domingo, 1 de julio de 2018
TRES
Quiero que sea hueca,
sólo un poco hueca.
Limpia, larga, sedosa y muy juguetona.
Es lo que quiero.
Deseo su sabor, pero sobremanera,
y para no llevarnos a engaño, sólo al principio.
Lo que realmente deseo es estar anestesiado.
Anhelo su humedad, la turgencia a cámara lenta y la picaresca infinita.
¡Que no termine, por favor!
No quiero que la oquedad se convierta en un monstruo,
me arrastre, me vapulee y me aplaste en la oscuridad.
Tengo miedo.
¡GHOSTBUSTERS!
El deseo se digiere, pero nunca quieres que termine.
La luz te fulmina: te machaca el sentido, las tripas y el entorno.
Hace frío.
¡GHOSTBUSTERS!
La turgencia se me indigesta, ha terminado, es repulsiva.
¿Qué ha pasado?
¡GHOSTBUSTERS!
Ghostbusters. Ghostbusters. Ghostbusters.
© Óscar Nuño
FANTASMAS
Anoche, mi hermano el okupa durmió bajo su cama. Por la mañana, mamá le encontró envuelto en el edredón, con una linterna encendida, medio dormido y sudado, como recién salido de una sauna finlandesa. A la pregunta de ¿qué haces, Guillermo?:
–¡Mami, mami, tengo miedo de loz fantazmaz!
–¡Qué fantasmas ni qué fantasmas!
–Zi, la peli de Loz Cazafantazmaz. La vi con la Abu, anoche.
–Ya hablaré con tu Abu, por dejaros ver esas películas. ¡Para una noche que salimos tu padre y yo...! Escucha, Guillermo, con mucha atención: los fantasmas son como los globos; si se les pincha, ¡pufff! Desaparecen…
Yo no oí esto último, ya que se me hacía tarde para subirme al bus del colegio. En mi mente quedó que mi tierno y querido hermano ¡tenía miedo a los fantasmas!, y urdí un plan para esa misma noche, frotándome las manos. Me pondría una sábana blanca, cubriéndome entera, una linterna encendida bajo la barbilla y una cadena, que cogería del garaje, para hacer ruido. ¡Ufff, hasta yo sentía miedo! En clase, no me enteré de nada, tramando mi alevosa idea nocturna.
Nada más llegar a casa por la tarde, entré sigilosa en la habitación de mis padres. Abrí la puerta del armario de las sábanas y cogí una blanca. Con unas tijeras, hice dos grandes agujeros redondos, simulando los ojos. Ya tenía todo: la sábana blanca, la cadena y la linterna. Ensayé delante del espejo con la luz de la habitación apagada y, la verdad, asustaba. Sólo quedaba terminar de cenar, ¡el okupa se iba a enterar!
Una vez todos acostados y la casa en silencio, me dispuse a ejecutar mi plan. Me disfracé y me dirigí a la habitación de mi hermanito. Abrí lentamente la puerta, la cerré sin hacer ruido, encendí la linterna e hice sonar la cadena:
–¡Uuh, uuh...! ¡Guilermooo..., Guillermooo...!
De pronto, sentí pinchazos por los brazos y piernas, y el okupa gritando:
–¡Ezplota, fantazma!
Yo también grité:
–¡Mamá, papá, socorro!
Al rato, se encendió la luz. Me quité la sábana. Ante mí, el okupa estaba con una aguja de tricotar en ristre, desafiante, desencajado, con cara de loco. Mis padres, asombrados; la Abu diciendo:
–Con razón no encontraba la aguja de hacer punto.
Entonces, mi hermano dijo:
–¡Mami, le he pinchado para que dezaparezca como un globo, como me dijizte, pero ha aparecido Criz!
¡Y tanto que pinchó! Me dejó como un colador. Encima, me castigaron por romper una sábana nueva y asustar a Guillermo, ¡qué injusticia! ¿Y él, que robó la aguja de la Abu? Lo mío sólo fue una “bromita”, sin importancia, por el bien del okupa, para quitarle el miedo a los fantasmas, ¿o no?
Ana Pérez Urquiza ©
LA DANZA DE LAS FURIAS
Los rayos caen sobre el mar embravecido como serpientes retorcidas, mientras los truenos llegan ensordecedores entre estallidos y estruendos. Una ligera neblina asciende desde el agua.
Mónica mira cómo la salvaje lluvia quiere traspasar los cristales golpeando el viejo faro, situado sobre un acantilado que termina en el mar, para separarse por un canal estrecho –una de las zonas más duras para la navegación, azotada por los vientos–. La soledad es impresionante, acusada por el laberinto salvaje de sus rocas pardas, matorrales y pinos mediterráneos.
Todo es oscuridad, mientras las lágrimas resbalan por su cara, hasta que su mente desconecta para entrar en la más absoluta de las locuras.
Todo empezó una tarde clara y templada de mediados de junio de hace casi un año.
Recuerdo salir por la puerta oeste de la Universidad Montilivi, donde está la Facultad de Historia, para recoger mi bicicleta, pero, al llegar, veo que las dos ruedas están pinchadas. La rabia enciende mis mejillas, mientras pienso que tendré que ir andando hasta mi apartamento del campus; pero lo peor no es que vaya con abarcas, sino la cantidad de libros que llevo encima.
De repente, oigo su voz a mis espaldas.
–Parece que te han gastado una broma.
–Pues sí, eso parece –le contesto.
–Yo voy para casa. Si quieres, puedo acercarte con el coche, ya que me cae de camino y no me representa ninguna molestia.
–Pues no sé…, no sé –le digo.
