sábado, 28 de noviembre de 2020

CALOR HUMANO

 



 

[Canción:]       Vente, corderito,

                        bailaremos un vals,

                        y tu blanca lanita

                        tú me regalarás.

 

Año 1971

Está todo oscuro. El punto de inflexión entre lo real y lo ficticio ha desaparecido. Con siete años, no sé calcular bien el tiempo, pero papi dice que estar semienterrada dos días cada semana me hará fuerte y entenderé mi legado y mi propio calor humano sin necesidad de más. Es muy importante para llegar a conseguir lo que ningún hombre ha logrado a lo largo de la historia, y poder alcanzar ser la persona que gobernará el mundo.

 

            Año 2020

Sebastián Ortiz, inspector de policía del Grupo de Homicidios de Santander, no reprime su ira. Aprieta los puños hasta que el dolor le aletarga las manos. Es de complexión atlética y con un atractivo poco común, con el pelo cobrizo y los ojos verdes. La seguridad en sí mismo y su intuición le han hecho el mejor inspector, no tan solo de Cantabria sino de toda España, en los últimos años. Pero esto… ¡Dios Todopoderoso!, jamás se había encontrado con una visión tan terrorífica.

La chica está echada boca arriba, encima de una gran piedra blanca. No lleva pendientes, ni tatuajes, ni marcas, y menos todavía algún piercing. Parece provenir del medievo, sin rastro de civilización. El color de su piel, pálido, casi transparente. Una corona de nardos rosados adorna su cabeza. Su única ropa consiste en una túnica áspera e inmaculada, hecha con ropa de saco antigua y atada a la cintura con unas cuerdas medio podridas, desentonando en su conjunto. El calzado, si es que se le puede llamar así, está confeccionado con trozos de pieles secas de pescado, atadas con cuero viejo, conformando una equis inclinada, perfectamente trenzada. Su pelo, larguísimo y rubio, está lleno de piojos bailando como saltamontes dentro de un bote de cristal. El olor es nauseabundo, del más allá.

–Inspector, la Científica está esperando para llevarse el cadáver –dice la agente de policía y su mano derecha, Belén García. Él le sostiene la mirada, recordando por unos instantes que hace apenas unas horas la tenía entre sus brazos, perdida entre sábanas de satén a juego con su piel. ¡Es tan hermosa, con su pelo negro, su tez aceitunada y sus ojos azul grisáceo!

Sebastián vuelve a la realidad. Con una leve inclinación de cabeza, da paso para retirar a la víctima.

–Vámonos –le contesta a su colega–, queda mucho trabajo por hacer. Conduce tú de vuelta.

No median palabra durante todo el camino. Dejan atrás San Vicente de la Barquera y el Convento de San Luis, con la visión nítida de la adolescente muerta reposando en el Claustro. El asesino quería demostrar, con su puesta en escena, que se retrocedía a siglos anteriores.

 

Vente, corderito,

            bailaremos un vals,

            y tu blanca lanita

            tú me regalarás.

 

Año 1978

Ya he cumplido los catorce años y papi me acaba de desenterrar. Ya no paso miedo. Me mira y dice que no volverá a hacerlo porque el aprendizaje ha concluido. Me lleva al sótano, donde hay una chica rubia muy guapa. Es muy jovencita. Está atada, con unas flores en la cabeza y unas sandalias ligadas en forma de equis inclinada. Casi me desmayo y le digo a papi que quién es. La chica grita muchísimo y, por primera vez, me asusto. Papi me pega un bofetón en toda la cara y vuelvo a la realidad. Con su tranquila voz, reposada, me cuenta que, para lograr la inmortalidad, hay que hacer sacrificios y que éste es el más importante.

–Ello nos abrirá la puerta. Lo que Dante no logró, nosotros lo terminaremos con éxito –dice papi–. La cruz inclinada y los nardos serán nuestros talismanes. Los nardos significan pureza, y la cruz inclinada, la llave para la eternidad.

 

Año 2020

Cuando el inspector Sebastián Ortiz llega a su despacho, le dice a Belén, la auxiliar de policía, que convoque al grupo para una reunión urgente. Sabe que son pocos, porque es Navidad y más de la mitad de la plantilla está de vacaciones. La sala es agradable, con su enorme pizarra, su cafetera con toneladas de cápsulas de café y bollos industriales de canela. Minimalista y a la vez cómoda. Una mesa larga y sillas de Ikea, la completan. Tras más de una hora conversando, llegan a la conclusión de que el horizonte pinta muy negro. Al final, siguiendo un protocolo establecido, les da las órdenes pertinentes a todos, incluida Belén. Ciertamente, hasta que tenga el informe de la autopsia y hable con el forense, el trabajo va a ser complicado.

