domingo, 11 de noviembre de 2018

ALIENÍGENA

           


Difícil palabra nos asigna nuestro director para trabajar el escrito de este mes. Se me ocurren pocas ideas que desarrollar para un texto. La palabra, alienígena, me sugiere poco; pero después de darle unas vueltas, mi mente encuentra un par de vías para escribir sobre ella. Son recuerdos almacenados en mi memoria y que la palabra, etimológicamente y conceptualmente muy potente, ha fijado en mí como referentes culturales importantes, lo suficiente para que muchos años después aún los recuerde. Son dos, y seré breve, ya que son recuerdos que duermen en mi memoria desde hace veinte y treinta años, y el paso del tiempo los ha difuminado un poco. 

         El primero es de mi preadolescencia. Recuerdo la chimenea, mi pijama y, fuera, la noche oscura, que rodeaba la casa en la que crecí hasta que, años después, el alumbrado público llegó. Si cierro los ojos, puedo recordar el sonido del vídeo Beta, rebobinando la cinta alquilada esa mañana de sábado. La película era La guerra de los mundos, basada en el libro de título homónimo de H. G Wells, la primera novela que, desde la óptica de la ciencia-adivinación, trató de recrear lo que podría ser la llegada de una invasión alienígena a la tierra. Poco puedo añadir de la potencia de la obra, adaptada magistralmente al cine con los medios de 1953 y ganadora de un Oscar por sus efectos especiales. Pero no fue la película lo que más me impactó, que fue mucho, sino la curiosidad que vino después y me llevó a conocer la historia detrás de la obra original en la adaptación radiofónica. Un genio como Orson Welles fue capaz de hacer creer a buena parte de la nación en 1938, mucho antes de la llegada de la televisión, que una invasión alienígena estaba derrotando al ejército de los Estados Unidos. Como argumentos para crear una de las mayores histerias colectivas de la historia de la humanidad, una emisora de radio, una voz inconmensurable, rudimentarios efectos especiales sonoros y una magnífica adaptación del texto escrito cuarenta años antes. El asombro que la potencia de la palabra alienígena y sus consecuencias tuvieron en un muchacho de trece años fue grande.

            El otro referente que tengo sobre tan difícil palabra no es sobre su significado, sino más bien sobre su etimología. Sobre lo que significa para el estudio y la filología. Y me llegó hace veinte  años, más de diez después del asombro de La guerra de los mundos, y fue a través del escritor que más me marcó al dejar la juventud atrás: don Miguel de Unamuno, al que me resisto a quitar el don; para mí, siempre será don Miguel.

            Atraído por sus novelas, que leí una tras otra, terminé por leer su escritos más filosóficos y, sin entenderlos, pero adivinando en ellos un profundo pensamiento, me propuse leer sus obras completas, encontrando en ellas un título sorprendente: Del elemento alienígena en el idioma vasco. Me sorprendió encontrar en el título de un ensayo escrito en 1885 la palabra alienígena, que yo creía que había nacido con las novelas de ciencia ficción y que resulta que tenía un uso culto más allá del sinónimo literario de extraterrestre. De lo poco que entendí del profundo ensayo de don Miguel fue que la palabra alienígena hace referencia a los originarios de otra tierra, como antónimo de aborigen, que, aplicado a la filología, trata de la influencia de unas lenguas en otras; y lo peor para un joven de veinticinco años, descubrir que los problemas identitarios que hoy tiene España, y en los que se han utilizado las lenguas como elemento de división y no de enriquecimiento, vienen de atrás, de muy atrás. Hace referencia Unamuno en esta obra a que entonces el euskera no tenía ni siquiera fonética, que estaba en elaboración. Además, me llamaron la atención un par de cosas. La primera, el esfuerzo desinteresado de filólogos por recuperar esa lengua unificando los dialectos que en cada valle se utilizaban y dotando de un léxico actualizado al euskera, buscando las palabras que pudieran asimilar del castellano los conceptos científicos. También me llamó la atención que, hace 130 años, un hombre sabio, una mente lúcida, se sintiera alienígena en su tierra, tanto en Salamanca por defender la necesidad de recuperar la lengua de los vascos, como en Bilbao por vaticinar lo que sucedería un siglo después con estas palabras: "la recuperación austera y desinteresada de la lengua será un arma de combate para las pretensiones y aspiraciones regionalistas".

