domingo, 16 de febrero de 2020

LEONARDO




No había nada que hacer, solo andar, dejar vagar la mirada por las lindes del camino, asombrarse del resultado, digno del mejor de los jardineros, de la mezcla de flores y de otras muchas plantas silvestres, nacidas al azar –o no tanto, a la vista del resultado–. ¿Cómo podía haber tanta belleza dentro de aquel caos?

Había decidido tomarse unas vacaciones y El Camino le pareció una buena opción: tendría tiempo para pensar y le mantendría en forma.  

Se agachó, cogió un diente de león y sopló y, con los paracaidistas, su imaginación también voló, hasta su infancia, y sonrió.

El móvil estaba apagado. Había decidido no dejarlo ni siquiera en silencio, nada que pudiera llevarle de vuelta a la vida.

En ese momento, se cruzó con una hilera de hormigas que, ajenas al resto del planeta, formaban una fila sin principio ni fin. Así se sentía él, en otra dimensión. Hablaba con otros peregrinos, paraba en bares y albergues, todo ello formaba parte de su nuevo mundo.

El cansancio físico de los primero días, debido a la falta de práctica y a la ansiedad que no le permitía respirar en profundidad, dio paso a un estado de relax y alegría.

Se despertaba cuando estaba descansado, dormía largas siestas a la sombra de algún árbol, se bañaba en los ríos que encontraba y su única preocupación era seguir las líneas amarillas que marcaban el camino.  

¡Qué poco necesitaba! La mochila iba vacía. Le vino a la cabeza el libro de Anthony de Mallo: Ligero de equipaje. Lo releería a la vuelta.

—Ay, ¡qué daño! —Acababa de recibir un varazo en la espalda que le sacó de su sueño y le trajo de nuevo al centro de meditación Zen donde estaba pasando el fin de semana.

—Señor Leonardo —dijo el maestro—, debe levantar la mano pidiendo la vara si ve que se va a quedar dormido.

Asentí, hice tres respiraciones profundas y continué en la misma posición, sentado en la del loto, con las piernas cruzadas, a un metro de la pared, mirando hacia ella. Parecíamos una clase de niños castigados. Inspiré profundamente y continué contando hasta diez, mirando fijamente el punto en el suelo que había colocado justo a un metro de mí. Los siguientes diez minutos fueron eternos. Por fin  sonó la campana y nos indicaron que nos pusiéramos de pie y caminásemos en círculo con pasos lentísimos alrededor de la sala, uno detrás de otro. En ese momento no pude contenerme, una risa floja empezó a hacerme temblar y no podía parar; la situación me superaba. La risa, como si fueran los vapores de una olla a presión, empezó a salírseme por todos los poros de la piel y comencé a sudar. Sudaba y temblaba. Percibí que mi compañero de atrás ya había sido contagiado y así, uno tras otro, como las fichas del dominó, fuimos cayendo. La sala temblaba. Cuando estuve a la altura de la puerta de salida, me escabullí. Inmediatamente, la risa se me cortó, pero lo había pasado tan mal que no tuve fuerzas para entrar de nuevo. Me acerqué al tablón de actividades y vi que mi labor era barrer hojas secas en el jardín. Cogí la escoba y, con la atención puesta en el trabajo, me fui a hacer montoncitos.

—¡Pero qué haces, Leonardo! ¿Has dormido aquí? —Los gritos provenían de mi jefe.— Sabes lo importante que es la presentación de hoy. Si perdemos este cliente, ya te puedes despedir.

Me levanté, horrorizado, entre un montón de papeles. La baba se me había caído encima de alguno de ellos y la tinta estaba corrida. Di un salto, miré todo aquello: el despacho, con sus luces blancas, frías, la cara de mi jefe… y un escalofrío me recorrió la espalda.

—Leonardo ¿dónde vas?

—A por tabaco.

Almudena Pascual©
Ruiloba, 9 de febrero de 2020


EL CAOS







Esa noche estaba cansada debido a mi estresado trabajo, tenía caos y confusión absolutos en mi cabeza. El director de la empresa, por causa de la trepa de mi compañera, me estaba haciendo la vida imposible. Me acurruqué en mi cama, envuelta en el edredón. Llegó la hora de apagar la luz y encender los sueños.

