jueves, 13 de junio de 2019

LA MUJER BUENA




Voy a contar una historia. Casó muy joven con su amado. Llegaron de Asturias, buscando una vida mejor. Habían conseguido la explotación de una granja y a ello se dedicaron con entrega e ilusión. Llegó la primera hija, que con el tiempo se convertiría en una bellísima muchacha. Llegó la segunda, más feúcha pero igual de adorada. ¡Y llegó la guerra!, la gran guerra, la terrible. Los hombres tuvieron que marchar y las mujeres hubieron de bregar ellas solas con los campos, los animales y las familias.

El fin de la contienda y la pobreza obligó a muchos a emigrar a América, había que conseguir capital para poder arrancar de nuevo, no sería por mucho tiempo. Él hubo de marchar al poco de llegar. Su esposa tardó mucho en tener noticias. No era fácil. Ella siguió luchando como siempre. Poco a poco, fue recibiendo algún dinero y gemas preciosas, un método más seguro de hacer llegar su capital. Se lo enviaba su marido a través de un grumete, hijo de unos amigos del pueblo, que solía viajar un par de veces al año a América. Con los años, supo que a ella solo le llegaba una parte de lo que mandaba su esposo. Al grumete tramposo no le era suficiente el pago recibido por hacer de correo (de varios emigrantes) y se quedaba la mayor parte de las joyas. Andando el tiempo, el ladrón montó una empresa de autobuses, que hoy perdura.

            Las cartas fueron espaciándose. El hombre había formado otra familia en Nueva York. Conoció a una joven emigrante como él y la juventud y la soledad hicieron el resto. La asturiana permaneció fiel… e ignorante a los quehaceres de su lejano marido.

            Fue elegida por su pueblo “la mujer buena” –también había “un hombre bueno”–. Sus consejos, opiniones y decisiones eran acatados como las de un juez. En asuntos de poca monta: matrimonios desavenidos, riñas vecinales, pequeñas herencias, trifulcas y, sobre todo, cuestiones de honor. Se acataban las decisiones de ambos, juntos o por separado.

            Un día, ocurrió. Le habían dicho que, en el monte Selmo, había unos algarrobos. Ella solía ir por leña cerca del lugar. Aprovechando el camino, pensó en recoger unas algarrobas que, secas y molidas, pudiera añadir a las pulientas. En casa tenían huerta, gallinas y cerdos. No pasaban hambre, pero estaría bien añadir algo sabroso y distinto. Bajaba con su carga, ese día más ligera, cuando, en un recodo del camino, se le plantó delante Blas, el pastor, al que siempre saludaba cuando se lo encontraba por el monte. Ese día le vio la mirada oscura y extraña. Se asustó y soltó la carga, intentando echar a correr, pero no le sirvió de nada. La mala bestia violó y ultrajó a la buena mujer. Bajó al pueblo con las manos vacías, el cuerpo lastimado y los ojos apagados. Nadie lo supo. Nada dijo. Cuando nació su hijo varón, acudieron pocas vecinas, pero nadie la perturbó. Tal era su grandeza. Siguió siendo, mientras vivió, “La Mujer Buena”.

Remedios Llano©
Comillas, junio 2019

EL ARCÁNGEL DE PARÍS




            Sus mujeres parecen vivas, parecen hablarte desde el lienzo, es como si las sintieras hasta respirar. Hay algo mágico en sus retratos y no hay dama de alcurnia en la capital a la que no haya pintado o esté en cola para hacerse pintar por El arcángel de París, así apodado debido a su costumbre de mostrarse siempre en público de riguroso blanco inmaculado de pies a cabeza. Las que aún no tienen su retrato, su busto o su desnudo pintado por el Arcángel están démodé y se las mira con desaire. Pero hace unos meses, él, tras tantos años pintando lo mismo, se sentía encasillado, sin pasión por lo que hacía y al borde de la depresión. Su médico le aconsejó una cura de descanso lejos, donde nadie le conociera, donde el aire fuera puro y los alimentos sanos. Y así llegó el maestro a un pueblo perdido en una serranía española de la cordillera Penibética. Y nada más llegar, la vio y supo que era la musa que le sacaría de su letargo y su apatía. Su corazón cabalgó desbocadamente y ya no tendría un momento de paz hasta convencerla de que posara para él. Fue una revelación. Harto de hacer retratos de damas refinadas, maquilladas, perfumadas, vestidas de forma inmaculada, la Vicenta estaba allí, ante él, en estado puro, sin las adulteraciones de la civilización, auténtica, campestre, asilvestrada, serrana. Lejos de aquellas sofisticadas damas parisinas, tan pulidas ellas, muñecas de salón, maniquíes de escaparate, la Vicenta era simplemente una hembra. Y le fascinaba. Y, pese a la inicial reticencia del marido y parientes, finalmente halagados ante la perspectiva de que su pueblo fuera conocido allende sus montañas y sus sierras y que la Vicenta atrajera riqueza para todos, se dejaron convencer.

