domingo, 1 de julio de 2018

TRES





Quiero que sea hueca,
sólo un poco hueca.
Limpia, larga, sedosa y muy juguetona. 
Es lo que quiero.

Deseo su sabor, pero sobremanera, 
y para no llevarnos a engaño, sólo al principio.
Lo que realmente deseo es estar anestesiado.

Anhelo su humedad, la turgencia a cámara lenta y la picaresca infinita.
¡Que no termine, por favor!

No quiero que la oquedad se convierta en un monstruo,
me arrastre, me vapulee y me aplaste en la oscuridad.
Tengo miedo.
¡GHOSTBUSTERS!

El deseo se digiere, pero nunca quieres que termine.
La luz te fulmina: te machaca el sentido, las tripas y el entorno.
Hace frío.
¡GHOSTBUSTERS!

La turgencia se me indigesta, ha terminado, es repulsiva.
¿Qué ha pasado?
¡GHOSTBUSTERS!

Ghostbusters. Ghostbusters. Ghostbusters.

© Óscar Nuño



FANTASMAS



Anoche, mi hermano el okupa durmió bajo su cama. Por la mañana, mamá le encontró envuelto en el edredón, con una linterna encendida, medio dormido y sudado, como recién salido de una sauna finlandesa. A la pregunta de ¿qué haces, Guillermo?:

–¡Mami, mami, tengo miedo de loz fantazmaz!

–¡Qué fantasmas ni qué fantasmas!

–Zi, la peli de Loz Cazafantazmaz. La vi con la Abu, anoche.

–Ya hablaré con tu Abu, por dejaros ver esas películas. ¡Para una noche que salimos tu padre y yo...! Escucha, Guillermo, con mucha atención: los fantasmas son como los globos; si se les pincha, ¡pufff! Desaparecen…

Yo no oí esto último, ya que se me hacía tarde para subirme al bus del colegio. En mi mente quedó que mi tierno y querido hermano ¡tenía miedo a los fantasmas!, y urdí un plan para esa misma noche, frotándome las manos. Me pondría una sábana blanca, cubriéndome entera, una linterna encendida bajo la barbilla y una cadena, que cogería del garaje, para hacer ruido. ¡Ufff, hasta yo sentía miedo! En clase, no me enteré de nada, tramando mi alevosa idea nocturna. 

Nada más llegar a casa por la tarde, entré sigilosa en la habitación de mis padres. Abrí la puerta del armario de las sábanas y cogí una blanca. Con unas tijeras, hice dos grandes agujeros redondos, simulando los ojos. Ya tenía todo: la sábana blanca, la cadena y la linterna. Ensayé delante del espejo con la luz de la habitación apagada y, la verdad, asustaba. Sólo quedaba terminar de cenar, ¡el okupa se iba a enterar!

Una vez todos acostados y la casa en silencio, me dispuse a ejecutar mi plan. Me disfracé y me dirigí a la habitación de mi hermanito. Abrí lentamente la puerta, la cerré sin hacer ruido, encendí la linterna e hice sonar la cadena:

–¡Uuh, uuh...! ¡Guilermooo..., Guillermooo...!

De pronto, sentí pinchazos por los brazos y piernas, y el okupa gritando:

–¡Ezplota, fantazma!

Yo también grité:

–¡Mamá, papá, socorro!

Al rato, se encendió la luz. Me quité la sábana. Ante mí, el okupa estaba con una aguja de tricotar en ristre, desafiante, desencajado, con cara de loco. Mis padres, asombrados; la Abu diciendo:

–Con razón no encontraba la aguja de hacer punto.

Entonces, mi hermano dijo:

–¡Mami, le he pinchado para que dezaparezca como un globo, como me dijizte, pero ha aparecido Criz!

¡Y tanto que pinchó! Me dejó como un colador. Encima, me castigaron por romper una sábana nueva y asustar a Guillermo, ¡qué injusticia! ¿Y él, que robó la aguja de la Abu? Lo mío sólo fue una “bromita”, sin importancia, por el bien del okupa, para quitarle el miedo a los fantasmas, ¿o no? 
                                                           
Ana Pérez Urquiza ©

LA DANZA DE LAS FURIAS




Los rayos caen sobre el mar embravecido como serpientes retorcidas, mientras los truenos llegan ensordecedores entre estallidos y estruendos. Una ligera neblina asciende desde el agua. 

Mónica mira cómo la salvaje lluvia quiere traspasar los cristales golpeando el viejo faro, situado sobre un acantilado que termina en el mar, para separarse por un canal estrecho –una de las zonas más duras para la navegación, azotada por los vientos–. La soledad es impresionante, acusada por el laberinto salvaje de sus rocas pardas, matorrales y pinos mediterráneos.
Todo es oscuridad, mientras las lágrimas resbalan por su cara, hasta que su mente desconecta para entrar en la más absoluta de las locuras.
Todo empezó una tarde clara y templada de mediados de junio de hace casi un año. 
Recuerdo salir por la puerta oeste de la Universidad Montilivi, donde está la Facultad de Historia, para recoger mi bicicleta, pero, al llegar, veo que las dos ruedas están pinchadas. La rabia enciende mis mejillas, mientras pienso que tendré que ir andando hasta mi apartamento del campus; pero lo peor no es que vaya con abarcas, sino la cantidad de libros que llevo encima. 
De repente, oigo  su voz a mis espaldas.
–Parece que te han gastado una broma.
–Pues sí, eso parece –le contesto.
–Yo voy para casa. Si quieres, puedo acercarte con el coche, ya que me cae de camino y no me representa ninguna molestia.
–Pues no sé…, no sé –le digo.
–Bueno, pues tú misma. Me voy, o llegaré tarde. Chao.
–Espera, espera… De acuerdo.
Sólo recuerdo entrar en el coche, en la parte de atrás, ya que el asiento del copiloto estaba cubierto de mantas. ¿Mantas? –pensé–, ¿para qué las querrá, con el calor que hace?
No tuve tiempo de averiguar la respuesta a mi pregunta. Todo se diluyó ante mí.
Cuando, poco a poco, fui despertando y abriendo los ojos, todo me resultó extraño. Me di cuenta de que estaba tumbada sobre una cama y atada a sus barrotes. Las  muñecas y los tobillos me escocían por la presión de las cuerdas. Empecé a mirar a mi alrededor y fui recorriendo el austero habitáculo, en el que había solamente un bureau con una silla, una mesa redonda, un pequeñísimo sofá Chester y un váter químico. Unos altavoces retumbaban con La danza de las furias, de Gluck. Él sabía que era una de mis músicas favoritas y se quiso asegurar de que llegaría a odiarla. Ya jamás se detendría, ni de día ni de noche. Su obstinado ritmo trepidante me torturaba sin cesar, hasta que los latidos de mi corazón se acompasaron con el galope enloquecedor de la música y sentía como si me fuera a reventar dentro del pecho. Ansiaba que se detuviera, pero las furias escondidas en sus compases se habían apoderado de mí.
Al instante me di cuenta de que jamás iba a escapar de allí, de la parte más alta de aquel viejo faro.
De pronto, oí cómo se abría la puerta y entró él, llevando una palangana con agua y una esponja. 
–Mi princesa se ha despertado.
–Suéltame, por favor; no diré nada, te lo prometo –supliqué.
Se rió, y su cara se desfiguró en una mueca macabra.
–Eso es lo que decís todas. No te preocupes, pequeña; yo cuidaré de ti.
Se me acercó con los ojos vidriosos y comenzó a lavar todo mi cuerpo. Yo lloraba desesperadamente entre temblores, pánico y terror.
Cuando acabó, me puso un camisón blanco, de raso, y seguidamente noté cómo algo me oprimía la nariz, con un olor fortísimo, hasta que caí en un profundo sueño.

Lejos de allí, pasados muchos meses, el inspector jefe de policía de Gerona y sus ayudantes buscan alguna pista para encontrarme, pero es como si me hubiese volatilizado. Nada. Y ya todos esperan lo peor. 
Mi novio, con el que rompí pocos días antes de mi desaparición, ayuda desesperadamente en todo lo que puede, pero es una persona débil y los policías no confían demasiado en sus respuestas cuando le interrogan.
Marc, mi profesor preferido, parece un fantasma desde que desaparecí. Recuerdo que cuando, con mis amigas, lo vimos por primera vez entrar en el aula, nos quedamos sin respiración. Alto, rubísimo, ojos verdes iridiscentes y con la maravillosa fragancia del perfume Issey Miyake. No es de este mundo –nos decíamos, riendo. 
Albert, compañero de clase, iba siempre vestido como un cuervo. Llevaba los ojos pintados con Khôl y siempre aparecía cuando yo estaba sola y en lugares más bien apartados. Me miraba con aquellos ojos negros y siniestros que, cuando se me acercaba y me susurraba al oído, me daban escalofríos, miedo y asco.
La policía lo interrogó varias veces, pero siempre negaba haberme acosado. Pedía que lo dejaran en paz. 

