lunes, 18 de octubre de 2021

UNA CABAÑA PERDIDA EN LO PROFUNDO DEL BOSQUE

 



 

Henry David Thoreau pasó dos años, dos meses y dos días en una cabaña perdida en lo profundo del bosque. Regresó con una de las obras cumbres de la literatura americana, "Walden". Thoreau lo hizo para documentar su libro, alimentarlo con la experiencia y cocinarlo a fuego lento tan cerca de la fuente de los ingredientes como fuera posible. No fue el único escritor que se perdió en lo profundo de la naturaleza para escribir. Otros afrontaron esa misma experiencia para encontrar, no tanto justificación a lo que querían escribir, sino concentración ante la certeza de tener ante sí una gran obra. El caso más conocido quizás sea el retiro de George Orwell a la isla de Jura para escribir "1984", una de las novelas más importantes del siglo XX. En otro plano, más modesto en lo que al talento se refiere, pero no menos ambicioso y desde luego menos rodeado de mito, recientemente hemos sabido la historia de Beatriz Montañez, conocida periodista y presentadora de televisión, que renunció a la vida urbana y a disfrutar del éxito conseguido, para recluirse en una casa aislada, poder escribir sin pretensiones y terminar alumbrando "Niadela", inesperado éxito editorial de este año en España.

Tres escritores, tres siglos, y tres perspectivas distintas para afrontar el aislamiento y sobrellevar la lucha con la naturaleza, pero con muchas cosas en común. Los tres libros nos advierten sin necesidad de entrar en profundas disquisiciones; en los tres y a flor de página están las importantes advertencias que contienen. "Walden" se adelanta más de cien años al ecologismo y al peligro de separar al ser humano de sus esencias. "1984", la obra cumbre de George Orwell, nos advierte claramente del peligro de la deriva autoritaria de la política, del uso contra la población de las nuevas tecnologías y de la manipulación del lenguaje para reconfigurar la sociedad. Lo que hace gigante la dimensión de esta obra es que Orwell ya había denunciado anteriormente las dos mayores lacras del siglo XX: el comunismo y el fascismo. "Niadela", más modestamente, pero no con menos sentido, nos advierte contra un peligro mayor: no saber quiénes somos ni qué hacemos aquí.

Los tres pagaron –y en el caso de Montañez, pagan– un alto precio por enfrentar el aislamiento. A Thoreau, las críticas de sus vecinos, que vieron en su retiro un desprecio a la vida en comunidad, tan importante en esa época en los Estados Unidos. A Orwell, la inclemente meteorología de las islas Hébridas le supuso un dramático empeoramiento de su tuberculosis, que le llevaría a la muerte poco tiempo después de acabar la novela. Beatriz sufre a día de hoy un acoso de lectores curiosos, deseosos de recorrer el escenario de su magnífica novela, alterando la base de su decisión. Además, su empeño por ser lo más autosuficiente posible, hasta el punto de limitarse a vivir con 150 euros al mes, hizo que sufriera un grave accidente en una mano haciéndose su propia leña con la motosierra.

De todo lo dicho anteriormente, saco dos conclusiones. La primera: el ser humano está mucho menos preparado para el atavismo de lo que cree; aunque hay que hacer muchas menos cosas, lleva mucho más tiempo y esfuerzo hacerlas. La segunda: para mentes inquietas, el retiro es un despertar de las musas, que ocupan en la mente el espacio que una vida sencilla proporciona, dando lugar, en muchos casos, a lo mejor del pensamiento, lo que bien podría resumirse en esta frase de Thoreu: "Fui a los bosques para hacer frente solo a los hechos esenciales de la vida, por ver si era capaz de aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente para no darme cuenta, en el momento de morir, de que no había vivido".

 

Santos Gutiérrez©

¿FANTASÍA?

 



 

No era mi primera visita, ni mucho menos. Siempre me apasionaron y fui cuantas veces pude. Pero eso de “La noche de los museos” o “Noches blancas” me resultaba muy seductor. Visitar la cueva de Altamira, anocheciendo, iluminada con grasa animal en pequeños cuencos, como lo hicieron sus habitantes durante cerca de 22.000 años, era una experiencia que no me quería perder. Además, la auténtica cavidad de Altamira, no la Neocueva. Alguien me informó con tiempo e incluso me apuntó para la visita. Pensé en un sorteo.

Éramos un pequeño grupo selecto, donde coincidí con una buena amiga (ginecóloga, como yo); el resto eran desconocidos. Cuatro mujeres y dos hombres. Creí que la elección era aleatoria, entre admiradores de Altamira, una especie de premio a la fidelidad. Pero no, eso lo supe después. Mi amiga y yo celebramos el encuentro en ese magnífico lugar. Comenzó una visita tradicional —salvo por la vestimenta que nos pusieron— presentada por un guía bastante mayor, el hombre debía de rondar los 80 años. Nos extrañó un poco, pero la emoción que nos embargaba, la tenue luz ambarina y oscilante, perfumada, y la delicada e hipnótica voz del extraño guía nos sumió en un dulce letargo, hasta creí ver palpitar a algún bisonte. Fue pasando el tiempo, no sé cuánto. Se abrió el camino y fuimos avanzando por campos y arboledas, y seguimos alejándonos… En un determinado momento, alguien nos mostró una cabaña perdida en lo profundo del bosque, tan lejano del punto de partida que me creí fuera del mundo conocido. Entré la última del grupo, después de que los demás hubieron entrado y salido, uno a uno.