            París hervía con los incesantes chismorreos, habladurías, conjeturas, bulos y comidillas acerca de qué se cocía en el estudio del Arcángel, que llevaba dos meses sin salir de él creando lo que ya se decía que sería su obra maestra. Tal era la fama del pintor que el día de la presentación de su cuadro en una afamada sala de exposiciones acudió la crème de la crème parisina, el ministro de Cultura y la Vicenta y sus familiares, que, con su alcalde a la cabeza, fueron invitados por el maestro como muestra de agradecimiento por haber accedido a sus deseos.

La expectación era enorme. Una tela, con los colores de la bandera francesa, cubría el lienzo. El Arcángel de París, de blanco impoluto, con no disimulado orgullo, anunció:

            Et voici, La Vicenta à poil!

            Con reverencia casi eclesiástica, un clamor de admiración se elevó de entre la concurrencia parisina.  

            –¿Me mande? –se elevó de entre la concurrencia de la serranía patria.

            La Encarnita, que una vez sacó un ocho en Francés, acudió en ayuda de sus mayores:

            –La Visenta en pelota, coño.

            Ante la atónita mirada de unos y otros, el pintor mostró el cuadro de la Vicenta yaciendo en cueros, en deliberada imitación de La maja desnuda en versión  rústica, descarada, fresca, insolente. Sus muslos, jamoneros, potentes, rollizos, carnosos –de buena crianza gracias a su dieta rica en algarrobas, según explicó el Arcángel– hicieron rezumar adormecidos deseos entre los otrora desganados y ahora inflamados varones. Sus brazos, apoyados bajo la cabeza, descubrían sendos tomillares de frondosa vegetación que, ajenos a las aburridas depilaciones a la moda, mostraban, con hirsuta insolencia, la naturaleza brava de la sierra hispana. Lejos de los pubis a la usanza parisina, yermos, inhabitados, con textura de sepia a la plancha, la Vicenta desplegaba un exuberante oasis azabache cuya tupida flora reptaba hacia el ombligo y en el que, a diferencia de aquellas naturalezas asépticas, muertas, se adivinaba allí la vida, una vida invertebrada serpenteando entre la maleza pilosa. Y frente a los delicados, insulsos, indecisos y aburridos senos parisinos, allí estaban, opulentas, descaradas, desafiantes, las dadivosas ubres de la hembra serrana.
 
            Nadie antes ha hecho tanto por la fraternidad hispanofrancesa como la Vicenta. En Francia, se le ha concedido la Orden Nacional de la Legión de Honor, y en España, la Real Orden de Isabel la Católica, ambas a título póstumo, pues la Vicenta murió de un garrotazo propinado por su marido. Su imagen se va a imprimir en los billetes de 50 euros en toda Europa. En la bolsa francesa de materias primas agrícolas, la cotización de la algarroba española se ha disparado hasta máximos históricos.

La Vicenta à poil puede verse en el museo del Louvre, unos metros más allá de  la Gioconda. La gente pasa presta, desinteresada, ante el cuadro de Da Vinci, ansiosa por llegar y detenerse ante la obra maestra del Arcángel de París. El número de visitantes crece sin parar. A la salida, el clamor es unánime:

            Vive l’Espagne! Vive l’algagobá!

José-Pedro Cladera Fontenla©

LOS HIJOS DE LA MANCHA




Llegué de amanecida a una aldea, cuando el sol iluminaba el paisaje y las caras de pánico de sus vecinos. Las gentes me lanzaban miradas de incredulidad y desconfianza. Les saludaba con la mano, pero sus semblantes eran de rechazo absoluto.