Así es cómo una palabra tan especial define sin lugar a duda la frontera entre lo que es de aquí y lo que no, y cómo, de un lado de esa frontera, lo alienígena da miedo en la voz de Orson Welles y desesperanza en las palabras de Unamuno; y cómo, del otro lado de esa frontera, poco se ha escrito y dicho, pues no encuentro ningún sinónimo amable de alienígena para demostrarnos que lo que no es de aquí también nos puede aportar valor y esperanza.

Santos Gutiérrez ©

ERA DIFÍCIL VIVIR...



Era difícil vivir
y mostrarse como siempre
porque al mirar, muy adentro,
comprendías a la gente,
te veías como antaño
con el furor de la tele
persiguiendo a los marcianos
y la figura del ETE,
aquel enano pelón
que enamoró a tantos seres,
desde niños a mayores,
jovencitas y mujeres,
y es que el canijo burlón,
de los ojos tan ardientes,
se hizo acreedor del cariño
de manera irreverente...

Pero hablaré del marciano,
alienígena unas veces,
y otras tantas humanoide
que va conmigo en la frente,
y pienso un rato en marciano
acordándome del verde
un recuerdo calcinado
que me produce la fiebre,
entonces despierto y canto,
porque en la tierra es lo alegre,
y percibo los latidos
de este sentir imprudente,
y me siento tan humano,
con el fuego y con la nieve
que hasta las guerras se paran
y la sangre se detiene...

"...Es difícil la aventura
de escribir en forma breve,
y aclarar en un poema
si eres marciano o terrestre..."

Rafael Sánchez Ortega ©
04/11/18

ALIEN Y GENA




            El platillo volante aterrizó suavemente en el parque central. La multitud nos agolpamos lejos, tras el perímetro de seguridad que establecieron los militares, que habían rodeado el artefacto. Tres tanques apuntaban sus poderosos cañones al centro de la nave espacial y dos helicópteros la sobrevolaban lentamente a poca altura. Soldados de élite, fuertemente armados y protegidos con cascos, chalecos y escudos antibalas, trataban inútilmente de escudriñar su interior. Ninguna ventanilla, ninguna escotilla, ningún ojo de buey. Había una compuerta, pero estaba herméticamente cerrada. Si había alguien dentro, ya fuera un ser vivo o un robot, debía de ver lo que había fuera mediante cámaras ocultas en el fuselaje. Los militares lanzaron repetidas señales acústicas, luminosas y de radio en toda la gama de frecuencias para que se identificara, pero no hubo respuesta. Pero tampoco muestras de agresividad.

            Tras varias horas de angustiosa espera, indecisiones, posturas encontradas sobre cómo gestionar la situación; cuando ya los militares solicitaban permiso al alto mando para abrir un agujero en el fuselaje y entrar por la fuerza, la compuerta se abrió y se desplegó una pasarela hasta tierra. Alguien, o algo, iba a descender. Cundió el nerviosismo, aunque, a esas alturas, la creencia más generalizada era que, si hubiera tenido intenciones hostiles, ya había tenido tiempo de sobra de manifestarlas.

            La cosa apareció embutida en un traje espacial que le procuraba la presurización que debía de necesitar su organismo, probablemente diferente a la nuestra. Una escafandra, de la que salía un tubo que la unía a una mochila, le debía de suministrar la mezcla de gases que su organismo precisaba para respirar y que probablemente sería muy distinta de la que respiramos nosotros.

            Avanzó lentamente, a cuatro patas y, lejos de parecer agresiva, aquella cosa se tambaleaba como si estuviera a punto de derrumbarse. Quizás la gravedad en el planeta del que procedía fuera mucho menor que la nuestra y aquí no podía con su peso; o quizás la cosa estuviera muy enferma y por ello se habría visto obligada a aterrizar.

