jueves, 2 de julio de 2020

EL DESIERTO


 

Lo primero que recuerdo es el viento, árido y caliente, contra mi cara al llegar a la ciudad. Las nubes de polvo, de un color ocre profundo, dominaban todos los rincones.

El hotel estaba situado en las afueras de Douz, la bien llamada “Puerta del desierto”, en los límites del Sahara. Tranquilos rincones, con hermosas flores y pájaros, llenaban buena parte de la entrada. Estaba enclavado en la misma arena, sin ningún edificio ni casa alrededor, solo desierto y palmeras. No llegaba la luz eléctrica –bien es verdad que hubiese desmerecido el envolvente y mágico momento.

Los pequeños farolillos, de forma cuadrada, en metal plateado, con flores y lunas grabadas, decoraban las habitaciones, salas y todos los pasillos exteriores abiertos al desierto, y parecían luciérnagas brillantes y vivas, dando el aspecto de un palacio sacado de Las mil y una noches.

Al día siguiente, por fin se iba a cumplir mi sueño. Nos adentramos en el mismo corazón latiente del desierto. Las dunas de arena brillaban al sol, recordando a las piedras semipreciosas del ámbar amarillo anaranjado.

Después de varias horas viendo sólo arena y dunas, todo cambió. Apareció de repente el oasis de montaña de Chebika. El exuberante y asombroso palmeral que surgió ante nosotros se extendía como una alfombra verde esmeralda. Un arroyo saltarín de agua cristalina descansaba alrededor de altos arbustos. A lo alto, estaba la ansiada cascada, que caía estrepitosamente, semejándose a la cola de un caballo, derramándose con gran estruendo contra las piedras. Durante unos segundos, todos dejamos de respirar, no nos hacía falta el oxígeno, vivíamos de lo que proyectaban nuestros ojos. El agua brotaba de la tierra por todos lados. Hacía tanto calor que me quité las sandalias, con tiras de cuero que se hundían en mi carne, e introduje los pies en las tranquilas aguas turquesas. Al momento sentí como si miles de cristales se clavaran en mi piel, helada como un glaciar.

Al cabo de un rato y de disfrutar de tanta riqueza, seguimos la ruta, adentrándonos en las mismas entrañas de las dunas, hasta llegar a otro oasis, perdido éste en la nada. Había unas pocas casas y escasos habitantes. Por allí no pasaban los turistas. Unos niños vinieron a recibirnos, contentos y extrañados al mismo tiempo.  Al poco rato, empezaron a corretear a mi alrededor. Sus ligeros pies parecían flotar al igual que las mariposas, tocándome el pelo sin parar, riéndose y mirándose los unos a los otros extrañados. Le pregunté al guía qué es lo que pasaba, y me contestó que lo que les atraía y deslumbraba era el color rojo de mi pelo. Unos minutos después, una de las niñas, con actitud alegre y libre, se sentó en mis rodillas y me regaló una florecita marchita. Se rió y miró mis múltiples pulseras de cuentas de colores. Durante algunos instantes, le hablé, a sabiendas de que no me entendía con las palabras, pero sí con mi cariño. Cogí las pulseras y me las fui quitando una por una mientras se las ponía en la muñeca. Lucían en su piel como piedras preciosas. La niña me abrazó y era tanta su felicidad que me arrebató el alma. Nunca la olvidaría. Los niños siguieron rodeándome y tocándome. Les observé, y realmente eran preciosos. Su piel era oscura y brillante. Me sorprendió su pelo rubio y totalmente ensortijado. Y sus ojos, de un impactante azul a juego con el agua del oasis.

Cayó la noche y, después de cenar couscous, dátiles y miel, nos fuimos a dormir a nuestras respectivas jaimas. Antes de entrar, miré el paisaje, de arena infinita, y sentí un profundo silencio. El silencio del desierto. Alcé la vista y miré extasiada el manto de estrellas que surcaba el cielo entero. Entré y me dormí, agotada, celebrando la felicidad de estar con lo que de verdad es importante, con quien de verdad es importante.

Allí dejé un pedazo de mí para siempre.

Adiós.

 

Francis Cortés Pahissa©

 


EL PESO DE LAS PALABRAS


Siempre me ha sorprendido el valor que tienen las palabras. Desde pequeña, he escuchado eso de… “las palabras se las lleva el viento…”; pero para mí este refrán está incompleto, porque es verdad que el viento se las lleva, pero el receptor ya ha capturado su significado. Además, para todas las personas una misma frase no significa lo mismo, no tiene el mismo valor, el mismo peso en nuestra mente; cuanto más nos pesan, más tiempo se quedan sumergidas en el océano de nuestras mentes y, como un ancla, nos dejan estáticos en ese  pensamiento.

