martes, 28 de junio de 2022

IBERIA

 

 


Matías Iniciarte fue un hombre hecho a sí mismo; brillante estudiante, no hubo beca que se le resistiera; honrado político, enseguida abandonó ese ambiente para dedicarse a lo que desde pequeño había soñado, ser piloto. Aunque la vida, que es muy cabrona, no se lo concedió exactamente: jamás sería piloto; pero se convirtió en el jefe de muchísimos como eterno presidente de la compañía de bandera española. Casado con su novia del pueblo, tuvo una hija, Pilar. Adoraba a ambas y fueron siempre su absoluta prioridad una vez cumplidas sus obligaciones con la compañía –para Matías, el trabajo era lo primero–. No faltó un sólo día a trabajar en toda su carrera, que se alargó por 49 años: desde los 20, aún estudiando Económicas, hasta los 69, cuando abandonó su cargo, un año antes de que lo tuviera que hacer obligado por una ley absurda que impedía alargar la función pública más allá de los 70 años.  

Con 40 años se convirtió en el presidente más joven de una gran compañía en España. Respetado en el ámbito empresarial, recibió multitud de proposiciones para presidir todo tipo de compañías; las rechazó una a una, convirtiéndolo en el decano de la gran empresa en España. Fue el más grande, y cuando ya se empezaba a preparar, a un año vista, la que sería su fiesta de jubilación y sus 50 años en la compañía, evento al que asistirían ministros y para el que ya había contactos muy avanzados con la Casa Real, Matías Iniciarte dimitió, decisión irrevocable que le presentaría al mismo presidente del Gobierno, con el que, como con todos los anteriores, mantenía una magnífica relación. ¿La razón? Motivos familiares, alegó. Pero ¿qué le había sucedido al gran capitán de los cielos para tomar tan drástica decisión? Pues paso a contarlo, que lo sé de buena tinta.

Todo ocurrió en una mañana de otoño, en la que se despidió de su mujer con un silencioso beso en la mejilla, dejándola en la cama, postrada con una faringitis de caballo, sin voz y con unas décimas de fiebre. Su hija Pilar, sabedora del estado de salud de su madre, no había pasado esa mañana a dejar al pequeño Matías con su abuela para que lo llevase a la guardería. Matías adoraba a su nieto y hoy esperaría al chofer de la compañía esos minutos que solía dedicar al pequeño todas las mañanas.

Juan, el chófer de toda la vida, llegó puntual, como todas las mañanas. Hablaron del partido de la noche anterior hasta que una llamada interrumpió la conversación.

            –Papá, necesito que recojas a Matías de la guardería. Me acaba de llama su maestra para decirme que tiene unas décimas de fiebre, le habrá pegado mamá la faringitis. Estoy embarcada en el avión, a punto de despegar. Te dejo, que una de tus simpáticas azafatas me está amenazando.

            –¡Pilar, un momento, espera! –Pi, pi, piiiiiiiiii....

Se hizo un silencio en el coche. Juan bajó la velocidad mientras veía por el retrovisor, y por primera vez, cómo un hombre que dirigía una compañía con quince mil empleados quedaba pensativo y sin respuesta. Matías no sabía ni siquiera a qué guardería iba su nieto, jamás se había ocupado de un asunto doméstico, y tampoco entendía por qué en este caso su hija, sabedora de ello, había considerado que él era la persona adecuada para ello. Su chófer, que escuchó la reflexión en voz alta, le dijo:

            –Don Matías, un niño de una guardería sólo puede ser retirado por un familiar autorizado, y su nieto va a la guardería del Monte Carmelo, a pocas manzanas de aquí; en unos minutos podemos estar allí.

            –No digas tonterías, tengo una reunión a primera hora –y mientras lo decía se arrepintió de sus palabras: su nieto enfermo o una reunión para decidir qué vino poner en el catering de los aviones, en qué estaría pensando.

Inmediatamente llamó a su secretaria y pospuso la reunión, sería apenas media hora.

Al llegar a la guardería se quedó revisando unos papeles mientras el chófer le miraba atentamente.

            –¿Por qué me miras así? No pierdas tiempo, baja a por el pequeño Matías y continuemos.

            –Señor, ya le he dicho que tiene que ser usted en persona el que lo recoja. Son las normas.

Así que don Matías recorrió el patio de una guardería 55 años después, para dirigirse a la primera persona que encontró.

            –Buenas, soy el abuelo de Matías, el hijo de Pilar Iniciarte. Vengo a recogerlo, parece que está enfermo y han llamado a mi hija para que lo recoja.

            –Efectivamente, tiene unas décimas y es aconsejable que no esté con el resto de los niños. ¿Ha traído la autorización?

            –¿Qué autorización?

            –La que le permite retirar a su nieto de la guardería –le contestó la maestra con una cálida condescendencia.

            –No.

            –Pues entonces tengo que comprobar su identidad llamando a algún familiar autorizado.

            –Mi mujer está sin voz en casa, y mi hija, volando en estos momentos.