–Bueno, pues tú misma. Me voy, o llegaré tarde. Chao.
–Espera, espera… De acuerdo.
Sólo recuerdo entrar en el coche, en la parte de atrás, ya que el asiento del copiloto estaba cubierto de mantas. ¿Mantas? –pensé–, ¿para qué las querrá, con el calor que hace?
No tuve tiempo de averiguar la respuesta a mi pregunta. Todo se diluyó ante mí.
Cuando, poco a poco, fui despertando y abriendo los ojos, todo me resultó extraño. Me di cuenta de que estaba tumbada sobre una cama y atada a sus barrotes. Las muñecas y los tobillos me escocían por la presión de las cuerdas. Empecé a mirar a mi alrededor y fui recorriendo el austero habitáculo, en el que había solamente un bureau con una silla, una mesa redonda, un pequeñísimo sofá Chester y un váter químico. Unos altavoces retumbaban con La danza de las furias, de Gluck. Él sabía que era una de mis músicas favoritas y se quiso asegurar de que llegaría a odiarla. Ya jamás se detendría, ni de día ni de noche. Su obstinado ritmo trepidante me torturaba sin cesar, hasta que los latidos de mi corazón se acompasaron con el galope enloquecedor de la música y sentía como si me fuera a reventar dentro del pecho. Ansiaba que se detuviera, pero las furias escondidas en sus compases se habían apoderado de mí.
Al instante me di cuenta de que jamás iba a escapar de allí, de la parte más alta de aquel viejo faro.
De pronto, oí cómo se abría la puerta y entró él, llevando una palangana con agua y una esponja.
–Mi princesa se ha despertado.
–Suéltame, por favor; no diré nada, te lo prometo –supliqué.
Se rió, y su cara se desfiguró en una mueca macabra.
–Eso es lo que decís todas. No te preocupes, pequeña; yo cuidaré de ti.
Se me acercó con los ojos vidriosos y comenzó a lavar todo mi cuerpo. Yo lloraba desesperadamente entre temblores, pánico y terror.
Cuando acabó, me puso un camisón blanco, de raso, y seguidamente noté cómo algo me oprimía la nariz, con un olor fortísimo, hasta que caí en un profundo sueño.
Lejos de allí, pasados muchos meses, el inspector jefe de policía de Gerona y sus ayudantes buscan alguna pista para encontrarme, pero es como si me hubiese volatilizado. Nada. Y ya todos esperan lo peor.
Mi novio, con el que rompí pocos días antes de mi desaparición, ayuda desesperadamente en todo lo que puede, pero es una persona débil y los policías no confían demasiado en sus respuestas cuando le interrogan.
Marc, mi profesor preferido, parece un fantasma desde que desaparecí. Recuerdo que cuando, con mis amigas, lo vimos por primera vez entrar en el aula, nos quedamos sin respiración. Alto, rubísimo, ojos verdes iridiscentes y con la maravillosa fragancia del perfume Issey Miyake. No es de este mundo –nos decíamos, riendo.
Albert, compañero de clase, iba siempre vestido como un cuervo. Llevaba los ojos pintados con Khôl y siempre aparecía cuando yo estaba sola y en lugares más bien apartados. Me miraba con aquellos ojos negros y siniestros que, cuando se me acercaba y me susurraba al oído, me daban escalofríos, miedo y asco.
La policía lo interrogó varias veces, pero siempre negaba haberme acosado. Pedía que lo dejaran en paz.
La tormenta sigue cayendo, negra y poderosa, contra el faro. Ando descalza de un lado para otro con la música arrollando todo el espacio. Por lo menos, ya no estoy atada; pero sí encerrada con varios cerrojos.
Oigo súbitamente el crujir de la escalera de madera y sé que es él con la bandeja de la cena. Extraordinariamente puntual. Tengo tanto miedo, tal inquietud, que mi cuerpo se mueve compulsivamente como si estuviera sometido a descargas eléctricas. El miedo es real.
Abre la puerta, con tanta fuerza, que choca estrepitosamente contra la pared. Hoy está de mal humor.
–Toma. Estoy empezando a cansarme de verte. Además, es peligroso tenerte tanto tiempo encerrada. Ya va siendo hora de deshacerme de ti. ¿Me oyes? –me dice mientras me arrastra con fuerza por los pelos.
–No me hagas daño, por favor, por favor.
Me da una bofetada, tan violenta que caigo al suelo y noto un sabor metálico que se extiende en mi boca. Es de una crueldad extrema.
Se va, dando otro portazo fortísimo que hace retumbar de nuevo toda la habitación.
–Dios mío, no he oído girar las llaves. ¿Será posible que se haya olvidado?
Inspiro lentamente y, temblando, me acerco. Bajo la manecilla y la puerta se abre. Las llaves están colgando de la cerradura. Las saco y oigo mi corazón golpeando tan fuerte que pienso que él lo va a oír. Decido bajar lenta y suavemente, pisando de puntillas la madera para no hacer ruido.
Al llegar al final de la escalera, veo que está estirado en el sofá, de espaldas a mí, viendo una película. En una esquina, hay un fusil de pesca submarina. Tengo que llegar a cogerlo como sea, es mi única oportunidad. Todo pasa en cuestión de segundos. Me lanzo sobre el fusil. Él se gira como accionado por un resorte, se abalanza sobre mí y, en ese mismo instante, disparo, sin saber bien lo que hago. El arpón le alcanza de lleno en el estómago y cae gritando de dolor, sin poder ponerse en pie. Lo miro con ojos rojos llenos ira.
–Aquí te vas a pudrir, porque nadie va a entrar y, para cuando lo hagan, sólo serás un armazón óseo.
