jueves, 29 de octubre de 2020

LA LISTA DE LA COMPRA

 


 

Al llegar a casa, solo encontré dos notas pegadas en la nevera. La primera era un post–it amarillo informándome de que:

 

“Cariño, hoy tengo turno de tarde.

Que sepas que te quiero mucho.

TE DEJO LA LISTA DE LA COMPRA. PODRÁS IR, ¿VERDAD?”

La nevera está vacía.

 

Ese “Podrás ir, ¿verdad?” ha sonado a una orden más que a una pregunta. Pero normalmente soy yo la que lo suele decir, así que, sin rechistar, cojo las bolsas para la compra y, antes de salir por la puerta, vuelvo a la cocina a por la famosa lista (el que no tiene cabeza tiene pies).

Aparcada cerca de la puerta, para no tener que cargar con las más de cinco bolsas de recados y perder la circulación de las manos en el proceso, descubro que me queda un producto de la lista: “mascarillas”.

Decidí ir a una nueva tienda de “mascarillas y complementos” que habían abierto hacía poco y yo no conocía, pero Elena, mi compi de trabajo, me había hablado de ella esa misma mañana y había sido el descubrimiento de la semana (según las palabras de su hija). Al llegar, el escaparate era inmenso, lleno de luces de colores, más de cien mascarillas diferentes y maniquís colocados de maneras graciosas.

Crucé la puerta y era todo lo contrario al escaparate: blanco inmaculado, las paredes desnudas, un mostrador enorme que abarcaba toda la estancia… Parecía una sala aséptica más que una tienda, la verdad. No había clientes, ni cola, ni vendedora; solamente había un timbre plateado a la izquierda del mostrador y el hidrogel con olor a alcohol de mil demonios. Tras higienizarme las manos, di al timbre dos veces.

Casi al instante, salió una chica vestida de blanco con una mascarilla con lucecitas LED y unos ojos oscuros penetrantes:

            –Buenas tarde. ¿Qué desea?

            –Buenas tardes. Un paquete de mascarillas, por favor.

            –¿Higiénicas, quirúrgicas o fp2?

            –Quirúrgicas, gracias.

            –¿De tela o material quirúrgico?

Madre mía, parece un cuestionario de la revista Cuore –pensé, para mí.

–Quirúrgico. Vamos, las que lleva todo el mundo, las azules.

La ojos penetrantes (como ya la había apodado) me miraba como si hubiera dicho una locura. Saca una tablet, me muestra una foto de lo que le he pedido y sigue con el interrogatorio.

            –¿Color?

            –Azul.

–¿Azul cómo? ¿Cielo, oscuro, pizarra, índigo, océano, cerúleo, pavo real, cobalto, azul verdoso, azul Bilbao…

Mientras decía una infinidad de azules que en mi vida había visto y menos me sabía su nombre, ella pasaba con el dedo la tablet y aparecían imágenes de mascarillas azules (todas iguales).

            –¡PARAAAAAA…! Azul normal, por favor.

            –De acuerdo. ¿Cómo quiere el metal de la nariz?

            –¿El qué?

De verdad, ya estaba pensando que era un programa de cámara oculta. La ojos penetrantes cada vez me miraba de peor manera y provocaba que mi paciencia se fuera agotando.

            –El material de la zona de la nariz puede ser: aluminio, PVC, vegano, reciclado…

            –El que quieras, de verdad. Solo quiero un paquete de mascarillas

            –Sí, sí, pero somos expertos en encontrar la específica para cada cliente. Las gomas de las orejas, ¿cómo las quiere? ¿Estándar, algodón, sintéticas, extra largas, antirrozaduras…?

            –Pues… estándar, la verdad.

            –Perfecto. ¿De qué nacionalidad las quiere? ¿Portuguesas, alemanas, españolas, chinas…?

Por qué le haría caso a Elena, pensaba para mí. En las colonias es una crack; pero en mascarillas, mejor no hacerle caso. Con mi paciencia llegando al límite, decido ignorar todas las ganas de matar a la ojitos y contesto tranquilamente:

–Españolas.

            –Muy bien.

Desaparece y aparece en un abrir y cerrar de ojos con una caja de 50 mascarillas “normalitas” made in Spain y azules.

            –Son 20 euros.

Le pago, cojo las mascarillas y, al cruzar la puerta, le digo adiós. Ella me responde ”Hasta la próxima” y mi mirada es de…: Eso no pasará; la próxima vez, la que esté de tarde seré yo.

Jezabel Luguera©

CARANAVAL

 



–Brillaba, brillaba tanto… Estaba sentada y recostada sobre el hombro del hombre. Él también brillaba, pero menos. Los observé mucho tiempo, comisario; me transmitían tanta paz, tanto sosiego… En carnaval no es habitual, y menos en Venecia. Llevo varios años viniendo; ellos, no sé. Me fijé en la maravillosa máscara de la mujer, toda dorada, con los bordes ribeteados de plumas plateadas y unas pocas carmesí; tenía piedras verdes incrustadas y casi le cubría el labio superior. Un bolsito muy pequeño colgaba de su hombro, con lentejuelas de colores; lo sujetaba con ambas manos. Una túnica larga y blanca le cubría el cuerpo. Estaba toda prendida de pequeños lazos color malva, o morados, no sé. Por sus hombros caídos y sus formas, deduje que era una mujer mayor. Le juro, señor comisario, que creí que sólo descansaba apoyada en su pareja. La máscara de él era roja y verde y, en lugar de piedras, llevaba incrustadas pequeñas perlas; y no la orlaban plumas, sino un pequeño y tupido velo negro, como su túnica, que llevaba engarzadas pequeñas cadenas, pocas y de un gris brillante. No llevaba nada en las manos, ambas la sujetaban a ella, en un delicado y firme abrazo. Les miré mucho tiempo, me parecían hermosos y algo trasnochados, sobre todo sus pies. Ambos llevaban un calzado blanco y cómodo, parecido al que lleva mi abuela y que ella llama deportivas.