            Me encontraba extraviada en un frondoso y espeso bosque. Caminaba sobre piedras cubiertas de verde musgo por un camino rodeado de grandes helechos; la niebla baja me envolvía, respiraba frescura, olía a humedad. Mi perrita me adelantaba varios metros, nerviosa; se paraba, olisqueaba y volvía a olisquear meneando su rabito. De pronto, comenzó a ladrar, asustada. Algo salió al camino. Huyó despavorida, aullando. Ante mis ojos, apareció un gigante amenazador: un solo ojo, largas barbas y melenas rojizas. Supuse que era el “Ojáncanu”. Tras él, su mujer, la “Ojáncana”, con colmillos de jabalí, alas grandes y unos pechos tan enormes y deformes que se los echaba a la espalda. Vi como se llevaba a mi perra volando hacia una cumbre. Yo, paralizada, no me podía mover del miedo. Noté que, de un bardal, me tiraban de la falda y pellizcaban mis piernas: era un travieso “Tentris”, me dijo después. Él me protegió del “Ojáncanu”, pues, al verle, este gigantón desapareció ante este duendecillo picarón.

            Yo lloraba, quería encontrar a mi perrita. Comenzó una fuerte tormenta y aparecieron geniecillos malignos, diminutos, obesos. Bajaban de las nubes, provocando la tormenta para divertirse: eran los “Nuverus”. Escuché una triste melodía de flauta. Entre la lluvia, apareció un hombre alto, sombrío, aire de cansado. Caminaba por las brañas, vestido de musgo, sombrero de hojas y escarpines de piel de lobo. Me condujo, sin dejar de tañer la flauta, a una cabaña de piedra para pasar la noche y desapareció: era el “Musgosu”, ayudaba a personas en apuros por los temporales. En una mesa había leche, harina y unas albarcas. Aparecieron unos seres juguetones, me tiraban harina a la cara, bebían leche sin parar, abrían las ventanas, acompañados de risitas y lloriqueos, me escondieron las albarcas: supe que eran los “Trastolillus”.

            Me adormecí de agotamiento, impregnada de harina. Abrí los ojos. A mi lado se hallaba una “Anjana”: era un hada buena, pequeño tamaño, bella, manto chispeante de estrellas, corona de lirios y rosas, vara florida que brilla diferente cada día de la semana; vivía en las fuentes, de donde sale a bendecir aguas, árboles y ganado; protectora de gente honrada, enamorados y extraviados en el bosque, como yo –me dijo–. Le relaté todo lo sucedido y mi gran pena por el rapto de mi perra por la tetuda, “Ojáncana”. Con vocecita dulce, me dijo que no me preocupara, que me llevaría hasta mi mascota y la rescataría. Llevaría una comadreja, pués la “Ojáncana”, a pesar de ser tan terrible, sentía un inmenso pavor ante la minúscula comadreja. Y por su marido, el “Ojáncanu”, gigante de fuerzas sobrehumanas, que lucha con toros “tudancos” y siempre sale vencedor, y solo, solo, se acobardaba ante las “Anjanas”. Pues bien, era sabido que, si le llegasen a arrancar un pelo cano de su rojiza barba…, moriría sin remedio…

            Sentí cosquillas en mi nariz. Abrí los ojos… Allí estaba mi querida, a mi lado, subida en mi cama, dándome lametones en la cara y los buenos días. ¿Y si le arranco al director una cana de su poblada barba? ¿Y si le regalo una comadreja como mascota a la tetuda y trepa de mi compañera de trabajo? ¡Ummm…!

                                                                        Ana Pérez Urquiza©


sábado, 15 de febrero de 2020

¡AY, QUÉ DARÍA YO!



El polvo del camino,
la fragancia de unos pinos,
el murmullo de un río,
el brillo de una estrella…
Ay, qué daría yo! 

La honradez de su gente,
la verdad de sus palabras,
las arrugas de sus manos,
las migas de su pan…
¡Ay, qué daría yo! 