Observé, a larga distancia, un cercado de madera lleno de niños que jugaban con piedras y palos. Cuando me acerqué, vi, estupefacta, que todos tenían una mancha en la frente en forma de uva y de color vino tinto.

Alguien desde una casa me hizo señas para que me acercara y lo hice a toda prisa, asustada por lo que acababa de contemplar. Me rogó que pasara al interior para poder hablar tranquilamente y no ser vistas ni oídas.

–He visto unos niños…

–Calla, calla –me dijo la mujer–, nos pueden oír, y las consecuencias…

–¿Por qué tienes tanto miedo a hablar?

–Bebe un poco de agua y descansa. Te explicaré lo que sucede en la aldea.

Se escucharon trotes de caballos y mucho griterío. La mujer cerró las ventanas y me ordenó, con un gesto, silencio.

Me quedé dormida, estaba exhausta y desperté llegada la noche. Solo se escuchaban los cantos de unos grillos y el croar de las ranas de un riachuelo cercano.

Jimena, que así se llamaba la mujer, me había preparado unos huevos con pan y frutos del bosque, que engullí con celeridad, y un vaso de leche de cabra.

Le costaba verbalizar los hechos, dudaba cómo comenzar. Hablaba muy bajito, como si temiera ser escuchada por alguien detrás de la puerta.

–¿Te fijaste en la mancha de los niños de la cerca? ¿Viste a la caballería del marqués entrar avasallando a las gentes?

–Sí, por eso quería preguntarte, ¿quiénes son?, ¿por qué están cercados? ¿Y esas manchas en la frente?

–Son los hijos del Marqués de la Pernada, fruto de las violaciones. Cada semana, coincidiendo con el mercado, sus soldados hacen una redada por la comarca y secuestran a una joven. Las llevan al castillo, donde el marqués las viola y, cuando quedan embarazadas, las devuelve a sus familias. Si nacen niñas, quedan al cuidado de sus familias; si son niños, los entregan a las amas de crías, que los cuidarán hasta que tengan cuatro años. Después son trasladados y encerrados en las cercas, como si de animales se tratara. Son atendidos por el personal del castillo, reciben buenos alimentos, pero los tratan a latigazos. Cuando cumplen dieciséis años, son trasladados a un campo de entrenamiento, donde los preparan para ser soldados del marqués.

Yo asentía, incrédula y aterrada. No preguntaba nada, no quería interrumpir su minuciosa narración de tan siniestros hechos.

Nos fuimos a dormir, evitando así mis preguntas. Cuando amanecía, escuchamos el galopar de caballos. Nos levantamos de golpe y atisbamos detrás de los cristales. Los soldados se habían concentrado en la plaza y solicitaban una curandera para arreglar los problemas de impotencia del señor marqués. En un plazo de veinticuatro horas debería personarse en el castillo.

–Jimena, escucha con atención –le dije yo–. Soy curandera y tengo la solución al problema del marqués. Esta tarde iré hasta el castillo para ofrecer mis servicios.

–No, no puedes ir, puede costarte la vida en caso de no poder curar al maldito violador.

–Tranquila, sé cuidarme sola. Quiero y puedo ayudaros. He de intentarlo. Su impotencia intensificará su violencia hacia vosotros y las consecuencias serán terribles. Tengo un licor de algarrobas secas, que he tenido en maceración un año, y es la solución para su impotencia.

Me despedí, cogí mis bártulos y emprendí el camino del castillo, donde fui conducida a los aposentos del tirano. El marqués estaba tendido en un camastro y bebía vino, con tanta ansiedad que se derramaba por las comisuras de sus labios. La imagen me produjo náuseas y estuve a punto de vomitar.

–¿Tienes la solución a mi problema? Sabes que, si no logras curarme, tendrás consecuencias poco agradables. Tienes una semana para que los resultados sean visibles. En caso contrario, serás entregada a los soldados de las montañas y ellos se encargarán de darte tu merecido.

–Sí, la tengo. Antes de una semana estará curado, señor marqués. Pero tiene que seguir las instrucciones al pie de la letra. Se trata de una enfermedad muy contagiosa, y los siguientes serán todos los hombres que están a su servicio. Todos deben ponerse en tratamiento hoy mismo. Reúna a todos sus soldados, beban todos el vino que yo les prepare con las gotas medicinales y, en cuarenta y ocho horas, usted recuperará un vigor inimaginable.