La tormenta sigue cayendo, negra y poderosa, contra el faro. Ando descalza de un lado para otro con la música arrollando todo el espacio. Por lo menos, ya no estoy atada; pero sí encerrada con varios cerrojos. 
Oigo súbitamente el crujir de la escalera de madera y sé que es él con la bandeja de la cena. Extraordinariamente puntual. Tengo tanto miedo, tal inquietud, que mi cuerpo se mueve compulsivamente como si estuviera sometido a descargas eléctricas. El miedo es real.  
Abre la puerta, con tanta fuerza, que choca estrepitosamente contra la pared. Hoy está de mal humor. 
–Toma. Estoy empezando a cansarme de verte. Además, es peligroso tenerte tanto tiempo encerrada. Ya va siendo hora de deshacerme de ti. ¿Me oyes? –me dice mientras me arrastra con fuerza por los pelos. 
–No me hagas daño, por favor, por favor.
Me da una bofetada, tan violenta que caigo al suelo y noto un sabor metálico que se extiende en mi boca. Es de una crueldad extrema. 
Se va, dando otro portazo fortísimo que hace retumbar de nuevo toda la habitación. 
–Dios mío, no he oído girar las llaves. ¿Será posible que se haya olvidado?
Inspiro lentamente y, temblando, me acerco. Bajo la manecilla y la puerta se abre. Las llaves están colgando de la cerradura. Las saco y oigo mi corazón golpeando tan fuerte que pienso que él lo va a oír. Decido bajar lenta y suavemente, pisando de puntillas la madera para no hacer ruido. 
Al llegar al final de la escalera, veo que está estirado en el sofá, de espaldas a mí, viendo una película. En una esquina, hay un fusil de pesca submarina. Tengo que llegar a cogerlo como sea, es mi única oportunidad. Todo pasa en cuestión de segundos. Me lanzo sobre el fusil. Él se gira como accionado por un resorte, se abalanza sobre mí y, en ese mismo instante, disparo, sin saber bien lo que hago. El arpón le alcanza de lleno en el estómago y cae gritando de dolor, sin poder ponerse en pie. Lo miro con ojos rojos llenos ira.
–Aquí te vas a pudrir, porque nadie va a entrar y, para cuando lo hagan, sólo serás un armazón óseo.
–No puedes dejarme morir, te lo imploro. Perdóname. Todo lo hice porque te quiero –suplica, aterrado.
–Tu suerte se ha acabado, ¡espero que tardes en morir!
Salgo al exterior. Oigo sus gritos maldiciéndome. Cierro con llave. La lluvia torrencial azota mis cabellos, pegándolos a mi cara, y mi delgado cuerpo se tambalea por las fuertes ráfagas de viento. Los fantasmas del miedo han quedado atrás… ¡con él!
Miro el faro por última vez y digo en voz alta: 
–Jamás volveré a oler ese maldito perfume. ¡Adiós, Issey Miyake!

Con el correr del tiempo, quienes llegaban paseando hasta el faro se decían los unos a los otros: 
–¡Qué olor a putrefacción más desagradable! Deben de ser las gaviotas muertas. 

Francis Cortés Pahissa ©

SUBIDAS FANTASMALES


Nos levantábamos sin hacer ruido. Nos vestíamos en la habitación del abuelo,  con zamarras y botas de monte. Tras un desayuno frugal (ya saborearíamos, a la vuelta, el revuelto) e iluminados nuestros pasos con linternas y sticks de montañeros,  nos dirigíamos al monte Pagoaga. Julen y yo nos desinflábamos pronto. Grandad nos advertía:
–Ya veréis: como los eibarreses lleguen antes y encuentren nuestro escondite, adiós a nuestros perretxikos. 
Y entonces nos desperezábamos y, a trompicones, adelantábamos al abuelo.  Yo, con el pretexto de esperarle, aminoraba la marcha.
–¿Y dónde está Julen?
    –No sé, grandad. Pero quizá haya optado por la “senda prohibida” –le susurré al oído–. Seguro que, por el atajo, llega antes que nosotros. Y si se le hace tarde, lo encontraremos  en casa; con su corpulencia de Hércules, sano y salvo.
–Entonces, ¿seguimos?
  Yo le acaricié su cariñosa mano.
Ya en el hayedo, el abuelo trazó una circunferencia de unos tres metros de diámetro cerca del haya de raíces geófobas.
  –Ander, vete quitando la hojarasca con tus suaves manos, yo te iluminaré con las dos luces. Y yo fui escarbando la tierra con mimo. Y allí estaban, rechonchas,  hermosas, con la caperuza un poco azulada, nuestras anheladas setas. Y grandad, mi maestro, fue cortando las idóneas.
–¿Ves, Andertxo? No hay que arrasar. Hay que dejar a la naturaleza que siga con su labor de extender, año tras año, su varita mágica para que tu familia, los descendientes…, los eibarreses, se alimenten de este maná…

–Egun on, Julen! Egun on, Ander! Venga, que anoche llovió y habrá muchas para llenar nuestro cesto. 
Antes de que pasaran diez minutos, ya estábamos en el umbral de la puerta. ¡Las cuatro de la madrugada del día de San José! Julen escondía la caja de anteojos de la amama en el bolsillo del anorak; quienes los llevaran, se parecerían a la misma abuela. El abuelo no se enteró. Tampoco se percató de que habíamos adelantado una hora su reloj. Al llegar a la bifurcación, nuestras linternas iluminaron los pasos del abuelo; el cambiazo de pilas surtió el efecto deseado. El abuelo echó pestes sobre las pilas de Cegasa… Julen iba abriendo el sendero; yo seguía dirigiendo la luz a las botas del abuelo. Y así, llegamos al caserón.
–¡Ay, pillines, cómo me habéis engañado!
  –¡Chist!, chistó Julen. Grandad, susurró: como nos oigan, se esconden. ¡Y no toques nada! Pero, con la manga de su zamarra, accionó un botón. Se abrió el armario situado bajo la escalera y, clic clac, clic clac…, apareció el esqueleto, bailando sin cesar. Los dientes postizos de grandad se sumaron, clic clac, al sonido  esperpéntico. Julen presionó el botón rojo y el esqueleto se escondió.
El abuelo, agarrado con una mano al pasamano de la escalera y la otra  agarrada a la bragueta del pantalón, empujó la puerta del váter. No había empezado a orinar, cuando una víbora, con su lengua bífida, estuvo a punto de invalidarle los testículos colgantes. Gracias a los reflejos de Julen, que se abalanzó sobre la tapa, la cabeza de la bicha cayó estrangulada sobre el sucio embaldosado. Julen, con los consejos de grandad, le hizo un torniquete, a modo de prótesis, para salvar sus glándulas sexuales. Los hermanos se miraron aterrorizados, mas  el abuelo no perdía su aplomo.
Una lucecita verdosa apareció en la fisura de dos tejas. Nos llegaron los bufidos endiablados del gato entre sus bigotes hirsutos. Nuestros pasos se detuvieron en seco.  De las garras, el felino mostraba una cadena dorada. Hipnotizados, buscamos, con ojos ávidos y de hiena, el otro extremo del tesoro: la malvada Madrastra la sujetaba. Julen, intrépido, la quiso acaparar con un tirón de su stick. La voz alocada, eufórica, de la bruja hizo reaccionar a grandad: con las fuerzas  que  le quedaban, estampó un golpe seco en el espejo. La calavera cayó al duro suelo… El felino, viéndose libre, soltó también la cadena.  
Grandad nos seguía; esta vez, con semblante menos risueño. Yo quería ser protagonista. Giré el pomo de la habitación. La persiana fue abriéndose poco a poco.  Las linternas reflejaban un color irisado. Julen me pasó la cajita. Le coloqué las gafas de carey a la momia, que lucía una sábana fucsia: ¡toda una belleza! Grandad nos abrazó y posó en el cuenco de nuestras manos el nuevo tesoro. El brillo de la cadena nos cegó.  Cuando se iluminó la habitación por la luz del alba, vimos a grandad, despatarrado, con el edredón bañado en sangre, acostado a la izquierda de la cama, mostrando una cara desfigurada, verdosa. No obstante, entre la espuma de su boca, nos pareció que sonreía.  

