miércoles, 31 de marzo de 2021

DULCE LOCURA

 


Me encontraba dando vueltas por la misma calle durante más de media hora. ¡En buen momento había decidido salir del hotel! Pero claro, llevaba metido tres días sin pasar de la puerta de entrada, solamente trabajo, trabajo y más trabajo. Como consecuencia: perdido en Berlín, muerto de frio y con un hambre atroz. Pero todo no estaba perdido, porque, al cruzar la esquina, encontré un pequeño restaurante, decorado de una manera muy elegante, con los camareros con chaqueta, pajarita, arañas enormes iluminando el comedor. Al llegar, pedí una mesa para uno. Me costó unos cinco minutos entenderme con el encargado del restaurante, porque yo no hablaba my bien alemán; pero él, mucho menos de inglés y español: ole, toros, san Fermín y para de contar. Pero un mensajero, que debía de llevar los encargos a las casas, sí sabía. Y así entré en su maravilloso comedor. Era como meterme en el castillo en medio de un baile.

Noté que me miraban, esa sensación que no sabes por qué pero tú notas. Me senté a una pequeña mesa, con una vela como única compañía. El camarero me entregó la carta y, parapetada detrás de ella, hice un barrido por toda la estancia en busca de quién producía aquella sensación, y lo encontré, pero… ¡Ella, no puede ser! Pero cuando nuestras miradas se encontraron, me guiñó un ojo de una manera tan sexy, y yo simplemente me quedé en blanco. Cuando mis neuronas volvieron a funcionar y le iba a devolver el coqueteo, un alemán de casi dos metros, más rubio que el maíz, venía a tomarme el pedido, pero yo estaba a otra cosa: una obra de arte, creada por los grades escultores, me estaba sonriendo y mirando de manera muy, muy dulce. Pedí los dos primeros platos de la carta –me daba igual, ya no tenía hambre, o no de la misma manera que al salir del hotel–. Quería preguntarle al camarero que si la conocía o invitarla a una copa, pero… si tardé cinco minutos para una mesa, para esta aventura necesitaba más de media vida, y no estaba dispuesto.

Cuando el camarero se alejó, decidí que era ahora o nunca, porque esa mirada me había atrapado. Así que cogí todo mi valor y me dirigí hacia ella. Al llegar a la mesa de postres, cogí la tarta de red velvet y dije: como me vuelvas a mirar otra vez así, te como de un bocado. Y así me dejé seducir.

 

Jezabel Luguera ©

LA SEDUCCIÓN

 


 

Cuando te vi, te noté absorto y con los ojos inundados de brillo, a rebosar de deseo. Ya desde aquel momento supe que algún día me poseerías.

Nací como casi todas nosotras, todavía sin terminar, de estar hecha y derecha del todo. Mi autoestima era bajísima y paso a paso me fui aceptando a mí misma. Poco a poco se fueron perfilando mis contornos y ganando curvatura y turgencia.

Puede que todo esto empezase cuando al fin me dieron un nombre propio, éste, exótico y sugerente a más no poder. Después me vistieron con las mejores galas –no era cuestión de ir todo el día desnuda; era mucho más seductor insinuarse y dejar que fuesen ellos quienes disfrutasen del excitante acto de desnudarme totalmente.

La primera vez no fue doloroso, pero tampoco placentero. He
de decir que más bien me sentí juzgada, violada y maltratada. Me decían: colócate así; ahora, boca abajo; date la vuelta, por favor. Me impregnaron de todo tipo de aceites y líquidos, porque decían que así estaría más guapa. Me manosearon desde negros, asiáticas, nórdicas y hasta judíos. Me volvían a colocar en otro ángulo, todo ello bajo un calor sofocante. Cuando por fin consiguieron sus propósitos, tras unas jornadas agotadoras, no volví a saber más de ellos hasta pasados tres meses. Entonces acordaron que aquel sería el gran momento, el momento de presentarme en sociedad: querían que me conociese mucha más gente. Yo más bien entendía que me iban a explotar. ¿Y qué ganaba yo de todo esto?, pensaba. Pues todavía no lo tengo claro. Al principio me presentaron a gente famosa e influyente que, cuando estaban los otros delante, eran todo alabanzas y buenas palabras hacia mí. Pero cuando me quedaba sola con ellos (con los hipócritas influyentes), salvo honrosas excepciones, realmente la mayoría me abandonaban y me dejaban tirada como una colilla.

Con el tiempo se fue ampliando el círculo de amistades y hacían todo lo posible para que me conociese más y más gente. Algunos de aquellos señores importantes se jactaban de que me habían disfrutado y eso hacía que la muchedumbre me desease aún más. Y ahí es donde vuelves a entrar tú, con tus ojos vidriosos y ese gesto incontenido. Sé que tuviste relaciones con alguna de mis hermanas mayores. Yo era la pequeña, y la anterior me sacaba quince años. Fue de ella de quien te enamoraste, y eso te hacía desearme aún mas, querías volver a sentir su piel, sus abrazos y sus curvas, pero con alguien más joven; sangre fresca que a su vez te rejuvenecería a ti también. Sabía que por las noches me buscabas, excitado, en las redes, y cuando me encontrabas, tu lascivia aumentaba y se te aceleraba el corazón.

Al final, lo conseguiste, ahí me tenías, ahora sola para ti: vestida y perfumada. Podías hacer conmigo lo que quisieras, era tuya, era tu esclava. Me quitaste la ropa. Al principio, excitado y con torpeza, pero pausadamente te fuiste deshaciendo en mil amores: tocándome con delicadeza y oliéndome con suavidad –te encantaba como olía, decías–. Esa primera noche dormimos juntos y, al amanecer, lo primero que hiciste fue acariciarme y regalarme unos halagos preciosos. Pero, de repente, me agarraste con furia, me ataste y empezaste a pisarme y patearme. Al principio, no tenía claro qué es lo que estaba pasando y el porqué. ¿Por qué?, me decía a mí misma. Con el tiempo, me acostumbré a tu rudeza y malos tratos, y hasta me gustaba, porque hacíamos un buen equipo y me decías todavía palabra bonitas y halagabas el ritmo que te proporcionaba mientras jadeabas encima. Luego aquellos malos tratos empezaron a repercutir en mis facultades y, en vez de ayudarme y curar mis heridas, te enfadabas y me insultabas constantemente.

