los ojos y encontrar la paz y el equilibrio del alma. Allí recé y pedí perdón al cielo por mis pecados y también por los de todos los seres queridos.

Pero hoy, cuando retorno a ese lugar, veo la belleza marchitada por el paso del tiempo. No veo al Amor en la distancia y mis manos, aunque suplican, tiemblan y saben que aquel espejismo nunca se repetirá. Tampoco encuentro la paz y el equilibrio del alma, pues las heridas y la angustia hacen que eso no sea posible. Y en cuanto a pedir perdón por los pecados, ahora tengo el pecho cerrado a cal y canto, tal vez por la capa de hormigón y orín acumulada que hace insensible a mi alma.

Sin embargo retorno al pasado, y lo hago volviendo a ese momento sublime, a ese instante en que estabas tú allí, en que miré tus ojos profundamente y tú también los míos, vuelvo a ese momento en que nuestros labios se buscaron y nuestros besos se cruzaron para intercambiar el cariño que nuestros pechos necesitaban y deseaban participar.

Pero sé que es tarde ya, que el atardecer está acabando, que el reflejo de las aguas se está apagando y que pronto la noche vendrá para cubrirnos con su manto oscuro.

No debo continuar anclado en el pasado. No quiero atardeceres como aquellos, por muy hermosos que fueran. Quiero el atardecer de hoy con todo lo que tiene y quiero el de mañana y el de pasado y quiero todos los atardeceres que me resten, para con ellos poder pedir y soñar al mismo tiempo.

Rafael Sánchez Ortega ©
14/05/12

MITO.


Soñaba con tus besos en mis sueños,
soñaba..., pero al pronto despertaba
veía entre las sombras de mi ocaso
que estaba en soledad, casi olvidada.

Sentí por un momento los recuerdos
de los besos y lenguas enlazadas,
de abrazos pasionales y alegría
de jóvenes y hermosos en las albas.

Los besos que ahogaron los suspiros
sin respiro y sin pausa en la distancia, y,
caían las ropas sobre las hierbas
donde desnudos cuerpos retozaban.

Amaban sensitivos, sin distancia,
tan fuertes como el mar y las murallas,
enérgicos y en sueños exaltados
de quimera y verdad, juntas, en llamas.

Resecas quedaban hasta sus bocas
de tanto recorrer la piel amada...
solícitas, en busca de regazos
viajando por las golosinas bravas.

Fue el mito de otros tiempos y deseos...

Sus cuerpos izaban tallos inhiestos
eran, ¡Dioses!, placer interminable
era ansias y pasión de adolescentes
y fogatas de un amor extenuante.

La excitación se hacía inaguantable,
la energía se unía con la noche
seduciendo a la luna incandescente
que ilumina el ardor y los rebrotes...

Sus cuerpos sudorosos se calmaban
y aún, esas caricias fueron perennes
buscando el renacer de otros deseos
y volver al faro en cuando atardece.

El aire acarició el vello desnudo
y aunaba a la caricia el acicate
de vergüenza y vírgenes palabras
sumadas al calor del abrazarse.

Adherían de nuevo aquellos cuerpos
deseo avaricioso entre dos venus
de ardores innombrables e inauditos
y que hoy, ha renacido en un tedeum.

No había poesía en el momento,
solo el calar de flores y los mimos;
el miedo y el pudor fue comandante
llegando al ocaso... un amor supino.

Pasiones de amor y de otras edades
abrazos que rompían los esquemas,
quizá permanecieron como un mito
ayer ocultado y hoy es quimera.

¡Cuántos gemidos de amor se han dormido
entre rumores de olas y el nordeste
resguardados en rocas y sargazos
de aroma a salitre y flora silvestre!

Ángeles Sánchez Gandarillas ©
14-V-2012

ATARDECER.



Atardecer para el niño
Que cansado de jugar
Busca el refugio de su
Casa y la caricia de sus padres.
Atardecer para esos
Padres, que cansados
Del trabajo, pueden gozar
Pocas horas de
Su vida familiar.


Atardecer maravilloso
Para esa pareja
Que se arrulla en el parque
En la hora en que,
Los besos saben a miel.
Atardecer para el campesino
Que regresa con el azadón
A cuestas, y el pecho henchido
De respiraciones profundas
Cavando su huerto.
Atardecer para el pintor
Que da la última pincelada
Cuando el cielo se ve rojo,
Colándose por el ventanal
De su estudio, cerca de las estrellas.
Atardecer para la abuela,
Que desde su sillón
Ya no sigue con su labor,
Y se extasía mirando con placer
El último bello resplandor.


Atardecer en el bosque,
Cuando los animales
Que viven en él
Buscan el arroyo o la charcaan>
Donde saciar a su sed.


Luces difusas
Que lo envuelven todo.
Colores que se apagan
Y suavizan acogedoras,
Hasta que llega la noche oscura.


Mª Eulalia Delgado González ©
Mayo 2012

ATARDECER.



¡Ya es mala leche que esa palabreja de aquí arriba sea hoy el tema obligado de nuestro Taller de Escritura!

Si, ya lo se. Vosotros la encontráis romántica; y si me apuráis un poco os diré que hasta la encontráis enternecedora. Seguro que os recuerda una puesta sol tiñendo de rojo la espuma blanca de la playa de Merón… Y ¡Hala! Así es facilísimo inventarse una historia de cualquier tipo, y describirla ambientándola en esos atardeceres vuestros.

Pero lo mío es distinto. Yo no tengo atardeceres. A mi solo me quedan anochecidos. Y doy gracias a Dios de que todavía son anochecidos tranquilos, como si fueran de primavera o principios de verano, cuando todavía es una delicia pasear en mangas de camisa.

