martes, 20 de marzo de 2018

JUGUETE ROTO


LA DAMA DE BLANCO
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Estoy en el filo. Oigo su suave y dulce voz: ven, ven. De repente, alzo los ojos y miro el manto de estrellas resplandecientes encima de mí, que me ciegan al instante. Mi dolor es inaguantable. No es ninguna broma contemplar aquel cielo de explosiva belleza en el Pla de Beret sin que te hiera. Lo sé mejor que nadie. Pero… ¿creo estar aquí? O… ¡Qué más da!
Retrocedo a un tiempo, no muy lejano, cuando, esquiando, caigo por un barranco y quedo atrapado en una grieta oscura, muy oscura. Como anestesiado y después del fuerte golpe, oigo su voz. Me enamoro de ella al instante. Es condenada y deliciosa. Suena al… Requiem de Fauré. Pero no, no hay música ni instrumentos tan precisos como aquel susurro latiendo de las entrañas. Ni diapasón que dé el tono con tanta precisión. Derramo lágrimas porque estoy delirando de miedo y placer. 
Después de muchas horas, cuando ya todo parece perdido, siento cómo me susurran al oído. Pero no entiendo nada; todo es como en una película de Charlot en blanco y negro, pero sin risas. Mi cuerpo empieza a ascender, pero noto que se me clava algo: son las cuerdas que, al atarme, hacen brotar sangre por los sitios en que mi carne estaba sesgada. Estoy a punto de desmayarme, pero alguien me lo impide con una brusca sacudida. Empiezo a ver la luz, allí arriba de aquel túnel sin fin. No recuerdo nada más, sólo colores enmarañados.
Cuando abro los ojos, veo a mi mujer que me mira sin creerse que estoy a su lado, vivo. Se lo veo en su mirada; a mí no me engaña, la conozco muy bien. Me dice que estoy en el hospital.
Luego… pasan los días, los meses… Y cuando me doy cuenta, ya ha pasado un año del accidente y mi carrera de arquitecto está muerta. No consigo centrarme. Roser, mi mujer, y Ferrán, mi niñito del alma, se esfuerzan en vano por distraerme.
–Vamos al campo, papi, a buscar moras.
–He pensado que podríamos irnos unos días a la isla de Hydra: desconexión total –decía Roser.
Yo me esforzaba en sonreír y hacer ver que todo iba bien. Ellos se lo creían. Les había jurado que dejaría atrás aquel infierno y aquellas pesadillas. Lo haría por ellos. Se lo debía. Invitábamos a los amigos a casa a cenar. Roser se esmeraba en que todo fuese perfecto –así es ella: perfecta–. La mesa, con un centro grande de sal, con flores de lavanda encima. Los platos, exquisitamente preparados. Sin luces y con velas por toda la casa, iluminándola como una puesta de sol junto al mar.
Pero mis esfuerzos eran inhumanos para que todos pensaran que era feliz. Mentira, todo mentira. Estaba engañando a lo que más quería en la vida: a mi familia.
Lo intentaba, Dios sabe cuánto lo intentaba, pero… estaba hechizado y sabía que aquello no tenía remedio. Siempre había sido un hombre inteligente y pragmático. Eso decían quienes me conocían. Tenía dos carreras universitarias, sabía unos cuantos idiomas a la perfección y contaba con un físico que gustaba a las mujeres. Caía bien. Entonces, ¿por qué había perdido la cabeza? Lo había probado todo, pero nada me ayudaba. Era como si quisiera mantener un barco al pairo sin conseguirlo, aunque luchara, porque el barco se iba irremediablemente a la deriva. Mi lucha está llegando a su fin.
No me sirve de nada el amor de mi mujer, de mi hijo; el cariño de mis padres, de mis amigos. Sólo soy un juguete roto, a merced de una caprichosa que tira de mí como unas arenas movedizas, arrastrándome hacia ella.
De repente, tengo frío y miro mis pies descalzos y rojos en el filo mismo de aquella grieta. Estoy totalmente perdido en esta inmensa explanada. Mi mente ya no tiene la rapidez ni la frescura de antaño. Había dejado de existir poco a poco, casi sin darme cuenta. Había dejado de ser persona hacía mucho tiempo. ¿Qué es un juguete roto? ¿Alguien lo sabe?
Estoy atontado con esas malditas pastillas, pero tengo un momento de lucidez y de cordura. Todo es nieve y más nieve. Todo es blanco y aterrador.
–Ven, ven –me llama mi amada.
Ya todo es oscuridad. Me engulle. Me seduce. Estoy en las mismas entrañas de la Gran Dama, la Dama de Blanco. Se acabó. Por fin todo se acabó.

Francis Cortés Pahissa ©

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