jueves, 17 de enero de 2019




Eres todo lo que me rodea.

Me dijiste que cuidarías de mí, que confiase en ti y que no me faltaría nada a tu lado.

Te pertenezco desde que nací; ahora que te vas, lo sé.

Tu historia es larga y está plagada de guerras con todo el mundo, ¡por qué ibas a evitarla conmigo! Cuidas de muchos, de demasiados, y no has podido con todo, me has abandonado.

La verdad es que piensas que no te va a pasar –¡cómo van a abandonarte a ti–,  y aunque tratan de decirte que otros han pasado por lo mismo que tú, no quieres creerlo, no puede ser.

Quizás la abandonaste tú antes que ella lo hiciera, o no la mereces, o deberías haberte preocupado por quien te gobernaba, en manos de quién estabas. Ahora ya es tarde. Dudas si has sido tú quien no le ha hecho caso y por eso te abandona o ella la que te abandona porque ya no puede quererte.

Deja que me despida de ti, España. Me abandonas y no te culpo.


Santos Gutiérrez©



Me dicen que te trate de tú, así, a la cara. 

            Me ha costado, porque en cada momento te contaría cosas diferentes. Tienes un montón de caras; sin embargo, la das siempre, no te escurres, no quieres quedar bien. Para qué, ¿verdad?, tú siempre tienes la sartén por el mango. Posees una varita mágica y la mueves sin control alguno, eres una loca deliciosa o una tonta de remate. ¡Qué buenos ratos he pasado contigo! Desde que fui consciente de tu existencia, quise ser tu amiga. Claro que, en aquella época, sonreías mucho. Sabes moverte con rapidez, siempre me asombró tu prisa; pero también sabes quedarte con cara de pasmada y dejarnos a todos boquiabiertos, pensando ¡a ver por dónde sale hoy ésta!

            Yo te quiero, te quiero con locura, pero eres una puta traidora, eso también te lo quiero decir a la cara. Cambias de paso como de color de labios. A veces, demasiadas, eliges amistades inconvenientes, no merecen tu dulzura y mucho menos tu agradable compasión. No entiendo esta custodia aleatoria que manejas.

            ¿Quién te dijo que eras bella? Días sueltos, tal vez; bruja, los más; aunque a menudo resultas cotidiana y puedes llegar a ser hasta vulgar. Hermosísima cuando se te antoja. Quieren que viva contigo, a ti te encantaría y a mí no me queda más remedio; pero que sepas, que lo sepas, que estoy enfadada contigo.

            ¡La gran vida!, ¡la buena vida!, ¡la mala vida!... Al final, te querré. 

            ¡Vivid la vida amigos! Después de todo, no es más que una caprichosa.


Remedios Llano©
COMILLAS
Enero 2019

A UNA PRINCESA…




Hacía rato que Lucía se había acostado y la casa, en la tarde pletórica de vida, estaba ahora en silencio. La televisión, apagada, dormía un sueño virtual y sin complejos en su retiro del mueble bar. En la chimenea, unas brasas tomaban el testigo de las llamas que habían estado jugando con los leños, en parte carbonizados y cubiertos de cenizas.

Un bostezo vino a tu boca y llevaste la mano a los labios como queriendo decirles que sí, que ahora te ibas a la cama para intentar encontrar el descanso que necesitabas.

Cerraste el libro que tenías abierto y que estabas leyendo, colocándole un marcapáginas. Apagaste la luz del salón y caminaste por el pasillo hasta el cuarto de Lucía.

Despacio y procurando no romper el silencio, entornaste la puerta para ver si dormía. La luz de la mesita te permitió ver su carita de ángel posada en la almohada, con una sonrisa escapando de sus labios. Te quedaste mirándola unos segundos, como intentando penetrar en el mundo de sus sueños.

¡Cuánto habrías dado por soñar con ella en ese mundo de la infancia, por seguirla en sus viajes y proyectos, caminar tras sus pasos infantiles por el bosque encantado de las hadas y la magia –algo a lo que todavía ella, como niña, no había renunciado y menos tú, su ángel de la guarda!

