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domingo, 13 de octubre de 2019

MY WAY




Ese rumor lo estaba matando, cada día le perforaba el tímpano un poco más. Él, que había poseído un gran puesto en una aseguradora que le prometía una suculenta jubilación a los sesenta, había escapado de esa vida que no le permitía ser feliz ni expandir su alma, y ahora se encontraba en Filipinas, un supuesto paraíso tropical en el que, según todos los libros de autoayuda que había leído en busca de, por lo visto, su “yo interior”, sus habitantes, ajenos a la forma de vida occidental, vivían en paz y armonía con la naturaleza, trasmitiendo su paz interior a todos los que se propusieran aceptarla. Eso, en conjunto con su cocina rica en aceite de coco, aloe vera, cúrcuma y panceta, prometía una nueva vida de “mens sana in corpore sano”.

Por desgracia, no resulto ser así. Su primera decepción fue descubrir que su cocina no incluía ninguno de esos milagrosos alimentos y que, a pesar de que la panceta fuese de primera, se la cargaban embadurnándola toda en una asquerosa salsa barbacoa. Pero lo que de verdad le estaba matando no era ningún tipo de carne mal condimentada, sino que se trataba de un demonio nacido en el país del sol naciente: la máquina de karaoke.

Como se trataba de un país tropical, los bares de karaoke se encontraban al aire libre, y sus abrasivas melodías, acompañadas de voces que musicalmente quedan al nivel de un león marino pariendo, se podían escuchar por todo el pueblo. A pesar de su incansable búsqueda de paz, por la que recorrió cada pequeña isla de cada atolón del país, no encontró ni un solo lugar en el que éstas no estuviesen presentes, e incluso encontró puntos en los que el ruido producido por varias de estas máquinas se unía, aumentando así su efecto.

Después de catorce meses de búsqueda, dos mil quinientas cervezas Red Horse y ciento veinte noches en vela por culpa de los demoniacos karaokes, decidió por fin pasarse una noche por uno. Al llegar, se sintió desorientado; pero, rápidamente, un grupo de locales a los que ya conocía le invitaron a sentarse con ellos y, entre litro de Red Horse y la canción “Zombie” de los Cranberries, transcurrió la noche. Tras mucha insistencia por parte de los habituales del bar, decidió salir a cantar. Se acercó a la barra, pidió el libro de canciones y, de entre todas ellas, se fijó en el tema “My Way” de Frank Sinatra. Al decirle al camarero el nombre de la canción, éste se sorprendió y le preguntó si no prefería elegir otra, pero se negó –después de haber pasado su vida haciendo lo que su jefe le pedía y después lo que sus libros de autoayuda decían, decidió que, por una vez, lo haría a su manera–.

Tras terminar de nuevo el tema “Zombie”, llegó su turno. Cogió el micrófono, y las primeras notas de la canción empezaron a sonar. En ese mismo instante, multitud de gente abandonó el bar, y los que se quedaron dejaron de reír. Pero, a pesar de todo, no se preguntó por qué, y se preparó para cantar las primeras estrofas:

And now the end is near
And so I face the final curtain,
My friend, I'll say it clear,
I'll state my case, of which I'm certain:
I've lived a life that's full,
I've traveled each and every highway,
But more, much more than this,
I did it my way.

Tras este último verso, un hombre entra en el bar con una ametralladora y dispara a bocajarro, masacrando a todos los presentes. Y por una vez en su vida, se sintió lleno. Siempre vivió como le dijeron, trabajó como le dijeron, comió como le dijeron, pero ahora estaba muriendo a su manera, tirado en el suelo en un charco de sangre, con las tripas abiertas por los balazos mientras sonaba la melodía de Sinatra, asesinado en un karaoke de Filipinas mientras cantaba “My Way”. No sé cómo piensas morir tú, pero seguramente no será tan guay como eso.

Lucas Nuño ©

jueves, 13 de junio de 2019

MOMENTOS




Lo que empezó con el beso una tarde de invierno,
termina por convertirse en polvo, como la algarroba.
Tras la gran cogorza, queda la resaca y, en ella,
recuerdos en forma de un fantasma
 que recorre las ruinas de un vejo castillo.