Siguió avanzando, muy lentamente, por la pasarela. Yo la veía bien a través de mis prismáticos. Su aspecto era grotesco: deforme, enorme y desproporcionada; sus extremidades, inverosímilmente largas y rígidas, y su cabeza, desmesuradamente pequeña para su estatura. A través de la escafandra, pude ver su cara y sentí un latigazo de repugnancia: llena de protuberancias y orificios, que parecían distribuidos sin orden ni concierto y que probablemente le proporcionaban acceso a más sentidos de los que para nosotros son normales. Quizás estuviera dotada de algún mecanismo de radar biológico; quizás también de algún sentido de orientación mediante los campos magnéticos que indudablemente tenían que existir también en su planeta para protegerlo de los rayos cósmicos, ya que, si no, ninguna forma de vida avanzada se hubiera podido desarrollar allí. Indudablemente gozaba de visión estereoscópica, ya que pude ver claramente que tenía dos extraños ojos, muy grandes y separados entre sí, pero a saber en qué longitudes de onda eran capaces de ver; ¿quizás también en el infrarrojo?, ¿quizás también en el ultravioleta?, ¿serían capaces en su planeta de “ver” en las longitudes de radio o en las de microondas con la misma claridad que nosotros vemos en azul o verde o rojo?  
   
            No había nadie más dentro del platillo volante. A la cosa, o lo que fuera, lo llevaron rápidamente al hospital militar con máximas medidas de seguridad. Era prioritario determinar qué mezcla de elementos respiraba y producirla rápidamente antes de que se le agotaran las reservas y muriera asfixiada. Asimismo, había que analizar de inmediato su aparato digestivo y descubrir qué nutrientes precisaba para mantenerse con vida, y producir en el laboratorio un cóctel de ellos para que no muriera por falta de alimentación o por darle productos incompatibles con su organismo. Había que grabar urgentemente los extraños sonidos que emitía y enviarlos al Departamento Federal de Criptografía para descifrarlos y poder comunicarnos con la cosa antes de que muriera –lo cual, desgraciadamente, parecía próximo a suceder– y perder una oportunidad excepcional como aquella de aprender de una civilización distinta a la nuestra y a todas luces mucho más avanzada.

            Los militares rápidamente bautizaron al ser llegado del espacio con un número. Pero todos los medios de comunicación, y por ello todos nosotros, nos referíamos a él como Alien. De pronto, todo el planeta estaba pendiente de Alien; todos queríamos saber cualquier detalle que se fuera descubriendo sobre Alien: qué respiraba, de qué se alimentaba, si era asexuado o sexuado y, en este caso, si era macho, hembra o hermafrodita, lo cual, puesto que viajaba solo, parecía lo más indicado para asegurar su descendencia en un viaje espacial que podía ser sin retorno. Pero sobre todo, lo que más ansiábamos era comunicarnos con él antes de que muriera, descubrir de qué planeta, de qué galaxia procedía, aprender de su civilización…, y el tiempo se nos iba de las manos. Alien cada día estaba más débil. No duraría mucho.

Se esperaba, pues, con ansiedad que diera frutos el trabajo del equipo de criptógrafos encabezado por la más prestigiosa autoridad del planeta en la materia, la doctora Jrissa Gena. Alien y Gena ocupaban todas las portadas de los periódicos; sus caras, tan familiar la una y tan repulsiva pero cada día más querida la otra, llenaban las pantallas de todos los televisores. Gena era la gran esperanza para conocer a Alien, y nadie quería que éste se extinguiera sin habernos dado tiempo a comunicarnos con él. Alien y Gena eran la pareja de moda.

Pero no se avanzaba. Alien sólo emitía sonidos extrañísimos y que nosotros no conseguíamos ni siquiera emular, que no parecían tener ni pies ni cabeza. Llegó a sugerirse que Alien no fuera, en su planeta, nada más que una especie de cobaya de laboratorio, un ser inferior, desarrollado sólo lo suficientemente como para manejar una máquina y pasar información, pero no necesariamente capaz de pensamientos más profundos; poco más que un robot.

            Alien murió repentinamente. Algún nutriente de los que le suministramos debía de contener alguna bacteria a la que su extraño organismo no fuera inmune; o quizás alguna radiación, para nosotros inocua, le destruyó partes importantes de su ADN. Habría que estudiarlo, pero el caso es que, simplemente, murió. 
     
Gena estuvo desolada, pero guardaba las grabaciones de todas sus sesiones con Alien y no estaba dispuesta a abandonar la esperanza de comprenderlo. Y finalmente, un avanzado programa informático criptográfico dio con el método adecuado y, una vez puesto en práctica, los avances se produjeron de manera exponencial. Ya era posible escuchar a Alien en nuestro idioma. Sin embargo, el gozo que asaltó a Gena en un primer momento dio paso rápidamente a una profunda decepción, al constatar que, aunque ahora pudiéramos escuchar a Alien hablar con nuestras palabras, éstas, procedentes de un mundo tan distinto al nuestro, resultaban tan ininteligibles como cuando sólo oíamos de él sonidos extraños.