La violencia siempre la entendemos en forma de golpes, de arañazos, patadas y moratones, pero… ¿cuánto duele una frase  hiriente escupida hacia nosotros?

Cuando un simple comentario nos para el corazón, la respiración se encoge, tu rabia se multiplica de forma exponencial, las manos se transforman en puños sin ni siquiera darte cuenta, los ojos se tornan en noche y las fosas nasales bufan sin ser llamadas. Pero eso no es todo: tu mente se queda en blanco sin saber qué pensar, te ha pillado fuera de juego y, como respuesta, simplemente nada.

Pero si las palabras son escritas, eso ya es diferente, según nuestro criterio, porque el papel o un email o un tweet no debe llevárselo el viento. Además de que tiene varios factores que pueden afectar, porque si las leemos nosotros mismos, nosotros somos los intérpretes de la intencionalidad del autor, aun sin ni siquiera conocerle; o estar escrito entre paréntesis, y entonces igual no era para nosotros; o con un comentario al lado que ponga “ironía”.

Pero las palabras pesan. Da igual qué forma tengan, pero somos responsables de ellas y tenemos que hacernos cargo de las mismas, porque, como escuché esta mañana, “la opinión, como la nariz, las tenemos todos”. A mí, hay palabras que me pesan tanto que no suelo utilizar. Parece absurdo, pero para mí tiene lógica, porque, si para mí pesan, igual para el receptor también, y no quiero cargarle con peso extra por el simple hecho de haber utilizado una palabra en vez de otra. Una de ellas es ADIÓS. Sé lo que piensas –¡pero si esta palabra es liviana y común–, pero yo prefiero decir hasta luego, ya nos veremos o, simplemente, levantar la mano para despedirme. Porque adiós es poner un punto y aparte en lo que acabamos de vivir con esa persona o personas y yo soy más de poner punto seguido, porque nunca sabes cuándo va a acabar una historia: es un enigma en este juego que son las relaciones humanas. Sin embargo, cuando sabes que va a acabar, sería lo más lógico que la utilizara, ¿verdad? Pero entonces tiene el doble de peso cuando la digo que cuando se escucha, así que tampoco la uso. Yo digo “no sé si nos volveremos a ver, pero sé feliz”; o simplemente “hasta la vista”, sabiendo que no me va a ver.

Así que cuidado con las palabras, que no parecen armas pero pueden transformase en ellas.

 

Jezabel Luguera©

 


PRÓXIMA PARADA


 

—Hola, bienvenido.

 

—Qué rápido es todo, no sé si tendré tiempo.

 

—¿Qué pasa? ¿Cómo lo llevas?

 

—Lo estoy dejando. Si te dicen que me fui, sigo aquí.

Me ves, ya no me ves.

 

—No te vayas todavía.

 

—Me agarro con toda mi alma.

Cucú tras, cucú tras.

 

—Yo tampoco quiero.

 

—Me gustan las mujeres, me gusta el vino, como a él.

 

—Sólo un poquito más, porfa.

Te vamos a echar mucho de menos.

 

—Ha merecido la pena.

Mira, mira cómo me deslizo.

 

Adiós, a dioses y a diosas.

 

©Óscar Nuño


ADIÓS


 

            ¡Adiós, la que se nos viene encima! Otro avión sin pasajeros, otro libro sin lectores, otro niño sin juguetes, otro banquete sin comensales, otros amantes sin lecho…, otro taller sin escritores.

Unos aguerridos odiseos de nuestro tiempo se amarran a los mástiles de la vetusta embarcación que zarpó un lejano miércoles, a las seis y media de la tarde, para no sucumbir a los cantos de las sirenas que, enfundadas en vaqueros rotos, Rayban de piloto y blusas de tirantes insinuantes de pechos repletos de virus pandémicos, tratan de seducirles para que abandonen su travesía. ¿Qué les cantan las sirenas a los plumíferos marineros? ¿Por qué se obstinan éstos en su alocada aventura? ¿Por qué no sucumben a la tentación? ¿Por qué no detienen la nave? Quizá no quieran traicionar a su Penélope, que espera, tenaz en su tejer y deshacer, a que atraquen en su puerto después de sus accidentadas singladuras a través del océano estival. Habrán resistido a los insidiosos lotófagos, que les tentaban a comer los engañosos lotos que hicieron a los demás olvidarse de regresar a su Ítaca. Su errático rumbo les zarandea entre una Escila de toallas playeras y una Caribdis de terrazas cerveceras, pero su obstinación es más poderosa que un torso de mujer con cola de pez y seis perros de dos patas. No les habrá engañado la pérfida Circe con sus hechizos y pócimas amodorrantes. No habrán conseguido los gigantescos lestrigones, con su repugnante antropofagia televisiva, doblegar la firme voluntad de los tozudos resistentes. Resuena en sus oídos el ciclópeo estertor de la muerte de un indolente Polifemo, cegado su ojo coronavírico por la afilada estilográfica del puñado de infatigables marineros. Y las sirenas les cantan… ¿Qué les cantan las sirenas? Y la nave se frena. Quizás es sólo ese viento que llaman tedio, que sopla flojo y traidor. Quizás esas corrientes que llaman desganas, que arrastran desde lo hondo y no les son favorables. O quizá sí les ha intoxicado la pócima de Circe y ya sólo les queda gruñir. O quizá sí les ha vencido el jugo de los lotos y ya sólo les queda olvidar. ¿Es eso lo que les cantan las sirenas? ¿Que detengan la nave?