Llegó un punto en que yo estaba muy cansada, entre nosotros ya no había ningún tipo de atracción. Una noche te descubrí con ese gesto de deseo que bien conocía de antaño y esos ojos chisporroteantes haciendo clic en la pantalla del ordenador; estabas cachondísimo mirando a una de mis primas. Eres un cerdo y un insatisfecho –pensé–; pero me resigné, convencida de que había llegado mi momento.

Al día siguiente, llamaron a la puerta y apareció ella, vestida para matar. La verdad es que no tenía mala pinta, la muy guarra. Me abandonaste en un cuarto oscuro lleno de objetos inservibles y hasta la fecha no he tenido más noticias de nadie. Por cierto, me llamo Nike Air Zoom y mi prima es ASICS Nimbus. Y ahora lo entiendo todo, estamos preparadas para durar un millón de pisotones.

 

Óscar Nuño©

SED•UCCIÓN


 

Si ya lo decía el Chéspir: Sed o no sed, esta es la ución. Y no hay más. Bueno, sí hay más, porque en la vida todo son uciones, y esto al Chéspir se le pasó. Porque si hay sed, tienes la ución de beber o no beber. Y si bebes, tienes una pila más de uciones: beber agua, si eres un muermo o te has quedado sin cuartos; o beber cerveza, o vino, o sidra… Hay montones de uciones. Y si, por el contrario, decides no beber nada, entonces ya la única ución que te queda es palmarla.

Un tío listo el Chéspir ese. Un poco majara, porque le da por matar siempre hasta al apuntador. Tú no sabes cómo va a empezar la historia, pero lo que no falla es que, al final, la palma todo dios. Y los personajes, zumbados todos cosa mala. Me digo “me voy a leer una obra del Chéspir, que eso se lo cuento yo a los amigos y farda y da culturilla que no veas”, y como hay tantas uciones, voy y elijo Otelo, que es un moro, y negro por más señas, y que tiene una mujer que está muy buena, Desdémona, que es cristiana y blanca, así que ya se ve que se va a armar un lío de cohone. Total, que hay un tal Yago, que es muy malo y convence a Otelo de que Desdémona le pone los cuernos. Resultado: matan al supuesto amante, que encima no se ha comido un rosco; Otelo mata a su mujer, que tampoco se había comido un rosco, la pobre; Yago mata a la suya para no ser menos; luego Otelo maya a Yago por lioso y, ya puestos, como no queda nadie más, Otelo se mata también a sí mismo. La funeraria de Venecia, que es donde sucede todo el lío, a tope. No es nadie el Chéspir ese; cuando se pone a matar, le entra el desenfreno y no hay quien lo pare.

Me ha entrado el gusanillo y me sabe a poco. Así que me digo “voy a por otra, que el tío este escribe muy bien; igual ha ido a un taller de escritura y todo” (¿se pilla la perífrasis, no? Si es que donde hay estilo…). Y entre todas las uciones, voy y escojo Romeo y Julieta, por aquello de ver si hay rollete. Resulta que son dos chavales de 16 años (chaval y chavala, se entiende, que las moderneces aún no habían llegado), que se conocen, les entra la calentura y se casan en secreto. Ya está armada: el primo de Julieta mata al amigo de Romeo; Romeo mata al primo de Julieta y se esconde para que no le trinquen; el padre de Julieta, que no sabe que se ha casado, la quiere casar con un pipiolo que se llama Paris, que no vale para nada; para librarse de él, Julieta se compincha con el cura y se toma un potingue que la hace parecer muerta, así que, en vez de boda, se celebra un entierro. Romeo se cree que está muerta de verdad y que todo es por culpa del pipiolo del Paris, así que lo mata y, ya desesperado de amores, se toma un veneno y se muere junto a su amada Julieta. Ésta se despierta –porque ya os he dicho que no la había palmado de verdad, sólo de mentirijillas– y al ver a Romeo muerto –que este sí que estaba tieso genuino–, se toma también el veneno y la casca, pero esta vez de verdad, como Dios manda, que en esta obra tú tienes que estar pendiente de si los muertos están muertos o sólo se están haciendo el muerto, chúpate los pinreles. Así que también la funeraria de Verona, que es donde se cuece todo, se pone las botas vendiendo ataúdes.

Ostras, Pedrín, el Chéspir, cómo mola. Ya estoy más enganchado que un catalán a un billete de cincuenta, así que, como en la tele sólo hablan del virus y de las vacunas, me pongo a leer otra tragedia. Miro qué uciones quedan y me decido por El rey Lear, que he oído que tiene tres hijas que son la leche. El rey de Bretaña, que es muy viejo, pone su reino en manos de las hijas: ¡craso error! A las primeras de cambio, ya deshereda a una de ellas, pero ésta, que no es tonta, se casa con el rey de Francia. Las otras dos hermanas son malísimas y putean al padre todo lo que pueden. Líos por todas partes: traiciones, torturas (a un conde le arrancan un ojo), asesinatos. Aquí se le fue la mano al Chéspir y ya no tenía suficiente con matar de uno en uno, así que la arma con una guerra improvisada entre franceses y bretones, para que haya carnicería a tope. Una hermana envenena a la otra; aquélla es ahorcada; el verdugo que la ahorcó es ajusticiado. En fin, un lío que no hay quien se aclare y lo único que se puede poner en solfa es, como siempre, que casca todo quisque. Ahora sí que ya soy un experto en Chéspir y paso de seguir leyendo, que estoy harto de tanto muerto por todas partes.

Eso sí, la más sublime de todas las tragedias de este hombre es la que vi por la tele, con un pirao que se paseaba por el escenario con una calavera en las manos y diciendo “sed o no sed, esa es la ución” –o algo así, que tengo tapones de cera en las orejas y oigo lo justo–. Muy recomendable el pájaro este, el Chéspir. Si no habéis oído hablar de él, os lo recomiendo. Escribe tope de bien, una pasada. Una buena ución para el fin de semana. Y si no, Marcial Lafuente Estefanía tampoco está mal.

