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viernes, 21 de abril de 2023

YO ESCUCHÉ A ALBERTI.

 



     El día amaneció lloviendo en Granada. Se dice que en Sevilla la lluvia es una pura maravilla. En Granada sin embargo no; cuando llueve suele diluviar, y esa mañana, diluviaba.

     Yo sabía que ese día iba a ser uno de los días mas extraordinarios de mi vida. Estaba invitada a un recital de poesía de Rafael Alberti. Pero no a uno más, con diferentes poetas leyendo sus poemas, esta vez era el propio Alberti quien iba a recitar su poesía, el maestro en persona.

     Creo que jamás miré el cielo con más preocupación. En el acto íbamos a estar sólo unas cuarenta personas en el pequeño claustro de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Granada. A las siete de la tarde. Una tarde de mayo primaveral, que estaba obligada a lucir con la luz del sol, a rezumar aroma a rosales y a disfrutar de la suave temperatura granadina.

     Al mediodía un sol rácano comenzó a asomar por la vega, las últimas nubes violetas se alejaron y un olor dulzón comenzó a subir del patio.

     Ese día pensaba estrenar un vestido, estuve días buscándolo, al final lo encontré en la calle Alcaicería, era largo, de mil colores, junto con un hermoso chal color malva. Y un pequeño bolso de cuero.

     Apenas comí. A las cinco de la tarde salí de casa hecha un pimpollo. Hora taurina, de flores y campanas.

     A las seis y media estaba sentada en la primera de las pocas filas que había, en una silla de tablas que podía romperse en cualquier momento, junto a la amiga a la que he adorado siempre por tan preciosa invitación. El mejor trono no hubiese aguantado la comparación.

     Éramos un pequeño grupo, temblando de emoción. Alguien en un lateral tocaba la guitarra.

     A las siete y cinco minutos entró Rafael Alberti acompañado de una mujer y un asistente, no se separaron de su lado en toda la velada. Se sentó en una pequeña mesa delante de mí, ¡¡¡delante de mí!!!. Apenas dos metros nos separaban.

     Siguieron dos horas de pura magia, el maestro recitó parte de su obra --¡madre mía escucharlo de su boca!-- charló, rio, volvió a recitar. Nos habló de su vida, respondió a nuestras preguntas, y estoy segura, segura, que muchas de sus miradas se dirigían a mí.

      La luz dorada del atardecer nos bruñía a todos en aquel "carmen", y las manos nos dolían de aplaudir al poeta. No nos acompañó a tomar la sangría que se sirvió al terminar el acto, pero abrazó a quienes, con sumo respeto y admiración nos acercamos a él. Esa tarde fue un hombre feliz. Pura vocación.

     Corría el año 1981. Era primavera. Y estaba en Granada.

     ¡Yo escuché a Alberti.!

 

Remedios Llano Pinna

Comillas. Abril 2023.

LA COLORINES

 


                                                       

      Amigo Pedro, a estas alturas ya me habrías echado una bronca (delicada como todas las tuyas). Domingo y en capilla.

     Colores, nos dejas colores, como no podía ser de otra forma. También nos podrías haber dejado “placeres”, muy en consonancia contigo.

     Cada emoción, cada sensación, cada sentimiento, es de un color. No vivimos en blanco y negro. Te voy a contar la historia de La Colorines.

     Colorines tendría alrededor de 85 años, y siempre lucía un clavel de plástico en el moño. Decía que siempre se había pintado “el morro”, desde cría. Bien rojo.

     Y un azul cobalto en los ojos que te hacía pestañear al verlos. Sus ropajes no tenían edad, ni época, no conocían moda ni usanza. Cuando largos de colores brillantes, cuando cortos de tonos apagados y fulares multicolores. Esos todos de seda. Los días de fiesta se colocaba sobre la oreja un ramillete de flores silvestres, de telas de colorines. Entre las florecillas siempre relucían pequeños cristalitos.

     Nadie conocía su edad exacta. No había nacido en el pueblo, pero hacía muchos años que había anidado allí. No tuvo marido, y su único hijo llevaba una vida en las américas. Siempre lucía delantales hechos de retales de todos los colores que encontraba. Vivía con la compañía de una gata, dos patos y un jilguero. Su casa relucía como los chorros del oro. Nunca nadie cruzó su umbral, salvo el médico el día aquél que casi se ahoga. El hombre nunca comentó nada, pero muchos notaron que desde ese día la miraba con una especie de extraña veneración.

     La Colorines lucía un gran moño, donde las malas lenguas decían que podían anidar arañas, pero no exento de cierta elegancia. Era persona amable y educada, lo que no evitaba que algunos desalmados se burlaran de ella. Excéntrica y solitaria. Conocía las hierbas y sus remedios. Sus brebajes, cremas y aceites le permitían una vida digna. O eso se creía. Sólo el médico y su amiga Julia -la única que tenía, propietaria de la floristería- se ocupaban y preocupaban de ella.

      Un día no fue comprar el pan a su hora habitual, no abrió las ventanas ni regó las flores. Julia y Don Ricardo se acercaron temerosos a la hora de la siesta, la puerta no tenía la llave echada. Los animales no estaban, y La Colorines descansaba en su cama, eternamente dormida. Su cabeza coronada por pequeñas flores blancas.