Fantasma que aterroriza a sus visitantes
con historias de oscuras guerras
y con recuerdos de tiempos brillantes.

Historias de cómo dejamos de ser humanos,
de cómo nos pudrimos, convertidos en marcianos
y, al final de todo, de cómo nos matamos.

Recuerdos de pequeños momentos
en los que no importó pasado ni futuro
y por los que merece vivir en este mundo oscuro.

©Lucas Nuño

jueves, 16 de mayo de 2019

NAVEGANDO




Todo este sábado me lo voy a pasar
Privando en mi casa hasta reventar.
Ya estoy harto, no quiero salir más,
Siempre lo mismo, mierda de ciudad.

Gritan los Kortatu, hasta que una figura se interpone…

–¿Vas a salir hoy?

–No, ¿por?

–No, como son las fiestas, pensé que saldrías con tus amigos por ahí, y además he oído que tocan luego unos rockeros de esos que te gustan.

–Na, me voy a quedar por casa hoy, que los amigos de mis amigos no me caen muy bien, y además los rockeros esos seguro que son la típica banda de perroflautas que salen a tocar versiones de Mago de Oz, y antes prefiero meterme un erizo por el culo.

–Qué grotesco te pones a veces, parece mentira que seas hijo mío. Bueno, igualmente te va a tocar salir, que tu abuela está con bronquitis y le he comprado estos medicamentos.

–¿Y no se los puedes dar tú?

­            –Podría, pero hoy mama y yo hemos quedado para cenar con unos amigos y ya vamos tarde, así que arreando…

Menudo marrón, yo que me había descargado una peli de chinos peleones para verla mientras me pongo hasta el culo de pizza, y ahora me toca surcar el macrobotellón más grande de toda la comunidad de Madrid, las fiestas de Majadahonda. Aunque, con suerte, en casa de mi abuela hay algún táper de su “carne con macarrones”, que no “macarrones con carne”.

–Abuela, ¿te puedo coger algún táper de la nevera?

–Sí, por supuesto, mejor eso que tirarlo. Y toma, un poco de dinero para que salgas con tus amigos.

–No hace, no tengo pensado sali…

–¡Que cojas el dinero he dicho, coño!

–Vale, vale…

Bueno, al final no ha salido tan mal la jugada. Ahora, además de pizzas, tengo unos macarrones de los buenos y unos veint…

 Coño, si ese es Javi y sus colegas.

–¡Javi!

–Coño, Fran, ¿tú qué haces de fiesta?

–Na, fui a llevarle unas cosas a mi abuela.

–Ya decía yo… Por cierto, mira lo que he pillado.

Empieza a buscar en los bolsillos, gradualmente con más angustia y, de repente, grita:

–¡Joder! ¡He perdido la china! ¡La puta china!

Sus colegas, exaltados, gritan y entran en pánico mientras yo me río de la situación. Sin saber muy bien por qué, acabo ayudándoles a buscarla y, como quienes buscan una lentilla caída, nos pasamos cosa de una hora desandando el camino para por fin encontrarla y darme cuenta de que estoy a casi cuarenta minutos de casa, así que decido sentarme con ellos a descansar un rato.

Impulsado por la sed, acepto una de sus litronas y bebo hasta quedar saciado. Pero mi cuerpo, no acostumbrado a la ingesta de alcohol, y el humo que desprende la bengala esa a la que llaman “porrillo” hacen que rápidamente pierda el control y, sumido en un estado de pánico, sin saber ni si quiera dónde estoy, me dejo guiar por el grupo.

Me llevan por toda la pequeña ciudad, pero no sé por dónde. Intento escucharles, pero la confusión es tal que solo consigo entender palabras sueltas –“pedo”, “leña”, “carpa”, “recinto”–, pero nada parece tener mucho sentido.

Para cuando me quiero dar cuenta, ya los he perdido. No sé dónde estoy, hay mucha gente, está a oscuro, hace un calor infernal. De repente, todo el mundo grita –¿será de terror?–. Una gran luz me deslumbra, no puedo ver, pero de entre el destello parece alzarse una figura. Los gritos siguen siendo insoportables, pero un estruendo los calla y una poderosa y a la vez familiar voz se pronuncia, y recita:

“Es cosa corriente
sentirse diferente
y entrar en ambiente,
navegando a la muerte.