Teníais que haber visto la cara de don Matías, que, absolutamente fuera de su zona de confort, dijo una frase que nunca había usado y de la que se arrepintió en el mismo momento de decírsela a la maestra y a las otras dos jóvenes que se habían acercado:

            –¿Pero es que no sabe usted quién soy?

            –No.

            –Soy el presidente de Iberia.

            –¿Iberia? Vaya, nosotras aquí somos más de Ryanair, la del loco ese irlandés tan gracioso. Es que tenéis los billetes muy caros.

En ese momento, Matías, un hombre inteligente, sintió caerse como Pablo del caballo. Se dio cuenta de que aunque la mona se vista de seda, mona se queda; que, delante de aquellas jóvenes maestras, era un simple viejecito al que no habían visto nunca con su nieto; que eso no tenía sentido. Así que no había ningún motivo para seguir trabajando: se iría a cuidar de su familia, y la última gestión que haría como presidente de Iberia sería sacar a su nieto de la guardería.

 

Santos Gutiérrez©

lunes, 27 de junio de 2022

LA MONA QUE SE HIZO MODELO

 


 

Toda la vida se dijo que “Aunque la mona se vista de seda, mona se queda”. Pero ¿qué pasaría si la mona fuera modelo y la vistiera Versace? ¿Seguiríamos utilizando la misma frase? Seguramente no; utilizaríamos “La mona se vistió de seda y todo el mundo la critica”, y pasamos de neutralizar a criticar, ese ejercicio que, por desgracia, cada vez más gente practica de forma amateur y excusándose en que las verdades son buenas.

¿Pero nadie dijo que la verdad tenía que llevar complementos? Nosotros, la sociedad, necesitamos que tenga empaque, como si fuera un regalo que el mundo necesitara y nadie ha pedido.

¿Y si “La mona se vistió de seda porque el algodón le da alergia”? Entonces traspasaría esa línea roja llamada comprensión disfrazada de culpabilidad de la sociedad egocéntrica en que nos hemos convertido, de la minoría que nadie espera ser pero todo el mundo comprende en las redes sociales.

¿Y si “La mona se viste de hábito y ese hábito sí la hace monja”? Entonces es cuando nos damos cuenta de que, por desgracia, valoramos a las personas por sus atuendos: es mejor alguien con pantalones largos que con bermudas, aunque éstas simplemente nos hacen ver sus pantorrillas y no lo que es realmente.

Por desgracia, esos refranes o frases hechas que toda la vida acompañaron a nuestra sociedad y son de otra época no evolucionan; como no hemos evolucionado nosotros, simplemente nos hemos quitado la seda y monas nos hemos quedado.

 

Jezabel Luguera©

VACACIONES EN GEORGIA

 

 


…Y de lejos toda la familia avanzando bajo un sol de justicia en aquel domingo georgiano. El viento soplaba de mar dificultando, junto con las ráfagas de arena, avanzar hacia la orilla. En total, cuatro miembros, pero uno de ellos era como una especie de porteador, cargaba con todo: las sillas, la sombrilla, las bolsas con comida y refrigerio y algunos elementos neumáticos. Se llamaba Iósif y era un gayumbazos, un pusilánime, un hombre maltratado que si se llega a cruzar con El Fari le da una hostia que le pone a hacer el tornado por hombre blandengue. Era el patriarca, pero su función en la familia, aparte de encajar insultos y golpes, era la de criado.

—Vamos, Iósif, avanza más rápido y colócame la silla –decía Nadezhda, su mujer, mientras le propinaba una colleja. Sus hijos, Vasili y Svetlana, iban detrás de él cuchicheando, llamándole flojeras y maricón de playa mientras le lanzaban escupitajos.

A Iósif se le caían tantas lágrimas que iban directamente a reposar sobre su poblado bigote, provocando un barrizal junto con la arena que se filtraba a través del viento; pero a la vez esbozaba una sonrisa maligna de satisfacción porque sabía que hoy era el día señalado para el comienzo de su nuevo curso.

—¡Para ya, maldito Iósif y despliégame la silla! –Seguidamente Nadezhda, como si fuese una reinona, se acomodaba y le lanzaba un exabrupto de agradecimiento.

Después Iósif instalaba el resto del campamento e inflaba los flotadores de sus dos criaturas y, una vez terminado todo el trabajo, se echaba sobre la arena sin toalla ni nada. Allí, tirado, en modo croqueta, mientras Nadezhda se embadurnaba y Vasili y Svetlana se bañaban, aprovechaba para volver a recrearse en que hoy era la presentación de los compañeros del curso por correspondencia al que se había apuntado.

Ensimismado en sus pensamientos, le distraían unos recién casados que se cambiaban de ropa mientras les hacían fotografías. Estaba todo el séquito allí presente y se preguntaba por qué todas esas chicas y chicos lozanos se vestían tan ridículos cuando asistían a este tipo de fastos, estarían más guapos desnudos que con esa indumentaria asatenada y de saldo que gastaban. El constante repicar de aquel clic, clic, clic le hizo girar la cabeza y mirar a Nadezhda embutida en aquel bañador de Dior mientras se cortaba las uñas de los pies, y pensó que, en su caso, aunque la mona se vista de seda, mona se queda.