            –No vi nada raro, señor. Una madrugada de carnaval en Venecia no llama nada la atención. Yo me había sentado un rato a fumarme un cigarrillo, estaba cansada. Mis amigos vociferaban un poco más adelante, desayunando en una terraza. Después de un buen rato, noté algo extraño, no se movían, y les llamé a ustedes, a la policía.

            –¿Por qué me ha hecho venir al cabo de tres días, comisario?

            –Porque quiero contarle algo, signorina. Esta pareja es de origen español. Ambos estaban muertos. La autopsia descubrió un veneno poco común. Se habían suicidado. En el bolso de ella quedaban restos en una bolsita, junto a una nota para sus nietos. Se les acababa la vida y ellos decidieron cómo y dónde. Lo más sorprendente fue su aspecto al retirarles la máscara carnavalesca. Ambos tenían unas profundas marcas rojas en las mejillas, como viejas cicatrices, y un color blancuzco bajo el maquillaje. También una especie de surcos detrás de las orejas. Quería contarle nuestra conclusión. Son supervivientes de aquella horrible pandemia que asoló el mundo en 2020. Desde 2065, nos parece extraño, pero sabemos que anduvieron mucho tiempo tapados, con unas mascarillas. Fue duro sobrevivir. Ellos tienen casi 90 años. A usted le cuesta entenderlo porque estamos en una época floreciente a finales del siglo XXI, pero ellos han demostrado que pudieron. Es bueno que ustedes los jóvenes sepan todo esto. Usted fue testigo del final de una época. En unos días, sus restos serán incinerados y trasladarán las cenizas a su país. Si quiere la signorina, puede acompañar a su familia en la ceremonia. La invitan a través de mí. Quieren conocerla.

 

Remedios Llano Pinna©

Comillas

Octubre 2020.

LA MASCARILLA

 



            La Ramona era una putilla. La más carilla del arrabal. Y nadie entendía por qué. Cierto que veinte o treinta años atrás había sido la más atractiva del colectivo arrabalero, con un cuerpo de infarto y una cara, si no guapa, resultona, pero había envejecido mal. La verdad es que ahora era fea de solemnidad. Su piel era un revoltijo de surcos profundos más propios de uno de esos aceituneros altivos de la copla que de una requeridora de amoríos espurios. Además, la rodeaba siempre un tufo a ajo que se extendía, como un aura, a un par de metros a su alrededor, mezclado con efluvios de sobaco cantón que al vulgo convencional mantenía apartado. Pero, incomprensiblemente, nada de todo eso era obstáculo para que siguiera siendo “la bien pagá”, manteniendo a su muy fiel y particular clientela, compuesta de elegantes y misteriosos individuos que acudían puntualmente a sus citas periódicas con aquel singular espécimen. Clientes degenerados –se barruntaba en los bares con mesas de mármol y ruidosas partidas de dominó– que debían estar demasiado acostumbrados y hartos de los domésticos perfumes y desodorantes conyugales, en busca de experiencias más primitivas, aburridos de las inexpertas con careto de Barbie y olor a floristería de barriada que no le llegaban a la suela del zapato a la decrépita aristócrata del putiferio en bruto.

Estas y otras teorías variopintas habían corrido desde hacía años por el arrabal para explicar el éxito de la Ramona sobre sus rivales, a las que sacaba veinte y hasta treinta años aquel esperpento feo, desaliñado y maloliente. Tíos raros habían existido  toda la vida, pero lo de la Ramona iba más allá de lo comprensible. Una de esas teorías, muy divulgada y generalmente aceptada, era su dominio de los idiomas. Nadie dominaba el francés como la políglota Ramona, con un enervante acento gutural con aromas de cazalla, con resonancias que evocaban paseos parisinos en tardes otoñales bajo los castaños de Indias de los Campos Elíseos. ¡Oh, el francés de la Ramona, oh la la…! Y qué decir del eco de los oráculos de Delfos, de la llamada del dios Erecteo, del tono ronco y profundo que parecía descolgarse por las colinas de la Acrópolis de Atenas cuando la Ramona desplegaba su dominio del griego, aunque con un deje de cueva de flamenco que le daba mucho juego. ¡Por los muslos de Atenea, qué gran don para los idiomas! ¡Cuán aficionadas todas frente a ella! ¡Qué musicalidad en sus acentos cubanos!

            Todo eso estaba muy bien, pero sabido es que la clientela se aburre hasta de lo más pintado y que, donde no hay cambio, acaba por marcharse en busca de nuevas emociones. Algo más tendría la Ramona que escapaba al entender de sus envidiosas rivales, cuya juventud y buen oler no conseguía mantener a sus clientes más allá de uno o dos meses, mientras la Ramona los conservaba por más años que pasaran. Aquella bruja malcarada y hedionda que mantenía fiel una clientela de gente bien, que llegaba con lujosos coches con los cristales tintados, algunos incluso con chófer, algo tendría más allá de su poliglotismo, con el que, al fin y al cabo, todas iban adquiriendo maestría. La Ramona vivía como lo que era: la reina del puterío. Si descubrieran su secreto, ellas, tan jóvenes, bellas y perfumadas, sin duda obtendrían también su envidiable posición económica. Pero la Ramona guardaba celosamente su secreto, no soltaba prenda y en su casa no entraba más que su santa madre, que la visitaba todos los domingos después de misa.

