miércoles, 25 de marzo de 2020

EL PAPEL




El día que Hans Mathaus Valls supo que la guerra no mataría a los suyos, hacía frío, mucho frío. La maldita primavera se resistía a llegar a los Alpes bábaros, y nadie se había preocupado de poner una calefacción en la improvisada caseta que hacía las veces de centro de telecomunicaciones en Berghof, la residencia de vacaciones del Adolf Hitler en el sur de Austria. A Hans le temblaban las manos mientras revisaba el texto que la máquina Enigma acababa de escupir. Revisó varias veces el código hasta darse cuenta de que el temblor no era por el frío, era por el miedo.

Eran las tres de la madrugada y su superior, un oficial de las SS, dormía en la residencia. Llamarlo por la línea interna sería despertar a toda la casa, y las noticias eran malas, muy malas; bastante follón se iba a armar como para, encima, hacerlo con escándalo nocturno. La otra opción era recorrer el kilómetro que separaba la caseta de la entrada del complejo y darle el papel al jefe de la guardia, pero eso suponía un kilómetro de bajada y otro de subida con la nieve recién caída calándole hasta los huesos, pues lo cabrones de las SS veían a la gente como él, hijo de un alemán y una española, como inferiores, así que lo más probable era que lo hicieran regresar andando sin ofrecerle un café ni nada caliente. Así que decidió acercarse a la puerta de la residencia, a menos de doscientos metros, y que fuese el soldado de guardia el que despertase a su superior; además, mientras esperaba en el recibidor, se calentaría un poco.

Hans revisó de nuevo el papel antes de meterlo en el sobre. Saber tantos idiomas le suponía a veces algunas confusiones cuando traducía rápido. Por eso prefería el turno de noche: era más largo, pero apenas había trabajo y lo hacía solo, lo que le permitía tomarse su tiempo para traducir y transcribir fidedignamente todo lo que le llegaba. Así que no tenía dudas: las noticias eran muy malas para sus jefes y muy buenas para él. No pudo evitar que una sonrisa adornara su rostro mientras recorría el camino mal iluminado y cubierto de nieve que le conducía hasta la guardia del chalet. Hizo un esfuerzo poco a poco se le borrara, debía llegar con el gesto descompuesto por mucho que le alegrase pensar que sus padres, sus abuelos maternos y toda la gente con la que se había criado en su querida Valencia no iba a tener que vivir el horror de la guerra. Así que puso en su mente las fotografías de Varsovia que habían llegado días atrás, llenas de cuerpos mutilados dispersados por las calles, para mudarse la sonrisa por un gesto marcial.

Sus pasos por la nieve, silenciosos, no alertaron al soldado de guardia, que, molesto por ser despertado del duermevela, tardó en reaccionar y a punto estuvo de darle un culatazo. Hasta que vio el sobre rojo y supo que su guardia tranquila había acabado. Antes de ir a buscar al oficial de comunicaciones al mando, intentó sacar información a Hans del contenido, pero este se limitó a poner el pulgar hacia abajo, en un gesto que el guardia maldijo mascullando entre dientes tacos abundantes.

En efecto, en el recibidor hacía calorcito, tal y como lo recordaba de la última vez. Hacía solo un mes que el Füher pasó allí unos días y Hans había llevado un comunicado del estado mayor informando del avance de las tropas en Polonia. Entonces eran buenas noticias, y antes de regresar a la caseta le habían dado un café caliente. Hoy no sería así.

La esperanza que Hans puso en las malas noticias le hizo recordar que hacía más de un año que no veía a su familia. Terminada la guerra en España, su padre, un alemán ingeniero de minas enamorado de este país, lo había mandado a Alemania para completar sus estudios de técnico en radioseñales, y desde entonces lo habían enrolado forzoso, por sus buenas notas y conocimiento de idiomas, en las comunicaciones de las SS.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando Martin Bormann irrumpió en el recibidor. Martin era un cretino despiadado, lo que le llevaría a ser, años más tarde, secretario personal de Hitler, e incluso ministro durante días, antes de morir junto al Füher el 2 de mayo de 1945. Cuando leyó el papel que contenía el sobre rojo, enmudeció durante unos segundos y ordenó que Hans y el soldado lo acompañaran hasta el cuarto de Hitler. Ambos se miraron atónitos, mientras pensaban que el único motivo de que los hiciera acompañar era el miedo de Martin a la reacción colérica y que necesitase ayuda para escapar vivo del despacho que precedía al cuarto del Füher, no se entendía de otra manera. Así que los tres subieron las escaleras hasta el cuarto y, quedándose fuera Hans y el soldado, pudieron escuchar los gritos de Hitler después de leer el papel.