La noticia de la muerte del marqués y sus soldados corrió como la pólvora. Las gentes lo celebraban, el terror se había acabado.

Jimena me agarró la mano:

–¿Tienes algo que contarme?

–Se ha hecho justicia… naturalmente.

Nieves Reigadas©

MOMENTOS




Lo que empezó con el beso una tarde de invierno,
termina por convertirse en polvo, como la algarroba.
Tras la gran cogorza, queda la resaca y, en ella,
recuerdos en forma de un fantasma
 que recorre las ruinas de un vejo castillo.

Fantasma que aterroriza a sus visitantes
con historias de oscuras guerras
y con recuerdos de tiempos brillantes.

Historias de cómo dejamos de ser humanos,
de cómo nos pudrimos, convertidos en marcianos
y, al final de todo, de cómo nos matamos.

Recuerdos de pequeños momentos
en los que no importó pasado ni futuro
y por los que merece vivir en este mundo oscuro.

©Lucas Nuño

ALGARROBAS




            Tengo que reconocer que, sobre algarrobas, nunca he sabido nada. Cuando vivía en Madrid, dando un paseo por la urbanización, en una hondonada, vi unos árboles frondosos de los que colgaban como unas judías enormes que me llamaron la atención. Pregunté y me dijeron que eran algarrobas. Sentí curiosidad, pero la verdad es que, en el sitio donde estaban, era complicado satisfacerla y desistí.

            La segunda vez que me topé con otras algarrobas fue el año pasado en el Puerto de la Cruz (Tenerife). Cerca del hotel, caminando por la acera, otras algarrobas que sobresalían de un jardín pendían sobre nuestras cabezas, pero ni se me ocurrió tocarlas.

            Dado que tenemos que escribir sobre ellas, he mirado en Internet y me he llevado una grata sorpresa al ver el valor de esta planta, lo olvidada que está y el hambre que quitó en los tiempos de guerra.

            Alimento muy completo, y España, productor principal mundial. En Argentina usan su harina para hacer un pan especial llamado patay. Desecadas, tostadas y pulverizadas, se usan como espesante. Tienen un sabor dulce; el cincuenta por ciento, azúcares naturales. Gran cantidad de minerales –calcio, seis veces más que el cacao y equiparable al queso–. Ácidos grasos, oleico y linoleico. No posee gluten –una maravilla para celiacos–. Hasta sus flores son comestibles, con un gusto agradable, picante, usadas en ensaladas y hasta para hacer buñuelos. ¡TODO UN DESCUBRIMIENTO!

                       
                                    Mª EULALIA DELGADO GONZÁLEZ©

UNA FLOR ESPECIAL




Su jadeo dejaba a las claras el dolor que padecía, aunque sin emitir palabra.  Tortugueábamos por la finca de don Manuel. Ella oprimía mi mano, pidiéndome una pausa, y yo la abrazaba y la alzaba unos centímetros del suelo. Con su fragancia y diáfano peso, yo me sentía el enamorado feliz, olvidando, por un lapsus, el mal  que la carcomía. El descanso duraba más que el tiempo andado. Y así, cual plumas empujadas por el destino, llegábamos hasta el brazo inferior del algarrobo. Mientras la dejaba medio recostada en el tronco, con el  corazón respirando con dulzura, yo trepaba unos cuatro metros y arrancaba, con mimo, media docena de flores acorazonadas. Un ramillete en la mano izquierda y, ayudándome con la derecha, bajaba a su vera: en las ondas doradas de su angelical cabellera, le iba insertando los pétalos carmesí.

            Durante el regreso, como si el contacto de las flores acorazonadas nos insuflara energía, caminábamos al paso de Lur. No sé si el perrito ralentizaba su marcha, pero los tres formábamos un trío compacto.

          Don Manuel, viéndola tan risueña, tan bella, se henchía de optimismo. No, su hija no podía padecer ningún mal letal, los especialistas se confundían. Alba, su Alba, era el motor que lo mantenía vivo. Haciendo acopio de valor, le informé de que algunos árboles mostraban síntomas de enfermedad: sus hojas estaban siendo atacadas por un hongo de nombre desconocido, pero que iba alimentándose del bello verde,  volviéndolo en negro manchón. ¿Cómo manifestarle que el mal se parecía al sarcoma que él conocía tan de cerca?