            Una mañana gélida de finales de febrero, con las primeras luces, un vecino notó que la puerta de la Ramona estaba entreabierta. La Ramona estaba en el suelo, con un agujero en la frente y sobre un gran charco de sangre. La casa estaba revuelta, pero la madre, que fue requerida para identificar lo que pudieran haberse llevado, sólo acertó a echar en falta unas treinta o cuarenta cintas de vídeo antiguas, en arcaicos formatos de VHS y Betamax, que tenía escondidas y que, en el lomo de las carcasas, llevaban sendas etiquetas con nombres de hombres que le sonaban bastante, porque de ellos habían hablado mucho, e incluso a veces aún hablaban, en los telediarios.

            Lo curioso fue que, aunque el asunto tardó una semana en salir en los medios de comunicación, desde el primer día, como por arte de magia, no volvió a aparecer por allí ninguno de aquellos lujosos coches negros con los cristales tintados.

 

José-Pedro Cladera Fontenla©

LA MASCARILLA

 


 

Tomé un relajante muscular que, según prescripción de mi doctora, me permitiría dormir plácidamente durante la noche.


Abrí la ventana y encendí la televisión.

…Solo uno o dos casos. Es una gripe. Nada preocupante. Estamos preparados…

Entré en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. La exposición de la obra de Gauguin me fascinaba y deseaba pasar la tarde contemplando tales maravillas.

Introduje mi entrada electrónica y accedí al interior. Todo silencio, no había persona alguna en las distintas salas. Me pareció un tanto extraño, pero enseguida me olvidé de la anómala situación.

Me dirigí al mostrador de información para solicitar la guía del museo, y no había nadie para atenderme. Así que cogí una guía que estaba posada en una silla, para poder realizar la visita de manera ordenada.

Hice una pequeña pausa y busqué mi teléfono. Verifiqué que no tenía llamadas ni mensaje alguno. Me percaté de que no llegaba señal Wifi, lo cual me indicaba que estaba totalmente incomunicada.

Empecé a inquietarme –no distinguía los cuadros, solo veía paredes blancas y luces que me deslumbraban– y decidí salir de manera precipitada del museo. Parecía un laberinto, no encontraba la salida y empecé a gritar. Nadie acudió. Silencio y más silencio.

Recordé que tenía la guía del museo y la abrí, buscando el plano del edificio, y no era capaz de descifrarlo.

Seguí gritando y me quedé sin voz. Las piernas me temblaban y no podía andar y menos correr. Quise tranquilizarme y me senté en un sillón, bebí un sorbo de agua e inmediatamente recordé que dicha salida estaba en el pasillo, a mi derecha. Me apresuré y logré escapar al exterior.

Había gente, mucha gente, que corría asustada y llevaban mascarillas cubriendo sus caras. En sus ojos se proyectaba el pánico.

El sonido de las ambulancias, policía y bomberos era ensordecedor a la vez que aterrador. Pasaban a toda velocidad y sus sirenas se entremezclaban unas con otras.

Estaba perdida y asustada. Me puse los auriculares, saqué el móvil y sintonicé una emisora de radio para saber qué estaba sucediendo. Necesitaba información y solo escuchaba palabras entrecortadas de algunos periodistas, caos…, pandemia devastadora…, miles de muertos…, millones de infectados…, hospitales colapsados…, sanitarios desprotegidos…, incendios…

Eché a correr. Tropecé con un árbol y caí sobre la acera…

Me despertó un agradable olor a café y me incorporé inmediatamente. Me asomé a la ventana y vi a varias personas desayunando en la terraza de la cafetería, que estaba debajo de mi apartamento.

Me di una ducha rápida y me vestí con celeridad. Cogí el bolso y me dirigí a la cafetería. Necesitaba un café y escuchar las noticias rodeada de gente, no deseaba estar sola.

Me senté en una mesa, en la terraza, y pedí un café con un croissant a la plancha y, en ese momento, me concentré en las noticias de la mañana: El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, que ha permanecido un mes cerrado para preparar la esperada exposición de Gauguin, abrirá sus puertas el próximo viernes.

Sentí un escalofrío…

El  estresante muscular me había sumido durante la noche en una horrible pesadilla. 

 

Nieves Reigadas©

ÁFRICA

 


 

Llovía a mares cuando salí de la Audiencia Provincial de Barcelona y, mientras bajaba los majestuosos escalones del Palacio de Justicia, respiré hondo, sabedora de todo lo que dejaba atrás: compañeros, secretario judicial, magistrados y, sobre todo,  mi magistrada favorita, con la que me unía un vínculo muy especial, “mi señoría”. Nunca olvidaré el primer día, cuando aterricé en un sitio tan complejo. Estaba muy asustada, pero pronto se me pasó, en cuanto mis compañeros me dieron la bienvenida. La mesa estaba repleta de expedientes, cientos y cientos de folios que me esperaban para ser tramitados. Mi sección era la Penal, que me fascinaba, y claro, en apelación.

Me di la vuelta para dedicarle un último adiós a lo que había sido mi trabajo, lleno de muy buenos recuerdos. Alguna lágrima se escapaba de mis ojos, queriéndose frenar con otras pero sin conseguirlo. Cogí un taxi para que me llevara directamente al aeropuerto. Al cabo de un rato, estaba volando hacia el continente africano; exactamente, a Kenia.

Aterricé en Nairobi  al cabo de muchas horas, ya de noche, de negra noche. Lo  que más recuerdo al bajar las escalerillas del avión es un golpe seco en la cara, debido a un terrible calor, y detectar en mi subconsciente un olor a humedad y a fritanga.

Allí estaba Bonny, que así se llamaba mi guía, un masái de dos metros, con su coche viejo y destartalado que ya no quiere ningún país avanzado. Me habla en un perfecto español y, después de percibir una sonrisa con unos dientes blanquísimos al decirme su nombre, le dije el mío.

