domingo, 13 de octubre de 2019

EL REY MORO




Me llamo Fausto y tengo un olfato, un tacto y un gusto demoniaco para los entresijos del prójimo. Lo de la visión se lo dejo a esta historia.

2 de mayo de 2020

Aquella ciudad era caótica. Los días de lluvia y el tráfico de la noche la hacían espesa e infernal. Llevaba una hora atascado y las ratas se movían a sus anchas por los parabrisas de los coches. El móvil no dejaba de vibrar y opté por llevarlo en la mano –total, avanzábamos diez metros cada cinco minutos.

MENSAJES DE WHATSAPP

—Hey Faus ¿cómo vas?

—Tenemos cena esta noche

—No sé si llegaré a tiempo, tengo que pasar x la redacción…

—Os engancho luego tomando una copa. Decirme dónde

—ok


MEME

Fotografía del rey, con pañuelo palestino, entrando en una mezquita:

NOS PROMETIERON EL ORO Y EL MORO Y YA SOLO NOS FALTA EL ORO.

A POR ÉL!!!

—JAJAJA. Nos vemos luego

Qué cachondos. Esa foto me sonaba que era de la última visita del rey a Marruecos. Le habían colocado un turbante y habían omitido la del plano del príncipe anfitrión recibiéndole en un acto protocolario. La gente es la hostia, pensé.

El tráfico empezaba a fluir, a la par que mi mente germinaba una idea que podría tener tirón si escarbaba un poco. Estaba aburrido de aquel tinglado del desvío de divisas y necesitaba sangre fresca, una historia sabrosa con un generoso sofrito de especias y verduras. Además de que mi afecto hacia la monarquía era nulo y la mirada fija de aquella rata no hacía más que reconfirmar mis intenciones.

Lo primero que hice al llegar a la redacción de “El Sol” fue reenviar el meme a mis seguidores, que sumaban la nada desdeñable cantidad de 85.000 –eso sin contar los falsos, que triplicaban esa cifra–. Después empecé a documentarme para enriquecer la farsa. ¡Lo tengo! Una foto de la visita a los Emiratos Árabes, donde, en Dubái, le regalaban un Corán a nuestro rey. Ya está, sólo tengo que quitar al resto de la comitiva y parecerá que nuestro rey está adorando el libro sagrado de Mahoma. Además, había en nuestro archivo algunas fotos antiguas del rey de rodillas (haciendo una demostración de yoga) que nunca se publicaron por irrelevantes, pero yo lo que vi en ellas fue al rey rezando a la Meca.

TITULAR: “Nuestro rey se convierte al Islam”

Cuando llegué al bar, no se hablaba de otra cosa que del meme del rey y de la invasión de ratas de la última semana. No quería imaginarme cuando empezasen a ver la noticia publicada en un diario nacional.

Me levanté con la boca pastosa por las copas que había ingerido la noche anterior. Enganché el móvil y tenía miles de comentarios. Encendí la tele y comprobé que el resto de los diarios digitales ya se habían hecho eco de la noticia. Me duché, mientras sopesaba los hechos y sus consecuencias, y salí de casa.

En la redacción había un revuelo de tres pares. Me avisaron para que subiera a la sala de reuniones. Allí me encomendaron que siguiese adelante con la noticia; estábamos siendo líderes de audiencia en todos los frentes y ya tendríamos tiempo de desmentirlo más adelante.

Los días siguientes, aquello se empezó a salir de madre. Los detractores de la monarquía encontraron la excusa perfecta para destronarle y sus seguidores, la mayoría católicos, se pusieron también en su contra. Era tarde para desmentir, y además yo ya me había creído la historia; de ahí que el resto también.

18 de julio de 2020

Se había convocado una concentración masiva en torno al palacio. Cientos de miles de perros rabiosos con ganas de pasarlo bien empezaron a lanzar todo tipo de objetos, cócteles explosivos y a empujar y saltar las verjas. Cuando llegaron los tanques para protegernos, fue demasiado tarde: un pitido en mis oídos y todo se tornó negro.