Pero son ochenta y uno los que llevo a la espalda, y esto hace que los anochecidos veraniegos .vayan dejando pasar las primeras incomodidades del otoño. ¡Pero si hace solo cuatro días que subía a la biblioteca, y bajaba en un periquete, con las patas más listas que el hambre! Y ahora, unas veces por pereza, y otras porque es más cómodo, subo en coche hasta el parking del Ayuntamiento.

Me estoy dando cuenta que al dejar atrás el atardecer de la vida, hasta mentirosas nos volvemos las personas. No se muy bien si es al dejar atrás el atardecer, o es al encontrarte con el anochecido. Lo cierto es que sin querer he dicho que subo en coche por comodidad o por pereza, cuando la puñetera realidad es que lo hago casi por necesidad. ¿Seré ingenuo que hasta a mi mismo pretendo engañar?

Dejar atrás el atardecer, también tiene su parte buena. Por algo se dice aquello de que la experiencia es un grado. Yo comprendo ahora cosas que antes no comprendía. ¿Nunca habéis oído decir a un viejo que las “piernas no le llevan”?

¡Pues por eso subo en coche a la biblioteca! Ahora comprendo a esos cabrones de viejos. Y ¿qué es?, preguntaréis vosotros; ¿Qué te duelen? ¿Qué se cansan las piernas? ¡Que no, coño! Es solo eso, lo que dicen los viejos. “!Que las piernas no me llevan!” No es cansancio, ni es dolor. Es simplemente que se niegan.

Pero mientras pueda conducir… Mientras no lleguen los anochecidos de invierno, con vendavales y granizo… Quiero decir: ¡Con putadas mayores para mi cuerpo serrano…!

Por eso repito que del atardecer nada puedo contar, que esa época hace tiempo la perdí de vista. Ahora estoy poniendo todo mi entusiasmo en llegar a los cien años. He descubierto que después de esos años no se muere nadie. ¡Ah! ¿Qué no me creéis? Pues mirar como miro yo las esquelas de los periódicos. ¡Ni uno he visto con ciento o más años!

¡Ajjjj…! ¡Que los jóvenes no pensáis en ná…!

Jesús González ©

ATARDECER



RING… RING..

--¿Sí?


¡Sí, Soy yo!


¿Cómo dice? ¡Pero si yo no he participado en ninguna oferta!


¿Qué alguien rellenó el formulario en mi nombre?


…Ja-ja, ja-ja. Nos ha gastado una broma. Todo esto suena a Ciencia-Ficción. Perdone, pero voy a colgar.

Bueno, eso ya es otra cosa: un certificado con sus referencias… ¿Y cuándo..? ¿ Y, a dónde..?


¡Ah, que hay una condición! Ahora viene la letra pequeña, ¿no es así?


Que en la maletita ATARDECER sólo he de incorporar lo más valioso de mi personalidad… ¿Pero…cómo lo hago?

Y que el taxi de su empresa pasará a recogerme el próximo 20 de junio a las 4:30 p.m.


PIPPIPP.

-¡Muy buenas tardes! Usted debe de ser Eco75. Sí, somos la empresa ATARDECER, una filial de la NASA. Por favor, permítanos que el polígrafo asegure la validez de su tarjeta.

-¡Enhorabuena! Tome su maletita con estas gafas-cámara espaciales. Siga la flecha luminosa hasta nuestra nave ATARDECER. Que tenga un buen viaje y, gracias por confiar en nosotros.

-Buenas tardes, Ecos. Les habla el comandante de la nave. Espero que se encuentren muy cómodos en sus módulos. Ahora, abróchense los cinturones y pónganse las gafas-cámara espaciales. En cinco minutos despegaremos. Volaremos hacia el Oeste, Irán contemplando sucesivos atardeceres: atardeceres rojos, atardeceres-sangre, atardeceres-corinto, atardeceres celestes y, nuevos atardeceres, ya los verán. Haremos un alto en la plataforma del telescopio gigante ESO, para observar la Vía Láctea. Si desean pueden accionar el botón ON de sus cámaras. Les deseo sean bañados en espléndidos, emotivos y dulces vibraciones.

-Buenas tardes, Ecos. Soy su guía espacial. Les agradecemos las caras de júbilo, de éxtasis, de placer con las que nos han respondido. Ha sido un mosaico de todas sus personalidades. Ahora, les exhortamos a un descanso, ya que nos esperan más sorpresas. Pueden deleitar sus paladares con todo lo que se halla expuesto. Al final del periplo ya hablaremos de sus bonos o cupones.
- De nuevo con Ustedes, Ecos. ¿Han restablecido sus fuerzas? Nos dirigimos hacia los paralelos más altos de la atmósfera, en breve, llegaremos, casi, a la altitud máxima de ella.

-Pónganse sus gafas-cámara y les apremio a salir al pasillo de la nave. Si se asoman a la cristalera, verán la luz del sol difuminado por todo el cielo, por la acción de las moléculas del aire. Es el CREPÚSCULO del ANOCHECER. Esta luz es como el conjunto de haces, que forman ustedes con sus cualidades.

Si giran ciento ochenta grados sobre sus talones, en esa cristalera, pueden simular a ETE, “mi casa”, y tocar al LUCERO DEL ATARDECER, les aseguro que permanecerá con ustedes durante varias horas. Y quizá… años.

-Les habla el comandante, queridas Ecos. Ha sido un placer tenerlas a bordo. Pueden abrir las cajitas fuertes e introducir los bonos que se especifican en ellas. Gracias en nombre de la tripulación, y, les recuerdo que no se olviden de pasar por el mostrador de nuestra línea con las gafas- cámara espaciales y, la maletita ATARDECER.