Sonreíste ante lo absurdo de tus pensamientos, ¡pero había tanta ternura en esta escena que contemplabas con tus ojos...!

Te inclinaste y posaste tus labios en su frente antes de apagar la luz de la mesita. Te hubiera gustado decirle tantas cosas, incluso velar su sueño y leerle un cuento, sin principio ni final, como aquellos que tú, algún día y hace tiempo, escribías y soñabas para una princesa inalcanzable.

Ahora estaba allí, en ese lecho de cristal, pasando unos días contigo y no era un sueño. La princesa añorada tenía cuerpo y forma, tenía voz y nombre, tenía luz en sus ojos infantiles y por ellos sus pupilas encendidas transmitían la fiebre contagiosa de la vida y de la poesía.

Saliste de la habitación y te enjugaste una lágrima traidora que rodó por tus mejillas.

¡Qué hermoso regalo el del invierno, en esta Navidad, para un abuelo!

Rafael Sánchez Ortega ©
02/01/19

ABUSO




            Te odio, te desprecio, te aborrezco. Os aprovecháis todos de que soy mujer, casi una niña, y no tengo vuestra fuerza ni la libertad para huir. Y encima tengo que aguantar esa patética pose tuya de prepotencia e indiferencia, ese supremo egoísmo en el que sólo cuentas tú. Me utilizáis todos, pero sobre todo me utilizas tú. Echas sobre mí tu aliento nauseabundo y clavas en mí tu mirada asquerosa cuando me veo obligada a humillarme y tocar tu cuerpo repugnante. ¿Sientes las arcadas que me asaltan nada más plantarme ante ti? ¿Te das cuenta de los esfuerzos inhumanos que he de hacer para no vomitar cuando te veo avanzar lentamente hacia mí? ¿Percibes la aversión, la repugnancia, la náusea que rebosa por cada uno de los poros de mi piel en tu presencia? No, tú no, tú eres insensible a todo lo que no seas tú mismo. Te tengo miedo y eso te basta. ¡Qué gran victoria: una niña de dieciséis años atemorizada ante ti, el ser más inmundo y despreciable sobre la Tierra!  

            Ni se te pasa por la cabeza que yo debería estar jugando con amigas; ni puedes concebir que debería estar tonteando con chicos de mi edad, enamorarme. No, tú no, egoísta repulsivo; tú, la peor pesadilla con la que hubiera podido soñar. Me das asco; así de claro te lo digo porque necesito decírtelo, aunque a ti te dé igual. Ya sé que para ti no soy más que una esclava que utilizas únicamente para satisfacer tus necesidades y que, de no ser porque me necesitas, si pudieras, me matarías. De hecho, siempre que estamos juntos temo que, en cualquier momento, sin hacer yo nada para provocarlo, te dé un arrebato y lances contra mí tu ira, tu fuerza, tu salvaje inhumanidad y me destroces.

            ¡Qué sabrás tú de mis súplicas a mis padres para intentar cambiar mi destino! ¡Qué sabrás tú de mis llantos por las noches, de mi impotencia para evitar la injusticia que conmigo iban a cometer entregándome a ti! ¡Qué sabrás tú de los sueños rotos de una niña, arrojados a la maloliente letrina de mi cotidiana realidad!

            Llega la hora temida en que debo volver a ti. No puedo hacerte esperar, porque te pones furioso y aún me das más miedo. Me pongo el mono azul, las botas de agua, los guantes de látex, y cojo los dos cubos llenos de pienso, me adentro en la mierda de tu pestilente pocilga y me humillo sirviéndote la comida. Dieciséis años. ¡Qué culpa tendré yo de ser la hija del granjero! ¡Cerdo, más que cerdo!


José-Pedro Cladera©




La ciudad estaba llena de carteles con tu foto. Tu familia de acogida estaba desesperada, habías desaparecido y no había rastro alguno de ti. Ofrecieron una recompensa económica elevada: sin resultado; silencio y tristeza y casi el olvido. Habían perdido la esperanza de encontrarte, solo quedaba algún recuerdo de tus travesuras.