San Vicente de la Barquera, 19 de Junio de 2018
Isabel Bascaran©

VIAJE A TENERIFE



He pasado unos días en Puerto de la Cruz, Tenerife, con unas amigas, por Mundiplan. Vano intento de ver el sol. Es época de vientos alisios, que dejan las nubes contra la montaña llamadas “panza burra”. Para ellos, significa AGUA. Menos mal que la temperatura era agradable, el hotelito acogedor y en una zona preciosa cerca del Jardín Botánico. Por todos los sitios, la naturaleza lujuriosa y espléndida; parecía que todas las noches barnizaban sus grandes hojas y arbustos llenos de grandes flores de todos los colores. Eso sí, teníamos una buena cuesta para bajar al centro, con el Lago Martiánez, de Cesar Manrique; con sus comercios y cafeterías, bastante concurridas. El hotel tenía autobús de 33 plazas. Si no cabías, a patita o taxi.
Nos apuntamos a varias excursiones para conocer la zona norte de la isla. La primera era “La Isla Baja y la Ruta del Plátano”. Fue muy instructiva, ya que nos explicaron muchas cosas sobre ellos. Se plantan junto al mar, en la zona media. Se dedican al tomate sobre todo y, en la parte alta, a las patatitas esas tan ricas –“papas arrugás”– con el “mojo picón”.
Pasamos por Los Realejos y paramos en Garachico, donde la última erupción del volcán los dejó prácticamente sin puerto, y por eso se llevó hacia Puerto de la Cruz y Tenerife todo lo que se traía de América. La carretera principal, junto al mar, cuando se pone muy brava, la tienen que cerrar y, en un buen trecho, han diseñado una pared, con forma de ola, para que, al chocar, el agua siga su forma y no la rompa más. Vimos piscinas naturales entre la lava y llegamos a un mirador con el esqueleto de una gran ballena. Seguimos hasta una empacadora de plátanos junto al mar: 45.000 toneladas al año. Nos dejaron pasar por un trecho entre las plantas y nos explicaron el proceso de adelantar o atrasar la maduración dependiendo de la demanda (aquí, por supuesto, para el invierno). Nos tenían preparada una carpa con mesas, jarras de vino blanco fresquito y plátanos maduros con queso blanco, que es como lo comen ellos. El señor que lo explicaba dijo, de pronto: 
–¿Hay alguien diabético en el grupo? 
Dos personas contestaron que sí. 
–Pues les voy a decir una cosa importante: cojan el plátano, lo cortan longitudinalmente y quiten ese “hilo central”; es ahí donde se concentra el azúcar. Así que ya pueden comer plátanos.
También tenían una mesa con sus productos de cosmética sacados del plátano y, con la fibra de la planta, hacen adornos muy bonitos que no pesan nada.
La segunda excursión fue a La Laguna. Está a 600 metros de altitud. Hacía algo de frío y nos llovió un poco, pero mejoró. Primera ciudad de Canarias. Escogieron ese sitio para luchar contra la piratería. Conquistada a los guanches para la Corona de Castilla por Fernández de Lugo. Hizo una ciudad muy moderna para aquellos tiempos: sus calles son muy anchas, con casas muy peculiares; sus balcones, preciosos, labrados y que, en la parte de arriba de los edificios, servían como granero. Es Patrimonio de la Humanidad y Ciudad Universitaria. Tiene una catedral muy bonita de San Cristóbal y vimos el Cristo de la Laguna, muy famoso, con mucha plata traída de México.
La laguna la desecaron, pues acabó siendo un lugar infecto. Ahora, en una parte de ella, hay casas con jardines. Pienso que, con tiempo, había muchas cosas que ver, pero seguimos hacia Tacoronte, a ver una bodega. Nos tenían preparadas una mesas grandes para degustar su vino blanco, tinto y el famoso malvasía; mojo picón rojo y verde, quesos y la miel de palma (se hace en La Gomera con savia de cierta clase de palmera y lleva un proceso de cocimiento). Está fina y rica… Todo artesanal, una delicia…
Nos tocaba descansar un poco y nos bajamos al centro, de tiendas, para comprar algún regalo para la familia. Por la noche nos habíamos apuntado a un espectáculo: “Canarias 4 Elementos”. Nos llevaron después de cenar. Aterrizamos en un restaurante grande con un gran escenario. Nos recibieron con sus trajes regionales. Estuvo entrañable y, al final, con un cuadro muy colorido de su carnaval.
Yo, como ya había estado más veces y conocía el Teide, por mi parte, ya no quería más excursiones. Pero la guía, muy simpática ella, nos dijo: 
–¿Os vais a ir de la isla sin ir a la excursión más bonita? “Villa de la Orotaba  + Icod de los Vinos + Masca”. Íbamos a ver el Drago Milenario y subir a Masca: era como subir al Machu Pichu (pero menos). Nos apuntamos.
La villa de la Orotava (no la conocía) me pareció un sitio precioso. Además, la vimos en un momento en que se estaba engalanando para la fiesta de Corpus Cristi, con cintas de colores y colgaduras. Delante del Ayuntamiento había tres carpas, en las que se confeccionaban tres alfombras maravillosas con tierras: una obra de arte impresionante.
No paraba de hacer fotos, sobre todo a la Casa de los Balcones, muy famosa y convertida en museo, con representaciones de cómo se vivía, con un patio precioso y una tienda de labores artesanales canarias, esas filigranas que hacen sacando hilos y más hilos.
¡Ruta hacia Masca! ¡El que quiera emociones fuertes que se apunte a Masca! Esas cosas, en autobús, impresionan más que en coche. Crestas, barrancos y curvas inverosímiles a tutiplén. Maravilloso, claro. Estuvimos un rato y seguimos hacia Icod de los Vinos. Subimos a un parque con árboles gigantescos y, cerca, el Drago Milenario. Allí estaba, en medio de un bonito jardín, majestuoso y como esperando seguir cobijando a todos los fantasmas de los seres que, a través de los siglos, se cobijaron en él, con su tronco hueco y en cascadas retorcido. Lo tienen muy cuidado y una enhiesta palmera, cerca, le sirve de compañía.
En La Casa del Drago también había de todo para comprar y allí, como no, perdimos otro rato.
¡Se acabó! No más excursiones. A descansar un poco. ¡HASTA LA PRÓXIMA!
Mª EULALIA DELGADO GONZÁLEZ©
Junio 2018

SIN COMAS



Es menester avisar a quien lea este texto: no lleva comas. Porque las pondría incorrectamente y no quiero. Opté por este título tras descartar otros: Asesina en serie. Hasta el cuello del útero. Página fantasma... Conste que quise defenestrar los títulos. Pero se apartaban y estuve en un ay de caerme por la ventana. Son ladinos y traicioneros. Otra norma de la que me vengaré y que voy a cargarme.

Hace dos días que se me perdió la asertividad en una de las esquinas de... mis sueños. Debe de estar de juerga con la inspiración. Aún no han regresado. No quiero ni pensar en las condiciones en que volverán. Es posible que ni las recoja. No las necesito. Para chula... yo. 
Anoche se fue con ellos la cordura. Lo sé de buena tinta… negra. Tengo espías embozados con ella.

Estos días busco la soledad porque ni yo me soporto. No quiero ni verme en los espejos de mi casa. Los he puesto de cara a la pared. Ni siquiera quiero ver mi reflejo en los cristales. También he corrido las cortinas. Me estorba hasta la ley de la gravedad. Por eso me tumbo en el sofá cada vez que pienso en esa ley que cae por su propio peso.
Sigo buscando la soledad por todas partes porque no tiene sentido la compañía si no puedo hablar con quien yo quiero. No hay manera. Todos mis rincones secretos tienen visitantes. Y más me enfado. ¡Qué condena tengo! Vuelvo a casa con el libro que pretendía leer sola. Solísima. 

Ya en casa busqué como asesinar el tiempo. Otro elemento lleno de medidas y normas. Le he quitado las pilas a todos mis relojes. Tengo pensado subir a la torre del reloj y robar el badajo. Me tiene hasta la trompa de Eustaquio. 
Y se me ocurrió leer mis primeros textos. Quiero convertirme en asesina en serie para matar comas y punto y comas. Perdonaré la vida al resto de las puntuaciones y acentos porque me queda algo de pundonor. Muy poco. Pero les reservo la mejor de las torturas: los pondré delante del televisor para que vean y escuchen las informaciones sobre política. Y que padezcan ¡mucho!

También lincharé frases ampulosas y rebuscadas. Desollaré los aforismos y las greguerías. Ametrallaré los haiku porque son más pequeños e inquietos. Estrangularé las poesías rimadas y medidas. Y las libres. La poesía libre tiene muchas más normas y leyes que la rimada. Me hieren la vista. Las odio. 
No quiero volver a escribir poesía...
“Quiero caminar por la senda de oro
que formó tu iris en mi iris en aquel segundo.
Quiero abrasarme en tus pasiones.
Quiero...”
Pues no. No quiero.
¡He dicho que nada de poesía! Y menos de amor. De amor no se habla. Ni se escribe. Ni se piensa.

No hay por dónde coger ninguno de los textos. Cerré el cuaderno porque me llené hasta el cuello del útero de faltas ortográficas y poéticas. Encontré fantasmas por todas partes. Y eso que no me arrepiento de nada. Pero atormenta ver escritas ciertas cosas. Es lo malo de escribir. Rememoras. 
Siento que solo soy un fantasma del ayer. Del hoy... También me voy a llevar por delante a los fantasmas. Por si acaso. No me gusta su incorporeidad y se presentan sin ser llamados. Son muy maleducados.  

Le he contado a un amigo escritor mis cuitas. Dice que no me cubra de basura. Qué ya pasará. ¡Pero si ya estoy rodeada de basura! La verdad es que tengo muy buenos amigos. Se libran porque la amistad no tiene ley ni norma.

Ayer hablé con una amiga y aprovecho la coyuntura para excusarme. Me dijo que los artistas están algo chiflados. Pues eso. Ya tengo una parte conseguida. Yo ya estoy chiflada.

Quizá mañana esté mejor. 

Ángeles Sánchez Gandarillas©

EL SURFER FANTASMA


(Basada en hechos reales)

Sí, aunque cueste creerlo, es real. Se dan casos en todas partes del mundo y, sobre todo, en verano. Y sí, yo he sido testigo de muchos de estos horripilantes casos.

 Como ya deduciréis por el título del relato, voy a hablaros del surfer fantasma. Y para ser sincero, eso de “horripilante” lo he puesto para añadirle dramatismo, ya que, más que aterrarte, al ver dicho espectro, te dan ganas de abofetearle de dos en dos hasta que los tortazos sean impares. Y por desgracia, me he encontrado con bastantes. Especialmente este año, ya que, como mi nuevo instituto está cerca del mar, abundan más estos espectros. Estos fantasmagóricos seres se caracterizan principalmente por ir fardando de lo buenos surfers que son. Puede que logren impresionar a las chicas que no tienen idea en estos campos; pero a mí no me toman el pelo aunque crean lo contrario, porque, por mucho que me vengan hablando de sus increíbles habilidades en el arte de cabalgar las olas, realmente no tienen ni puñetera idea. ¿Y cómo lo sé? Pues espera, que os lo cuento.

Cuando mantengo una conversación con estos “surferos”, les suelo preguntar  por qué nunca les veo en el agua, a lo que ellos me responden que solo surfean en verano –que es una forma de decir que en invierno pasas frio y que te haces caca con las olas grandes; cosa que es totalmente compresible, si no fuera porque van por ahí alardeando de ser surfistas profesionales–. Lo que realmente me molesta es la arrogancia de muchos de ellos, ya que creen conocerlo todo. Por culpa de eso, dicen cada tontería… Como, por ejemplo: “¡Las tablas de epoxi son una mierda, porque flotan menos y, además, pesan más!” –cosa que es totalmente errónea– y, al ir a corregirles, te responden: “¡Pero qué dices! ¡No tienes ni puta idea!” –a lo que ya ni les respondo, debido a que cuando eres nuevo en algún sitio lo suyo es no ganarse el odio de la gente.

En el caso de San Vicente, muchos de ellos suelen ir de “locales del pico”, por el simple hecho de ser de Sanvi –cosa que me parece una soberana tontería: yo, en un mes, surfeo más en “su playa” que ellos en un año.

En conclusión, no os creáis que alguien es “surfero” porque vaya alardeando de ello por ahí: hablar es fácil, pero coger olas en el Brusco es otra movida.

Lucas Nuño ©

LOS FANTASMAS



El tema de este mes son los fantasmas. Escribo unas pinceladas sobre los diferentes tipos de fantasmas. 

La mayor parte de mi vida ha transcurrido detrás de un mostrador y he conocido algunos de estos personajes que hoy ocupan mi escrito y que, aún sin sábana blanca, asustaban. 

Algunos de ellos sólo sabían hablar de su dinero, de sus viajes y de las carreras importantes de sus hijos. También recuerdo a uno que nos encargó una botella de champán  francés: “Que sea el más caro, que voy a invitar a mis amigos y quiero causar buena impresión”. En su casa, su familia apenas sí tenía para comer, y yo, en mi tienda, una buena cuenta con sus deudas. 