Nunca en mi vida esperé ver aquel espectáculo. ¡Dios mío! Delante de mí estaba una joven pareja, cubierta con pieles y con características físicas  propias de los cromañones. La cabaña era mucho más grande de lo que se apreciaba desde afuera. En un lateral, el suelo se sumía en un profundo foso en dirección al abismo. Se me había encomendado una misión: examinar a una mujer embarazada. Ni en mis mejores sueños, o pesadillas, imaginé  algo así.

¡Dios mío, habían conseguido perpetuar una estirpe hasta el día de hoy! ¡En las mismas condiciones originales! ¿Qué genios fueron capaces de mantener esa aventura durante milenios? Nunca el ser humano fue tan cómplice para lograr un objetivo. La mujer estaba en el séptimo mes de gestación y todo estaba en orden. Sus ojos negros, planos, se clavaron en los míos durante todo el examen. Era tan pequeña… Su pareja estaba detrás de ella e igualmente me taladraba con la mirada. La mujer lucía unos sencillos collares de pequeños huesecillos que no dejó de acariciar en ningún momento. Ambos mantuvieron el más absoluto silencio. Yo no quería terminar nunca. Qué misterios se esconderían en aquella profunda oscuridad…

De pronto, me vi sentada en la cueva, apoyada en la pared y algo mareada. El guía y el resto me observaban alarmados.

–Señorita, ¿se encuentra bien? Se ha desvanecido hace un rato y no se recuperaba.

Se me pasó pronto. ¿Soñé? No podía ser todo tan real. Me convencieron de que no era inusual que se perdiera el conocimiento en esa cavidad, tal vez hubiese algún gas desconocido (yo pensé en los efluvios de los cuencos iluminados), o la misma emoción que causaba el lugar. Me sentí un poco tonta. Salí con el grupo y, después del típico intercambio de teléfonos, nos dispersamos.

Yo bajé a Santillana a merendar con mi amiga. No le comenté mi sueño. No pude.

Llegué muy tarde a casa, muy cansada. Me dormí pronto. Desperté, sobresaltada, de madrugada; algo chirriaba en mi cabeza… ¿Qué hacía aquel huesecillo enganchado en mi bolso de rafia…?

 

©Remedios Llano

COMILLAS

Octubre 2021

UNA CABAÑA...

 



 

Una cabaña perdida

en lo profundo del bosque

parecía una figura

entre los árboles nobles,

una silueta escapada

de un damero y un enroque

entre caballos y alfiles

y algún peón tras la torre.

 

Pero sigamos atentos

a la figura uniforme,

de esa cabaña sin dueño

donde duermen los pastores.

Ellos sortean caminos

donde hayedos y alcornoques

le disputan a las sombras

el fiel reino de los robles.

 

El ajedrez continúa

y comienzan los enroques,

con la torre que se apunta

a un ataque multiforme,

así se anima la chispa,

que las pupilas esconden,

de jugadores traviesos

que intercambian sus peones.

 

Aunque prosigo el relato

de la cabaña y su emboque,

en ese cuadro tan lindo

para aliviar los ardores,

y es que la fuente está fresca

y su chorro va al galope,

mitigando a los sedientos,

sin esperar que la soben.

 

"...Una cabaña perdida

dice un autor, que propone,

el escribir de este tema,

en lo profundo del bosque,

y aquí me asaltan alarmas

porque veo, en este estoque,

no la espada del combate,

sino el puñal del Quijote..."

 

Rafael Sánchez Ortega ©

04/10/21

 

LA EXTRANJERA

 


 

            La dependienta del colmado le preguntó un día cómo se llamaba, y ella contestó con un escueto “Elsa”. Pero nadie la llamaba así, porque era mujer de pocas palabras, de mantener distancias y de ir al grano. A pesar de que no tendría más de cuarenta años, les salía más llamarla Sra. Hermida, por el apellido de su marido. Hablaba un aceptable castellano, pero con un fuerte acento extranjero, gutural, y su cabello rubio y sus facciones reverberaban también acordes de otras latitudes. El primer día laborable de cada mes, exactamente a las diez de la mañana, aparcaba su automóvil, un Citroën “Pato” negro e inmaculadamente limpio, en la plaza del pueblo, frente a la estafeta de Correos, se apeaba desde el asiento del conductor, se dirigía al otro lado y ayudaba a descender a su marido, el Sr. Armando Hermida, que debía de sacarle más de veinte años y que tenía dificultades para andar. Ambos entraban en la estafeta, donde el Sr. Hermida retiraba en efectivo el giro postal que le llegaba puntualmente, firmaba el acuse de recibo y salían. Él esperaba en el coche, leyendo, a que su mujer aprovechara para hacer las compras, rutina semanal a la que el resto del mes acudía sola. Ese día, el del giro postal, era la única ocasión en todo el mes en que el Sr. Hermida aparecía por el pueblo, y jamás pronunció una palabra. Todos daban por descontado que era mudo, pero nadie se atrevía a preguntar. Nadie se explicaba qué tendría aquella mujer, pero, por alguna razón, les daba como miedo dirigirse a ella, y al marido, ni se les hubiera pasado por la cabeza. Quizás porque nadie sabía siquiera de dónde habían salido, cómo habían ido a parar a una cabaña perdida en lo profundo del bosque, por qué despreciaban todo contacto con la gente. Corrían bulos sobre si serían brujos, o terroristas. Preguntaron varias veces en el cuartelillo de la Guardia Civil, pero les dijeron que no había nada contra ellos, que no tenían antecedentes penales y que era gente normal, y que si les gustaba vivir así no tenían por qué dar explicaciones. Ellos no se metían con nadie y nadie tenía por qué meterse con ellos.