     Todo el pueblo desfiló a verla, y pudo descubrir que Doña Leonor, que era su nombre, vivía en una casa blanca, donde todo era blanco, su ropa blanca (que jamás mostró), con flores blancas y su pelo blanco. El color del luto.

     Un testamento a su lado decía que su cuantiosa fortuna sirviese para crear una residencia de ancianos y becas para los niños.

     Todos los “cristalitos” que tenía eran para su querida Julia, y Don Ricardo podría renovar su consulta, y heredar su selecta y soberbia biblioteca.

     Luto por el hijo; emigrante con suerte, con mucha mucha suerte. Luto por su vida. Amor por su gente. La Colorines era blanca, muy blanca.

 Remedios Llano

Marzo 2023

COMILLAS.

lunes, 16 de enero de 2023

OLORES

 


 

Con la mirada perdida,                

está apoyada en el alfeizar de la ventana; la fuerza de la costumbre.

Anochece y lloviznea.

Para, abajo, el camión de la basura.

No le llega el calor de la lumbre.

Lleva el pelo lacio, largo y sucio;

el jersey, viejo y con holgura.

Le azota el olor de la podredumbre.

Su vista se pierde en el bloque de enfrente,

con un palmo más de altura.

En el bajo, un viejo kiosco de prensa

donde jamás se juntó ninguna muchedumbre.

Unos ojos vacíos, con una vida escondida.

El monótono sonido de la radio al fondo.

Recuerda un amor que la abandonó, a pesar de su mansedumbre.

Fue una mujer hermosa, y decían que con buena figura.

El dolor y la soledad tras aquel mal parto

sembraron su vida de amargura.

Anochece y lloviznea.

La mujer sigue de codos en la ventana,

tras unas plantas secas y un ajado espumillón.

Faltó coraje, sobró servidumbre.

La traición y el alcohol, tumbados tras ella en el sofá.

El llanto oculto, la furia contenida.

Triste la ventana, triste la mujer.

Y seca la mirada, llena de pesadumbre.

Subo al coche y quiero olvidar tan sórdida desventura.

Una voz grita que quiere cenar;

huele a sudor, tabaco y legumbre.

Anochece y lloviznea.

Arranca el camión de la basura.

La mujer se atusa el pelo.

Observa un momento la casa de enfrente

y, despacio, entra en casa; cae una blancuzca cortinilla

para ocultar más negrura.

Arranco yo también y me marcho,

manchada de incertidumbre.

 

Anochece… y ahora ya llueve.

  

©Remedios Llano

Comillas

Enero 2023.

miércoles, 14 de diciembre de 2022

LA HORA DE LA VENGANZA



 Se le quebraban los pies cuando se levantaba, pero a esa hora siempre necesitaba ir al baño. ¡Maldito insomnio!, ahora ya no podría volver a dormirse. Se haría su té con menta y luego, a la galería a tomar el fresco, como cada madrugada. Se acercaba el verano y no se estaba mal, pero necesitaría su grueso chal verde de lana. A oscuras se estaba mejor; hoy no le apetecía leer. Cómodamente sentada en su gran sillón de mimbre, disfrutaba de su jardín, aún en semipenumbra. Observaba, como cada noche o madrugada, la casa de sus vecinos, algo alejada pero perfectamente visible. Llevaba haciéndolo durante doce  años. Le llevó un tiempo localizar a Walter y a Rebecca. Pero lo consiguió...

            Era profesora de piano, profesión que le permitía movilidad  y traslados fáciles. Baltimore era una ciudad grande, podría pasar desapercibida. Los espiaba de día y de noche, nunca se separaba de sus prismáticos. Una familia americana feliz, conservadora, de clase media alta. Ambos trabajaban en un bufete de abogados de cierto prestigio. Dos hijos adolescentes.                                          

            Nunca fue más feliz que aquella noche, después de la fiesta que ofrecieron. Vio cómo Walter abofeteaba a Rebecca –una frase equivocada y el alcohol, tal vez, originaron aquella terrible escena–. No tardó en presenciarlo de nuevo, escondida en su terraza tras una bugambilia. De las bofetadas pasó a las palizas, y ella, Tina, cada día era más feliz. Se merecían aquel infierno.

            Recordó el día de su propio accidente, hacía quince años. Conducía ella y no pudo evitar la moto que se le cruzó. Faltaba un mes para su boda. El hospital; el horror; el dolor. La dulzura de Walter con ella, su amor incondicional. Su cara destrozada y su vida en peligro. Pasaba el tiempo y las cirugías no mejoraban mucho su aspecto. Con el paso de las semanas, las visitas de Walter se fueron espaciando, y llegó un día en que desapareció para siempre. Hundida, decepcionada y destrozada, le costó mucho retomar los escalones de la vida, pero fue remontando. Su fuerza y su resentimiento eran sus motores. 

            Al final, la cirugía plástica hizo milagros. Aunque no recuperó su anterior y preciosa cara, seguía siendo Tina. La mirada no cambió nunca. Los malditos cristales desaparecieron de su vida. Y comenzó su obsesión: vengarse de Walter.

      Le costó tiempo completar el puzzle. Su exnovio se había casado y vivía en otro estado, disfrutando una vida feliz que le hubiera correspondido a ella.  Se trasladó a vivir cerca de su casa. Con su trabajo, no tuvo problema alguno. Un día se hizo la encontradiza con Rebecca. Los gemelos aún eran pequeños. Consiguió entablar una relación cordial de vecindad, pero no cercana. Jamás aceptó una invitación de Rebecca. No quería correr riesgos con su marido. Ya llegaría el momento...