Ese viento que embiste,
esa mar brava que solloza,
esa cala que me acuna,
ese querer que no me calla…
¡Ay, qué daría yo! 

La luz de una amada tierra,
el sueño de unas noches,
el corazón de una madre,
la lágrima de un silencio…
¡Ay, qué daría yo! 

Una vida lejos que se va,
una ilusión que se pierde,
una puerta cerca que se abre,
un castillo nuevo que se crea…
¡Ay, qué daría yo! 

El caos de unos amores
que no encuentran su camino,
fundiéndose en abrazos
de esperanza a una hija...
¡Ay, qué daría yo! 

Dime tú, como parar
esa nostalgia desgarradora,
ese caudal descontrolado
de ese fuego que es mi tierra…
¡Ay, qué daría yo! 

Son las ocho y no para
ese largo pasadizo
de estrecharse entre sus aguas,
¿sabes, amigo mío, a dónde va?...
¡Ay, qué daría yo! 

Dile, cuando esté solo
y cerca de una dulce ola,
que fue ladrón de mis sueños,
de mi vida y de mi historia.
¡Ay, qué daría yo! 

©Francis Cortés Pahissa

EL CAOS NOCTURNO




Hace veinte años, tras una canícula, llegó un otoño seco, marrón. Sobre la tierra negra, se levantaron lenguas rojas que comían, vertiginosas, los escasos esquejes que oscilaban entre los troncos de los pinares. Sí, se parecía a mi infierno y, en pocas horas, las llamas, con sus pavesas al arder, rodeaban el hospital Santa Marina de Artxanda, la atalaya de Bilbao.

            Vamos a proceder a la evacuación del hospital. Que nadie use el ascensor, ni la salida de incendios. Todos los enfermos van a ser movidos por nuestro personal y luego transportados en ambulancias a los centros más  cercanos. Empezaremos la evacuación por la última planta. Por favor, mantengan la calma; ayuden sólo si  se lo requiere  el hospital.   

            Yo me frotaba las manos. Con voz interna, acuciaba a los menos enfermos a que, con la mente fría y paso calmado, se marcharan del hospital: je, je, je, mi mente omnisciente sabía que algunos serían míos en el transcurso de la noche. Tan mezquina como la mía es el alma humana, pues es capaz de marchar abandonando a sus parientes a la deriva: je, je, je. Los pocos familiares de los últimos enfermos en sacarlos de aquel infierno aguantaron estoicos, sin mencionar la situación caótica por la que estaban pasando. Sé de quién les llegaba aquel temple. Por fin, se cerraron las puertas de la ambulancia con los pacientes entubados del primer piso. La única familiar corrió hacia su coche: aceleró y se puso a la rueda del estrepitoso bólido. Al llegar a Bilbao, aceleró aún más: hizo caso omiso de los semáforos, señales de circulación, retiró de su paso a todos los demás coches y desapareció en su huida. La cuidadora perdió de vista la ambulancia; ante la tesitura, optó por el sentido cívico y respetó las señales. Entró en el hospital de Basurto –era el más cercano– y estacionó cerca de las ambulancias. Hacía unas pocas horas, sin representantes políticos, que habían abierto las puertas del reconstruido pabellón Gandarias. Los enfermos imploraron por los médicos, mas estos, las enfermeras y los celadores atendían a un operado del corazón, que perdía sangre por litros: éste sí que es mío, je, je, je. Pero lo salvaron.

En las siguientes tres horas, cotejaron a los demás enfermos, parchearon sus males y los condujeron al barracón de los años de la guerra y postguerra civil. Belleza ante sordidez: ventanas desnudas, paredes enmohecidas, suelo de piedra grisáceo. Los enfermos apenas notaron las sábanas apergaminadas, con olor fétido. Pronto comenzaron los gritos de hiena de los enfermos de cáncer, las toses flemáticas de los asmáticos, las vomitonas de los operados de próstata, la urgente súplica, a mi rival, de cambio de sonda... Yo me frotaba las manos: je, je, je, pero entré en una especie de duermevela. Al alba, empecé a vislumbrar unos seres, afanosos, que portaban cubos y cepillos; otros que acarreaban mobiliario nuevo, y quienes abrazaban ropas con olor a  lejía... ¿Sería que estaban adecentando mis dominios? Yo no les había dado ninguna orden...
                                                                   
                                                                             Isabel Bascaran
                                                                San Vicente de la Barquera, a 3 de febrero de 2020

EL CAOS




Al caos aparente del arte le han buscado, como a todo, un sentido. Se ha ido, a través del tiempo, compartimentado y dividiendo. Arte rupestre, egipcio, romano, gótico, expresionista, impresionista, hiperrealista, cubista… ¡Todo es arte, parecen decir ahora! No hay nada más que ver ARCO.