            El primer domingo de cada mes, veían cómo un automóvil grande, desde luego ajeno al pueblo, llegaba temprano, tomaba el camino que llevaba hacia el bosque y volvía a marcharse al anochecer, todo lo cual no hacía más que alimentar las habladurías. Les pareció ver que iban en el coche cuatro o cinco hombres, aparentemente jóvenes, pero nada más pudieron saber de ellos, pues nunca se detuvieron en el pueblo. Cuando eso pasaba, en el bar se decían que, dijera lo que dijera la Benemérita, allí había gato encerrado.

            Los años pasaron sin cambios aparentes en aquella extraña pareja, cuya existencia llegó a convertirse en una rutina a la que ya nadie en el pueblo hacía caso. El Sr. Armando Hermida murió súbitamente una mañana mientras paseaba penosamente por los alrededores de la cabaña. La autopsia dictaminó que había fallecido por un infarto de miocardio. Su mujer, Elsa, murió el mismo día, quitándose su propia vida con una pócima que ella misma había preparado con hongos del bosque. Sus cadáveres, en estado de avanzada descomposición, fueron descubiertos tres semanas después por los visitantes que acudían a su cita mensual el primer domingo, encontrándolos juntos en el suelo, ella cogida a él de la mano. Los visitantes se ocuparon de todos los trámites, corrieron con todos los gastos y dispusieron que fueran enterrados juntos en el pequeño cementerio del pueblo, en la parte trasera de la ermita. Una austera lápida no deja más información que un sobrio “Armando y Elsa, D.E.P.”

            Un camino abandonado, invadido por la maleza, de difícil tránsito y olvidado del mundo, conduce a una cabaña perdida, semiderruida y casi oculta entre matorrales y zarzales, en lo profundo del bosque. El excursionista que hasta allí se adentre, seguramente perdido, quizás se tropiece con una lápida que asoma entre la maleza. Allí, una enigmática inscripción: “Mein Vater Adolf und meine Mutter Eva haben hier gelebt. Wir werden euch nicht vergessen. Wir sind bereit.” [“Mi padre Adolf y mi madre Eva vivieron aquí. No os olvidaremos. Estamos listos.”] 

 

José-Pedro Cladera Fontenla©

TRES VECES JOHNNY

 



 ¡Johnny, Johnny, Johnny!

—¿Os queréis callar ya, joder! Cansinos, que sois unos cansinos.

Andaba perdido emocionalmente: tomaba ansiolíticos, había vuelto a beber y mi mujer se había largado con el puto profesor de pádel. Ya podía haber sido de esgrima o de qué sé yo, del taller de cerámica o el de escritura, o con su jefe. Al menos me quedaba el alivio de que éste no era argentino y se libraba de escuchar ese meloso soniquete bombardeándola con vericuetos insufribles. Qué hastío, por Dios.

¡Johnny, Johnny, Johnny!, hasta tres veces repetían. No sé si por mimetismo colectivo, todos gritaban tres veces Johnny; no una, ni dos, ni cuatro, sino tres, siempre tres: ¡Johnny! ¡Johnny! ¡Johnny! Jodido Johnny, la que había liado. Estaba cortada toda la ciudad, como si hubiesen llegado el Papa y los reyes a la vez. Tenía que cubrir varios estrenos del festival, pero, con el vocerío atronador, decidí sentarme en una terraza entre la ría y el mar a contemplar las masas ingentes arrastrándose como posesos por ver de cerca a aquel despojo de ser. Y yo, mientras, apretándome una birra tras otra —gracias, Johnny, me has dado la excusa perfecta para ponerme hasta las trancas—. Seguro que el crápula de Johnny hubiese preferido sentarse conmigo para bebernos el mundo. Los camellos y las prostitutas de la ciudad se estarían frotando las manos con la presencia de Johnny y su séquito. Y lo que no saben todos estos fanáticos obnubilados es que son ellos, con su dinero, los que alimentan a la bestia y la intoxican cada vez más, hasta que un día la pierdan para luego subir todo tipo de homenajes vacíos en sus redes sociales, como si no tuviésemos suficiente con el bombardeo mediático para que, encima, nos lo estén recordando estos plebeyos desilustrados.

Seguí bebiendo hasta que chaparon la terraza; no sé cuantas cervezas tomaría, quizás diez, a saber. Pagué con el teléfono y ni pregunté. Cogí un taxi a duras penas y le dije que me llevase al garito más oscuro de la ciudad —era hora de empezar a hacer hueco a las espirituosas o, ya puestos, a lo que cayese—. Mientras cruzábamos la ciudad, me fijé en que la cúpula de la suite del María Cristina estaba encendida. Me gustaría subir allí. Habría un fiestón, con algún DJ de renombre, modelos desinhibidas, todo tipo de estimulantes químicos y algún enano —seguro que habría enanos, porque al cabrón de Johnny le gustan los enanos.

Llegamos al Infiernillo, así se llamaba el bar clandestino donde me llevó “el pelas”. Estábamos en pandemia y estos bares llenos de seres confusos y apretados seguían prohibidos. Toqué el interfono, he intentado recordar la contraseña que me había dicho el taxista. Balbuceé: “Un, dos, tres, cuatro, voy en una moto voladora”. Se abrió la puerta y, mira por dónde, me abrió un enano con una mascarilla de cuero. El ambiente era denso, decadente y con una mezcla entre humedad, azufre y perfume caro. Desde luego, por las miradas, allí se encontraba lo más decrépito y a la vez granado de aquella provincia. Me fui directamente al baño, no sé si a mear o a que alguien me invitase a algún disparo. Mientras intentaba miccionar, salió alguien del váter anexo y pensé: esta es la mía para que me inviten. ¡Joder! Era el mismísimo Johnny. Toda la ciudad tras de ti y ahí estabas, en el jodido Infiernillo. Mi reacción fue decirle:

—Juanito, coño, ¿quién te ha engañado?