 

José-Pedro Cladera Fontenla© 


SEDUCCIÓN

 


            Acabábamos de cenar. Era de noche y hacía mucho calor. Noche de San Juan. Un placer caminar por el prado húmedo; comenzaba a helar un poco. Me fui alejando sola. Aún me ardía la espalda del sol tomado en la playa ese día. Los tirantes del vestido, largo, de florecillas, me ardían en los hombros y los bajé un poco. Me senté mirando al lago. Era la primera vez que iba; me había invitado una amiga de la infancia. Nos veíamos de vez en cuando. Esta vez me dijo que sus padres celebraban sus bodas de oro y que harían una gran fiesta en la casona familiar del pueblo y les gustaría que yo acudiese. Invitaban a todas sus personas queridas y a las de sus hijos –bueno, una hija y tres hijos–. No me lo pensé dos veces. Fui sola. Aparte de la familia y algún amigo, no conocía a nadie.

La temperatura de la noche era muy agradable. Caminé un poco por la finca, alejándome. Ya se oía distante la música de la fiesta y el parloteo amistoso de la gente. Me senté en el prado. No sé si llegué a dormirme un poco, pero sí salí después de unos minutos de un dulce duermevela –imagino que unas pocas copas de vino de mi tinto favorito cenando ayudaron bastante.

            Me pareció que brillaban a mi lado. No soñaba. Unos ojos negros, un calor distinto, la calidez de otro cuerpo junto al mío. No hubo palabras, solo murmullos, pero ambos nos dirigimos a la pequeña barca de la orilla, vieja por el uso –debía de ser la que el padre de mi amiga utilizaba para pescar en el lago, y ellos de niños–. Solo unos ojos negros fijos en los míos. Subimos y lentamente cogió los remos. En unos minutos, nos alejamos de la orilla. Manos, piel, boca, y restos de alcohol. Estrellas y caricias. El sudor resbala por la espalda mientras se me clava un corcho de pesca. No existía el tiempo, solo el espacio, brillante en el cielo, en el agua, y en unos ojos rendidos. El balanceo de la barca y el esporádico chapoteo de algún pez cotilla acompañaban el trasiego. Quedamos exhaustos, tendidos en nuestras brasas. Abrazados.

            Amanecía cuando una última caricia sellaba la noche. Sobraban las palabras y faltaba el aliento. Todo quedó en silencio.

Escuché las voces inquietas de mi amiga llamándome. Solo un vestido de flores quedó de testigo. Nunca supe su nombre, ni él el mío. Al fin y al cabo… ¡era la noche de San Juan!

 

(Cualquier parecido con la realidad… es un puro sueño).

 

REMEDIOS LLANO PINNA©

COMILLAS

MARZO 2021.

 


TRAMPANTOJO


 

Me encanta despertarme a su lado. Olisquear el aroma de su pelo impregnado en la almohada sonámbula. Sentir el calor que ha dejado su cuerpo entre las sábanas revueltas de la madrugada mientras escucho cómo abre el grifo de la ducha.

Me levanto para acompañarle mientras desayuna. Sabe que estoy ahí. Cerca. Me siente, y sonríe tras cada sorbo de café caliente. Siempre me deja rebañar los posos finales, que me encantan.

Damos un paseo rápido y corto, porque acostumbra a marcharse enseguida. Su última caricia es amor y daga al mismo tiempo, pues sé que la soledad me espera las próximas horas.

Me entretengo mirando por las ventanas, viendo pasar la vida por aquí y por allá. Los vecinos, con su discurrir escaleras arriba y abajo. Comiendo (a veces un poco de más), durmiendo y, simplemente, aguardando su vuelta.

La tarde empieza a cubrirse de canas cuando siento su cercanía. Escucho su coche, aparcando abajo. Me pongo nerviosa y no puedo parar quieta. Oigo sus llaves al otro lado de la puerta y hago parecer casual que justo pasaba por ahí en ese momento. No me contengo, y me lanzo a sus brazos como una niña pequeña. Le cuento mi día y él me cuenta sus cosas.

Cuando se quita la ropa de trabajo y se pone cómodo, jugueteo con las prendas sobre mi cuerpo. A veces no le dejo vestirse y me abalanzo sobre su cuerpo desnudo. Le lanzo sobre el sofá y recorro su cuerpo con mi lengua. Le araño sin control. Luego me ata, me encanta cómo las correas aprietan mi cuerpo, y nos vamos, los dos juntos, a paraísos terrenales maravillosos.

A veces discutimos, por supuesto. Me chilla, pero yo gruño todavía más alto y más fuerte que él. Me hago la digna, intento mantenerme distante y altiva, pero enseguida me rindo. Le miro con mi mejor cara de pena, ojitos de botón, y me hago un ovillo con mi cabeza sobre sus muslos.

La verdad es que he tenido mucha suerte. Era una aguja en medio del pajar, y por suerte me encontró para hacer mi vida mucho mejor, más feliz.

A la hora de acostarnos, acostumbra a tomar un poco de leche y galletas. Le miro con atención, con cariño y con ansia… hasta que toma la última pastita entre sus manos, se agacha, y la coloca a la altura de mi boca. ¡Ñaaaam! ¡Lo conseguí! ¡Qué rica! Y es que mis artes de seducción nunca fallan. Solo me queda celebrarlo con un par de potentes ladridos de satisfacción.

–¡Guuuaaaauuuu! ¡Guuuaaaauuuu!

 

Óscar Gutiérrez©

 


PÍA

 



            Las lágrimas de Pía se mezclaban con la lluvia, que golpeaba furiosamente los cristales. Había estado clavada como un reloj en el camino de piedras, con ranuras de césped y amplias flores deslizándose en sus lados, allí donde empezaba su jardín, esperando al cartero, como cada mañana, a las once en punto. Así venía haciendo los últimos tres años. Ninguna carta tampoco hoy.

            Volvamos atrás en el tiempo. Año 2000.

            Era una muchacha feliz. Lo tenía todo. La gente la adoraba. Había terminado el bachiller con excelentes notas a sus jovencísimos dieciséis años. Sus compañeros de aula decidieron hacer una gran fiesta esa misma noche para celebrarlo y ella, cómo no, se apuntó junto con su más fiel amiga, Clara.

            Clara era una chica mestiza, con un largo cabello negro, ojos chispeantes y cuerpo exuberante. Se puso un vestido rojo, largo, ajustado y sexy para que la miraran con cierta envidia. Se maquilló bastante y escogió para sus labios un brillo con purpurina rosada.