Penélope sigue deshaciendo el sudario y lo teje de nuevo, segura de que la proa del barco volverá a encontrar el rumbo a su puerto y que esta vez no tardará diez años. Telémaco ahuyenta a los ávidos pretendientes, sabedor de que el arco de los odiseos volverá a tensarse y sus flechas encontrarán su diana a través de los ojos de doce hachas alineadas que quieren zancadillear su destino. Cesad, pues, taimadas sirenas, vuestros cantos. Adiós, pues, Ítaca, pero sólo hasta que, con la ayuda de Palas Atenea, se nos pase la lotofagia.   

 

José-Pedro Cladera Fontenla©


DECIR ADIÓS...


 

Decir adiós siempre es difícil,

y más cuando se rompen las amarras

que te atan a un círculo concreto,

a una vida seguida hasta ese instante,

a un cariño sincero y verdadero

que entregaste sin palabras.

 

Pero el adiós es algo necesario

y lo precisas, quizás sin darte cuenta.

Es algo que te viene golpeando en las entrañas

y te hace entristecer

cuando lo elevas al presente.

 

Decir adiós es siempre así,

como una despedida en la distancia,

como la mano de la novia que despide

al navegante en la novela,

o aquella otra que saluda con nostalgia, en la estación,

aquel vagón que ya se pierde por las vías.

 

Decir adiós es penetrar en las pupilas

y en el llanto,

es comprender que si se llora

es porque un tierno sentimiento sigue ahí, en ese pecho

del que asoman unos ojos soñadores,

una risa proverbial y cristalina

troceada en mil pedazos

y unos sueños de ilusión

que ahora vuelan por el cielo.

 

Decir adiós es renunciar a amar

y a la batalla por querer y que te quieran,

es enjuagar nerviosamente unas lágrimas traidoras

que se asoman a los ojos y rebelan sentimientos.

 

Decir adiós es ser igual a quien se va

y a quien no quiere conseguir un objetivo perseguido,

aunque en esa lucha queden los sudores y la entrega

con la sangre derramada en la batalla.

 

Decir adiós es escuchar la música del viento

y ver cómo sacude, en la pelea,

esa orquesta irreverente de las ramas de los árboles;

es contemplar las corrientes de los ríos,

bajando presurosas,

y trazando mil formas caprichosas en meandros y riberas.

 

Decir adiós es algo así como una triste despedida

que encoge el corazón en un instante,

o quizás en poco tiempo,

y lo eleva a los confines del invierno de la vida.

 

Decir adiós es apagar las voces de los hombres,

es renunciar a premios

e imposibles basados en los sueños y utopías,

es devolver al niño su mirada

y es entregar aquello que más quieres

sin una condición, ni pedir nada.

 

Decir adiós es ser igual a la verdad

que escapa presurosa de los dedos,

es admitir que un tiempo, ya pasado, se nos marcha,

que dejas en los labios la sonrisa de una infancia

y vuelas al otoño de tu vida,

buscando en esa alfombra tan dorada

el sueño que te arrope y te proteja

de recuerdos y fantasmas del pasado.

 

Decir adiós es hilvanar ahora las palabras

y levantar la vista hasta unos ojos,

es pronunciar sin prisas un te quiero y un te amo

y es admitir que aquí, en mi corazón,

existe la razón de tanta entrega generosa,

de tanto tiempo transcurrido con susurros y suspiros

y es el adiós de un curso que se acaba,

de un tiempo que termina,

de un cáliz que se apura y paladea con delicia.

 

Decir adiós es más y mucho más que todo esto

y yo sé bien que tú, mi corazón,

también lo sabes y comprendes,

como yo, en este instante

en que escribo este poema para ti.