–No puedes dejarme morir, te lo imploro. Perdóname. Todo lo hice porque te quiero –suplica, aterrado.
–Tu suerte se ha acabado, ¡espero que tardes en morir!
Salgo al exterior. Oigo sus gritos maldiciéndome. Cierro con llave. La lluvia torrencial azota mis cabellos, pegándolos a mi cara, y mi delgado cuerpo se tambalea por las fuertes ráfagas de viento. Los fantasmas del miedo han quedado atrás… ¡con él!
Miro el faro por última vez y digo en voz alta:
–Jamás volveré a oler ese maldito perfume. ¡Adiós, Issey Miyake!
Con el correr del tiempo, quienes llegaban paseando hasta el faro se decían los unos a los otros:
–¡Qué olor a putrefacción más desagradable! Deben de ser las gaviotas muertas.
Francis Cortés Pahissa ©
SUBIDAS FANTASMALES
Nos levantábamos sin hacer ruido. Nos vestíamos en la habitación del abuelo, con zamarras y botas de monte. Tras un desayuno frugal (ya saborearíamos, a la vuelta, el revuelto) e iluminados nuestros pasos con linternas y sticks de montañeros, nos dirigíamos al monte Pagoaga. Julen y yo nos desinflábamos pronto. Grandad nos advertía:
–Ya veréis: como los eibarreses lleguen antes y encuentren nuestro escondite, adiós a nuestros perretxikos.
Y entonces nos desperezábamos y, a trompicones, adelantábamos al abuelo. Yo, con el pretexto de esperarle, aminoraba la marcha.
–¿Y dónde está Julen?
–No sé, grandad. Pero quizá haya optado por la “senda prohibida” –le susurré al oído–. Seguro que, por el atajo, llega antes que nosotros. Y si se le hace tarde, lo encontraremos en casa; con su corpulencia de Hércules, sano y salvo.
–Entonces, ¿seguimos?
Yo le acaricié su cariñosa mano.
Ya en el hayedo, el abuelo trazó una circunferencia de unos tres metros de diámetro cerca del haya de raíces geófobas.
–Ander, vete quitando la hojarasca con tus suaves manos, yo te iluminaré con las dos luces. Y yo fui escarbando la tierra con mimo. Y allí estaban, rechonchas, hermosas, con la caperuza un poco azulada, nuestras anheladas setas. Y grandad, mi maestro, fue cortando las idóneas.
–¿Ves, Andertxo? No hay que arrasar. Hay que dejar a la naturaleza que siga con su labor de extender, año tras año, su varita mágica para que tu familia, los descendientes…, los eibarreses, se alimenten de este maná…
–Egun on, Julen! Egun on, Ander! Venga, que anoche llovió y habrá muchas para llenar nuestro cesto.
Antes de que pasaran diez minutos, ya estábamos en el umbral de la puerta. ¡Las cuatro de la madrugada del día de San José! Julen escondía la caja de anteojos de la amama en el bolsillo del anorak; quienes los llevaran, se parecerían a la misma abuela. El abuelo no se enteró. Tampoco se percató de que habíamos adelantado una hora su reloj. Al llegar a la bifurcación, nuestras linternas iluminaron los pasos del abuelo; el cambiazo de pilas surtió el efecto deseado. El abuelo echó pestes sobre las pilas de Cegasa… Julen iba abriendo el sendero; yo seguía dirigiendo la luz a las botas del abuelo. Y así, llegamos al caserón.
–¡Ay, pillines, cómo me habéis engañado!
–¡Chist!, chistó Julen. Grandad, susurró: como nos oigan, se esconden. ¡Y no toques nada! Pero, con la manga de su zamarra, accionó un botón. Se abrió el armario situado bajo la escalera y, clic clac, clic clac…, apareció el esqueleto, bailando sin cesar. Los dientes postizos de grandad se sumaron, clic clac, al sonido esperpéntico. Julen presionó el botón rojo y el esqueleto se escondió.
El abuelo, agarrado con una mano al pasamano de la escalera y la otra agarrada a la bragueta del pantalón, empujó la puerta del váter. No había empezado a orinar, cuando una víbora, con su lengua bífida, estuvo a punto de invalidarle los testículos colgantes. Gracias a los reflejos de Julen, que se abalanzó sobre la tapa, la cabeza de la bicha cayó estrangulada sobre el sucio embaldosado. Julen, con los consejos de grandad, le hizo un torniquete, a modo de prótesis, para salvar sus glándulas sexuales. Los hermanos se miraron aterrorizados, mas el abuelo no perdía su aplomo.
Una lucecita verdosa apareció en la fisura de dos tejas. Nos llegaron los bufidos endiablados del gato entre sus bigotes hirsutos. Nuestros pasos se detuvieron en seco. De las garras, el felino mostraba una cadena dorada. Hipnotizados, buscamos, con ojos ávidos y de hiena, el otro extremo del tesoro: la malvada Madrastra la sujetaba. Julen, intrépido, la quiso acaparar con un tirón de su stick. La voz alocada, eufórica, de la bruja hizo reaccionar a grandad: con las fuerzas que le quedaban, estampó un golpe seco en el espejo. La calavera cayó al duro suelo… El felino, viéndose libre, soltó también la cadena.
Grandad nos seguía; esta vez, con semblante menos risueño. Yo quería ser protagonista. Giré el pomo de la habitación. La persiana fue abriéndose poco a poco. Las linternas reflejaban un color irisado. Julen me pasó la cajita. Le coloqué las gafas de carey a la momia, que lucía una sábana fucsia: ¡toda una belleza! Grandad nos abrazó y posó en el cuenco de nuestras manos el nuevo tesoro. El brillo de la cadena nos cegó. Cuando se iluminó la habitación por la luz del alba, vimos a grandad, despatarrado, con el edredón bañado en sangre, acostado a la izquierda de la cama, mostrando una cara desfigurada, verdosa. No obstante, entre la espuma de su boca, nos pareció que sonreía.