Me llevó directamente a mi alojamiento, a las afueras de la ciudad, en el Parque Nacional de Nairobi. El sitio es encantador, con árboles y jardines donde te vas cruzando con faisanes y otros animales pacíficos. Me estiré en  la cama y me quedé dormida sin ni siquiera desnudarme.

El día siguiente amaneció con un sol radiante, del que no podía ver su color a riesgo de quedarme ciega. A las seis de la mañana estaba desayunando en la amplia terraza del hotel, delante de unas grandes ventanas acristaladas, abiertas completamente, que daban a las colinas de Ngong. Las tostadas, el té, los yogures y los zumos exóticos de frutas llenaban la mesa. La sorpresa fue cuando el larguísimo cuello y la gran cabeza de algunas jirafas se colaron dentro, y sentí el vaho de su aliento encima de mí. Una vez recuperada del susto y acabado con todo lo delicioso que había en la mesa, me levanté y me fui a la habitación para recoger mis cosas. En recepción me esperaba Bonny, con una sonrisa tan limpia como su inmaculada ropa. Cogió mis bolsas y salimos por una puerta tachonada de metal, bajo un saliente de madera. Subimos al coche y aquí empieza mi aventura.

Dejamos las mascarillas dentro de un sobre cada una. Las pruebas PCR habían dado negativas y no tenía sentido llevarlas puestas, ya que íbamos a pasar bastante tiempo juntos.

El coche arrancó y me empezó a hablar de Kenia. Debía guiarme y enseñarme los sitios más importante y visitados por el turismo. De repente, cambié de idea y le pregunté dónde vivía. Se me quedó mirando como si estuviese loca. Sonreí, es el mejor don que tengo, y empezó a relajarse.

Él y su familia vivían en la salvaje sabana y pertenecían a una tribu, los masái, que configura, junto con otras, la esencia de África.

–Bonny, quiero conocer algo sobre tu poblado, porque he decidido instalarme allí.

– Señorita, eso es muy duro, no sabe usted lo que dice.

–No me llames señorita, llámame Francis, por favor. Y tampoco me hables de usted, ¿de acuerdo?

–Como quieras, tú mandas.

–Cuéntame, a grandes rasgos y antes de llegar, cómo os organizáis, cuáles son vuestras costumbres.

–La cualidad más importante de los masái es que somos un pueblo libre y valiente. Nuestro mayor miedo no es la muerte, sino perder la libertad.

–¿De qué vivís?  –le pregunto.

–Del pastoreo: ovejas, cabras, vacas. Pero jamás comemos la carne de vaca, porque las consideramos sagradas. En cuanto a los demás animales, no comemos su carne muy a menudo.

–¿Pero cultivaréis la tierra?

–Pocas tribus masái la cultivamos.

–Me cuesta mucho entenderos, Bonny, con todo eso que me dices en cuanto a no cultivar la tierra ni prácticamente comer la carne de vuestros animales, pero me esforzaré en hacerlo y seguro que lo consigo. Y también tengo curiosidad por saber sobre vuestras creencias. Seguro que están en las antípodas de las nuestras, los europeos.

–Francis, nuestros pilares son dos: el respeto por los ancianos y la tradición de la familia. A la familia se la tiene en la máxima estima. Es lo primero en nuestra civilización.

Pienso para mis adentros que cuán diferentes somos, sobre todo con respecto a nuestros ancianos. Después de esta preciosa estampa que me relata Bonny y con el sol explosivo filtrándose por los cristales del coche, me quedo dormitando al igual que el mundo de los animales que viven en la sabana.

No sé el tiempo que transcurrió, pero seguro que mucho. Abrí los ojos y de repente, ante mí, como si fuese un ritmo suspendido en el aire junto al multicolor paisaje, se despliega la riqueza inaudita de la sabana, con sus praderas semiáridas sembradas de acacias africanas. Lo que me viene a la mente es el delicado equilibrio entre la combinación de lo ancestral, que está ante mis ojos, y lo moderno, que he dejado atrás, en Nairobi.

Bonny sonríe al ver la magnitud de mi mirada y mi inconmensurable perplejidad.

–¿Ves? –me dice el masái–. Vivimos en “manyattas”, así las llamamos.  No  son más que círculos de chozas hechas de ramitas y rodeadas por unas empalizadas de acacias, llenas de espinas para evitar que los leones nos ataquen, y donde encerrar el rebaño para que esté protegido.

–Pero, las viviendas, ¿cómo las construís?, ¿de cemento, ladrillo? – le pregunto, llevándome la mano a la cabeza.

 Bonny no puede reprimir una gran caracajada.

–Ya me imaginaba que despertaría tu interés. No, no es de ningún material que se utilice en la civilización. Las viviendas están construidas con estiércol de vaca y adobe.

–¿Estiércol de vaca? –le contesto, perpleja.

–Pues sí, ni más ni menos. Pero ahora dejémonos de tantos interrogatorios, porque voy a presentarte a mi familia y donde vas a vivir un buen tiempo. Por hoy, con ello se terminan las sorpresas. Mañana te despertaré muy temprano para disfrutar de los animales de la sabana. No vas a olvidarlo nunca.

Súbitamente y con un estrepitoso estruendo…, suena el despertador. ¿Dónde están los dorados leones, relajados bajo el brillante sol?, ¿los ñus azules?, ¿los búfalos y rinocerontes salvajes? ¿Dónde la fascinante y pintoresca tribu?

En pocos minutos, me encuentro con la mascarilla tapando casi toda mi cara y metida en el metro, apretujada por cientos de personas que casi no me dejan respirar y caminito de la Audiencia. Se oye, de fondo, la música de las Cuatro Estaciones de Vivaldi, como todos los días.

¿Habrá sido África sólo un sueño, o lo es el metro donde estoy encajonada?