            Esa noche, Tina, envuelta en su chal, encendió un cigarrillo. Admiraba las estrellas cuando sintió un coche frenar junto a su casa: el Pontiac azul de Rebecca, que utilizaba muy pocas veces. ¡Qué extraño, a esas horas! A los pocos minutos, vio salir a Walter de casa, a correr, como hacía cada mañana antes de amanecer. Algo no cuadraba. Nadie podía verla (salvo la brasa del pitillo), porque no había dado ninguna luz. Al llegar a los cubos de basura, él bajó de la acera y corrió un tramo por la calzada. A su espalda, el Pontiac arrancó, aceleró y atropelló al hombre. Un crujido siniestro paralizó la noche. Rebecca bajó del coche, comprobó el estado de su marido y comenzó a arrastrarlo hacia el maletero del coche –un esfuerzo excesivo para una mujer sola–. Tina no lo dudó un segundo y echó a correr. Se acercó a Rebeca y, sin pronunciar palabra, la  ayudó a subir a Walter y meterlo en el maletero. Con él dentro, muerto o no, enfilaron el coche hacia los acantilados, a unos cinco kilómetros. Una vez allí, juntas, lo cogieron y arrojaron el  cadáver al mar. Era una zona peligrosa, donde ya había habido algunos accidentes. Walter solía correr hasta casi el borde y dar la vuelta a casa. Esa noche debió de resbalar, comentó días después la doliente viuda. En este caso, el camino de vuelta lo hicieron solas las dos mujeres. Guardaron el Pontiac en el garaje –el golpe en la carrocería y el foco roto lo arreglaría en unos días el hermano de Rebecca, que era mecánico y adoraba a su hermana. 

            Las mujeres se miraron, se entendieron y se despidieron con un ligero abrazo. Tina volvió a su terraza y por fin pudo descansar… ¡Por fin! 

            A los dos días, los titulares de la prensa anunciaban la muerte de una mujer, en su casa. No hubo robo ni violencia. Un certero tiro en la frente acabó con ella. Aún estaba a su lado la tetera; el chal verde, en el suelo. La policía andaba totalmente desorientada. 

            En una casa cercana, una madre de familia denunciaba la desaparición de su marido. Y mientras, pensaba: cuánto te agradezco, Walter, que escondieras aquella pistola que tanto odié, y a la que tanto temí. Me ha servido de mucho, y ya está contigo en el mar. 

            Lo siento, querido, no podía dejar cabos sueltos.  


©REMEDIOS LLANO

    COMILLAS

    DICIEMBRE 2022 

martes, 15 de noviembre de 2022

GADEA

 


 

Julio 2021

 

Esa noche no había dormido bien. Llegó al plató cansada y malhumorada. Apenas saludó a sus compañeros. Sus errores de las últimas semanas empezaban a preocuparle. Presentaba el telediario. No podía permitirse el lujo de tener confusiones, aunque solo lo notara ella. Desde hacía unos meses se encontraba inquieta, tensa, no sabía el motivo. Por otra parte, ya no era tan joven y, aunque gran profesional, las jóvenes preparadas iban empujando fuerte. Se maquilló con cuidado y se sentó en su mesa del plató.

–¡Luz, más luz! –gritó a los técnicos. Y con una preciosa sonrisa, comenzó a desgranar las desventuras del día.

Tenía 53 años y procedía de la Alpujarra granadina. Su padre falleció en un accidente en el campo al poco de nacer ella. Era hija única y fue criada con esmero y profundo cariño por su madre. Esta procedía de un pueblo del norte de España, aunque apenas hablaba de su nacimiento e infancia. A veces daba a entender unos orígenes de buena familia, muy considerada en la comarca; pero nunca iba más lejos, su pasado no era un tema frecuente en la familia. La niña creció, marchó a Madrid, estudió periodismo y triunfó profesionalmente. Siempre la acompañó un gesto altivo del que era consciente, un punto de superioridad que incluso a ella le molestaba y no sabía controlar. Era apreciada por sus compañeros, pero no especialmente querida.

            Dos matrimonios fallidos y sin hijos. Nunca quiso ataduras.

            Llevaba unas semanas inquieta, extraña, su mente no se concentraba. En sus visitas a la Alpujarra, se relajaba. Adoraba a su anciana madre, ya muy delicada de salud.

 

Enero 1968

 

Esa mañana llovía, una mañana fría de invierno. Lo cual no impedía a Teresa acudir a la iglesia a su visita diaria al Santo Cristo. Tenía 28 años y seguía soltera. Tercera de siete hijos de una casona con escudo y buen pasar.

            La iglesia estaba casi a oscuras, apenas unas velas petitorias brillaban delante de la Virgen Milagrosa y otras cuantas ante el Cristo. Se arrodilló y comenzó su plegaria. Al salir, y como hacía siempre, recorrió con su mirada la iglesia, como dejando cada cosa en su sitio. Delante de una de las grandes columnas, divisó una bolsa posada en un banco. Pensó que alguien la habría olvidado la víspera de la misa. Se acercó con idea de dársela al sacerdote cuando llegara. La cogió con descuido, pero algo se movió dentro. Del susto, casi la dejó caer. Una vez posada de nuevo, la abrió con sumo cuidado y vio dentro un bebé, durmiendo y bien tapado con una mantita blanca; no debía de tener más de un día.