Me la enfundé y me puse a bailar en modo conga:

 —¡Juanita Banana, hey! ¡Juanita Banana, hey! —y con una luminosa sonrisa, me rodeó con el brazo y me dijo en un clarísimo castellano:

—Vamos arriba y te invito a tomar algo. ¿Cómo te llamas?

Me tomé cinco gin fizz y, para mi sorpresa, él apenas se tomó una especie de brebaje sin alcohol. Hablamos de un montón de historias para no dormir, se reía a carcajadas con mis ocurrencias de borrachuzo. En un momento dado, me acarició la mano, me susurro al oído algo que no entendí y me besó en los labios durante unos cinco segundos en los que ni me inmuté. Iba muy pedo o me pudo la presión del famoso y me dejé, pero aquello no me disgustó. Cuando separó sus labios, le di un buen tragó a mi copa y se la pasé, indeciso.

—Beber el aire es mejor que tragar la mierda esa —contestó—. Vámonos —dijo al chofer.

Mientras volvíamos a cruzar la ciudad, pensaba que vaya liada, que yo no era marica y que éste me quería llevar a la cúpula aquella a atizarme de lo lindo. Me daba vueltas todo y me puse tan nervioso que vomité en el coche y ya solo recuerdo cómo me sacaban de él a trompicones y me metían en una ducha. Cuando salí del baño con un pijama prestado, me dijo:

—Ven, vamos a la cocina. Siéntate, tómate esta sopa de ajo. ¿Quieres beber algo? Con alcohol, sólo tengo clarete.

Ya reconfortado tras los brebajes, me dijo:

—Ayúdame, por favor —Se levantó el pelo que le cubría la nuca y había una cremallera—. Bájala, por favor, sin miedo, hasta el final.

La bajé hasta la cintura y, desde allí, empujó hacia abajo y se deshizo como de una segunda piel o persona. No era Johnny, era una mujer de unos cuarenta o cincuenta años, una especie de ángel dulce, bello y amable. Me explicó que era la coraza que necesitó para triunfar y el personaje que había generado, que es lo que se esperaba de una estrella.

—Este es mi método para ganarme la vida haciendo lo que me gusta sin que me juzguen. Me llamo Juanita, y por eso me hiciste tanta gracia.

 

Allí me quedé hasta hoy, como su jefe de prensa, en una cabaña perdida en lo profundo del bosque, y siempre que hacemos el amor, gimo y gimo junto a ella al son de ¡Joohnny! ¡Joooohnny! ¡JOOOOnnhyy!

 

Óscar Nuño©

PERCEPCIONES ESPACIALES OPUESTAS

 



 Si la mente humana ya es complicada y misteriosa de por sí, en edad adolescente, esa complejidad se multiplica. El paso de gigante sin retorno que supone la pubertad es algo así como un seísmo diario dentro de esos jóvenes cerebros aún lejos de su pleno desarrollo y madurez. Y ante los nuevos desafíos y obstáculos que van apareciendo en su vida diaria, pueden caer con relativa frecuencia en el estrés, la ansiedad o la depresión.

–¡Te repito que no pienso volver a esa casa de mierda! ¡Que me dejes en paz! ¡Aquí la única loca eres tú!

–¡Sólo te intento ayudar, hija mía!

Harald Christensen observaba distraído la discusión entre madre e hija mientras garabateaba trazos inconexos y abstractos en un folio blanco inmaculado. A pesar de su corta edad, se había convertido ya en uno de los psicólogos más reputados del país. El problema de la joven Karen era que se veía obligada a vivir junto a su madre viuda y a sus cuatro hermanos menores en una cabaña perdida en lo profundo del bosque, aislada por completo del mundo, cuando el crecimiento de su cuerpo ya le estaba pidiendo asfalto, madrugada, luces de neón y sábanas revueltas. El diagnóstico era fácil. No era otra cosa que un intento de llamada de atención y la incapacidad de superar la pérdida de su padre. Un caso más, tan similar a tantos otros.

Harald tenía su consulta médica en el barrio de Frederiksberg, en la parte occidental de Copenhague. Pulmón verde de la ciudad, salpicado de chalets unifamiliares en un entorno tan bucólico como exclusivo.

La sala rezumaba tranquilidad. El ambiente era sereno y confortable. Aseguraba la privacidad y la seguridad. En sus paredes de tonos claros se reflejaba la suave e inofensiva luz de los últimos atardeceres estivales, que entraba por unos grandes ventanales abiertos de par en par por donde se colaba una leve brisa cada vez más fresca, pero aún agradable, bañada en aromas a hierba mojada. Dos imponentes abetos blancos se erguían, como dos centinelas, al otro lado del cristal.

La habitación era diáfana, pero cálida. Una vez cruzabas el umbral de su puerta, te recibía una mesa de roble americano barnizada, con varias carpetas perfectamente colocadas sobre ella. Justo detrás, una librería humilde donde se entremezclaban volúmenes sobre psicología, terapias y conductas con revistas de actualidad sobre naturaleza y viajes. La alfombra invitaba a descalzarse y a sentir el relajante roce que otorgaba la felpa de pelo largo en las plantas de los pies. Bajo los ventanales, un chaise longue de terciopelo rosa te acogía y te acunaba con la misma suavidad que el abrazo de una madre primeriza.