            Pía era delgada y con un porte elegante. Su cabello, rubio cobrizo, hasta la cintura, y sus ojos rasgados del color de la miel la hacían muy atractiva. Tenía clase. Escogió un vestido nude muy claro que se confundía con su piel, por encima de la rodilla. Un escote en la espalda, que le llegaba hasta la cintura, era su principal detalle. Daba la sensación, por su color, de que iba sin ropa. La hacía irresistible. Se maquilló con sombra marrón azulada, y un trazo grueso de eyeliner remarcaba el trazado de sus ojos. Los labios, con su barra preferida: Rouge Coco Shine 138, de Chanel. Como toque final, un perfume especial para un día osado, con el que comerse el mundo, con estilo único y desbordante: Insolence.

            Cuando el reloj marcaba las nueve, las dos amigas se dirigieron al salón del instituto donde empezaba la gran fiesta. Todos se conocían, o casi todos.

            A mitad de la noche, Pía salió al exterior para respirar aire puro. Había bebido más de la cuenta y estaba un poco mareada. De pronto, una mano se ciñó a su cintura. Se sobresaltó, pero al girarse se encontró con un hombre de unos cuarenta años. Era terriblemente atractivo. Se quedó mirándolo y pensó que, por suerte, la tenía sujeta. Como un relámpago cruzando su cuerpo, con el corazón desbocado y faltándole la respiración, él le habló con voz suave y le indicó que se sentaran en un banco para charlar un rato. Ella obedeció con la cabeza, ya que hablar se le hacía difícil.

            Se presentó diciendo que se llamaba Mario y que era el padre de una alumna a la que había acompañado. Le dio un cigarrillo, que Pía rechazó; dijo que ella no fumaba, porque odiaba el olor a tabaco, ya que quedaba impregnado en la piel y en la ropa. Él la miro por un momento y enseguida tiró el cigarrillo al suelo. Hablaron de miles de cosas: de libros, de pintura y, sobre todo, de ópera. Ella le dijo que todo el mundo es capaz de leer algo, pero no todos son capaces de ver y escuchar una ópera. Mario quedó fascinado por esa joven de dieciséis años, con olor a violetas, con un cuerpo lleno de sensualidad y que parecía inteligente.

            Pía se dijo que jamás en su vida encontraría a alguien tan seductor y al que admirase más.

            Empezaron a verse algunas tardes. Tomaban té blanco, con éclair de chocolate para ella y de crema para él. Otro día, dieron un salto más cualitativo y Mario la invitó a ver El anillo del Nibelungo, de Wagner. Así se selló el tener que verse todas las tardes durante cuatro días seguidos. Un ciclo de cuatro óperas con una duración de quince horas y media. El último día terminó a las doce de la noche y Mario la invitó a su casa. Pía aceptó. Llamó a sus padres y les dijo que se quedaba a dormir en casa de su amiga Clara.

            Entraron en la masía, aunque más parecía una gran mansión con una cuadra de caballos lipizanos a su derecha. Al cerrarse la puerta tras de sí, él le bajó la cremallera del vestido muy lenta y delicadamente. Pía se quedó helada e iba hiperventilando cuando la cogió en brazos y la subió a la habitación. La depositó con dulzura encima de la cama y empezó a desnudarla. La cabeza de Pía era un torbellino. Nunca había estado sexualmente con un hombre. Fue un sueño: sus besos, sus caricias, sus susurros en el oído. Fue un sueño, como el cuento de las mil y una noches.

            Así se sucedieron los días y algunas noches durante los meses de julio y agosto. Mario le decía que, aunque estaba casado, iba a divorciarse de su mujer, que vivía en París, donde tenían la residencia, un antiguo palacete. A él le gustaba pasar el verano en su casa de Cadaqués, y su esposa odiaba los pueblos. A ella le gustaba estar donde podía comprar compulsivamente, y dónde mejor que en la Ciudad Eterna.

            Era un día soleado de agosto, el viento acariciaba las hojas de los árboles y el aire estaba impregnado de sal. Pía estaba pletórica. Iba a darle a Mario un gran regalo, el mejor. Cuando se vieron, le dio la feliz noticia, no cabía en sí de gozo: estaba embarazada. Ya podrían vivir juntos, y ella, una vez hubiera dado a luz, continuaría con sus estudios. Mario dejaría por fin a su mujer.

            Lo abrazó con todas sus fuerzas, pero… algo no iba bien. La miró muy serio y, sin dar ninguna razón aparente, le dijo que no podía tener ese niño, que no era el momento. Más adelante. La convenció con besos y arrumacos y, después de llorar hasta quedar exhausta, se fueron a la clínica. El aborto la sumió en una profunda depresión. Sus padres no sabían qué le pasaba, al igual que su amiga íntima.

            Llegó septiembre y él se fue a París. Le dijo que volvería a buscarla y se casarían, pero que, entretanto, cada día le enviaría una carta o la llamaría.

            Volvamos al año 2004, en la actualidad.

            Pía seguía mirando la calle, esperando un milagro. El móvil de Mario, simplemente no existía. No sabía su dirección, no sabía dónde buscar. ¿Qué sabía de él? La verdad es que nada. Era un completo extraño. Sus ojos seguían posados en ver caer la lluvia sobre el mar, atrapando el viento y elevando la espuma con fuerza. Abrió la ventana y aspiró el olor a sal.

            Pasaban los días, las horas, los minutos, y estaba sola. Sus padres habían vuelto a Barcelona. Ella se había quedado en el pueblo, con gran disgusto de la gente que la amaba. Solo quería estar sola y no moverse de la casa. Mario volvería, seguro. No se movería de allí por nada de este mundo.

            De repente, llamaron a la puerta. Bajó, atolondrada, por las escaleras y a punto estuvo de caerse. Era Mario, tenía que ser él. Abrió, pero su decepción fue tremenda. Había olvidado que el chico del quiosco le traía el periódico cada mañana.

            Cerró la puerta, y se iba a sentar junto al hogar, donde chispeaba la leña con destellos rojos y dorados, cuando miró la portada del diario, en la que había una gran imagen de una pareja. Perdió el equilibrio y cayó, dándose en la cabeza con el canto de la chimenea. Empezó a sangrar, pero ella no se enteraba, solo miraba la fotografía. No sentía ningún dolor físico, solo su corazón roto en mil pedazos. Un contento y exultante Mario Saavedra, cónsul de España en París, se había casado con la heredera de un imperio cosmético, cuyo patrimonio ascendía a varios miles de millones de euros.