Cuando yo era niña, en San Vicente había unas cuantas casonas antiguas. Recuerdo ir con mis amigas y ver sombras por todos lados y un miedo tremendo. ¡Hasta los árboles parecían tener vida y asustarnos!

Mi fantasía me ha jugado en ocasiones malas pasadas, como cuando mi hijo Andrés comenzó a salir de fiesta y yo, con un dolor de muelas a las tres de la mañana en el baño, haciendo gárgaras con agua y sal. Levanto la cabeza y, en el espejo, mi hijo mirándome en silencio. Los gritos fueron tan fuertes que despertamos al resto de la familia.

Yo perdí a mi madre muy joven. La tristeza y la pena me embargaban. Uno de esos días, estaba peinándome frente al espejo y os aseguro que vi la cara de mi madre sonriendo. Fue todo tan real que me aparté superasustada. Luego, reflexionando, todo esto tuvo que ser fruto de mi imaginación, ¡pero caray si era mi madre! ¡Cómo voy a sentir miedo: eso es un fantasma bueno y protector!

En estos últimos días, los medios de comunicación no han parado de mostrarnos lo que podríamos llamar un buque fantasma, vagando de un lado para otro. Mirando los ojos de esa pobre gente, de esos pequeños fantasmitas, siento una gran ternura, y confío que, entre todos, podamos devolverles su sonrisa y dignidad como seres humanos.

¡Feliz verano!

Mari Carmen Bengochea © 

FANTASMAS



I

En la pequeña villa, las campanas tocaban con repiques solemnes, lo cual indicaba que el finado era de postín. Las gentes se sorprendían y murmuraban, preguntándose quién era el muerto y enseguida llegaron las noticias tan ansiadas: se trataba de don Salvador el Indiano, todo un personaje, un tanto siniestro e inmensamente rico.
La noticia llegó hasta el rincón más recóndito del municipio. Era un acontecimiento muy esperado; sobre todo, para los familiares, que esperaban este momento haciendo cálculos de lo que les tocaba percibir de la cuantiosa herencia. 
El entierro tuvo lugar al día siguiente. Cientos de personas acudieron a darle el último adiós. Los familiares, de negro integral, lloraban con amargura la pérdida. Parecía una competición de lágrimas. Se miraban unos a otros. Entre suspiros y llantos, le dieron cristiana sepultura. 
Esa misma tarde, se acercaron a La Casona de don Salvador varios personajes –entre ellos, el notario–, para levantar acta de los bienes de la casa. Eran muchos y valiosos: monedas de oro, plata, un cuadro de Murillo, un sillón que había pertenecido a Pancho Villa, un mueble bar de madera de caoba –en el que había, incrustado, un reloj de oro macizo–, cuberterías de plata, vajillas de porcelana inglesa, un conjunto de pendientes, gargantilla y pulsera de esmeraldas y oro blanco y otras joyas.

II

Pasaron los meses y no había noticias de la herencia. Los familiares, muy nerviosos, agobiaban al notario, y su respuesta era la misma: su cliente no había hecho testamento y estaban intentando encontrar sus últimas voluntades; por lo tanto, tenían que esperar cinco años para el reparto de los bienes. Había muchos millones de pesetas, varias casonas y muchas y grandes fincas de limoneros y otros árboles frutales. Fueron informados de que la Hacienda Pública se quedaría con el 75% de todos los bienes.
Algunos familiares, indignados, no estaban dispuestos a esperar; entre ellos, la prima Lola, la más activa. Se reunían a escondidas para trazar un plan para hacerse con lo que ellos aseguraban que les pertenecía.

III

El tiempo fue pasando y La Casona parecía cada vez más siniestra. Las hierbas cubrían toda la finca y la hiedra sepultaba la casa. Nadie merodeaba por los alrededores; y menos por la noche, pues los más atrevidos, que osaron atisbar desde sus altos muros, corrían asustados, gritando que dentro de la casa se oían pasos y puertas que se abrían y cerraban. Otros decían haber visto la silueta de los antiguos moradores de la casa.
IV

Pasados los cinco años de espera, el notario cita a algunos familiares, que, sorprendidos, acuden a su oficina y les comunica que son los beneficiarios del 25% de los bienes de su representado. No entienden nada y se miran entre ellos. No contaban con esa herencia, por lo que se les explica que su padre, primo de don Salvador, le sobrevivió y, por ello, son sus herederos legítimos. Pueden considerarse multimillonarios, ya que los bienes son muy cuantiosos en dinero y en propiedades. El notario les pide que le acompañen a la casa de su familiar para enumerarles los objetos de gran valor que hay en el interior y que están reflejados en el acta.
Entran en el interior y suben a la segunda planta, que consta de dos salones –uno de ellos, con salida a un gran balcón–, cocina y siete habitaciones. Se dirigen al salón grande y el notario mira su acta con preocupación, pues se ha percatado de que faltan varios muebles; entre ellos, el valiosísimo mueble bar de caoba, el Murillo y el sillón de Pancho Villa. Abre puertas de armarios para comprobar las vajillas de porcelana, los cofres con las joyas, el espectacular conjunto de esmeraldas y oro blanco, las cuberterías de plata, las monedas de plata y oro… Nada, todo vacío, lo han robado todo.

V
La novia se acercaba al altar. Todos se giraron y pudieron ver el espectacular conjunto de gargantilla, pendientes y pulsera de esmeraldas y oro blanco. Era el regalo de boda de su querida abuela Lola.
Nieves Reigadas©

FANTASMAS



Cuando era niño, oí cómo una amiga de mi madre le hablaba del fantasma. Lo vio una noche cálida de verano cuando, antes de acostarse, salió al porche para respirar el aire, que entonces olía a césped recién cortado, y escuchar el sonido de los grillos. Le gustaba el canto de los grillos. Recordaba cuando su padre le había enseñado que su longitud de onda es casi igual que la distancia entre nuestros dos oídos, y por ello nos resulta tan difícil determinar dónde están aunque los oigamos. Ninguna lámpara encendida. Prefería la oscuridad, sentir el embrujo de la penumbra, los olores y los sonidos de la noche. 

Y entonces lo vio. Estaba de pie, reclinado contra uno de los postes del porche, con una pierna bien plantada en el suelo, como un pilar, y la otra doblada por la rodilla y con la suela de la bota apoyada en el madero. Sus ojos brillaban en la noche y adivinaba en él, más que veía, una media sonrisa. Fumaba voluptuosamente y una súbita y agradable brisa, casi imperceptible, llevaba el humo hacia ella. Se levantó, se alisó la falda y se cambió de sitio, para colocarse al otro lado de él, donde el humo del cigarrillo no le diera en la cara. Y quiso decirle que no pasaba nada, que no le molestaba que fumara, que era así de fácil; que ya nunca se enfadaría por tonterías. Y puso su mano sobre su hombro y quiso besarle… Pero ya no estaba. 

Lo vio otra vez cuando, en mitad de la noche, algo, algún ruido desacostumbrado, quizás sólo el calor denso del agosto mediterráneo, la despertó. La luz plateada de una media luna filtrándose entre el visillo de la ventana, abierta, alumbró su cabeza dormida, recostada en la almohada de su cama, junto a ella. Y quiso decirle que no había nada que reprochar, que un día por vivir era más importante que todos los días dejados atrás, que ya no volvería a pasar nunca más, que lo había entendido, que se lo juraba. Y quiso darle la vuelta para besarle… Pero ya no estaba.

Y vi cómo la amiga de mi madre lloraba y cómo mi madre la abrazaba y la consolaba. Pero yo no creía en fantasmas. Era pequeño, pero algo me decía que aquello no era más que ensoñaciones, constructos de mentes que inventaban imágenes irreales, situaciones alternativas para reconciliarse con sus pasados rotos. Nunca creí en ellos. Desde que tuve uso de razón (y esto es ya, de por sí, una pretensión), los fenómenos paranormales, seres sobrenaturales, reencarnaciones, comunicaciones con los muertos, los veía como manifestaciones de mentes débiles, de cerebros faltos de un hervor. Era joven y creía que lo sabía todo…

Tendría yo sobre los dieciséis años. Fue después de la medianoche, durante las primeras horas de la madrugada. Al principio, nada parecía fuera de lo normal. Nada indicaba que fuera a producirse ningún fenómeno extraño, ninguna aparición sobrenatural; nada podía hacerme pensar que estaba a punto de salir de mi error. Entonces lo vi. De repente, estaba ahí, ante mis ojos; casi hubiera podido tocarle si hubiera extendido un brazo, pero estaba paralizado. Notaba mis ojos atónitos, incrédulos, espantados. Por más inverosímil que pudiera parecerme, tenía al fantasma frente a mí. Se movía entre la multitud con un vaso de tubo en una mano y un cigarrillo en la otra. Su cabello, engominado, emitía reflejos azabaches bajo los potentes focos. Su cuerpo, grácil como el de una sirena, se contoneaba al compás de la música estridente. Su rostro, guapo, bronceado, mostraba una sonrisa abierta, de dientes blanquísimos y perfectamente alineados, que dejaban escapar fugaces destellos. Deambulaba entre la marea humana, regalando morritos y caídas de ojos a cuantas féminas se cruzaban en su derrota entre el barullo de cuerpos bailantes. La ropa que vestía dejaba ver, como en un deliberado y más que estudiado descuido, la etiqueta o el logotipo de la marca de moda más cara del mercado. A veces, cuando la música bañaba el ambiente con un par de compases que supuestamente debían tañer alguna cuerda sentimental, lanzaba histriónicamente hacia atrás la cabeza, con los ojos cerrados, para que todos vieran lo mucho que sentía el mensaje musical. Otras, daba un giro completo sobre un pie, en un grácil trompo, un brazo extendido hacia el cielo y el otro horizontalmente, mientras lanzaba a la multitud una pública declaración de su exiguo cociente intelectual: “Oh, yeah!” Todo él era puro cimbreo, puro ritmo. Tuve que rendirme a la evidencia. Había estado equivocado. En efecto, los fantasmas existen y viven entre nosotros.