—¡Tenemos hambre! –gritaron al unísono los dos angelitos.

—Vamos, pringado, prepáranos la sandía. –Y allí acudió, servicial, Iósif a cortar las rajas de sandía. Una vez las devoraban le lanzaban los restos sobre la arena para que los rebañase. Y le decían:

 —Ladra, ladra, perro, venga: ¡guau! ¡guau! –Y Iósif adoptaba su postura de can y ladraba solícito.

Mientras se mantenía sumiso a cuatro patas se presentó una especie de viento caliente y absorbente, el cielo empezó a tornase rojo, adornado con unas luces giratorias que lograban casi hipnotizar a todos los presentes; aquello era un objeto volante que iba acercándose más y más, el calor iba aumentando hasta ser insoportable y allí, hierático y todavía en cuatro apoyos, veía cómo los del bodorrio se desprendían de aquellos atuendos quedándose en pelota picada, luchando para no ser abducidos por aquel artefacto. Sin duda más guapos sin el disfraz, masculló, y rotando de nuevo la cabeza hacia Nadezhda, le dijo:

—Tú no, adefesio, déjate el bañador, que al menos te cubre el esperpento que hay detrás.

Se puso en pie, deshaciendo por fin la postura del perrito, enganchó una botella de vodka, se quitó la ropa y, una vez en cueros, subió por la rampa que había desplegado aquella nave y antes de desaparecer se giró, le metió un generoso trago a la botella e hizo una peineta a su familia y al mundo, exclamando:

 —¡Volveré con más ganas e ilusión para construir una sociedad nueva y más justa!

Y así fue como Iósif Stalin se embarcó en aquella nave rumbo al planeta rojo para realizar su curso por correspondencia. Lo que aconteció tras su vuelta es ya una historia conocida por todos o por casi todos.

 

Óscar Nuño©

¡QUE PASÓN!

 

 


El verano estaba ya muy avanzado y el nuevo club, inaugurado en el mes de junio, el ¡Qué Pasón!, continuaba a tope.

Está situado en un edificio emblemático del centro de Puntillas, una villa marinera que este mismo verano ha pasado a formar parte de la lista de “Pueblos cool de España”. Así dice un modernísimo cartel a la entrada de la villa. ¡Qué Pasón! Ha tenido mucho que ver con aquello.

El emblemático edificio era antaño un centro cultural. Ahora, más cultural todavía, aúna gente local y extranjera, niños y nonagenarios que disfrutan allí de sus momentos de ocio. El edificio es monumental, da la impresión de que entras en un palacio de otro siglo. Contrasta perfectamente la sobriedad arquitectónica del exterior con la modernidad del espacio interior, lo que hace que todo el mundo encuentre allí su lugar.

En el patio central  hay una barra circular, grande, como de unos cinco metros de diámetro, donde se sirve desde un café hasta toda clase de bebidas espirituosas, calimocho incluido. Ahí está también la mesa de mezclas y, al mando, a partir de las ocho, Martina Rouco, la DJ de más renombre de  Ibiza. La Rouco ha aceptado el trabajo, posiblemente huyendo de las tremendas noches de “calor” ibicencas, y todos los días hace vibrar a lo más granado del pueblo.

Repartido por el resto del patio interior hay desde unas mesas altas, rectangulares, con enchufes para los ordenadores, hasta confortables sillones para poder compartir una tarde con amigos como si estuvieras en el salón de casa, chimenea incluida. En uno de los laterales se encuentra la biblioteca. Han colocado alfombras con cojines grandes, comodísimos, para tumbarse a leer tranquilamente. La antigua sala de lectura, silenciosa, donde daba miedo hasta respirar, ha desaparecido y la nueva bibliotecaria te atiende desde la barra central con una sonrisa:

—¿Qué le pongo?

—Un café, y me llevo prestado el libro Los miércoles a las 18:30.

El palacete de moda abre a las 9:00 de la mañana para acoger a los más madrugadores y servirles desde un capuchino acompañado de unas buenas tostadas o un pincho de tortilla que a estas alturas compite con el del Cañadío hasta una buena cerveza, bien tirada, eso sí, para los que se encuentran muy perjudicados por la noche de jarana y necesitan retrasar la resaca.

Por las mañanas es muy normal ver al señor marqués leyendo el Diario Montañés mientras escucha a Billie Holiday  con la maravillosa acústica del local.

Por las tardes, cuando las luces cambian y la bola de cristal que cuelga del techo comienza a girar, aparece la señora duquesa. A sus 95 años llevados como puede, le quedan muchas ganas de fiesta. Cuando entra por la puerta, todas las miradas se clavan en ella, sin disimulos. Ella, orgullosa, avanza renqueante, con su vestido transparente, porque es lo que se lleva en Ibiza, y sus gafas de sol para camuflar las ligeras arrugas que han empezado a emerger desde la última operación de estética. Debajo del vestido, un bikini escueto cubre su bien ganada rechonchez. A los pocos minutos, la música empieza a tronar y ella a danzar como poseída, y la pista o el patio o el palacio o el centro cultural, o lo que solo Dios sabe que sea aquel espacio, vibra y todo el mundo enloquece. La fiesta está asegurada.