            La cabeza le daba vueltas. La había engañado. Nunca pensó en vivir con ella. Lo peor de todo, nunca la quiso. El dolor era insoportable. Sin pensar en nada, se precipitó hacia la puerta y la abrió de par en par. Vio que llovía a cántaros y la tramontana arrastraba las sillas y las mesas de los bares. Llevaba un vestido fino de algodón y unos calcetines de lana. Empezó a andar hacia la playa. Pasó el espigón y bajó las escalerillas de roca abiertas al mar que daban a una pequeña cala. Se quitó el vestido a cámara lenta, como si no fuera con ella, la ropa interior y los calcetines. Los tiró sobre la arena mojada. No veía nada, con la lluvia tan intensa; solo los relámpagos cuando iluminaban el cielo, y el agua opaca. Su voz interior le decía Pía, Pía, para, no lo hagas, para. Pero la decisión ya estaba tomada. No aguantaba más. Puso un pie en el agua helada, y luego otro, y luego otro, y otro, adentrándose hasta que el oscuro mar mediterráneo le inundó la boca, la nariz y los ojos. Estaba saladísima, pero ella continuó adentrándose más y más. Ya se fundía en un abrazo con las olas, con su querido mar. La engullía hacia el abismo negro, pero sonreía recordando sus besos, su olor, sus caricias, su cara… Mario, Mario.

           

            Francis Cortés Pahissa©

SEDUCIÓN.

 


 

            Querida Laura: Han pasado quince días desde nuestra última conversación telefónica y, tal como me exhortaste, hablé  con el señor Leo. Le pregunté por su estado anímico después de la pérdida de su hermana Tere. Su respuesta fue un bien escueto. Rápidamente, pasé a alabarle su foto de Navidad y, ahora sí, tomó la palabra  y, entre risas, no la soltó durante horas. Me representó el paisaje con: cientos de personajes, los animalitos y los presentes de los pastorcitos y un sinfín de escenarios con las casas, gremios, establos, dependencias y..., cómo no: los tres Sabios de Oriente. Y que, cuando tomó el Niño Jesús en el cuenco de sus manos, le recordó su libro: Navidad no es un cuento; es un poema. Se le notaba henchido de orgullo y amor... Siguiendo tu consejo, dejé caer que el 7 de enero iba a llegar a la ciudad para descambiar unos regalos, por si le apetecía tomar un café. Aceptó la invitación sin titubeos. Pero, Laura, ahora me encuentro en la tesitura de qué le puedo regalar a él. 

Hola, Andrea. Las dos sabemos lo que les gusta a los hombres leo: objetos de calidad, originales, atractivos..., que acentúen sus hermosas colecciones. Ya sabes que está prohibido traficar con marfil, mas mi amigo Amir trabaja con material tan perfecto que ni el más experto notaría la diferencia con el excelso hueso. Seguro que una cajita, con compartimentos separados y con cerraduras independientes, pudiera servirle para guardar las fotos de sus bellas conquistas, de curvas sinuosas, de bellas melenas de color dorado. No te entristezcas, querida Andrea, que seguro que guardará el aposento más suntuoso para la futura Alfa. Te enviaré el paquetito por la agencia Seur y, por favor, llámame en cuanto esté en tus manos. Acaricio mi bola de cristal..., que implica suerte. 

            Muchas gracias, Laura. Cuando termine este asunto, ya me pasarás la minuta, el precio de la cajita mágica, el envío y todos los gastos que te vaya suponiendo la difícil encomienda.

            El día 7 de enero, me presenté en el hotel Toledo, vestida con mi nuevo abrigo leonino, el vestido –también nuevo– de color caldera y bolso y zapatos negros –que los estrenaba–; el pelo arreglado y realzado con mechas rubias, las uñas color fuego, y rezumando el perfume de L´Air du Temps. Cada cristal de las arañas del saloncito reflejaba mi silueta, hacía girar las cabezas de los clientes. Sabía que él me había visto y que Nina Ricci le había despertado la pituitaria. Un tórax erguido, el pelo blanco grisáceo, gafas modernas, con el diario El País entre las manos; la cristalera lo reflejaba.  Había elegido la vista al bonito parque de Doña Casilda. Le rocé el hombro. Me miró,  se levantó con una sonrisa encantadora. Me recogió el abrigo, retiró mi silla y me invitó a que me sentara. Todo un dechado de detalles. Ya había tomado un café, pero se me unió a un cortado. Nos desprendimos de las mascarillas. Me preguntó por el viaje, si había pasado por la tienda Gala a cambiar el regalo. Fue entonces cuando le ofrecí su dádiva. El mío era su libro Al filo de la palabra, con una dedicatoria poética. Con sumo cuidado, separó el envoltorio. Observó la cajita, la acarició con dulzura, se colocó mejor sus quevedos; tardó en abrirla. Su mano izquierda no cejaba de acariciarla. En el cuenco de su mano derecha, me sostuvo la cara. Sus ojos azul grisáceos permanecían tranquilos; los míos chispeaban... Acercó sus labios imantados a los míos.

            ¡Ay, Laura! Retengo su mirada, su mano y sus labios en mí... Quiero seguir enajenada... 

¡Ay, mi sensata, pero enamoradiza, Andrea! Mi consejo, como la vidente Laura Millán, es que sigas así: halagándole, escuchándole, adorándole. Sé la reina que él, como rey, espera. Sin embargo, mientras prescindo de mi preciosa bata negra con amorosos claveles rojos, recojo mi melena azabache en una coleta y me desmaquillo con agua Micelar; regreso a mi otro yo: Juana Ruiz. Te invito a que seas la original virgo: analítica, pacífica, realista, independiente, capaz de apagar con tus pies el fuego de Leo.  En cualquiera de los casos, amiga Andrea, siempre te apoyaré.

¿Qué te parece que nos encontremos en el hotel Colón, el día de San Jordi, el 22 de abril, a las 13h.? Un abrazo.

 

                                                            Isabel Bascaran Garechanan©

                                                            San Vicente de la Barquera, a 19 de marzo de 2021


SEDÚCEME...

 


Sedúceme, decían tus pupilas y el brillo sin igual de tu mirada. Tus manos se ofrecían dulcemente en busca de las mías, que temblaban.  