            –¡Ese enano cabrón nos la ha jugado, maldito hijo de puta
Hans no pudo evitar soltar una carcajada y, cuando el soldado lo mandó callar diciendo que haría que los fusilasen, le preguntó que quién era el enano cabrón y por qué se la había jugado al Füher, a lo que Hans contestó:

            –El enano cabrón es Franco, y en el papel pone que España no entrará en la guerra.

Santos Gutiérrez©

BLANCURA




Papel en blanco. Blanco de perla seca.  

Entiendo que debo derramarme en ti; quiero, siempre quise.

Blancura que me asusta mucho y me estimula aún más. Indefenso. Capaz de cargar con magníficas novelas y vulgares libros. Siempre dispuesto. Puedo hundirme en ti o puedo rasgarte. Buen amigo y grandioso enemigo.

Las primeras letras con trazo tembloroso, aquellas rayas negras paralelas y yo metida dentro. ¡Cuidado, que te sales! ¡Atenta, un poco más grande! El olor a goma y grafito y la lengua asomada entre los labios. Mis maravillosas primeras letras, mis semillas. El baby corto y las rodillas juntas. El pupitre verde.

Las primeras cartas de amor, letra azul de pluma azul. Esperando en el internado al triste cartero bordeando la acera, cargando con sus años y con nuestras ilusiones. El remite, que solo yo descifraba desde lejos. ¡Papel! Aquel amor epistolar que hoy haría enrojecer a muchos valientes. ¿Cibersexo? ¡Bah!

Cuitas, desahogos, confidencias… El papel amigo aguanta y soporta todo. Sufre heridas y disfruta besos. Papel de seda.

Hoy no podrás llegar a mi querido grupo de amigos; yo tampoco. Nos dice el director que debemos cantarte. Que no podemos tocarnos.

Esto pasará. También pasará.

Dios nos bendiga.

Remedios Llano Pinna©
MARZO 2020
COMILLAS

ERA UN PAPEL...




ERA UN PAPEL...

Era un papel escrito
con letra muy nerviosa,
estaba en el Quijote
durmiendo una cogorza,
los signos del beodo
estaban en la nota,
austeros y precisos
con tinta pelirroja,
por eso destacaban
los rasgos y las sombras
producto de resacas
con fiestas y con bromas,
quizás de algún momento
de versos y de rosas,
abrazos y caricias
con tiernas carantoñas...

Era un papel de cine,
actor de poca monta,
estaba obsesionado
con ser un Casanova,
y entonces El Teatro,
de forma muy curiosa,
le dijo que actuara
buscando su paloma,
y el joven, cual Tenorio,
con manos temblorosas,
pedía a las estrellas
el baile de las moscas,
los labios silenciosos
ansiaban esas joyas
de vida y de locura
en mente del idiota...

"...Y allí quedó el papel,
que cuento en esta historia,
en medio del Quijote,
sin gatos ni amapolas..."

Rafael Sánchez Ortega ©
16/03/20

EL PAPEL




            Klaus von Kirchhoff fue el mejor actor de teatro de todos los tiempos. La crítica decía de él, como en otra época dijo de Niccolò Paganini, que tenía un pacto con el diablo y que, más que interpretar a sus personajes, gozaba de la insólita facultad –y temeridad– de transmutarse en ellos. Sobre el escenario, Klaus dejaba de ser él y era, realmente era, Shylock, el judío usurero, cruel, despiadado y vengativo de El mercader de Venecia. Acabada la obra, los espectadores, lejos de aplaudirle, le maldecían, le vituperaban, le insultaban; sentían genuino odio y desprecio hacia él. Hasta que, pasados unos minutos, salían de su trance y, poco a poco, dejaban de ver a Shylock a medida que cobraba cuerpo el genial von Kirchhoff. Y entonces le aplaudían rabiosamente hasta dolerles las manos, incondicionalmente rendidos ante aquel gigante de la escena.