Y cada noche lo mismo. Aparece la señora duquesa y, a las dos horas de haber comenzado a brincar, se dirige al primero que tenga delante y, gritando para dejarse oír, le dice “¡Voy al servicio, pero al uno!” y desaparece por el fondo a la derecha y no vuelve a aparecer hasta bien entrada la noche.

Y así, al igual que la duquesa, llegan los papardos, los surferos, los guiris, el hijo de la tal o el del bar de cual. Y todos, todos, al rato de bailar se hacen un gesto con la cabeza diciendo “vamos”, sacan un dedo o dos, depende, y se dirigen a los servicios, donde desaparecen.

Bueno, a ver, desaparecer no desaparece nadie en un centro cultural: la señora duquesa entra en el servicio uno, toca la oreja del surfero pintado en la pared a la vez que dice las palabritas mágicas “Aunque la mona se vista de seda mona se queda” y la pared se abre. Sube por las escaleras y entra en una sala donde ya le esperan los miembros de la junta para tratar los temas del día. Se retira las gafas de sol, se pone las de ver y arreglan España.

¿Y los papardos, los surferos, y los tal y cual? Ellos van al dos. En este servicio hay surfera, no surfero. Para poder acceder a su sala tienen que tocar con los dedos los dos pezones a la vez. Si no lo consiguen por estar ya algo perjudicados, no pueden entrar. A su vez tienen que decir “No por mucho madrugar amanece más temprano”. La pared se abre y, en este caso, las escaleras descienden.

Lo que allí pasa, ya se sabe: de todo.

Vamos, que Puntillas se ha convertido en el hit del verano y temen los parroquianos que cueste vaciar el pueblo cuando termine el mes de agosto. Creo que la duquesa anda debatiendo en la sala 1 los pasos que van a dar para que cada uno vuelva a su puñetera casa.

 

Almudena Pascual©

CADAQUÉS

 


 

Nací en Barcelona, en pleno mes de las flores, pero no os preocupéis que no voy a hablar de mi ciudad. De sobra se sabe que la han escogido varias veces como la ciudad más bonita del mundo, como así ha sido hace muy pocos meses, con lo cual no quiero aburrir con más detalles.

Pero, ¿es en Barcelona donde me siento identificada con su gente? ¿Donde sueño con la vida pincelada en  paletas explosivas de brillantes colores?

Pienso que no hay persona que no tenga un sitio en el universo que sienta como suyo. Un lugar donde, al descubrirlo, nos cambia la vida para siempre.

Estos espacios físicos nos sirven como refugios a través de nuestros sentimientos e inquietudes, tanto de felicidad como de dolor.

Claro que nací en Barcelona, pero mi auténtico flechazo, mi amor, es Cadaqués. El azul del Mediterráneo y su luz encierran toda la esencia de este pueblo del litoral de la Costa Brava. Su gente acogedora, generosa y sencilla marca la diferencia. Gente en la que confiar y sentirse a gusto, gente que deja que los problemas se alejen con las mareas. Y así viene a colación una cita de Einstein, que dice: “La gente débil se venga. La gente fuerte perdona. La gente inteligente ignora.” Mejor no la pudo describir este gran físico, y así me lo transmitieron siempre esas personas.

Cuando tenía cuatro años, mis padres compraron una casa a tan sólo trescientos metros del centro de Cadaqués, delante de la playa Es Sortell. Al igual que le pasó a Salvador Dalí y a tantas otras personas, se enamoraron de sus tranquilas y cristalinas aguas, así como de sus preciosas casas encaladas. El jardín estaba rebosante de buganvillas bicolores. Al inicio de su floración, las flores eran rosas, pero, poco a poco, se transformaban en un hermoso color blanco. Siempre me fascinó esta metamorfosis.

Recuerdo pasar los meses de verano junto con mis amigas en Cadaqués. Nos gustaba bañarnos en esa playa, pero con lo que más disfrutábamos era en ir caminando a un lado de ella y cruzar un pequeño puente a través del que accedíamos a la pequeña isla de Es Sortell.

Así he ido cumpliendo años y un pedacito de mí estará siempre en cualquier esquina de ese pueblo de pescadores.

Es curioso, pero por muchos años que pasen, la esencia de donde nacimos, de donde crecimos, nunca nos abandona.