San Vicente de la Barquera, 19 de Junio de 2018
Isabel Bascaran©
VIAJE A TENERIFE
He pasado unos días en Puerto de la Cruz, Tenerife, con unas amigas, por Mundiplan. Vano intento de ver el sol. Es época de vientos alisios, que dejan las nubes contra la montaña llamadas “panza burra”. Para ellos, significa AGUA. Menos mal que la temperatura era agradable, el hotelito acogedor y en una zona preciosa cerca del Jardín Botánico. Por todos los sitios, la naturaleza lujuriosa y espléndida; parecía que todas las noches barnizaban sus grandes hojas y arbustos llenos de grandes flores de todos los colores. Eso sí, teníamos una buena cuesta para bajar al centro, con el Lago Martiánez, de Cesar Manrique; con sus comercios y cafeterías, bastante concurridas. El hotel tenía autobús de 33 plazas. Si no cabías, a patita o taxi.
Nos apuntamos a varias excursiones para conocer la zona norte de la isla. La primera era “La Isla Baja y la Ruta del Plátano”. Fue muy instructiva, ya que nos explicaron muchas cosas sobre ellos. Se plantan junto al mar, en la zona media. Se dedican al tomate sobre todo y, en la parte alta, a las patatitas esas tan ricas –“papas arrugás”– con el “mojo picón”.
Pasamos por Los Realejos y paramos en Garachico, donde la última erupción del volcán los dejó prácticamente sin puerto, y por eso se llevó hacia Puerto de la Cruz y Tenerife todo lo que se traía de América. La carretera principal, junto al mar, cuando se pone muy brava, la tienen que cerrar y, en un buen trecho, han diseñado una pared, con forma de ola, para que, al chocar, el agua siga su forma y no la rompa más. Vimos piscinas naturales entre la lava y llegamos a un mirador con el esqueleto de una gran ballena. Seguimos hasta una empacadora de plátanos junto al mar: 45.000 toneladas al año. Nos dejaron pasar por un trecho entre las plantas y nos explicaron el proceso de adelantar o atrasar la maduración dependiendo de la demanda (aquí, por supuesto, para el invierno). Nos tenían preparada una carpa con mesas, jarras de vino blanco fresquito y plátanos maduros con queso blanco, que es como lo comen ellos. El señor que lo explicaba dijo, de pronto:
–¿Hay alguien diabético en el grupo?
Dos personas contestaron que sí.
–Pues les voy a decir una cosa importante: cojan el plátano, lo cortan longitudinalmente y quiten ese “hilo central”; es ahí donde se concentra el azúcar. Así que ya pueden comer plátanos.
También tenían una mesa con sus productos de cosmética sacados del plátano y, con la fibra de la planta, hacen adornos muy bonitos que no pesan nada.
La segunda excursión fue a La Laguna. Está a 600 metros de altitud. Hacía algo de frío y nos llovió un poco, pero mejoró. Primera ciudad de Canarias. Escogieron ese sitio para luchar contra la piratería. Conquistada a los guanches para la Corona de Castilla por Fernández de Lugo. Hizo una ciudad muy moderna para aquellos tiempos: sus calles son muy anchas, con casas muy peculiares; sus balcones, preciosos, labrados y que, en la parte de arriba de los edificios, servían como granero. Es Patrimonio de la Humanidad y Ciudad Universitaria. Tiene una catedral muy bonita de San Cristóbal y vimos el Cristo de la Laguna, muy famoso, con mucha plata traída de México.
La laguna la desecaron, pues acabó siendo un lugar infecto. Ahora, en una parte de ella, hay casas con jardines. Pienso que, con tiempo, había muchas cosas que ver, pero seguimos hacia Tacoronte, a ver una bodega. Nos tenían preparadas una mesas grandes para degustar su vino blanco, tinto y el famoso malvasía; mojo picón rojo y verde, quesos y la miel de palma (se hace en La Gomera con savia de cierta clase de palmera y lleva un proceso de cocimiento). Está fina y rica… Todo artesanal, una delicia…
Nos tocaba descansar un poco y nos bajamos al centro, de tiendas, para comprar algún regalo para la familia. Por la noche nos habíamos apuntado a un espectáculo: “Canarias 4 Elementos”. Nos llevaron después de cenar. Aterrizamos en un restaurante grande con un gran escenario. Nos recibieron con sus trajes regionales. Estuvo entrañable y, al final, con un cuadro muy colorido de su carnaval.
Yo, como ya había estado más veces y conocía el Teide, por mi parte, ya no quería más excursiones. Pero la guía, muy simpática ella, nos dijo:
–¿Os vais a ir de la isla sin ir a la excursión más bonita? “Villa de la Orotaba + Icod de los Vinos + Masca”. Íbamos a ver el Drago Milenario y subir a Masca: era como subir al Machu Pichu (pero menos). Nos apuntamos.
La villa de la Orotava (no la conocía) me pareció un sitio precioso. Además, la vimos en un momento en que se estaba engalanando para la fiesta de Corpus Cristi, con cintas de colores y colgaduras. Delante del Ayuntamiento había tres carpas, en las que se confeccionaban tres alfombras maravillosas con tierras: una obra de arte impresionante.