 

Rafael Sánchez Ortega ©

23/06/14


martes, 2 de junio de 2020

CON-TACTO

 

El mundo giró 180 grados y la sociedad le pide que gire otros 180, para volver donde estábamos; pero quien le pide prisas al tiempo no tiene dueño y mucho menos acepta órdenes. Una vez escuché que, para que algo imposible suceda, solo tienes que imaginar que es posible. La sociedad cree estar en ese punto y yo pienso que no estamos ni a dos metros de estar cerca. Sí, dos metros, la distancia para dar un abrazo. Eso sí, con mucho tacto, porque contacto, ninguno.

Antes, la distancia entre personas la poníamos nosotros mismos. Teníamos un modo de medir muy peculiar, la verdad, porque no es lo mismo que te presente a alguien nuevo un amigo tuyo que un desconocido te devuelva algo que se te ha caído del suelo, y eso lo expresábamos en forma de distancia “entre su espacio personal y el nuestro“, teniendo algunas variantes, sobretodo físicas: si nos parecía agradable al ojo, reducíamos varios centímetros entre los espacios personales. Ahora la distancia nos la imponen y nos pasa como “al tiempo”, que no nos gusta que nos den órdenes; pensamos que el mundo está rumbo al inicio y que, con tacto –o mejor dicho, con nuestro contacto– llegaremos antes. Es como una gasolina extra súper para el viaje a nuestra normalidad.

¿Pero quién decide qué es normal?

Normalidad: una simple palabra que abarca varios mundos y una humanidad. Es una palabra sencilla, olvidada por su simple definición y, como olvido, dada por hecho. Es tan difícil definirla… Depende del punto de vista del orador.

Creo que se necesitarían varias décadas, exámenes constantes y limpieza de prejuicios para poder encontrar a alguien que crea distinguir lo que es normal de lo que no es.

En estos días, ya con cara de meses, es una de las palabras favoritas –o mejor dicho, deseos– de la humanidad. Pero para cada persona no significa lo mismo, no cuesta lo mismo, o simplemente su normalidad es la anormalidad de su vecino de enfrente. Eso sí, lo unifica todo, porque significa que avanzamos, superamos o simplemente intuimos cómo son las reglas del nuevo juego, al que llamamos vida.

Porque párate a pensar. Para mí, lo normal es ver cada día el mar, que su olor y sonido me hagan sentirme en casa, arropada, mientras que para otros el mar es una foto de una vieja postal de vacaciones, y casa es el sonido del tráfico a hora punta.

La normalidad no es algo negro o blanco. Tiene matices en forma de arcoíris infinito, y los humanos sufrimos de daltonismo paliativo.

 

MORALEJA:     Seas normal o no, deja de ver el mundo como tu enemigo e invítale a un café, que algo siempre tiene que contar.

 

Jezabel Luguera©


CICLO NORMAL

 

—Mamá, por favor, no me agobies, que hoy pongo yo la lavadora.

 

Normalmente, programas las lavadoras en el ciclo normal, pero hoy es un día especial y has tenido que meter las cortinas del baño en un ciclo a alta temperatura.

 

Eres tan gris que no encajas ni en el movimiento normcore. Es más, estás convencido de que aquello era un atajo de modernos haciéndose pasar por normales para suplantar tu identidad. Tu temperatura es neutra, y tu luminosidad, oscura. Estás tan desaturado y apagado que a veces no te distingues en el reflejo. El perfil bajo es tu dogma, y la ropa del Carrefour, tu perdición. También te gusta abrazarte a los árboles para sentir los ciclos de la vida.

 

Siempre fuiste un cero a la izquierda y nadie se fijaba en ti. Cuando hablabas en clase o eras mudo o quizá el volumen de tu voz era ínfimo, también puede ser que los demás fuesen sordos. Y por supuesto, nunca habías mantenido relaciones. Y quién se iba a relacionar contigo si cuando lo intentaban te gustaba perturbarles clavando tu mirada en su frente mientras les soltabas el rollo aquel de la puerta de Tannhäuser y las naves más allá de Orión.

 

Pero llego el día, aquel día especial que rompió tu normalidad y que te ofreció un nuevo mundo de posibilidades: conociste Tinder, ¡menuda anomalía!, e hiciste un match con Norma; erais muy parecidos, la verdad: gente corriente, pero no como los de la peli, que eran pijos que se suicidaban, sino gente insípida y aburrida sin complejos. Ella quería ser princesa y, con deje aquel del sur, te llamaba desaborío y tú sólo la contemplabas mientras se enrollaba la toalla para darse una ducha. Antes de vuestra despedida definitiva, descubriste que te encanta el olor a sangre que se impregna en las cortinas del baño por las mañanas.

 

Por cierto, aunque tu difunta madre, cuando se enfada, te dice Normando, todos sabemos que te gusta que te llamen Norman.