            El actor era raro, muy raro. Mientras otros grandes de su época alardeaban de representar tantas o cuantas obras en un año, cuantas más mejor, Klaus podía pasarse ese tiempo, o más, sin aparecer en público, retirado en la casa solariega de su familia en Baja Sajonia, sin recibir visitas, estudiando hasta la extenuación y haciendo todo tipo de extrañas ceremonias y conjuros para conectar con un más allá que sólo él sabría en qué consistía, hasta lograr esa identificación, esa transmutación sin la cual no se exhibiría jamás. La gente sabía que, cuando saliera al escenario, no verían a Klaus von Kirchhoff, sino que, por obra de la extraña magia del actor, como tocado éste por una varita mágica sostenida por el mismísimo Dostoyevski, gozarían del extraordinario privilegio de conocer en persona a Dévushkin, entrar en el alma compleja de su vulgaridad, ignorancia y profunda infelicidad, tratando de mantener su dignidad aun conformándose con las migajas de un amor no correspondido. Y la gente se emocionaba y se compadecía del atribulado funcionario ruso, y salían del teatro convencidos de haberlo conocido en persona, encarnado en el cuerpo prestado de Klaus. 

            Un acontecimiento insólito revela elocuentemente la personalidad perturbada y aterradora de von Kirchhoff. Encarnando al personaje de van Gogh en una representación sobre la vida del genial y atormentado pintor, en la famosa escena en la que se corta una oreja, fue tan sobrecogedor el grito de dolor, tan estremecedor el realismo con que se retorcía apretándose un pañuelo ensangrentado para contener la hemorragia, que un médico de entre el público saltó al escenario… y quedó aterrado ante la realidad. Desde entonces y hasta el fin de sus días, Klaus llevó siempre una parlota española del siglo XVI que le colgaba sobre un lado de la cara, ocultando la horrenda cicatriz.

            Le fascinaba Gregorio Samsa, el personaje de Kafka en su mundialmente conocida y mal traducida obra La metamorfosis. Un crítico berlinés, oyendo a su interlocutor extranjero hablar sobre esta obra, le preguntó si había leído a Kafka en alemán, a lo que el otro le contestó que no, que lo había leído traducido. El primero le espetó: Entonces usted no ha leído a Kafka. Desde el título, le dijo, ya está mal traducida: en alemán no se llama La metamorfosis, sino La transformación; pero además, la palabra alemana usada por el autor para esa transformación tiene el matiz de degradación, aspecto éste que está totalmente ausente en la palabra metamorfosis. Y así toda la obra está plagada de malas traducciones que alejan el sentido del Gregorio de Kafka. Y Klaus von Kichhoff sería el primer intérprete fiel de Gregorio. Digo mal: sería, por primera vez sobre un escenario, el mismísimo Gregorio, como nadie antes lo había visto ni lo vería jamás después. Gregorio era una alimaña monstruosa, deforme, repulsiva, cercana a un escarabajo gigante… pero con una vida interior intacta, incluso más acentuada por el inmenso dolor psicológico que le atormentaba y el drama infinito de su vida, sin comprender por qué le ocurría a él, hasta llevarle a la muerte por saturación de dolor. Y aislado en su retiro de la Selva Negra, absorto en su papel, en íntima comunión con el espíritu del escritor bohemio, que él captaba en sus extraños trances telepáticos, Klaus se iba transformando él mismo. Las pocas personas que le vieron allí, siempre y únicamente de su familia, se asustaban al ver cómo su mirada adquiría una intensidad animalesca, enigmática; se preocupaban por ver cómo Klaus pasaba horas arrastrándose por los suelos, cómo a veces respondía a las preguntas que le hacían con sonidos guturales incomprensibles y cómo se refugiaba en rincones alejados ante la presencia humana. Al cabo de unas horas se recuperaba, pero no pasaba un día sin que viviera esas extrañas transformaciones. Y cuando finalmente llegó el estreno, algo hipnótico debió de pasar con la percepción colectiva, porque la gente salía del teatro jurando que habían visto a un repugnante escarabajo, pero que les había hecho llorar con su profundo dramatismo.