Me pesaba todo el cuerpo y no podía mover ni los dedos. Noté como un pequeño cuadrúpedo se subía en mi rodilla. Probablemente se tratase de una rata. Contuve la respiración mientras el corazón se me aceleraba a un ritmo frenético, al compás de sus dientes castañeando y su rabo serpenteando sobre mi tibia. Cuando no pude mantener más el aire, aquella bestia se me abalanzó sobre el orificio que dejé para respirar y se clavó directamente en mi campanilla. Escuchaba sus chillidos agudos dentro de mi cabeza y sus pelos duros como púas desangrándome la lengua y el paladar. Poco a poco, fue bajando por el esófago mientras volvía a sentirme pesado e inmóvil.

Doce días después, me desperté postrado en un hospital. Había perdido la vista de forma permanente con la explosión. Le pedí al enfermero que me contase lo que había pasado.

—Entraron en palacio y encontraron a los reyes y a sus hijos en la cripta, rezando frente al altar. Allí mismo los molieron a golpes hasta morir. El rey todavía conservaba la marca de la cruz del rosario que llevaba en la mano, fue todo una gran mentira. Ahora tenemos un presidente de la república. Parece tierno y todo. En la foto de portada de hoy se le ve con un niño sentado en sus piernas; hay rumores de que está muy volcado en las actividades infantiles.

Se me abrieron las aletas de la nariz; salivé, mientras movía mis nuevos bigotes, y una sensación de placer me acompañó porque sabía que tenía mucho trabajo por delante.

Óscar Nuño©

JOGLO




Los años la mantienen hermosa, firme pero a su vez frágil, emanado tal paz que uno quisiera quedarse con ella para siempre. ¿Qué es lo que la hace tan especial? Todo. Cada rincón de su interior, pero también cuando se abre hacia fuera.

Los sonidos, son los sonidos que llegan como rumores. No, las vistas; de frente, la pacífica extensión de arrozales y, como si se encontrase en dos mundos totalmente diferentes, en el lado derecho, una impresionante selva de palmeras que cruza el paisaje y cuyas hojas solo nos permiten imaginar el cielo que hay detrás y albergar todo tipo de sonidos, de pájaros exóticos mezclados con el canto del gallo y el retumbar de los cocos al caer.

Los atardeceres, tirados entre cojines, con las ventanas abiertas, escuchando aquel ajetreo que aumenta según llega la noche y se mezcla con lo que en ese momento lees hundiéndote en aquella paz ruidosa de la que es difícil salir hasta que la penumbra te trae a un presente mucho más hermoso de puro exótico.

Y llega el amanecer  y te quedas hipnotizado escuchando el murmullo del agua correr entre los arrozales, o posiblemente es ese canto, mucho más suave, de la mañana, con la luz y la temperatura que te invitan a saltar fuera, a los caminos que trascurren entre puestos de pintores que, como salidos de la nada, despliegan su arte y su sonrisa.

Si alguna vez me pierdo, ya sabéis donde encontrarme: en esta preciosa casa de madera balinesa –joglo la llaman–, ubicada en el corazón de Ubud, centro espiritual de Bali.


Almudena Pascual©

RUMORES




Al día siguiente de La MASCLETÁ que originó Sindulfo involuntariamente aquella noche fatídica en el restaurante La FONDUE para impresionar a Altagracia y que provocó que ésta huyera despavorida, él no se atrevió a volverla a ver. Deambuló por Benidorm como un alma en pena, cabizbajo, abatido, absorto; ni las mozas en shorts que pasaban a su lado le despertaban las “inquietudes”.

Entró en un local que le pareció pintoresco, en la playa. Le atrajo una música diferente a la de María Jesús y su acordeón, a la que tan acostumbrado estaba. En el letrero se podía leer: REGGAE, y pasó. El bar era pequeño, cubierto por un techo de paja con banderitas de colores; la barra, decorada con redes de pesca; cinco taburetes de madera; tras las botellas, un gran poster con hojas grandes y verdes sobre fondo amarillo y, en letras rojas: “REGGAE MUSIC JAMAICA”. La atmósfera olía… diferente. Le recordó al heno de sus campos, pero más dulzón. Detrás de la barra, un tipo con trencitas de color negro, moviéndose al son de aquella música pegadiza “One Love”, de Bob Marley, le preguntó:

–¿Qué te pongo, hermano?

Sindulfo miró a su alrededor, pero allí no estaba nada más que él y el moreno. Pensó: ¿Qué hermano?

             –¡Paz, amor, unión e igualdad, hermano!

Sidulfo, respondió:

–¡Mu buenas!

