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lunes, 13 de febrero de 2023

REFLEXIONES SESUDAS SOBRE EL HUMOR

 

 


La potencia intelectual de un hombre se mide

por la dosis de humor que es capaz de utilizar.

Friedrich Nietzsche

 

            Hay tipos de humor para todos los gustos: verde, negro, absurdo, grotesco, irreverente, racista, y todo lo que se nos pueda ocurrir. Los chistes enlatados, prefabricados, pueden estar bien y hacerme reír, pero confieso que me parecen de poco mérito; no demuestran por parte de quien los cuenta más ingenio que el de un loro, que se limita a repetir lo que ha oído, aunque exhiba más o menos gracejo uno que el otro. Pueden suscitar la risa, pero es una risa de poca calidad, porque no sabes si se trata de una originalidad –rara vez– o un plagio –lo más común–. Es humor por repetición, carente de ingenio propio.

            No creo que Nietzsche se refiriera a los insufribles cuentachistes (hoy devenidos en plaga televisiva), sino más bien desde los grandes nombres de la literatura que sazonan sus obras con sentido del humor hasta el hombre de la calle que hace lo propio en su día a día.

            No obstante, estos creadores de humor tienen mucho de artesanos: se toman el tiempo que quieren para elaborar situaciones y darles vueltas y vueltas hasta lograr el efecto deseado. Mucho más interesante aún me resulta quien tiene la chispa para crear el humor espontáneamente, sobre la marcha, generalmente cuando otra persona, mucho menos dotada de ingenio, trata de ponerle en apuros.

            Hay ejemplos muy notorios en nuestro país, como Camilo José Cela, con su famoso: “¡Cómo va a ser lo mismo estar durmiendo que estar dormido! ¿Le parece a usted lo mismo estar jodiendo que estar jodido?” O Miguel de Unamuno, cuando, mientras impartía una esperada conferencia, vio cómo se reían de él porque había pronunciado el nombre de Shakespeare tal como se leería en español (“Saquespeare”). Así que les dijo que, en vista de que estaba ante una audiencia tan versada en la lengua inglesa, no habría inconveniente en que siguiera dando la exposición en ese idioma. Y se puso a hablarles en un perfecto inglés, con lo que la inmensa mayoría de los asistentes tuvo que aguantar estoicamente la ansiada conferencia sin entender una palabra. Estos y tantos otros ejemplos constituyen, para mí, la forma más elevada del humor, del humor inteligente.

            Y de entre estos grandes creativos de humor, posiblemente a quien más admiro es un personaje que, pese a resultarme despreciable en otros aspectos, tuvo más que nadie el don de la inteligencia aguda, rápida y despiadada. Además de un grandísimo político (un Gulliver frente los actuales liliputienses), además de premio Nobel de Literatura (¿a cuántos mandatarios actuales conocemos que hayan aspirado a él?), alardeaba de un magistral ingenio ante quien se le ponía por delante. Me refiero, ya lo habréis adivinado, a Winston Churchill.

            Sirva como ejemplo la archiconocida historia que, como tantas otras, tuvo lugar en el Palacio de Westminster. Al terminar una enconada lucha dialéctica con lady Astor, primera mujer que ocupó un escaño en el parlamento británico, la cual había tenido que soportar durante el debate las despiadadas y mordaces locuciones del personaje de marras, en el pasillo y ante un corrillo de parlamentarios, ella se dirigió a él, visiblemente enfadada:

            –Sr. Churchill: le aseguro que, si fuera su mujer, le pondría veneno en el té.

            Ante lo cual, él, para regocijo de los del corrillo, que aguardaban expectantes, sabiendo que no les iba a defraudar, le respondió:

            –Sra. Astor: si fuera usted mi esposa, le aseguro que me lo bebería.

            Genio creativo, humor con mayúsculas. Nunca el insulto directo y poco imaginativo; nunca palabras soeces ni toscos chascarrillos que, más que risa, suelen dar vergüenza ajena, sino elevarse a una altura intelectual superior y recurrir a un humor no por educado y erudito menos descarnado, sino todo lo contrario.

