[Canción:] Vente, corderito,
bailaremos
un vals,
y tu blanca
lanita
tú me
regalarás.
Año 1971
Está todo oscuro. El
punto de inflexión entre lo real y lo ficticio ha desaparecido. Con siete años,
no sé calcular bien el tiempo, pero papi dice que estar semienterrada dos días
cada semana me hará fuerte y entenderé mi legado y mi propio calor humano sin
necesidad de más. Es muy importante para llegar a conseguir lo que ningún
hombre ha logrado a lo largo de la historia, y poder alcanzar ser la persona
que gobernará el mundo.
Año
2020
Sebastián Ortiz,
inspector de policía del Grupo de Homicidios de Santander, no reprime su ira. Aprieta
los puños hasta que el dolor le aletarga las manos. Es de complexión atlética y
con un atractivo poco común, con el pelo cobrizo y los ojos verdes. La
seguridad en sí mismo y su intuición le han hecho el mejor inspector, no tan
solo de Cantabria sino de toda España, en los últimos años. Pero esto… ¡Dios
Todopoderoso!, jamás se había encontrado con una visión tan terrorífica.
La chica está echada
boca arriba, encima de una gran piedra blanca. No lleva pendientes, ni tatuajes,
ni marcas, y menos todavía algún piercing.
Parece provenir del medievo, sin rastro de civilización. El color de su piel,
pálido, casi transparente. Una corona de nardos rosados adorna su cabeza. Su
única ropa consiste en una túnica áspera e inmaculada, hecha con ropa de saco
antigua y atada a la cintura con unas cuerdas medio podridas, desentonando en
su conjunto. El calzado, si es que se le puede llamar así, está confeccionado con
trozos de pieles secas de pescado, atadas con cuero viejo, conformando una
equis inclinada, perfectamente trenzada. Su pelo, larguísimo y rubio, está
lleno de piojos bailando como saltamontes dentro de un bote de cristal. El olor
es nauseabundo, del más allá.
–Inspector, la
Científica está esperando para llevarse el cadáver –dice la agente de policía y
su mano derecha, Belén García. Él le sostiene la mirada, recordando por unos
instantes que hace apenas unas horas la tenía entre sus brazos, perdida entre sábanas
de satén a juego con su piel. ¡Es tan hermosa, con su pelo negro, su tez
aceitunada y sus ojos azul grisáceo!
Sebastián vuelve a la
realidad. Con una leve inclinación de cabeza, da paso para retirar a la
víctima.
–Vámonos –le contesta a
su colega–, queda mucho trabajo por hacer. Conduce tú de vuelta.
No median palabra
durante todo el camino. Dejan atrás San Vicente de la Barquera y el Convento de
San Luis, con la visión nítida de la adolescente muerta reposando en el
Claustro. El asesino quería demostrar, con su puesta en escena, que se
retrocedía a siglos anteriores.
Vente, corderito,
bailaremos un vals,
y tu blanca lanita
tú me regalarás.
Año 1978
Ya he cumplido los catorce
años y papi me acaba de desenterrar. Ya no paso miedo. Me mira y dice que no
volverá a hacerlo porque el aprendizaje ha concluido. Me lleva al sótano, donde
hay una chica rubia muy guapa. Es muy jovencita. Está atada, con unas flores en
la cabeza y unas sandalias ligadas en forma de equis inclinada. Casi me desmayo
y le digo a papi que quién es. La chica grita muchísimo y, por primera vez, me
asusto. Papi me pega un bofetón en toda la cara y vuelvo a la realidad. Con su
tranquila voz, reposada, me cuenta que, para lograr la inmortalidad, hay que
hacer sacrificios y que éste es el más importante.
–Ello nos abrirá la
puerta. Lo que Dante no logró, nosotros lo terminaremos con éxito –dice papi–.
La cruz inclinada y los nardos serán nuestros talismanes. Los nardos significan
pureza, y la cruz inclinada, la llave para la eternidad.
Año 2020
Cuando el inspector
Sebastián Ortiz llega a su despacho, le dice a Belén, la auxiliar de policía,
que convoque al grupo para una reunión urgente. Sabe que son pocos, porque es
Navidad y más de la mitad de la plantilla está de vacaciones. La sala es
agradable, con su enorme pizarra, su cafetera con toneladas de cápsulas de café
y bollos industriales de canela. Minimalista y a la vez cómoda. Una mesa larga
y sillas de Ikea, la completan. Tras más de una hora conversando, llegan a la
conclusión de que el horizonte pinta muy negro. Al final, siguiendo un
protocolo establecido, les da las órdenes pertinentes a todos, incluida Belén.