            El descubrimiento de las pinturas rupestres de la cueva Chauvet, en Francia, parece que obligó a replantearse el pasado con las maravillas que encierra, tan elaboradas, y las clases de animales. Se pensó que tendrían 20.000 años, pero, con la prueba del carbono 14, se supo con gran sorpresa que tenían 36.000. La tienen cerrada, pero hay un documental, que se llama LA CUEVA DE LOS SUEÑOS OLVIDADOS. Si se podía pintar así, ¿éramos tan monos como quieren hacernos creer? Ufff…

            Con nuestro cuerpo humano, cuando nos hacemos una herida algo grande, nos asustamos y pensamos que somos una bolsa de sangre y más sangre, hasta que caemos en la cuenta de que ese caos aparente tiene bastante solución. Venas, arterias, muchos órganos y huesos, cada uno estableciendo su trabajo.

            ¿Quién no ha hecho alguna vez una mudanza? Y después de hacer una selección de lo que se va a llevar, cuando llegas, dices: ¿Dónde diablos metemos todas esas cajas que llegan al techo? Pero procuramos relajarnos y vamos leyendo el contenido: cocina, salón, ropa cama, juguetes, libros, libros, libros… ¡Como pesan! Y los vas dejando, y entonces piensas en el caos aparente de una biblioteca… Historia, Ciencia, Poesía, Arte… ¡Todo en su sitio!

            Al día de hoy, ¿queremos más caos que el que tiene este planeta Tierra con el temido Coronavirus? Desde China, por desgracia, se va extendiendo. Con los aviones, estamos todos conexionados y, como dice el Dr. Cavadas, esto no tiene trazas de ser un negocio para vender mascarillas. Ya van muriendo muchas personas.

            ¡Es para pensar! Qué grandes somos al lado de un virus que solo se ve al microscopio, y él solito se puede cargar a media humanidad. Ya pasó otras veces a lo largo de la historia, y ahora, con tantos adelantos, esperemos que de verdad se pueda atajar y desarrollar una vacuna.

            Estamos en manos de la Madre Naturaleza. Animales y personas, a lo largo de los siglos, nos hemos tenido que plegar a ella, y seguimos siendo arrogantes… Ella no nos necesita, siempre ha seguido triunfante. Somos nosotros los que la necesitamos.
                                                                      
Mª Eulalia Delgado González©
                                                                                   Febrero 2020


EL CAOS




(Me habéis hecho descubrir que no me gusta ningún caos, pero que no siempre puedo luchar contra él)

Queridas compañeras y compañeros, en esta mi primera lectura ante vosotros, he de confesaros, perdonadme y no me crucifiquéis, que no me gusta escribir. O mejor dicho, no me gustan los momentos personales que atravieso cuando necesito sentarme ante un folio inmaculado, lápiz en mano, para plasmar negro sobre blanco mis pensamientos, sensaciones y andanzas, porque habitualmente son sinónimo de tristeza, apatía, dolor y soledad. En los días alegres no suelo acordarme de esta buena y sana costumbre que es escribir. Prometo aquí y ahora, ante tal insigne y sabia audiencia, modificar esta costumbre y continuar gastando la tinta de mis viejos bolígrafos cuando lleguen a mi vida momentos más soleados, que espero me estén aguardando detrás de alguna esquina de mi destino.

Según la mitología griega, el caos es el estado primigenio, amorfo y desordenado del cosmos. Es decir, casi nada es tan antiguo como el caos. Y sin embargo, casi nada está tan vigente en este mundo global, viral e intercomunicado, como el caos. Infinito e inmortal parece, por tanto, el susodicho.