           Hasta en la barra de un pub inglés, charlando animadamente de pie con una jarra de cerveza en la mano, no perdió ocasión de darle la vuelta a la tortilla de quien pretendió ponerle en evidencia. Un joven, de ideas manifiestamente opuestas, quiso su minuto de gloria pretendiendo ridiculizar a tan insigne personaje, así que se le acercó con una sonrisa malévola:

            –Sr. Churchill, lamento tener que decírselo, pero lleva usted la bragueta abierta. 

            Y claro, como no iba a ser de otra forma, resultó el burlador burlado:

            –No se preocupe, joven. A mi edad, el pájaro no se va a escapar de la jaula.

                        A falta de este ingenio, puestos a escuchar chistes prefabricados, confieso que mis preferidos son los de un personaje tan universal como nuestro querido Jaimito (Little Johnny en Inglaterra y Estados Unidos, Totó en Francia, Pierino en Italia, Vovochka en Rusia y Ucrania, y un larguísimo etcétera; hasta los alemanes, con su proverbial falta del sentido del humor, tienen también a su Klein Fritzchen, que ya es decir), porque suelen recurrir a un humor ecuménico que bien podría haber salido de la boca del niño Churchill. Como este que dejo aquí para terminar esta sesuda reflexión:

            A sus cuatro años, paseaba Jaimito por el parque de la mano de su padre cuando vio a un perro montándose a una perra. Le preguntó a su papá que qué hacían. Y este le respondió que, como se querían mucho, estaban encargando un cachorrito. A los pocos días, Jaimito se levantó de la cama para hacer pis y, al pasar frente la habitación de sus padres, vio cómo él estaba tumbado sobre su madre, y le preguntó qué hacían. El padre le respondió que, como se querían mucho, estaban encargando un hermanito. Y Jaimito le contestó:

            –No, no, papá, no. Dale la vuelta a mamá, que prefiero un cachorrito.

            Pues nada, la cosa no da para más. Uno no es Churchill.

 

José-Pedro Cladera Fontenla©

domingo, 15 de enero de 2023

OLORES

 


 

            Puente de la Cabaña se elevaba con asilvestrada majestuosidad en esa franja fronteriza entre Lérida y Aragón donde quien no habla catalán con acento castellano habla castellano con acento catalán. Los domingos por la tarde, la cobla sardanística interpretaba en la plaza las piezas de siempre para que la peña se cogiera de las manos y bailara en corros. El Quimet tocaba la tenora, especie autóctona de oboe estridente con el que el virtuoso local contribuía a la precoz sordera de los parroquianos; y también, por falta de personal, se encargaba de tocar el flabiol, flautín asimismo autóctono que daba comienzo a cada pieza con un trino, cual si de un jilguero se tratara (tit-tirorí-tirorit-tirorí), al que se unía, en enérgico frenesí, el resto de la cobla (chinga-pun-chinga-pun). Sujeta con un pequeño soporte colocado sobre la caña de su instrumento, el Quimet mantenía frente a sus ojos una minúscula partitura que, pese a sus escasas dimensiones, daba para mucho, pues las precarias cinco o seis líneas de pentagrama se repetían, inclementes, una y otra vez. En realidad, todos tocaban de memoria, porque nadie sabía leer las partituras; pero exhibirlas frente a los instrumentos le daba al conjunto musical un toque de profesionalidad, algo así como la Filarmónica de Berlín en versión rural.

            El Quimet tenía frenillo labial, que no le afectaba para soplar la tenora y el flabiol, pero sí lo hacía para el habla, resultándole difícil, cuando no imposible, pronunciar algunas consonantes.

            –¡Olores! ¿Ónde mas dejao la boina, que no la encuentro?

            –¡Pues en el cajón de la cómoda, no haberla dejado tirada por ahí!