Estabas desnutrido, sucio, temblando de frío y muy asustado. Alguien se acercaba, aumentaba tu miedo. Eran dos personas. Se bajaron de una moto e inmediatamente te rodearon, te acariciaron, tranquilizaron y quitaron las gruesas cadenas que te mantenían cautivo.

Bebiste agua y comiste dos barritas de cereales. Tus ojos, tristes y llorosos, empezaban a brillar; no tenías dudas, habían venido a salvarte y a liberarte del maltrato continuo que llevabas soportando durante dos largos años.

Empezaron a llegar más personas. Una de ellas te tomó el pulso y te miró la boca, ojos y oídos. Sacó una jeringuilla y tomó una muestra de sangre, que entregó de inmediato para que fuera llevada al laboratorio, para hacer el análisis pertinente y saber el estado en que te encontrabas.

Lograron ponerte de pie. Tus piernas temblaban y, en los primeros momentos, fue complicado mantenerte derecho. Poco a poco, lo lograste. Tu confianza era cada vez más grande, ya no temías nada.

Te hablaban con mucho cariño y decidieron trasladarte a otro lugar, para cuidarte y hacer un seguimiento de tu evolución.

Un coche se detuvo en las inmediaciones de la finca y salieron dos individuos que, después de leerles sus derechos, fueron detenidos y esposados y se los llevaron a toda prisa.

Mirabas todo con mucho interés. Era una situación extraña, estabas rodeado de gente que estaba pendiente de ti en todo momento.

Deseabas marchar cuanto antes, el lugar era muy desagradable y, cuando quedabas pensativo, recordabas el dolor, la soledad, la sed y el hambre; te angustiabas y se escuchaban tus lamentos, que estremecían a las personas que te rodeaban y de nuevo trataban de calmarte con caricias y bonitas palabras que te reconfortaban.

Te trasladaron en un vehículo especial, acompañado de tus rescatadores. El viaje se te hizo corto; estabas contento y muy animado; lo que te esperaba era bueno y lo sabías.

Habías recuperado las fuerzas y entraste a la casa. Una mujer, vestida como tus rescatadores, se acercó, te besó en la cara y te llevó al fondo, donde había un colchón mullido y te tumbaste y ella misma te tapó con una manta. Quedaste tan a gusto que te dormiste.

Despertaste al día siguiente, te incorporaste, comiste y bebiste. La puerta estaba abierta y saliste a explorar el exterior. El jardín era inmenso y había muchas flores de colores, mariposas y pájaros revoloteando sobre los árboles. Saltabas de alegría.

Se acercaba un coche, agudizaste el oído y saliste corriendo. La puerta se abrió y salieron tres personas: una pareja y un niño. Esas voces te resultaron familiares, te llamaban por tu nombre y se acercaron a toda prisa, gritando de alegría. Se tiraron al suelo y te abrazaron.

La pesadilla había acabado. Te despediste de tus rescatadores a lametazos, entre risas y caricias. Subiste al coche con tu familia, regresabas a casa.

En un juicio rápido, condenaron a los dos detenidos, por tu secuestro y el maltrato que te causaron, a cinco años de cárcel, con cumplimiento íntegro de la pena y sin beneficios penitenciarios.

Salías en las noticias. Indagaron en tu pasado y descubrieron que habías sido un perro policía, dedicado al rescate de personas desaparecidas; con muy buenos resultados, por lo que fuiste condecorado en multitud de ocasiones y por lo cual te sentías muy orgulloso.

Eras un perro muy famoso, con un currículum impresionante.


Nieves Reigadas©





Semblanza: Tú, mi esposo, compañero y amante, fuiste, eres y seguirás siendo mi referente en la vida.

Este año entramos en el que celebraríamos nuestras bodas de oro, pero, como me decías en el verso de nuestro veinticinco aniversario “Los vaivenes de la vida, caprichosos, nos juntó”, también caprichosamente al otro lado te llevó. Te necesitaba nuestro hijo; yo aquí sigo, quedándome con dos.