            Ante la estupefacción de las autoridades civiles y militares, ante la incredulidad de los millones de espectadores que nos apiñábamos frente las pantallas de los televisores para escuchar por primera vez a un ser llegado de los espacios siderales, Gena pulsó el botón y la voz de Alien sonó, por primera vez alta y clara, en nuestro idioma:

            –Coño, titi, ¿cómo te lo tengo que decir? Que me llamo Bartolomé García Polín y soy de Umbrete, provincia de Sevilla, lo mejor del mundo mundial. Soy astronauta de la Agencia Espacial Española, del planeta Tierra. Mira que se lo dije: que no compréis piezas de recambio a los chinos, joder, que me van a dejar tirao un día en cualquier planeta. Pues hala, aquí estoy, tirao como una colilla, tan débil que no puedo más que andar a gatas y viendo todos los días a esta mancha de repugnantes babosas ciempiés cabezudas que me estudian como si fuera un bicho raro. ¡Pues anda que ellos no son feos ni na! ¡Qué asco me dan! Escucha, titi; sí, sí, tú, babosa cabezona, ¿quién va a ser? Anda, apunta paquí esas antenas y a ver si me entiendes de una puñetera vez: ¡que estoy muerto de hambre, coño! ¡Que esta mierda que me dais pa comer no se la damos nosotros ni al perro! ¿Tan atrasaos estáis? ¿No tendréis por ahí un pinchito tortilla y un rebujito? ¡Anda, que no he tenío yo mala suerte!... María, te quiero, hija. Bueno, yo ya no vuelvo a la Tierra, pero tú no me vayas a poner los cuernos, ¿vale? ¡Ah, y viva er Beti, manque pierda!


José-Pedro Cladera© 

LAS GEMELAS




I

Una mañana de invierno, reunidos ante la mesa del notario para la lectura del testamento del finado. Todos con gesto serio y expectantes. Empezaban a intranquilizarse, pasaban los minutos y nadie aparecía.

De repente, se abre una puerta y aparece el notario, acompañado de una persona.

–Se interrumpe la cita, porque han aparecido nuevos herederos y tienen que estar presentes.

–Imposible. Somos los únicos parientes, ¡tiene que haber un error!

–Hagan el favor de abandonar el despacho y esperen a ser citados de nuevo.

Los allí presentes abandonan el lugar, sorprendidos y enojados por lo escuchado en la sala. No entienden nada.


II


            El coche negro aparcó enfrente de la gran casa. Salieron dos personas, que atravesaron la verja y se acercaron a la puerta principal. Llamaron al timbre y seguidamente la puerta se abrió y apareció una mujer, que les hizo pasar al interior.

            Luis camina en la noche oscura y se detiene ante lo que está visualizando. Queda parado y se frota los ojos. Vuelve a mirar y emprende la retirada con celeridad.

            Entra en el bar y sorprende a todos los allí reunidos:

            –¡En la casa grande está pasando algo muy extraño! He visto entrar a dos alienígenas, gemelas, de tez muy oscura y algo me dice que no vienen en son de paz.

            –¿Qué significa alienígenas?

            –Son personas extrañas, venidas de otro país u otro mundo.

            –Has hecho el recorrido por los bares de la zona y ves alucinaciones. Explícate mejor.

            –¡No estoy ebrio! ¡Sé lo que he visto en la casa! Algo sucede y mañana nos enteraremos.

            Entre risas e historietas, acabaron la noche.

           
III


            La madre de Luis lo despertó a primera hora de la mañana.

            –¡Despierta, despierta! ¿Sabes lo que ha pasado en la casa grande?

            –Sí, fui testigo de un hecho extraño.

            –¿Qué es lo que se cuenta por ahí?

            –Que han llegado unas muchachas. Dicen que son de Perú, que son hijas de don Manuel y que vienen a reclamar la herencia de su padre.

            –¿Hijas del muerto? ¡Pero si sus hijos son María y Manuel!