 

Francis Cortés Pahissa©

CONCURSO

 



CONCURSO

      

           Bases:

 

Tema:                                    La mascarilla

 

Formato:                              Tres capas de  tela quirúrgica, que  cubran perfectamente la boca y la nariz.                                       

Desde el negro –ausencia total de colorido– al blanco –suma de todos los colores–, pasando por los tonos del  arco iris.

La  base de  la tela puede adornarse con dibujos novedosos.

                                 

Participantes:                       Personas de 16  años en adelante.

 

Plazo de presentación:         Todo el mes de diciembre.

 

Lugar de entrega:                 El Aula de Cultura, primer piso. El trabajo será incluido en un sobre blanco, cerrado, con el nombre del autor o autora en el envés de la mascarilla.

 

Elección:                               Cada concursante optará por una mascarilla de entre todas las expuestas en el Aula de Cultura a partir del 1 de enero de 2021.

 

Premio:                                 El nombre del ganador o ganadora será galardonado con el privilegio de pasar a formar parte del anuario cultural del Consistorio de San Vicente de la Barquera.

 

La participación fue ingente. El pueblo llano optó por la mascarilla azulada. Los abnegados profesionales se sirvieron de la mascarilla blanca, ovalada. Muchos estamparon la iglesia, el consistorio y el castillo en el altozano. Y a vista de  gaviotas: el mar azul y las txalupas multicolores en la bajura. Hubo quien eligió el negro por ser considerado muy señorial. Los amantes de la mar seguían acercándose al anochecer a la playa de Merón y, al principio espantados, luego temblorosos, al final anhelantes, veían ante sí personajes de hojalata –como el de El Mago de Oz, amigo de Dorothy–, con las caras cubiertas de mascarillas moribundas salpicadas de morado agonizante, cuyo logo decía:  SOS-SALVAD-LAS DUNAS DE MERÓN.

 

        Y la gente barquereña se volvió ecologista: hurgó en la maleta del año 2010 y frotó los ojos llorosos ante las fotos de los veraneantes que sólo hollaban el único paso permitido a la playa: el de las duchas. Las dunas exhibían su exuberante flor amarillenta, verdosa, violeta...

 

                                            Isabel Bascaran©

 

                                             San Vicente de la Barquera, a 22 de octubre de  2020

MASCARILLAS DE PAPEL

 


Mascarilla de papel,

"más carilla" que ninguna,

es aquella que yo compro

y que tiro cuando se usa.

Es por ello que no entiendo

(y me vienen muchas dudas)

por el precio que me cobran

y ese impuesto que tortura.

No es por nada, pero veo

que en Holanda pican pulgas,

y no cargan ese IVA

y lo dejan en su grupa,

pero aquí somos distintos

y el que quiera, pida bula,

que ya están los gobernantes

prometiendo cosas chungas


Mascarillas de cristal,

yo os digo, y se os insulta,

porque sois las "más carillas"

del bolsillo de la chusma,

pero habrá voces señeras

y hasta otras más obtusas,

que me digan, sin razones,

que esto es cosa de los curas.

"Y también de militares",

les diré, si eso me apuran,

porque a Franco ya no tienen,

en el Valle, como excusa.

¡Ay, qué pena que este virus

tanto aguante y deje chuscas

las mentiras de los unos,

cuando Hacienda no se inmuta!


"..."Más carillas", mascarillas,

no apeléis a nuestras huchas,

y mirad por todo Europa

los impuestos que allí imputan..."


Rafael Sánchez Ortega ©

13/10/20

LA MASCARILLA

 



 

            –Doctor, ¿quién entra a la sala primero?, ¿su hermana o yo?

            –Creo que tú, Raúl. Fuiste la última persona que vio a Jaime antes del accidente. En el equipo, pensamos que es lo más apropiado, para que su cerebro empiece a enlazar sus recuerdos, si es que los tiene, con el presente. Después, su novia; ella también fue de las últimas personas que estuvo con él, ¿no es así?

            –Buuuueno, la Vane no ha podido venir, tenía algo de lío.

            –El lío se llama Quinito y llevan liados un año, doctor –interrumpió la hermana de Jaime–. Es una guarra y, como aparezca por aquí, la saco por los pelos.

–Tranquilícese, señorita. ¿Un año? –preguntó el doctor–. Si estamos en octubre y el accidente fue en Nochevieja, ¿cómo es posible que...? –y en ese momento cayó en la cuenta de que la tal Vane no iba a servir para ayudar a Jaime a recordar nada, dada la situación.

            –Bueno, en breve se despertará Jaime, le hemos retirado la sedación. Las pruebas motoras han ido estupendamente, pero no tenemos ni idea de cómo funcionará su mente. El escáner cerebral no presenta anomalías, así que hay un rayo para la esperanza. Raúl, tienes que entrar y esperar a que despierte. Cuando lo haga, debes seguir su conversación. Nosotros estaremos escuchando por un micro, y por el pinganillo que te vamos a colocar podremos darte alguna consigna útil. Venga, no hay tiempo que perder.

Raúl entró a la espaciosa y luminosa habitación, que llevaba viendo un buen rato detrás de las cristaleras mientras el doctor daba las indicaciones. En la solitaria cama, yacía el cuerpo de Jaime como si estuviese tomando el sol. Las enfermeras habían retirado las vías y todos los aparatos y eso hacía la escena mucho más humana que en las visitas de todos estos meses atrás. Se sentó en una silla que habían dispuesto junto a la cama a esperar a que su buen amigo despertase. Los minutos se hicieron eternos, pero enseguida empezó a ver cómo el cuerpo de Jaime comenzaba a tener unos leves estertores. Por el pinganillo, le dijeron que era normal, lo que le tranquilizó bastante.