 

Francis Cortés Pahissa©

 

 

sábado, 25 de junio de 2022

REFLEXIONES

 


 

“Aunque la mona se vista de seda, mona se queda”, ¡vaya frasecita! ¿Y los monos?, ¿qué pasa con los monos? ¿Se creen los cromañones que con una pajarita se transforman…? Reconozco que el dicho quiere abarcar diferentes acepciones, es un refrán y como tal traslada viejas creencias y saberes. Pero veamos: la seda es bella, suave, adorna y viste, admite un rico cromatismo y hasta puede resultar sensual. ¿Por qué la mona? La hembra más similar a la mujer, más imitable, fea y peluda. Cualquier mujer es hermosa a su lado. El viejo afán masculino de dejar a la mujer deslucida (no se me moleste nadie; por eso digo “viejo afán”).

Recuerdo que, durante mucho tiempo, en mi infancia, no entendía el mensaje, no sabía qué significaba, o no quería entenderlo. ¡Lista la niña!

“El hábito no hace al monje”: igual de explícita y bastante más delicada, al menos puede beneficiar al individuo; no así la anterior a la individua. Habla en general y es adaptable a todo personaje y situación. ¿O no? En este caso, el hábito lo custodia ante la sociedad, ¡porca miseria!

Recuerdo a una bella mujer, que ciertamente vestía de sedas, joyas y alharacas, y nunca la vi ni siquiera bonita. De igual modo, recuerdo a otra mujer que a simple vista resultaba algo anodina, sosa podría decirse; sin embargo, de aquella sencillez emanaba un encanto muy especial, un atractivo singular y potente. Y no, ninguna era una mona.

¡Ay, amigo Pedro! ¡Es que te lo buscas, eh!

Llega el final del curso, la proximidad del verano, un poco el cansancio y la obligación, y entramos “en brote” ante cualquier envite. Otra manera de decir que no estoy fresca para nuevas y pequeñas historias, unas mejores y otras estupendas, que a lo largo del curso vamos desgranando este grupo de valientes y esforzados cruzados que aún mantenemos el baluarte en alto. Y que ojalá sigamos manteniendo, si nuestro Ricardo Corazón de León nos mantiene con el ánimo guerrero.

 

Remedios Llano

Junio 2022

Comillas

AUNQUE LA MONA…



Aunque la mona

se vista de (se) seda,  (Quiero decir "se vista sin sesera")

mona se queda.


Y es que la seda,

sedosa de la mona

tartamudea.


Vamos al grano,

tomemos a los versos

con sus "letrinas"


Y digo bien,

no pienses otras cosas,

que yo te veo.


Es el espejo

del mono que se mola

y va sin mona.


Mono, monito,

enrolla bien el rabo

pa´ tu monita.


Ella tan cursi,

con pinta de repipi,

está muy tiesa.


Va sin tacones

y canta en sus "bajinis"

por las aceras.


Monita linda,

de seda, encuadernada,

eres traviesa.


Pero te quiero,

sin seda y sin tacones.

¡Eres mi sueño!


Naces del cuento,

excitas las sonrisas

y apartas sombras.


Por eso digo

que, vista o desvestida,

serás bien vista.


Rafael Sánchez Ortega ©

10/06/22


EL VIEJO Y EL BAR

 

 


            La noche era fría y húmeda, y la espesa niebla difuminaba una luz amarillenta, tenue e incierta, que provenía de algunas farolas demasiado espaciadas. Mis botas de agua chapoteaban por los charcos del camino mal empedrado. La taberna del puerto estaba llena cuando entré. Olía a vino y el aire estaba saturado por una nube de humo alimentada por docenas de marineros que fumaban sus pipas mientras hablaban animadamente, sentados los más en torno a recias mesas de madera y otros reunidos de pie en pequeños grupos. Me miraron con cierta curiosidad, pues con toda certeza la mía era la única cara desconocida para ellos. No eran corrientes los forasteros en aquel pequeño pueblo costero al final de una carretera sin asfaltar y que no conducía a ningún otro lugar, y menos que aparecieran en una noche como aquélla. Un par de parroquianos me sonrieron e hicieron un gesto de saludo con sus jarras de vino, y volvieron a lo suyo, ignorándome.

Estaba cansado y traté de encontrar algún sitio para sentarme. No había mucho donde elegir: el único taburete libre estaba junto a un viejo que bebía solo en un rincón, así que pedí una jarra de vino y me dirigí allí, le pregunté si le importaba que me sentara con él, ya que no había otro sitio, y me indicó con un gesto que adelante.

            Jaime era un marinero de toda la vida, retirado ya desde hacía mucho tiempo. De los lados de su negra gorra con visera, que llevaba ligeramente ladeada y que debía de tener casi tantos años como él, se descolgaba una cabellera canosa que le llegaba hasta los hombros, aún fornidos. La larga barba y el tupido bigote no conseguían ocultar los surcos profundos de su piel, donde llevaba codificados sus muchos años de durísimo trabajo bajo el azote de los vientos y los rigores de la mar. Pese a ello, bajo sus gruesas cejas, sus ojos, negros como el azabache, reflejaban una frescura y una viveza que parecían más propias de tiempos para él pasados. Su pipa despedía un olor a tabaco seco pero ligeramente aromático que me resultaba agradable. No tardamos en encontrarnos charlando, y resultó tener una conversación fácil y amena.