            Don Manuel, siguiendo mis instrucciones de agrónomo, me envió a la ciudad para comprar el fungicida con el que intentaríamos exterminar el hongo: tenazas modernas para podar las ramas, el compost nutritivo... De paso, la receta del oncólogo para que, en la farmacia Longo, comprara el Valium y la morfina, imprescindibles en casa como el pan.

            En el calendario de la salita, donde Alba había señalado con un rotulador rojo los meses de estío que correspondían a la floración de corazones amorosos, su padre había dibujado una alianza: Alba no cabía de gozo. Incrustando sus dientes en los labios, cuando el dolor se hacía imposible, pero sin emitir una queja, se dedicó a dar instrucciones a las modistas. Su vestido largo de organdí, bordado con hilo de oro, sería adornado por un velo de seda con flores rojas, frescas, naturales: acorazonadas. Mi corbata, bermellón, sobre camisa blanca, rompería el chaqué negro. El perrito, Lur, mostraría un collar de flores rojas.

            Por deseo de la  novia, caminamos los últimos cincuenta metros. Yo iba un metro por delante de don Manuel y Alba, con pausados andares para que ella no se fatigara. Me subyugaron los aromas de jazmines y azahares; los trinos de los pajarillos sonaban entre los lapsus que dejaban los tañidos de la iglesia de Santa Teresita de Algarroba. Yo, a falta de un café, ora acariciaba la chaquetilla, ora la solapa, negras.

Ya en el pórtico, empezó el Chorus Hallelujah de Haendl al órgano. Ya se pusieron de pie los invitados; ya sonaron los ohhhs ante la beldad de la novia... A la una y diez, nos dimos el SÍ, quiero. Nos intercambiamos las alianzas. “Ya puedes besar a la novia”, dijo el oficiante. Alba se hizo con una flor de su velo y me la ofreció. Segundos después, mi amor fue derrumbándose...

            El silencio y la pesadumbre se volatilizaban mientras el órgano entonaba el            Adagio de Albinioni...

                                                       San Vicente de la Barquera, a  9 de junio de 2019
                                                          Isabel Bascaran©

ERIKA




            Tengo poco tiempo para arreglarme, media hora, no más, para recibir a mi primer cliente. Me miro al espejo y empiezo a maquillarme los ojos en tonos negros y los labios en un rosa muy brillante. No me reconozco una vez he terminado. Mi pelo, rubio cobrizo, que antes llevaba recogido en dos trenzas, ahora está suelto, desmelenado y con volumen. Me dan, de pronto, unas terribles arcadas y un asco de bilis al pensar que pronto cruzará la puerta un baboso y sudoroso hombre, con una prominente barriga, que va a hacer conmigo lo que le dé la gana. Salgo corriendo, dando traspiés, y llego por los pelos al baño, donde vomito compulsivamente.

            Duran poco, unos minutos. Muchos de ellos dejan media paga de la fábrica de coches en mujeres como yo. Oigo en el súper cómo sus esposas se quejan porque no llegan a final de mes para comprar las papillas de sus bebés.

            Me paro a pensar en lo cerca que estoy de cumplir mi sueño. Me podré ir de Ystaad con mis tres niños y tendré el suficiente dinero para establecerme en un pueblecito de Grecia. Abriré un restaurante delante del mar, sobre las rocas, y lo pintaré de un blanco inmaculado y los tejados de azul metalizado. El jardín estará lleno de algarrobos, naranjos y buganvillas. Bajo sus sombras, pondré las mesas, con farolillos de colores. Unos sobrios sofás, azul cielo, para tomar café estarán alrededor de una cascada de agua, y tapizando el suelo, unas grandes cestas de mimbre repletas de frutas.

Sólo me faltan dos meses. Atrás quedará cuando mi pareja me abandonó con los tres niños tan pequeños. Imposible tirar adelante fregando suelos. Imposible. Así no podíamos comer los cuatro. A los pequeños, el hambre ya había empezado a hincharles las barriguitas. Recuerdo que no me lo pensé más y arreglé una habitación con espejos y la tapicé en rojo. Allí no se entraba para nada más. La mantenía cerrada a cal y canto.