 –¡Luz, más luz, por favor! –no sabe si gritó o solo pensó.

La iglesia estaba en penumbra. Se sentó a su lado y, templando, comenzó a acariciarle la carita. ¿Qué hacía?

¿Iba a la Guardia Civil y entregaba la criatura?: un orfanato.

¿La llevaba al cura párroco?: un orfanato.

¿Su familia? Pondría el grito en el cielo: un orfanato.

No hubo mejor cuna que su propia espuerta.

            Una semana después, una viuda joven con una niña se instalaba en un caserón de las Alpujarras para atender a una vieja tía. Ni su familia ni sus amigas se extrañaron demasiado, dado su carácter bondadoso y profundamente cristiano. Su tía abuela Jacinta, feliz, nada preguntó y recibió con los brazos abiertos a su sobrina y a su hija de apenas unos días. Se llamaba Gadea.

 

Marzo 2021

 

            La pandemia nos sumió a todos en un mar de dudas, preocupaciones y, en muchos casos, soledad. El cerca de un año que Gadea pasó con su madre en el pueblo dio para mucho. Entre otras cosas, las incursiones en desvanes, en viejas cajas y cajones de antiguas cómodas. Se divirtió de lo lindo husmeando vetustos secretos, cartas de amor con olor a naftalina, papeles amarillentos y añosos diarios. Hilando unos datos con otros, Gadea se asustó.

 

Septiembre 2021

 

            Tirando del hilo, no fue difícil descubrir que en su partida de nacimiento había un espacio en blanco. Otro hilo la llevó al pueblo de su madre, al año y fecha de su nacimiento. La prensa de entonces publicaba que en esa época había un campamento gitano asentado en la zona. Estuvo poco tiempo. Por desgracia, un fuego provocado por una fogata mal apagada acabó con la vida de un bebé recién nacido que se encontraba dentro del carromato, calcinado. Los gitanos, apesadumbrados, siguieron su camino.

            Gadea siguió un tiempo presentando los telediarios, pero ya no era Gadea.

 

©REMEDIOS LLANO

COMILLAS

NOVIEMBRE 2022

lunes, 24 de octubre de 2022

Y PASA EL TIEMPO

 

Escrito seleccionado para su lectura el día 19 de octubre de 2022 en la inauguración de la 14ª edición del Taller de Escritura, curso 2022/2023, de San Vicente de la Barquera.    

 

Inicialmente presentado al taller de abril de 2021, cuyo tema propuesto era ”El tiempo”.

 

Y PASA EL TIEMPO…

 

Cuando los pasos tiemblan y ves la mano amorosa. Descubres las flores, el tiovivo, la arena crujir bajo tus pies, la mar terrible que te devora y el sol te quema la carita. Cuando las manos amigas del hermano te acompañan… o te meten un grillo dentro del vestido, que de todo hay en la viña del Señor. Cuando tu olor comienza a ser la goma de borrar (que sabe a fresa), el grafito del lápiz, a niños calientes y a cuervo blanco —aquellas primeras monjas—. El plumier y sus pinturas, tu primer tesoro; y las amigas, el mejor de todos. Cuando una malvada te dice ¿sabes quiénes son los Reyes Magos?, –¡maldita sea por siempre!–. Los juegos ruidosos en la calle, las puertas abiertas…

            Y pasa el tiempo…

            Más cuervos —esta vez, azules—, que traban tu camino, pero cultivan tu cultura e intelecto. El rubí rojo en tu braga blanca, que no por avisado aterra menos, el orgullo simple de la niña. Los implacables exámenes, la tentación de lo prohibido, las primeras lecturas de libros escondidos, clandestinos.

            Cuando llega el amor y el cuerpo tiembla, el corazón late por su cuenta y los sentidos se nublan de placer. Ni atiendes ni entiendes. Un roce, un beso, cambia la vida; se abren las piernas y se cierran los ojos. La vida encuentra y pierde el sentido al mismo tiempo. Miradas de agua, que filtran los mimbres de la vida…

            Y el tiempo pasa…

            Cuando el aroma del azahar te cala los huesos y la sonrisa se te rompe en la cara. Y son las páginas, siempre las páginas, las mejores amigas. Y esas vidas se incrustan en la tuya y te ayudan a caminar tu senda.

            Y cuando te rasgas al medio, te arden las entrañas, escuchas el primer llanto de la criatura y se te llena de plumas el alma.

            Y llega la Dama Negra, que te atraviesa el corazón –con una vez no le basta a la parca–, te desguaza viva. Y el polvo vuelve a las estrellas.

            Dejas tu huella en la arena caliente, reseca, cómplice. Cuando no distingues bien la sonrisa de la arruga, porque son una. Porque el tiempo pasa y se lleva a los amigos, se lleva a los amores. Porque te lleva a ti.

            Maldita cana, bendita sea.

            Y el tiempo sigue pasando…

            Crepitan mis huesos, y las cenizas livianas buscan refugio en mi ángel guardián.