 

—Mamá, sabías que la normalidad nunca es noticia, pero a partir de hoy espero que ésta sea la nueva.

 

Óscar Nuño©


LA NUEVA NORMALIDAD

 

            En 2001, el 11 de septiembre, las dos torres gemelas de Nueva York se vinieron abajo y el mundo cambió. Se quiso que la zona se convirtiera en un símbolo mundial y que fuera recordada siempre como el lugar desde el cual surgiría una nueva forma de vivir, desde donde emergería un nuevo entendimiento de la seguridad, y había que darle un nombre a la altura de las circunstancias. Aquel sería el punto primigenio del nuevo mundo, el centro de la renovada voluntad de vencer. Podrían haberlo bautizado como El epicentro, pero rápidamente debieron de convencerse de que el noventa y nueve por ciento de los americanos se quitarían la gorra de visera y se rascarían la cabeza pensando qué demonios querría decir el extraño palabro. Y como en marketing no tienen rival, a alguien se le ocurrió la brillante idea de llamarlo “La zona cero”. El nombre tenía gancho, tenía una garra indudable y fue aplaudido por propios y extraños. Hasta aquí, todo bien.

            El problema es que después llegaron todos los politicastros de tres al cuarto del mundo mundial –y cómo no, los españoles a la cabeza– y mearon fuera de tiesto, que es el deporte favorito de los copiones faltos de ideas y siempre dispuestos a emular todo lo que huela a yanqui. Y proliferaron los ceros por doquier. Aquí los hemos sufrido especialmente estos últimos tiempos. De repente, la primera fase de un proyecto ya no se llama la fase uno, sino la fase cero, claro. Con ello, los avispados lectores del taller de escritura colegirán la inevitabilidad de que la segunda fase será la uno, la tercera la dos, etcétera. (RISAS Y APLAUSOS).

            Pues no, se siente, colegas. El imaginativo gobernante hispano va un paso por delante, y si la primera es la fase cero, la segunda es… ¡la cero coma cinco! Así que la fase uno no es la segunda, sino la tercera, y suma y sigue. Y después van y se ponen a buscar el primer paciente infectado de una pandemia, ¿y cómo le llaman al primer paciente? Pues claro, “El paciente cero”, ¿es que alguien lo dudaba? Y por esa regla de tres, yo ahora, cuando recuerdo mis primeros pinitos en las artes amatorias, me acuerdo de mi “novia cero”, o sea, la primera, más o menos cuando tenía ocho años. ¡Si es que nadie les supera en eso de mear fuera del tiesto! ¡Si es que son muy burros! (SONOROS REBUZNOS).

            ¿Cómo os ha quedado el cuerpo? Son cosas de la “nueva normalidad”, que nos trae, pues eso, nuevas formas de hablar. Algunas muy creativas. En estos dos meses de televisión intensiva, he oído repetidamente a besugos encorbatados decirme desde la pantalla que hemos de “regresar a una nueva normalidad”. (RISAS Y APLAUSOS). Perdonad, pero es que me da la incontinencia urinaria. ¿Cómo se puede regresar a una cosa que es nueva? Si puedo regresar es que antes ya existía, o sea que no es nueva, ¿o no? Hacia una cosa nueva puedo encaminarme, dirigirme, ir, aproximarme, etc., pero nunca regresar. (SONOROS REBUZNOS).

            ¿Y qué me contáis del famoso locutor de un telediario que, hablando de la vertiginosa carrera en busca de una vacuna, nos anunciaba lo bien que iban los ensayos con “ratones humanizados”. (RISAS Y APLAUSOS). ¡Qué fuerte, qué fuerte! Supongo que serán ratones con una pequeña cabecita humana. Yo estoy acostumbrado a ver, sobre todo en los telediarios, a ratas humanizadas (o más bien deshumanizadas), pero lo de los ratones aún no he tenido el gusto. Y lo impagable que fue escuchar a uno de nuestros ilustres ministros decir desde su escaño congresista que han de hacer un esfuerzo entre todos los partidos por encontrar “un mínimo común denominador”. (RISAS Y APLAUSOS). ¡Ay que ahora sí que no me contengo, ahora sí que me dejo los pantalones hechos unos zorros! ¿Pero es que estos gobernantes no fueron a párvulos, o qué? ¡El mínimo común denominador de cualesquiera cantidades es cero, merluzo! Y si no te gusta el cero porque lo ves esotérico, entonces es el uno. Lo que se busca en matemáticas es el “máximo común denominador”, no el mínimo, que eso no tiene ningún misterio. Si es que no hay tiesto lo suficientemente grande para que meen dentro. ¡Si es que son muy burros!  (SONOROS REBUZNOS).