            La Olores y el Quimet se conocieron y se enamoraron durante un concurso de bailes folclóricos organizado por Coros y Danzas de España de la Sección Femenina de la Falange Española Tradicionalista y de las JONS. Ella bailaba jotas aragonesas y le daba a las castañuelas como nadie. Quedó fascinada con las sardanas catalanas, en las que el personal se cogía de las manos formando un círculo y, al compás de un caos cacofónico, daba saltitos sin moverse del sitio, ora pequeños, ora más grandes; ora de puntillas, ora no; ora elevando la rodilla un poquito menos, ora un poquito más; y así durante toda la tarde si era menester. Como suele ocurrir con los forasteros advenedizos, que quieren ser más papistas que el papa, cuando se casó con el Quimet, la Olores se convirtió en la mejor sardanista de la comarca. ¡Oh, cuán gráciles sus pasitos adelante y atrás! ¡Oh, cuánto fervor en sus elevaciones de rodilla cuando el conjunto instrumentista, despertando de un coyuntural sopor musical, acometía la decimocuarta repetición de los mismos compases pero ahora con inusitado brío!                                                                                                                                       

            Pasaron los años y un buen día se percató ella de que al Quimet le salían entonces los trinos del flaviol (tit-tirorí-tirorit-tirorí) con una frescura, una claridad, un fraseo, como no se los había oído anteriormente. Por una parte, se alegraba por él, porque los aplausos de la parroquia se multiplicaban; pero por otra, una mosca le rondaba tras la oreja. Y los ensayos, que cada vez acababan más tarde, no contribuían a espantar al pertinaz insecto que la incordiaba en torno al pabellón auditivo. Él trató de convencerla de que eso era normal, que los músicos son como son, excéntricos, y que no convenía interferir con sus hábitos, no fuera que se les torciera la  inspiración; que había que ensayar mucho las piezas, que las cosas no salen bien así como así; y que si eso suponía cenar un poco más tarde, pues no pasaba nada, ¿no? Pero a ella, ¡descendiente de Agustina de Aragón, ahí es nada!, no se la iba a dar con queso, y barruntaba que allí había gato encerrado –o gata, para mayor precisión.

            Así que decidió espiar y descubrió que su marido se entendía con la mosquita muerta de la Montserrat, la que tocaba el contrabajo. Hasta entonces le había pasado casi desapercibida porque, al ser de reducida estatura, quedaba prácticamente oculta tras el voluminoso instrumento. Pero, ¡mira tú por dónde!, la Montserrat, además de su indudable maestría marcando el ritmo de las sardanas, se manejaba con mucho salero cuando cambiaba la posición erguida del contrabajo por la yacente del Quimet.

            Después del ensayo, cuando el resto de los músicos se hubo marchado, los dos granujas se quedaron rezagados con la excusa de ordenar un poco los trastos del local. Sobre el diván del rincón, la mosquita muerta, en entusiasta interpretación, contrabajaba y contrasubía por toda la alterada orografía del Quimet, en un apasionado presto agitato con fuoco que tenía al adúltero varón jadeante y ojiplático.

            –¡Golfa! ¡Pelandusca! –bramó la Olores, irrumpiendo en la sala con la fuerza arrolladora de un panzer alemán al asalto.

            Aixó no es el que sembla –terció el Quimet en catalán con acento castellano.

            –¡Tú te callas, imbécil! –respondió la Olores en castellano con acento catalán.

            –Yo me voy, ¿vale? Es que tengo que pasarme por el colmado y me van a cerrar –se disculpó, educada ella, la mosquita muerta, en pelotas, mientras recogía a toda prisa la ropa.

            –Tú a donde vas es al centro médico, so zorrón –le espetó la aragonesa, arrancándole un manojo de pelos que dejó a la virtuosa contrabajista con medio cuero cabelludo sangrando.

            –¡Y tú te vas a enterar! ¡Mira lo que hago con esto! –le gritó a su atemorizado esposo, abalanzándose sobre él.

            –¡No, no, aixó no! ¡¡Aixó no!!           

            En el quirófano de Urgencias, el médico de guardia, mientras trabajaba con mano experta, compartía impresiones con la enfermera que le ayudaba:

            –Estamos en un mundo cada vez más degenerado, querida. En mis años de profesión creía haberlo visto todo, pero esta es la primera vez que a un músico le tengo que sacar del culo un flabiol.

            A la mañana siguiente, la Olores cogió a su hijo y se fue con él a su Calatayud natal, donde una copla la mató de vergüenza y sinsabores.

