Pitina
Como cada 17 de agosto durante los últimos
seis años, el imponente Jaguar XJ en su versión berlina recorre la Avenida de
América dirección nordeste. Mediodía tórrido. Tráfico fluido en esta época del
año. Si continuara recto, acabaría llegando, en menos de diez minutos, al
aeropuerto de Barajas, ese embudo de cíclico ritmo por el que discurren cada
segundo miles de almas que, como si la vida fuera un acordeón en eterno
concierto, se juntan y se separan para nunca más encontrarse. Ojalá fuera ese
el destino, piensa apesadumbrada la madura y elegante mujer que ocupa, en
completa soledad, los asientos traseros del vehículo. Observa las calles
prácticamente vacías con desidia, escondida tras los cristales tintados del
auto y bajo unas gafas de sol de montura negra de la marca Chopard. Sin
embargo, en ese mismo momento, siente como el chófer pulsa el intermitente,
toma un desvío hacia la izquierda y encara la calle de Cartagena. Unos pocos
metros más adelante, detiene el poderoso motor turboalimentado de más de 250
caballos de potencia frente a la lujosa floristería “Menta y Canela”.
–Hemos llegado,
señora –expresa con engolada dicción, al mismo tiempo que, con abnegada
velocidad, se coloca su gorra de plato e intenta disimular las arrugas que, por
el hecho de ir sentado al volante, recorren la espalda de su chaqué negro.
–En fin, acabemos
con todo esto cuanto antes –piensa ella en voz alta. Nadie la escucha, porque
el conductor ya está fuera, presto y veloz, a punto de abrir la puerta trasera
derecha para que ella salga, digna y altiva, del habitáculo.
En la floristería, recoge el encargo que
había realizado. Por un lado, una corona de flores simple y sencilla, sin
adornos. Anónima. Siguiendo al pie de la letra su petición: “una cualquiera que
tengáis tirada por el fondo del almacén”. Por el otro, tres preciosos ramos con
combinaciones de lisianthus, lirio de
los valles y orquídea de Kinabalu. Para los no expertos en el tema, tres de las
flores más caras del mundo.
–Está correcto.
Muchas gracias. No se preocupen, Fermín se encargará de llevarlo hasta el
coche. No necesita ayuda. Y ya saben, cárguenlo a la cuenta de siempre –le
comenta a la dueña del negocio.
Sale del local sin mirar atrás ni abajo,
mientras el hombre, que se había mantenido siempre prudente en el dintel de la
puerta, en un segundo plano más que ensayado a base de repeticiones, avanza
hacia el mostrador, recoge el pedido y se despide con una sobria reverencia de
cuello.
De vuelta al coche, no hace falta dar más
indicaciones. Aprovechará el cuarto de hora largo de trayecto para sumergirse
en sus pensamientos. Ella sabe que Fermín es perfectamente conocedor de hacia
dónde tiene que conducir ahora. Regresará a la Avenida de América hasta que
ésta confluya con la Autovía del Nordeste, para después enlazar con la M-30,
dirección sur. Unos pocos kilómetros más adelante, seguirá el desvío hacia
Vicálvaro/R3/Valencia. Tras unos cuantos cruces más, al final de la Avenida de
las Trece Rosas, se detendrá frente a los arcos de doble columna del pórtico de
entrada al Cementerio de Nuestra Señora de la Almudena, esa línea, tenue e
intermitente, que separa la vida de la muerte, lo cotidiano de lo inefable, el
todo de la nada, o la nada del todo. Ella, conocida como Pitina por todo el
mundo, siente curiosidad por qué va a sentir en esta ocasión cuando recorra ese
horror vacui marmóreo de tumbas,
nichos y panteones. En el pasado, no podía evitar la sensación de que ese final
estaba próximo. Como ese río que, al prestar atención al viento azul, podía
escuchar ya el romper de las olas bravías y el olor de la sal. Esta vez,
confía, será diferente. Algo está cambiando, por dentro y por fuera de ella.