Posteriormente, ya en mi vida profesional, tuve muchas ocasiones de conocer de cerca y estudiar esos curiosos seres, esas anomalías de la naturaleza. Descubrí cosas sorprendentes de ellos. Comprobé, por ejemplo, que los fantasmas tienen una natural aversión a los nombres de pila mondos y lirondos. Un fantasma no sería aceptado en su espectral comunidad si cometiera la vulgaridad de llamarse, por ejemplo, Francisco. El fantasma habrá mutado para llamarse Frank. Si ha tenido la desgracia de que sus padres le bautizaran como Jaime, habrá devenido en Jimmy. Si Patricio, será Patrick. Algunos, los más sofisticados, los que cabalgan sobre la cresta de la evolución fantasmal, se hacen llamar por la inicial de su nombre, que eso es el no va más de la fantasmagoría postmoderna. Así, es corriente en un círculo de fantasmas oír a uno dirigirse a otro, que tiene la desgracia de llamarse Juan, simplemente como “Jota”; o si sufre el oprobio de llamarse Juan Ramón, simplemente “Jota Erre”. 

Esa curiosa propensión de los fantasmas al uso de voces importadas del inglés no se queda en los nombres de pila, sino que se extiende, como una mancha de aceite, por toda la superficie de su generalmente insustancial verborrea. Ningún fantasma que se precie mostrará su conformidad articulando un castizo “vale”, o un prosaico “de acuerdo”, sino que pronunciará un mucho más moderno “okey”; ni se le ocurrirá decir que algo está muy bien, sino que dirá que es “cool”. Ninguno que se tenga un mínimo respeto osará jamás estar en una reunión, sino siempre en un “meeting”. Incluso a la hora de mostrar su ira, un fantasma no recurrirá a las formas carpetovetónicas, tan propias del vulgo, como “vete a tomar por el culo”, y no digamos ya a las casposas y apolilladas como “que te folle un pez que la tiene fresca”; no, el fantasma recurrirá a fórmulas más postmodernas como “fuck you”. Y naturalmente, nada hay más aldeano para ellos que un autorretrato; lo suyo son los “selfies”. Lo que no debe hacerse nunca –según he aprendido en mis concienzudos estudios de esta mutación genética– es contestarle a un fantasma en inglés, porque eso casi siempre desencadena en él una sucesión de dolorosos estímulos musculares involuntarios que le hace mirar hacia otro lado y, en ocasiones, sorprendentemente, hasta ponerse a silbar. Curioso reflejo condicionado que hubiera entusiasmado al mismísimo Pávlov, quien no habría dudado en sustituir, para sus estudios, su celebérrimo perro por uno de nuestros fantasmas.

Hay quienes confunden al fantasma con el hortera. Craso error. Nada que ver. El hortera, esa otra mutación del ADN que produce esos inverosímiles especímenes que uno puede observar paseando por los centros de las ciudades en chanclas playeras que muestran el repulsivo espectáculo de unas monstruosidades dactilares generalmente parcas en higiene, pantalones bermudas bajo los que cuelgan patéticamente unas piernas peludas, camiseta sin mangas regalando al personal la insufrible visión de unos matojos pilosos que rebosan de sus naturales cavidades sobacales, gorra del Carrefour –frecuentemente colocada con la visera hacia atrás, al modo de los ciclistas– y, en los casos más acusados, cadena de oro al cuello. Esa especie, el hortera, del que el ejemplo expuesto no es más que uno entre el enorme número de variedades existentes, nada tiene que ver con el fantasma. Éste no presume de nada que no tenga –excepción hecha de la inteligencia–, sino que alardea sin recato de lo que tiene. El fantasma vestirá un traje de Armani –donde se vea la marca en algún sitio, eso sí–; el hortera también, pero será de mentirijilla, adquirido al senegalés del mercadillo, y además probablemente lo acompañará de camisa rosa y corbata verde. Es cierto, no obstante, que la evolución está plagada de mutaciones que parecen imposibles, y así se da también a veces el caso supremo de lo grotesco, el no va más del espanto, el pináculo entre las aberraciones de la naturaleza, la envidia de sirenas, centauros, quimeras, grifos, hipogrifos: el fantasma hortera. Su sola presencia es tan insoportable que la mera evocación de uno de tales especímenes produce demasiado dolor cerebral como para poder siquiera detenerse a escribir sobre ellos. 

Los fantasmas suelen llevar cuernos. Algo en la genética femenina inclina a la mujer a la promiscuidad cuando se casa con un fantasma. Un fantasma sin cuernos es como una obra inacabada, una Mona Lisa sin sonrisa, un jardín sin flores. El fantasma atrae a los cuernos como el flautista de Hamelín a las ratas. Pocas experiencias hay más gratificantes para una mujer –según me han contado– que llegar a casa y encontrarse con su fantasma particular acicalándose y perfumándose frente al espejo, pagado de sí mismo, ajeno a la astamenta que ella le acaba de poner. Según dicen, garantiza a la mujer un sueño plácido y reparador. La tila por la noche es para ellas un mal sucedáneo del fantasma astado. 

En fin, que, pese a mi pecado de juventud, a pesar de mi enconada incredulidad sobre la existencia de los fantasmas, me he rendido a la evidencia. Creedme: existen. Estad atentos, están por todas partes. Oh, yeah!

José-Pedro Cladera ©

VEREMOS BARCOS...




Veremos barcos cruzando mares
con velas blancas sobre las olas,
veremos niños, veremos hombres
que los contemplan, y las gaviotas
de grises alas darán mil vueltas
sobre la playa de arenas sordas,
y es que la arena tiene su encanto
por el nordeste que da su forma
dejando asientos en los rincones
con atalayas que la coronan,
y aquella vista tan elegante
será el refugio de las esposas,
y de las madres de los marinos
que por las aguas pescan y bogan,
y estos retales son los recuerdos,
viejos fantasmas que nos desbordan...

Veremos luces en las esquinas,
pequeños faros, cual mariposas,
veremos velas de cera blanca
que parpadean entre las sombras,
y más abajo, por la calzada,
pasan los gatos de largas colas,
pasa el nordeste, llega la brisa,
que se encarama por las farolas,
luego desfilan los caracoles
y las cigarras cantan y atoran,
aunque las vacas y las ovejas
están por prados rumiando solas,
y mientras tanto las madreselvas
cierran los pliegues que son sus hojas,
y aquellas sombras, nuestros fantasmas,
siguen muy dentro pidiendo rosas...

"...Y esta es la vida de los recuerdos,
vivos fantasmas que dan la nota,
pues nos abrazan tan fuertemente
que, poco a poco, ya nos ahogan..."

© Rafael Sánchez Ortega

LOS FANTASMAS DE LUCÍA.



Uno era el sonido de las llaves deslizándose por la cerradura.
Otro, el olor de su abrigo, húmedo, en el perchero.
El tercero, el ruido de sus pasos por la mañana.
El cuarto, un roce casual cada noche.
Y el quinto, el peor, su voz a cada rato.
Juan había marchado dejando un vacío enorme en su vida. 
Ese vacío se llenó con unos fantasmas que actuaban, olían y hablaban como él. 
Lucía se dejaba aterrorizar por cinco espectros que recorrían su bonito piso.
Sufría la incomprensión del abandono, y el quinto fantasma, emulando la voz de Juan, le decía lo mucho que la quería.
Ella sabía que mentía.
Intentaba conciliar el sueño y el fantasma abría la puerta con una llaves etéreas, pero ruidosas.
Ya dormía cuando sentía un roce imposible en su pierna en la soledad de su cama.
La despertaban cada mañana unos pasos que se alejaban por el pasillo por última vez.
Al salir de casa, la acompañaba el olor del abrigo de Juan, impregnando su ropa.
Y, hora tras hora, la voz de su amado susurrando mentiras.
Fantasmas de desamor, huid y desvaneceos.
Juan, vuelve y aleja las sombras.
Dime por qué te fuiste dejando estos fantasmas.

©Santos Gutiérrez

jueves, 24 de mayo de 2018

LA COGORZA




Juan Noriega Tuñón fue uno de los hombres más vagos, oportunistas y ruines de su tiempo, y no, no era un borracho. Su verdadera historia no se ha contado nunca, pero yo lo voy hacer. Os diré que pocas veces unos tragos cambiaron tanto el destino de un hombre llamado a holgar y medrar hasta su muerte. Pero no sólo el suyo, sino también la de sus familiares y amigos.

Dejadme que os cuente que Juan nació en 1795 en el seno de una familia acomodada asentada en la comarca de Peñamellera. Su padre, Camilo Noriega, era un maestro de oficios de la marina, dedicado al noble arte de la carpintería de ribera, siendo el tercero de una generación de maestros maderistas, gente dedicada a la selección de los mejores ejemplares de robles y hayas con los que conformar los mástiles y las quillas de los barcos de su majestad. Recorría todos los montes de las comarcas limítrofes donde la corona tenía lotes, en especial los conocidos como Monte Corona, cerca de Comillas. Su excepcional habilidad, heredada de su padre, permitía a su familia gozar de buenas posesiones y rentas, además de una posición entre sus vecinos, que lo tenían por una persona buena, trabajadora y honrada. Su esposa, Emilia, era una de la mejores personas que habitaban esa comarca.

Ninguna de estas cualidades fueron heredadas por Juan, su hijo mediano, pero sí por sus otros dos hijos, Santiago, el mayor, y Juana, la pequeña. A Juan, lo que más le gustaba en el mundo era el dinero y, en segundo lugar, vaguear. Alejado del mayorazgo ejercido por su hermano Santiago, dedicaba todo el tiempo del día a estudiar bajo la tutela de Anselmo, el cura de pueblo, lo que le alejaba de tener que trabajar y le daba tiempo a pensar cómo obtener fortuna sin dar palo al agua. Para ello contaba con los inestimables consejos de Anselmo, que había terminado de párroco de Peñamellera después de que el obispo no hubiera hecho vida de él como su ayudante en la diócesis, parece ser que por unos "descuadres" en las cuentas del obispado.