No paraba de hacer fotos, sobre todo a la Casa de los Balcones, muy famosa y convertida en museo, con representaciones de cómo se vivía, con un patio precioso y una tienda de labores artesanales canarias, esas filigranas que hacen sacando hilos y más hilos.
¡Ruta hacia Masca! ¡El que quiera emociones fuertes que se apunte a Masca! Esas cosas, en autobús, impresionan más que en coche. Crestas, barrancos y curvas inverosímiles a tutiplén. Maravilloso, claro. Estuvimos un rato y seguimos hacia Icod de los Vinos. Subimos a un parque con árboles gigantescos y, cerca, el Drago Milenario. Allí estaba, en medio de un bonito jardín, majestuoso y como esperando seguir cobijando a todos los fantasmas de los seres que, a través de los siglos, se cobijaron en él, con su tronco hueco y en cascadas retorcido. Lo tienen muy cuidado y una enhiesta palmera, cerca, le sirve de compañía.
En La Casa del Drago también había de todo para comprar y allí, como no, perdimos otro rato.
¡Se acabó! No más excursiones. A descansar un poco. ¡HASTA LA PRÓXIMA!
Mª EULALIA DELGADO GONZÁLEZ©
Junio 2018
EL SURFER FANTASMA
(Basada en hechos reales)
Sí, aunque cueste creerlo, es real. Se dan casos en todas partes del mundo y, sobre todo, en verano. Y sí, yo he sido testigo de muchos de estos horripilantes casos.
Como ya deduciréis por el título del relato, voy a hablaros del surfer fantasma. Y para ser sincero, eso de “horripilante” lo he puesto para añadirle dramatismo, ya que, más que aterrarte, al ver dicho espectro, te dan ganas de abofetearle de dos en dos hasta que los tortazos sean impares. Y por desgracia, me he encontrado con bastantes. Especialmente este año, ya que, como mi nuevo instituto está cerca del mar, abundan más estos espectros. Estos fantasmagóricos seres se caracterizan principalmente por ir fardando de lo buenos surfers que son. Puede que logren impresionar a las chicas que no tienen idea en estos campos; pero a mí no me toman el pelo aunque crean lo contrario, porque, por mucho que me vengan hablando de sus increíbles habilidades en el arte de cabalgar las olas, realmente no tienen ni puñetera idea. ¿Y cómo lo sé? Pues espera, que os lo cuento.
Cuando mantengo una conversación con estos “surferos”, les suelo preguntar por qué nunca les veo en el agua, a lo que ellos me responden que solo surfean en verano –que es una forma de decir que en invierno pasas frio y que te haces caca con las olas grandes; cosa que es totalmente compresible, si no fuera porque van por ahí alardeando de ser surfistas profesionales–. Lo que realmente me molesta es la arrogancia de muchos de ellos, ya que creen conocerlo todo. Por culpa de eso, dicen cada tontería… Como, por ejemplo: “¡Las tablas de epoxi son una mierda, porque flotan menos y, además, pesan más!” –cosa que es totalmente errónea– y, al ir a corregirles, te responden: “¡Pero qué dices! ¡No tienes ni puta idea!” –a lo que ya ni les respondo, debido a que cuando eres nuevo en algún sitio lo suyo es no ganarse el odio de la gente.
En el caso de San Vicente, muchos de ellos suelen ir de “locales del pico”, por el simple hecho de ser de Sanvi –cosa que me parece una soberana tontería: yo, en un mes, surfeo más en “su playa” que ellos en un año.
En conclusión, no os creáis que alguien es “surfero” porque vaya alardeando de ello por ahí: hablar es fácil, pero coger olas en el Brusco es otra movida.
Lucas Nuño ©
LOS FANTASMAS
El tema de este mes son los fantasmas. Escribo unas pinceladas sobre los diferentes tipos de fantasmas.
La mayor parte de mi vida ha transcurrido detrás de un mostrador y he conocido algunos de estos personajes que hoy ocupan mi escrito y que, aún sin sábana blanca, asustaban.
Algunos de ellos sólo sabían hablar de su dinero, de sus viajes y de las carreras importantes de sus hijos. También recuerdo a uno que nos encargó una botella de champán francés: “Que sea el más caro, que voy a invitar a mis amigos y quiero causar buena impresión”. En su casa, su familia apenas sí tenía para comer, y yo, en mi tienda, una buena cuenta con sus deudas.
Cuando yo era niña, en San Vicente había unas cuantas casonas antiguas. Recuerdo ir con mis amigas y ver sombras por todos lados y un miedo tremendo. ¡Hasta los árboles parecían tener vida y asustarnos!
Mi fantasía me ha jugado en ocasiones malas pasadas, como cuando mi hijo Andrés comenzó a salir de fiesta y yo, con un dolor de muelas a las tres de la mañana en el baño, haciendo gárgaras con agua y sal. Levanto la cabeza y, en el espejo, mi hijo mirándome en silencio. Los gritos fueron tan fuertes que despertamos al resto de la familia.
Yo perdí a mi madre muy joven. La tristeza y la pena me embargaban. Uno de esos días, estaba peinándome frente al espejo y os aseguro que vi la cara de mi madre sonriendo. Fue todo tan real que me aparté superasustada. Luego, reflexionando, todo esto tuvo que ser fruto de mi imaginación, ¡pero caray si era mi madre! ¡Cómo voy a sentir miedo: eso es un fantasma bueno y protector!
En estos últimos días, los medios de comunicación no han parado de mostrarnos lo que podríamos llamar un buque fantasma, vagando de un lado para otro. Mirando los ojos de esa pobre gente, de esos pequeños fantasmitas, siento una gran ternura, y confío que, entre todos, podamos devolverles su sonrisa y dignidad como seres humanos.