El camarero feliz, al verle indeciso, le sugirió:

–Te voy a poner “AGUA DE JAMAICA”. Ya tú verás, hermano.

–Sindulfo aceptó la sugerencia. Le dio un primer sorbo al cóctel: le gustó. Otro sorbito: le gustó aún más. El Bob Marley rastafari, al ver que lo terminó al tercer trago, le dijo:

–¿Otra “AGÜITA DE JAMAICA, hermano?

–Sí, esta agua está mu güena, pero que mu güena, hermano, más mejor que la de mi pueblo.

–Sobre la barra, había un gran bizcocho, doradito y esponjoso, y le pidió al rastafari un trozo. Sindulfo se lo comió con avidez. Sabía diferente al que preparaban sus hermanas, pero le gustó mucho; tanto que le pidió al trencitas que le pusiera otro para llevárselo a la pensión. Al pagarle, el rasta le advirtió que lo comiera despacito:

–¡Le he puesto MARÍA, eh!

Sindulfo respondió:

–MARÍA… ¡Bonito nombre pa un pastel!

Ya en la habitación de la pensión, le entró hambre y atacó al bizcocho, se acostó y durmió. Al cabo de unas horas, despertó muy malo, las piernas se movían solas, temblaba, el corazón latía en su pecho como un potro desbocado… Asustado, acertó a abrir la puerta de su habitación y pedir socorro. La dueña de la pensión le llevó al hospital. Allí, tendido en una cama en un box, le hicieron las pruebas correspondientes. Pasadas unas horas, el médico de urgencias llegó con los resultados, acompañado de una enfermera. Sindulfo, con ojos de cachorro abandonado, preguntó:

–¿Qué ma pasao, dortó?

–Ha dado positivo toxicológico. ¿Qué ha tomado usted?

–Yo…, yo…, dos aguas…, pero de Jamaica, ¿eh?, y dos trozacos ansí de grandes de bizcocho MARÍA.

El médico y la enfermera se miraron, conteniendo las carcajadas. Son rumores, pero se dice que aún se comenta en el hospital de Benidorm lo del bizcocho MARÍA.

Ana Pérez Urquiza©

EL CUENTO DE LA PRINCESA DE VALAQUIA




Érase una vez una región muy lejana llamada Transilvania. Corría el año 1500. Sighisoara era una aldea perdida entre montañas en el principado de Valaquia, donde los espesos bosques, con sus tupidos abetos, se cimbreaban al compás del gélido viento.

A lo lejos, se elevaba el majestuoso castillo, situado en la cumbre más alta. Abajo, al final del desfiladero, había un inmenso claro salpicado de casitas blancas y rojas. Allí estaba ubicada la aldea. Se accedía sólo a través de puertas abiertas en las gruesas murallas que la rodeaban. Catorce torres la embellecían y teñían de colores al atardecer. El humo escapaba de las chimeneas como agua entre las manos, mezclándose con la escasez de luz que se filtraba entre los árboles en esa espléndida tierra.

En el castillo vivía el señor de Valaquia, al que llamaban Príncipe el Hermoso por su elegancia y por su gran poder de atracción. Su esposa, la princesa Alana, tenía el cabello rojo como el fuego y unos inmensos ojos dorados. Formaban la pareja más encantadora de todo el país y la envidia de todo el Principado. Las fiestas se sucedían una tras otra y los invitados quedaban prendados de tanta riqueza y ternura por parte de los príncipes.

Una tormentosa tarde, apareció un inmenso dragón en la puerta principal del castillo. La aporreaba con fuerza, porque en el exterior rugían los truenos y los relámpagos iluminaban el cielo como antorchas encendidas. Se había perdido, y los príncipes lo acogieron con agrado. Así transcurrieron los días, con tormentosas tempestades azotando el castillo y el oscuro bosque.

Una noche unos terribles gritos despertaron al dragón. Al principio creía que estaba en medio de un sueño, hasta que se dio cuenta de que a los gritos le sucedían unos interminables lloros. Salió sigilosamente de la habitación y, siguiendo el ruido, llegó a una maciza puerta. La entreabrió con sigilo y vio a la princesa encerrada en una jaula con barrotes de oro. Las lágrimas de la princesa resbalaban por sus mejillas y, al chocar contra el suelo, se convertían en blanquísimas perlas. La miró allí, humillada, vestida con una sucia túnica hecha harapos. No quedaba nada del espléndido vestido de terciopelo rojo que lució la noche anterior.