Corría el año 1811 y Juan cumpliría 16 años, edad más que suficiente para que el estudio y nada más que el estudio empezasen a pesar en el ánimo de Camilo, su padre, que empezaba a sospechar que el cura y su hijo tramaban alargar más de la cuenta el noble momento en el que el chico asumiera responsabilidades. Así que los reunió a los dos y solemnemente dijo:

            –Padre, este chico está en edad de salir de la casa y empezar a trabajar.

A Juan se le pusieron los pelos como escarpias con sólo pensar que tendría que seguir la misma suerte que Santiago; y encima sin mayorazgo, todo para su hermano a la muerte de su padre y él condenado a una soldada para el resto de su vida. Pero el cura no tardó en reaccionar, había cogido cariño a ese chico y sabía que era como él y que no todo el mundo nace para trabajar. Así que estaba decidido a ejercer su influencia sobre Camilo.

            –Querido Camilo, su hijo es una mente de las que se ven una entre miles. Yo ya no puedo enseñarle nada que no sepa. Sé que ya tiene una edad para tomar un camino, así que le aconsejo que lo envíe a la Academia de Caballería de Colio.

A Camilo se le iluminaron los ojos. Olvidó por completo su intención de poner a su hijo a trabajar –¿un hijo suyo militar de carrera?–. Las palabras sonaron a orgullo, patria, honor, ¿pero cómo sería eso posible?

A Juan, las palabras le sonaron a alivio, a escaquearse y alargar el momento de ponerse a trabajar unos años más.

Anselmo sabía lo que decía. El chico era listo; en la Armada, la reputación de su padre era grande y a él le debían algunos favores en la diócesis. Las malas lenguas decían que lo habían echado de allí por ladrón y vago; pero de su afición por husmear en los cajones sabía muchas cosas, que lo habían librado de acabar en misiones, y todavía no había cobrado del todo el silencio de algunas. Apreciaba a aquel chico. Además, era el único con el que se podía mantener una conversación en todo el valle y la Academia estaba a tan sólo media jornada de camino, así que seguirían teniendo relación.

La Academia se iba a abrir ese año. Estaba previsto que en tan sólo un año hubiera buenos soldados para las tropas reales, y en tres, algún oficial con un excelente manejo de los caballos. Juan no tenía ninguna vocación militar; en realidad, no tenía más vocación que no hacer nada. Alejada la posibilidad de tener que trabajar de inmediato, se trataba de estar lo más cerca de casa posible. Camilo le había convencido de que cura no era una buena opción, ya que era incompatible con su desmesurado interés por el dinero; además, cuando Juan supo lo del voto de pobreza, lo descartó por completo. La formación en leyes quedaba lejos de casa, así que esto de la academia militar era una opción, que por supuesto habría que alargar lo más posible –¿tres años podría alargarse?, pues tres  años se alargaría, eso seguro–. Quizás para entonces España ya no estaría en guerra o se le ocurriría otra cosa.  

Los meses que siguieron hasta su entrada en la Academia fueron de los mejores de su vida. El cura había convencido a la familia de que Juan debería estudiar bajo su tutela ese tiempo –no era cuestión de llegar y ser el tonto de la clase–, así que pasaban los días leyendo en la casa parroquial lo que les venía en gana y dando largos paseos por la orilla del Deva. Cuando se encontraban a alguien, mascullaban palabras en latín hasta que el vecino se alejaba lo suficiente para poder reír a carcajadas. Además, Santiago, su hermano mayor, orgulloso de que Juan fuera a la Academia, le iba pasando algún dinero del jornal que ya ganaba como aprendiz de su padre, para que no tuviera necesidades una vez ingresara. Ver aquellas relucientes monedas en su poder lo llenaba de satisfacción, con el añadido de no haber tenido que sudar en absoluto para ganarlas. Juana, su preciosa hermana pequeña, veía como un dios a su hermano, se lo imaginaba de uniforme comandando las tropas montado en un hermoso corcel blanco. Así que le hacía dibujos y le llevaba a la sacristía galletas y vino dulce que su madre le hacía llegar para sobrellevar lo que la familia pensaba que eran largas jornadas de estudio. Emilia se desvivía por sus hijos, pero el esfuerzo que presentía en el acceso de su hijo mediano a tan alto honor hacía que sintiera de repente una especial predilección por él.

Juan estaba viviendo los momentos más dulces que todo vago puede desear: tiempo para la holganza, comida, algún dinero y la consideración que su familia tenía en él por su prometedor futuro. Pero todo llega, y un cálido día de junio llegó el momento de incorporarse a la Academia. El trayecto a Colio desde Panes apenas era media jornada, así que su padre y hermano lo acompañaron, orgullosos, hasta la puerta.

La Academia era un bonito edificio al pie de las montañas; el ejército no había escatimado en gastos, ya que las expectativas en ella eran altas. Sus compañeros resultaron ser, en su mayoría, chicos avezados de los pueblos del valle, hijos rebeldes de militares que, como castigo, pasarían allí algún tiempo. De entre los primeros, sobresalía, por su fuerza y carácter, Avelino Acevedo; de entre los enchufados y rebeldes, hijos de papá, Diego Zornoza. Decidió hacerse amigo de ambos de inmediato. Nunca vendría mal alguien para trabajar y un buen contacto entre los militares de casta.

Rápidamente, Juan se colocó entre los alumnos mejor valorados de la Academia, pero siempre precedido por Diego y por Avelino. El cura le había advertido que nada de ser el primero, que, en cosas militares, eso no era cosa buena. Diego, como hijo de militar, conocía bien las artes necesarias para ser un buen oficial y sabía que requerían tiempo. Avelino tenía el ardor guerrero en su cuerpo y el tiempo en la Academia le quemaba, quería ir cuanto antes a la guerra. No tardaría en cumplir su deseo. La guerra de independencia necesitaba de tropas para el asedio de Gerona, y cuando aún no llevaban los alumnos seis meses de academia, un reclutador llegó a Colio con intención de llevárselos. Tras discutir mucho con el director, se quedó en que se llevaría a una docena de estudiantes de los 25. Irían por orden de lista; se sortearía si de la a la z o al revés. En ese momento, Avelino Acevedo, henchido de ánimo guerrero, pidió ir voluntario, así que el reclutador dijo que nada de sorteo: se empezaría por la a y se llevaría a los doce para los que tenía sitio en los carromatos.  

Juan estaba tranquilo, apellidarse Noriega, siendo la n la letra de la mitad del abecedario, lo había colocado el 13 de 25 alumnos. Empezasen por donde empezasen, él no iría a la guerra, por el momento... El reclutador dejó claro que, si las circunstancias lo requerían, volvería, que la guerra era más importante que la Academia y muchas más palabras que a Juan le sonaron a peligro y trabajo, y eso no le gustaba nada. De Avelino, nada que decir: mucho corazón y poca cabeza; volvería a Potes, su pueblo, lisiado en el mejor de los casos o atravesado por una bayoneta francesa –pobre diablo, pensó–. Tenía que ir pensando como librarse de la siguiente llamada a filas. Las probabilidades de seguir en la Academia hasta completar los tres años eran remotas en el actual escenario de guerra. Y no fueron sus pensamientos, sino el destino, el que le brindó una magnífica oportunidad para escaquearse. Habían pasado ya seis meses en la Academia y los caballos criados para los alumnos estaban ya preparados para empezar su adiestramiento. El reclutador había pedido, por orden del general de Caballería Ernesto Galindo, al frente de los ejércitos que asediaban Cataluña, que los caballos tuvieran un entrenamiento acuático, se les acostumbrara a nadar y no tuvieran miedo en desembarcos costeros en playas. Sobra decir que la cara del director de la Academia era un auténtico poema. Cualquiera que conozca Colio, y está claro que el general no, podría estar seguro de que no era el sitio más indicado para tal entrenamiento. Colio es un pueblo rodeado de montañas, en el que adiestrar a caballos en la fortaleza y la habilidad del trote; pero los escasos arroyos que lo rodean no llegan a los caballos ni a los tobillos, y el cercano río Deva, apenas a la panza en verano, cuando baja de estío, ya que el resto del año suele llevar demasiada fuerza, bien por la lluvias, bien por el deshielo. Así que la única opción era las lagunas de Ándara, a una jornada de camino, con el añadido de tener que cruzar altos collados sólo practicables entre junio y octubre. Y aquí fue donde Juan dio un paso al frente y dijo que él se encargaría de esa labor. A Juan no le gustaban los caballos –como os he dicho, sólo le gustaba el dinero y descansar–; lo único que apreciaba de ellos era poder montarlos para no ir andando a ningún lado. Pero la ocasión era única. Sin el tonto de Avelino en la Academia, se quedaba sin compañero para las clases de armas y sin nadie que le hiciera las tareas más duras. Había resultado sencillo manipularlo con algunas de las monedas que su hermano le daba. Allí ya sólo tenía de amigo a Diego Zornoza, que, como buen enchufado, ya tenía protección de por sí; y además, no se dejaba manipular para los trabajos pesados como Avelino, sólo conseguía de él algo de dinero vendiéndole parte de la comida que le hacía llegar su familia e información sobre el curso de la guerra que su padre le enviaba por carta. Así que la idea de no tener que darse palizas con los otros alumnos aprendiendo a manejar las armas ni ir a clase, para dedicarse al adiestramiento de los caballos, era una buena opción para no acabar cansado y amoratado un día tras otro.

Juan inició el adiestramiento de los caballos como siempre en su vida, mintiendo y manipulando para acomodarse lo mejor posible las obligaciones a su conveniencia. Convenció al director de la Academia de que conocía una zona del río Deva, por la que su padre bajaba madera hacia la costa, que tenía la suficiente profundidad y aguas calmas para empezar a trabajar el adiestramiento con los caballos, hasta que a la llegada del verano se pudiera subir a los lagos de Ándara. Era una verdad a medias: esa zona del río era profunda, sí, pero muy peligrosa.