Con tu carácter alegre y tu fe inquebrantable en Dios, me hiciste ser mejor. A veces te sobraba genio, pero la balanza de la vida se inclinaba con mucho a tu favor. A  veces no quedaba más remedio que anteponer el trabajo y, como marino de profesión, recorriste mucho mundo y adquiriste mucho conocimiento de la Creación. Pero la familia era lo primero. La Navidad fuera de casa, un suplicio; pero cuando se podía, un follón alegre y bullanguero, que en tu recuerdo seguimos celebrando con animación.

La vida sigue, ya con nietos, recordándote todos en las fotos que metí en álbumes, haciendo un montón.

A veces me decías que, si yo moría antes, te meterías a cartujo.
–¿Cartujo tú? ¿Nada menos que cartujo? ¡Con lo que habla, Señor…! –te decía yo.

Sigo junto al mar, ese que tanto amamos y que tantos sustos da, pero que aquieta la mente cuando plácido está.

            Pensaba…

            Sentada en la roca,

            La mirada perdida

            Y en meditación sumida.

            Pensaba…

            Tantas cosas…

            En nuestro amor, vida mía,

            Mirando siempre en el agua.

           
                                               Mª Eulalia Delgado González©
                                                           12 Enero 2019

SIMPLEMENTE ADIÓS





Las campanas anunciaron el año nuevo de manera agridulce. Los gritos de felicidad de los vecinos deseándose “feliz año nuevo”, enmarcados con besos sonoros, llenaron de eco el silencio del apartamento. La televisión se  inundó de sonrisas (dibujadas por cirujanos), besos (vacíos), copas y buenos deseos (prefabricados por un gran guionista) y él me sonreía, como si fuéramos felices, como si fuera todo un cuento de hadas.

¿Quién dijo que tienes que ser feliz porque empieza el año? Para mí, es un año nuevo, que no iba a disfrutar o simplemente sobrevivir. Mi fecha de caducidad estaba llegando a su fin (07/01/2019 – 00.00 horas). En mi corta vida había sido… ¿feliz?

 Creo que diría que viví pensando que algo increíble iba a llegar y simplemente no disfruté del viaje. Siempre había escuchado a mi madre: “disfruta de cada día, que es un regalo”; pero como era precisamente mi madre y no... alguien de la calle, no le hice caso y ahora, paradoja del destino, el final se aproxima y mi mayor anhelo es tener más tiempo para disfrutar de mi familia.

La verdad es que ahora no sé ni cómo despedirme. Miré a mi alrededor, encontré esos ojos que tantas veces me enamoraron, llenos de odio; esos labios que tantas veces me dijeron te quiero, ahora solo me decían si gritas, te mato; las manos que tanto estrechaba por la calle para dar un paseo y que el mundo supiera que nos amábamos, ahora me habían tatuado la piel a golpes.

Al otro lado, el teléfono, con una llamada pendiente: “mamá”. Escondo en lo más profundo estos sentimientos de tristeza, pero sobretodo mi miedo, y busco esa mirada de aprobación para descolgar mi propio teléfono. Sube el volumen de la televisión y abre las ventanas para que entren mejor los sonidos de los vecinos. Al responder, suspiro profundamente, le miro a los labios y me dice:

–Si dices algo, te mato ahora mismo y me deshago de ti para que tu familia no pueda ni llorarte.

Escucho muchísimo ruido y la voz que siempre me tranquiliza:

            –Feliz año, mi vida. ¿Te comiste las uvas? ¿Estaban buenos los chipirones? Espera, que ahora te paso; toda la familia quiere oírte, te pongo en alta voz.

–Espera, mamá…

            –Cariño, te oímos todos…

            –Hola, familia, FELIZ AÑO NUEVO. ¿Qué tal la cena?

            –Genial, prima…

            –Te echamos de menos, pequeñaja…

            –Tenías que haber venido, que uno más en la mesa entra, y Javi come poco.

            –El 6, con los Reyes, tienes que venir a comer el rosco…

Y así más de diez minutos escuchando a mi ruidosa familia cómo me echaban de menos y lo bien que han cenado.

