miércoles, 25 de marzo de 2020

EL PAPEL



El despertador sonó a las ocho, como siempre; pero hoy su marido, antes de ir a la oficina, la dejaría en la clínica, que quedaba bastante cerca. Tenía hora a las diez. Comenzó a beber el agua que le habían dicho, para hacerle una ecografía, y ya estaba de siete meses.

Cuando estuvieron montados en el coche, Claudia se dio cuenta de que se había dejado el papel en el mueble de la entrada.

–Me he dejado el papel. Porfa, ¿me lo puedes traer?

–¡Sí, cómo no! ¡Qué! ¿Aprieta?

–Ufff…  Ya tengo casi ganas de orinar.

–¡Pues no te queda nada! Espero que tengas suerte y te cojan a la hora.

            –¿Llevas más agua para tomar por el camino?

            –¡Nooo…! ¿Más todavía?

Se encaminaron a la ciudad, y a Claudia se le hacía eterno, cola y más cola, los atascos de la hora punta. Por fin, llegaron a la puerta de la clínica.

–¡Sal deprisa, que aquí no se puede aparcar!

–¡Ya voy!

–Cuando acabes, te coges un taxi y te acercas a la oficina.

–No creo que me haga falta. Saldré temprano y me podré ir dando un paseo.

–¡Vale cariño, hasta luego!

En Información, le dijeron dónde estaba la sala de espera. Al entrar, vio bastante gente, más de la que se pensaba encontrar. Cuando salió la enfermera, se levantó para darle el papel, y le dijo:

–¡Tengo hora a las diez!

–¡Ya la llamaremos, no se preocupe! –fue su respuesta.

La gente pasaba y pasaba. Claudia se sentía cada vez más incómoda, pero aguantaba… Las once, y seguía allí sentada. Las doce… ¡Ya no podía más! No se podía mover so pena de hacer allí mismo un charco. De pronto se dio cuenta de que llamaban a una señora que, por su atuendo original, se había fijado que había llegado mucho más tarde que ella.

Se levantó, con las piernas cerradas, y, a pasitos cortos, logró llegar donde estaba la enfermera, cuando esta salió.

–Perdone. Llevo aquí más de dos horas y no me llaman, y ahora veo que entra una señora que ha venido mucho más tarde. Yo tenía hora a las diez.

–¿Pero cómo se llama usted?

–¡Claudia Arribas!

–¡Venga conmigo! Entraron y miró los papeles.

–¡Pero si no la tengo!¡Dios mío!

–¡Vamos a ver dónde lo he podido dejar!

Peregrinaron por varios lugares y entraron en un despacho.

–¡Nada, no veo nada!

Apartó un libro de sitio y ¡ALLÍ ESTABA!

–¡Por Dios, perdone! Llevamos un día de locos, vamos ahora mismo a hacerle la ecografía.

Claudia ya no podía, literalmente, caminar. Un suplicio subirse a la camilla.

–¡Todo va perfectamente! Ahora se ve muy claro el sexo. ¿Ya le han dicho lo que es? ¿Quiere saberlo?

–¡No, quiero sorpresa!

Solo quería levantarse de aquella camilla y poder ir al baño. Cuando salió y pudo respirar a gusto, el aire de la ciudad hasta le pareció puro.  

Entre coches y comercios, iba paseándose y disfrutando de la mañana primaveral. De repente, sintió en su vientre una patada colosal.

–No me hace falta que me lo digan, brutito mío…

                                                                       Mª Eulalia Delgado González©
                                                                                   Marzo 2020
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                              

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