 

José-Pedro Cladera Fontenla©

miércoles, 14 de diciembre de 2022

INSOMNIO

 


 

Querida madre:

 

            Espero que, al recibo de la presente, se encuentre usted bien de salud. Yo no puedo decir lo mismo de mí, como verá líneas abajo.

            Son las cinco de la madrugada. Tengo muchos problemas para dormir y estas últimas horas han sido muy agitadas, así que he pensado que me ayudaría compartir con usted mis desvelos, que madre sólo hay una y Dios la acoja en su seno, amén.

            Perdone mi mala letra; es que escribo de pie, por razones que luego entenderá. Hace una noche espléndida de verano. Oigo el cri-cri-cri de los grillos que tratan de atraer a las hembras, que se hacen de rogar, como está mandado. Escribo con las cuartillas sobre el alféizar de la ventana, a la luz de una vela, para no encender la lámpara, no se vaya a despertar la Encarna.

Nos acostamos anoche sobre las once, como siempre. A los dos minutos, ella estaba ya roncando; a la media hora, yo seguía con los ojos en blanco. Había probado el remedio de siempre, pero me cansé cuando iba por la oveja ochocientos –creo que las ovejas me tienen tomada la fila–. Me levanté, bajé al cuarto de estar y puse un disco en el gramófono. Alguien me comentó una vez que un tal Bach va muy bien para eso de dormirse, así que, cuando fui a la ciudad, compré un disco de La voz de su amo del mencionado fulano y ya lo he escuchado unas cuantas veces, aunque sólo me ha servido para ponerme peor de los nervios; pero por probar una más… Nada, ¡qué cosa más espantosa, madre! Así que decidí dejarme de moderneces y probar con música buena, que de esa tengo mucha y que, si no me duerme, al menos me gusta. Puse Mi novio tiene un velero, de Marifé de Triana. ¡Ay, la Marifé, eso es demasiao! He puesto el disco tanto, tanto, que está rayado, por la parte donde va el barco por la bahía; pero levanto un poco la aguja, la vuelvo a bajar y ya sigue bien hasta el final. Cuando me cansé de oír a la Marifé, me volví a la cama. La Encarna seguía roncando. Y yo, nada, que no, que no me dormía. Los ojos se me habían acostumbrado a la oscuridad, así que veía bastante bien. Ella dormía sobre un costado y sus formas se recortaban bien bajo la sábana. Tiene buenas formas, la Encarna. Sí, sí, esas caderas… Y me dije que ¡qué diantres!, que a lo mejor me venía bien para el insomnio darle un meneo, así que hice un escarceo para tantear el terreno. Soltó un improperio que no entendí muy bien y, como para asegurarse de que el mensaje llegara a su destino, si no por un medio sí por otro, me largó una coz –¡huy, perdón, madre!: un puntapié– en toda la espinilla, lo cual dejaba pocas dudas sobre su mala disposición a ayudarme con lo del insomnio.

            Dos de la madrugada. Con la pierna dolorida, me asomé al balcón a fumar un pitillo. Frente a mí, al otro lado del muro que separa nuestros jardines, vi encendida la luz de mi vecina Filomena, que también padece de insomnio, la pobre. El resto era todo oscuridad, debíamos de ser las dos únicas personas despiertas en el pueblo. Filomena estaba recortada en su ventana y me vio encender el cigarrillo. Me saludó con un gesto, y yo la saludé igualmente. Y entonces me enseñó los diez dedos con las manos bien abiertas, que es la señal que nos hacemos si queremos reunirnos en diez minutos, y yo encendí una cerilla para que me viera bien y asentí –¡qué iba a hacer! Si además de ayudarme a mí, puedo ayudar al prójimo…–. Nunca nos encontramos fuera de casa, por si nos ve salir el sereno, que no para de dar vueltas, o algún vecino, así que nuestro lugar de reunión es bajo un enorme sauce llorón que hay en su jardín, cuyas ramas colgantes llegan hasta el suelo y proporcionan un escondite muy agradecido.

