–Perdone,
¿sabe usted cómo se sale de aquí?
–Pues
no, y perdone usted, pero llevo más de una hora dando vueltas. Ya estoy cansada
y hasta un poco asustada.
–Lo
mismo que yo. Vine con mi hijo y me dijo que diese una vuelta por esta tienda
tan grande, que me gustaría. Él iba a mirar no se qué muebles. Mientras, yo
podría elegir alguna herramienta que en el pueblo no había. Llevo cinco años
jubilado, ¿sabe?, y para entretenerme, he montado un taller de carpintería en
lo que era el viejo gallinero, y hago cosinas.
–¿Es
usted de por aquí? Asturianu, sí, por su acento.
–Soy
de Cangas. Vivo en las afueras. El hijo vive aquí, en Oviedo, y de vez en
cuando vengo a pasar con él unos días, pero nunca me había traído a este centro
comercial. Me dice que es sueco, ¡mire usted!
–Yo
me llamo Avelina y soy de Arriondas. Vivo aquí con mi hija desde hace dos
meses. Es también la primera vez que me trae aquí. Me dejó mirando plantas y
cocinas, que aquí hay muchas cosas. Me mareo con tanto cacharro y no hago más
que dar vueltas.
–¡No
me extraña, coño!, igual que yo, no hay más que flechas en el suelo. Me dijo el
hijo que las siguiera, que era muy fácil moverse. Pero, ¿adónde? Todo el tiempo
aparezco aquí, que solo veo camas y sofás. Vi antes unas herramientas que me
vendrían bien, pero, con tanta puñetera flecha, las perdí de vista y ahora no
doy con ello. ¡Ah!, me llamo Tomás, encantado de conocerla.
–Igualmente.
A mí me ha pasado lo mismo, me he perdido. ¿Y si nos sentamos en ese sofá?,
está todo montado como una salita. Igual hasta nos traen un café… Tengo los
pies reventados por culpa de los zapatos nuevos. Yo estaba muy bien en el
pueblo, me calzaba muy cómoda para salir a la calle a pasear; pero aquí se va
más arreglada. Con lo a gusto que estaba yo allí… Salía a andar o a charlar con
las amigas y las vecinas, y no se crea, lo mismo de cotilleos que de política,
lo que se terciase. Mi hija lo hace por mi bien, pero me aburro mucho. ¡Qué
bien se está aquí sentadines!,
¿verdad?
–¡Y
que lo diga! Yo también me aburro mucho. Pero cualquiera oye a este hijo mío si
no vengo de vez en cuando… Bueno, seguimos aquí sentados y que nos busquen.
¿Acaso no nos han traído para pasar un buen rato, Avelina? Pues eso.
–¡Así
es, Tomás!
Después de un buen rato,
se escucha por megafonía: “Por favor, la señora Avelina González: su hija la
busca, preséntese en la zona de recepción”. Acto seguido, otra voz solicita lo
mismo a Tomás Collado.
En
ese momento, un empleado contempla a una pareja algo mayor, durmiendo plácidamente
en un sofá de la casa. Muy arrimados y cogidos de la mano.
Calentines, que dirían ellos.
Remedios Llano Pinna©
Noviembre
COMILLAS

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