Creyéndote muy fuerte
estás tan despistado,
fingiéndote valiente,
navegando a la muerte.

Verás como naufragas
en la barra de algún bar.

Tan pronto te instales,
sabrás que ya no vales

y entonces te sientes
navegando a la muerte,
navegando a la muerte…”

Esta es la falsa historia de cuando fui por macarrones a casa de mi abuela y acabé en un concierto de Rosendo.

Lucas Nuño ©

viernes, 5 de abril de 2019

UNA VEZ TUVE QUINCE AÑOS




–Una vez tuve quince años… Una vez tuve quince años… Una vez tuve quince años… ¡Y qué cojones quieres que les cuentes con eso!

–Pues no sé, macho, ¡IGUAL ALGO RELACIONADO CON MIS QUINCE AÑOS! ¡NO SÉ, DIGO YO!

            –Y si es tan obvio, ¡pa qué pollas me preguntas, Señor Escritor!

            –Pues porque no sé de qué hablar, quizás. Porque yo paso de contarles la típica historia ñoña de amor veraniego, y lo típico en plan rebelde ya lo he hecho y, si te digo la verdad, queda un poco como si te hicieras el intelectual, y además te encasquetan rápido lo de “podemita”.

            –Jejejejeje. Pues háblales de alguna movida así en plan con los colegas.

            –Sí, claro, les puedo contar lo de aquellos días en los que quedábamos todos pa  pasar la tarde mirando el móvil y luego compartirlo pa que los que están aburridos en casa vean “qué bien nos lo pasamos”. Y tampoco puedo contar ninguna movida por la que mis padres me puedan castigar. ¡JODER! Si es que todos los demás lo tienen súper fácil, que ya las historias jartas de cuando dinamitaron el culo de una ancianita con petardos las tienen pasadas de fecha y ya no se les puede imputar por ellas.

            –¡Joder, antes podían hacer de todo!

            –¡Y ahora, pero no te da la puta gana dejar de mirar Instagram!

            –¡Que te follen!

            –Yo también te quiero. A ver, yo creo que hay que enfocarlo de otra forma, más conceptual. ¿Qué significan para ti los quince años?

            –PAJAS. Muchas pajas.

–Vale, aparte de lo de la masturbación compulsiva, ¿qué más?

            –Porno, a todas horas.

            –¿Y algo que no esté relacionado con el sexo?

            –No sé, tío, esos momentos los tengo todos en blanco.

            –Ni puta gracia.

            –¿No? ¿Ni un poquito? Mmmm. Vale. Pues macho, no sé ni qué cojones haces ahí, rodeao de carcas, con tus padres, y además escribiendo, porque si leer ya es una puta mierda, ¿pa que quieres escribir? Hostias, tío, que eso ya pasó. Lo que tienes que hacer es dejarte de tanta tontería, echarte unas plays y parar de pensar en esas cosas.

Lucas Nuño ©

viernes, 15 de marzo de 2019

SON COMO HORMIGAS…




Hola. Mi nombre, Conrad; aunque si eres de la zona, me conocerás como “El Maki”. Mi apodo no es por motivos políticos, sino por mi estilo de vida, el cual vengo a explicar en este texto.

Ya desde hace más de veinte años, vivo en el monte. Me alimento de lo que cultivo y recolecto, y crío, que no es mucho, pero lo suficiente para llevar una dieta equilibrada –el revuelto de ortigas es exquisito, por cierto–. El tiempo libre que tengo lo invierto en cultivar mi mente leyendo libros que tomo prestados de la biblioteca del pueblo (que, aunque viva en la naturaleza, no significa que sea un salvaje), y componer música con mi bandurria.

Elegí esta vida porque ya estaba harto de vivir esclavizado por un banco, de levantarme cada mañana y tener que cruzar un mar de hormigón enlatado en un ataúd de hierro para llegar a un trabajo que no me gusta, sonreír a gente que no soporto, aguantar el despotismo de mi jefe, y solo tener dos días de descanso en los que invertir el dinero que gano en comprar una felicidad artificial.