Pitina Cruz-Stuart Ceballos es hija de Ángel
Gabriel Cruz-Stuart y Teresa Ceballos. Apellido con título de nobleza y de
Grande de España. De rancio abolengo. Es prima tercera de la actual Duquesa de
Cruz de Alcalá, y cuando era niña recuerda que en las eternas y concurridas
reuniones familiares se presumía de pertenecer al linaje de la Casa de Alba. A
sus 67 primaveras (dato que a nadie importa y que nadie sabe), mantiene una elegancia
innata. Bella. Serena y madura. Cada poro de su piel destila clase. Esencia
femenina. Hoy se ha vestido para la ocasión. Hace un año que no pisa Madrid,
puede encontrarse con algún conocido y tiene que mantener el status y la categoría que siempre tuvo.
No se va a bajar del pódium tan fácilmente. Pura dictadura de la imagen.
Esbelta, supera el 1,70 de estatura sobre un buen tacón de Gucci. Vestido
camisero de seda con cuadros vintage
de Burberry. Pendientes, sortija y collar de plata de ley con incrustaciones de
amatista y zafiro de la marca Givenchy. Melena rubia con reflejos caoba,
alisado japonés y las puntas recién cortadas a la altura del pecho. Para
soportar el bochorno estival, cubre su cabeza con un sombrero negro de Saint
Laurent.
Ensimismada en su mente, la voz de Fermín la
devuelve a la realidad.
–Señora, hay
obras de mantenimiento en la carretera. Se están provocando retenciones, así
que vamos a tardar más tiempo. Lo lamento. Aunque el vehículo pare su motor, no
se preocupe, pues la temperatura en el interior se mantendrá a 21ºC, como a
usted le gusta.
Pitina estira levemente el cuello hacia su
izquierda, para asomarse entre los reposacabezas de los asientos delanteros.
Puede ver a una serie de operarios vagueando en corrillo bajo un sol de
justicia, cigarrillo en boca, casco de obra en la cabeza y el clásico chaleco
reflectante amarillo como única prenda sobre las colgantes grasas de sus
barrigas y sus peludos pechos sudorosos. Cierra los ojos con repugnancia,
reprime un escalofrío, chasquea la lengua con pesar y vuelve a pensar en alto.
–Hasta
para escoger cuándo te ibas a morir fuiste imbécil, Leopoldo. No podía ser en
enero, no. ¡Qué va! ¡Mejor en pleno agosto!
Leopoldo
Leopoldo de los Bueis y Estúñiga nació en
plena postguerra. Época de hambre, escasez y miserias. El polvo de las calles
todavía olía a sangre seca, y las paredes encaladas de las casas aún susurraban
madrugadas de miedos y ajustes de cuentas.
Primero de siete hermanos varones, tuvo la
fortuna de que, en esa España fracturada y abierta en canal sin anestesia, vio
la luz dentro del bando ganador. Su padre, de nombre Leopoldo también, como
obligaba la tradición familiar desde tiempos inmemoriales, fue un banquero que
apoyó económicamente el levantamiento militar. Tras su victoria, el régimen
franquista le premió con todo tipo de ayudas económicas, empresariales y
enchufismos varios. Entre ellos, un cortijo de más de 700 hectáreas en la
comarca de Campo de Montiel, quijotesca zona del sureste de Ciudad Real.
Allí creció el joven Leopoldo, recorriendo
esas amarillentas tierras de monte bajo y frondoso de retamas, carrascas,
tomillos y aliagas. Rodeado de perros de caza en la dehesa, caballos de pura
sangre en los establos y rapaces sobre fondo rojigualda en las paredes. Entre
opulencia, trajes de corbata marrón, siestas de butaca, misas de domingo, copas
de licor, oficinas de humo gris y proclamas al astro rey.
Un infarto fulminante, que a nadie pilló por
sorpresa, dado el sobrepeso y los excesos continuados, acabó con la vida de su
progenitor una calurosa noche de verano, tras lo cual heredó absolutamente
todo: negocios, terrenos, títulos, camarillas, costumbres, actitudes y
personalidades. En resumidas cuentas, alguien que, sin llegar a la treintena,
era obeso, fumador constante, vocinglón, de escaso pelo en la cabeza pero
excesivo vello por el cuerpo, sudoroso olor… y un ricachón de tomo y lomo sin
haber dado nunca un palo al agua.