Ciertamente, hasta que tenga el informe de la autopsia y hable con el forense,
el trabajo va a ser complicado.
Vuelve de nuevo a su
despacho y se encuentra con una nota encima de la mesa. Justo estaba pensando
en ella. Coge el teléfono y marca su número. Al segundo pitido, oye al otro
lado del aparato aquella dulce y firme voz.
–Hola, Sebastián.
–¿Qué tal, Carla
Zuviría, inspectora de Pamplona?
Ella deja escapar una
gran carcajada. ¡Cómo le gusta aquel hombre! Ella se sabe guapa, pero él nunca
ha dado ninguna muestra de acercamiento.
–Necesito tu ayuda –le
dice él. Le cuenta el brutal asesinato, tan claro como si Carla hubiese estado
allí.
–Esa adolescente,
seguro que no es la primera, tal y como me has contado la escena del crimen.
Podría decirte que este ritual se ha estado cometiendo durante años, con la
diferencia de que el asesino no quería mostrar los cuerpos. Ahora, por algo que
desconocemos, quiere que lo veamos. Nos desafía. Se cree intocable, con una
seguridad infinita. Eso me hace pensar que es una persona bien relacionada y
conocida en ambientes sólidos.
– ¿Cuándo puedes
llegar?
–Esta tarde. Sobre las
seis, nos vemos en tu despacho. Llevaré lo necesario para quedarme unos días.
–Gracias, Carla.
Vente, corderito,
bailaremos un vals,
y tu blanca lanita
tú me regalarás.
Año 1986
–Papi, hoy cumplo
veintidós años y es el día más feliz de mi vida. Sé que me oyes aunque ya no
estés entre nosotros, pero quiero que sepas que sigo tu legado y el de nuestros
antepasados. La pecadora, papi, está aquí, atada, esperando la purificación de
su alma.
Miro el puñal de hoja
cincelada en puño de hueso torneado. Lo cojo y, con todas mis fuerzas, lo clavo
en el abdomen de la aterrada muchacha. Ya no tengo que combatir las náuseas ni me
tiembla la mano al empuñar el cuchillo. Estoy orgullosa. Sé que Dios únicamente
me ofrece cobijo. Es de mi padre de donde procede mi imperiosa fuerza. Mi
adorado padre me ha retado y curtido. Ha sido difícil. Hasta cierto punto, el
secreto que he guardado en el fondo de mi corazón, ahora, de mayor, me hace
pensar lo que he ocultado, año tras año, de niña. Entonces tampoco lo habría
podido entender ninguna persona. Nadie, ni las personas más cercanas.
Año 2020
Carla, la inspectora de
Pamplona, entra en el despacho de Sebastián como un trueno, llenando la
estancia del exótico perfume L´Emperatrice.
Él la abraza sin mediar palabra. Le gusta sexualmente esta mujer, pero nunca se
ha atrevido a cruzar la línea. Teme perderla.
En aquel mismo momento,
entra Belén y, al instante, Carla se da cuenta de que no será del agrado de
aquella chica morena.
–Hola, Belén. Te
presento a la inspectora Carla Zuviría, de Pamplona.
–Carla, ella es Belén,
la agente de policía. Sin ella, esta oficina estaría fuera de servicio.
Se dieron la mano
secamente, sin mediar sonrisa alguna.
–Deja los papeles
encima de la mesa, por favor. Luego nos vemos, ahora tengo que poner al día a
la inspectora. Por cierto, ¿está el despacho del comisario Alex acondicionado?
Carla tiene que empezar a trabajar inmediatamente.
–Está todo OK –contesta
Belén, cerrando la puerta tras de sí.
Quince días después, Clara,
desde su despacho, se desespera. El caso no avanza. Trabajan a destajo, pero
infructuosamente. Visitan vecinos, colegios, amigos, pueblos, ya no saben a dónde
agarrarse. La autopsia reveló la muerte por la incisión de un puñal en el
abdomen. No se encontró el arma asesina, pero sí había podido dilucidar el
forense que pertenecía a siglos pasados. La chica se llamaba Margarita Sánchez,
nacida en un pequeño pueblo, Abaño, en el municipio de San Vicente. Hija de
madre soltera, ésta no había comunicado la desaparición de su hija. Las drogas
y el alcohol conducían su vida. La víctima procedía de una familia
desestructurada. Si el asesino no hubiese querido que se encontrara el cuerpo,
nadie lo hubiese reclamado. No iba al colegio, ni tenía amigas. Era un ser
invisible.