Muchos de vosotros me llamáis loco, pero aquí los locos sois vosotros, hormigas que buscan comida sin parar.


¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruïdo,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido;

Que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes el estado,
ni del dorado techo
se admira, fabricado
del sabio Moro, en jaspe sustentado!

No cura si la fama
canta con voz su nombre pregonera,
ni cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.

¿Qué presta a mi contento
si soy del vano dedo señalado;
si, en busca deste viento,
ando desalentado
con ansias vivas, con mortal cuidado?

(Fray Luis León: Oda a la vida retirada)

Beatus ille :    Desprecio de los bienes materiales y elogio de la vida apartada de los actos sociales.

Lucas Nuño©

viernes, 14 de diciembre de 2018

PEDRO




Una habitación en el barrio de Sierra, de la que braman los atronadores rugidos de Slayer. Un grasiento adolescente envía un correo electrónico. En menos de lo que dura el aleteo de una mosca, llega a un pequeño piso situado en el pueblo pescador de San Vicente donde Pedro disfruta de las maravillas de Mozart mientras resuelve unos excitantes problemas de física cuántica. De repente, recibe el mensaje. Lo abre y exclama:


Acto l:


PEDRO:           ¡Francis! ¡Ven!


(Aparece Francis.)


FRANCIS:         ¿Qué sucede? Más vale que sea importante, porque me pillas haciendo una sopa juliana para acompañar a las acelgas y no quiero que se me queme por una tontería.


PERDRO:         ¡Que sí! ¡Que sí! ¡Mira esto! ¡Lo que te dije! ¡Ese chico impresentable lo ha vuelto a hacer!


FRANCIS:         ¡Pedro, explícate, porque yo así no entiendo nada!


PEDRO:           Es ese Lucas, el del taller de escritura, que me ha vuelto a enviar el escrito a última hora, cuando ya lo tengo todo organizado, y encima tiene la soberana jeta de enviarlo en modo de escrito teatral.


FRANCIS:         No entiendo el problema, de verdad. Si sus escritos son cortos a la vez que fascinantes… Y tampoco veo nada malo en lo de que esté en formato teatral; de hecho, me parece muy original.


PEDRO:           El problema es que están llenos de faltas y errores gramaticales, y además son un tostón. ¿Qué diantres es eso de John Barandillo? Pero, respecto a lo de que este escrito en formato teatral, no lo pillas, ¿no?


FRANCIS:         Pues no. Como ya te he dicho, me parece original.


PEDRO:           No, si original es un rato. Pero fíjate en los personajes: somos nosotros. El muy cabrito se quiere saltar lo de leer y encasquetárnoslo a nosotros. Me recuerda a mi colega Miguel, el de bufete.


FRANCIS:         ¿El que fue expulsado de aquel juicio por retar al juez a un duelo de baile?


PEDRO:           Ese mismo.


FRANCIS:         Pues no sé, Pedro; me parece que te estas preocupando demasiado por esta tontería. Y yo me vuelvo a la cocina, que se me quema la sopa.


PEDRO:           Pero si las sopas no se queman, son líquidas.


FRANCIS:         Mira, Pedro, estás un poco raro. Cuando quieras comportare me llamas, que estoy en la cocina.


(Pedro se queda a solas corrigiendo el dichoso escrito. Empieza a ponerse nervioso.)


PEDRO:           (¿Cómo es posible que alguien escriba tan sumamente mal? ¿Y cómo se atreve a decir eso de Francis y de mí?)


(De repente, un olor le recuerda algo: que hoy, después de tan desquiciante tarea, tiene verduras para cenar. Y en ese momento, llega a su límite, no aguanta más; empieza a hiperventilar y, junto con su portátil, sale corriendo de casa).


Acto ll:


(Pedro corre por las calles de San Vicente hasta que consigue entrar en un bar.)


CAMARERO (Santos): Buenas noches, ¿qué desea tomar?


PEDRO:           Pues… No sé… ¿Qué clase de emparedados tiene?


CAMARERO:   Esto es un bar, no un taller de albañiles; pero si quiere poner las paredes a su casa, puedo llamar a mi primo José Antonio, que es la mar de eficiente.


PEDRO:           No hace falta. ¿Me podría poner un bocadillo y un cubata?