-¡Encantada de verla tan risueña, Eco75. ¿Me hace el favor de pasarme las gafas-cámara y la maletita ATARDECER? Oh, si todavía le quedan muchísimos cupones; guárdelos para, tal vez, otra ocasión. ¿De verdad? ¡Desde luego que es usted un alma muy generosa! Muchas gracias. Mire, ha llegado su taxista. Coja su maletita ATARDECER y la convino a confiar por segunda vez, en nosotros, y en ella.

San Vicente de la Barquera, a 8 de mayo de 2012
Isabel Bascaran ©

NUESTROS ATARDECERES.


Hace poco que te has ido y me parece tanto tiempo que no logro dejar de añorar tu ausencia, echo en falta tantas cosas que compartimos que a veces se me hace muy difícil no caer en la melancolía y sentir esa tristeza que me invade con tú recuerdo.

Planificamos muchas cosas juntas, y en cada rincón de mi memoria, aparecen aquellos atardeceres en que nos reuníamos para preparar tantos y tantos proyectos que después se convertirían en agradables sorpresas para asombrar a nuestros queridos compañeros de los libros y las letras.

Disfrutábamos como niñas, atando todos los cabos para que todo saliera bien, a la vez que los lazos de la amistad se hacían más sólidos y la complicidad nos permitió deleitarnos juntas de muchas ilusiones.

Hoy inesperadamente has vuelto, pero solo de visita; me ha sabido a poco pues, quería contarte tantas cosas que se me ha pasado el tiempo volando, y en el tintero se han quedado muchas cosas por decir. Me has dicho que lo repetiremos y que aunque sea desde la distancia podemos seguir planeando nuevos proyectos con el mismo entusiasmo.

Sé que puedo contar contigo para cualquier cosa y que no me vas a fallar, pero también sé que nuestros atardeceres ya no los podemos disfrutar como entonces y eso de momento es una pena que tardara mucho tiempo de irse de mi alma.

Flor Martínez Salcez ©
mayo ,2012

EL ATARDECER.



-¿Qué es lo que más te gusta de la vida, abuela?

-Los atardeceres dorados. Los jóvenes sois albas, los mayores bellos atardeceres. La vida comienza como un fresco amanecer y termina con un sereno ocaso. ¿Sabes a qué suelo jugar cuando el sol está cayendo?... Pues pongo mi dedo tembloroso sobre él, le toco y le ayudo a bajar hasta que desaparece, no importa dónde; sobre el mar o entre las montañas, eso significa que he vivido un día más.

-Abuela, a mí me gusta más el amanecer, está todo por llegar.

-Recuerda esto hijo; un magnífico atardecer puede ser el preámbulo a un amanecer en compañía.


Ana Pérez Urquiza ©

ES UN DÍA DE FOLÍA…



Es un día de Folía
con el viento de nordeste,
y la Virgen va despacio
de la Iglesia hasta los muelles.

Este día de Folía
va la Virgen entre puentes,
de paseo con los rezos
y las rosas tan rebeldes.

Eran rosas, esas rosas,
rosas rojas y candentes
de su Hijo tan amado
en un Gólgota circense.

Al compás de la marea
se mecían los cipreses
y también los sentimientos
de los hombres y los fieles.

A los pies de La Barquera
otras rosas también duermen
y también las margaritas
que se mezclan con claveles.
Las motoras y los barcos
van al mar y proa al este,
con la Virgen de Folía
mientras suenan los cohetes.

Una salve silenciosa
rompe el pecho de las gentes,
que la rezan y la cantan
sin mentiras ni dobleces.

Es un día de locura,
la Folía pasa y vuelve,
y se queda con nosotros
en el alma y en la mente.

Y buscamos la Capilla,
más de una, muchas veces,
para hablar con nuestra Virgen,
La Barquera, sonriente.

Ella escucha los susurros
barquereños con sus preces,
como escucha a quien le habla
y consuela a quien le duele.

Es un día de Folía,
de cristianos y creyentes,
con la Virgen La Barquera
bajo un cielo azul celeste.

Rafael Sánchez Ortega ©
23/04/12

LIBRE



Tardé en ponerme a escribir esto, porque no sabía por donde empezar. Bueno, ni lo sabía, ni lo se. Porque busqué la palabreja en el Diccionario, y encontré nada menos que diecisiete acepciones. Os juro que estoy hecho un lío.

Pero ya que tardé en reaccionar a la propuesta del tema de hoy, voy a intentar decir algo. Otra cosa es que lo consiga.

1ª Acepción.- Facultad para obrar o no. Aquí si soy libre, porque puedo si quiero, escribir sobre el tema. Si no quiero, no escribo. Pero… ¿Soy realmente libre? No, porque si no escribo, no cumplo con la propuesta.

2ª Acepción.-No ser esclavo. pero, no. ¡Joderrrr! Que me esclavizó Foncho haciéndome escribir sobre la palabra libre.

3ª Acepción.- No estar preso. Hombre, en la cárcel no estoy, pero ¡ hay tantas cosas que me atan, a un sitio y a otro!

4ª Acepción.- Licencioso, insubordinado. Licencioso no, que soy muy comedido. Insubordinado tampoco, ¿No veis como acato la propuesta de escribir sobre el tema?

5ª Acepción.- Atrevido, desenfrenado. A lo mejor un poquitín atrevido si soy. Igual alguna vez pregunto o digo lo que no debería, pero no soy yo. Son los años que tengo; allá llegaréis, y comprobaréis las tonterías que os hacen hacer….

6ª Acepción.- Disoluto, torpe, deshonesto. ¡Ay coño, esto no!. Que yo siempre me aguanté de decirle a las mujeres las burradas que se me venían a la cabeza.