Es la una de la
madrugada y la inspectora Carla Zuviría aún está en su oficina, con decenas de
hojas esparcidas por el suelo. De pronto, de pie, mirando detenidamente desde
un prisma diferente todo aquel papeleo, ve algo de lo que no se había dado
cuenta antes. Tira de hemeroteca y, al cabo de pocas horas, empieza a llamar a
policías rasos, comisarios e incluso al inspector Sebastián.
A las seis de la mañana,
allí están todos, en la sala de reuniones. Nadie dice nada, pero el fastidio se
puede leer en sus caras, sobre todo en la de Belén.
–Bueno, por suerte o
por casualidad, así ocurren las cosas –les dice Carla–. Como le dije en su día
al inspector Sebastián, siempre he considerado que este no era un caso aislado.
Después de días de investigación, hoy el puzle ha encajado a la perfección. He
tenido que retroceder a hace treinta años. Durante este tiempo, hay chiquillas
de Comillas, Vega de Pas, Reinosa, Suances y otros pueblos, esparcidos por toda
Cantabria, que han desaparecido sin dejar rastro. Todas ellas provenientes de familias
con desestructuración familiar, sin calor humano. Padres o madres borrachos,
malos tratos en el hogar, drogas y así un sinfín de múltiples violencias.
Desaparecen un día y todo el mundo da por hecho que se han largado cansadas de
las palizas y de la ferocidad de quienes tenían el deber de protegerlas. Este
hallazgo me ha hecho concluir en un único denominador común. El asesino es de
aquí y conoce a la perfección Cantabria. Se mueve por la Comunidad como pez en
el agua.
Clara para un momento
de hablar y mira intensamente a Sebastián, cediéndole el turno.
–Es como si el asesino
fuera siempre un paso por delante de nosotros. Es astuto, inteligente, joven y
conoce a la perfección cómo moverse pasando desapercibido –dice Sebastián,
levantándose finalmente–. Es como sentir una ráfaga de aire que se escapa por
una puerta abierta sin poder alcanzarla. Bueno, vamos a darnos este fin de
semana una tregua y trabajaremos desde casa. Nos irá bien despejar le mente. No
van a ser unas vacaciones, tan solo salir por unos días de este círculo
vicioso.
Se levantan todos
arrastrando las sillas, agotados. Los envoltorios de los bollos quedan desperdigados
por la gran mesa y una cantidad considerable de cápsulas monodosis de café Roma
les hacen compañía.
Sebastián, con
expresión sombría, abre la puerta de su despacho y, con gesto cansado, se
sienta terriblemente abatido. Baja la vista hacia aquellas macabras fotos de la
adolescente muerta, cuando llaman a la puerta.
–¿Puedo pasar?
–Adelante.
–Creo que estamos
avanzando –le dice Carla–. Voy a trabajar a destajo estos dos días.
–¿Qué es esta foto? –le
pregunta Carla.
–Ah, es una foto de la
casa de campo de los padres de Belén. Acaba de salir y se la ha dejado olvidada
encima de la mesa.
Carla la coge entre sus
manos, la mira y le dice:
–Es preciosa, toda de
piedra.
–Sí, sus padres se la
dejaron cuando murieron y la heredó de jovencita –le contesta Sebastián–. Me ha
invitado allí a pasar el fin de semana.
–¿Dónde está?
–En Barcenillas. Es la
última casa del pueblo. La más separada, ya que está en el lindero del bosque.
–¡Qué bonita! Además,
veo un riachuelo que cruza el terreno. No tiene pérdida dar con ella.
Y Carla sigue mirando
la foto. Ve unas arcadas gigantescas que invitan a entrar al porche. Está llena
de flores por todas partes, todas del mismo color y de igual floración, pero
ella no entiende de flores. Entre hendiduras y grietas de baldosas de tierra,
crece la hierba. Una escalinata poco empinada conduce hasta una imponente
puerta de madera noble.
Deja la foto donde la
encontró y se despide, no sin antes advertirle a Sebastián que van a estar en
contacto.
La noche empieza a caer
sobre la gran casa de piedra. Belén y Sebastián ya se han instalado.
–Me voy a dar una ducha
de agua caliente –le dice Belén.
–De acuerdo. Mientras,
me preparo un whisky con hielo y te espero delante del hogar.
Belén se le acerca y le
da un largo beso. Él la atrae hacia sí, dejándola atrapada entre su cuerpo.
Ella se ríe, feliz, se suelta y se pierde por las escaleras de roble, mientras
su negro pelo se mueve suavemente como las olas del mar.