CAMARERO:   ¿Qué clase de bocadillo desea?


PEDRO:           ¿Tiene alguno contundente?


CAMARERO:   Bueno, le puedo preparar uno al que me gusta llamarle “Little Boy”; tiene huevos, chorizo, patatas, cinta de lomo y pimientos de padrón.


PEDRO:           ¿Eso es acaso posible?


CAMARERO:   Pídalo y a ver…


PEDRO:           Perfecto, póngamelo, para comer aquí. Y por cierto, respecto a lo del cubata, lo he pensado mejor: que sean dos, se avecina tormenta…


FIN

Lucas Nuño©

domingo, 11 de noviembre de 2018

JOHN BARANDILLO




En estos tiempos que corren, damos todo por sentado, ya no apreciamos lo que tenemos. Al encender la luz, no pensamos “¡Wow! ¡El paso de electrones a través del filamento metálico de la bombilla hace que éste alcance tal temperatura que, gracias a que está en una minúscula cámara de vacío, la energía térmica se convierta en energía lumínica! ¡Y este fabuloso invento fue creado por Tesla, pero Edison le robó la idea y se hizo rico y famoso!”. No, ya nadie piensa en esas cosas. Ahora solo pensamos en nosotros mismos, y nos creemos que todo lo que tenemos a nuestro alrededor lo ha inventado un marciano. Por eso, hoy vengo a contaros esta historia, una historia que seguro que nunca antes habíais escuchado: la de Johnathan Barandich Armadillo, John Barandillo para los amigos.

Esta es la historia del hombre que inventó las barandillas. John Barandillo era el típico burgués de la época: un tipo alto, vestido de smoking, con monóculo, bastón, y un bigote de esos que ya no se llevan. Si todavía no os hacéis a la idea, imaginaos una mezcla entre el tipo del Monopoly, los detectives de Tintín “Hernández y Fernández”,  y José María Aznar. Y para situarnos, nuestro protagonista vivía en el Londres de una época situada entre el precámbrico y los ochenta, en un tiempo en el que los dinosaurios existían y los pantalones campana estaban bien vistos.

John salió de casa en dirección a la fábrica donde trabajaba, igual que cada mañana. Pero, como su cochero estaba de baja por maternidad, ese mes el camino al curro se le hacía más largo. Por suerte, tenía una magnífica, a la vez que sublime, tarjeta Renfe de diez viajes que le había costado la módica cantidad de veinte euros. Pero cuando bajaba las escaleras, se tropezó con un sucio triceratops y, al no haber barandillas, no tuvo nada a lo que agarrarse y se calzó una castaña de tres pares de limones. Tras semejante golpe, tuvo que ser ingresado de urgencia en el hospital más cercano.

Ya llevaba tres meses en el hospital poniéndose fino a morfina cuando le dieron de alta. Mientras daba un paseo de vuelta a casa entre punks y dinosaurios, vio a unos vándalos que colocaban una especie de barra metálica en las escaleras para, con ayuda de sus monopatines, poder bajarlas deslizándose por ella. Al ver esto, Johnathan Barandich Armadillo –John Barandillo para los amigos– se dio cuenta de que, si ese curioso artefacto amarrado a la escalera hubiese estado cuando él se cayó, podría haberse agarrado y con ello ahorrado semejante golpe. Sin más dilación, corrió a su casa para diseñar y posteriormente patentar ese invento.

Y eso hizo, pero, a pesar del gran éxito de esta invención, John nunca recibió un duro, y mucho menos la reputación y la fama que merecía. Y por eso, si os ofrecen caramelos en la puerta del cole, no los aceptéis.

Lucas Nuño ©

viernes, 12 de octubre de 2018

QUIEN PARTE Y REPARTE.




(Con palabras y refranes obligados, en negrita.)


Ser el menor de tres hermanos es un marrón, y si encima el lavaplatos no funciona bien y deja la vajilla mayormente sucia, ya, alucinas. Pues sí, eso me pasa a mí; pero con el paso de los años, he sabido sacarle partido, y ahora os cuento cómo.