            –Por lo visto, cuando marchó hace años a controlar los negocios que allí tenía, se casó con una mujer en esas tierras y tuvo dos hijas, que son las que acaban de llegar y tienen todos los papeles en regla. Son sus hijas y vienen a por lo suyo.

            –Va a ver problemas, pues la familia de aquí pondrá todas las trabas posibles para no perder dinero ni propiedades, que haber hay mucho, pero no estarán dispuestos a repartir con extraños.

            –Hay mucho movimiento en la casa, están nerviosos. Están reunidos todos los parientes y han venido los abogados de la familia para intentar que se lleve a efecto la voluntad del finado.

            –¿Cómo te has enterado de lo sucedido?

            –Por la chica que cuida a la abuela; lo estaba contando en la panadería.


IV


En la casa estaban todos reunidos. Habían recibido una llamada en la que les comunicaban la llegada de sus hermanas, venidas desde Perú.

–No puede ser cierto. Vuestro padre no ha podido hacernos una cosa así. Esto es imposible…

–Tiene que haber alguna carta, fotos o algún documento en el despacho de papá, que pueda explicar esta situación. Voy a intentar buscar entre sus cosas. Papá viajaba todos los años a Perú y permanecía allí durante cinco meses; por negocios, decía él: ahora empiezan mis dudas…

–Se acerca un coche, está aparcando, ¡ya están aquí! ¡Tratemos el asunto de una manera civilizada, a ver qué es lo que pretenden estas dos!

Suena el timbre y Lucía, el ama de llaves, abre inmediatamente la puerta principal e invita a pasar a las hermanas y las conduce al salón donde se encuentra la familia.

Se hacen las presentaciones. La tensión se palpa en el ambiente. Se hace un largo silencio y todas las miradas se centran en las visitantes.

Gritos, insultos, todos han perdido las formas y su educación tan exquisita. El dinero destapa las miserias personales. No hay diálogo posible, están todos muy alterados y las gemelas, ante tanta hostilidad, deciden abandonar la casa precipitadamente.

–Nos veremos ante el notario. Reclamaremos lo que nos pertenece. Nada más tenemos que hacer en esta casa.

 
V


Las hermanas estaban a punto de embarcar en el vuelo de Iberia con destino a California. Todo había salido perfectamente, habían logrado estafar a la familia del empresario que habían conocido en el hotel donde se hospedaba en sus viajes a la capital. Don Manuel les había contado toda su vida y les había informado del patrimonio económico e inmobiliario que poseía.


VI


Don Manuel murió una noche en su cama de hotel, de un infarto fulminante, según certificó el médico que se personó por requerimiento del gerente del establecimiento.

Las gemelas, encargadas de la limpieza de su habitación, lloraban desconsoladas, pues, según ellas, le estimaban mucho.

El cadáver fue enviado a España, donde esperaba su familia para dar el último adiós al amado y querido esposo y padre.

Las gemelas desaparecieron del hotel y no tuvieron noticias de ellas. No dejaron rastro alguno y, con el paso del tiempo, fueron olvidadas.

Nieves Reigadas ©

ESTRELLA




            Alba vivía con sus padres y hermanos, a punto de cumplir diecisiete años. No le gustaban las comparaciones, pero, mirándose en el espejo de su habitación, se decía a sí misma: “¡Qué barbaridad! No he sacado ni una parte de la esbeltez ni elegancia de mis hermanos, ¡ni tan siquiera el color de sus ojos! Me sobra un poco de peso, mi cabello es un desastre y, por si eso fuera poco, este trimestre voy fatal en el instituto, mis exámenes son una calamidad.”

            Alba suspiraba en secreto por Hugo, compañero de clase: “¡Qué guapo es! Y no lo hay más simpático en todo el instituto. Todas las chicas andan tras él, pero veo firmemente que no sabe ni que existo.” Y todo esto a las tres de la mañana, sentada sobre su cama.

            Hacía mucho calor y decidió asomarse a su balcón, como hacía siempre, para mirar al cielo. Fue de repente: delante de mi puerta, vi una luz muy fuerte, llena de brillos, como de una discoteca, que salían de un platillo volante. Yo había escuchado muchas veces en televisión hablar de platillos volantes a pilotos de aviación o a gente que vivía en lugares poco habitados; pero yo nunca había visto nada. Había un silencio propio de la hora avanzada de la noche y todo permanecía a oscuras, así que las luces del platillo brillaban más. Me escondí entre las flores del balcón y vi cómo se abrían unas puertas por las que salieron dos hombrecitos, pequeños como enanitos, que vestían trajes negros. Los vi recorrer toda la calle, de derecha a izquierda.