7ª Acepción.- Suelto, no sujeto. Pero hombre de Dios, que suelto y no sujeto es la misma cosa, ¿no?

8ª Acepción.- De un sitio o edificio, que está solo y aislado. A mi no me afecta, que yo no soy un lugar. Lo de ser un edificio… A lo mejor, un caserón viejo…. ¡Vete tú a saber!

9ª Acepción.- Exento, privilegiado, dispensado. ¡Cá! Dispensado ni exento de pagos al Fisco. ¡Pues menudos son ellos, que no se deben de casar ni con su padre!

10ª Acepción.- Soltero. Si, ¡y virgen!

11ª Acepción.- Independiente.- Bueno, un poquitín rarillo, ya se yo que lo soy. Pero ¡ no tanto!

12ª Acepción.- Desembarazado o exento de daño o peligro.- Jó, que casas más raras. Desembarazado… Pues que quieres que te diga, yo embarazado no conocí a ningún hombre, aunque ya se que algunos lo intentaron. Y tocante a lo exento de daño o peligro…

13ª Acepción.- Que tiene esfuerzo y ánimo para hablar lo que conviene a su estado y oficio. - Esto no está muy claro, porque yo esfuerzo para hablar, si que le hago; pero ánimo no tengo mucho, que a mi eso de hablar para otros no se me da muy bien.

14ª Acepción.- Dicho de una parte del cuerpo: Que tiene expedito el ejercicio de sus funciones. - ¡Ay Dios! ¡Ostras, Pedrín! Aquí si que me pillaron. ¿A que parte del cuerpo se refiere la acepción….? Porque yo tengo unas bastante expeditas…. ¡Pero hay otras…!

15ª Acepción.- Inocente, sin culpa. – Inocente total Pero que culpa voy yo a tener de nada…

16ª Acepción.- El tiempo de que se dispone. Ni eso. Ni tiempo libre para nada. Ahora mismo podía estar tomándome una cerveza en una terraza, y no dispongo de tiempo. Tengo que estar aquí, escribiendo estas chorradas para cumplir con mi deber en el Taller. ¿Verdad que esta vida es una mierda?

17ª Acepción.- Un espacio o lugar no ocupado. También los que hacen los diccionarios son un poco menos. En la acepción 8ª, decían de un sitio. ¡ Pero carajo, que un sitio es lo mismo que un lugar! Que os repetís y repetís las cosas como si en vez de yo, los viejos fuerais vosotros!

Total, que libre, ni el pensamiento. Que está ahí la conciencia con látigo en la mano, para en cuanto te descuides un poco, ! Zassss! ¡Coño, que ni pensar a gusto te dejan!

Jesús González González ©

LAS PERIPECIAS DE MI LIBERTAD


Libre, soy libre, y es verdad. Para muchas cosas soy libre. “Somos libres”. No en todos los países pueden decir lo mismo, aunque hace ya bastante tiempo que pienso que esto de la libertad tiene unos tintes un tanto ficticios, pues todos estamos sujetos a nuestras obligaciones. Si nos gustan ¡qué suerte!, sino a fastidiarse tocan.

Desde pequeños nos educan, y nos preparan para poder ejercer una profesión con la que poder subsistir. Estamos inmersos en un mundo que hemos creado con leyes y religiones. Vamos avanzando en tecnologías que nos hacen la vida más cómoda. Ahora por ejemplo, parece ser que quieren que nos la pasemos mirando una pantalla, y lo peliagudo es que lo están consiguiendo, para eso tenemos el mundo a ritmo de tecla.

Como el tema es muy peliagudo y yo no soy ninguna filósofa para explicarlo, prefiero rajarme y conseguir de vosotros una sonrisa con la que nos está cayendo y contaros la historia de nuestro primer perro. ¡ah! Creo que es él el que os la quiere contar.

Me llamo “Boby” y soy un Setter Irlandés. ¡Lo que me costó mi libertad! Sí, estaba en una casa, creo escuchar que en Madrid. La verdad es que me querían mucho y tenía un jardín donde hacer hoyos; eso sí, tenía que respetar las flores. ¡Las flores pinchan, me decían, y pinchaban!

Pero yo cuando de verdad disfrutaba, era cuando la Sra. salía a pasear con su niño en la silla y como soy perro de caza, lo mío era corretear entre las jaras detrás de los conejos que me hacían burla. Pero que no se quejase, que llevaba compañía, un San Bernardo enorme, que salía de un jardín todavía sin vallar, se acercaba al niño, lo bañaba a lambetazos y paseaba a su lado hasta que por fin volvíamos a casa. Entonces se tumbaba y no había forma humana de menearlo para que se fuese a la suya. ¡A mí me daba completamente igual!

Lo mío era trepar y escaparme. Una vez escuche que alguien decía. -¡Sra. usted tiene un perro o un gamo?

Un día me vino un lindo olorcillo a perrita irresistible. Venía de cerca de casa. Salté la valla, entré en el jardín. Tuve que sortear dos perrazos enormes. El olor venía de dentro. Merodeé hasta que encontré una ventana medio abierta. ¡Esta es la mía! Y me colé.

¡Me pillaron! La Sra. me cogió del collar y me llevó de nuevo a mi casa. Solo sé que la escuche decir con un acento meloso. ¡A mi perrita no te la puedo dejar, es muy chiquita para ti!

La frase fatídica que escuché fue esta otra. -¡No tenemos más remedio que amarrarlo! Y lo cumplieron, ya lo creo que lo cumplieron.