Pues todo comienza cuando mi madre me llama a cenar y, al llegar a la cocina, ni está la mesa puesta ni la comida todavía hecha; así que me toca ponerla. Ya puesto el mantel, toca la vajilla, y aquí el tema se pone divertido, ya que, de los cinco platos, vasos y cubiertos, tres están bastante sucios y con manchas de jabón, por lo que ha llegado la hora de llevar a la práctica un milenario proverbio chino (que ni es milenario ni es chino; más bien, me lo dijo mi abuelo) que dice: “El que parte y reparte se lleva la mejor parte.” Y aplicando una regla de tres, o más bien de cinco, en conjunto con la gran sabiduría de aquel gran comedor de frutos secos, y húmedos, que es mi abuelo, me dispongo a realizar el reparto.

Como hay dos platos limpios, estos van a parar a mi hermana mayor y a mí, y no os penséis que es porque le tengo cariño, sino porque es más malvada que los tres reyes del infierno juntos y no me gusta jugar con napalm. Los otros tres platos van destinados, uno, a mi madre, que, como le gusta eso de ser buena persona, pues no se va a quejar; otro, para mi padre, que, como ve menos que Pepe El leches, no se enteraría ni aunque el plato tuviese un mapache muerto; y el final, lo mejor, para mi otra hermana, que, como es tan escrupulosa, es graciosísimo verla saltar del asco. Y con las piezas ya colocadas, es hora de que empiece el juego.

Nos sentamos la familia al completo y, mientras mi madre sirve la ensalada, comenzamos a conversar:

            –En julio, Rebe me ha invitado a ir de veraneo a su casa en Benidorm –dice mi hermana mediana.

            –¿Rebe? ¿No es la que fuma porros? –pregunta mi padre.

            –No, es la que vino en Halloween a casa –responde ella.

            –Pero si vinieron casi veinte amigas tuyas –acota él.

            –Es la que iba vestida de rojo –aclara mi hermana mayor.

            –¡No jodas! ¡Si esa se bebe hasta el agua de los floreros! –dice, alarmado, mi padre.

Al ver la situación, mi madre decide cortar por lo sano y hace el típico comentario de “No debemos meternos con los demás” o alguna tontería similar. Así que, aprovechando la calma, mi hermana coge su vaso y, al revisarlo por si algún cabroncete sin remordimientos le ha puesto el sucio, se encuentra con el pastel. Por lo que grita, alarmada:

–¡QUÉ ASCOOOOOOOO! ¡Has sido tú! –dice, mientras me señala–. ¡Ahora te jodes y me lo cambias!

Pero, para entonces, yo ya he requetechupeteado mi vaso para que nadie se atreva a beber de él. ¡Ja, ja! ¡Se la lié!

En el fondo, ¡cómo echo de menos a mi hermana desde que se fue de casa!, a pesar de que no lo admita. Aunque no he venido aquí a contaros mis penas. He venido aquí porque mis padres me apuntaron y no me apetece discutir mucho.

Y, colorín colorado, este cuento se ha acabado, y seguramente acabe castigado.

Fin.

Lucas Nuño©
Ruiloba, 9 de oct. de 18

domingo, 1 de julio de 2018

EL SURFER FANTASMA


(Basada en hechos reales)

Sí, aunque cueste creerlo, es real. Se dan casos en todas partes del mundo y, sobre todo, en verano. Y sí, yo he sido testigo de muchos de estos horripilantes casos.

 Como ya deduciréis por el título del relato, voy a hablaros del surfer fantasma. Y para ser sincero, eso de “horripilante” lo he puesto para añadirle dramatismo, ya que, más que aterrarte, al ver dicho espectro, te dan ganas de abofetearle de dos en dos hasta que los tortazos sean impares. Y por desgracia, me he encontrado con bastantes. Especialmente este año, ya que, como mi nuevo instituto está cerca del mar, abundan más estos espectros. Estos fantasmagóricos seres se caracterizan principalmente por ir fardando de lo buenos surfers que son. Puede que logren impresionar a las chicas que no tienen idea en estos campos; pero a mí no me toman el pelo aunque crean lo contrario, porque, por mucho que me vengan hablando de sus increíbles habilidades en el arte de cabalgar las olas, realmente no tienen ni puñetera idea. ¿Y cómo lo sé? Pues espera, que os lo cuento.

