La física define el calor como “La energía que pasa de un
cuerpo a otro y que causa la dilatación y los cambios de estado de estos” y la
RAE define humano como “Comprensivo,
sensible a los infortunios ajenos”.
Así que, si sumamos
Calor + Humano, obtenemos = a: la energía que pasa de un cuerpo a otro de
manera comprensiva y sensible a los infortunios ajenos, que causa la dilatación
y los cambios de estado de estos.
–¿Cómo
os quedáis? (Lo sé, esa misma sensación tuve yo).
A lo largo de este año
tan extravagante (por no decir otra palabra), muchos de los conceptos
esenciales e inamovibles para mí se transformaron –o mejor dicho, evolucionaron–
como los pokemons. Yo creo que de
todo malo se obtiene algo bueno, una enseñanza que necesitabas y que ni
siquiera te diste cuenta de su carencia.
Cuando hablamos de
calor humano, a mi memoria la asaltan miles de recuerdos en forma de tsunami. Además,
todos tienen un punto en común: el
contacto “piel con piel”, un abrazo de oso en el cual dejas todos tus
miedos; cuando te cogen de la mano para pasear; una caricia en la mejilla, que
busca quitar la lágrima y borrar el sufrimiento que la produjo; un toquecito en
la espalda para decirnos que no esperes más, que ya están aquí y sienten llegar
tarde…
Pero ahora ese concepto
ha cambiado, como todo nuestro mundo, y nos hemos tenido que amoldar de manera
asintomática sin ni siquiera notarlo. Pero si nos afecta de forma interna y a
los que nos rodean una de esas variaciones, es que transmitimos calor por medio
de video llamadas, audios, mensajes o miradas de cariño. Valoramos más ahora
los “¿Qué tal?”, porque ya no son de cortesía o un simple saludo. Hemos vuelto
a tomar tiempo para despejar un poco la niebla que nos rodea y no nos dejaba
ver lo que realmente nos importa y saber cómo está.
Otra de las cosas que
he descubierto y me ha sorprendido muchísimo es cómo se puede recibir cariño,
alegría, buen rollo o compañía de alguien que no conoces. Y no porque seas
especial. Simplemente ha decidido acompañarte cuando no podías salir de casa,
cantarte canciones para alegrarte un rato, darte consejos que no habías pedido
pero sí necesitabas, o simplemente alegrarte un rato de tu día. Y lo más
sorprendente: no tenían destinatario concreto. Simplemente, el que se conectaba
a instagram, twiter, facebook, youtube, la radio, la tv y hasta el patio o
balcones de su comunidad, daba igual el canal. La sociedad necesitaba dar calor
y recibir calor humano.
En mi caso, hubo tres
formas de recibir esa energía. La primera y más importante, los míos, esas
personas que forman mi mundo, y algunas tienen mis apellidos, otras no; las
conozco de toda la vida o de algunos años, pero todos los días, por una causa u
otra, aparecían y siguen apareciendo en mi teléfono en forma de video llamada,
aunque fuera solo para hacer ruido, ya que en mi casa estábamos la plata de
pascua (Resi) y yo. La segunda fue la música. Sin ella, no concibo la vida;
tengo varios altavoces inalámbricos, Spotify, CD… Todo lo que imagines, lo
tengo o lo tuve; pero además, también vi conciertos en directo desde mi casa
(sentada en el sofá o bailando en mi salón), a mis artistas favoritos y muchos
desconocidos que compartían su arte desde sus hogares, por el simple hecho de
dar un poco de esa energía… ¿No es alucinante? No voy a olvidar nunca la
sensación de bailar descalza en mi casa escuchando mis canciones favoritas en
directo.
Y la tercera, tiene
nombre, apellido y hora. Seguro que te estás preguntando de quién hablo,
¿verdad? Pues de nada más y nada menos que de la actriz “Ana Milán y sus
directos a las 6 pm” (que empezaron siendo a las 12 am). Fueron un gran redescubrimiento
para mí. Siempre me había gustado como actriz y, en muchas entrevistas, me
había encantado ese carácter y su manera de ver el mundo; pero en la época
“marmota” que vivimos, fue la hostia, hablando claro y mal. Con sus respuestas
a preguntas que los seguidores le hacían en directo, su moño imperfecto, sus
1500 gafas (que bajaba cuando la
respuesta era intensa o explicativa), con su música de fondo “Ludovico Einaudi”,
“ok google“ activando nuestros teléfonos Android, sus anécdotas, que eran el
mejor acompañamiento a sus respuestas; pero, sobre todo, ese buen rollo, las
risas y la energía que nos trasmitía, hacían que mi día fuera un mejor día. Hicimos
pandilla sin proponerlo y la vida nos enseño momentos únicos y que, a veces, la
gente te puede sorprender y enseñar sin proponérselo.
Ya solo me queda deciros
que sin cultura no puedo vivir; creo que el mundo no podría girar, se pararía. Para
mí, el calor humano, sin cultura, no es calor humano.
Jezabel
Luguera©

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