Me ataron a una encina grande que soltaba muchas bellotas. Estaba desesperado. Miraba el vallado de los vecinos con arrobo, pero las arizónicas estaban enormes. ¿y si salto?. No me digáis como lo hice pero lo hice, y quedé colgado entre ellas al otro lado. ¿Es que nadie me va a salvar? No podía ladrar, me ahogaba…

Escucho abrir el portón. Es el niño que viene del Colegio. Se quedó atónito cuando me vio y comenzó a gritar como un poseso

-¡Mamá, mamá, Boby está colgado de las arizónicas!

-¡Pero qué dices niño!

-¡Que sí mamá, que Boby está colgado de las arizónicas.!

Me desataron incrédulos. Sobre tres metros había saltado según decían.

¡Me salvé, y entonces fue cuando pude disfrutar de mi libertad. Me llevaron a tierras Palentinas, de caza, a la liebre y a la perdiz. ¡Por fin a lo mío, a lo mío!


Mª Eulalia Delgado González ©
Abril 2012

LIBRE



Allí, me encontraba yo: roja, jadeante, pensativa; ocupando el centro del círculo ante ojos estupefactos y bocas babeantes.

Anita, casi una experta, elevó, también, la pierna derecha y con el movimiento de las dos rodillas fue avanzando, avanzando… Las niñas la aplaudían como se aplaude a un funambulista. Anita me ofreció a su admirada amiga y ésta me recibió embelesada

-”Sólo mirar adelante y mantener el equilibrio” -se dijo para sí la pre-equilibrista. Con las dos manos en el manillar, de pie en los pedales -con las amigas sujetando la parrilla- la novata avanzó un tramo de la carretera del pueblo.

-”¡ SOLTADME!” Repitiendo la teoría en su cabeza vociferó a la ley de la gravedad: SOY LIBRE. Tras unas cuantas eses; recuperó la verticalidad y la seguridad en sí misma. Entonces, alargó sus dedos y me tocó: ring, ring, ring, y, por un segundo, perdió el equilibrio. Frenó con el pie izquierdo y yo me sobresalté toda, pero ella ofreció al maldito suelo su rodilla y sin soltarme de las manos me acolchó sobre su cuerpo.

El ring, ring, ring dio paso al tac, tac, tac. Entre otras obsesiones, ella seguía con la de desafiar a la atracción de la tierra, como lo hacían los pajaritos. Entró en una zapatería chick de la ciudad y se enamoró. Me probó, luego se subió al otro, y ante el espejo vertical barrió su complejo de bajita. Dio unos pasos seguros, giró sobre los talones –no en vano había practicado con los de su madre. Después, con andares rojos y llamativos nos dirigimos a comprar unos pantalones, ajustados como un corsé y una preciosa, acerezada blusa. Se diría que dilapidaba todos sus ahorrillos. Se adentró en una farmacia y, con muchísima celeridad, entró en la cafetería Arriaga. Ascendimos, como una actriz, sobre los escalones alfombrados. Los aseos entelados, primorosos y amplísimos la llenaron de calma. Desechó varios y, por fin, se colocó uno que no le producía ningún dolor interior. Se abotonó la blusa y, descalza, se embutió en aquellos pantalones prietos y blancos. Giró en el espejo palpándose por delante y por detrás: ni con ayuda de una lupa, podría nadie mofarse ya de la mujer. Y descendió las escaleras sintiéndose, entonces ( y el futuro), dos veces Libre.

Durante los años siguientes, yo pasé a tomar protagonismo -aunque ella no prescindió de sus hallazgos. Mi nombre “Cartier” emitía una musiquilla acorde con la moda de alto copete. Encandilaba a las jovencitas, incluso, atraía a sus amigas… pero, tal vez, fueron los recelos de su nuevo amor. De su muñeca, envuelta en un pañuelo de seda, fui a descansar a una cajita japonesa, que a veces, ella accionaba. Mi lugar lo ocupó un “Festina” de oro. El nuevo regalo cumplió su función a rajatabla, hasta que un día, inesperadamente, lo colocó a mi lado, protegido en un pañuelito bordado, (no quería perderlo como le había ocurrido con la pulsera a juego). Ella volvió a dar cuerda y la música de Dr. Zhivago nos envolvió.

Hace cuatro años, se volvió abrir la cajita nacarada. Lo situó con dulzura con su vestidito de burbujas blancas –a tono con su oro blanco. De cuando en cuando, estallaba una burbujita, ¡Pum! pero él afirmaba que eran lágrimas de agradecimiento hacia su atentísima compañera.

-”Joyita, hoy, me jubilo y te libero también a ti. Ya no tendrás que avisarme con tus destellos que la clase ha terminado –mientras se enmudecen tus amados tic-tacs con los “Jupisssssssss” de los alumno@s. Viviremos libres. Holgazanearemos …Y me ofreció un beso húmedo en la corona”.

Vueltas- hasta el tope- a la cuerda y la bailarina gira y gira con su tutú, elevada sobre sus Sanshas. Sabe que cientos de pájaros la amparan en su vuelo libre.

San Vicente de la Barquera, 19 de abril de 2012
Isabel Bascaran ©

ME GUSTARÍA...



Me gustaría sentirme libre
para quererte sin prejuicios
para decirte minuto a minuto
lo que siento, lo que pienso
lo que necesito, lo que quiero

Me gustaría sentirme libre
para contarte lo que me preocupa
lo que guardo en lo más recóndito
y en mi alma y no te puedo confesar

Me gustaría sentirme libre
para decir no cuando algo duele
para decir basta cuando algo lastima
en lo más profundo del corazón

Me gustaría sentirme libre
para contarte mis defectos
para explicarte mis penas
y que entendieras mis lamentos

Me gustaría sentirme libre
para decirte de lo que carezco
para pedirte lo que necesito
sin sentirme avergonzada

Me gustaría sentirme libre
y que mis manos escribieran
lo que en mi pecho llevo guardado
y mientras ansío sentirme libre,
entre sollozos, todas las noches,
sueño que soy libre de verdad

Flor Martínez Salces ©
abril,2011

LIBRE.