Entonces se rompieron los hechizos de diques y pasiones desbordadas, cubriendo nuestros cuerpos desnudados en forma de caricias hasta el alba. No sé lo que pasó, no lo recuerdo; tan sólo he retenido tus palabras, la voz tan deliciosa que no olvido pidiendo que con fuerza te abrazara. Quizás la poesía dé respuestas y puede que en sus versos y metáforas, esté la melodía de esa noche perdida entre la niebla y la distancia. 

Sedúceme, gemiste nuevamente, y el grito te salió de las entrañas; tenías todo el cuerpo sudoroso y el pelo te caía por la espalda. 

Llenabas la dulzura de una estrella, la gracia tan sutil de una esmeralda, el dulce contoneo de una ardilla a punto de perderse entre las hayas.  

...Y yo te contemplé tras escucharte, rozando con mis dedos tus pestañas, llevando hasta tus labios la caricia y el beso y la emoción que me embriagaba. Tu pecho respondió con un suspiro al beso que en tus labios yo dejara, y luego me guiaste con tus dedos al templo del placer y de las hadas. 

Sedúceme, de nuevo, repetías, y casi no entendía de qué hablabas; estabas retenida entre mis brazos, gozando con pasión entre las sábanas. 

Gozamos como gozan los amantes, sin tiempo y sin relojes en la cama; gozamos y subimos hasta el cielo, cerrando tras nosotros mil ventanas. Corrimos los postigos del recuerdo con hiedras y también con telarañas; tapiamos los balcones y las puertas, dejando en la penumbra las estancias. Así nos dedicamos a nosotros, sin miedos a que nadie nos juzgara, desnudos en la edad de la inocencia y libres para amarse nuestras almas. 

"...Sedúceme decían, débilmente, el seno y el pezón que me invitaban, y allí se dirigieron temblorosos mis dedos a rozar la rosa amada..."  

Rafael Sánchez Ortega © 

19/03/21


sábado, 27 de febrero de 2021

LA EGB

  


            Si me prometes que trabajarás al máximo, yo te prometo que cursaré la EGB  contigo.

            Y un abrazo selló el acuerdo.

            Mari Tere había sido profesora de música en el colegio de la Vera Cruz, pero ahora se dedicaba –zum, zum, zum– a la educación e instrucción de su hijo.

Habían acudido con asiduidad a la consulta del famoso oftalmólogo, doctor Barraquer, y seguían a rajatabla sus directrices: nada de lupas, nada de quevedos endiosados, nada de forzar la visión. Asier no recuperaría su vista; sería afortunado  si  no aumentaban sus dioptrías. Los analfabetos se preguntaban por qué no accedía al sistema Braille como lo habría hecho su tío Jesús, ciego y brailliano...

            Se podía decir que Asier era un chico feliz: cuando volaba sobre su velocípedo, cuando derrapaba, cuando marchaba sobre la rueda trasera o cuando paraba de golpe al reconocer la voz de algún aliado. Durante la  segunda etapa de la EGB, su tutor fue Mikel del Olmo: bálsamo para Asier, que dejaba de ser hiperactivo, no sólo en las asignaturas de Matemáticas y Ciencias, sino en casi todas las demás. Mari Tere, tragándose –glu, glu, glu– su orgullo, acudía a casa del profesor para que le explicara algunas  fórmulas o conceptos que tenía oxidados, y así subsanar los lapsus de su hijo-alumno.

            También contó con la paciencia de Job, Emiliano Elorza. Impartía la asignatura de Euskara. Los alumnos disponían de amplias fotocopias, que, una vez plastificadas, eran un material valioso, sobre todo, en el estudio de la Declinación. Asier gozaba de buena memoria, y a la hora de hablar –como era locuaz– salía airoso en las preguntas orales. Quedaban para casa los ejercicios escritos, que podían exigirle un par de horas. Pero cada vez más grandes e hirientes  fueron las clases de Inglés: la diferencia entre la pronunciación y la escritura fue un obstáculo insalvable. La grafía le resultaba una serie de palitroques: ahora th, luego ph..., y veía ora dos oes y ora una sola para pronunciar una o. La falta de empatía de la profesora, que opinaba que era un caso perdido, incrustó la visión  de Asier en el frío suelo.

            Si me prometes que te sacrificarás al máximo, me comprometo a cursar la EGB contigo.

            Y no perdió la autoestima. Su hermano, Fernando, le ayudó a aprobar el Inglés.

            La señorita Andrea impartía las asignaturas de Lengua Española e Historia.  Muchos de los alumnos más aventajados habrían ansiado tener el bagaje de Asier.  Había heredado de su tía y abuela, maestras, vastos y sólidos conocimientos del idioma: una sintaxis ejemplar y un léxico rico y profundo. Había muchos relatos, muchos entremeses, muchas hazañas odiséicas para leer, más las fichas que diseñó Andrea, con espacio para el argumento y datos del autor, que eran aptas para rellenar.

            Y como  cada maestrillo tiene su librillo para enseñar, sobre todo, para sacar a flote a alumnos con alguna discapacidad o para ayudar a los pupilos de aprendizaje más lento, Andrea, sin consultar con el equipo directivo, quedaba una hora antes, a las dos de la tarde, para realizar los exámenes de Sociales: mientras Asier repondía a las preguntas, ella escribía toda la información que obtenía del educando. A veces, sonaba la sirena –dando las tres– cuando estaban con lo secundario: tres puntos suspensivos... Y las firmas de Asier y la copiadora quedaban impresas (por si  acaso tuvieran que dar explicaciones al Inspector de Enseñanza sobre las aptitudes del alumno). 

Apéndice: Si Asier hubiera nacido treinta y cinco años más tarde, la Medicina habría sido una grandísima aliada, abriéndole otro futuro: un futuro mucho más digno. 

                                                                    

Isabel Bascaran Garechana©

San Vicente de la Barquera, a 15 de febrero de 2021 

DE IBÉRICO

 



 

Me encanta el jamón, el bueno, el pata negra, como a todos, claro; o casi todos, porque luego están los especialitos. Bien, pues de patas voy yo a hablar. En primer lugar, de la que metí comprándole a mi maridito una por nuestro aniversario. Era mala; no, malísima, y lo peor es que nos la comimos. Al poco tiempo fue su cumpleaños y decidí resarcirme y le regalé otra en condiciones. ¡Ésta si que está buena!

Queda claro que el jamón me gusta; pero más que el jamón, mucho más, me gustan los negocios. Cada vez que tengo una idea, no pasa mucho tiempo hasta que alguien la lleva a cabo. No todas me interesan, así que claramente las dejo pasar. ¡Hay tantas cosas por hacer!