Las primeras ideas que surcaron por mi cabeza cuando se planteó este tema venían unidas a palabras como muchedumbre, estrés, aglomeración… Habrá gente que no pueda vivir lejos de los enmarañados laberintos de gigantes vítreos y galerías grises que son las megaciudades del presente; que se sientan cómodos entre telarañas de personas que corren en tumultuosa oleada sin saber a dónde demonios van; que necesiten estar hiperconectados con personas de cualquier confín del universo que nunca les darán un abrazo cuando lo necesiten. ¡Bravo por las nuevas amistades de tan poca carne y uña! No me siento yo representado con esta tipología de personas. Será que no me gusta el caos, pensé. Nunca me lo había planteado, ciertamente. Pero bueno, con vivir alejado de esas masivas urbes, lo tengo solucionado.

Pero espera, Óscar, no corras tanto. No es tan fácil escapar de él. El caos puede esconderse también en un plato que se cae y rompe en mil pedazos por el suelo, antes blanco, de la cocina; en un libro descolocado; en una fuente que gotea incansable en la estival madrugada insomne de una aldea extremeña; en un motor que no arranca, o en el repiqueteo nervioso de una bombilla a punto de fundirse, que alumbra, intermitente, el rincón oscuro de cualquier chabola mugrienta. Vaya…, os confirmo definitivamente que no me quiero hacer amigo de este señor de nombre de cuatro letras. Pero, venga, como os habréis percatado, son todas ellas situaciones físicas, mecánicas, técnicas o automáticas, que se pueden solucionar sin mayores problemas con los expertos adecuados. Tranquilos, lo tengo todo bajo control.

Pero… tengo un pero más. Queda otro tipo de caos, ¿sabíais? Justo el que se encuentra en el extremo contrario del de mis primeros pensamientos, aquellos de velocidad, gentío y asfalto gastado que os acabo de compartir. Mucho cuidado con esta tercera versión. Es muy peligroso y virulento cuando, agazapado en su escondrijo cobarde, aguarda a su presa solitaria entre las sábanas limpias de una cama que solo se deshace en una de sus mitades noche tras noche, en la inútil búsqueda de unos felinos ojos amarillos que alumbren la oscuridad pétrea, en el aroma de unos rizos despeinados que ya no rozan la almohada, en una maleta recién cerrada con ropa limpia cuando en realidad no tienes ningún sitio a dónde ir, en una nota escrita a vuela pluma con renglones torcidos y un mensaje inesperado, en un regalo no abierto el día después de que Baltasar pasara por casa, o en un paisaje demasiado amplio para abarcarlo con dos ojos encharcados por culpa de, pongamos como excusa, un boreal y opaco viento blanco que viene justo de frente.

¡Demonios con el caos! Está presente tanto entre masas alocadas y ruidosas como en las soledades más sombrías. Y no, aún no he encontrado el antídoto para esta última modalidad. Paciencia. El tiempo me irá guiando por la senda de la vida. La palabra rendirse no existe. Podré con él. Pero aún es más fuerte que yo. Ayer mismo estuvimos juntos, contemplando las últimas pinceladas anaranjadas del taciturno sol que marchaba ya a dormir detrás de las calcáreas moles que hace no tanto tiempo eran el cartel de bienvenida de la vieja Europa para aquellos marinos que habían vencido a los océanos. Y cara a cara, le comenté entre susurros: “mírame, pero hazlo bajito y al oído, a ver si puedes sentir el olor oscuro de mis sueños hoy inalcanzables”.

Óscar Gutiérrez Franco©
12 de febrero de 2020
Taller de Escritura del Ayto. de San Vicente de la Barquera

MALDITO POLVO




El agua fluye a través del grifo hasta que refresca. Hago un cuenco con las dos manos y, una vez colmado, me lo llevo a la cara. Las últimas 24 horas han sido agotadoras y necesito despejarme de alguna forma.