Nacido en el seno de una familia adinerada y con tradición en la medicina mental, tuvo que soportar una enorme presión desde niño. Siempre se le exigían las mejores notas, los mejores expedientes. Tenía que estar a la altura que su apellido exigía. Estudió y se doctoró en las mejores universidades del mundo. Nunca le faltó de nada. Opulencia y riqueza opresivas. Hoy tiene renombre, fama y dinero. Pero no es feliz. Ni triste. Sencillamente no siente nada. Ha levantado una muralla rodeada de un foso lleno de fieras mitológicas y se ha vestido con coraza y cota de malla medievales. Ha sido su mecanismo de defensa para sobrevivir a su existencia y a los problemas de las vidas que acuden a buscar socorro en él.

El portazo de Karen le sacó de su ensimismamiento. Había salido llorando y gritando que nunca más volvería allí. Realmente la niña no necesitaba para nada ese tipo de ayuda. Hacía tiempo que no prestaba atención a sus lamentos. Por lo único que la seguía citando era para verse con Aneka, su atractiva madre. Por fin les había dejado a solas…

Tenían relaciones sexuales gélidas. Matemáticas. Asépticas. De corbata puesta y camisa sin arrugas. Pero ella era tan solo otra más de tantas mujeres. Nunca supo ni pudo, ni seguramente quiso, entablar una relación seria. Siempre le acaban recriminando una extrema frialdad, distanciamiento o dejadez incompatibles con el amor.

Una vez finalizado el coito y el papeleo del día, Harald cierra con cuatro vueltas la cerradura de máxima seguridad de su consulta, monta en su vehículo de alta gama y conduce hasta el centro de la ciudad. Aparca en su plaza de garaje, monta en el ascensor de botones dorados y asciende hasta la última planta del inmueble, al ático, donde se encuentra su vivienda. Es un loft de lujo, no especialmente grande, pero más que suficiente para una única persona. Dispone de todo lo último en tecnología y comodidad. La cocina inteligente ha preparado su cena favorita, unas frikadeller de carne de cerdo picada con patatas cocidas, col y lombarda. En la nevera encuentra una cerveza de su marca preferida y un vaso frío donde verterla. El sofá de cuero le recibe con una placentera comodidad. Por los altavoces multifunción de sonido envolvente silban los primeros acordes de su canción favorita. Echa un vistazo rápido a la pantalla digital del sensor de temperatura, que indica que en el interior de la casa es de 22´5°C. Se acerca hasta la puerta que da paso a una amplia terraza azulejada, desde donde se domina todo el corazón de la urbe, que, decenas de metros más abajo, corre a toda prisa bajo el manto de la noche cerrada.

Cierra los ojos. Suspira con desazón mientras intenta deshacerse de su panoplia de caballero impertérrito. Pero es imposible. Su armadura es inquebrantable. No percibe los miedos ni las tribulaciones. Pero la amistad, el afecto o el cariño también resbalan por su piel sin explorar ninguno de sus poros.

Se sube a la estrecha cornisa de ladrillo visto, danzando entre el mundo real y la ensoñación. Una farola parpadea asustada al final de la calle. Su último pensamiento fue que ojalá hubiera vivido él en una cabaña perdida en lo profundo del bosque.

 

Óscar Gutiérrez©

CAMBIOS

 

 

Uno no sabe cuándo ha cometido un error hasta que ya ha tomado la decisión, o por lo menos eso me pasa a mí: esa sensación en las tripas que es confirmada por el cerebro en forma de… “te vas a cagar”. Pues así me encontraba yo ahora mismo, sentada frente a un mostrador en la trastienda de un almacén de azulejos, avasallada por una pelirroja rizosa que hace más de media hora que no ha parado ni para respirar, además de formar una torre de materiales y azulejos para mi nuevo baño que me desafiaba como la gran muralla china a los mongoles. Y mi mente me recordaba el dicho que siempre decía mi abuela: “Vale más saltarla, que rodearla”. Esa torre no tenía fin…

Pero ¿cómo había llegado a esa situación? Si mi baño era viejo pero no estaba tan mal; sólo tenia moho en el techo (con una mano o dos de pintura estaba listo), algún que otro azulejo suelto y… bueno, la bañera ajada por un lado. Pero… en las series de reformas americanas, están mil veces peor y, en menos de dos horas de programa (dos semanas en el mundo real), estaba listo y no tenían que aguantar las chorradas que estoy escuchando. Hablando de escuchar, noto un silencio a mi alrededor y unos ojos mirándome de forma interrogante.

–Perdóname, peli… Azucena, que me he puesto a pensar en qué disposición quería los azulejos y me he despistado. ¿Qué decías?

–Que igual te estoy dando demasiada información nada más llegar. Empecemos por la gama de colores.

–Me gustan los tonos verdes y negros para el baño, pero estoy abierta a opciones.

–Están muy de moda los tonos marinos salvajes para el baño, con el contraste de negro y blanco –dijo, con un tono snob y sus gafas de pasta en la mano.

Sacó un libro que era más grande que las antiguas guías de teléfono y lo depositó encima de mi propia muralla china. Empezó a decirme:

–Este es E152 “Manzana fresca del Cantábrico” –y yo miré la imagen y era el verde manzana de toda la vida.

–Este es T506 “Piscina olímpica de Rusia” –para mí, el azul piscina.

–Pero el que más se vende, y para mí el más bonito, es E942 “Una cabaña perdida en lo profundo del bosque”.

Debí de poner mi mirada de… “¿Qué me estas contando?”, porque en menos de dos segundo empezó a explicarme el color:

–Es un verde botella oscuro con colores tierra de fondo y un tono nacarado. ¿Qué te parece? Te puedo enseñar tonos más marinos, si quieres…, pero mira qué bien queda con este lavabo que acaba de llegarnos.

Mi cabeza estaba dando vueltas como una peonza. Yo lo veía verde botella, ¡y ya!