Estaba tan cansada y tenía tanto sueño que me metí en la cama a dormir.  Alrededor de mi almohada, daban vueltas las luces brillantes del platillo, pero me quedé dormida.

Como os decía, me llamo Alba. Así me llamó mi madre por la mañana cuando me vio correr hacia el balcón.

–¿A dónde vas? –me dijo–. Es hora de marcharte al instituto. El desayuno está en la mesa.

Yo hice como que no la oía y asomé deprisa la cabeza por entre las plantas. El platillo volante no estaba allí, en la puerta.

A partir de entonces, mi vida cambió. Ya no esperaba la noche solamente para mirar al cielo. Esperaba día tras día a que apareciera aquel platillo volante. Nunca se lo conté a nadie. Mis secretos eran solo para mí y tenía miedo de que pensaran que estaba loca.

Pasó el tiempo y llegó el frío invierno. ¿Vendrán hoy?, me preguntaba. El viento del norte soplaba con fuerza. Yo miraba y miraba: ¿será hoy? Fue entonces cuando aquel aparato brillante se volvió a posar en mi calle. Los dos hombrecitos me miraron:

–¿Qué queréis? –les dije.

Entonces me señalaron la puerta del platillo. Subí con curiosidad ante lo desconocido. Me miraban con sus ojos alargados. El aparato se puso en marcha. El cielo era enorme, pero lo que más me gustó fueron las estrellas: eran como luces de Navidad. Los hombrecitos no hablaban, pero sí me miraban con dulzura.

Por la mañana desperté, como siempre, en mi cama. Cuando me dirigía a clase, tomé una decisión: le dije a mis compañeros “desde hoy me llamo Estrella”. Se rieron mucho, pero ya siempre me llamaron así.

No quise salir más al balcón, y mi secreto es eso: mi secreto.

Mari Carmen Bengochea ©

JOHN BARANDILLO




En estos tiempos que corren, damos todo por sentado, ya no apreciamos lo que tenemos. Al encender la luz, no pensamos “¡Wow! ¡El paso de electrones a través del filamento metálico de la bombilla hace que éste alcance tal temperatura que, gracias a que está en una minúscula cámara de vacío, la energía térmica se convierta en energía lumínica! ¡Y este fabuloso invento fue creado por Tesla, pero Edison le robó la idea y se hizo rico y famoso!”. No, ya nadie piensa en esas cosas. Ahora solo pensamos en nosotros mismos, y nos creemos que todo lo que tenemos a nuestro alrededor lo ha inventado un marciano. Por eso, hoy vengo a contaros esta historia, una historia que seguro que nunca antes habíais escuchado: la de Johnathan Barandich Armadillo, John Barandillo para los amigos.

Esta es la historia del hombre que inventó las barandillas. John Barandillo era el típico burgués de la época: un tipo alto, vestido de smoking, con monóculo, bastón, y un bigote de esos que ya no se llevan. Si todavía no os hacéis a la idea, imaginaos una mezcla entre el tipo del Monopoly, los detectives de Tintín “Hernández y Fernández”,  y José María Aznar. Y para situarnos, nuestro protagonista vivía en el Londres de una época situada entre el precámbrico y los ochenta, en un tiempo en el que los dinosaurios existían y los pantalones campana estaban bien vistos.

John salió de casa en dirección a la fábrica donde trabajaba, igual que cada mañana. Pero, como su cochero estaba de baja por maternidad, ese mes el camino al curro se le hacía más largo. Por suerte, tenía una magnífica, a la vez que sublime, tarjeta Renfe de diez viajes que le había costado la módica cantidad de veinte euros. Pero cuando bajaba las escaleras, se tropezó con un sucio triceratops y, al no haber barandillas, no tuvo nada a lo que agarrarse y se calzó una castaña de tres pares de limones. Tras semejante golpe, tuvo que ser ingresado de urgencia en el hospital más cercano.