            No obstante, el personaje más trascendental en la vida de von Kirchhoff, el que más le fascinó y para el cual se preparó con un ahínco jamás superado ni por él mismo, nunca llegó a subir a un escenario. El actor fue encontrado muerto en su casa de la Selva Negra pocos días antes del anunciado estreno. La conmoción fue tal en el mundo de las artes escénicas que muchas salas europeas exhibieron durante un mes en todas las representaciones crespones negros en homenaje a tan soberbio intérprete. Aterradora la imagen en la portada de los periódicos de aquella trágica jornada, donde el actor yacía en el suelo sobre un baño de sangre. Murió ensayando el suicidio de su admirado Yukio Mishima, cuya escena quería que fuera de una crudeza jamás antes conocida. La katana de mentira, de material blando, que le había proporcionado la compañía que le contrató, reposaba, aburrida de inacción, sobre una consola. Klaus von Kirchhoff se habría sentido un insecto repugnante, como el de Kafka, engañando al público con una que no fuera la auténtica, afiladísima, del genial escritor japonés.

José-Pedro Cladera Fontenla©

LA VIDA EN GRAMOS




LA VIDA EN GRAMOS

90 gramos couché brillo.
Desfilando al cole niños.
Corre, corre, que te pillo.
Ran, ran, cataplán, ran.

Troquel y encuadernado.
Qué papel más insultante,
en mi trabajo ya he fichado.
Ran, ran, cataplán, ran.

Ecológico y libre de cloros.
Las protestas me acaloran,
se me salen por los poros.
Ran, ran, cataplán, ran.

180 satinado mate.
Qué elegante, qué vibrante.
Para celebrarlo, he quedado con mi amante.
Ran, ran, cataplán, ran.

Con Barniz UVI o sin él,
ha llegado la hora
en que algunos deben emprender.
Ran, ran, cataplán, ran.

La tirada ha sido ejemplar.
Hoy el rol es familiar:
obligado cumplimiento, con la suegra a papear.
PIM, PAM, PUM, ¡FUEGO!

©Óscar Nuño

AVIONES DE PAPEL




Allí se encontraba, escondido tras su grisácea mirada, con la vista perdida en el infinito horizonte azul donde el oleaje se fundía con el anaranjado sol crepuscular que, raudo, corría a iluminar otras latitudes remotas quizás aún inexploradas. Fue allí y en aquel preciso momento cuando, al fin, se dispuso a contar toda la verdad, aquello que tan bien conocían la soledad y el gélido viento boreal. Con la diferencia de que en esta ocasión, en vez de murmurárselo a sí mismo, lo gritaría con tanta fuerza que esperaba que una de esas rachas de vendaval llevase su historia, mezclada entre la hojarasca rendida a los pies del otoño, a colarse por las rendijas de las ventanas de todas las casas del pueblo.

Ese avión de papel…

Ella era la perfección hecha carne. Decían por las envidiosas esquinas que era una diosa desterrada del Olimpo de los inmortales, castigada a vivir con la insoportable levedad de cualquier otro individuo sobre la faz de la Tierra, pero a la que nadie se atrevió a arrebatar su inabarcable belleza. Una fiera indomable a la par que divina, de bronceada tez, ondulada e infinita melena caoba, silueta marmórea cincelada en los sueños del mejor escultor jamás nacido, y un imperturbable rostro en el que destacaban unos hipnóticos y enormes ojos tan verdes como la suma de todas las primaveras del mundo. Y con un halo de misterio insondable a su alrededor, aumentado al máximo por su eterno silencio. Nadie sabía quién era, cómo había llegado hasta aquí… Nunca de su boca escapó sonido alguno. Ni gesto. Ni ademán. Parecía flotar carente de todo sentimiento y sensación.