El gran dragón cerró la puerta y se dirigió a su aposento. Le dolió tanto que creyó que su corazón iba a estallar, como si una gran ola lo arrastrara a las profundidades de un furioso mar. Sabía que estaría despierto el resto de la noche.

Al día siguiente, bien temprano y con mucho cuidado de no ser oído,  empezó a hablar con cada uno de los sirvientes. Mientras escuchaba lo que le decían, su semblante resultaba cada vez más pálido y tuvo que admitir que el príncipe era un tirano muy peligroso. Le dijeron que lo peor de todo era que, cuando no le gustaba alguien, éste desaparecía sin dejar rastro.

Después de escucharlos, bajó, como cada día, a desayunar. Allí estaban los príncipes en perfecta armonía, como si nada sucediese. Les contó que luego iba a bajar a la aldea, ya que era el primer día que amanecía con el cielo azul claro y brillante. Se despidió de ellos con una sonrisa.

Mientras andaba por el camino, el dragón pensaba con qué clase de personas se encontraría. Enseguida se dio cuenta de que era gente amable y sencilla. Le abrieron las puertas de sus casas y se apiñaron para contarle, con tristeza y miedo, lo que pasaba en el castillo. Todos se apiadaban y lloraban por su princesa, a la que querían con toda su alma. Todo lo que rodeaba al príncipe se convertía en oscuridad. Era como ver una reproducción de la gran pintura de Botticelli “El Infierno”, de una gran belleza pero de un terrible castigo.

El gran dragón volvió al castillo y supo que la princesa Alana, de la que se había enamorado y sabedor de que también ella le correspondía, estaba en un serio peligro. Se esforzaba en buscar un camino para liberarla, pero evidentemente no iba a ser fácil.

Los gritos se sucedían por las noches y la tensión era insoportable, hasta que de repente supo lo que debía hacer. Cogió su reluciente espada y salió de la habitación. Enfiló el pasillo, dobló la esquina y, sin pensarlo, de una aparatosa patada, abrió el macizo postigo. El ruido fue ensordecedor y la cerradura saltó por los aires al instante. El príncipe estaba de pie y Alana arrodillada frente a él, mirando al suelo. El gran dragón se abalanzó sobre él y, con toda su fuerza, le clavó la espada en medio del corazón. El príncipe no emitió ningún sonido. Su cara era de tremenda perplejidad y asombro, y lo miraba con ojos desorbitados. Del corazón sólo le brotó una gran gota de sangre, que al instante se convirtió en una delicada rosa roja, la más hermosa jamás vista. El dragón se la dio al instante a Alana, quien, abrazándolo, lo besó mientras sus ojos se empañaban de lágrimas. Se miraron y supieron, sin decir palabra, que nadie ni nada los iba a separar nunca.

En este instante, la abuelita cerró el cuento y besó a su nieta, que se había quedado profundamente dormida. Sus ojos quedaron clavados en la placidez de la niña, luego miró la bonita portada del cuento. ¿Serían sólo rumores? Con una pícara sonrisa, se marchó. Se miró al espejo y… sí, aún conservaba aquellos inmensos ojos dorados.

Francis Cortés Pahissa©

RUMORES




Se estrenaba agosto, con sus días soleados. Mi caracola, casi siempre callada, emitió sonidos broncos: los estertores intermitentes de un hombre de unos cincuenta años. Me sobresaltó aquel sonido lúgubre, gutural, jadeante; lancé la caracola sobre el césped del jardín.  Visualicé un cilindro-babosa de dos tonalidades de marrón.  Arranqué un manojo de yerba y con él fue la babosa caracola a aterrizar en la parcela enmarañada de delante. Pero aquella caracola pulida me gustaba...