            Hacía treinta años que no había estado en una ciudad, me contó, ni ganas tenía de hacerlo. No le gustaba la gente de las ciudades, decía, porque sólo se preocupaban por las modas, y él pensaba que éstas eran cosa de tontos. Todos querían ir “monos”, le parecía a él, y se ponían ropas y calzados incómodos, apretados, y los llevaban siempre muy limpios, y se los cambiaban cada dos por tres porque un año los pantalones se llevaban muy largos, al siguiente no les servían porque se llevaban muy ceñidos, al otro acampanados, y así con todo. Y sentenciaba que a esos monos les pasaba lo que a las del otro sexo: que aunque la mona se vista de seda, mona se queda.

            Se rió solo de su propia ocurrencia y me preguntó si quería que me contara la moda más ridícula que había conocido en su vida. Pues sí, me interesaba, así que fui a por dos jarras más de vino y le invité a una para que me lo contara. La moda más estúpida que había visto en su vida fue la de las corridas de toros para el turismo nórdico en los años cincuenta. En España estábamos todos acostumbrados, me dijo, pero en los países escandinavos ni se conocían, ni siquiera habían oído hablar de ellas y ni falta que les hacía. Pero hete aquí que un buen día alguien descubrió el filón de oro y, además de ofrecer en el paquete turístico las consabidas playas, el sol, las paellas y los buenos vinos, empezó a incluir también una corrida de toros. Ah, aquello era algo nuevo, exclusivo, salvaje, mágico, atractivo como ningún otro espectáculo para las rubias y asépticas arias septentrionales, que quedaban hechizadas desde los primeros compases. En Noruega, Suecia, Finlandia, Dinamarca, donde jamás habían asistido a una corrida de toros, los precios de las vacaciones a España se dispararon desde que fueron incluidas en los paquetes turísticos. Las mujeres regresaban a sus países enamoradas, con un cartel de la efemérides bajo el brazo y contando los días hasta las próximas vacaciones para repetir. Una moda que se propagó como la pólvora por aquellas latitudes frías y faltas de las emociones fuertes que les proporcionaban nuestras primarias y brutales corridas de toros.

            Recargó la pipa con parsimonia, aplicó a ella el fuego de una cerilla y observó cómo el tabaco se hinchaba. Dejó que la superficie ardiente se apagara y la apretó lentamente con un pulgar para que volviera al nivel que tenía antes de expandirse. Encendió otra cerilla y volvió a aplicar el fuego en forma circular, sin prisa, encima del tabaco mientras realizaba cortas inspiraciones a la pipa, exhalaba pequeñas nubes de humo aromático y se reía entre dientes y sacudía la cabeza como diciendo: ¡pero qué tontas! Bebió un largo trago de vino y me dijo:

            –¿Quieres saber cómo acabó la puñetera moda esa?

            –Estoy impaciente por saberlo. Suéltalo ya.

            –Pues mira: Un día caluroso de verano, de repente y sin que nadie pudiera preverlo, se murió de un infarto por sobrecarga de trabajo don Anacleto Toros Heredia. A partir de entonces, el turismo escandinavo cayó en picado y no se recuperó jamás. Modas…

             

José-Pedro Cladera Fontenla©

CIELO SORPRENDENTE

 


 

Atmósfera asmática, lluvia pertinaz y cambio de itinerario: adiós, playa de Merón;  hola, zoo de Santillana. Cielo negro, reflejo de las alas de los cuervos; mas Aner, fan de la fauna, disfrutaba con la estampa de los buitres de cuellos ajirafados, enroscados y pelones. La explosión de los fuegos artificiales le reventaba los tímpanos, pero aquel estrepitoso griterío no le afectaba.

Hacia las 13h, se hallaba nuestro trío ante la sección acristalada de las nutrias –goterones sobre los paraguas, lágrimas sobre las caras– por apreciar los mamíferos nadadores. Medallas de oro para estos animales fugaces: vistos y no vistos. Aner, enajenado, con sus manos posadas sobre el cristal; como por ósmosis, sentía la sedosa piel de la nutria jefa. El cuidador empatizaba con las rezagadas y les arrojaba pececitos una vez que la sprinter les daba la espalda. El niño, a pesar de sus ocho añitos, entendió que el festín había acabado y asintió, por fin, a marcharse. Se percataron de que sus jugos gástricos atizaban el estómago: era su hora de saciarlo. Aner eructó de placer –¿emitirían sus amigas las nutrias señales de bienestar?

Pasearon, lentos, hasta el recinto de las iguanas. Cuando los ojos fueron amoldándose a la claridad de la estancia, visualizaron una, luego contaron cuatro, después Maren contó diez; estaban mimetizadas en el tronco desnudo de un manglar. Ampliando el iris como con una imaginaria lupa, Aner fue agrandando el cómputo hasta veinte. “Yo también me echaría una siesta en una cama camuflada: marrón-verdosa”–dijo.