Maldito avión de papel…

Pongamos nombres a esta escena. Alberto era un marinero fuerte, alto, robusto, de porte imperial, hercúleo torso, rizos juguetones, generosa sonrisa y desaliñada barba donde el vetusto azabache se veía cada vez más arrinconado por el color de la nieve. El nombre de ella, nadie lo supo jamás. Alberto fue el muchacho más deseado de la villa, y no sólo por su atractivo físico, pues a ello había que sumar su jovial carácter, una buena posición económica ganada con su gran capacidad de trabajo, y un innato gen de líder. No fueron pocos los encontronazos y enemistades que generó entre las féminas del contorno, que una y otra vez se galanteaban ante él, vistiendo sus mejores etiquetas, en busca de conseguir su atención. Ninguna lo consiguió. Porque él solo tenía ojos para ella. Siempre ella. Ese inalcanzable objeto de deseo al que nada alteraba y con el que nadie podía soñar, pero que estaba presente en las madrugadas de todos los hombres que alguna vez se habían cruzado con esa criatura.

Papiroflexia…

Fue un soleado mediodía de abril. Domingo festivo. Alberto andaba por el puerto, terminando con algunos preparativos para la semana de trabajo: víveres, aparejos… Nada especial. Rutinas habituales. Hasta que pasó lo imposible. Sentada, con los pies colgando sobre el agua oscura de la bajamar, ella. Siempre ella. Esa inquietante presencia. Esa belleza sobrenatural. Como tantas y tantas veces anteriormente, la atracción que sentía por ella se acababa convirtiendo en pasmo y miedo ante su cercanía. Les pasaba a todos igual. ¿Qué poder tenía aquella extraña dama? Nadie podía contestar a ese enigma.

Alberto tenía entre las manos una hoja. Un papel con manchas de salitre e indescifrables garabatos de tinta azul. Era donde apuntaban las capturas y las ventas de cada día. Una de sus aficiones era crear figuras de papel. Doblando y redoblando filos y esquinas, era capaz de convertir aquellos rectángulos blancos en barcos, animales o casi en cualquier objeto. Y tenía la capacidad de hacerlo de manera inconsciente y sin prestarle atención; simplemente con el tacto de sus manos iba dando vida a esas formas. Y así, ensimismado en la contemplación de esa mujer ancestral, fue como se dio cuenta de que, en sus manos, como por arte de magia, había aparecido un liviano avión de papel. Un avión que, conducido por una brisa invisible, voló hasta posarse en el regazo de ella. Y se produjo el milagro. En su cara inexpresiva creyó advertir una mueca, un tímido pero sincero esbozo de sonrisa. Sí, no cabía duda. ¡Había sonreído!

Con pasmosa habilidad, desdobló todos los pliegues que formaban el avión hasta dejar el folio inmaculado. Como nuevo. Y con la misma asombrosa velocidad, comenzó a juguetear con la hoja hasta crear la forma de un corazón perfecto. Un corazón que la misma brisa caprichosa, soplando de repente en sentido contrario, condujo haciendo cabriolas en el aire hasta caer en el suelo junto a mis pies, al mismo tiempo que, con la voz más melodiosa jamás escuchada en galaxias a millones de años de luz de este momento, pronunció:

–“Yo también te quiero. Siempre.”

Cuando levantó la cabeza, solo escuchó el ruido del zambullirse de un cuerpo en el agua. Nunca volvió a emerger. Pero Alberto también le juró amor eterno.

En el pueblo, nunca nadie supo qué sucedió con aquella mujer y cómo desapareció. Alberto envejeció milenios de golpe y se retiró a la soledad de su casa, de la que nunca volvió a salir. Un día tras otro repitió la misma rutina. Con toda la lentitud del mundo, bajaba la mirada con quietud, exhalaba un suspiro, y tomaba con suavidad el respaldo de su vieja banqueta de roble, descolorida y carcomida por la polilla. Colocaba el asiento en el centro de su habitación, justo frente a un viejo y mudo carrillón de vagas agujas, inamovibles e imperturbables desde que tenía uso de razón, y que era incapaz de dar bien la hora ni tan siquiera dos veces al día. Y simplemente, armado de desquiciada paciencia, se limitó a esperar a que el inerte reloj avanzase hacia ese tiempo imposible cuya sombra nadie podrá hollar jamás. Su única compañía, una amarillenta hoja cuadriculada a la que, sin prestarle la más mínima atención, iba dando forma, entre sus agrietadas manos, de avioncito de papel.