¡Feliz verano!
Mari Carmen Bengochea ©
FANTASMAS
I
En la pequeña villa, las campanas tocaban con repiques solemnes, lo cual indicaba que el finado era de postín. Las gentes se sorprendían y murmuraban, preguntándose quién era el muerto y enseguida llegaron las noticias tan ansiadas: se trataba de don Salvador el Indiano, todo un personaje, un tanto siniestro e inmensamente rico.
La noticia llegó hasta el rincón más recóndito del municipio. Era un acontecimiento muy esperado; sobre todo, para los familiares, que esperaban este momento haciendo cálculos de lo que les tocaba percibir de la cuantiosa herencia.
El entierro tuvo lugar al día siguiente. Cientos de personas acudieron a darle el último adiós. Los familiares, de negro integral, lloraban con amargura la pérdida. Parecía una competición de lágrimas. Se miraban unos a otros. Entre suspiros y llantos, le dieron cristiana sepultura.
Esa misma tarde, se acercaron a La Casona de don Salvador varios personajes –entre ellos, el notario–, para levantar acta de los bienes de la casa. Eran muchos y valiosos: monedas de oro, plata, un cuadro de Murillo, un sillón que había pertenecido a Pancho Villa, un mueble bar de madera de caoba –en el que había, incrustado, un reloj de oro macizo–, cuberterías de plata, vajillas de porcelana inglesa, un conjunto de pendientes, gargantilla y pulsera de esmeraldas y oro blanco y otras joyas.
II
Pasaron los meses y no había noticias de la herencia. Los familiares, muy nerviosos, agobiaban al notario, y su respuesta era la misma: su cliente no había hecho testamento y estaban intentando encontrar sus últimas voluntades; por lo tanto, tenían que esperar cinco años para el reparto de los bienes. Había muchos millones de pesetas, varias casonas y muchas y grandes fincas de limoneros y otros árboles frutales. Fueron informados de que la Hacienda Pública se quedaría con el 75% de todos los bienes.
Algunos familiares, indignados, no estaban dispuestos a esperar; entre ellos, la prima Lola, la más activa. Se reunían a escondidas para trazar un plan para hacerse con lo que ellos aseguraban que les pertenecía.
III
El tiempo fue pasando y La Casona parecía cada vez más siniestra. Las hierbas cubrían toda la finca y la hiedra sepultaba la casa. Nadie merodeaba por los alrededores; y menos por la noche, pues los más atrevidos, que osaron atisbar desde sus altos muros, corrían asustados, gritando que dentro de la casa se oían pasos y puertas que se abrían y cerraban. Otros decían haber visto la silueta de los antiguos moradores de la casa.
IV
Pasados los cinco años de espera, el notario cita a algunos familiares, que, sorprendidos, acuden a su oficina y les comunica que son los beneficiarios del 25% de los bienes de su representado. No entienden nada y se miran entre ellos. No contaban con esa herencia, por lo que se les explica que su padre, primo de don Salvador, le sobrevivió y, por ello, son sus herederos legítimos. Pueden considerarse multimillonarios, ya que los bienes son muy cuantiosos en dinero y en propiedades. El notario les pide que le acompañen a la casa de su familiar para enumerarles los objetos de gran valor que hay en el interior y que están reflejados en el acta.
Entran en el interior y suben a la segunda planta, que consta de dos salones –uno de ellos, con salida a un gran balcón–, cocina y siete habitaciones. Se dirigen al salón grande y el notario mira su acta con preocupación, pues se ha percatado de que faltan varios muebles; entre ellos, el valiosísimo mueble bar de caoba, el Murillo y el sillón de Pancho Villa. Abre puertas de armarios para comprobar las vajillas de porcelana, los cofres con las joyas, el espectacular conjunto de esmeraldas y oro blanco, las cuberterías de plata, las monedas de plata y oro… Nada, todo vacío, lo han robado todo.
V
La novia se acercaba al altar. Todos se giraron y pudieron ver el espectacular conjunto de gargantilla, pendientes y pulsera de esmeraldas y oro blanco. Era el regalo de boda de su querida abuela Lola.
Nieves Reigadas©
FANTASMAS
Cuando era niño, oí cómo una amiga de mi madre le hablaba del fantasma. Lo vio una noche cálida de verano cuando, antes de acostarse, salió al porche para respirar el aire, que entonces olía a césped recién cortado, y escuchar el sonido de los grillos. Le gustaba el canto de los grillos. Recordaba cuando su padre le había enseñado que su longitud de onda es casi igual que la distancia entre nuestros dos oídos, y por ello nos resulta tan difícil determinar dónde están aunque los oigamos. Ninguna lámpara encendida. Prefería la oscuridad, sentir el embrujo de la penumbra, los olores y los sonidos de la noche.
Y entonces lo vio. Estaba de pie, reclinado contra uno de los postes del porche, con una pierna bien plantada en el suelo, como un pilar, y la otra doblada por la rodilla y con la suela de la bota apoyada en el madero. Sus ojos brillaban en la noche y adivinaba en él, más que veía, una media sonrisa. Fumaba voluptuosamente y una súbita y agradable brisa, casi imperceptible, llevaba el humo hacia ella. Se levantó, se alisó la falda y se cambió de sitio, para colocarse al otro lado de él, donde el humo del cigarrillo no le diera en la cara. Y quiso decirle que no pasaba nada, que no le molestaba que fumara, que era así de fácil; que ya nunca se enfadaría por tonterías. Y puso su mano sobre su hombro y quiso besarle… Pero ya no estaba.