            Y ya pasó el tiempo…

 

REMEDIOS LLANO©

COMILLAS

ABRIL 2021

sábado, 25 de junio de 2022

REFLEXIONES

 


 

“Aunque la mona se vista de seda, mona se queda”, ¡vaya frasecita! ¿Y los monos?, ¿qué pasa con los monos? ¿Se creen los cromañones que con una pajarita se transforman…? Reconozco que el dicho quiere abarcar diferentes acepciones, es un refrán y como tal traslada viejas creencias y saberes. Pero veamos: la seda es bella, suave, adorna y viste, admite un rico cromatismo y hasta puede resultar sensual. ¿Por qué la mona? La hembra más similar a la mujer, más imitable, fea y peluda. Cualquier mujer es hermosa a su lado. El viejo afán masculino de dejar a la mujer deslucida (no se me moleste nadie; por eso digo “viejo afán”).

Recuerdo que, durante mucho tiempo, en mi infancia, no entendía el mensaje, no sabía qué significaba, o no quería entenderlo. ¡Lista la niña!

“El hábito no hace al monje”: igual de explícita y bastante más delicada, al menos puede beneficiar al individuo; no así la anterior a la individua. Habla en general y es adaptable a todo personaje y situación. ¿O no? En este caso, el hábito lo custodia ante la sociedad, ¡porca miseria!

Recuerdo a una bella mujer, que ciertamente vestía de sedas, joyas y alharacas, y nunca la vi ni siquiera bonita. De igual modo, recuerdo a otra mujer que a simple vista resultaba algo anodina, sosa podría decirse; sin embargo, de aquella sencillez emanaba un encanto muy especial, un atractivo singular y potente. Y no, ninguna era una mona.

¡Ay, amigo Pedro! ¡Es que te lo buscas, eh!

Llega el final del curso, la proximidad del verano, un poco el cansancio y la obligación, y entramos “en brote” ante cualquier envite. Otra manera de decir que no estoy fresca para nuevas y pequeñas historias, unas mejores y otras estupendas, que a lo largo del curso vamos desgranando este grupo de valientes y esforzados cruzados que aún mantenemos el baluarte en alto. Y que ojalá sigamos manteniendo, si nuestro Ricardo Corazón de León nos mantiene con el ánimo guerrero.

 

Remedios Llano

Junio 2022

Comillas

domingo, 22 de mayo de 2022

OLVIDO

    


Mi querido amigo:

Tres días llevo llorando. Te lo voy a contar, porque o lo hago o me ahogo en mis lágrimas; pero llorar a moco tendido, de eso que pones la mano en el corazón.

    Verás: ando de mudanza. Vivía en un adosado cerca de la ciudad —ya sabes que siempre he vivido, y vivo, cerca de Vitoria—. Me he cansado de estar solo y alejado, de arreglar y mantener el jardín, que solo yo disfruto. También sabes que mi querida Alicia falleció hace dos años; solo tengo a mi perro Turco, y con él puedo vivir en cualquier sitio. Quise mucho a Alicia, y fuimos moderadamente felices, aunque creo que nunca estuvimos  enamorados. A mí siempre me faltaba algo (tal vez a ella también, pero nunca nos lo dijimos). Vivimos casados por la Santa Madre Iglesia treinta y dos años, pero… siempre había un pero…

Como te decía, amigo mío, ando de mudanza. He alquilado un pequeño ático en el centro de Vitoria, en la Plaza de la Virgen Blanca. Al menos os tendré cerca a mis amigos y a mis hermanas —que, por cierto, están encantadas—. No te lo vas a creer, pero voy a ser vecino de Unai López de Ayala.

Pues ayer subí a la buhardilla del chalet a empezar a mover trastos y con intención de hacer limpieza. Al fondo, apiladas, encontré unas cuantas cajas azules, de mi época de universitario y de opositor. Las abrí con reverencia, porque mover esos mimbres del pasado es muy arriesgado, me envuelve la melancolía, siento que la vida se ha ido resbalando y apenas me ha rozado. Es tan  lenta  y pasa tan  rápido… Pero creo que es bueno deshacerse de todo ese bagaje de tiempos pasados; sobre todo porque si no otros lo harán por ti, y no necesariamente con tanto cariño y delicadeza.

 Bueno, te sigo contando y voy al meollo de la cuestión. En una de las cajas, había solo libros; esos que te han marcado de alguna forma a lo largo de tu vida y gusta guardarlos porque parece que dan calor y seguridad. Lo curioso es que esa caja la abría regularmente cada dos o tres años, precisamente para guardar algún libro especial, pero hasta ahora los iba acumulando (tampoco son tantos) y no se me ocurría mirar o repasar qué había en el fondo. Me alegró encontrar unas pocas joyas de mi vida; pero, casi abajo del todo, descubrí un libro pequeño, de tapas duras y rojas. Lo recordé al momento, y comenzaron a sudarme las manos. Me lo había regalado Tina, ¿te acuerdas de ella?, compañera nuestra en los últimos años de carrera. Morena, pequeña, con el pelo muy corto… y el amor de mi vida. Pues allí estaba aquel libro de poesía que me regaló la última vez que la vi, la primera vez que estuvimos juntos, que nos emborrachamos y que hicimos el amor como dos locos: el día de “ Las Camisas”, en el parque de La Florida.

 Comencé a hojear el libro con ese respeto y admiración que produce el contacto con los tesoros. La madrugada que me lo dio, apenas le eché un vistazo de compromiso y lo guardé en la mochila. Recuerdo que me dijo: Léelo, te va a gustar. ¡Nada más olvidado! Justo al día siguiente, me cambió la vida —recordarás el accidente de mis padres—. A menudo me acordaba de Tina, pero no pude localizarla nunca, no debí de poner el suficiente interés. El tiempo transcurrió y con él, la vida.