Aquí va la última idea, ¡buenísima!, por si alguno la quiere. Va de jamón. Cortaba Óscar, entusiasmado, su regalito de cumpleaños, súper concentrado, cuando, en un descuido, pesqué un trocito –sin muy buena pinta, por cierto, porque tenía lo que yo creo que era un poco de tendón– y me lo metí en la boca. Masticaba y mis papilas gustativas saltaban de alegría. Lo mejor es que nunca se acababa, era un chicle de ibérico. ¡Imaginaros! Supersaludable, sobre todo por las endorfinas que segrega el que lo disfruta. ¿Que te entra hambre a media mañana?: te tomas un chicle. Mismo sabor, menos calorías. No produce caries. ¡Lo tiene todo! No es goma de mascar con esencia de jamón, como las patatas fritas. No, tiene que ser auténtico: ternilla, como la que yo tomé, con saborcito que dura y dura.

Ahora maquino dónde lo pueden vender. Será difícil encontrarlo. A lo mejor lo tiene Tinita. Seguro que en el Duty Free de la T4.

 

Almudena Pascual©

PENSANDO

 



RESPIRAR

Siempre que pienso en esta palabra, el cuerpo se me relaja. Cierro los ojos y realizo el acto: respiro; pero no por una necesidad del ser humano para seguir viviendo, sino como un alto en el camino, un momento de pausa, que mí yo necesita. Vivimos en un mundo en que los segundos valen oro y los minutos son diamantes.

Ese momento en el que tienes que parar y cerrar los ojos porque no necesitas más información, ruido ni estrés del exterior; es solo para ti, para escuchar lo que tu cuerpo y tu mente te gritan a lo largo de todo el día. ¡Qué sordos somos de nuestros propios sentimientos, simplemente por el miedo que nos dan!

MIEDO

Qué palabra tan importante y poco valorada en nuestras vidas, porque todo el mundo lo siente pero no todo el mundo lo acepta. Y está mágico cuando te miras en el espejo y descubres que simplemente es miedo lo que tienes, lo que te paraliza, lo que te quita el aliento. Pero eres tú mismo el que le das ese valor, porque el miedo es bueno, porque nos enseña lo que es importante y a valorar las cosas. Pero, con demasiado valor por nuestra parte, se convierte en todo y tú pasas a ser nada.

 

NADA

Esa respuesta automática que hacemos a la pregunta de: ¿te pasa algo? Pero la hacemos con la mirada baja, casi invisible, porque ese nada realmente es un algo del tamaño de una montaña. Pero, ¡cómo vamos a abrirnos y dejar que nuestros sentimientos más profundos sean dichos en voz alta! Entonces serían reales, y la realidad es un ser con el que no se puede jugar.

 

REAL

Eso que vemos a través de nuestros ojos pero nuestro estómago nos confirma; aquel reflejo en el espejo del baño después de una ducha, donde simplemente te ves a ti; el proyecto más importante y que siempre descuidas, aquel que tienes siempre protegido y no muestras del todo.

 

PROYECTO

Eso que empiezas y casi nunca acabas; eso que hace que te levantes por la mañana, pero también que dejes que suene el despertador porque ese día no estás para nadie; lo que más quieres, pero a la vez más odias; lo que no puedes ocultarte a ti mismo pero más imaginas, porque eres tú en estado puro, pero también en evolución.

 

Jezabel Luguera©

¿PROYECTOS EXITOSOS?

 


 

Las noches eran largas. Y de un frío interminable. La lluvia y la tormenta eran incesantes desde muchas horas atrás. Por mucho que las pavesas de las hogueras bailaran incandescentes ante los ensimismados ojos de aquellas gentes, la atmósfera se mantenía inalterablemente gélida. Aquel enorme abrigo pétreo, abierto como una puñalada en el corazón del Gran Monte, servía de refugio y de guarida. De atalaya y de cobijo. Pero seguía siendo un paraje desolado y glacial.

El silbido de una bramadera y unos cantos guturales despertaron del letargo al pequeño grupo. Todos se volvieron hacia el fondo de aquel vestíbulo natural, de donde procedían los sonidos, y fijaron su mirada en la minúscula oquedad que conectaba con el interior de la Tierra, donde se habían introducido los líderes del clan hacía ya varias lunas, sin volver a tener noticias de ellos. Salían llenos de barro, empapados, ateridos…, pero con un brillo diferente en la mirada. Habían visto cosas inverosímiles allí adentro, habían soñado despiertos, habían delirado, habían perdido la noción del tiempo y del espacio entre aquellas negruras infinitas que abrazaban formas imposibles, y habían dejado la huella de su legado entre aquellas rugosas paredes convertidas en mágicas desde ese momento.

La gran chamana fue la última en regresar de aquel encenagado y acuoso inframundo. La enorme cornamenta de reno a modo de corona y su collar de conchas sobre el pecho la diferenciaban claramente del resto. Sus poderosos músculos estaban en una tensión máxima, y su mandíbula apretaba con fuerza su dentadura. Se tambaleaba de un lado a otro, su cabeza estaba antinaturalmente entornada hacia atrás, sus ojos teñidos de blanco, y una espuma parda caía por la comisura de sus carnosos labios. Su poderosa voz, la acústica del lugar, el aullido de un lobo viejo y el retumbar de un trueno cercano se unieron en el tiempo y en el espacio para hacer reverberar, indómitos, los sonidos graves procedentes de su garganta.

            –Es el día. Los espíritus no mienten. No fallan. He ido a su mundo y he vuelto con su mensaje. Hoy es el día. Hoy vendrán desde el Llano Negro aquellos que quieren ocupar nuestro templo. Defendedlo con vuestra vida si fuera preciso.

Fueron sus últimas palabras. Su cuerpo, inerte, cayó de bruces hacía delante, chocando contra el suelo y provocando el lamento general de todos los presentes, que no eran más de veinte o veinticinco individuos.

No hubo tiempo para ritos, magias ni simbolismos. En ese mismo instante, el vigía apostado sobre la cornisa superior del abrigo rocoso gritó de dolor. Había sido alcanzado por una piedra lanzada desde lo alto de la ladera, que le partió el cráneo en dos y le provocó una muerte prácticamente instantánea.