Vuelve de nuevo a su despacho y se encuentra con una nota encima de la mesa. Justo estaba pensando en ella. Coge el teléfono y marca su número. Al segundo pitido, oye al otro lado del aparato aquella dulce y firme voz.

–Hola, Sebastián.

–¿Qué tal, Carla Zuviría, inspectora de Pamplona?

Ella deja escapar una gran carcajada. ¡Cómo le gusta aquel hombre! Ella se sabe guapa, pero él nunca ha dado ninguna muestra de acercamiento.

–Necesito tu ayuda –le dice él. Le cuenta el brutal asesinato, tan claro como si Carla hubiese estado allí.

–Esa adolescente, seguro que no es la primera, tal y como me has contado la escena del crimen. Podría decirte que este ritual se ha estado cometiendo durante años, con la diferencia de que el asesino no quería mostrar los cuerpos. Ahora, por algo que desconocemos, quiere que lo veamos. Nos desafía. Se cree intocable, con una seguridad infinita. Eso me hace pensar que es una persona bien relacionada y conocida en ambientes sólidos.

– ¿Cuándo puedes llegar?

–Esta tarde. Sobre las seis, nos vemos en tu despacho. Llevaré lo necesario para quedarme unos días.

–Gracias, Carla.

 

Vente, corderito,

            bailaremos un vals,

            y tu blanca lanita

            tú me regalarás.

 

Año 1986

–Papi, hoy cumplo veintidós años y es el día más feliz de mi vida. Sé que me oyes aunque ya no estés entre nosotros, pero quiero que sepas que sigo tu legado y el de nuestros antepasados. La pecadora, papi, está aquí, atada, esperando la purificación de su alma.

Miro el puñal de hoja cincelada en puño de hueso torneado. Lo cojo y, con todas mis fuerzas, lo clavo en el abdomen de la aterrada muchacha. Ya no tengo que combatir las náuseas ni me tiembla la mano al empuñar el cuchillo. Estoy orgullosa. Sé que Dios únicamente me ofrece cobijo. Es de mi padre de donde procede mi imperiosa fuerza. Mi adorado padre me ha retado y curtido. Ha sido difícil. Hasta cierto punto, el secreto que he guardado en el fondo de mi corazón, ahora, de mayor, me hace pensar lo que he ocultado, año tras año, de niña. Entonces tampoco lo habría podido entender ninguna persona. Nadie, ni las personas más cercanas.

 

Año 2020

Carla, la inspectora de Pamplona, entra en el despacho de Sebastián como un trueno, llenando la estancia del exótico perfume L´Emperatrice. Él la abraza sin mediar palabra. Le gusta sexualmente esta mujer, pero nunca se ha atrevido a cruzar la línea. Teme perderla.

En aquel mismo momento, entra Belén y, al instante, Carla se da cuenta de que no será del agrado de aquella chica morena.

–Hola, Belén. Te presento a la inspectora Carla Zuviría, de Pamplona.

–Carla, ella es Belén, la agente de policía. Sin ella, esta oficina estaría fuera de servicio.

Se dieron la mano secamente, sin mediar sonrisa alguna.

–Deja los papeles encima de la mesa, por favor. Luego nos vemos, ahora tengo que poner al día a la inspectora. Por cierto, ¿está el despacho del comisario Alex acondicionado? Carla tiene que empezar a trabajar inmediatamente.

–Está todo OK –contesta Belén, cerrando la puerta tras de sí.

 

Quince días después, Clara, desde su despacho, se desespera. El caso no avanza. Trabajan a destajo, pero infructuosamente. Visitan vecinos, colegios, amigos, pueblos, ya no saben a dónde agarrarse. La autopsia reveló la muerte por la incisión de un puñal en el abdomen. No se encontró el arma asesina, pero sí había podido dilucidar el forense que pertenecía a siglos pasados. La chica se llamaba Margarita Sánchez, nacida en un pequeño pueblo, Abaño, en el municipio de San Vicente. Hija de madre soltera, ésta no había comunicado la desaparición de su hija. Las drogas y el alcohol conducían su vida. La víctima procedía de una familia desestructurada. Si el asesino no hubiese querido que se encontrara el cuerpo, nadie lo hubiese reclamado. No iba al colegio, ni tenía amigas. Era un ser invisible.