El tiempo pasaba y el rostro relajado y tan solo un poco más delgado de Jaime parecía incluso dibujar una sonrisa. Pero de repente su ceño se frunció y empezó a balbucear. Raúl no conseguía entender lo que decía y, por el pinganillo, el doctor le pidió que acercara su oreja a la boca para intentar descifrar cuáles eran las primeras palabras de Jaime después de un coma de diez meses. Así que obedeció y, cuando su oreja se colocó a escasos centímetros de la boca, las palabras dejaron de ser susurros y un grito rompió el silencio de la sala

            –¿Dónde está ese hijoputa de Quinito? ¡Lo voy a matar!

            –Tranquilo, Jaime, tranquilo, que ya pasó, estoy aquí.

            –¿Y tú quién coño eres?, ¿y por qué vas con mascarilla y vestido de condón?, ¿dónde estoy?

            –Soy Jaime, tu amigo Jaime. Te caíste al río en Nochevieja y tardaron muchas horas en encontrarte. La corriente te arrastró hasta unos juncos, entraste en hipotermia y has estado en coma diez meses. Voy así vestido por la Covid y estás en un hospital.

            –¿Congelado, he estado congelado? ¿Cómo el puto Walt Disney?

            –Bueno, no exactamente, pero hemos temido por tu vida.

            –¿La Covid esa, quién es? ¿Una amiga de la guarra de la Vane? Si vas así es porque te ha pegado algo chungo, seguro tío, lo siento.

            –No, el Covid es un virus de origen chino muy contagioso y que está matando a mucha gente.

            –¿Y qué pintabas tú en China?.

            –No, yo no he ido; es que se ha extendido por todo el mundo.

            –¿Y tan peligroso es? ¿No habrá habido suerte y ha matado al Quinito, verdad?

            –No, bueno, a la gente joven no nos afecta, es como una gripe fuerte. Pero tranquilo, yo no lo tengo y ahora eso no importa. Lo importante es cómo te encuentras tú y qué puedes recordar.

            –Pues como si me hubiera levantado de una siesta, la verdad. Y recuerdo que estábamos de fiesta por Reinosa, nevaba, hacía mucho frío; que pillé a la Vane con el cabrón del Quinito, discutimos y me puse a beber como un loco.

            –Bien, pues después, yendo para el coche, te pusiste a hacer equilibrios en la barandilla del puente del Ebro, resbalaste y caíste al agua. Parece que la borrachera que llevabas te ayudó a no tener choque térmico y entrar en un estado de coma que te ayudó a no morir.

            –¡Quién me iba a decir que el garrafón ese que me dieron me salvaría la vida! Bueno, pues habrá que celebrarlo, ¿no? Que la fiesta no pare. ¿Dónde está mi familia?

            –No les han dejado venir. Tus padres son personas de riesgo y sólo ha podido venir tu hermana. Está afuera.

            –¿Riesgo de qué? Pues llévame a casa a verlos y preparamos un fiestón con todos esta noche.

            –No puedes juntarte con más de cinco personas, por lo del toque de queda.

–No jodas, ¿que estamos en guerra? ¿Con quién?, ¿con los catalanes? ¿Han mandado al frente al Quinito?

            –No, no estamos en guerra, es por el virus ese. Además, no os podéis juntar. Tus padres están en la casa del pueblo y nosotros estamos en distinta fase.

            –¿En distinta fase de qué?

            –Mira, esto es muy complicado, ya te lo explicaré con tiempo; pero quédate con que no es una broma, el virus se ha llevado por delante la vida de mucha gente.

            –¿Al Quinito?, ¿se ha llevado al Quinito? Dime que se ha llevado a ese cabrón.

 

Santos Gutiérrez©

QUE SE MUERAN LOS CLÁSICOS

 



 

Sí, no.

No, sí.

Sí, no.

Qué mas da si da o no da.

No, señor.

 

Si te escondes o das la cara,

A mandar.

Inhala y exhala.

Experimentos con gaseosa para los creyentes.

 

Y si nos dicen que llueve,

Sí, bwana.

Y si de tanto ocultarme me vuelvo más bravo,

Naturistas en estado puro con mascarilla, ¡qué

aberración!

 

Y si las consecuencias del temporal lo convierten en clásico,

¡Pues que los clásicos se pasen de moda!

Y desde hoy, deseando ser un moderno a la antigua

y que en la vida vuelva a amanecer.

 

Óscar Nuño©

LA MASCARILLA

 

 


La  bella princesita no podía dormir. Cada vez que intentaba cerrar los ojos, un espeluznante ogro se abalanzaba sobre su delicada conciencia.

El problema no era solo las noches, era todo el tiempo; y su joven y bello príncipe Bellezas ya no sabía qué hacer por la martirizada princesa.

­–Vayamos al mar, quizás el vaivén de las olas te relajen y olvides.

Y allí iba la princesa, con su buggy y sus aletas, camino de la mar para intentar escapar del tormento.

¡Imposible! Totalmente horrorizada, ve pasar, en su flamante descapotable rojo, al protagonista de sus desvelos; con su gorra, sus gafas de sol como si nada pasase.

Bellezas, ¿a qué día estamos? ¡No! ¡Casi es lunes! Hacía tiempo que, en su reino, la paz se había instaurado y todos los días eran viernes; pero el mal, siempre al acecho, había traído de nuevo la víspera del lunes.

            Trabajo, eso es –se dijo—. Sí, mucho trabajo que te ayude a olvidar que no trabajas, sintiéndote  una mezcla entre cigarra y hormiga y sabiendo que el ogro, ese sí que no olvida.

El móvil de la bella princesita suena. Es un mensaje.

–¡A ver si te animas!–. ¡Horror, es él!

–Yaaa –contesta. El tiempo se acaba.

Han dado las primeras campanadas en la iglesia cercana, las que avisan de que hoy es domingo y no tiene nada.