            –Cariño, ya solo te escucho yo. ¿Te encuentras bien?

Más asustada que sorprendida, le dije que sí, que solo era que la echaba de menos, que me había dado cuenta de hasta qué punto la había ignorado y que la quería mucho, que fuera feliz pasara lo que pasara y que cuidara de papá.

            –CARIÑO, CARIÑO… ¿ESTÁS BIEN? RESPÓNDEME…

Pero solo escucho un golpe y los toques del teléfono informando que la habían colgado.

Apareció de la oscuridad. No me dio tiempo ni a colgar cuando su navaja se insertó en mi corazón una y otra vez mientras me susurraba al oído que era suya, que nadie más volvería a verme o escucharme, porque era mi dueño; que yo había provocado esto; que él me iba a regalar por Reyes una muerte rápida, pero había sido mala, me había despedido de mi madre y, como él era mi dueño, él decidía, no yo. Simplemente pude decirle:

–“TÚ NO ERES MI DUEÑO, ERES MI ASESINO”.

Jezabel Luguera©



Ave, María:

Después de olerla y extender la mirra sobre tus manos un poco ásperas, abres la carta y, despacito, tímidamente, comienzas la lectura una vez los tres Sabios se han despedido.

  Madre amantísima, madre piadosa…, he sufrido tres intentos quirúrgicos para quedarme embarazada con tratamiento hormonal, extracción de óvulos, congelación de ellos… Ya ves en qué época tan avanzada vivimos. Aunque los adelantos científicos no siempre son fructuosos, a pesar de que te hunden en la miseria económica y anímica.  

También tú –pienso– sufriste, en contraposición: por estar embarazada; pero tu fe te llevó a exclamar: Hágase tu voluntad.

Cada día, al finalizar las labores del hogar: preparar los tortos en el lar, limpiar las virutas y el polvo de la casa, zurcir el sobretodo de José, frotar y frotar las cacerolas…, confeccionabas con una saya usada las camisetitas o los faldoncitos. Te saltaban lágrimas de alegría cuando veías el ajuar del bebé; no obstante, pedías y pedías…, intercedías para que José te abrazara al finalizar la larga jornada. Suplicabas que las vecinas no cuchichearan al verte embarazada.

  María, ¿a quién acudías, a quién le contabas lo que sentías cuando el bebé te saludaba con sus caricias?  Al principio, hablarías con los geranios multicolores de tus macetas, con los petirrojos que picoteaban las migas de pan… Y corriste a felicitar a tu prima Isabel. Y entonces, sí. Os confesaríais vuestras vivencias conocidas, e incluso las secretas. Por fin, fue José el  que, con sus manos  callosas pero su corazón aterciopelado, abarcó el  fruto de tu vientre. ¡Qué felicidad la tuya!

Todas las noches acudo a ti porque sé que en tu eternidad misteriosa hay un diálogo con tu hijo y que tendrás a bien concederme el milagro de la vida.

Un abrazo de hija henchida de gozo y esperanza.
             
                   Isabel Bascaran©
                   San Vicente de la Barquera, a 9 de enero de 2019

IMPROMPTU




Quiero llorar, y no puedo.

Quiero volar, y tampoco.

Estás tan lejos que no te alcanzo.

Sufro porque tu luz no me acaricia, ni mi piel arde con tu sol explosivo.

No sé si los olivos y los pinos me recuerdan ya.

Cierro los ojos y me veo frente a tu mar azul cegador, en el que mi respirar, acompasado por su dulce melodía, me golpea como una metálica tormenta primaveral.

No consigo vivir entre tinieblas, ni en la atrapada oscuridad de mi corazón.

Mis pies, envueltos entre el agua y la arena fría, se cristalizan y adormecen igual que mi alma.

Mi vestido azul se ha teñido de negro.

Me envuelvo en el matiz del color de esa tierra añorada, del secreto olor de tu orgulloso Mediterráneo, de esa ciudad bella, inteligente y llena de misterios cuya mirada se pierde en el horizonte, abrazada por sus calles, palacios y monumentos.