Estos días prometen –se
dice Sebastián. La tiene a ella. La adora, está enamorado hasta las trancas y
ya lo tenía pensado. Le va a pedir que se case con él. Sí, eso va a hacer. En
medio de tanta maldad, una luz brillante de ilusión.
Con la copa en la mano,
se dirige a la estantería, repleta de libros separados en vertical por unas
vitrinas con trofeos y medallas. Al acercarse, alarga la mano y roza sin querer
un libro que está mal colocado y cae al suelo. Se agacha para cogerlo y al ir a
depositarlo en su sitio, sus ojos se detienen en el fondo del profundo estante.
¿Qué es aquello? Un libro con las tapas doradas, con unas siglas raras bordadas
en piedras talladas rosas. Se ve viejo y primitivo. Ante este hecho chocante,
no puede reprimir abrirlo.
Mientras, a unos pocos
kilómetros de allí, la inspectora Carla Zuviría, emite un grito, pero se le
queda congelado en la garganta. ¿Cómo no se había dado cuenta? Esa persona había
estado en todos los sitios de las desapariciones, ya sea por trabajo o por
ocio. Lo había tenido todo el tiempo delante de las narices y ha sido incapaz
de verlo. Pero, ¿quién lo podía imaginar?
Coge el Nissan Qashqai
sin ponerse el impermeable. Llueve a mares. Queda empapada con tan solo andar
unos pocos pasos. El agua le cae por la cara como recién salida de la ducha.
Pisa a fondo el acelerador, temblando todo su cuerpo de frío, pero ni lo nota.
Las ruedas derrapan y el coche hace eses por la gran velocidad a la que circula
por las carreteras secundarias. La lluvia golpea los cristales por la furia del
viento y el agua. No se ve gran cosa. Es noche cerrada, pero no suelta el pie
del fondo del acelerador.
Mientras tanto, en la
casa de piedra, Sebastián abre el libro con delicadeza y se queda petrificado.
Una equis inclinada emerge ante sus ojos junto a un nardo seco rosado. Están
depositados encima de un papel de seda, amarillento por el paso del tiempo.
Se oye una voz ronca y
gruesa a sus espaldas.
–Me alegro de que lo
hayas descubierto antes de hora –le dice Belén–. Así me voy a ahorrar pasar
otra noche asquerosa contigo.
Está empuñando una
Glock 19.
Sebastián no puede
articular palabra. La copa resbala de entre sus dedos y los cristales, junto
con el licor, salpican el reluciente suelo de linóleo.
–Solo me faltan dos
muertes más y tú no vas a desbaratar unos planes trazados desde hace siglos –le
dice Belén–. Sí, yo maté a esas chicas, doncellas de quince años, rubias todas
ellas. Eran unas desgraciadas. No se ha perdido nada. Así se cerrará el círculo
que empezó en la época de Dante y que mi familia ha ido heredando. Tendré la
inmortalidad y dominaré el mundo. La sangre de la juventud purificará mi alma,
volviéndola indestructible. El mundo será mío.
Sebastián sólo puede
articular dos palabras
–¡Estás loca!
Ella lo mira con ojos
enfebrecidos y, con una sonora carcajada, le pega un tiro en el brazo izquierdo,
que empieza a sangrar.
–Ya no me sirves.
Durante estos años te he utilizado a mi antojo y he conseguido lo que quería.
¡Pobre tonto! Tanto inspector y eres una mierda.
Levanta de nuevo la
pistola, que apunta directamente al corazón. Es buena. No va a fallar.
Súbitamente, un
estruendo atronador inunda la estancia. El disparo da de lleno en el blanco.
Los ojos de Sebastián están abiertos como platos. Su mirada incrédula se
encuentra, de frente, con la de la inspectora Carla, que aún sigue con el arma
levantada, apuntando a la agente de policía, a Belén. El disparo es mortal, ha
atravesado el estómago y sale un chorro de un líquido viscoso rojo.
Sebastián va jadeando
hacia la mujer que yace en el suelo y le levanta la cabeza con ambas manos.
–¿Por qué Belén, por
qué?
–A veces lo malo es
bueno –le contesta ella.
Luego lo mira con unos ojos que van abandonando poco a poco
este mundo.
–Acércate –le dice.
Cuando Sebastián
aproxima el oído a sus labios, ella le canta, como cuando era solo una niñita
semienterrada:
Vente, corderito,
bailaremos
un vals,
y con esta
boquita…
¡otro lobo
te comerá!
Francis
Cortés Pahissa©

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