No sabe dónde esconderse, y al final se lanza al cubo de basura de sus letras – seguro que ahí, el ogro no la encuentra.

 

Almudena Pascual©

SOMBRA O LUZ

 


 

Es el señor Maximilian Bauer todo un caballero en porte y percha. Lo fue en su juventud y edad adulta, lo es ahora en la madurez, y lo seguirá siendo hasta el mismísimo último segundo de su existencia. El estilo y la elegancia no se pueden comprar, se tienen o no se tienen. Y a él le sobran ambas dos.

Nacido hace ya más de siete décadas en el exclusivo barrio de Hietzing, donde residían las clases dominantes y las grandes fortunas de postguerra de la vieja, y en otros tiempos imperial, Viena. Tercero de los siete hijos, curiosamente único varón, que trajeron a este mundo el matrimonio Lucas y Emilia Bauer. Él, un empresario adinerado que hizo fortuna con los vicios de la noche, con más dinero en bolsas de basura con manchas de sangre que en la cuenta bancaria. Ella, una prometedora y bella actriz en sus inicios, que poco a poco fue olvidando su sueño de ver su rostro en los carteles de estreno de Hollywood a cambio de salir a diario en la prensa rosa de la época. No, desde luego no eran el matrimonio perfecto; el amor no estaba ni tan siquiera escondido bajo el felpudo de la mansión en la que habitaban. Simplemente, nunca estuvo. Por cada rincón de la ciudad se escuchaban los rumores y habladurías de manos largas, faldas cortas, escándalos sexuales e hijos que son y no están, mientras otros están y no son.

Así que el Maximilian Bauer niño creció con todo lo material que puede necesitar alguien a su edad. No le faltaron ni las mejores ropas, ni los más recientes juguetes, ni las más apetitosas comidas. Colegios de pago y criadas que, con un simple chasqueo de dedos, se arrodillaban ante sus jóvenes pies, dispuestas a concederle todo capricho que se le ocurriera. Lo único que no tuvo fue el cariño de un padre y de una madre, que fueron una presencia casi testimonial, envueltos en su alocada vida social. Y ese desapego fue algo que nunca pudo curar. Que nunca pudo olvidar. Que marcó una personalidad de luces y sombras.

Demostró siempre tener una mente brillante, preclara, muy por encima de los retos académicos que se le marcaban. Ya en edad universitaria, se licenció cum laude en Biología. Siempre tuvo claro que su camino iba a estar lejos de aquel palacio sin alma lleno de comodidades extravagantes. No era su mundo. No era la vida que quería. Recibió ofertas de algunos de los mejores laboratorios de investigación de Europa y de Estados Unidos... y se fue. Claro que se fue. Y nunca más volvió.

Su trayectoria profesional, brillante, le llevó desde Filadelfia hasta Londres, pasando por Berlín, Tokio o Madrid. Se especializó en biología molecular y biofarmacia. Sus descubrimientos (medicamentos, vacunas, innovadores tratamientos...) salvaron miles de vidas, y ha sido condecorado con los más importantes y suculentos premios en estos campos.

 

Brillos... Luces...

 

Hoy, ya jubilado, vive tranquilo y pasea, anónimo, por la coqueta ciudad de Lübeck, al norte de Alemania. Le gusta perderse en sus laberínticas calles y contemplar sus edificios de arquitectura medieval, o sentarse en un banco del parque a releer una vez más “La montaña mágica” de Thomas Mann, natal de esa localidad.

Como dije, la presencia física de Maximilian fue siempre imponente. De esas personas que, cuando aparecen, donde y con quien sea, se convierten en el epicentro de todo: galería de abrazos, gritos, aspavientos y confeti, pero también cloacas de cuchicheos, miradas de reojo y señas de mus.

 

Luces y sombras, otra vez...

 

Sus casi dos metros de estatura, sus rizos dorados, ojos aceituna y corpulenta musculatura, unidos a su privilegiada inteligencia, don de palabra y educados modales lo convertían en una mezcla perfecta entre el ideal renacentista de Vitrubio y el superhombre de Nietzsche.

De fuertes convicciones religiosas, siempre creyó que fue un castigo divino la única mácula en su presumido y galante aspecto físico. Dios tampoco lo creó perfecto a él. ¿Su mancha? De nariz a barbilla, su cara es algo así como la suma del garabato de un niño repelente más los escombros humeantes de un pueblo recién bombardeado en cualquier guerra sin sentido y sin razón. Es algo prácticamente indescriptible con palabras. A modo de inventario, podemos enumerar:

·          Una retorcida y puntiaguda nariz, que acoge dos fosas nasales, tan anchas que parece que el Transiberiano puede aparecer por cualquiera de ellas de un momento a otro.

·         Dos labios diminutos y tímidos que se esconden hacia el interior de la boca, dando la impresión de que carece de ellos, como si fuera el rostro de alguien abrasado en un incendio.

·         Una dentadura que ni el más enrevesado artista contemporáneo podría siquiera imaginar. Cada pieza mira en una dirección diferente a la inmediatamente contigua; variedades de color, faltas y raíces imbricadas entre sí. A pesar de sus numerosas amistades en el campo de la odontología, nadie se atrevió jamás a echar mano a semejante laberinto bucal. Misión imposible.

·         Su barbilla, prominente, sobresalía hacia delante como un granítico cabo rocoso en medio de una paradisíaca playa hawaiana.

·         La barba nunca fue una opción, ya que los cuatro pelos mal contados que le salen en el bigote le provocan una reacción alérgica que desemboca en virulentos granos supurantes de pus.

Para un hombre tan presumido y presuntuoso, supuso un problema que nunca pudo superar, que lo llevó a limitar al máximo sus relaciones personales. Mirarse al espejo era una tortura malaya. En sus agudas depresiones, se sentía tan inútil como un reloj de arena en la mesilla de noche de un ciego. Y, por mucho que lo intentó, ninguno de sus avances podría curar su mal.