 Pues bien, hojeando ese librito rojo el otro día, algo cayó al suelo. Al recogerlo, vi que era un poema en una servilleta de papel. También la he recordado escribiendo con un lápiz al terminar la cena, antes de aquella noche celestial. No importa el poema, pero sí lo que había escrito detrás: “Te quiero. Me gustaría vivir contigo, solo para amarte. ¿Aceptas?”. Me hundí en un pozo negro. ¿Cómo no voy a llorar?

 ¡Ayúdame a buscarla! 

©Remedios Llano

Comillas. Mayo 2022


sábado, 16 de abril de 2022

LA VIRGEN DE VALMAYOR

 


    

            Esta vez no es uno de mis relatos al uso. Voy a procurar narrar unos hechos acaecidos a principios de los años noventa. Hechos reales con los que pude comprobar lo que es la buena estrella.

            En aquella época, yo era catequista en Comillas. Un grupo de amigas, junto a otras ya veteranas en estas lides, decidimos dar catequesis durante un par de años o tres, motivadas por el hecho de que nuestros hijos querían hacer la primera comunión. Queríamos formarlos nosotras para evitar injerencias externas y tal vez algo alejadas de nuestra forma de vivir la religión. Tan felices que empezamos. El sacerdote responsable era una persona sensata y cercana, amable, aunque estricta en su relación con los niños. Entre todos hicimos un buen equipo. Así fue todos los sábados por la mañana durante dos años.

      El tiempo transcurría relajado y feliz. Teníamos campamentos, cines, juegos, viajes a la nieve; pero el éxito total eran las excursiones. Y date aquí que planeamos una excursión a Liébana. El destino era la ermita de la Virgen de Valmayor, cerca del pueblo de Vega de Liébana, a pocos kilómetros de Potes. Un hermoso lugar próximo a la montaña, con arboledas y praderas, donde habíamos proyectado hacer una comida campestre y una tarde de juegos con todos los niños. Llegó el día. Amaneció soleado y brillante, un cálido día de junio. De Comillas partió un autobús con unas sesenta y cinco personas: niños y niñas entre los siete y trece años, sus catequistas y su sacerdote. Llegamos después de un buen viaje y el lugar nos pareció fantástico. Tras tomar contacto con el lugar y organizarlo para comer a la sombra, nos preparamos para celebrar la misa en la ermita.

            Se daba el caso de que el sacerdote tenía sus costumbres, y le gustaba que los feligreses ocupásemos siempre los primeros bancos, sin huecos –“como hermanos”, nos decía–. No quería gente desperdigada por la iglesia –“cosa bien triste”, solía decir–. Y henos aquí a todos bien juntitos en la parte delantera, ocupando algo más de media ermita, quedando la parte trasera literalmente vacía.

Aunque era sábado, había unos obreros trabajando en el tejado; se estaba restaurando el templo y nos comentaron que querían acelerar los trabajos. Nos prometieron no hacer mucho ruido. Las catequistas ocupamos los bancos detrás de los niños. Poco antes del padrenuestro, donde antes solo se escuchaba el piar de los pájaros, comenzó a retumbar algo parecido a un trueno. No paraba. Recuerdo mirar atrás y levantar la vista, y ver el cielo, literalmente. El techo y con él el tejado se estaba desplomando despacio, el ruido y los escombros iban avanzando de atrás adelante. Un obrero, el más joven, se aferraba a una viga a varios metros del suelo, gritaba aterrorizado, y el tejado seguía cayéndose. Durante unos segundos, el silencio fue sepulcral en los bancos. El terror plasmado en la cara de los niños, vuelta arriba su mirada. De pronto, todos a una, comenzaron a gritar, asustados. Como pudimos, mantuvimos la sangre fría y les fuimos sacando poco a poco por una pequeña puerta lateral. Todos a salvo, con motas de cal y arena sobre nosotros, que luego los pequeños mostrarían encantados. Cayó más o menos un tercio del tejado. Una mano compañera y valiente agarró al chico que estaba colgado en el vacío y logró levantarlo y ponerlo a salvo.

            Ya en la braña, todo eran gritos y lloros. Grande fue el susto, muy grande. Poco a poco, llegó la calma. Bajaron los obreros y se unieron a nosotros con fuertes y nerviosos abrazos. Temblaban, pues sabían la cantidad de niños que había en el interior. Más tarde se terminó de celebrar la misa al aire libre. Al poco tiempo, comenzaron a subir coches desde Potes: el alcalde, el párroco, la Guardia Civil… Cuando los obreros bajaron y dieron la noticia —entonces no había móviles—, el miedo se apoderó de unos cuantos.

            Nosotros terminamos el día en un ambiente festivo y feliz. Comida campestre, juegos, risas, e invitados inesperados que, mirando a los niños, solo sabían dar gracias a Dios.

            Ahora decidme: ¿Fue cosa de brujería o solo un capricho de la diosa fortuna? Yo creo que la Virgen de Valmayor fue quien estuvo al quite.