Es la una de la madrugada y la inspectora Carla Zuviría aún está en su oficina, con decenas de hojas esparcidas por el suelo. De pronto, de pie, mirando detenidamente desde un prisma diferente todo aquel papeleo, ve algo de lo que no se había dado cuenta antes. Tira de hemeroteca y, al cabo de pocas horas, empieza a llamar a policías rasos, comisarios e incluso al inspector Sebastián.

A las seis de la mañana, allí están todos, en la sala de reuniones. Nadie dice nada, pero el fastidio se puede leer en sus caras, sobre todo en la de Belén.

–Bueno, por suerte o por casualidad, así ocurren las cosas –les dice Carla–. Como le dije en su día al inspector Sebastián, siempre he considerado que este no era un caso aislado. Después de días de investigación, hoy el puzle ha encajado a la perfección. He tenido que retroceder a hace treinta años. Durante este tiempo, hay chiquillas de Comillas, Vega de Pas, Reinosa, Suances y otros pueblos, esparcidos por toda Cantabria, que han desaparecido sin dejar rastro. Todas ellas provenientes de familias con desestructuración familiar, sin calor humano. Padres o madres borrachos, malos tratos en el hogar, drogas y así un sinfín de múltiples violencias. Desaparecen un día y todo el mundo da por hecho que se han largado cansadas de las palizas y de la ferocidad de quienes tenían el deber de protegerlas. Este hallazgo me ha hecho concluir en un único denominador común. El asesino es de aquí y conoce a la perfección Cantabria. Se mueve por la Comunidad como pez en el agua.

Clara para un momento de hablar y mira intensamente a Sebastián, cediéndole el turno.

–Es como si el asesino fuera siempre un paso por delante de nosotros. Es astuto, inteligente, joven y conoce a la perfección cómo moverse pasando desapercibido –dice Sebastián, levantándose finalmente–. Es como sentir una ráfaga de aire que se escapa por una puerta abierta sin poder alcanzarla. Bueno, vamos a darnos este fin de semana una tregua y trabajaremos desde casa. Nos irá bien despejar le mente. No van a ser unas vacaciones, tan solo salir por unos días de este círculo vicioso.

Se levantan todos arrastrando las sillas, agotados. Los envoltorios de los bollos quedan desperdigados por la gran mesa y una cantidad considerable de cápsulas monodosis de café Roma les hacen compañía.

Sebastián, con expresión sombría, abre la puerta de su despacho y, con gesto cansado, se sienta terriblemente abatido. Baja la vista hacia aquellas macabras fotos de la adolescente muerta, cuando llaman a la puerta.

–¿Puedo pasar?

–Adelante.

–Creo que estamos avanzando –le dice Carla–. Voy a trabajar a destajo estos dos días.

–¿Qué es esta foto? –le pregunta Carla.

–Ah, es una foto de la casa de campo de los padres de Belén. Acaba de salir y se la ha dejado olvidada encima de la mesa.

Carla la coge entre sus manos, la mira y le dice:

–Es preciosa, toda de piedra.

–Sí, sus padres se la dejaron cuando murieron y la heredó de jovencita –le contesta Sebastián–. Me ha invitado allí a pasar el fin de semana.

–¿Dónde está?

–En Barcenillas. Es la última casa del pueblo. La más separada, ya que está en el lindero del bosque.

–¡Qué bonita! Además, veo un riachuelo que cruza el terreno. No tiene pérdida dar con ella.

Y Carla sigue mirando la foto. Ve unas arcadas gigantescas que invitan a entrar al porche. Está llena de flores por todas partes, todas del mismo color y de igual floración, pero ella no entiende de flores. Entre hendiduras y grietas de baldosas de tierra, crece la hierba. Una escalinata poco empinada conduce hasta una imponente puerta de madera noble.

Deja la foto donde la encontró y se despide, no sin antes advertirle a Sebastián que van a estar en contacto.

La noche empieza a caer sobre la gran casa de piedra. Belén y Sebastián ya se han instalado.

–Me voy a dar una ducha de agua caliente –le dice Belén.

–De acuerdo. Mientras, me preparo un whisky con hielo y te espero delante del hogar.

Belén se le acerca y le da un largo beso. Él la atrae hacia sí, dejándola atrapada entre su cuerpo. Ella se ríe, feliz, se suelta y se pierde por las escaleras de roble, mientras su negro pelo se mueve suavemente como las olas del mar.