            Cosas de la nueva normalidad, en la que podías pasear con tu perro pero no con tu hijo; en la que podías acostarte con tu mujer (de momento), pero en el coche la tenías que llevar detrás y en diagonal; donde no puedes hablar con nadie en la calle a menos de dos metros de distancia sin llevar ambos la mascarilla puesta, pero sí puedes sentarte en una terraza de un bar diez amigotes en torno a un plato de rabas que, al cabo de cinco minutos, ya no es un plato de rabas sino de babas de los ávidos tragones que bombardean comidas y bebidas con sus temidos miniproyectiles salivares portadores de su mortal carga coronavírica. (SONOROS REBUZNOS).

            En fin, no sé si algún día regresaremos (ahora sí) a la antigua normalidad, porque esta nueva a la que estamos abocados no me está gustando nada. De momento, entre mascarillas, guantes, geles hidroalcohólicos, distancias de seguridad y demás, me barrunto que la nueva normalidad va a ser con una natalidad también cero, porque, con tanta burrada normalizada, ya me contarán.

 

MORALEJA:     Quien mea fuera de tiesto

                        luego tendrá que limpiar,

                        y si no le gusta el juego,

                        mejor tendrá que apuntar.

 

(SONOROS REBUZNOS).

 

José-Pedro Cladera Fontenla©


REFLEXIONES “DESDE MI OTERO”


             Hace ya mucho tiempo, vengo observando algo que, a mi juicio, es muy dañino. Hoy día, en época de gran incertidumbre, aún es mucho más notorio. No sé si llamarlo petulancia, complejo de superioridad, paternalismo o simplemente regodeo en el mal ajeno. Lo he observado, en diferentes circunstancias, en temas como: el duelo, el desempleo, la enfermedad, el fracaso, el dolor, el abandono, el desamor, la pobreza y muchos otros. Comentarios del tipo: “no sé cómo puedes soportarlo, yo me moriría”, “lo más terrible viene ahora”, “esa pobre gente sin trabajo”, “a mí eso no me pasaría”, “estos pobres las van a pasar canutas”, y tantos y tantos comentarios desde mi atalaya, desde mi otero, porque yo puedo, porque yo soy lo bastante bueno para no merecer eso. Por supuesto, la intención llega directamente a los afectados, no sea que no lo sepan, pobres. Personas insufribles que hacen alarde de la lástima, que no de la compasión: “padecer con”. “Desde mi seguridad, yo me permito…”. Desconocen el valor de la empatía, del apoyo, que unas palabras de ánimo no son “vaya, que mal estás”, como si el que lo sufre no lo supiera. Muchos de ellos creen que no padecer ni sufrir es algo que les viene incorporado, algo normal, una prebenda que la vida les ha otorgado. Tal vez les dé una falsa sensación de seguridad, tal vez. En un momento tan crítico de nuestra vida, de nuestro planeta, de nuestro mundo, seamos generosos, empáticos, amorosos. En el buen sentido de la palabra, humanos.

 

Moraleja : “ Si nos vas a decir palabras amables, mejor no hables”.

 

REMEDIOS LLANO

MAYO 2020. COMILLAS

viernes, 1 de mayo de 2020

KIOSHI




Todo empezó un 9 de marzo de 1945. Las sombras se cernían sobre Tokio como un manto denso y oscuro. El pequeño Kioshi, de once años, les dijo a sus padres que allí, a lo lejos, se veía una hoguera gigante. Eran las diez de la noche, y así empezaría la pesadilla más terrible para los habitantes de la ciudad.

A través de los traslúcidos cristales de la cocina, Kioshi y sus dos hermanas, de cinco y tres años, veían cómo la gente corría despavorida en todas direcciones. Muchas de aquellas personas estaban envueltas en llamas y huyendo como podían; otras, ya carbonizadas.

Sus padres y sus hermanas, Gina, de cinco años, y Aiko, de tres, abrieron de repente y sin pensarlo la puerta principal de la casa, poniendo los pies en la gran alfombra, en tonos azules plateados, que había en el exterior, y seguidamente en la calle. La ciudad, en unos instantes, incrementó la temperatura hasta llegar a los novecientos ochenta grados. El calor era abrasador y todos entraron a trompicones en la casa, cerrándola al instante con un estruendoso golpe.

Inmediatamente y por orden del padre, bajaron al sótano que tenían excavado bajo la casa. Se accedía a través de una trampilla que había en el suelo de la cocina. Todos estaban aterrados y Kioshi abrazó a sus hermanas contra su endeble cuerpo en una esquina del habitáculo. Éste disponía de bidones de agua, latas de todas clases, hornillo de gas, cerillas, mantas y hasta cuatro pequeñas camas. El padre, Akito, como buen japonés, siempre había sido escrupuloso previsor.