Esta es mi voz.

Francis Cortés Pahissa©




Contacté contigo por Internet. Vi tus fotos y videos; te mostrabas juguetona, traviesa. Ojos negros, como dos azabaches, limpios, sinceros, inocentes. Muy blanca, pelo liso. Me atrajiste, sentí tu magnetismo y en ese instante decidí que tú ibas a ser para mí.

Vendrías de Aragón, concretamente de Huesca, al día siguiente, a primera hora de la mañana. Era febrero, hacía mucho frío; en tu tierra nevaba, pero vendrías abrigada, embutida en tu trajecito nuevo.

La noche anterior a tu llegada, apenas pude conciliar el sueño, imaginando nuestro primer encuentro. Por fin, llegó la ansiada mañana. Sonó la campanilla. Te recibí en bata. Se abrió la puerta del coche en el que viajabas.

Te miré, me miraste, me recorrió un estremecimiento desde el espinazo hasta las sienes, y bajó hasta las uñas de mis pies. Ahí estabas, ingenua, pequeñita. Te abracé delicadamente, gemiste.

Ya en casa, te quité tu recién estrenado trajecito de color gris perla. Temblabas. Al tenerlo entre mis manos, comprobé, con cierta indignación, que era un calcetín adaptado a tu diminuto cuerpecito de tres meses, con cuatro sendos agujeros para tus patitas y otro para tu cabeza, mi pequeñita “Bichón Maltés”.

Ya de esto han pasado, demasiado rápido, siete maravillosos años a tu lado, no tú al mío. Dándome todo tu cariño desinteresado, juguetona, glotona, activa, mimosa... Mi querida compañera perruna.


                                                                                  Ana Pérez Urquiza©

MI DIOSA




La primera vez que te vi, no te vi. Te cubrías con una gasa blanca que apenas dejaba entrever tus ondulaciones. Iba recostado en la parte trasera del coche. Me habían hablado tanto de ti que quería conocerte, que creía conocerte. Pero no, no te conocía. El aire empezó a soplar y aquel blanco traslúcido comenzó a desvanecerse. No sabía si estaba dormido o despierto y miraba, miraba por todas las ventanas. Todo lo llenabas. Abrí la ventanilla, no sé si para despejarme o para respirarte. Ese olor ya me acompaña siempre. La niebla se apartó y ahí estabas, bella, húmeda, limpia, única: Cantabria, mi diosa.


Almudena Pascual@

RI(TU)AL




Algo así era impensable que ocurriese, pero fuiste testigo de ello.

Andaba en la lejanía, y tú, creyendo ver un peregrino cualquiera. Mientras intentabas liarte un cigarrillo, la silueta se acercaba más y más. Cuando estuvo frente a ti, comprobaste que se trataba de una chica con pinta de extranjera: cejas rubias, tez blanca, ojos claros, alta, delgada y de unos treinta años. Se colocó a tu altura, pero al otro lado del pequeño camino, y ni siquiera te miró. Os separaba una distancia de unos cinco metros. Soltó el macuto, apoyó el palo y se quitó el pañuelo que cubría su cabeza, mostrando un larga melena dorada. Se descalzó con parsimonia y aparcó las botas junto a la mochila. Después, con total naturalidad, se fue desabrochando uno a uno los botones de las bermudas, dejándolas caer sobre sus tobillos; todavía con ellas sobre sus pies, se levantó la camiseta y la saco por la cabeza, dejando ver dos pechos, diría que perfectos, pequeños pero lo suficientemente grandes para saciar las fantasías de cualquier ser sintiente. Cuando todavía no daba crédito a lo sucedido, deslizó sus bragas hasta por encima de las rodillas y desde ahí dejó que resbalaran hasta los pies, para deshacerse finalmente de ellas con dos sutiles movimientos. Se adentró con paso armónico pero decidido en el prado, y diez metros después se paró frente a una de esas bañeras que se utilizan para dar de beber al ganado; pasó una pierna, luego la otra y se sentó en el fondo, echó la cabeza hacia atrás y se sumergió en el agua un buen rato, tanto que elucubraste sobre un posible suicidio. Pero reapareció lentamente, dejando caer el peso de su cuello sobre el borde de la bañera, y allí se quedó, disfrutando de las inigualables vistas que ofrecía aquella bañera rústica: unas decenas de ondulaciones verdes que iban a fundirse con el mar azulado.