Libro Libre, era un niño, hijo, nieto y bisnieto de libros, en su familia todos daban por seguro que sería un libro de primera muy leído pero él se miraba todos los días al espejo y la verdad no se veía reflejado.

Con el tiempo, todos se dieron cuenta de que Libro no era como los demás, pero era tan larga la tradición familiar de estupendos libros que ninguno se atrevía a opinar nada, simplemente decían ¡es un libro más!

Pero Libro Libre, cada mañana seguía mirándose al espejo, hasta que un día, viéndose viejecito ante sus hijos y nietos, se dio cuenta de que tenía que hacer algo para que se sintieran orgullosos de él y se dejó caer de una estantería cuando la bibliotecaria estaba distraída. Lo recogió un adolescente y lo escondió en su mochila, Libro Libre, estaba comenzando su aventura. Le dijo al joven, una vez concluida su lectura, que le dejase en el banco de un parque, no sin antes, en la última página en blanco le escribiese algo, y así lo hizo con “Gracias a ti he viajado “, y se despidió.

Una ancianita se sentó en el banco, iba todos los días a dar de comer a las palomas , lo leyó en su butacón preferido y en la página final dejó escrito , “ He vuelto a ser joven y a vivir un bonito romance “, lo dejó en un restaurante .

En la mesa lo encontró un estresado ejecutivo, al leerlo, puso, “Me he sentido libre por unas horas “ y lo abandono en un aeropuerto, antes de tomar un avión

Libro Libre, estaba volando hacia algún lugar en las manos de alguien que le dejaría escritas unas palabras. Miró por la ventanilla del avión a la Luna llena y esta le hizo un guiño, y por fin se vio reflejado.

¿Cual es el titulo de Libro Libre?, ¡ese en el que estáis pensando!


Ana Pérez Urquiza ©

HIERRO Y JOSÉ



Hierro nos nació poeta
llenándonos de palabras
surgida entre los efluvios
de las mareas bien sabias.
Él sabía claramente
que el amor tenía en calma,
se prendía en sus ojeras
en su aspecto y en su calva.
No cabía en un suspiro,
solamente respiraba,
soñaría, eso lo ignoro,
con la fantasía esclava.
¿Quién sabría de su vida
quién, de todas sus entrañas,
quién pudiera estar adentro
de esa cabeza llorada?,
donde el verso era una rosa
las ciudades se hermanaban
en pueblos que eran los nudos
de realidad condensada.

¡Ay Hierro, José el poeta
ay José de la alborada!,
de las noches sin destino
de los poemas de lava,
de todas aquellas cosas
discurridas desde el alma
de los paseos y artículos,
de las obras prologadas;
de protocolos y ensayos,
del arte, también glosaba,
de galerías y libros
de esbozos y grandes charlas,
(eso decían los chismes),
de las noches y tanganas
en las cantinas del puerto
entre pena embotellada,
que respiraron estrofas
del oxigeno y la máscara.

Y fuiste conferenciante,
conversador de gran fama,
un elemento en protesta,
un viajero sin desgana,
conocedor de los mundos,
de la vida y de fantasmas.
Eras señor de tus gestos
eras un hombre y un alma
que a la salud hizo guiños,
lo enseñabas en tu cara
que subió pronta a los ojos
y con ellos hizo cata.

Viste pasar en el tiempo
el amor y marejadas,
y nada pasó sin verlo
pues todo lo reseñabas.
Desde aquella única meta,
que era el vivir sin palabras
y la eterna realidad,
con muertes desamparadas
de los hombres que querías,
a poetas y cantatas.
A todos hacías aprecio
y a todos inaugurabas.

José Hierro fue el poeta
que exuberante apuntaba.
Noventa hizo el nacimiento
y fue ayer quien murmuraba:
¡Ponme ahora esas cuartillas,
pónmela y será escanciada!
La beberé hasta su fondo,
de sonetos vienen dadas,
¿será que no tienen hielo,
o porqué está dibujada?
Que se note mi diseño
y sea galardonada.

¡Ay José, hombre de hierro,
hierros de las ensenadas,
de los hombres que vivieron
y que a mozas cortejaban,
señor de la poesía,
de las veredas y parras,
del relato y sortilegio
y de la tierra adoptaba
que no olvidaría nunca,
el momento y a la nada
con su voz ronca y profunda
de la experiencia y la charla...

Ángeles Sánchez Gandarillas ©
20-IV-2012

LOS BUHOS DE LA ALACENA




Los búhos de la noche quieren salir
Lechuzas con historias
Ulular tormentoso que no me deja dormir
El búho de piedra se queja
El búho de madera no para de llorar
Hay una lechuza,
es de porcelana y ya esta vieja
Quisiera encontrar su sitio
Al menos para morir
El más grande de todos no para de mirarme
Lo hace desde arriba y me pesa en mi hombro
Parece que sabe lo que pienso y asomo
El búho de colores me gusta, el dorado me asusta
me recuerda que el búho es esclavitud…
En voz baja pretendo deshacerme de ellos
Dejarlos que rapaces avivados se alcen
Esperare que sea de día
Cuando estén de recogida.
El búho negro da miedo
Y el blanco mas miedo da
No me dice nada y aun me dice más.
Pienso si quieren salir de ahí
O si allí se quedaran
Si al dejarlos ir también mi alma se irá
Alma de búho de la sombra
Que por la noche trabaja
Con los ojos abiertos
Sin temor a la oscuridad.