 

Remedios Llano Pinna

Comillas. Abril 2022.

lunes, 14 de febrero de 2022

LAS APARIENCIAS ENGAÑAN

 



 

            Paseaba arriba y abajo. Los nervios le mordían el estómago. La exposición estaba casi a punto, a falta de detalles, sobre todo uno que consideraba esencial. Era la más importante de su vida, y estaba listo. Hasta llegar aquí, tuvo que luchar contra múltiples obstáculos a lo largo de su carrera: malas críticas, baja cotización, apuros económicos, adversidades sentimentales, crisis personales y artísticas, difamaciones, acusaciones de ser un vulgar copista, de plagios y hasta de autorías falsas. Problemas, por lo demás, bastante generalizados entre los pintores. Hubo rachas de suerte y vendió algún cuadro; con algunos, incluso ganó un buen dinero. Pero su pintura tardaba en llegar al gusto del público. Leal a sí mismo, siguió pintando y creyendo en su pintura.

            Conoció a Laura, comenzaron una vida en común y, al poco tiempo, nació Lena. Llegó un periodo de estabilidad; su nombre comenzó a sonar en la prensa, le pedían entrevistas, algún coleccionista empezó a interesarse por su obra.

            Un día, cuando Lena tenía cuatro años, la encontró en su taller con un pincel en la mano, haciendo rayitas en un lateral de un cuadro. Aunque el disgusto fue grande, no dejó de hacerle gracia su hija –que jugaba como papá– y, como tampoco se veía mucho el estropicio, decidió no modificar la pintura.

Al poco tiempo, presentó su primera exposición realmente importante. Fue un rotundo éxito. Comenzaron a llamarle los galeristas, a vender sus obras a precios extraordinarios. En su fuero interno, atribuyó el éxito a la magia de Lena; era su secreto. Unas diminutas manchitas pintadas por su mano cambiaron su vida. Lo creía firmemente.

            Esa tarde, digo, estaba nervioso. La niña no llegaba. En menos de una hora vendrían a entrevistarle a casa: una entrevista previa a la exposición; se la haría un importante periodista, reputado experto en arte.

            Cuando por fin llegó Lena, a su padre le faltó tiempo para poner un pincel y la paleta en las manos de la niña. Ella, obediente, cogió su banquito y se puso a hacer sus gracias –pequeñas, eso sí– en todos los cuadros de su padre, ya terminados y firmados.

            Quiso la suerte que ese día el periodista llegara bastante antes de lo previsto. El pintor lo llevó encantado a su estudio, pero lo que no pudo prever es que su hija no había terminado, aún le falta un cuadro por manchar. El periodista quedó boquiabierto viendo de espaldas, sentada en un banquito, a una niña de unos siete años, con dos coletas brillantes, y un pincel en la mano izquierda, muy concentrada en poner unas manchitas color púrpura junto a la firma del pintor. Los dos hombres se miraron: uno, rojo como la grana (había sido descubierto el secreto de su suerte); el otro, pasmado, con la perplejidad y la suspicacia pintadas en la cara.

            –¡Oh, no! ¡Esto no es lo que parece!

            Y comenzaron las absurdas explicaciones.

            El precio del éxito.

 

Remedios Llano

Febrero 2022

COMILLAS

martes, 18 de enero de 2022

EL PATITO FEO

 


 

El zapato izquierdo le apretaba. No importaba que fuera de fina piel y hecho a medida. Llevaba años con todo lo que tocaba su cuerpo hecho a medida. Siguió caminando. Pisaba con seguridad. Estaba acostumbrada a sentir cómo la gente volvía la cabeza para admirarla. Algunos, por seguir la estela de su empalagosa fragancia: un perfume único, también elaborado para ella. El vestido verde agua, de seda, le llegaba justo por encima de la rodilla, ajustado como una segunda piel. Contoneaba sus cincuenta y cinco kilos con tanta gracia que parecía una bandera. De manga larga, una gasa sutil cubría su escote a modo de prodigiosa telaraña. Sujetaba su moño con una delicadísima y larga aguja de plata rematada en marfil. Solo se apreciaban sus cuidadas manos, y la piel de sus piernas morenas, mil veces tratadas, lucían radiantes, salvo por una larga y fina cicatriz que le rodeaba el tobillo izquierdo, asemejando una pulsera.

Se paró en la acera frente al hotel, levantó la vista y tembló por dentro. Siempre que temblaba lo hacía por dentro, lo había aprendido. Entró y, antes de subir a la planta doce, se sentó un momento en una butaca del vestíbulo e intentó serenarse. Cerró los ojos y recordó lo ocurrido hacía catorce años, justo los mismos que ella tenía entonces. Estaba en la parte trasera de la casa, dando de comer a las gallinas, tatareando una vieja canción rusa que les cantaba su abuela cuando eran pequeñas. Escuchó el ruido de un motor, para ella desconocido, y voces de hombres. Entró al gallinero para mirar por una pequeña ventana lateral, a ver quiénes venían a su casa tan temprano. Eran tres hombres: dos jóvenes y otro algo mayor. Nunca olvidaría que a aquella ventana le faltaba un cristal y estaba astillada en una esquina: una pedrada de su amigo Kolia, jugando hace un tiempo. Lo que vio quedó grabado a fuego en su alma: su padre, discutiendo con esos hombres, aterrado; el más joven, sacando una navaja y clavándosela a su padre repetidamente en el pecho, hasta que lo vio caer, inerte. Su perro aullaba. Los vio entrar en la casa, sin prisa. Oyó los alaridos de su madre, y luego el silencio.