Caía un sirimiri, mas los chavales, habituados a él, se quitaron sus chubasqueros. También, Maren le quitó el protagonismo a Aner: “Vamos a jugar con las mariposas”. Eran cientos; no, miles; no, millones... Volaban como locas, en todas las direcciones, no se ajustaban a ninguna norma, hacían lo que les apetecía: cábalas (se saludaban con sus alas y al instante se despedían), formaban un cielo tachonado de siluetas frágiles, como sofisticadas. Había que agitar los brazos para impedir que el polvo de los rubíes, las esmeraldas, los zafiros... hirieran los ojos. “¡Pobre arco iris de solo siete colores!”. Los científicos deberían investigar de nuevo y, valiéndose de un microscopio –¿o de rayos láser?–, corregir los dígitos ante este cielo variopinto. Maren, de diez años, y Aner se comportaron cual mariposas: corrían, saltaban, perseguían a las más excelsas, reculaban en su búsqueda, pero las perdían en aquel guirigay. Andrea, medio asfixiada por aquel hedor, se abstuvo del inhalador en tal mortífero espacio; y aguantó su suplicio por la felicidad de sus nietos. “Abuelita, qué cara más atormentada tienes”, y asiendo sus manos a la de la yaya y a la de Aner, se dirigió a la salida. Allí, bajo un cielo tormentoso, Andrea aspiró no una, sino dos inhalaciones. Con paso lento, dieron un paseíto (pues la tormenta se sentía cada vez más cerca) por la arboleda. El perfume de las lavandas, el de los rosales y el aire artificial inspirado le devolvieron la vitalidad a Andrea: belleza contra oscuridad inminente...

A pesar de su corta edad cronológica, los nietos decidieron ser generosos con su abuelita. Entraron en una galería dividida en covachas. Los monos y las monas jóvenes vivían en la intemperie: era el hábitat perfecto para sus acrobacias, sus gracias, las imitaciones de los humanos. Las ancianas, al resguardo. A Andrea le fascinó ver cómo se preparaba una mona: se puso un vestido rojo de seda, se perfiló las cejas con lápiz negro, se achinó los ojos con rímel, se pintó los labios de rojo chillón –todo ayudado por un espejito de su neceser–, se colocó una melena rubia y, por último, se calzó unas manoletinas rojas (a su edad, debería de padecer artrosis)... Se imaginaba en un camerino, a punto de que la llamaran. La llamaron cuatro borregos que se creían cuatro adonis. “Mirad esto: qué adefesio, pero qué fea eres; fea, no: feísima, una vergüenza de simio...”

Se arrancó la melena. Los lagrimones formaron surcos negros por la cara; extendió el pintalabios con la palma de su mano derecha; de un tirón, se despojó de su vestidito. Debajo, a modo de refajo, fueron apareciendo telas oscuras; luego, otras raídas.  Se presentó tal cual era: un cuerpo tiñoso y una cara que podría presentar cien años... Se echó sobre un hatajo de mantas pringosas... ”¿Volvería a actuar?”

Andrea ofreció a sus nietos unas servilletas de papel. Ella  parecía serena; sin embargo, le carcomía el hecho de haber contribuido, junto a los cuatro energúmenos, al refrán que ora así: Aunque la mona se vista de seda, mona se queda.

 

                                              Isabel Bascaran Garechana©

                                              San Vicente de la Barquera,  a 31 de mayo de 2022

domingo, 22 de mayo de 2022

OLVIDO

    


Mi querido amigo:

Tres días llevo llorando. Te lo voy a contar, porque o lo hago o me ahogo en mis lágrimas; pero llorar a moco tendido, de eso que pones la mano en el corazón.

    Verás: ando de mudanza. Vivía en un adosado cerca de la ciudad —ya sabes que siempre he vivido, y vivo, cerca de Vitoria—. Me he cansado de estar solo y alejado, de arreglar y mantener el jardín, que solo yo disfruto. También sabes que mi querida Alicia falleció hace dos años; solo tengo a mi perro Turco, y con él puedo vivir en cualquier sitio. Quise mucho a Alicia, y fuimos moderadamente felices, aunque creo que nunca estuvimos  enamorados. A mí siempre me faltaba algo (tal vez a ella también, pero nunca nos lo dijimos). Vivimos casados por la Santa Madre Iglesia treinta y dos años, pero… siempre había un pero…

Como te decía, amigo mío, ando de mudanza. He alquilado un pequeño ático en el centro de Vitoria, en la Plaza de la Virgen Blanca. Al menos os tendré cerca a mis amigos y a mis hermanas —que, por cierto, están encantadas—. No te lo vas a creer, pero voy a ser vecino de Unai López de Ayala.

Pues ayer subí a la buhardilla del chalet a empezar a mover trastos y con intención de hacer limpieza. Al fondo, apiladas, encontré unas cuantas cajas azules, de mi época de universitario y de opositor. Las abrí con reverencia, porque mover esos mimbres del pasado es muy arriesgado, me envuelve la melancolía, siento que la vida se ha ido resbalando y apenas me ha rozado. Es tan  lenta  y pasa tan  rápido… Pero creo que es bueno deshacerse de todo ese bagaje de tiempos pasados; sobre todo porque si no otros lo harán por ti, y no necesariamente con tanto cariño y delicadeza.