Kenia Araujo ©

PASEAR POR EL MONTE.


Pasear por el monte no es ir de marcha. Tampoco es caminar por el monte. Pasear es pasear. Es sentir que tienes los pies en la tierra, los ojos en la naturaleza, y el alma flotando en la inmensidad del follaje. Es contemplar las gotas del rocío de la mañana sobre las hojas verdes, o el letargo de las lagartijas grises sobre las piedras calientes de la tarde. Pasear por el monte es andar, y es pararte para conocer y vivir las cosas que cuando vas de marcha o caminando, ni siquiera adviertes que están presentes en tu entorno.

Y escuchar el murmullo de la brisa cuando habla con las hojas de los árboles, y el quejido de la rama que se quiebra, y el suspiro de las hojas desprendidas…

Pasear por el monte es henchir los pulmones con el aire perfumado de natura, contemplar a través de la enramada de los robles, a las nubes navegando por los cielos…. Y escuchar en lontananza el silbido de la alondra que reclama el favor de su pareja Y los gritos del silencio en la oquedad de las vaguadas, y el volar de los insectos pululando entorno nuestro.

Pasear por el monte es saber que a tu paso se abren las flores, que hay un nido escondido en la enramada, que hay arañas tejiendo sus labores. Y que hay grillos peleándose en el suelo, y orugas que se mueven a estirones…

Jesús González ©

domingo, 8 de abril de 2012

CERRÓ LOS OJOS EL ABUELO…


Cerró los ojos el abuelo, porque ya era la hora de dormir eternamente. No niego que sentí tan largo sueño y más tras haberme camelado con su historia inverosímil.

Decía, que una vez, cuando era niño le visitaron las sirenas, esos seres que leímos en los cuentos algún día. Contaba mil cosas diferentes relativas a ese encuentro. Decía que las vio venir, jugando en la playa, y que le llamaron para preguntarle cómo se podía subir a las montañas nevadas que se veían a lo lejos. Él les dijo que había que remontar valles y colinas, subir puertos y caminar por senderos, escalar repechos calizos casi inaccesibles y que al final podría abrazar las cimas caprichosas que se dejaban querer en la distancia.

Pero ellas le dijeron que no podían hacer eso, que su condición de ser mitad pez no les dejaba caminar como los hombres y que sentían una gran tristeza porque nunca podrían sentir el beso de la nieve.

Al escuchar esto, el abuelo, se entristeció y deseando hacer realidad su deseo les dijo que cerraran los ojos, que él les hablaría y les contaría una historia y quizás podrían ver y sentir la nieve más cerca.

Ellas aceptaron y se tumbaron en la arena, cerraron sus ojos y apoyaron sus cabezas en una mano, mientras el abuelo comenzaba su relato.

"Había una vez un hermoso rebeco que vivía en las montañas. Saltaba las rocas con una agilidad sorprendente. Era capaz de buscar la comida en los sitios más inaccesibles y también de vigilar si llegaba algún visitante para avisar al resto de la manada y que se pusieran a cubierto.

Su vida era alegre y monótona, siempre condicionada al tiempo reinante y al pasto que pudieran dar las majadas y los valles. Pero llegó un invierno duro en el que primero el agua torrencial se desprendió de los cielos como si tratara de apagar algún incendio en la tierra y luego, vino una ola de frío con cantidad de copitos de nieve, que al principio causaban admiración, en los tiernos ojos de nuestro rebeco, pero que más tarde iban poblando el piso de una gruesa capa de nieve hasta el punto de que los valles y los caminos quedaron ocultos bajo ese color hermoso y cristalino de la nieve.

Nuestro rebeco salía todos los días a intentar buscar comida en ese pasto que estaba oculto bajo un manto blanco y cada vez tenía que bajar más abajo, abandonando las montañas, pasando a los montes bajos, hasta que un día vio una inmensa superficie de agua donde antes sólo existían unos bosques en una marisma. Allí vivían otros rebecos desde hacía mucho tiempo y le tuvieron que convencer que el estuario que estaba contemplando no era un lago ni era agua dulce, sino que se trataba del mar. Le hablaron de los peces, de las playas, le narraron historias de hombres que salían al mar a pescar y también le hablaron de unos seres, que parecía que salían en las playas, a cantar y a bailar y que se llamaban sirenas.

Pero tanto le hablaron de este último episodio que sin darse cuenta, el rebeco montañero se enamoró de las sirenas y pensó en buscar esas playas para ver si en ellas veía a esos seres maravillosos que le habían descrito. Quería hablarles de las montañas, de su vida en aquellas alturas, quería decirles que la nieve había llegado a besarles y ahora les estaba ahogando con su cargo, pero también quería escuchar sus historia, que le hablaran de ellas, que le contaran sus secretos y que le enseñaran ese encanto inigualable de ser mujer y ser pez al mismo tiempo"

No se sabe bien lo que pasó a continuación, pero sí lo que el abuelo contaba y es que el rebeco se quedó dormido, quizás por el cansancio, quizás porque toda la historia de las sirenas era tan maravillosa que deseaba fervientemente soñar con ellas. Lo cierto es que al día siguiente apareció un gran corazón dibujado en la playa y dentro de él las imágenes de un rebeco y una sirena con una flecha atravesados.

Ignoro si esta historia fue real y también si la imaginación del abuelo no fue la que hilvanó este relato, pero a mí me la contó de esta manera, y como tal así la transmito ahora, cuando él se va y me deja, cuando ha cerrado los ojos con un beso de nieve de los cielos y un canto lejano, que llega a su alma, de unas sirenas encantadas, que es posible, le recuerden.

Rafael Sánchez Ortega ©
02/04/12

LA SIRENITA DE FORMENTERA.