Salió despacio y cruzó, sigilosa, el trecho hasta la pared trasera, a donde daba la habitación que compartía con su hermana. Subió con cuidado por la vieja escalera de madera. Apenas asomó la cabeza para ver el infierno. Su hermana estaba cruzada en la cama con la cabeza en una extraña posición; no se movía; entre sus piernas, un reguero de sangre, y tres salvajes dando risotadas y subiendo las cremalleras de sus pantalones. Aturdida, comenzó a bajar, pero la escalera crujió. Antes de llegar al suelo, el más joven ya estaba debajo. Lanzando un alambre de púas, le enlazó el tobillo y tiró de ella. Se divirtieron de lo lindo arrastrándola por el corral. Luego, así enganchada del pie izquierdo, la tiraron dentro de la furgoneta. Vieja y maloliente. Parecía buena mercancía, lástima que con la hermana mayor se les hubiera ido la mano. La madre no contaba. Esta niña tendría buen precio en el mercado, era un fantástico ejemplar y no la habían tocado. Se irguió en la butaca, se sacudió el vestido y llamó al ascensor. El botones, con la boca abierta, la acompañó hasta la habitación 121. Llamó suavemente y desapareció. Casi al momento, un hombre de unos cuarenta años, de aspecto impecable con su traje caro, abrió la puerta. Quedó ensimismado mirando a la mujer. La mesa estaba puesta. Sirvió dos copas de champagne. Se conocían hacía unos meses, pero ésta era su primera cita íntima. Fue encantadora, dulce y misteriosa. En un determinado momento, cuando se acercó para tomarla y bailar, ella se quitó, sin prisa, su precioso alfiler y dejó caer su larga melena. Torpemente, tropezó con el hombre. Él sintió un pequeño calambre en el pecho, pero se enderezó y comenzó el baile, muy lento. Cuando él tuvo que sentarse al cabo de unos minutos —no se encontraba bien–, vio la mirada de ella. El cambio de su expresión, el odio más visceral en sus ojos. Le mostró su tobillo lastimado y el largo alfiler de plata que se volvía a colocar, recogiendo su pelo, pero que antes dejó caer una gota carmesí en la palma de su mano. Su corazón se desangraba, ahora lo sabía; su muerte sería lenta pero segura. La mujer solo murmuró: eres el último.

Se cerró la puerta suavemente y un taconeo ligero sonó en el pasillo.

 

 REMEDIOS LLANO PINNA©

 ENERO 2022

miércoles, 15 de diciembre de 2021

A CANCIO

 



A CANCIO

 

Naciste mojado en bruma norteña,

Luciste tus poemas con mareas,

Poeta eres del mar de tu aldea.

Murmullos de sal calientan tu leña.

 

Amigo Cancio, Comillas te sueña.

Olas y cantiles, barcos y brea.

Chumacera alivió tu ceguera.

Gente de tu costa, tan brava y dueña.

 

Maretazo de salitre te alumbra.

Republicano que vivió en encierro,

Es tu triste muerte la que te encumbra.

 

¿Y a usted quién le dio vela en este entierro?

Que vivió su vida en honda penumbra

Y padeció tan largo y cruel destierro.

 

Remedios Llano

COMILLAS.

Diciembre 2021

lunes, 15 de noviembre de 2021

FLORISTA

 



 

–¿A quién se le ocurre pedir rosas? ¡Pues vaya!

–Señora, que yo quiero rosas. No me endilgue otras flores.

Ella se le acercó arrastrando sus pies cansados y haciendo de sus ojos rendijas:

–Le estoy diciendo que no tengo, y además, para un ramo no pensará que voy a ir al vivero. ¿Pero no le dan igual estos crisantemos? ¿O estos liliums preciosos?

–¡Pero oiga, que son para mi novia! ¿Cuándo se ha visto llevar crisantemos a una cita? Va a pensar que quiero que se muera pronto. Y me da que esas otras que me dice usted no le van a gustar; huelen raro y seguro que le dan alergia. Solo me faltaba eso, que lo que yo quiero es hacer las paces, por un malentendido que hubo… ¿Tiene usted claveles, al menos? Una vez leí que el rey Alfonso XII mandó crear una variedad especial de estas flores para regalar a su adorada María de las Mercedes. Pero no estoy seguro.

–¡A ver, buen hombre! Tampoco tengo claveles. Y lo que usted tiene es mucha labia. Bueno, tengo ahí unos algo apagados, pero son para casa. ¿No puede pedir otra cosa en noviembre? Como comprenderá, no voy a ir hasta el vivero, que está lejísimos, a por unos claveles.

–Pero señora, que es su trabajo. ¿No vende flores? ¡Pues tenga flores!

–Oiga, ¿y estas margaritas? Son bonitas y a su novia le gustarán. Lástima que sean pocas… Si la juntamos con algún crisantemo…

–¡Y dale la burra al trigo! ¿Qué me puede poner usted? Si es que ya me da igual. Necesito un ramo de flores para mi novia, que ya voy tarde.

Al cabo de un rato se vio a un hombre, caminando despacio, cabizbajo, entrar en un bar y pedir una copa de coñac, y se la bebió de un trago. Parece ser que llevaba unas quimas verdes con algo colorido y casi seco entre ellas, con un gran lazo morado.

Cuentan que le dijo a su novia: ¡¡¡Y contenta que no son ortigas!!!

Es lo que tienen los días de difuntos.

 

REMEDIOS LLANO

COMILLAS

NOVIEMBRE 2021