            Manos a la obra. Primero, hay que saltar el muro, para lo cual tengo ya mucha práctica. Me aúpo hasta la cintura; una vez así, pivotando sobre el ombligo, hago un giro de media vuelta, de forma que las piernas me quedan del otro lado, y ya no tengo más que dejarme caer. Coser y cantar. Ella estaba ya esperándome bajo el sauce. Todo iba la mar de bien y ya ni nos acordábamos de lo del insomnio, que es de lo que se trata, hasta que apareció el marido de Filomena con la escopeta de caza, dando unas voces terribles. Ni que decir tiene que salí como una exhalación, me aupé al muro y, cuando de cintura para arriba estaba en mi jardín mientras que de cintura para abajo estaba aún en el suyo, sonó un disparo y sentí como si me hubiera sentado sobre las brasas del asador. ¡Madre mía, qué dolor! El enfermero de Urgencias me sacó cuarenta y siete perdigones del culo y no sé cuántos más de las piernas. Parezco un colador, ¿comprende ahora por qué le escribo de pie? Y la Esperanza, sin enterarse de nada; casi me matan y ella, roncando. ¿Y cómo le cuento yo mi lamentable estado cuando se despierte?

La razón por la que le cuento esto, madre, es por si aún tiene libre la habitación de invitados, porque la Encarna es muy poco comprensiva y quizás tenga yo que salir de aquí a toda prisa antes de que los males vayan aún a peor.

No me juzgue mal, es que esto del insomnio es muy difícil de llevar. Además, estoy deseando verla a usted de nuevo, de verdad, después de tanto tiempo. Sea buena y acójame de nuevo, ¿vale? No sé qué haría sin mi madrecita.

Bueno, pues nada. Confío en su comprensión. Y ya sin otro particular, quedo de usted, afectuosamente, con  besos y abrazos,

Catalina.

 

       José-Pedro Cladera Fontenla©

lunes, 14 de noviembre de 2022

INCORRUPTUM CORPUS

 



 

Olegario fue obispo de Barcelona y arzobispo de Tarragona.

Sus restos, incorruptos, reposan en la capilla del Cristo

de Lepanto, en la catedral de la Ciudad Condal.

 

            En Corrales de San Cristóbal acababan de inaugurar sus dos primeras farolas de aceite para el alumbrado público. Atendiendo al mejor uso de tan novedoso avance, una fue colocada en la esquina de la posada del hermano del alcalde, a fin de que los parroquianos ebrios que salían tambaleándose dejaran de tropezar y dar con sus morros en el barro frente al establecimiento, y la otra, delante de la casa del propio alcalde, por motivos que se entendieron sin necesidad de que nadie los explicara. El encendido y apagado de las dos farolas fue encomendado a Olegario, a quien, siendo de todos conocido por sus pocas luces, se consideró que no le vendría mal encender algunas, a ver si algo se le pegaba. Todos los días, al anochecer, a la hora de las oraciones, Olegario, armado con escalera, mechas y mechero, arrastraba penosamente calle arriba su pierna, coja desde que, de joven, un burro le arreó una coz por un desacuerdo en cuanto a subir una cuesta empinada con carga excesiva a juicio del animal (para más claridad: el burro). Una vez apoyada la escalera contra la farola, procedía a su escalada para iniciar la laboriosa operación del encendido. Habitualmente le llevaba un cuarto de hora largo, ya que el viento le apagaba la mecha, o su estado etílico le dificultaba el ascenso por los peldaños, y más aún mantener el equilibrio cuando la complejidad de la tarea hacía necesario el uso de ambas manos.

            –¡El Olegario se ha pegao otra hostia! –gritó un crío frente a la puerta de la posada; pero nadie le hizo caso, pues nada hay de novedoso en el pan de cada día.   

            Conseguido el objetivo, sucio de barro y con los huesos maltrechos por la caída, tocaba reponer fuerzas, así que asomó la cabeza por la puerta del establecimiento y pidió que alguien le acercara media jarra de vino, ya que él no podía entrar sin arriesgarse a que al salir le hubieran robado la escalera.

            –Olegario, ¿has encendío ya la farola del alcalde?

            –Aún no. Es que ésta me ha llevao mucho rato. Como hace viento…

            –Pues bebe rápido y lárgate, que ya es oscuro y, como vea su mujer que no está encendía, te va a moler a palos.