Ya llevaba tres meses en el hospital poniéndose fino a morfina cuando le dieron de alta. Mientras daba un paseo de vuelta a casa entre punks y dinosaurios, vio a unos vándalos que colocaban una especie de barra metálica en las escaleras para, con ayuda de sus monopatines, poder bajarlas deslizándose por ella. Al ver esto, Johnathan Barandich Armadillo –John Barandillo para los amigos– se dio cuenta de que, si ese curioso artefacto amarrado a la escalera hubiese estado cuando él se cayó, podría haberse agarrado y con ello ahorrado semejante golpe. Sin más dilación, corrió a su casa para diseñar y posteriormente patentar ese invento.

Y eso hizo, pero, a pesar del gran éxito de esta invención, John nunca recibió un duro, y mucho menos la reputación y la fama que merecía. Y por eso, si os ofrecen caramelos en la puerta del cole, no los aceptéis.

Lucas Nuño ©

EL ALIENÍGENA





VAVÚ llevaba tiempo investigando planetas en su galaxia y le tenía subyugado uno pequeñito y de un color inigualable. Se dijo que tenía que ir a investigarlo; además, por si tuviese la fortuna de encontrar vida en él.

            Sintió que era el día. Bajó al sótano del edificio casi de cristal en que vivía en el haz de luz. Después de dejar constancia de su identidad en la máquina que le taladró sus bellos ojos esmeralda, el encargado de tutelar los discos de energía le dio uno en un maletín de titanio. Se puso su traje espacial plateado, cogió de una estantería unos sobres de comida deshidratada y se fue hacia su platillo volante, no sin antes llenar el tanque de agua.

            Se sentó ante del panel de mandos y puso en el lugar correspondiente el disco de energía. ¡EN MARCHA! Salió al exterior desde donde veía a cientos de platillos parecidos al suyo dirigirse al GRAN EMBUDO. Unos salían y otros entraban. VAVÚ fue engullido como los demás. Aquello los iba distribuyendo con muchos ramales hacia la parte de la galaxia que quisieran ir, dándoles un impulso extremo, y después se tenían que valer por ellos mismos.

            Cuando salió del embudo, se sintió aliviado; eran momentos de gran tensión y donde no veía nada.

            Dirigió la nave hacia el planeta pequeñito y de color precioso que tanto le había gustado. Dio tres vueltas alrededor y se percató de que el color era porque tenía mucha, mucha ¡AGUA! Vio que también había partes sólidas y decidió planear en una zona amarillenta. Sintió mucho calor y solo vio algunos pequeños seres de entre sus arenas y decidió probar otro lugar.

            Se dirigió a una zona que se veía muy, muy blanca. Era hielo, grandes zonas cubiertas y bloques que flotaban en el agua. Algo se movió junto a él: un ser grandote y del mismo color que no tenía buenas intenciones. Echó a correr y se subió de nuevo a su platillo. De todas formas, allí hacía mucho frío.

            ¿Qué serían esas partes del color de sus ojos? –pensó–. ¿Qué encontraría? Planeó de nuevo y contempló praderías y bosques de árboles parecidos a los de su planeta, y un río de agua que bajaba de las montañas circundantes, y le pareció un sitio muy bello.

            Cambió de lugar y descubrió, bajo una nube grande, una ciudad y a unos seres muy parecidos a él mismo. Vivian en unas casas altas o bajas y se metían en unas cajitas pequeñas que iban por unas cintas; todo estaba lleno de ellas. Y eran muchos, muchos seres.

            Fue descubriendo su mundo, vio muchos animales raros que convivían con ellos. Le llamaron la atención unos pequeñitos pero muy evolucionados. Ellos no necesitaban meterse en ninguna cajita, tenían alas y podían desplazarse a su antojo.

            De repente, algo grande y con alas inmensas y muchas ventanas pasó por encima de él. –¡Ah! Ya saben desplazarse en aparatos copiados de los animales con alas.

            Lo que más le impresionó fue toda aquella agua que tenían y vio que unas cajas grandes, con muchas cajitas dentro, iban de una  ciudad a otra y que cerca de ellos se metían en otras cajitas diminutas. –¡Ah! Saben ir por encima del agua.

            Descubrió montañas que echaban fuego y grandes tormentas con oleajes y vientos tremendos como donde él vivía, pero pensó que había descubierto un planeta con un SOL que les daba la vida, ni demasiado cerca, ni demasiado lejos…, justo a la medida para crear vida. ¡Un planeta frágil, pero muy bello!