El río estaba a un par de horas de la Academia, que Juan alargaba hasta cuatro por las siestas que se echaba a la vera del camino. Una a la ida y otra a la vuelta, completando jornadas enteras de la mañana a la noche por las que recibía la felicitación de sus compañeros, en especial, de Diego Zornoza, que creía tener ante sí un amigo abnegado y comprometido con el futuro de la promoción. La verdad es que Juan, una vez que llegaba con los veinticinco caballos al río, los obligaba uno a uno a echarse a las aguas frías y bravas sin ningún tipo de piedad con los animales. Ya tenía pensado qué decir si un día alguno se ahogaba. Contaría que unos lobos hambrientos habían atacado a la potrada y enloquecido a un caballo, que, presa del pánico, se había echado al río en un pozo profundo y turbulento. Pero la verdad es que los caballos bregaron contra las corrientes un día y otro día sin desfallecer y, aunque presos del pánico, eran capaces de vencer las corrientes y regresar a la orilla. Y así un día tras otro hasta que, por fin, llegó el verano y pudo empezar a ir a las lagunas.

Las jornadas en las lagunas eran mucho más plácidas. Juan, una vez más, había convencido al director de que lo mejor para los caballos era permanecer varios días allí y volver tan solo para herrarlos. Fueron estos los mejores días de su vida. Cargaba a los caballos con todo lo necesario para pasar varios días en las montañas, comida abundante que le entregaban en previsión de algún imprevisto, libros que le hacía llegar Anselmo, el cura, y un rifle, por si asomaba algún lobo. Así que Juan se pasaba el día leyendo, comiendo y viendo a los caballos pastar y nadar en las lagunas. Y así pasó el verano y parte del otoño, hasta que llegó el momento de estabular la potrada para pasar el invierno. A Juan no le hacía ninguna gracia bajar a la Academia y no se le ocurría ninguna argucia para alargar el adiestramiento. Los caballos, bregados en las infernales corrientes del Deva, nadaban como nutrias en las plácidas lagunas. El director había subido a verlos una jornada y no daba crédito, así que tocaba volver a Colio y afrontar un invierno de estudio y clases de armas. Recogió todo el campamento que le había servido de refugio durante el verano y regresó a la Academia, donde le esperaba una noticia que cambiaría el rumbo de los acontecimientos. Unos días antes de su regreso, había aparecido de nuevo el reclutador y se había llevado al resto de sus compañeros, un último esfuerzo de guerra lo había hecho necesario. Para Juan, quedaba una tarea ardua por la que el ejército le estaría eternamente agradecido. Había llegado a oídos del coronel Francisco Portilla las hazañas de los caballos de Colio y los quería para la campaña de México. Juan debería llevarlos a Sevilla antes de que el invierno se echara encima, para lo que faltaban pocas semanas, por lo que tendría que salir a la mañana siguiente. Para compensar el no haber podido ir con sus compañeros a la guerra, el reclutador, por mandamiento del general Ernesto Galindo y recomendación del padre de su compañero Diego Zornoza, el teniente general Antonio Zornoza, la siguiente prebenda: se le reduciría de tres a dos los años para licenciarse, se le daba despacho de cadete y alcanzaría el mayor grado de armas que alcanzase el más condecorado de sus compañeros de academia en la guerra de independencia.

Juan no se lo podía creer, ¡cómo era posible que hubiera tanto idiota! Los caballos habían aprendido a nadar tan bien por pura supervivencia y no había estudiado ni entrenado en armas apenas desde que había llegado. El viaje a Sevilla y vuelta le llevarían, al menos, cuatro meses y, al regreso, en cuatro meses más, estaría licenciado con honores. Porque no tenía ninguna duda de que el cafre de Avelino Acevedo, antes de morir, conseguiría algún ascenso por acción de guerra, o, en su caso, el idiota enchufado de Diego Zornoza sería ascendido por alguna chorrada. Mientras, él sólo tenía que llevar a esos veinticinco preciosos caballos alazanos hasta Sevilla, la ciudad más bonita de España en palabras del cura.

Partió al amanecer del siguiente día. Necesitaría cinco jornadas para llegar a Guardo y dejar atrás la cordillera Cantábrica y sus dificultades; de ahí a Sevilla, cuarenta días. Faltaba una semana para el día de difuntos y nada hacía presagiar lo que ocurría aquel terrible otoño de 1812. A falta de una jornada para llegar al inicio de la meseta castellana y cuando se encontraba en el pueblo de Boca de Huérgano, la mayor nevada de otoño que se recordaba lo inmovilizó en el pueblo. Pero lo peor estaba por llegar: haciendo bueno el refrán de que "si nieva en la luna llena de octubre, siete lunas cubre", el invierno que se avecinaba iba a ser uno de los peores del siglo. Una nevada tras otra, retuvo a Juan y su potrada hasta marzo en el pueblo, cinco meses en los que su salvoconducto, como cadete de infantería en misión para la Armada Real, le convertían en una prioridad para las fuerzas vivas locales, que lo cuidarían con todos los medios a su disposición hasta que el tiempo mejorase, lo que tardó mucho en suceder. Así que se pasó el invierno alojado en la casa parroquial, comiendo de las despensas locales, mientras los caballos eran atendidos por los aldeanos en las mejores cuadras de la comarca. Su único trabajo era escribir algún oficio para las dependencias del ejército en Valladolid, informando del estado de la potrada. El ejército asumió que los caballos no estarían a tiempo de partir en el barco con destino a México que en la primera ventana de buen tiempo del invierno partiría de Sevilla; habría de ser en el Salvador, un magnífico barco que partiría rumbo a Montevideo con el regimiento Albuhera a mediados de verano para ayudar a sofocar las revueltas charrúas para la independencia de Uruguay. Juan salió de Boca de Huérgano casi cinco meses más tarde, una semana después de entrada la primavera, con decenas de libros leídos de la magnífica biblioteca del cura y algunos kilos de más. Llegó a Sevilla casi cuarenta días después, poco antes de Pentecostés. Faltaba un mes y medio para que el barco zarpase y un mes para cumplir dos años desde su ingreso en la Academia y, por lo tanto, con las prebendas conseguidas, licenciarse como alférez; esto último, gracias a una bravuconada de Avelino Acebedo, que, en el sitio de Gerona, había perdido un ojo, el muy imbécil, lo que le había valido una medalla y ese rango por su valor.

El mes y medio que pasó en Sevilla fue de lo mejor que le había pasado en su vida. Había convencido al coronel, que se llevaba los caballos para Montevideo, de que era bueno no dejar de adiestrarlos hasta zarpar y que sería bueno que entraran en contacto con la tropa que los iba a montar. Así que pasó un mes dando vueltas por la capital hasta el momento de la partida, llevando a esos malditos caballos al Guadalquivir un ratito por las mañanas y dejándolos en manos de la tropa por la tarde. Pero la infantería estaba más preocupada de beber y acostarse con mujeres antes de partir a la guerra que de aquellos caballos, así que apenas aprendieron nada.

El día antes de zarpar el barco, llegó un correo a nombre de Juan. Venía de la sede de la Armada y en él quedaba licenciado como alférez, dándole un plazo de un mes para elegir destino y regresar a su casa, de la que se le informaba que no había buenas noticias: un brote de fiebre amarilla había azotado la comarca de Peñamellera; la enfermedad había acabado con la vida de su padre y tenía a su hermano Santiago en agonía. Se le daba permiso para regresar a casa y hacerse cargo de la situación, ya que  había cumplido la mayoría de edad. También había enfermado el director de la Academia, lo que obligaría a cerrarla de no encontrar uno nuevo.

Juan tardó un rato en asimilar la situación, el tiempo que tardó en caer en la cuenta de que la muerte de su padre, y la pronta de su hermano, le dejaba libre el camino para acceder al mayorazgo y, por lo tanto, al patrimonio familiar, que, sin ser mucho, era suficiente para vivir de rentas hasta su muerte. Quedaban su madre y su hermana Juana, que iría de cabeza a un convento para evitarse el tener que pagar una dote. Era una muchacha preciosa y dulce que lo adoraba, pero una dote para casarla bien era mucho dinero y él lo iba a necesitar para vivir sin trabajar el resto de su vida. Diego Zornoza ya había mostrado interés en la joven alguna vez que, acompañada de su padre y hermano, habían ido a visitarlo a Colio, pero, una vez licenciado y con permiso, ya no le hacía falta para nada la amistad de Diego; y la felicidad de Juana, que se había enamorado en secreto de él, le importaba bien poco. Anselmo, el cura, arreglaría para que terminase en un buen convento.

Enterado de la situación, el coronel al mando de la infantería que se llevaría los caballos a Montevideo lo llamo a su despacho. Después de felicitarlo y darle el pésame por la pérdida de su padre, intentó convencerlo para que se embarcase con ellos; era consciente de su situación, pero lo necesitaba mañana en su barco para garantizar el buen fin de su caballería, los soldados apuraban las últimas horas en tierra y no se hacían a la monta de esos caballos, que solo atendían a la mano de Juan.  

Juan sabía que el coronel no podía obligarlo –recién licenciado, era su derecho pedir destino, y la situación familiar le permitía no embarcarse a menos que fuera voluntario–. Así que le dio una retahíla de excusas bien fundamentadas de lo que le gustaría a él embarcase y formar parte de su caballería, pero que no sería esta vez, porque quería despedirse de su hermano y arreglar los asuntos familiares. Poco le importaban a él la guerra de Indias, Montevideo, la Infantería y su hermano. Sólo muerto entraría en ese inmundo barco con toda aquella panda de soldados borrachos y ese coronel que no le daba ninguna buena impresión. Así que, a la mañana siguiente, subiría los veinte caballos al barco –sí veinte: cinco los había vendido por el camino y dicho que habían fallecido por las fatigas, por una muy buena cantidad de reales, con los que volvería a Panes a empezar una nueva vida–. Solicitaría destino en Colio como director el tiempo necesario para cumplir los seis años con el ejército y, desde allí, gestionaría las finanzas de la familia. El bruto de Avelino le había confesado que era su sueño, al regreso de la guerra, hacerse adjunto del director y sustituirlo a su retiro. Pero Juan no tendría problema en traicionarlo. En caso de que los dos solicitasen la plaza, saldría a oposición, y Avelino era un gran militar pero un regular estudiante. La plaza era suya.