            Pero Olegario necesitaba descansar antes de caminar con la escalera hasta el otro extremo del pueblo, así que, a medio camino, noche cerrada ya, las callejuelas desiertas, se apoyó en la pared de la casa de la Encarna y encendió un pitillo. No es tan mal trabajo, después de too, se dijo para sus adentros. Supongo que me lo dieron a mí porque es mu técnico y no too el mundo vale, conjeturó. Y de mucha responsabilidad, apostilló. Nadie encendía las farolas mejor que él –sobre todo porque era el único que hacía el trabajo. 

            Hallábase sumido en sus reflexiones mientras aspiraba el humo caliente de su cigarrillo cuando oyó el ruido de una ventana abrirse unos metros sobre su cabeza. La misma cabeza sobre la que cayó el contenido, fétido y humeante en el frío de la noche, de un orinal.

            –¡Coño, Encarna, pero qué haces! ¿No puede uno ni fumarse un pitillo sin que se le meen encima? ¡Mira cómo me has puesto! ¿Qué le cuento ahora a la parienta cuando llegue a casa apestando, eh?

            –¿Y cómo voy a saber que estás ahí, si no se ve nada? Aquí hace falta luz, más luz, ¿te enteras? Si pusierais una farola en la esquina, no te pasaría esto.

            –¿Y a mí qué me cuentas? Eso se lo dices al alcalde, que él sí que tiene. Y cuando vayas a vaciar el orinal, primero grita: “¡Agua va!”, por si acaso. Un respeto para un trabajador, ¿no? ¡Y encima me has echao a perder el cigarro, con lo que cuestan, desgraciá!

             El trabajo de Olegario nunca fue justamente reconocido. Con el tiempo, Corrales de San Cristóbal llegó a tener seis farolas y el hombre terminaba agotado. Tanto que una noche sin luna, después de la quinta farola, se encontró mal, comenzó a deambular desorientado por los campos y se despeñó por el Barranco del quebrantahuesos.

Tardaron mucho en encontrar sus restos mortales. Al igual que los del otro Olegario, también éstos fueron incorruptos. No por santos, sino porque no tuvieron tiempo. Las ratas se vieron gordas aquel mes por el pueblo.

 

José-Pedro Cladera Fontenla©

lunes, 24 de octubre de 2022

LA LLAMADA DE LA TIERRA

 

Escrito seleccionado para su lectura el día 19 de octubre de 2022 en la inauguración de la 14ª edición del Taller de Escritura, curso 2022/2023, de San Vicente de la Barquera.

           

Adaptación para reducir el número de palabras del relato 180124, “El beso”, presentado al taller de enero de 2018, cuyo tema propuesto era ”El beso”. Inicialmente tenía 1967 palabras y lo he reducido a 1000 por exigencias de este taller.

 

LA LLAMADA DE LA TIERRA

 

            Sentado sobre un tocón, manta sobre los hombros, boina bien calada, Liborio sacó una cajetilla de Ideales y encendió un cigarrillo. Mientras sus ovejas pacían, él fumaba y meditaba sobre sus cosas. Liborio era un pensador solitario, un filósofo de la dehesa.

Un par de años atrás su vida pudo haber dado un giro inesperado, cuando lo detuvo la Guardia Civil y lo llevaron ante un juez. Estaba asustado. Sólo conocía a su abogada, a la que no había visto en su vida hasta unos días antes: joven, de la ciudad, morena, buenas…

Un señor con toga se dirigió a él con sequedad:

–¿Es usted consciente del delito del que se le acusa?

–Mentira, tóo mentira.

–¿Qué es lo que afirma ser mentira?

Tóo. Yo no he hecho na.

–¿Es usted consciente de que se le acusa de un delito de bestialismo, tipificado en el Código Penal?

Tóo mentira.

–¿Quiere entonces decirle a este tribunal qué hacía usted cuando fue sorprendido y detenido por la Guardia Civil?

–Yo, na. Sólo me estaba sepillando a la Aurora.

–Lo que usted llama Aurora es una de sus ovejas, ¿cierto?

–Sí, sí, claro: la Aurora. ¿Quién va a ser?