            Me sobresalta el timbre de la puerta. Me miro el vestido escarlata, ajustadísimo, mis medias negras con costura y me dirijo, con unos tacones de vértigo, a abrirla. Le doy un beso y el hombre empieza a tocarme y a respirar entrecortadamente. Lo llevo de la mano hacia la cama. Se baja los pantalones, me desnuda e intenta penetrarme; pero no puede, está demasiado borracho. Se pone violento, pero no me doy cuenta de que está sacando un cuchillo del pantalón. Lo último que oigo es “No valéis una mierda. Eso es lo que se merecen las putas como tú, que sólo sabéis sacar el dinero sin ganároslo”. Quiero quitármelo de encima, pero no puedo. Está sentado encima de mí a horcajadas, teniéndome inmovilizada. Está como loco y tiene los ojos inyectados en sangre. Por un momento, muevo las piernas y le doy en todas sus partes, pero eso ha sido un tremendo error. Me pega en la cara con saña. Le digo que pare y que se largue, pero sigue pegándome con una fuerza brutal.

            Veo el filo del cuchillo brillar. Siento cómo se hunde en mis carnes. Noto la sangre fluir, caliente, por mi cuerpo y su sabor metálico en la boca. Ladeo la cabeza hacia la ventana y miro, hipnotizada, cómo la lluvia golpea torrencialmente los cristales y el cielo está de un pesado azul plomizo. El fuerte viento silba con rabia a través de la cortina de hielo. Me sumerjo en un mar frío y oscuro. Voy bajando muy lentamente por una escalera de hierro oxidado, viendo cómo las burbujas escapan de mi boca a cámara lenta, muy despacio, subiendo a la superficie. Mis pies se enredan con las suaves algas, de un color verde brillante, acariciando todo mi cuerpo con movimientos danzarines. La música de Tchaikovsky inunda mis oídos, dando lugar a una calmada placidez. Nada existe, sólo silencio y quietud. Sigo descendiendo más y más, flotando entre estrellas y corales. Una corriente tira de mí y me arrastra hacia las profundidades, sacudiéndome sin ninguna benevolencia, y mis ojos, dorados, se vuelven negros como el alquitrán. Volando hacia el abismo, allá en el fondo, veo una pequeña casa junto al mar, sobre las rocas, y tres niños jugando bajo los algarrobos del jardín.

Francis Cortés Pahissa©

ALGARROBAS




Después de las tres noches que durmió en “decúbito prono”, es decir, boca abajo y la cabeza de lado, debido a sus “inquietudes” sin resolver, se prometió no volver a la playa a contemplar mozas en ropa interior de colores.

            Los cuatro días restantes de sus vacaciones, se dedicó a conocer el entonces pueblo marinero y a las “benidormeras”.

Cambió el traje negro por una camisa de grandes flores naranjas y verdes, pantalón verde hasta la rodilla, calcetines blancos, chanclas azules de playa y gorra a juego. Ese cuarto día paseó por las concurridas calles, viendo mozas en pantalón corto y camiseta ceñida, lo que no le ayudó a calmar sus “inquietudes”. Cansado, con sed y los ojos como un camaleón, se animó a entrar a una cafetería, ¡él, que nunca entró en la taberna de su pueblo! Pidió una caña de cerveza fresquita. No solía beber, pero tenía tanto calor que la ingirió de un trago. Y luego siguió otra y otra… y otra. Todo le daba vueltas, no atinaba a poner el codo en la barra. Como pudo, se sentó en un taburete, que comenzó a girar sin parar, y salió despedido, cayendo estrepitosamente al suelo. Las chanclas, también; la gorra no, la llevaba bien enroscada.

            Cuando abrió los ojos, la señora de la limpieza, con moño apretado, le daba cachetitos en la cara intentando reanimarlo.

            –¿Está “usté” bien?

            –Fsi, fsi –decía Sindulfo, con risita tonta.

            Ya sentado en una silla y con un café bien cargado, ella se presentó: Altagracia, onomástica: 21 de enero. Alta sí era, le sacaba dos cabezas, y seca, alargada y cetrina como una algarroba.

            Soltera como él, Altagracia le acompañó hasta la pensión, agarrada, melosona, a su brazo. Y pensaba: ¡Soltero!, tierras, animales, tractor y… ¡virgen! ¿Dos hermanas? Bah, ya se verá, si son como él… ¡Este no se me escapa!