Lo vio otra vez cuando, en mitad de la noche, algo, algún ruido desacostumbrado, quizás sólo el calor denso del agosto mediterráneo, la despertó. La luz plateada de una media luna filtrándose entre el visillo de la ventana, abierta, alumbró su cabeza dormida, recostada en la almohada de su cama, junto a ella. Y quiso decirle que no había nada que reprochar, que un día por vivir era más importante que todos los días dejados atrás, que ya no volvería a pasar nunca más, que lo había entendido, que se lo juraba. Y quiso darle la vuelta para besarle… Pero ya no estaba.
Y vi cómo la amiga de mi madre lloraba y cómo mi madre la abrazaba y la consolaba. Pero yo no creía en fantasmas. Era pequeño, pero algo me decía que aquello no era más que ensoñaciones, constructos de mentes que inventaban imágenes irreales, situaciones alternativas para reconciliarse con sus pasados rotos. Nunca creí en ellos. Desde que tuve uso de razón (y esto es ya, de por sí, una pretensión), los fenómenos paranormales, seres sobrenaturales, reencarnaciones, comunicaciones con los muertos, los veía como manifestaciones de mentes débiles, de cerebros faltos de un hervor. Era joven y creía que lo sabía todo…
Tendría yo sobre los dieciséis años. Fue después de la medianoche, durante las primeras horas de la madrugada. Al principio, nada parecía fuera de lo normal. Nada indicaba que fuera a producirse ningún fenómeno extraño, ninguna aparición sobrenatural; nada podía hacerme pensar que estaba a punto de salir de mi error. Entonces lo vi. De repente, estaba ahí, ante mis ojos; casi hubiera podido tocarle si hubiera extendido un brazo, pero estaba paralizado. Notaba mis ojos atónitos, incrédulos, espantados. Por más inverosímil que pudiera parecerme, tenía al fantasma frente a mí. Se movía entre la multitud con un vaso de tubo en una mano y un cigarrillo en la otra. Su cabello, engominado, emitía reflejos azabaches bajo los potentes focos. Su cuerpo, grácil como el de una sirena, se contoneaba al compás de la música estridente. Su rostro, guapo, bronceado, mostraba una sonrisa abierta, de dientes blanquísimos y perfectamente alineados, que dejaban escapar fugaces destellos. Deambulaba entre la marea humana, regalando morritos y caídas de ojos a cuantas féminas se cruzaban en su derrota entre el barullo de cuerpos bailantes. La ropa que vestía dejaba ver, como en un deliberado y más que estudiado descuido, la etiqueta o el logotipo de la marca de moda más cara del mercado. A veces, cuando la música bañaba el ambiente con un par de compases que supuestamente debían tañer alguna cuerda sentimental, lanzaba histriónicamente hacia atrás la cabeza, con los ojos cerrados, para que todos vieran lo mucho que sentía el mensaje musical. Otras, daba un giro completo sobre un pie, en un grácil trompo, un brazo extendido hacia el cielo y el otro horizontalmente, mientras lanzaba a la multitud una pública declaración de su exiguo cociente intelectual: “Oh, yeah!” Todo él era puro cimbreo, puro ritmo. Tuve que rendirme a la evidencia. Había estado equivocado. En efecto, los fantasmas existen y viven entre nosotros.
Posteriormente, ya en mi vida profesional, tuve muchas ocasiones de conocer de cerca y estudiar esos curiosos seres, esas anomalías de la naturaleza. Descubrí cosas sorprendentes de ellos. Comprobé, por ejemplo, que los fantasmas tienen una natural aversión a los nombres de pila mondos y lirondos. Un fantasma no sería aceptado en su espectral comunidad si cometiera la vulgaridad de llamarse, por ejemplo, Francisco. El fantasma habrá mutado para llamarse Frank. Si ha tenido la desgracia de que sus padres le bautizaran como Jaime, habrá devenido en Jimmy. Si Patricio, será Patrick. Algunos, los más sofisticados, los que cabalgan sobre la cresta de la evolución fantasmal, se hacen llamar por la inicial de su nombre, que eso es el no va más de la fantasmagoría postmoderna. Así, es corriente en un círculo de fantasmas oír a uno dirigirse a otro, que tiene la desgracia de llamarse Juan, simplemente como “Jota”; o si sufre el oprobio de llamarse Juan Ramón, simplemente “Jota Erre”.
Esa curiosa propensión de los fantasmas al uso de voces importadas del inglés no se queda en los nombres de pila, sino que se extiende, como una mancha de aceite, por toda la superficie de su generalmente insustancial verborrea. Ningún fantasma que se precie mostrará su conformidad articulando un castizo “vale”, o un prosaico “de acuerdo”, sino que pronunciará un mucho más moderno “okey”; ni se le ocurrirá decir que algo está muy bien, sino que dirá que es “cool”. Ninguno que se tenga un mínimo respeto osará jamás estar en una reunión, sino siempre en un “meeting”. Incluso a la hora de mostrar su ira, un fantasma no recurrirá a las formas carpetovetónicas, tan propias del vulgo, como “vete a tomar por el culo”, y no digamos ya a las casposas y apolilladas como “que te folle un pez que la tiene fresca”; no, el fantasma recurrirá a fórmulas más postmodernas como “fuck you”. Y naturalmente, nada hay más aldeano para ellos que un autorretrato; lo suyo son los “selfies”. Lo que no debe hacerse nunca –según he aprendido en mis concienzudos estudios de esta mutación genética– es contestarle a un fantasma en inglés, porque eso casi siempre desencadena en él una sucesión de dolorosos estímulos musculares involuntarios que le hace mirar hacia otro lado y, en ocasiones, sorprendentemente, hasta ponerse a silbar. Curioso reflejo condicionado que hubiera entusiasmado al mismísimo Pávlov, quien no habría dudado en sustituir, para sus estudios, su celebérrimo perro por uno de nuestros fantasmas.
