—¡Silencio, por favor! 3, 2, 1. ¡Entramos online!
—Como cada semana desde nuestro virtualcast, hoy, 1 de febrero de 2282, queremos compartir con vosotros esta historia. Ahora mismo, estamos en el Museo de Arqueología en la capital de la estepa septentrional y, con ese irreverente estilo que nos caracteriza, vamos a recordar, con todos nuestros seguidores de los siete desiertos, el segundo centenario del nacimiento de nuestro personaje de la semana:
Salvador Pérez González,
nacido en el gélido invierno de 1982 en Rascafría, provincia de Madrid. Un niño
como casi todos al nacer, rollizo y tocapelotas. Clotilde o Cloti, su madre,
que en su primer acto de amamantamiento tuvo una sensación inesperada con este
su tercer vástago: se le erizaron los pelos y se le pusieron los pezones como
dos diamantes de corte al sentir los gélidos labios de aquella boquita de
piñón. Salvador, un bebe en apariencia como todos, pero en realidad con una
temperatura corporal 20 grados inferior al resto.
Pese a su anomalía, tampoco
sufrió de gran acoso en la niñez. Eso sí, nadie quería sentarse con él en clase
porque, sólo con acercase, los más flojetes se cogían constipados. Fue en esta
época cuando le apodaron como Frigodedo, que luego, con el tiempo, fue teniendo
variaciones hasta llegar a Frigopié y otras tantas y variadas frigo anatomías.
Ya en la adolescencia, las
chicas más curiosas, atrevidas y fogosas empezaron a acercarse a él. La mayoría
lo querían sólo para apaciguar su calentura restregándose en sus muslos, lo
cual a Salvador le sentaba de maravilla. También los colegas de clase le
invitaban a los botellones y le colocaban las cervezas en todas las cavidades
posibles: entre los sobacos, debajo de las rodillas, entre la barbilla y el
pecho, en las ingles. Y ahí, donde todos vosotros, mentes sucias, estáis
pensando, porque no les cabía; si no, ya se hubiesen encargado de meterle un
litro de cerveza para que estuviese bien fresquita. Salvador siempre dejó claro
que él tuvo una juventud plena y feliz.
En el comienzo de su edad
adulta, empezó a buscarse la vida con diferentes empleos, a cada cual más
innovador. Durante los inviernos, trabajaba como asistente de producción de
películas porno. Lo de asistente, en realidad, era porque cuando había actores
noveles, que no sabían o eran incapaces de contenerse en esos rodajes
maratonianos de un día entero, gritaban: ¡que venga inmediatamente el asistente
de producción y rebaje la calentura a este chaval! Y ahí acudía, raudo y veloz,
nuestro querido Salvador a agarrarse al manubrio del novato para aliviarle la
quemazón.
Durante los meses de verano,
cambiaba de empleo. En julio, lo pasaba en Madrid, donde había colas de mujeres
adineradas que le pagaban para que enfriase sus camas. Dormía junto a ellas sin
tocarlas y, según sus clientas, era como tener el mejor aire acondicionado pero
sin contraindicaciones y, además, se sentían protegidas a su lado. En agosto y
principios de septiembre, le contrataban para lo mismo, pero en las zonas
costeras de toda Andalucía y el Levante. Y ya entrado el otoño, recuperaba su
profesión cinematográfica. Así estuvo alternando estos dos nobles oficios
durante treinta años. Y él siempre lo dijo: “son trabajos muy bien remunerados
y me siento orgulloso de haberlos desempañado. Yo era el único en el mundo capaz
de ofrecer estos servicios”.
Con cuarenta y cinco años,
conoció a Cecilia, diez años más joven y, al igual que él, con otro pequeño
desajuste: tenía cuatro grados más de temperatura que la media humana, en torno
a los 40 grados. Era una mujer ardiente, decía Salvador. Se casaron dos años
después. Eran una pareja armoniosa y equilibrada, él tan frío y ella tan
caliente. Se querían, se amaban y se lo recordaban a diario. También, según
testimonios de familiares y amigos, hacían el amor tres veces al día. Y como
siempre buscaban la ecuanimidad, se fueron de luna de miel a las Islas
Galápagos, en Ecuador. La primera mañana, tras despertar de una ajetreada noche
de pasión, Cecilia se levantó y no quiso despertar a Salvador, que estaba
extenuado tras sus ponderadas cabalgadas nocturnas. Salió fuera de la cabaña y
se echó a las aguas cristalinas, que estaban a diez metros de su nido de amor,
con la mala fortuna que, mientras nadaba, pasó una moto de agua y le reventó el
cráneo en catorce partes, y no sólo eso, sino que los tiburones, atraídos por
la sangre y las viscosidades que flotaban en la superficie, se encargaron de
que desapareciese totalmente. Meses después, encontraron media mano. Ésta, al
menos, mantenía la alianza de matrimonio, la cual Salva siempre guardó
celosamente.
Tras este dramático y rocambolesco
suceso, Salvador siguió dedicándose a servir a los demás, como siempre había hecho;
pero esta vez, las hipócritas mentes, bien o mal pensantes, lo verían con mejores
ojos: empezó a ofrecer largos abrazos a enfermos con altas temperaturas
febriles, un trabajo que le proporcionaba una inconmensurable felicidad.
También, durante los
comienzos de la segunda década del siglo XXI, se hizo voluntario para
transportar dosis de vacunas que necesitaban de bajas temperaturas para
mantener su efectividad. Éstas se las llevaba a todos los que la necesitasen de
forma clandestina, y lo hacía así como los que se bajan al moro y se introducen
huevos de hachís en el ojal: se llenaba el intestino con todas las dosis que le
cupiesen e iba de un sitio a otro distribuyendo las vacunas. Se dice que llegó
a repartir 18.000 dosis durante tres años a gente sin recursos. En esta época,
le empezaron a llamar de forma cariñosa ¨Frigocolon” porque además decían que
les había salvado el culo.
El día de su 130 cumpleaños,
acudió al médico de cabecera para un chequeo rutinario. Y no pudo por más que
preguntarle al doctor que cuándo sería su momento de morir. Éste le contestó
que no lo tenía claro del todo, pero que su organismo, gracias a las bajas
temperaturas, se mantenía como el de un chaval de veinte años y que estimaba
que podría vivir otros cien años o más. Ésta es la primera vez que se vio a
Salvador triste y cabizbajo. Empezaba a estar harto de ver desaparecer a amigos
y familiares y tener que convivir con la arena y el humo, que cada vez iba
invadiendo más y más lugares.
Cuarenta años después, ya agotado de vivir, puso rumbo a Costa Rica, una de las pocas zonas verdes que quedaban en el planeta. Y una vez allí, se dirigió al volcán Arenal, se acercó a una de sus laderas y se tumbó a descansar para siempre junto a un río de lava.
—Y mis queridos seguidores de los siete desiertos, esta es su historia y este enorme corazón de lava, que todavía late y está caliente con una alianza incrustada: el mejor legado que nos dejó. Le llamaban Frigodedo, el Salvador.
—Nos vemos la semana que
viene con nuevas y jugosas historias y, como siempre, un placer por vuestra
atención. Gracias y feliz día.
Óscar
Nuño©

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