Cuando mantengo una conversación con estos “surferos”, les suelo preguntar  por qué nunca les veo en el agua, a lo que ellos me responden que solo surfean en verano –que es una forma de decir que en invierno pasas frio y que te haces caca con las olas grandes; cosa que es totalmente compresible, si no fuera porque van por ahí alardeando de ser surfistas profesionales–. Lo que realmente me molesta es la arrogancia de muchos de ellos, ya que creen conocerlo todo. Por culpa de eso, dicen cada tontería… Como, por ejemplo: “¡Las tablas de epoxi son una mierda, porque flotan menos y, además, pesan más!” –cosa que es totalmente errónea– y, al ir a corregirles, te responden: “¡Pero qué dices! ¡No tienes ni puta idea!” –a lo que ya ni les respondo, debido a que cuando eres nuevo en algún sitio lo suyo es no ganarse el odio de la gente.

En el caso de San Vicente, muchos de ellos suelen ir de “locales del pico”, por el simple hecho de ser de Sanvi –cosa que me parece una soberana tontería: yo, en un mes, surfeo más en “su playa” que ellos en un año.

En conclusión, no os creáis que alguien es “surfero” porque vaya alardeando de ello por ahí: hablar es fácil, pero coger olas en el Brusco es otra movida.

Lucas Nuño ©

domingo, 29 de abril de 2018

MEDIA VIDA ENTERA (Y OTRA MEDIA VIDA MÁS)




Hace miles de años, en la gran ciudad de Babilonia, el joven hijo de un rico mercader, más interesado en conocer este gran y fascinante mundo que en enriquecerse como su padre, deambulaba por el mercado de la ciudad cuando, al ver en uno de los puestos un bello colgante plateado con un pequeño cristal negro incrustado en él, decidió acercarse al vendedor, dispuesto a comprar aquella enigmática joya. Al preguntarle el precio, el mercader le respondió:

–Este collar perteneció a la muerte, por lo que, cuando lo compres, ella te buscará para recuperarlo. La pregunta no es cuánto cuesta, sino ¿cuánto estás dispuesto a pagar por encontrarte con ella?

El joven, incrédulo y a la vez fascinado por la magnífica historia, decidió darle  tres monedas de plata por el colgante y volver a la posada en la que se alojaba, para descansar. El sol estaba apunto de desaparecer.

Mientras dormía, una fría brisa le despertó y, frente a él, se erguía la oscura figura de una pálida dama, y ésta, con su suave, a la vez que terrorífica, voz, dijo:

–Ese collar me pertenece, así que devuélvemelo.

A lo que el joven respondió:

–He pagado tres monedas de plata, por lo que el colgante es mío.

La mujer, sorprendida por la valentía del chico, dijo:

–Devuélvemelo y te haré el hombre más rico que haya pisado esta tierra.

–Posiblemente ya lo sea, así que el collar se queda conmigo –respondió, con valor.

La misteriosa figura le preguntó entonces:

­            –¿Sabes quién soy?

–Sí –respondió con firmeza.

–Entonces, ¿qué deseas que te otorgue a cambio de que me devuelvas mi amuleto?

–Deseo la inmortalidad, para poder viajar y conocer los secretos de este vasto y maravilloso mundo y ver cómo cambia a lo largo de la eternidad.

La muerte, estupefacta por la petición del arrogante mortal, le advirtió:

–Para muchos, la eternidad es una tortura. ¿Estás seguro de que es lo que deseas?

Convencido, respondió:

–Tú lo has dicho, “para muchos”; no para mí. Y aunque fuese así, me parece mayor tortura el morir sin haber conocido las maravillas, los misterios y horrores de este mundo.

–Si así lo deseas…

Han pasado miles de años desde aquel día, y el que entonces fue el hijo rico de un mercader vio pasar el tiempo, conoció las maravillas y los horrores de este mundo, vivió el nacimiento y la muerte de su familia numerosas veces, estuvo presente en el alzamiento de los más grandes imperios y también en su caída, conoció a grandes héroes y a despiadados tiranos; pero lo que nunca llegó a presenciar fue aquella tortura de la que le habló la pálida dama.

Lucas Nuño ©