Hay quienes confunden al fantasma con el hortera. Craso error. Nada que ver. El hortera, esa otra mutación del ADN que produce esos inverosímiles especímenes que uno puede observar paseando por los centros de las ciudades en chanclas playeras que muestran el repulsivo espectáculo de unas monstruosidades dactilares generalmente parcas en higiene, pantalones bermudas bajo los que cuelgan patéticamente unas piernas peludas, camiseta sin mangas regalando al personal la insufrible visión de unos matojos pilosos que rebosan de sus naturales cavidades sobacales, gorra del Carrefour –frecuentemente colocada con la visera hacia atrás, al modo de los ciclistas– y, en los casos más acusados, cadena de oro al cuello. Esa especie, el hortera, del que el ejemplo expuesto no es más que uno entre el enorme número de variedades existentes, nada tiene que ver con el fantasma. Éste no presume de nada que no tenga –excepción hecha de la inteligencia–, sino que alardea sin recato de lo que tiene. El fantasma vestirá un traje de Armani –donde se vea la marca en algún sitio, eso sí–; el hortera también, pero será de mentirijilla, adquirido al senegalés del mercadillo, y además probablemente lo acompañará de camisa rosa y corbata verde. Es cierto, no obstante, que la evolución está plagada de mutaciones que parecen imposibles, y así se da también a veces el caso supremo de lo grotesco, el no va más del espanto, el pináculo entre las aberraciones de la naturaleza, la envidia de sirenas, centauros, quimeras, grifos, hipogrifos: el fantasma hortera. Su sola presencia es tan insoportable que la mera evocación de uno de tales especímenes produce demasiado dolor cerebral como para poder siquiera detenerse a escribir sobre ellos.
Los fantasmas suelen llevar cuernos. Algo en la genética femenina inclina a la mujer a la promiscuidad cuando se casa con un fantasma. Un fantasma sin cuernos es como una obra inacabada, una Mona Lisa sin sonrisa, un jardín sin flores. El fantasma atrae a los cuernos como el flautista de Hamelín a las ratas. Pocas experiencias hay más gratificantes para una mujer –según me han contado– que llegar a casa y encontrarse con su fantasma particular acicalándose y perfumándose frente al espejo, pagado de sí mismo, ajeno a la astamenta que ella le acaba de poner. Según dicen, garantiza a la mujer un sueño plácido y reparador. La tila por la noche es para ellas un mal sucedáneo del fantasma astado.
En fin, que, pese a mi pecado de juventud, a pesar de mi enconada incredulidad sobre la existencia de los fantasmas, me he rendido a la evidencia. Creedme: existen. Estad atentos, están por todas partes. Oh, yeah!
José-Pedro Cladera ©
VEREMOS BARCOS...
Veremos barcos cruzando mares
con velas blancas sobre las olas,
veremos niños, veremos hombres
que los contemplan, y las gaviotas
de grises alas darán mil vueltas
sobre la playa de arenas sordas,
y es que la arena tiene su encanto
por el nordeste que da su forma
dejando asientos en los rincones
con atalayas que la coronan,
y aquella vista tan elegante
será el refugio de las esposas,
y de las madres de los marinos
que por las aguas pescan y bogan,
y estos retales son los recuerdos,
viejos fantasmas que nos desbordan...
Veremos luces en las esquinas,
pequeños faros, cual mariposas,
veremos velas de cera blanca
que parpadean entre las sombras,
y más abajo, por la calzada,
pasan los gatos de largas colas,
pasa el nordeste, llega la brisa,
que se encarama por las farolas,
luego desfilan los caracoles
y las cigarras cantan y atoran,
aunque las vacas y las ovejas
están por prados rumiando solas,
y mientras tanto las madreselvas
cierran los pliegues que son sus hojas,
y aquellas sombras, nuestros fantasmas,
siguen muy dentro pidiendo rosas...
"...Y esta es la vida de los recuerdos,
vivos fantasmas que dan la nota,
pues nos abrazan tan fuertemente
que, poco a poco, ya nos ahogan..."
© Rafael Sánchez Ortega
LOS FANTASMAS DE LUCÍA.
Uno era el sonido de las llaves deslizándose por la cerradura.
Otro, el olor de su abrigo, húmedo, en el perchero.
El tercero, el ruido de sus pasos por la mañana.
El cuarto, un roce casual cada noche.
Y el quinto, el peor, su voz a cada rato.
Juan había marchado dejando un vacío enorme en su vida.
Ese vacío se llenó con unos fantasmas que actuaban, olían y hablaban como él.
Lucía se dejaba aterrorizar por cinco espectros que recorrían su bonito piso.
Sufría la incomprensión del abandono, y el quinto fantasma, emulando la voz de Juan, le decía lo mucho que la quería.
Ella sabía que mentía.
Intentaba conciliar el sueño y el fantasma abría la puerta con una llaves etéreas, pero ruidosas.
Ya dormía cuando sentía un roce imposible en su pierna en la soledad de su cama.
La despertaban cada mañana unos pasos que se alejaban por el pasillo por última vez.
Al salir de casa, la acompañaba el olor del abrigo de Juan, impregnando su ropa.
Y, hora tras hora, la voz de su amado susurrando mentiras.
Fantasmas de desamor, huid y desvaneceos.
Juan, vuelve y aleja las sombras.
Dime por qué te fuiste dejando estos fantasmas.
©Santos Gutiérrez
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