                                       Mª EULALIA DELGADO GONZÁLEZ ©
                                                                                   Octubre 2018

UN ENCUENTRO INESPERADO




Nunca olvidaré aquella mirada penetrante. Parecía que pudiera leer mis pensamientos o, peor aún, que supiera antes que yo lo que iba a decir. Pero, por otro lado, era de esos seres que te cautivan en el mismo instante en que les conoces; no sabes por qué, pero sientes que formará parte de tu vida para siempre; es un tesoro que no estabas buscando, pero que un pirata debió de perder.

            –Lara…, Lara…, ¿estás con nosotros? Regresa a la Tierra.

            –¿Qué?… ¿Qué pasa, Toni? –dije, con una cara entre empanada y sobao de El macho.

            –Pasar, pasar, nada; y si pasa se le saluda, pero estabas otra vez en tu mundo sin escuchar la noticia que tengo que darte.

            –Jajajaja… ¡Qué ocurrencias tienes! –y volví a encontrarme con la mirada de aquella mañana de noviembre, que buscaba una calle y se encontró con una despistada como yo.

Me contó que había tenido una reunión con sus jefes, que estaban muy contentos con su último viaje a Pamplona, que los clientes estaban muy entusiasmados con su trabajo –la obra de arte llegó antes de tiempo, en un estado más que perfecto– y su trato había sido excelente (su expresión era mejor que la de un niño recibiendo su gominola favorita, y la mía se define con un babero).

            –¿Y te han dicho algo más?

            –Que van a formarme para hacer transportes especiales y así poder ascender dentro de la empresa. Eso sí, me han dicho que la formación es de varios meses y que tengo que ser muy constante.

            –Es una estupenda noticia, ¿no?

            –Hay una pega.

            –¿Cuál? A ti, el trabajado duro no te supone un problema y es lo que querías; bueno, lo que queríamos, ¿no? ¿Qué problema hay que no me estás contando?

            –Que la formación es en Madrid y tengo que irme por varios meses y…, claro…, esa parte no me gusta; llevamos muy poco tiempo juntos y…

            –Espera, para… ¿Estás diciendo que tienes dudas de ir… por mí?

            –Sí y no. Más bien por no dejarte sola y esas cosas…

            –¿Dejarme sola? Soy una mujer adulta, con su trabajo, su familia, sus amistades. Pero sobre todo, soy una persona hecha y derecha, cariño; he vivido más de veintiocho años sin ti y creo...

 Bueno, mejor dicho, sé que puedo vivir sin ti.

            –¿Ves? No quería contártelo porque vas a pensar que soy un cavernícola, y no lo soy, soy un hombre de los de antes.

            –Mira, cariño, no eres un hombre de los de antes, eres de los de ahora, criado para salvar a una damisela en apuros, porque es lo que ves en las películas y lo que tu familia te inculcó, pero… no soy una damisela en apuros; soy una mujer que tiene su vida y puede vivir sin ti pero he decidido compartir mi vida contigo, pero teniendo nuestros espacios, nuestros trabajos, y acompañarnos. Deja de ponerme de excusa para no enfrentarte a tus retos y los miedos que ellos te producen; no necesito un príncipe azul, no soy una princesa Disney.

            –Ya sé que no eres Blancanieves, pero siento la necesidad de protegerte. Sé que puedes vivir sin mí, pero… yo no sé si puedo vivir sin ti y… simplemente tengo miedo.

            –Toni, no soy extraterrestre, te entiendo perfectamente, pero… “nosotros somos los dueños de nuestros propios miedos”. Yo no necesito un héroe; necesito a alguien que me comprenda, me respete, pero sobretodo me quiera como soy, sin cambiarme.

            –Me va a costar dejar de ser un hombre de los de antes, pero… tienes razón; no puedo esconderme y ponerte de excusa, y además no vas a dejar de recordarme que eres una mujer de las de ahora.

            –No tengas ninguna duda. Así que ya sabes…, llama a tus jefes…

            –Entonces… voy a tener que hacerme una cuenta en Sky para que hablemos mientras estoy en Madrid, ¿no?… Lara…, Lara… (Ya esta otra vez en su planeta).


Jezabel Luguera ©