 

            Las sombras...

 

Y focalizarse en su trabajo y en sus investigaciones era lo único que le daba paz, serenidad y cierto sosiego.

El estallido de la actual pandemia sanitaria no lo pilló por sorpresa. Había pasado años y años entre gérmenes, bacterias y probetas. Jugando a ser Dios entre moléculas. Inoculando virus firmados de su puño y letra a inocentes animales sin saber cuál iba a ser el resultado después de tirar los dados. Que una extraña enfermedad se extendiera por todo el planeta era algo que pocas mentes podían imaginar con tanta precisión como la suya.

Entre los círculos científicos, fue una figura controvertida, porque su método de trabajo siempre estuvo señalado como extremo, bordeando la finísima frontera entre lo políticamente correcto y lo inmoral o poco ético. Tuvo que salir de varias empresas farmacéuticas por las protestas y manifestaciones sociales que lo acusaban de maltratador de animales o de ser un espía de alguna nación enemiga que estaba intentando torpedear sus avances.

 

Oscuridades…

 

Siempre, en cada contrato de empleo que firmó, exigió una única cosa: poder estar acompañado por la única colaboradora a la que dejaba acceder a sus investigaciones. La pequeña (de estatura) Hannah Gruber. Colegas desde el primer curso de universidad, Maximilian vio en ella a una potencial científica de nivel mundial. Aunque muchas de sus patentes y publicaciones fueron conjuntas, él era el famoso, el ángel o el demonio, mientras que ella quedó velada (él decía que protegida) bajo la alargada sombra de su gigante compañero. Solo hubo un proyecto que fue plenamente personal, al que ella nunca tuvo acceso.

Hacía años que no se veían, desde su jubilación. No habían mantenido el contacto. Así que, cuando se encontró a Hannah sentada en su banco preferido del parque, escondida bajo sus grandes gafas de montura, no pudo por más que sorprenderse. Creía que vivía con su marido en Friburgo, en la esquina contraria del país. Su gesto era serio. Su mirada, afilada. Algo recorrió su espalda… Lo sabía, le había descubierto. Lo supo inmediatamente. Su plan maestro, que se estaba mostrando ahora mismo ante él en su máximo esplendor, podía venirse abajo.

Tomó asiento sin decir palabra. Tampoco ella abrió la boca. La ciudad estaba triste bajo un cielo color ceniza y un viento gris, procedente del Báltico, zarandeaba a su gusto las hojas en el fresco otoño teutón. A su alrededor, algunas personas caminaban por los senderos trazados entre los prados. Aunque varios de ellos charlaban entre sí, en general reinaba el silencio. Parecían pensativos y cabizbajos dentro de un ambiente global de pesadumbre y nostalgia. Y sobre todo, no se veían sonrisas. ¿El motivo? Unas mascarillas cubrían la mitad del rostro de todos ellos. De diferentes colores, con estampados, más sobrias o con fotos familiares…, pero siempre ocultando esa parte del cuerpo, siguiendo las recomendaciones médicas y cumpliendo con las normativas y legislaciones dictadas desde el Reichstag.

Fue ella la que comenzó.

            –Lo conseguiste, Max. Por fin lo conseguiste. Cuarenta años de investigaciones para esto. Para poder sentirte al fin como uno más. Nunca pudiste aceptarte tal y como eres. Tu físico era demasiado importante para ti, y la única solución que has encontrado es ésta: abocar a toda la población mundial a una pandemia. Han muerto, están muriendo, millones de personas. Y la única razón es que la gente no se fije en una mínima parte de tu cuerpo. ¿Cómo demonios lo has hecho?

            –Es un plan maestro, ¿verdad? Lo logré. Como bien sabes, he creado cientos de virus diferentes. Era cuestión de tiempo que diera con el que estaba buscando. Lo demás ha sido pan comido. Un viaje supuestamente de placer al país más poblado del mundo, un paseo por un mercado atestado e insalubre… y voilà. Es la cima de mi vida. Por fin puedo sentirme de igual a igual con cualquier otra persona. Que no pongan cara de asco cuando me miran.

 

LA SOMBRA

 

            –Estás loco. Loco. Voy a denunciar toda esta trama. Tengo los datos, las pruebas. Eres un genio, una mente que ve mucho más allá que cualquier otra, pero todo el bien que has hecho fue una casualidad, tus estudios siempre estuvieron encaminados a esto. No intentes detenerme, mi marido está vigilándonos. Como me pongas una mano encima, te mata.

            –Tengo la vacuna. Infalible. Totalmente testada. Puedo acabar con todo esto en un segundo.

 

LA LUZ

 

            – Vete a la mierda. Asesino. Loco. Vas a pagar por toda esta barbaridad.

Hannah sale corriendo despavorida y gritando a pleno pulmón que alguien avise a la policía. El señor Maximilian Bauer, calmado, la ve alejarse mientras rebusca en el bolsillo de la chaqueta de su impoluto traje de lino azul marino. Sí, ahí está, la cápsula de Petri donde almacena la única muestra que no ha destruido de la vacuna. Con una pequeña presión entre sus dedos se rompería para siempre. Ha comenzado a llover, y en el suelo se están formando algunos pozos. Separa su espalda del respaldo, se incorpora y mira hacia el piso. El agua le devuelve el reflejo de su mirada. Se quita la mascarilla y vuelve a observar ese tortuoso castigo que ha vivido delante del espejo mañana tras mañana. Ahora que por fin había empezado a ser feliz.

 

En fin, una vez más la dicotomía de siempre. Ya saben… ¿sombra? ¿o luz?

 

Óscar Gutiérrez©