La unión
Pitina y Leopoldo se casaron con todo el
boato imaginable en la Colegiata de San Isidro el Real, en pleno Madrid de los
Austrias, en un ya lejano año 1971. Algunas de las más insignes autoridades del
Régimen estuvieron presentes. Entre los corrillos se corrió la voz de que el
propio Generalísimo había mandado un obsequio a los novios.
No hubo nunca atisbo de cariño entre ellos.
Ella se vio obligada a unir su vida con la de él, once años mayor y sin el más
mínimo atractivo físico ni moral, por puro interés económico. Su padre le había
pedido por favor que aceptara su propuesta de matrimonio, de la que obtendrían
jugosos beneficios en diversos aspectos. Esta idea, por supuesto, era
recíproca, ya que a Leopoldo le movía la misma intención. Y Pitina, de
educación recta y perfecta, por principio de jerarquía aprendido durante la
niñez, jamás se opondría a una opinión-petición llegada desde arriba. Y lo que
decía un padre venía desde arriba. Y le habían inculcado que, para ser una
buena esposa, lo que diga un marido también viene desde arriba. Así que las
opiniones-peticiones se podrían traducir para ella como imposiciones.
Sus más de cuatro décadas de matrimonio
fueron una absoluta pantomima guionizada. Desde el más simple ademán o mirada
hasta los acentos de la última palabra de cada discurso. Jamás le puso una mano
encima, pero no hace falta golpear para herir. Nunca le faltó de nada, tenía un
ejército de criados a su servicio. Incluso podía escoger dónde vivir en cada
temporada del año: un ático en el barrio de Salamanca, la enorme hacienda
manchega o un chalecito en El Sardinero, en la tierra natal de su madre. El
dinero, por supuesto, no fue un problema, podía gastar lo que quisiera en lo
que le diera la gana. Crédito ilimitado en las grandes boutiques de cualquier rincón del planeta. Pero eso, todo eso, a
Pitina no le daba la felicidad. Porque, en realidad, con todo lo que poseía, le
faltaba de todo.
Su círculo de amistades se limitaba a las
esposas de los amigos de su marido: Conchita, Maru, Cuca… Mujeres artificiales,
sin cultura, sin inquietudes. Simples floreros adornados con las mejores galas
incluso para tomar el café del lunes a mediodía. En constante enfrentamiento
silencioso por lucir la prenda más cara o la joya más exclusiva. Que eligieron
no pensar para no sufrir, acomodarse. Tomar esa vida de lujos superfluos.
Cerrar los ojos a las aventuras de sus cónyuges cuando, después de un fin de
semana de cacería, regresaban oliendo a puro cubano, whisky caro y perfume barato.
Pitina no era así, su personalidad real
rebosaba sobre los estrechos límites de estos estereotipos. Amaba la pintura,
la ópera, la danza, la literatura de los grandes clásicos… Pero para aquellas
gentes que fueron su universo durante cuarenta años, estas palabras sonaban a
un idioma extinguido hace milenios entre los últimos miembros de cualquier
tribu africana.
Nunca se planteó la opción del divorcio. En
su escalafón social, es una palabra tabú. Así que sobrevivió buscando entre las
tinieblas eso que nunca encontró entre las frías y solitarias sábanas de su
cama. Cariño. Pasión. Amor.