Estos días prometen –se dice Sebastián. La tiene a ella. La adora, está enamorado hasta las trancas y ya lo tenía pensado. Le va a pedir que se case con él. Sí, eso va a hacer. En medio de tanta maldad, una luz brillante de ilusión.

Con la copa en la mano, se dirige a la estantería, repleta de libros separados en vertical por unas vitrinas con trofeos y medallas. Al acercarse, alarga la mano y roza sin querer un libro que está mal colocado y cae al suelo. Se agacha para cogerlo y al ir a depositarlo en su sitio, sus ojos se detienen en el fondo del profundo estante. ¿Qué es aquello? Un libro con las tapas doradas, con unas siglas raras bordadas en piedras talladas rosas. Se ve viejo y primitivo. Ante este hecho chocante, no puede reprimir abrirlo.

Mientras, a unos pocos kilómetros de allí, la inspectora Carla Zuviría, emite un grito, pero se le queda congelado en la garganta. ¿Cómo no se había dado cuenta? Esa persona había estado en todos los sitios de las desapariciones, ya sea por trabajo o por ocio. Lo había tenido todo el tiempo delante de las narices y ha sido incapaz de verlo. Pero, ¿quién lo podía imaginar?

Coge el Nissan Qashqai sin ponerse el impermeable. Llueve a mares. Queda empapada con tan solo andar unos pocos pasos. El agua le cae por la cara como recién salida de la ducha. Pisa a fondo el acelerador, temblando todo su cuerpo de frío, pero ni lo nota. Las ruedas derrapan y el coche hace eses por la gran velocidad a la que circula por las carreteras secundarias. La lluvia golpea los cristales por la furia del viento y el agua. No se ve gran cosa. Es noche cerrada, pero no suelta el pie del fondo del acelerador.

Mientras tanto, en la casa de piedra, Sebastián abre el libro con delicadeza y se queda petrificado. Una equis inclinada emerge ante sus ojos junto a un nardo seco rosado. Están depositados encima de un papel de seda, amarillento por el paso del tiempo.

Se oye una voz ronca y gruesa a sus espaldas.

–Me alegro de que lo hayas descubierto antes de hora –le dice Belén–. Así me voy a ahorrar pasar otra noche asquerosa contigo.

Está empuñando una Glock 19.

Sebastián no puede articular palabra. La copa resbala de entre sus dedos y los cristales, junto con el licor, salpican el reluciente suelo de linóleo.

–Solo me faltan dos muertes más y tú no vas a desbaratar unos planes trazados desde hace siglos –le dice Belén–. Sí, yo maté a esas chicas, doncellas de quince años, rubias todas ellas. Eran unas desgraciadas. No se ha perdido nada. Así se cerrará el círculo que empezó en la época de Dante y que mi familia ha ido heredando. Tendré la inmortalidad y dominaré el mundo. La sangre de la juventud purificará mi alma, volviéndola indestructible. El mundo será mío.

Sebastián sólo puede articular dos palabras

–¡Estás loca!

Ella lo mira con ojos enfebrecidos y, con una sonora carcajada, le pega un tiro en el brazo izquierdo, que empieza a sangrar.

–Ya no me sirves. Durante estos años te he utilizado a mi antojo y he conseguido lo que quería. ¡Pobre tonto! Tanto inspector y eres una mierda.

Levanta de nuevo la pistola, que apunta directamente al corazón. Es buena. No va a fallar.

Súbitamente, un estruendo atronador inunda la estancia. El disparo da de lleno en el blanco. Los ojos de Sebastián están abiertos como platos. Su mirada incrédula se encuentra, de frente, con la de la inspectora Carla, que aún sigue con el arma levantada, apuntando a la agente de policía, a Belén. El disparo es mortal, ha atravesado el estómago y sale un chorro de un líquido viscoso rojo. 

Sebastián va jadeando hacia la mujer que yace en el suelo y le levanta la cabeza con ambas manos.

–¿Por qué Belén, por qué?

–A veces lo malo es bueno –le contesta ella.

Luego lo mira con unos ojos que van abandonando poco a poco este mundo. 

–Acércate –le dice.

Cuando Sebastián aproxima el oído a sus labios, ella le canta, como cuando era solo una niñita semienterrada:

 

Vente, corderito,

                        bailaremos un vals,

                        y con esta boquita…

                        ¡otro lobo te comerá!

 

Francis Cortés Pahissa©

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