Óscar Gutiérrez Franco©
Taller de Escritura de San Vicente de la Barquera – Marzo 2020

EL PAPEL



El despertador sonó a las ocho, como siempre; pero hoy su marido, antes de ir a la oficina, la dejaría en la clínica, que quedaba bastante cerca. Tenía hora a las diez. Comenzó a beber el agua que le habían dicho, para hacerle una ecografía, y ya estaba de siete meses.

Cuando estuvieron montados en el coche, Claudia se dio cuenta de que se había dejado el papel en el mueble de la entrada.

–Me he dejado el papel. Porfa, ¿me lo puedes traer?

–¡Sí, cómo no! ¡Qué! ¿Aprieta?

–Ufff…  Ya tengo casi ganas de orinar.

–¡Pues no te queda nada! Espero que tengas suerte y te cojan a la hora.

            –¿Llevas más agua para tomar por el camino?

            –¡Nooo…! ¿Más todavía?

Se encaminaron a la ciudad, y a Claudia se le hacía eterno, cola y más cola, los atascos de la hora punta. Por fin, llegaron a la puerta de la clínica.

–¡Sal deprisa, que aquí no se puede aparcar!

–¡Ya voy!

–Cuando acabes, te coges un taxi y te acercas a la oficina.

–No creo que me haga falta. Saldré temprano y me podré ir dando un paseo.

–¡Vale cariño, hasta luego!

En Información, le dijeron dónde estaba la sala de espera. Al entrar, vio bastante gente, más de la que se pensaba encontrar. Cuando salió la enfermera, se levantó para darle el papel, y le dijo:

–¡Tengo hora a las diez!

–¡Ya la llamaremos, no se preocupe! –fue su respuesta.

La gente pasaba y pasaba. Claudia se sentía cada vez más incómoda, pero aguantaba… Las once, y seguía allí sentada. Las doce… ¡Ya no podía más! No se podía mover so pena de hacer allí mismo un charco. De pronto se dio cuenta de que llamaban a una señora que, por su atuendo original, se había fijado que había llegado mucho más tarde que ella.

Se levantó, con las piernas cerradas, y, a pasitos cortos, logró llegar donde estaba la enfermera, cuando esta salió.

–Perdone. Llevo aquí más de dos horas y no me llaman, y ahora veo que entra una señora que ha venido mucho más tarde. Yo tenía hora a las diez.

–¿Pero cómo se llama usted?

–¡Claudia Arribas!

–¡Venga conmigo! Entraron y miró los papeles.

–¡Pero si no la tengo!¡Dios mío!

–¡Vamos a ver dónde lo he podido dejar!

Peregrinaron por varios lugares y entraron en un despacho.

–¡Nada, no veo nada!

Apartó un libro de sitio y ¡ALLÍ ESTABA!

–¡Por Dios, perdone! Llevamos un día de locos, vamos ahora mismo a hacerle la ecografía.

Claudia ya no podía, literalmente, caminar. Un suplicio subirse a la camilla.

–¡Todo va perfectamente! Ahora se ve muy claro el sexo. ¿Ya le han dicho lo que es? ¿Quiere saberlo?

–¡No, quiero sorpresa!

Solo quería levantarse de aquella camilla y poder ir al baño. Cuando salió y pudo respirar a gusto, el aire de la ciudad hasta le pareció puro.  

Entre coches y comercios, iba paseándose y disfrutando de la mañana primaveral. De repente, sintió en su vientre una patada colosal.

–No me hace falta que me lo digan, brutito mío…

                                                                       Mª Eulalia Delgado González©
                                                                                   Marzo 2020
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                              

EL PAPEL




Llevaba tiempo sospechando de sus hijos.  De su suegra, no.  Luisa apenas salía  casa; sus hobbies eran laborar la huerta y ver películas en blanco y negro. Fina, su mujer, por su carácter bipolar, a menudo, o yacía en la cama o se dejaba llevar por actos incontrolados. Miguel empezó a llevar la contabilidad de su cartera: en el debe, el dinero gastado en pequeñas compras, y en el haber, las pesetas que le quedaban. El golpe propinado a sus hijos adolescentes –cras, cras, cabeza contra cabeza–, haciéndoles perder el conocimiento, le hizo reflexionar su acto bestial. (Desde que empezó a llevar la contabilidad, no faltó  un duro. Los sábados, les proporcionaba la paga que Iban y Haritza le pagaban con sonrisas angelicales; les debía de parecer un tesoro ya que ni fumaban, ni bebían...)