–¿Pero quién le pone los nombres a la gama de colores, Azucena? ¿Dónde quedó el verde oscuro y los marrones? Ahora son cabañas perdidas y piscinas rusas.

La pobre dependienta me miraba como si acabara de salir del medievo y hablara castellano antiguo, y cuando vi que me iba a explicar cómo le explico yo a mi padre las nuevas tecnologías, le digo:

-Azucena, creo que necesito algo de tiempo para decidirme. El jueves me paso y te digo, ¿vale?

Se quedó mirándome como si le acabara de decir la mayor de las locuras, pero en dos segundos se compuso de nuevo, me ofreció varios libros de mobiliario y, con una gran sonrisa en mis labios, salí del establecimiento. Marqué el teléfono y….

–Papá, ¿sabes de qué color es una cabaña perdida en lo profundo del bosque? ¿No? Pues pásate por casa, que te invito a una cerveza y te explico la nueva configuración de Netflix.

 

Jezabel Luguera©

LA NIÑA



La niña había nacido a orillas del río Garona. Nunca vio el mar, sólo en postales. En casa no tenían televisor, porque decían que era una mala influencia. Vivía junto a su hermano pequeño, Arnau, sus jóvenes padres y su querido abuelo, por el que sentía un sentimiento de respeto y amor difícil de describir, en una cabaña perdida en lo profundo del bosque, a los pies de esa capital pirenaica entre montañas, naturaleza y ríos que es Vielha.

Le gustaba pasear por sus calles, donde colgaban geranios de las balaustradas de madera, con una explosión de colores que harían palidecer al mismísimo arco iris. Miró al cielo y vio cómo unos tímidos copos blancos hacían su estreno, esa nieve pura que era su fiel compañera. Desde tiempos remotos, los lugareños siempre decían que no hay mes del año en que no caigan esos cristales transparentes en forma de cellisca en invierno o con lenta suavidad una noche de verano.

Alzó los ojos y divisó cómo el cielo estaba pintado de un añil brillante, lejos de la paleta de distintos tonos de tintes azulados límpidos reflejados por el sol. Hoy no tenía escuela y le pidió al abuelo que la acompañara al bosque a buscar caprichos botánicos, como ella los llamaba. Recogió un gran ramo de orquídeas moteadas y nigritelas. Regresaron a la cabaña ya oscureciendo, con el pelo y la ropa cubiertos por un fino manto blanco. Su madre los esperaba en el portalón, riñendo al abuelo por consentírselo todo, y mandó a la niña a bañarse, y la castigó sin postre para la cena.

Llegó la noche y, después de conseguir por aburrimiento que le permitieran saborear unos coquilhons con mermelada de cerezas, se fue a la cama y, como siempre, quiso que el abuelo la arropara.

–Abuelo, abuelo, ¿me puedes contar el cuento de la niña que su abuelo era pescador?

–Pero, cariño, noche tras noche te relato el mismo, y de eso hace ya una eternidad.

–¡Por favor, abuelo!

–Está bien –le contestó, descartando otra finalidad:

 

Había una vez una niña a la que le gustaba sentarse en el llaüt de su padre en Port Lligat, mirando a la lejanía, donde el mar se funde con el horizonte. Pensaba que quien no ha visto nunca el mar o no vive cerca de él es una persona infeliz, sin vida. Un día, la niña fue a esperar a su padre, como siempre hacía al caer la tarde, pero el padre no regresó. Ni al otro, ni en los sucesivos. Su llaüt no volvió a la cala de Port LLigat. Nunca se le volvió a ver. Su madre, su gente, le dijeron que el padre ya no retornaría, porque el mar se lo había llevado.

La niña nunca lloró, sólo miraba el mar y su lejanía a la misma hora, hiciese frío o lloviese, con la esperanza de volver a abrazarlo, pero el padre… jamás volvió. A pesar de ello, muy en el interior de su corazón, no estaba triste.

 

–Abuelo, abuelo, ¿por qué la niña no estaba triste si ya nunca lo volvería a ver?

–Cariño, pues porque su padre le había enseñado a amar el mar. Él sabía que  estaba en el mejor sitio para decirle adiós a la vida, para decir adiós a todo lo que dejaba atrás, incluida ella.

–Abuelo, abuelo, quiero conocer el mar, su rumor y su maresía. Quiero dormir sobre sus aguas, quiero ser feliz como esa niña. Sé, abuelo, que mi sitio no está aquí.

Se quedó dormida de inmediato, con una gran sonrisa en los labios.

Él le dio un beso, pero la niña no vio cómo unas tímidas lágrimas resbalaban por las mejillas del anciano, surcando las profundas arrugas de su cara.

Cogió su pipa, se sentó en una mecedora delante del chispeante fuego y puso su música preferida: Alessandro Marcello, concierto II para oboe, Adagio, por el intérprete que más le gustaba, Heinz Holliger, el que decía que la vida es demasiado corta para desperdiciarla escuchando mala música. Cerró los ojos y se dejó arrullar por la que sabía que pronto sería ya su única compañera.