Mientras me dispongo para otro refrescante golpe de agua, creo escuchar gemidos, acompasados con golpes en la pared. Tenía entendido que la gente se pone cachonda en los entierros, pero, ¡joder!, en el de mi padre no. Él, siempre tan escrupuloso con las formas, nunca hubiese aprobado que hubiese gente fornicando en su velatorio. Éramos cinco hermanos varones y habíamos heredado de él un gen primario y salvaje, con una incontinencia supina hacia el sexo; luego ya cada uno lo controlaba como podía. Mientras me secaba, se abrió la puerta del retrete y pude distinguir a través del espejo, escabulléndose, a María, la mujer de mi primo David, y luego a Borja, el pequeño de mis hermanos. Se me acercó, me puso una mano en el hombro y soltó un: papá hubiese estado orgulloso.

Soy Beltrán y esta es la caótica historia que tuvo que vivir mi padre, un hombre recto y disciplinado hasta que encontró su camino.

En el velatorio, todo seguía igual: besos, abrazos y frases de muertos. Cambié de sala y allí estaba mi primo David, rodeando, en pose protectora, con su brazo a María, la fornicadora del baño. Ella ni levantó la mirada del suelo. ¡Maldito polvo!

            Me sentía exhausto y necesitaba volver a casa y darme una ducha. En estas, se me acercó Francisco, el mayor de mis cinco hermanos, y me dijo que, aunque fuese costumbre de otros lares, se le había ocurrido dar una copa para sobrellevar el trámite. Me pareció una buena idea, y decidí quedarme un rato más. El problema es que Francisco no fue concreto con el responsable del catering y ordenó que pidiesen lo que quisieran, y la copa de cortesía se convirtió en barra libre. Tras dos horas, aquello ya no parecía un tanatorio, había conversaciones y risas en diferentes direcciones retumbando por todo el edificio. Afortunadamente, no quedaba gente de otros velatorios.

Volví  al baño y me topé con Pancho, el amigo de Borja, músico reconocido de la escena electrónica, que me sugirió ir a por una pequeña mesa de mezclas y un altavoz que tenía en el coche y ya, de paso, aprovechó y se trajo diez gramos de Tusi, el polvo rosa, la droga de moda y la más cara: una mezcla de LSD con MDMA. En ese instante me daba todo igual. Mi padre, hombre contenido, aunque no sexualmente, nunca hubiese aceptado una barra libre para celebrar su cremación, aunque sí que es cierto que le gustaba la música.

Rondaban las cinco de la mañana y la sala estaba todavía mucho más abarrotada y los beats resonaban por todas partes. No conocía a casi nadie, imagino que serían amigos de amigos que habían sido avisados de la “necro-rave”. La gente se contorneaba alrededor del féretro de mi difunto padre con danzas tribales que parecían que iban a resucitarle. Muchos se hacían selfies con él y le dejaban restos de carmín por toda la cara. Don Paco, mi padre, un hombre recto al que le gustaba el fornicio, como a todos sus hijos, nunca hubiese permitido la entrada a semejantes degenerados. Él, que siempre fue, o al menos lo intentó, fiel a mi madre y que políticamente estaba a la derecha de Franco, no se merecía semejante aquelarre.

La miré y allí estaba, gozosa y sonriente, rodeada de su séquito de transexuales, travestis y maricones. Una mujer que se rodeaba de ellos por sentirse totalmente satisfecha. Era mi madre y acababa de heredar una fortuna.

Durante el funeral y cremación del día siguiente, el 80% de los asistentes estaban sin dormir y todavía bajo los efectos del TUSI. Andaban tan colocados y excitados que, cuando llegó el momento de la paz, el sacerdote tuvo que poner orden para que unos dejasen de magrearse con libidinosos abrazos y besos y otros para que parasen de lloriquear. ¡Maldito polvo! Creo que fue el saludo de la paz más intenso que he vivido en mi vida.

Cinco días después, mis hermanos y yo, llevamos las cenizas al Cabo de Huertas, en San Juan, según voluntad del pater. Era un viernes, por lo que aquello estaba atestado de nudistas. Yo fui el encargado de realizar la ceremonia: me entregaron la urna, quité la tapa y, para mi sorpresa, estaba precintada con un plástico duro. Pedí una navaja: no había. Opté por golpear la tapa superior de la urna contra el pico de una roca. Así, con vehemencia, hasta que, en el decimoquinto golpe de rabia, saltó la ceniza de mi difunto padre por un pequeño orificio. Dejé caer parte de las cenizas que se quedaron flotando en la superficie sobre una película de aceite mientras la devoraban los pececillos. La otra mitad se la devolví a mi madre.