Una vez fuimos a Ibiza de vacaciones para ver como eran los hippys, y resulta que cuando llegamos ya se habían muerto todos, y de ellos, por allí, no quedaba más que una nube blanca flotando sobre el pueblo de Sant Carles, que fue el lugar de su residencia.

Yo estaba obsesionado con los hippys, y sentí mucho no poder ver como se quedaban absortos contemplando las flores mientras fumaban canuto tras canuto, y mientras pensaba esto miraba con gran interés una nube blanca que había sobre Sant Carles. Entonces noté que la nube dejó de flotar, y se quedó como estática; Yo empecé a respirar profundamente, y un hilillo de la nube que olía a mariguana, se coló con rapidez por mi nariz. Me quedé absorto como los hippys, respirando y respirando, mientras la nube blanca se colaba entera en mi cabeza a través de la nariz.

Al día siguiente fuimos de excursión a Formentera que es una isla espatarrada encima de un agua azul y blanca transparente como un cristal inmaculado. Formentera se reventó sobre el mar, como se pudiera reventar una tortuga verde sobre una carretera cuando le pasa por encima la rueda de un camión, y solo se le salva la cabeza, que es el promontorio de la Mola, desde donde yo vi bajo las aguas transparentes y allá en lo profundo de lo más profundo, unas praderas inmensas de algas posidónias, que a pesar de estar el mar en calma chicha, se agitaban y volvían a agitar como si un vendaval submarino las azotara.

El autobús de la excursión nos llevó por una carretera que hay entre la playa de Canyers y el estany Pudent hasta cerca de la playa de Illetas que es el lugar donde las algas posidónias del fondo del mar eran mas altas y más hermosas, y mientras la gente contemplaba la silueta de Ibiza que estaba a lo lejos, a mi me empezó a salir por la nariz la nube blanca de los hippys, y en vez de elevarse en el espacio, buscó el lugar de las algas grandes y empezó a hundirse en el mar. Ocurrió que yo me fui haciendo de humo, y sin que nadie de la excursión se diera cuenta, la nube blanca de los hippys me arrastró con ella y me dejó tumbado en aquél prado enorme de algas excepcionales. Estaba empezando ahogarme cuando la vi nadando hacía mí. Llevaba el pelo rubio y suelto flotando en el agua y agitaba de forma rítmica su cola de pez. Me sonrió. Puso su mano derecha sobre mi boca, y en ese momento comencé a respirar a través de unas branquias invisibles, con la misma facilidad que lo hacían los peces del mar.

Saludé a la Sirenita de una forma amigable, porque de momento la confundí con la Sirenita de Andersen que Foncho nos había presentado días antes de este viaje en el Taller de Escritura de San Vicente de la Barquera, y cuya historia leímos entre todos, pero ella me sacó enseguida del equivoco.

-No, no. Yo no soy la que tiene el monumento en Copenhague Aquella era la tonta de mi prima, que cantaba y tocaba el arpa para que los peces la aplaudieran con sus aletas. Yo soy de aquí, Soy la Sirenita de Formentera, y me dedico principalmente a cuidar los prados de posidónias, para que las islas Pitiusas tengan el agua más pura y transparente de todo el Mediterráneo.

Me dijo también que el día que fuimos al mercado de Sant Carles, me estuvo observando a través de la nube blanca de los hippys, y que como me vio tan decepcionado porque no encontré lo que buscaba, fue por lo que se valió de la nube para llevarme hasta ella, y que no me marchara de estas islas sin conocer lo que queda de los hippys.

Nadé a su lado entre aquellas algas que se agitaban regalando oxígeno puro a diestra y siniestra , hasta llegar a un bosque inmenso de plantas gigantes de mariguana, y en un escampado del bosque descubrí el cementerio de todos los hippys del mundo que murieron en Ibiza sin familia que reclamara sus cuerpos. Fue la Sirenita de Formentera quien a través de la nube blanca los transportó hasta allí para momificarlos, y dejarlos expuestos cual museo de cera, como recuerdo imperecedero de aquella época bucólica de los que odiando las guerras, se dedicaron únicamente a hacer el amor en Ibiza.

Americanos, ingleses y nórdicos rubios como la miel, arropados con sus extravagantes vestidos, conservaban en sus ojos muertos la expresión perdida de quien flota en la eternidad, y en sus labios de coral tallado se dibujaba una sonrisa imborrable. También algún bebé dormido, hijo no importa de quien. Sus perros y sus mascotas, tulipanes, rosas y margaritas…. Sombreros de paja rotos, pulseras de mil colores, dulzainas, flautas, guitarras… Y había por el suelo, entremezclados, notas musicales con pétalos de flores y con porros. Y ternuras a raudales, y sonrisas regaladas, y felicidades gratuitas, que la Sirenita de Formentera me mostró solícita y me ofreció con insistencia…

Cuando ya no tuvo más que mostrarme agitó su cola de escamas nacaradas, giró tres veces en mi entorno, volvió a tocar mi boca con su mano, y desaparecieron las branquias invisibles con que yo respiraba. Sentí que mi cuerpo gaseoso se solidificaba de nuevo, y que la nube blanca de los hippys volvía a penetrar en mi a través de la nariz, En el momento en que empezaba a ahogarme me sentí transportado y me encontré de nuevo junto al bús de la excursión. Mi mujer me miró extrañada:

-¿Has fumado? Me pareció ver humo saliendo de tu nariz.

-Si, un porro que dio una Sirenita de Formentera.

Los excursionistas que me escucharon se echaron a reír con nosotros, y chofer del autobús arrancó el motor para devolvernos al Puerto de La Savina.

Jesús González González ©