            –Sindulfo, mañana es mi día libre. Vendré a visitarle por la tarde, para quedarme tranquila.

            Esa noche, él estaba como en éxtasis y durmió decúbito supino, pensando… guapa no es, pero las feas duran más, ¡no te las quita “naide”! Y es soltera, y virgen, de pueblo, como yo. ¡Esta no se me escapa! La impresionaré. Iremos a ese restaurante fino que he visto hoy, “La Fondue”. Suena a extranjero. Y, con sonrisita tontorrona, se entregó a los brazos de Morfeo.

            Altagracia llegó enfundada en un vestido gris, abotonado hasta el moño y cubriéndole las rótulas. Encontró a Sindulfo frente al televisor, con su traje negro y camisa blanca, repeinado como si le hubiese lamido su vaca Margarita. Se saludaron tímidamente y él le dijo que se encontraba ya muy bien.

            –Altagracia, “soy agradecío” por lo de ayer. La invito a cenar a un restaurante “desos de postín”.

Ella se hizo la remolona, lo justo, diciendo que no la confundiera con una fresca, ya que era “mu honrá”. Sindulfo, colorado como una amapola, respondió;

            –Usté perdone, si no pué ser…

            Altagracia, al ver que él daba marcha atrás…

            –Haré “unaparte por ser usté”. Iré.

            Caminaron, sin apenas hablar, hasta el restaurante. Un camarero, que hablaba extranjero, les condujo hasta una coqueta mesita con mantel rosa y una velita encendida, en un balconcito lleno de plantas. El garçon les dejó dos grandes cartas. No entendían nada de lo que estaba escrito. Sindulfo, para impresionar a su dama, leyó lo primero: “FONDUE BOURGUIGNONNE DE VIANDE DE BOEUF, FRITE A L´HUILE”. Silbó al garçon, que, anonadado, acudió:

–¿Monsieur?

            –Queremos dos de “FONDO BORGINO DE VIEN DE BUF FRITO”, “mufrito pamí y vien de buf y pa ésta tambien”.

            –¿Et pour boire?

A Sindulfo se le cambió “la color”, se puso blanco. El camarero, al verle desorientado, les hizo entender, por mímica, que qué deseaban beber. Miró a Altagracia y ésta pidió agua. El garçon dijo:

            –¿De l´eau?

       Y Sindulfo:

            –De lo… de la que quiera. Del grifo mismamente, una jarra bien grande.

            Les sirvieron la fondue: calentador de alcohol, recipiente con aceite, tenedores de mango largo, varias salsas y la carne cruda en daditos para freírla en el aceite. Miraban sin saber qué hacer. Sindulfo, una vez más, tomó la iniciativa: pinchó y pinchó la carne, dos, tres, cuatro trozos, los untó en las diferentes salsas y, por último, en aceite. Ella le imitó: la comieron cruda. Al rato, llegó el garçon pidiendo perdón –eso sí, en extranjero– por no haber encendido el infiernillo. Lo prendió y, con gestos, les hizo saber que la carne se fríe. Minutos más tarde, el aceite comenzó a humear, chisporrotear… Sindulfo, de pie, asustado, vertió sobre el recipiente la jarra de agua. Altagracia huyó despavorida, hasta se salió del vestido gris abotonado hasta el moño.       De lo que allí ocurrió, aún se comenta hoy en día por la enorme bola de fuego que se formó.

            Continuará…
                                                                          
Ana Pérez Urquiza©

LOS MIVIS




—Mi vida, ¿estás lista? Que llegamos tarde.

—Ya voy, mi vida.

Como casi cada dos viernes. Amparo y Joaquín (en adelante, MIVIDA1 y MIVIDA2) iban a casa de María y Beltrán a cenar. Esta vez, sus amigos —más mundanos y experimentales— les sorprendieron con sus recetas a base de harinas de algarroba. Apenas quisieron probarlo; para ellos, la algarroba era un producto para cerdos y punto. Después de aquello, tardaron algún tiempo en recuperar las cenas de “casi cada dos viernes”.

            Como la mayoría de los sábados, MIVIDA1 y MIVIDA2 se uniformaban con prendas de Decathlon e iban al Carrefour a hacer la compra.