 

Francis Cortés Pahissa©

           

            

TEMA LIBRE

 



No puedo negar que me encantan las películas que se desarrollan en Navidad. En todos los canales, la televisión las proyecta continuamente Made in USA. Todas contienen la misma temática dulzona, vista una, vistas todas; con diferentes actores y actrices, claro está. Lo común es un pequeño pueblo con los habitantes más buenos del mundo, simpáticos y acogedores, muy felices todos los vecinos. Al fondo, altas montañas verdes, pobladas de inmensos árboles. En medio de estos, una cabaña perdida en lo profundo del bosque, habitada por un joven y apuesto hombre viudo, junto con dos niñas, rubias como él, de unos doce y seis años, encantadoras. Es de noche, nieva, la chimenea del hogar está encendida, la leña arde. Las niñas, cautivadoras, leen tumbadas en el sofá. Faltan cuatro días para Navidad. El padre sale a por más troncos de madera. Escucha un golpe seco, suena la bocina de un coche ininterrumpidamente. Tira la leña y corre despavorido, abrochándose la camisa a cuadros de leñador americano, en dirección al sonido. Encuentra a una joven de poblada melena, también rubia, dentro del coche, con la cabeza apoyada sobre el volante. Al cogerla en brazos, esta recobra el conocimiento, le mira y lo vuelve a perder. La lleva hasta la cabaña, la acuesta en una cama, vuelve en sí y lo típico: ¿Dónde estoy…, qué ha pasado? Él la tranquiliza relatando lo sucedido y ofreciéndole una taza de té caliente –sí, té; es lo más normal después de un accidente, ¿no?– Las niñas entran a la habitación y se sientan en la cama. Ya de mañana, la rubia despierta perfectamente maquillada y peinada, sólo tiene un pequeño arañazo en la frente. Baja al salón, donde los otros tres desayunan. Se une a ellos, se presentan y las preguntas de rigor: que si está bien, que si la llevo al médico… Él es sheriff del condado; ella, una ejecutiva estresada de Nueva York, de vacaciones y sola en el mundo, perdida en la noche. Ante la insistencia de los tres, accede a quedarse unos días con ellos. Las niñas saltan de alegría. Lo demás viene rodado: jornadas felices acudiendo a los preparativos navideños con las gentes del lugar, musiquita navideña que te invita a ser feliz. A ti se te va dibujando una sonrisita bobona ante el televisor y te dices “qué tontería de película”, pero, aunque sabes el final desde el principio, la ves hasta que termina.

Ah, ¿qué cómo finaliza? Pues estas cercanas Navidades os sentáis delante de la televisión y ¡a ver el emocionante desenlace!

 

Ana Pérez Urquiza©

AMOR SECRETO

 



La Tarde ha enrojecido. Los pájaros parecen haberse dado cuenta y trinan enloquecidos.

—¡Lo saben! —piensa la Tarde, horrorizada, corriendo a esconderse tras el horizonte en una cabaña perdida en lo profundo del bosque— Se han dado cuenta —exclama para sí, muy triste.

Por una rendija de la ventana, ve llegar a la Noche, misteriosa, con ese precioso vestido negro cubierto de estrellas que realza su belleza. Una suave brisa la acompaña y va acariciando las copas de los árboles, terminando de dormir a esas groseras urracas que hablaban de ella y de su amor secreto.

—¡Qué bien le sienta la luna llena! —se dice—. Ilumina su mirada. Se la ve tan elegante.  

En ese momento, las ramas de los árboles se agitan nerviosas y una espesa niebla cae sobre las copas de los árboles, cubriendo todo el bosque.

La Tarde, aprovechando que nadie la puede ver, se escurre fuera de la cabaña y corre a ver a su querida Noche un poquito más de cerca. La encuentra susurrando sus penas a las brujas. Les habla de su amor secreto.

—¡No puede ser! ¡Mi querida Noche está enamorada de otra! —y, horrorizada, corre a esconderse nuevamente en la cabaña.

—Debe de ser de la Mañana  —se dice, y cae rendida entre pesadillas de risas y cuchicheos.

Cuando despierta, ella ya se ha ido, y una ligera luz se filtra por las rendijas de la ventana. Se asoma para ver a la Mañana, a comprobar si es cierto que es tan radiante como dicen. La encuentra lluviosa y fría, poco interesante. Y, así, pensando si será del Amanecer o de la misma Aurora Boreal de quien se ha enamorado, deja transcurrir las horas y sale de la cabaña cuando el día está apunto de acabar.

Unos grandes nubarrones cubren el cielo, el sol apenas se ha visto en todo el día. La Tarde encuentra el día muy oscuro y, extrañada, mira hacia atrás y ¡allí está ella!, sonriéndole. No lleva traje de estrellas, ni lleva luna, ni falta que le hace. Está oscura y preciosa. El sol hace unos minutos que se ha puesto, pero ella se ha quedado, se gira hacia la Noche y se funden en un abrazo.

            Un suave viento limpia el cielo de nubes. La luna parece una gran sonrisa esta noche y, en la pequeña cabaña, las risas y cuchicheos se escuchan hasta la llegada del Amanecer.

 

Almudena Pascual©

miércoles, 30 de junio de 2021

PRIMERA VEZ

 



 

Bella no es, pero la cubre un aura misteriosa que la hace profundamente atractiva.

Oculta: ahí está el día que nacemos, y nos acompaña siempre, haciendo emocionantes nuestros días en la infancia y, más aún, en la adolescencia. Es de esas amigas que, a veces, se te olvida llamar, pero, cuando retomas su amistad, empieza nuevamente la aventura.

Primera Vez tiene una amante: Última Vez. Lo sé porque muchas veces los he visto juntos. Es discreto y nostálgico y sé, sabemos, que algún día se irán juntos para no volver.

 

Almudena Pascual©

HAV


 


            Ayer noche soñé que volvía a Farö. Este sueño me desconcierta y me pregunto por qué acude una y otra vez a mi mente mientras ésta está tranquila y descansada.

            De repente, llaman a la puerta y abro pensando que es mi marido que se ha dejado algo antes de coger el coche para irse a trabajar; pero estoy equivocada, porque una cabeza totalmente pelirroja hace aparición delante de mis dormidos ojos. Es el cartero. Me entrega un paquete cuadrado, atado con unas cuerdas finas de color paja marrón. La verdad es que está un poco maltrecho y me quedo mirándolo sin entender demasiado qué puede contener. No he pedido nada online y a Marcos, mi marido, no le gusta comprar por internet. Le doy las gracias y cierro la puerta, que por cierto sigue atascada y tengo que darle un golpe tremendo para lograrlo.