 Bueno, te sigo contando y voy al meollo de la cuestión. En una de las cajas, había solo libros; esos que te han marcado de alguna forma a lo largo de tu vida y gusta guardarlos porque parece que dan calor y seguridad. Lo curioso es que esa caja la abría regularmente cada dos o tres años, precisamente para guardar algún libro especial, pero hasta ahora los iba acumulando (tampoco son tantos) y no se me ocurría mirar o repasar qué había en el fondo. Me alegró encontrar unas pocas joyas de mi vida; pero, casi abajo del todo, descubrí un libro pequeño, de tapas duras y rojas. Lo recordé al momento, y comenzaron a sudarme las manos. Me lo había regalado Tina, ¿te acuerdas de ella?, compañera nuestra en los últimos años de carrera. Morena, pequeña, con el pelo muy corto… y el amor de mi vida. Pues allí estaba aquel libro de poesía que me regaló la última vez que la vi, la primera vez que estuvimos juntos, que nos emborrachamos y que hicimos el amor como dos locos: el día de “ Las Camisas”, en el parque de La Florida.

 Comencé a hojear el libro con ese respeto y admiración que produce el contacto con los tesoros. La madrugada que me lo dio, apenas le eché un vistazo de compromiso y lo guardé en la mochila. Recuerdo que me dijo: Léelo, te va a gustar. ¡Nada más olvidado! Justo al día siguiente, me cambió la vida —recordarás el accidente de mis padres—. A menudo me acordaba de Tina, pero no pude localizarla nunca, no debí de poner el suficiente interés. El tiempo transcurrió y con él, la vida.

 Pues bien, hojeando ese librito rojo el otro día, algo cayó al suelo. Al recogerlo, vi que era un poema en una servilleta de papel. También la he recordado escribiendo con un lápiz al terminar la cena, antes de aquella noche celestial. No importa el poema, pero sí lo que había escrito detrás: “Te quiero. Me gustaría vivir contigo, solo para amarte. ¿Aceptas?”. Me hundí en un pozo negro. ¿Cómo no voy a llorar?

 ¡Ayúdame a buscarla! 

©Remedios Llano

Comillas. Mayo 2022


miércoles, 18 de mayo de 2022

ÉRASE UN POEMA…



Érase un poema en una

servilleta de papel;

unas letras temblorosas

sin casuística, a la vez,

unos versos malogrados

sin corona ni laurel

y unas sienes esperando

esas glosas de la nuez.


Es por eso que las nueces

se agitaban al cascar,

por la mano y el martillo

que azotaban su percal,

y es que, al hombre, la saliva

le costaba paladear,

y sus ojos parecían

dos bolitas de cristal.


Dos pequeñas mariposas

escapadas del azul,

de ese cielo primoroso

que vestía canesú,

y es por eso que el poema

se atrancaba, sin salud,

y el poeta, sorprendido,

se rascaba la testuz.


Y es por eso, yo me acuso,

con profundo retintín,

que el poema y servilleta

hoy me hicieron infeliz,

por su tono circunspecto,

que no tiene pedigrí,

y por ser unos deberes

no muy buenos de seguir.


Terminemos la parodia

y miremos hacia el sol,

esa luz que nos alumbra

y nos deja su color,

bellas letras cantarinas

en canciones y en los blogs,

que plasmaron los poetas

con esfuerzo y con tesón.


Y así fue que aquel poema

se asomó en alguna sien,

servilletas y palabras

malsonantes del papel.


Rafael Sánchez Ortega ©

08/05/22


lunes, 16 de mayo de 2022

ODA AL SULFITO

 

 


No limpia, no seca,

pero embellece el estrado

y es la nuestra,

la de toda la vida.

 

No limpia, no seca,

e incluso ensucia los suelos,

pero nos agita las neuronas

de la creación.

 

Don Draper iría tostado

y nos vendió una campaña.

John Lennon, mientras, en el Hilton,

escribió “Imagine”.

John Atanasoff, de taberneo,

imaginó el primer ordenador moderno.

En la Rana Verde, sobre una servilleta, se pusieron

las primeras notas de ¡Hala Madrid! ¡Hala Madrid!

Noble y bélico adalid, caballero del honor.

En un pedazo de sulfito del Club de tenis Pompeya

se plasmó el futuro de Messi.

Y hasta yo mismo escribí

un poema en una servilleta de papel.

Y garabateé: ¡qué te follen!

Y, sinceramente, funcionó.

 

No limpia, no seca,

pero confabula, conspira

y nos pone a trabajar

tanto en barra como en mesa.

 

No limpia, no seca,

siempre en zigzag,

a rebosar de grasa y espuma

la que permanece y queremos,

que es la Servilleta Nacional.

 

¡Oh, sulfito!, hacedor de atrezo y

propulsor de ideas en los bares patrios.      

Gracias, gracias,

muchas gracias por su visita.

 

©Óscar Nuño