Como todos los domingos —y esto sí que era sagrado—, iban a comer a casa de los padres de MIVIDA1.

—Qué bien cocina tu madre, mi vida —decía MIVIDA2.

Como todos los lunes, salían de sus zonas residenciales de la periferia y se dirigían a sus trabajos y, a la primera oportunidad, lanzaban su frase preferida: “¿Qué, de lunes?” 52 lunes al año no existían para ellos.

Como cada noche, veían su talent show preferido mientras enviaban mensajes con sus terminales móviles.

            Como cada vez que intuían la posibilidad de un triunfo deportivo, se ponían las camisetas, se pintaban con los colores del equipo y se apropiaban del resultado en primera persona. Daba igual que fuese futbol, tenis o petanca; lo importante era sentirse parte del colectivo.

Como cada día, aunque odiasen sus trabajos, intentaban sonreír para subir puestos en el escalafón de los siervos.

Como cada vez que había elecciones, MIVIDA1 y MIVIDA2 cambiaban el rumbo de las instituciones y no eran conscientes de ello.

Pasó el tiempo y todo seguía igual: los odiados y amargos lunes, las periódicas comidas en casa de la suegra, las compras compulsivas en la gran superficie, las frases manidas que copiaban de la televisión, las canciones abrasivas, los bailes grupales coreografiados y las series de moda… Hasta que, pasados cuatro años, un colectivo de especialistas en investigación de mercado, contratados por una multinacional productora de alimentos funcionales, tomaron como referencia a otros personajes similares a Amparo y Joaquín para su estudio. Los extrapolaron, buscaron clones y detectaron al segmento más amplio de la población para dirigir sus productos. Al final, concluyeron denominar a este grupo con la etiqueta de MIVIS, acrónimo de los “mi vidas”.

Meses después del estudio, mientras MIVIDA1 y MIVIDA2 disfrutaban de su talent show preferido, el presentador resaltó las bondades de los alimentos elaborados a partir de la algarroba. MIVIDA1 y MIVIDA2 se miraron y, resignados, se quedaron en silencio. Dos días después, aparecieron los campeones de la copa de balonmano con camisetas de “algorrobator, que te pone como un tornator”; otro día cualquiera, una bloguera estupenda vendía que su exuberancia y vitalidad la conseguía gracias a los extractos de algarroba, mientras que los influencers no hacían más que subir suculentos y visuales platos de algarrobas en las redes sociales; y hasta en el trabajo, el jefe de MIVIDA1 le contó que tomaba complejos vitamínicos a base de algarroba, lo que le ayudaba a afrontar “los lunes lleno de fuerza y de energía”, como rezaba el anuncio de la televisión.

Uno de casi todos los sábados, mientras MIVIDA2 recorría los pasillos de su gran superficie, se encontró con los lineales repletos de productos con extracto de algarroba. Miró a ambos lados, para cerciorarse de que nadie la observaba. Y cuando estuvo segura, arrampló con todo lo que pudo y se dirigió, con la cabeza bien alta, hacia la caja. Ya en el coche, una sensación de euforia la acompañó, se sentía parte de algo. Llegó a casa y descubrió que MIVIDA2 la estaba engañado: encontró un bote de complejos vitamínicos de algarroba en su mesilla de noche. No se lo recriminó, se sentían seguros siendo partícipes de la nueva moda establecida.

Como casi cada dos viernes, volvieron a casa de María y Beltrán, coincidiendo con la final de futbol. Esta vez llevaron camisetas para todos con el logo de Algarrobator, el nuevo patrocinador, y pidieron pizzas de piña con extracto de algarroba. Cuando su equipo marco el primer gol, gritaron, se abrazaron, se besaron y se intercambiaron un mutuo “¡mi vida, te quiero!”

Corrieron a por más cervezas a la cocina y descubrieron que éstas, ya no sólo es que las comprasen a granel en envases reutilizables, sino que estaban formuladas con agua de mar y algas. Se quedaron en silencio y extrañados, pero al rato les dio igual. Sabían que los complejos de algarroba que tomaban eran el antídoto ideal para afrontar las depresiones, las decepciones y la envidia. Y lo más importante, dejaron de jodernos los lunes al resto de los mortales.

Óscar Nuño©