Al día siguiente, lunes, sí bajé a la playa. El parking aparecía abarrotado a las diez y media.  ¿Cómo habrían aparcado el domingo? La pareja vigía ya ocupaba su posición: al ladito de la caseta de los socorristas. Al verme, como tirados por un resorte, se levantaron. Miré alrededor por si se dirigían a otra –mi relación con ellos era de hola y adiós–. Me informaron, hablando al unísono, del hecho luctuoso: “Sí, volvíamos de nuestro paseo cuando vimos cómo trasladaban al muerto yacente, cubierto por una manta negra, a la ambulancia circundante, con las luces naranjas encendidas y la sirena a todo volumen. Alguien pronunció el nombre Pepín –ya sabes, el hermano especial de Tino, el pescadero; que sí, mujer, el vecino del ferretero Tito...–”.  Se acercó otra mujer y, sin mediar más palabras, la asaltaron. En mi paseo por la orilla del mar, mientras el agua, con dulzor, refrescaba mis pies, rumié las palabras de los radio macuto y deseé que no fuera él. ¿Se acabaron sus brazadas a crol en el agua?

Desde la playa de la Braña hasta la de Merón cambié de marcha y me centré en el ejercicio físico: pian pianito, rapidísimo, ralentizado...  Volví al coche por la senda anterior a las duchas.

Y llegó el día 15, el día de la Ascensión de la Virgen. Si me hubiera acordado de la fecha, no me habría topado con tantos coches, tantas autocaravanas y tantas furgonetas. Bueno, aparqué en un espacio alejado de los pájaros de mal agüero. Al llegar a la orilla, me topé con un gran grupo multicolor: niños y niñas saltando en el agua; madres y jóvenes, vestidas de blusones oscuros, hablando y exhortando a la prole a que no se alejara; los maridos, con aparatos de alto standing, haciendo fotos.

Respetan, siempre, las zonas de baño y forman su círculo alejado de los payos.

            Vi, por doquier, camisetas: rojas, rosas, naranjas, lilas, granates, verdes, azules, de las distintas escuelas de surf (se te llena el corazón de alegría y mentalmente corres con ellos y sus tablas al agua.)  ¡Que no huya la mar!

También, los igloos de los bebés, formando una estampa que rompe la verticalidad de los parasoles... Y admiro la ilusión de los toddlers llenando con sus cubitos los hoyos cavados con sus manitas, una parte robada al mar... Todo es felicidad en sus caminatas infinitas. ¡Cuánta gente dichosa! Y camino, sonriente, hacia la playa de la Braña. A pesar de mis gafas oscuras, veo un bastón hincado en la arena. Alto, me digo. En el extremo de su cayado, observo la gorra juvenil. Me libero de las gafas  para ver mejor, para cerciorarme de lo que veo, y me estrujo los ojos... Sí, es él: es mi amigo con minusvalía en las piernas, que nada con fuerza en el agua... (Tengo un recordatorio para el hombre que se ahogó).

No quiero hacer a nadie partícipe de mi alegría.  Cuando llego a casa, freno el coche y corro, entre la maleza, sin emitir un solo ¡ay!, en búsqueda de mi resplandeciente caracola; ahora, envolviendo su mutismo.

Isabel Bascaran©
                                            San Vicente de la Barquera,  a siete de octubre de 2019

RUMORES




Clara ha salido a dar un paseo por su pueblecito  de verano. La mayoría de turistas se ha ido y ya se ve más despejado.

En lontananza, distingue una cara que le parece conocida y, efectivamente, es su buena amiga Manoli.

–¡Clara! 

–¡Manoli!

Efusión de besos y abrazos.

–¡Cuánto hace que no nos vemos! –dijo Clara. 

–Pues sí, hacía años que no aterrizábamos por aquí –contestó Manoli.

–Pues ahora mismo lo celebramos y nos vamos a tomar algo contemplando el mar –dice Clara.

Cuando estuvieron en una terraza desde donde se divisaba una panorámica deliciosa, con las montañas resguardándolo todo, se sintieron a gusto. Vino el camarero y pidieron dos vermuts y unas rabas (calamares fritos).

–Ya has visto que verano tenemos, ¿no? –dijo Clara–. Con estos rumores sobre el cambio climático, en cuanto podemos, huimos del calor.

–¡Pero qué calor! Yo me asfixiaba –dijo Manoli–. Y luego las inundaciones tan terribles, y para qué contar los incendios. Viendo  los telediarios, a veces parece el fin del mundo.

–Se van a tener que poner las pilas todos los países para hacer sus propios pulmones. Muchos millones de árboles habrá que volver a plantar… –dice Clara.–    Cambiando de tema, es apabullante lo de los avances científicos con la clonación de células madre. Con una inyección en el sitio adecuado, nos van a poder curar. Las células se pueden clonar al infinito. Muchas personas en silla de ruedas volverán a caminar. Podrán hacer que el hígado esté sano y no genere colesterol malo. Y con células de la piel, crear células cardiacas. Se lo escuché a un cirujano científico por radio. ¡Esto de la ingeniería genética, es como de ciencia ficción!