Tras veinte minutos de meditación total y compartida, se incorporó y se vistió, sin secarse siquiera, con la misma delicadeza con la que se desnudó, pero esta vez las bragas se las guardó en el bolsillo de las bermudas; recogió su palo y el macuto y se echó andar en la misma dirección por la que había venido. Ni siquiera terminaste de liarte el cigarrillo, y allí te quedaste, atónito, con el tabaco y el papel entre las manos.

Al día siguiente, regresaste a la misma hora sólo para rememorar y regocijarte en lo ocurrido y, a lo lejos, viste como se acercaba la misma figura. Era ella, te dijiste, incrédulo. Y así ocurrió, como si fuese la repetición de ayer. Los días posteriores pasó exactamente lo mismo: llegaba, se desnudaba y se sumergía en la bañera para después contemplar el mar. Nunca hablaste con ella ni la seguiste, su presencia te ensimismaba y te enmudecía. Empezaron las lluvias, los vientos del norte y a bajar las temperaturas y allí aparecía siempre ella, fiel a su liturgia. Pasaron tantos días que más gente empezó a tener conocimiento del suceso y dejé de ser el único privilegiado de aquellos maravillosos momentos de pureza celestial. Al principio erais cinco; luego, quince y más tarde, cientos. Comenzaban las nieves y allí os agolpabais, desde japoneses con sus cámaras hasta periodistas de todo el mundo. Al igual que tú, todos absortos y en silencio, nadie preguntaba.

Uno de los días de más expectación, había venido un canal de televisión muy popular en Canadá para preparar un reality y comenzó el, interiorizado por todos, acto y, una vez desnuda, para vuestra sorpresa, pasó de largo por la bañera y enfiló hacia los acantilados rumbo al mar. Todos los allí reunidos os mirasteis sorprendidos; y sigilosamente, al igual que su caminar, la seguisteis. Bajó hasta la playa y, poco a poco, se fue metiendo en el agua; cuando ésta le llegaba por la cintura, se lanzó de cabeza como si fuese un delfín y comenzó a dar brazadas de crol: una, dos, tres, cuatro, cinco, seis… Desde la playa, ibais contándolas al unísono y en voz baja: seiscientas, setecientas, ochocientas,… mil,… dos mil,… tres mil,… y su figura se perdió en el horizonte.

No supiste nada más de ella, ni siquiera su nombre. No te interesaba, te bastaba con su mera contemplación y el disfrute íntimo de su ritual.

Desde aquel primer día que la viste, no habías vuelto a liar un cigarrillo más y ya no te quedaban ganas para intentarlo.


Óscar Nuño©

viernes, 14 de diciembre de 2018

NO SÉ POR QUÉ RAZÓN...




No sé por qué razón
estabas tan buenísima, 
gustosa, apetecible,
sensible a las caricias.
Es fácil que nacieras
como una margarita,
quizás entre claveles
rozando tus mejillas,
y fueron seductores
los ojos y pupilas,
logrando cautivarme
tus labios y sonrisa,
haciendo que soñara
con manos y rodillas,
y así quedé prendado
y quise hacerte mía...

Buenísima manzana,
buenísima chiquilla,
precioso el Paraíso
exento hasta del IVA,
en él nos conocimos,
en él cambió mi vida,
buscando, en tu presencia,
la sombra tan distinta.
Con ella yo he bailado,
surcado mil colinas,
de noche, con la luna,
y al alba, el nuevo día,
y así nos revolcamos,
amando sin medida,
viviendo intensamente,
sin trampas ni mentiras...

"...Allí nos conocimos,
preciosa margarita,
desnudos en un acto,
cubiertos por la brisa..."

Rafael Sánchez Ortega ©
05/12/18