Seis meses después, recibí una llamada de la comisaría de Alicante diciendo que tenían una urna a nombre de mi padre y de la cual yo era responsable. ¡Maldito polvo!, pensé. Luego me retracté. Parece ser que, con el tiempo, alguien dijo a mi madre que eso de tener parte de las cenizas en casa traía mala suerte y decidió llevar el resto al mismo lugar, y a saber cómo pudo ocurrir, lo cual todavía es un misterio, pero se olvidó la urna en el tren y allí estuvo traqueteando de un sitio a otro.

Arranqué el coche y en cuatro horas estaba en la comisaría. Aguanté el rapapolvo de los agentes sobre la urna misteriosa, cogí a mi padre y me dirigí de nuevo al Cabo de Huertas. Ahora sí, sin nudistas grotescos y con una cinematográfica cálida luz del atardecer. Dejé caer el remanente, que fluyó armónicamente con la corriente marina hasta que fue a fundirse con el mar de Alborán.  Y por fin, descansó en paz.

Óscar Nuño©

CAOS




Las fiestas de Navidad,
un peñazo insoportable:
cena viene, cena va,
familia pa aquí y pa allá,
niños gritando, intratables,
y yo, hasta los respetables,
rogando al cielo piedad.

De gran solidaridad
iba yo de bote en bote
y fue por casualidad
que sentí necesidad
de salir corriendo al trote
a recoger chapapote
y lograr así la paz.

Mas hete aquí que un amigo,
con aviesas intenciones,
me dijo “Vente conmigo,
que lo tuyo es un castigo
si comparas mis opciones,
cena y tía de co… co… colchones,
aunque venga con marido”.

¿Qué pasó, qué fue de mí?
Me consumía la duda.
Solidario siempre fui,
donde fuera yo acudí
que precisaran mi ayuda,
mas si hay mujer te… te… sesuda
¡chapapote que te vi!

No mucho la dicha dura,
y un tiro por la culata
fue mi triste desventura,
pena que hasta hoy perdura
cuando, por meter la pata,
la condena a ella me ata
y a comer siempre verdura.
Si de perdidos al río
y de tripas corazón,
no me entre desazón,
mejor sacarle partido.

De ilusión lleno a montones,
le planté cara a la vida,
y con la moral crecida
voy y le echo un par de co… co… gorriones.

Pues es grande mi ventura,
¿quién si no escucharía
la sarta de tonterías
sin el taller de escritura?

Bien, amigos, preguntaos:
¿por qué leñe está este aquí?
Simplemente, porque sí;
porque, amigos, esto es… un caos.

José-Pedro Cladera Fontenla©

ENTRE EL ORDEN Y EL DESORDEN...



Entre el orden y el desorden
hay un caos irreverente.
¡Qué tortura, madre mía,
ser feliz sin ser demente!

Hay un orden que me dicta
la razón, (no me la niegues),
y es que siga a las hormigas
y entelequias en papeles.

Así sigo manejando
pensamientos y pesebres,
alpargatas y lentejas
con algunos cascabeles.
En el orden cobran fuerza
los deseos indecentes,
las pasiones furibundas
y un desorden que enloquece.
Pero todo se soporta,
¡viva el vino y los placeres!,
que eso dijo algún profeta
admirado de su suerte.

No te pierdas con el orden
a las normas sugerentes,
ni tampoco en el desorden
a las almas tan rebeldes.
Ten en cuenta los mecanos
y esos niños que los tienen,
que precisan de caricias
más allá de los juguetes.

Y por tanto no reproches
a las líneas tan alegres
que hoy desgranan estos versos,
donde el orden está ausente
porque buscan la indulgencia
en el fondo de tus sienes,
y es que llegan carnavales
y el desorden es patente...

Rafael Sánchez Ortega ©
05/02/20