            El segundo sábado del mes, Miguel acudía al mercado del pueblo. Se acercó a la Caja Rural y sacó suficiente dinero para pagar todo tipo de gastos que conllevaría el mes de octubre. Según se acercaba a la salida, echó un vistazo a la libreta. Se paró en seco para entender lo que le decían sus ojos, giró, se trastrabilló, hijo de mala madre, vociferó y le estampó dos libretazos al dueño de la caja. Éste acudió a los comprobantes.  Allí, estaba: Serafina Egurrola Alonso: el jueves 20 de septiembre había cobrado un millón de pesetas.

            Nada más salir de la entidad, medio hipnotizado, se dirigió al transportista a pagarle el último camión de paja, y encargar otro camión –esta vez, de alfalfa–. Se acercó al puesto de herramientas y compró una hoz de mango rojo y con el filo ávido, capaz de  hendir en el aire un papel volador.  Algo aliviado, se hizo con los encargos de Benita.

            Aprovechando que Fina dormía, acordaron  contratar  un detective para que la vigilara los jueves, día de mercado, que era cuando Fina bajaba al pueblo.

            4  de octubre: Hoy, Fina ha comprado un par de zapatillas grises, silenciosas en la zapatería J.J. Después, se ha hecho con una hermosa merluza del Cántabrico, que, envuelta en papel  de periódico, ha guardado en su bolso negro. Ha usado billetes de cien pesetas. En el bar Tate, ha degustado un pastel cocotte y un café con leche. Al salir, se ha dirigido directamente al taxista Cariñoso, que, haciendo honor a su apodo, no habrá pronunciado más que hola y adiós.

11 de octubre: Fina no ha acudido al mercado, ya que el sábado Miguel hará los encargos.

18 de octubre: Fina se ha acercado al mercado y en el stand chic se  ha regalado una blusa blanco-roto y, como es habitual en ella, ha comprado pescado: un precioso besugo. Lo ha pagado con otro billete de cien. Un cocotte y un café con leche en la cafetería Tate. Ni qué decir tiene que le gusta el silencio, pues se ha acomodado en el coche de Cariñoso.

25 de octubre: Fina ha salido de la peluquería: la melena, más corta y favorecedora. Viste un abrigo rojo y, bajo él, la blusa blanco-roto. No ha faltado a su tarea de comprar pescado: hoy, un hermoso mero que le ha costado un potosí. Sin cargo de conciencia, ha entrado en el restaurante Toldope, donde ha pedido un vermut Martini Bianco con unas olivas y ha ojeado el periódico. Se le ha acercado Kurutzebarri, el casamentero; ella le ha saludado con un frío hola. Mientras él se frotaba las manos, ella, consciente de su atractivo, erguida como una damisela, le ha dejado descompuesto.

            Tal como convenimos, son ciento cincuenta pesetas por el trabajo. Pienso que Fina es de fiar. Nos vemos el  día de la feria.  

            Miguel se ha propuesto acondicionar el camarote. Con la escoba en la mano izquierda y la hoz en la derecha, intenta adelantar la paja, los rastrojos y los fardos anteriores.

            La  punta de la hoz sujeta un sobre marrón, sucio, raído. Miguel llama a Benita y a Fina; ésta llega bostezando.

Mirad lo que he encontrado: las efigies, de color azulado, del rey emérito, roídas; las esquinas rosas de la Casa de América, mordidas...

            Yo no me acordaba dónde había escondido el sobre... Tenía miedo de que fueras a quedarte con nuestro dinero...  Era cuando estaba insana.  Lo  siento, Miguel. 

Las lágrimas hidrataban las mejillas. Benita se hizo con la  hoz de mango carmesí y diciendo “Oh, milana bonita”, cercenó el dedo índice de Fina.  El río rojo fluía entre la lividez de los cuerpos.

                                                            Isabel Bascaran©
                                                            San Vicente de la Barquera, a 3 de marzo de 2020