            Transcurrieron los días y todos permanecían en silencio. Ni se les ocurría pensar en salir al exterior, temían lo que habían visto. No sabían que habían sufrido el bombardeo no nuclear más destructivo de la historia.

Una mañana, Kioshi vio de pronto que su hermana menor tenía en la cara y en las manos unas ampollas muy pequeñas, y la mayor, el rostro rojo como el fuego. Sus padres tenían en la piel unas pequeñas pústulas blancas. Las lágrimas de la madre se mezclaban con el agüilla que emanaba de sus heridas. Todo sucedió con una rapidez extraordinaria.

Kioshi tuvo que empezar a cuidar de su hermana pequeña, que era la más afectada de todos ellos. Su cuerpo estaba lleno de llagas que él limpiaba delicadamente con unos trapos que luego hervía con agua para desinfectarlos. Sus padres lo miraban sin poder hacer nada, ya que sus piernas estaban en carne viva y no podían tenerse en pie. Lloraban por el pobre niño, que con tan corta edad tuviera que pasar por un infierno tan aterrador.

Al día siguiente, entraba el sol por el ventanuco del sótano que daba al jardín. La lluvia había cesado de golpear los cristales, como si fuesen gruesas piedras encolerizadas. Ya no llovía aquella agua embarrada de color marrón pardusco. El niño, lleno de alegría, fue hacia su padre para que lo mirara. Lo sacudió, pero el padre no se movió. Su cuerpo estaba estirado encima de la cama, rígido como una tabla. La muerte le había llegado repentinamente. Lo tapó con una manta mientras su corazón estallaba en un llanto lleno de ira. Se dio cuenta al momento de que su padre tenía la mano aferrada a la de su madre, entrelazadas en un último adiós. Kioshi la miró. Se habían ido juntos, sin más, en silencio, sin ninguna queja. Se derrumbó sobre sus cuerpos, los abrazó y lloró hasta que el sol dejó de brillar.

Aiko, su hermana pequeña, al día siguiente, lo miró fijamente. Había miedo en la expresión de sus ojos. Él la besó, transmitiéndole un pedazo de su alma para que se fuera con ella y no estuviese sola. También la tapó con una manta. Ya eran tres los cadáveres en el sótano. El olor empezaba a ser nauseabundo, pero el niño los quería con él.

Le tocó el turno a Gina, la hermana mayor, la que más resistió. La niña, con un gesto para que se acercara, le dijo, en susurros: “Sé feliz. Nosotros te guiaremos para reconstruir tu vida y que ésta no se sumerja en el odio, donde jamás encontrarías la bondad ni la felicidad”. Su corazón dejó de latir.

Subió corriendo los peldaños de la escalera del sótano. Al pasar por la entrada, vio los dibujos de sus hermanas colgados de la pared, llenos de color y de vida.

Ya en el exterior, un golpe seco lo detuvo. El olor a carne quemada se hacía irrespirable, llenándole los pulmones. Yacían cadáveres amontonados y calcinados. Había personas muertas de pie, a quienes unos abrasadores rayos de sol habían sorprendido corriendo.

Kioshi bajó al sótano y subió, uno a uno, los cuatro cuerpos. Encendió un gran fuego y los quemó. Su corazón se paró unos segundos…, para luego seguir latiendo. Él quería seguir con su confinamiento, con su cuarentena, junto a sus seres queridos para el resto de su vida. Había sobrevivido, pero la libertad se quedaba enterrada allí abajo. El confinamiento empezaba ahora, hasta su muerte.

            Medio año más tarde, a Kioshi le dijeron que ya podía salir sin miedo, que todo había acabado. Caminaba entre escombros, como un pequeño sonámbulo entre las ruinas, que en su cabeza aún olían a carne quemada. A lo lejos, sobre un edificio maltrecho, recortada contra el cielo, ondeaba en la brisa de la mañana una extraña bandera con barras y estrellas que, le decían, traía la paz y la libertad.

Francis Cortés Pahissa© 

PERSPECTIVA




La vida nos ha dado un cambio de sentido de 180 grados sin ni siquiera habernos puesto el cinturón de seguridad; o esa es la sensación que sentimos, porque, por desgracia, el ser humano piensa que escucha cuando simplemente oye, y la diferencia es tan grande como inmensos son los océanos.