Entre la niebla y la densa cortina de lluvia se podía distinguir el avance de un grupo de seres de extraña fisionomía. Baja estatura, pero con una musculatura fuerte y robusta, pelvis anchas, extremidades cortas, frente baja, ausencia de mentón, dentadura prominente y cráneo alargado. Eran parecidos a ellos, pero no eran iguales.

La lucha fue cruenta. Hombres y mujeres arrojaban palos y piedras como proyectiles mortales, lanzados con una endiablada fuerza y puntería. El número de víctimas iba subiendo uno a uno.

Anta tanta agresividad, sangre y disputa, dos menores de cada clan, un chico y una chica en ambos casos, huyeron despavoridos entre los arbustos enanos, juncias, musgos y líquenes de la tundra. Corrieron y corrieron hasta que no pudieron escuchar siquiera los ecos de la batalla. Encontraron otra pequeña covacha donde refugiarse, encendieron un fuego y se sentaron a su alrededor a calentarse. El odio en la mirada de sus mayores se convertía en curiosidad en la suya.

La joven que había salido del abrigo rocoso, que respondía al nombre de Neka, no disimulaba cuando se fijaba en aquel mozo que tenía frente a ella. Efectivamente, era diferente. Su piel era mucho más clara que la suya; sus ojos, azules como el agua del arroyo en primavera, y su pelo, del color de las brasas postreras del fuego de la alborada. El palpitar acelerado de su corazón dejaba claro que el amor no entiende de géneros, razas, gustos ni especies. Aquel ser vivo que estaba frente a ella dijo llamarse Dano, y le gustaba. En la mirada del chico se percibía que el sentimiento era recíproco, y se prometieron ser por siempre almas gemelas, enamoradas e inseparables, que planearon atravesar lagos helados y montañas nevadas en búsqueda de paraísos con mejores cuevas donde refugiarse, donde los animales fueran más grandes para tener más alimento, donde el sol brillara con más fuerza y donde echar raíces profundas para crear una familia. Desgraciadamente, nunca consiguieron culminar su amor engendrando una nueva vida. Murieron juntos, agarrados de la mano, porque ninguno encontraba sentido a la vida si no era al lado del otro. Su estirpe se fue con ellos. Pero fueron muy felices juntos.

Los otros dos menores huidos de la refriega se llamaban Avu y Nila. Todo fue diferente en su caso. Al chico le horrorizaba la tez pálida de ella, y esa nariz de aletas tan anchas. Cuando se quedaron solos tras la partida de los jóvenes enamorados, simplemente permanecieron unidos por seguridad, pero ningún afecto había entre ellos. No se gustaban, no se entendían…, parecían seres de mundos y tiempos diferentes.

Sucedió una única vez. Una noche boreal especialmente fría buscaron el contacto físico del otro para intentar calmar el dolor y el entumecimiento. Ese roce de piel con piel, unido a las necesidades básicas humanas que acarreaban encima, les condujo a un acto sexual primario, pero sin pasión, goce ni disfrute ninguno. Para su sorpresa, el vientre de la fémina comenzó a abultarse de una manera desconcertante para, meses más tarde, en absoluta soledad, mientras pensaba morir de sufrimiento y agonía, expulsar de sus entrañas a un bebé que nunca conoció a su progenitor, pues éste había encontrado al fin un clan de su especie que le había aceptado en su jerarquía.

45.000 años más tarde, un descendiente directo de ese bebé perdido entre los recovecos y los pliegues del pasado ha sido el líder intelectual y tecnológico de una misión espacial que acaba de aterrizar en Marte.

Yo os pregunto: ¿qué pareja tuvo más éxito en su proyecto?

 

Óscar Gutiérrez©

 

PROYECCIONES



Idear es querer encontrar un camino. Trazar es acercarse con suavidad al objeto de deseo. Concebir es como parir, pero menos doloroso. Planear puede ser aburrido, pero necesario para convivir. Planificar es lo que te relaja el esfínter la mitad del año. Urdir es meter el dedo donde no te llaman.

Y para laburar entusiasmado con todos estos infinitivos, no hay nada como beber cerveza en la Taberna de los Conspiradores.

Y si ni urdir, ni planificar, ni planear, ni concebir, ni trazar, ni idear te funcionan, por favor, te agradezco que no convulsiones y me proyectes toda tu flema mientras disfruto de un bocata de calamares con una cerveza bien fresquita en la terraza del Brillante. Porque si los árboles no me dejan ver el bosque, saco la taladora y me pido otra igual de fresca y a vislumbrar.

La mera existencia debería ser un proyecto para unos, al igual que tras la muerte lo es para otros; pero si no hay proyecto, no hay ni vida ni muerte.

¡Qué importante es el proyecto!, decía a sus alumnos don Gaspar mientras se fumaba un Kaiser. Pero si no hay proyecto, la vida se convierte en muerte y la muerte desaparece.

Óscar Nuño©

CARTA

 



 

Sant Cugat del Vallés, a 17 de febrero de 2021.

 

Queridísima mamá:

 

Hace dos años que me dejaste con el alma partida. Siento un vacío, una soledad en muchos momentos que no logro superar. Claro que también soy feliz, pero… ¡me quedé tan desamparada! Lloro por no verte ni poder abrazarte, ni tampoco besarte. Ya nunca más lo podré hacer. Te necesito aún tanto. Hay instantes que percibo dentro de mí una herida abierta que no se cura, que está latente como una larva. ¡Duele tanto!

No quiero que sea verdad, porque deseo tu amor, el que solo una madre puede dar. Pero no lo tengo, lo perdí un ya lejano domingo de febrero.

Sueño y anhelo el retroceso de los años cuando te veía tan radiante y llena de vida. Siempre fuiste muy coqueta. Tenías una elegancia innata con la que se nace, y un gusto exquisito en el vestir. Recuerdo tu pelo rubio, siempre impecable, y tus ojos verdes que parecían dos esmeraldas talladas. Eras muy guapa y lo sabías. ¡Cómo no iban a decírtelo!

Espero que te llegue esta carta y que allí donde estés, que seguro que será  con tu Virgen de Montserrat, a la que adorabas y que seguro te cuida en todo momento, me protejas y pongas tu mano encima de mi pecho desde el cielo, para que, con tu calor, este peso me sea más llevadero.

Te quiero con todo mi corazón

Tu hija, que jamás te olvidará.

 

P.S. – Este mes, no hay proyecto.

Francis Cortés Pahissa©