            Rompo las varias capas de papel en que va envuelto y me encuentro con un cuaderno gris. Mis ojos se posan en la portada, con un título que casi me para el corazón: Hav. Las manos me tiemblan tanto que casi no puedo sostenerlo. Lo abro, y dentro hay dos fotografías: una, de la casa donde viví de pequeña, llamada Hav, océano, pintada en añil eléctrico, con los marcos de las puertas y ventanas en blanco; un espléndido jardín frente a los acantilados de Farö rodea la mansión de rosas y hortensias; la otra, de una mujer rubia y ojos verdes, refleja de inmediato su porte distinguido: mi madre. Sólo había dos palabras escritas: “Te quiero”.

            Hacía muchos años que no nos veíamos. Nunca entendió mi embarazo a los dieciséis años, ni tampoco yo entendí la obstinación por su nacionalismo. Discutimos y me fui a vivir a Noruega. Allí crié a mi hija y me casé con Marcos. Era feliz, pero el sueño, como una tormenta de verano, había vuelto una y otra vez hacía unos meses. Mi isla, mi gente, mis padres y la preciosa casa donde crecí.

            Sin pensarlo, reservé un vuelo hacia la isla de Gotland. Cogí lo más indispensable y lo metí en una bolsa de viaje. Pedí un taxi, que me llevó al aeropuerto en una hora. Mi vuelo salía en pocos minutos. Una vez sentada en el avión y antes de despegar, llamé a Marcos contándole lo del cuaderno gris y que me iba a la isla. Marcos lo comprendió de inmediato.

            Cuando llegué, me dirigí inmediatamente a coger el ferry. Farö está situada a un par de millas de la costa de Gotland. La brisa del mar y el olor a sal, con los campos de raukar emergiendo del bravío mar, me inundaron los ojos de lágrimas. Dos minutos bastaron para llegar.

            Sabía quién me había enviado el cuaderno gris; sabía quién me estaría esperando en la puerta de Hav.

La vi a lo lejos. Aunque estaba muy mayor, seguía siendo preciosa y elegante. Una gran bandera ondeando en lo alto del tejado distinguía su casa, mi casa, de las otras salpicadas de alegres colores. Una vez leí, de muy joven, en un libro, una frase que nunca se ha podido borrar de mi mente: “No hay peor asesino en serie que aquel que se siente legitimado por una bandera”. Decidí desechar ese  pensamiento.

 Cuando, al final del camino que daba a la casa, estuvimos una frente a la otra, ella dio el último paso y se acercó hasta que oí su respiración. Me acarició la cara. Siguió mirándome hasta que, llorando, me abrazó cálidamente, porque mi madre tenía escasa fuerza. Le rocé el cabello, lleno de hebras blancas, con mis manos temblorosas y, al final, nos fundimos en un abrazo.

            Lo había comprendido. Lo habíamos comprendido.

Mi primera vez. Ad aeternum…: para la eternidad.

 

Francis Cortés Pahissa©

PRIMERA Y ÚLTIMA VEZ

 



El día había comenzado como todos los sábados desde que habíamos decido vivir juntas, oliendo a tostadas y zumo de naranja aderezado con café con leche, al sentarme frente a mi taza de Mr. Wonderful: “Si no encuentro mi media naranja, será que soy una pera”. Unos ojos oscuros como las tormentas de invierno me interrogan sin piedad, escondidos detrás de una taza “Uso exclusivo de doña  marimandona”.

            –Cariño, ¿no piensas decirme nada? Me vas a hacer el castigo del silencio, por lo que veo.

–Princesa, no te mereces menos, de verdad...

            –¿En serio? –preguntaba Ana, con una media sonrisa en sus labios.

            –Claro. ¿O no eras tú la que me insistió ayer para que lo hiciéramos?

            –Mi amor, era el momento y lo sabes. Lo necesitamos, no podíamos seguir así.  Y ahora, mira que bien estamos, descansamos después como princesas –y sus ojos se tornaron en dos pequeños luceros.

            –¿Perdona?

Y mi mente empezó a rememorar la tarde de ayer, y la imagen hermosa de enfrente se difuminó y aparecieron flashes de nuestra… primera... aventura.

Caras coloradas que no tenían descripción alguna, gritos de dolor –o mejor dicho, de esfuerzo–, piel más que otra cosa, miradas cómplices que explicaban preguntas no realizadas, ropa tirada en una habitación desordenada, Luna maullando como loca al otro lado de la puerta, muchas dudas, alguna que otra sonrisa nerviosa, instrucciones debajo de la alfombra, algún que otro enfado tonto y dolor de espalada.

            –Marina, que parece que te obligué a punta de pistola y que fue el peor momento de tu vida, ¿qué quieres contarme que yo no sepa? Yo, la verdad que quiero seguir intentándolo hasta que sea perfecto.

–¿Perfecto? ¿Quieres repetir hoy también? En serio..., yo necesito... descansar, pensar...

–Cariño, por favor..., que ayer fue nuestro primer... mueble de Ikea que montamos juntas y nos quedan como mínimo unos veinte. Así que deja de quejarte, que, encima, la cama la montamos mal y tenemos que volver a montarla y no sé dónde tiraste las instrucciones cuando te frustraste... –y unos labios me callaron de golpe, dejándome claro que era la primera y la última vez que compramos muebles desmontados y que prefería hacer otras primeras veces.

 

Jezabel Luguera©