Quién nos iba a decir que nos íbamos a pelear por bajar la basura, esa obligación que siempre queda relegada al más pequeño de la casa o simplemente al que no se queja, o sí lo hace pero da igual, porque no han pasado aún ni 60 días cuando lo importante era lo que estaba detrás de nuestra pantalla de ordenador, móvil o tablet, y ahora lo importante es lo que está detrás de nuestras ventanas y balcones: EL MUNDO, que siempre ha estado para nosotros, ha sido nuestro aliado invisible, y ahora lo sentimos como un enemigo porque transmite una enfermedad tan nueva que nos ha pillado sin ni siquiera desayunar.

El tiempo era un bien escaso. No teníamos tiempo para nada, ni para darnos cuenta de que nuestra vida no es como queríamos, o simplemente de dar los buenos días o hacer la vida más fácil a nuestro vecino abriéndole la puerta del ascensor porque va cargado de bolsas. Pensábamos… “subo solo y luego que suba él, no tengo tiempo para esperar”. ¡Quién no daría media fortuna por volver a ese momento y simplemente esperar, porque ahora lo que tenemos es tiempo, mucho tiempo!

Todas las niñas y muchos niños soñábamos con convertirnos en las princesas de Disney. Ahora que lo somos, aborrecemos nuestro deseo y pedimos al universo que volvamos a ser quienes éramos. Porque ser Ariel es muy bonito, hasta que te das cuenta de que no puede salir al exterior, como decía en su canción; o Rapuncel, con ese maravilloso cabello, que puede hacer cualquier cosa menos salir de su torre y estar con gente; o Cenicienta, que solo limpiaba su hogar y soñaba con ir a un baile. Pero a las doce acababa nuestro baile, acabó antes de empezar la primavera. Ahora ya no queremos ser princesas, queremos ser quien fuimos y valorar lo que no valorábamos.

Pero no hay máquina del tiempo que nos dé ese regalo. Por mucho que los guionistas y escritores del mundo imaginaran cosas así, en este caso la realidad no supera la ficción. Bueno, eso pensaba yo al empezar estas líneas, pero de repente tres moscas se han colado por la ventana del salón y me he dado cuenta de que, en otro tiempo (menos tiempo que ahora), me hubiera vuelto loca intentando sacarlas de mi espacio vital, y hoy son mis invitadas, alguien con quien compartir mi espacio; y mientras veo su vuelo, que parece que dos de ellas estuvieran bailando o jugando y  la otra pidiendo una copa en el sofá de mi salón, veo que la realidad sí supera la ficción porque… ¡hace cuánto que no me había olvidado de mí para escuchar y ver lo que el mundo tenía que mostrarme! Los pájaros conversan conmigo todos los días, ellos desde su árbol y yo desde mi ventana. No hablamos el mismo idioma, pero sí compartimos los mismos sentimientos.

Una vez escuché que el tiempo es un regalo, no un castigo. Ahora que lo que más tenemos es tiempo, valoremos el presente y no el futuro imaginario.

Jezabel Luguera©


CUARENTENA POÉTICA DE PRESENTE Y ESPERANZAS




Todo se ha parado.
Yace el mundo inerte,
brillante y afilada
la guadaña de la muerte.

No hay polvo en los caminos,
no hay huellas en la arena,
silencios infinitos
cubren las veredas.

Escondida la vida
tras el prisma del cristal,
todos nos preguntamos
si esto es realidad.

¿Continuarán verdes los prados?
¿Será aún azul el mar?
¿Habrá alma en el humano?
¿Será rudo el animal?

Al día más oscuro
sigue la noche más brillante,
con una luna más llena
y estrellas de diamante.

. . . . .

Pensará la Virgen
de la villa barquereña
si la habrán olvidado
en su casa ribereña.

Y es que es tradición,
al pasar por estas fechas,
sacarla de paseo
al ritmo de las cornetas.

Es tiempo de rezar,
pero no es tiempo de Folía.
Es momento de soledad
y no de algarabía.

No hay fiel que se arrodille,
no hay picaya que te cante,
no hay campana que repique,
no hay mozo que te baile.

Ojalá solo un año
tengamos que esperar
para verte desde proa
mecida por la mar.

. . . . .

Pero hagamos caso
al maestro Calderón:
si toda la vida es sueño,
los virus, sueños son.

Despertemos de esta pesadilla,
abramos nuestros ojos,
hay algo más que negrura
en el fondo de los pozos.

Todo pasará,
hoy será peor que mañana;
volveremos a sentir
al sol de la alborada.

Florecerán de nuevo
las risas, los deseos…
Volverá el amor,
porque sabes que te quiero.

Y por fin todos juntos,
sin miedo en los zapatos,
volveremos a sentirnos,
entre oxidados abrazos,
lágrimas de alegría
y los restos del naufragio.


Óscar Gutiérrez Franco©
Taller de Escritura de San Vicente de la Barquera – Abril 2020