Se fue
Lo último que observaron los ojos de Leopoldo
de los Bueis antes de fundirse a negro eterno fueron la cabeza y las enormes
cuernas de un ciervo que había cazado él mismo tiempo atrás. Lo había mandado
disecar y colocar en su despacho, presidiendo la estancia. Lo consideraba uno
de los mayores trofeos de su vida. Uno de sus mejores éxitos. Cuando la muerte
le vino a ver, con 72 años, no tenía descendencia conocida. La autopsia
dictaminó que la causa del fallecimiento había sido un ataque al corazón,
copiando el desenlace de su padre. Durante el velatorio y la sepultura, susurros
afilados cuchicheaban que la voz de alarma la dio una joven morena de acento
caribeño que no formaba parte del servicio doméstico y no sé qué más sobre
algún tipo de pastilla azul cielo. Pitina estaba veraneando en Santander en ese
momento. Apenas compartían tiempo, espacio ni dimensión, pero ninguno de los
matices de la historia la pilló de improviso.
El ardor oculto
Tras un buen trecho caminando, Pitina corona
una pequeña loma, con cipreses a ambos lados del sendero, tras la cual se
encuentra la tumba de su marido. Un tanto apartada del recorrido más habitual
de familiares y turistas con audioguía, es un buen lugar para el descanso
eterno. A la sombra de los árboles, la temperatura es más agradable.
Fermín, que había seguido a su estela unos
metros más atrás, cargando con la corona de flores, se pone a su altura. Pitina
asiente levemente con la cabeza. Deposita la corona a su lado y se retira para
dejar la intimidad necesaria.
Pitina recuerda perfectamente cuándo conoció
a Fermín. Sus padres, Baldomero y Elvira, formaban parte del personal de la
familia de Leopoldo cuando se casó con él. Fermín era un bebé precioso por
entonces. Desde muy niño, comenzó a trabajar para ellos: cuidando de las perras
de caza, limpiando las estancias, más tarde como chófer… Al jubilarse sus
padres, se convirtió en el jefe del servicio doméstico y, más concretamente, en
el jefe del servicio doméstico de Pitina cuando el matrimonio no se encontraba
en el mismo destino. Ella siempre le indicaba a su marido que estaba muy
contenta con Fermín porque se encargaba de absolutamente todo lo que
necesitara: pedir cita en la peluquería, reservar un vuelo a París o limpiar en
profundidad una estancia. Leopoldo nunca levantó la mirada del periódico para
prestar atención a esas palabras.
Apenas ha rezado un Padre Nuestro (por
respeto) ante la lápida pétrea, cuando se gira y comienza a alejarse. Fermín,
siempre prudente y correcto al máximo en sus formas, la observa apoyado en el
tronco de unos cipreses. El sol hace brillar su tez dorada. Mantiene una
musculatura definida desde esa infancia en la que tuvo que hacer trabajos
demasiado duros para su edad. Su traje negro se adapta como un guante a esa
figura estilizada. A punto de cruzar el umbral del medio siglo de existencia,
mantiene una expresión juvenil y contagiosa en su mirada verde manzana. Entre
sus labios carnosos se empieza a asomar una sonrisa blanca y pícara.
Apartados y ocultos de cualquier ojo
indiscreto, Pitina se agarra a él, se abraza a él, y deja, como tantas y tantas
veces en su intimidad secreta, que recorra su cuello con su aliento de fuego
incandescente. Fuego que, al caer la madrugada, descenderá por todo su ser
hasta llegar a su secreto mejor guardado, donde ese fuego se convertirá en lava
ardiente…, en terremotos…, en huracanes. Ojos en blanco. Respiraciones
cortadas. Sudores de luna.
Arrancan a caminar. La tumba, y con ella el
pasado interpretado sobre el escenario y ante el público, queda atrás. Y
comienza a florecer en superficie lo que sucedió tras el telón, entre
bambalinas y en restaurantes donde podías salir o entrar por más de una puerta.
–¡Ay, Fermín! Qué calor hace.
–Desde luego, señora. Volvamos al coche.
Tenemos un largo camino de regreso hasta Cantabria.
–Sí. Pero prométeme que vamos a parar por el
camino. Hay un área de servicio, un poco apartada y poco transitada, donde
hacen unas comidas que me encantan. Ya sabes como se llama, “El Punto P”.
Fermín sonríe. Y ella también. Nadie mejor
que Fermín sabe dónde está “El Punto P”.
Óscar Gutiérrez©

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