Al coronel no le quedó otra que respetar la decisión de Juan y firmar su regreso a casa, pero antes le pidió que, como señal de respeto a la tropa, esa noche los acompañase en el "pobre de mí" por las tabernas de Sevilla y que se gastase su soldada junto a una soldados que lo admiraban por su magnífico trabajo adiestrando los caballos. Juan no bebía y no le interesaban en absoluto las mujeres: una fimosis hacía que sus erecciones fueran muy dolorosas, así que en los libros, la holganza y el dinero encontraba todo lo que le hacía feliz. Consciente de que negarse a esa tradición militar no era buena idea, aceptó. En realidad, sólo serían unas horas.

La verdad es que los soldados no lo admiraban en absoluto. El mes que habían pasado viendo a los caballos les había bastado para darse cuenta de que, aparte de nadar como nunca habían visto hacerlo a unos caballos, apenas sí se les podía montar y sólo atendían a las órdenes de Juan. Esta tropa de infantería y caballería estaba compuesta por la mayor escoria del ejército español, tipos duros curtidos en mil batallas, que sabían que esos caballos, sin el chico que los había adiestrado, valían de poco al otro lado del charco. Lo necesitaban y así se lo habían hecho saber al coronel, que, consciente de la situación, tenía un plan.

Las horas que pasaron una vez salió del despacho de coronel, camino de las calles de Sevilla, hasta que despertó fueron un espeso sueño tornado en pesadilla al despertar. ¡Qué corgorza, Dios mío, que cogorza!, le espetó un marinero mientras le echaba un cubo de agua para despertarlo. Juan abrió los ojos, cegado por el sol. Estaba en la cubierta del Salvador, rumbo a Montevideo; le dolía la cabeza, olía a vómito y no se podía poner de pie. Tardó un rato en poder hablar, pero, mientras, podía escuchar su historia en boca de unos marineros que se habían arremolinado a su alrededor. Borracho como una cuba, se había enrolado en la travesía a Indias –parece ser que la soldadesca había echado algo en su primer vino, a sabiendas de que no tomaría más, y, antes de caer redondo, le habían puesto delante el rol de embarque y lo había firmado.

Juan pidió ver al coronel inmediatamente para pedir explicaciones. Este le dijo que si estaba acusando de algo a la flor y nata de los ejércitos de España y cometió un error más –dijo que sí–, lo que le supuso un par de semanas de arresto en un sucio camarote del barco, junto con un marinero veterano acusado de acuchillar a un tabernero la noche anterior. Durante ese par de semanas encerrado, tuvo tiempo para pensar cómo salir del atolladero: nada estaba perdido. Empezaría por pedir perdón al coronel por sus palabras, las achacaría a la resaca; a su llegada a Montevideo, por primera vez en su vida, trabajaría y ayudaría a los soldados a hacerse con los caballos. Cumplida su misión, embarcaría de vuelta a España y, antes de fin de año, estaría en casa disfrutando de su herencia.

Sólo salía de su encierro para atender a los caballos, que los habían colocado en una pequeña caballeriza bajo el puente de mando y con acceso a la cubierta, conscientes del valor que tendrían una vez estuvieran en condiciones de luchar contra el enemigo. El resto de las horas las pasaba en su encierro escuchando las historias de su compañero de celda. Era un veterano que ya había estado en las indias. Le contaba cómo era muy fácil hacerse por pocos reales a oro y piedras preciosas de los indios charrúas, que luego en España multiplicaban por diez su valor; él lo había hecho un par de veces, pero a la vuelta a casa lo dilapidaba en mujeres y vino. Los indios se habían alzado contra España, lo que daba manga ancha los soldados a exterminarlos y quedarse con sus riquezas. Juan ya sabía cómo invertir los reales que había ganado vendiendo los caballos. Su suerte empezaba a cambiar de nuevo. Terminado su arresto, se dedicó en cuerpo y alma a confraternizar con la tropa, a enseñarles cómo manejar los caballos y hacer la pelota al coronel, tal y como le había enseñado a hacer Anselmo, el cura, en sus largos paseos por Panes. Su plan era desembarcar, terminar de preparar los caballos para la infantería en un par de semanas y regresar a casa en el mismo barco. Antes buscaría algún soldado que tuviera oro o joyas robadas para hacerlas dinero a su regreso. El marinero le había contado que las jóvenes charrúas, alcanzada la madurez, iban enjoyadas hasta desposarse, una creencia  de que la luz que el oro y la joyas desprenden atraen un buen marido. Una vez desposadas, los collares y pulseras se guardaban hasta que a una de sus hijas le llegase la hora de buscar marido. Los soldados lo sabían y, en plena guerra, no sería difícil encontrar a uno que hubiera violado y robado a alguna joven y le vinieran bien unos buenos reales. Ahí estaría Juan para hacer negocio.

Faltaba una sola jornada para llegar a puerto. Juan, desde la cubierta una vez acabado su arresto, podía ver a lo lejos las infinitas playas de Punta del Este y la bocana del mar de plata. Contemplaba la maravilla que veía a lo lejos cuando, desde el puesto vigía, se anunció la llegada de una tormenta, el invierno austral parecía que iba a dar un zarpazo. La marinería se puso en guardia y se empezaron a recoger y desplegar velas a toda velocidad. Juan quedó encargado de vigilar los caballos, los marinos con más experiencia sabían que les dan pavor las tormentas. El mar de plata se convirtió en minutos en un infierno, olas gigantes zarandeaban el barco y el viento partió uno de los mástiles. Juan estaba en el establo, el lugar más seguro del barco en caso de tormenta, después del puente de mando, según le había dicho el marinero con el compartió el arresto.

La tormenta arreciaba y la suerte del barco iba de mal en peor. Los caballos, presos del pánico, rompieron las tablas de sus potreras y quedaron sueltos por la caballeriza. La situación se estaba haciendo insostenible. Por los barrotes se divisaban a lo lejos las playas, el viento y las olas los acercaban a ellas, en breve encallarían y todo se acabaría si la tormenta no amainaba. Era cuestión de tiempo que algún caballo lo pisase, cada vez estaban más desatados. En vez de intentar atarlos de nuevo, de tranquilizarlos y controlar la situación, Juan, sabedor de que el sitio que ocupaba era el único que le podía garantizar sobrevivir, soltó los caballos para que no le molestasen. En medio del caos, no le importó la suerte de los animales. En caso de sobrevivir, diría que lo dejaron inconsciente y que, a golpes, habían abierto la puerta. Abrió la puerta de la cuadra y los caballos accedieron a la cubierta pisando a los marineros que intentaban ponerse a salvo de la tormenta. Los pocos soldados que estaban en cubierta azotados por las olas y el viento los arrinconaron contra la borda y los echaron al mar, a los veinte; de lo contrario, habrían acabado con ellos a coces y pisotones. Si había una posibilidad de sobrevivir para esos caballos que lo habían acompañado dos años y que no confiaban en otro ser humano, se la negó Juan justo antes de que el barco se hundiera. Ni al más infame y ruin de los tripulantes se le habría pasado por la cabeza hacer algo así. El naufragio ocurrió pocos minutos después del comienzo de la tormenta: una ola de más de diez metros escoró el barco haciéndolo volcar.

No hubo supervivientes en aquel naufragio, 340 hombres y 12 mujeres perdieron la vida: unos, ahogados bajo el casco volcado y, los menos, devorados por las olas sin poder llegar a la orilla al no saber nadar, algo frecuente entre la marinería y tropa de la época.

La noticia no tardó en llegar a puerto dada la cercanía. Además, la guerra contra lo que sería el futuro estado de Uruguay tenía en aviso a toda la flota de Mar del Plata, que sufrió una de las tormentas más intensas, súbitas y cortas que se recuerdan. Cinco minutos bastaron para hundir al Salvador y acabar con los refuerzos para las tropas españolas sitiadas en Montevideo.

Un mes después la noticia llegó a Panes de mano de un correo real. Juan Noriega Tuñón había muerto en el naufragio del Salvador. En el funeral por su alma se congregaron todos sus amigos, conocidos y familiares, incluido su hermano Santiago, que milagrosamente había salvado la vida después de sufrir fiebre amarilla. Juana, su hermana pequeña, que ya contaba con dieciséis años, lloró la muerte de su querido hermano, ajena a la vida monacal que este tenía pensado para ella. En la estancia en esos días de miembros del ejército en Panes para su funeral, se decidió nombrar al bravo Avelino Acevedo director de la Academia de Caballería de Colio, que, en adelante, tendría un patio dedicado a Juan Noriega Tuñón. Avelino hablaría siempre de Juan como ejemplo de lucha, abnegación y vocación militar. Diego Zornoza, el militar enchufado, había demostrado ser un gran estratega y había adquirido mérito militar suficiente como para pedir a Santiago, el hermano resucitado hermano de Juan, que, en nombre de la amistad que le unía al fallecido, le permitiera tomar la mano de su hermana pequeña, de la bella y dulce Juana, estando seguro de que era lo que Juan habría querido para ella. Anselmo, el cura, ofició una preciosa misa de difuntos en su memoria. Sus últimas y sentidas palabras para el finado en la homilía parece que fueron "Juan Noriega Tuñón, continúa descansando en paz".

Pero con todo, a mí siempre me ha parecido que el más increíble cambio en los acontecimientos ocurrió en la otra orilla del Atlántico. Los cronistas relatan que los indios charrúas pudieron defender sus poblados y atacar a las tropas que defendían Montevideo, gracias a una caballería formada por al menos veinte caballos alazanos que nadie supo de dónde salieron. Cuenta la leyenda, y digo leyenda porque nadie dio crédito a esa historia, que una joven charrúa paseaba, engalanada, por la playa con todo el oro y joyas propio de las mozas casaderas de su tribu, cuando el resplandor de los adornos sobre su cuerpo atrajo a veinte caballos, que, nadando cual delfines, llegaron a la orilla de las playas de Punta del Este. Pocas veces una cogorza cambió la vida de tanta gente.

Santos Gutiérrez©