–¡Pues anda, no viste en la TV, qué maravilla de robot! Te contesta, y lo más, no sé si decir tremendo, es que va aprendiendo de nosotros al mismo tiempo. Todo lo que leíamos en los libros de ciencia ficción se convierte en realidad –contesta Manoli–.   Hay un rumor muy fundado de que todo lo que la mente humana sea capaz de pensar, tarde o temprano, con más medios o tecnología, acaba pudiéndose hacer.

–Pero usado para el bien, por favor…. Mira lo que ha pasado con los drones…

Ese es el gran problema de este mundo… ¡Qué! Pagamos y nos vamos ya a comer, ¿no te parece? –dice Clara.

                                                                     

  Mª Eulalia Delgado González©

PAPEL SECANTE





La bolera y el puente,
desabrigados,
han forjado estos versos
con cielos ralos.
Y en estos cantos, pobres
e infortunados,
se murmura en estrofas
de pie quebrado,
a mi modo, pie roto,
con patinazos,
que ojalá no condenen
los ilustrados,

don Quevedo y Manrique.
¿Se harán los locos
cuando lean mis versos
de rima-moco?

Su rima, violentada
y enloquecida,
une estrofas confusas,
trenza ironías.

Con permiso, vuecencias,
no sean crueles,
si cojean mis versos
por los papeles.

Voy trazando estos ripios,
leyenda pura,
con los “Versos con faldas”,
bajo una luna:
cincuenta y siete damas
bajo censuras;
un libro que las honra
de aquella injuria.
Eran grandes poetas,
no tengan dudas,
y escogí a Gloria Fuertes,
la más aguda.

Que no se asombre nadie
si hay pastoras
de mininos nocturnos.
Si filosofa
un gato, son versos míos,
que estoy más loca.

Y también influyeron
conversaciones,
que, entre risa y maullidos,
versaron torpes,

y un amor con vaivenes
que se hizo callo
repisando latidos
sobre el asfalto,

incendiando dos almas,
quizá en pasiones,
que mezclaron cenizas
con sinsabores;
dos amores de otoño
sin rima en goce.

Eran poros con hambre
de azul ternura,
que encogieron de miedo
bajo las dudas.

Y ese amor se hizo invierno,
hielo y derrota.
Se refugió del frío
bajo congojas.
¡Pobre amor, congelado,
sin beso en boca!

Y guardaron sus ganas
en la mochila…
–Ay, que no hallo vocablo
que tenga rima…–.

De día son volcanes,
de noche, ansias,
y mañanas de anhelos
sin esperanzas.
No extinguían sus hambres
ni con distancia.

Y de pronto, en la calle,
hubo rumores:
los besos no entregados
se vuelven coces.

Y el río murmuraba,
también la brisa,
agrandándose en ecos
con su desdicha.
Un velo negro, negro,
dio la noticia:
«Sucumben dos amantes
por esa herida».

Decían en murmullos
los que eran viejos
que era amor de carne,
o donjuanesco;
y otros rumorearon
que era amor verso.

Y un romántico expuso:
era amor tinta
en un papel secante,
que, una vez ligan,
no deben separarse.
Si se desligan,
serían dos despojos:
ni hoja ni tinta.
Pero todos erraron:
fue fantasía,
que nació, simplemente,
de sus rutinas…

No es poema ni ripio,
queda a la vista,
y Quevedo y Manrique
palman de risa.
Dos veces muertos, pobres,
dos, los lapidan,
y a lomos de Pegaso
parten con prisa.
Si vuelven del Parnaso,
me escalofría,
sin  juicio tendré pena:
la guillotina.

Acabada esta historia,
en buena hora,
abandono mi pluma,
libre de argollas,
que huirá de mi mano
buscando odas
para sanar su plumín
de mi… ¿deshonra?
¡Pues no! Esto es poesía
fuera de norma.

Como habréis advertido,
no hubo pastores
de mininos ni gatos
que filosofen,
aunque eso pretendía.
Ruego perdones.

©Ángeles Sánchez Gandarillas