–¿Y quiere explicarnos por qué estaba usted, esto…, ‘cepillándose’… a la susodicha Aurora?

–Pues coño, porque me lo pedía.

Un rumor de solidaria aprobación se elevó de entre las filas de los paisanos de Liborio.

–¿Se burla usted de este tribunal? ¿Dice que la oveja… se lo pedía?

–¡Sí, señor! Mire, pasó y me miró asín, con los ojos entornaos y medio e soslayo. Y cuando la Aurora mira asín, hay que cumplir, que si no después la lana sale dun color como blanco roto, ¿sabe? Y además se pone de mu mal carácter, no hay quien la aguante.

La abogada convenció al juez para que lo dejara en un apercibimiento y Liborio se mostró muy agradecido con ella. Además, aquella mujer le gustaba, olía bien.

Ella sintió también una irresistible atracción hacia aquel ejemplar rudo, asilvestrado, filósofo de algarrobas y alcornoques. Aquel hombre era la llamada de la tierra. Su olor a oveja producía en ella una inexplicable alteración por todo el cuerpo –por algunas partes más que por otras, todo sea dicho–. Le gustaba aquel animal indómito, aunque le costara acostumbrarse a los peculiares arrumacos del pastor:

Quieeeta, quieeeta; aamos bien, aamos bien.

Llegó a pensar que aquello no iba a acabar como es debido, como una noche, cuando, en un arrebato de pasión, Liborio le pidió que balara y, ante su negativa, le espetó:

–Es que si no, me cuesta más dominar el trastu. 

Un buen día, se percató de que Liborio nunca la había besado. Nunca había besado más que a su madre, y eso cuando era pequeño. Ella se propuso enseñarle. Lo besó en los labios y él se puso muy, muy nervioso. Apretaba las mandíbulas, como cuando el dentista quiso extraerle un diente. Ella fue paciente. Le dijo que entornara los labios y se dejara hacer. A Liborio le temblaban las rodillas, sudaba; tenía los ojos muy abiertos, la respiración entrecortada… Finalmente, ella, persistente, tenaz, introdujo amorosamente su lengua en la boca de Liborio. A éste le dio como un relampagueo, se excitó como no lo había estado en su vida… y le arrancó la lengua de un mordisco.

 

La abogada, llorando de dolor, la cara hinchada, los labios apretados en un vano intento por contener los regueros de sangre, oscura y espesa, que se le escapaban por las comisuras, entró en el cuartelillo de la Guardia Civil. El cabo llamó a su superior:

–Mi teniente, haga el favor de venir, que tenemos un caso grave.

El teniente hizo un gesto de disgusto y le dijo a su subordinado:

–Haga el favor de llamarme cuando esta impresentable haya acabado de comerse la hamburguesa, que me da mucho asco que me hablen con la boca llena.

–No, mi teniente, que no es una hamburguesa; es que me parece que se ha comido la lengua.

–¡Joder, cómo está el patio! Pobre mujer. Y luego nos vienen con que hemos salido de la crisis. Ande, llévesela al hospital y luego ya procederemos.

Le salvaron la vida, pero nada pudieron hacer por reconstruirle la lengua, porque quien sí se la había tragado fue su desenfrenado pastor.  

 

Era la segunda vez que Liborio estaba en un juicio y ya, como que le resultaba más familiar. El de la toga, el que parecía que tenía algo contra él, estaba decidido a que no se le fuera de rositas como en la anterior ocasión.

–¿Es usted consciente del delito del que se le acusa?

–Mentira, tóo mentira.

–¿Qué es lo usted afirma ser mentira?

Tóo. Yo no he hecho na.

–¿Es usted consciente de que se le acusa de un delito de canibalismo, tipificado en el artículo 526 del Código Penal?

Tóo mentira.

La examante deslenguada no pudo más:

–Eh ha gancao tagao engua, joputa.

El juez miró, como en un aparte, al secretario judicial:

–¿Y ésta, qué es: vasca?

–No, señoría, es a la que le han comido la lengua.

–Ah, vale, vale. Prosigamos.

El de la toga volvió a su interrogatorio:

–¿No es cierto que arrancó usted de un mordisco la lengua de la demandante y luego se la tragó?

–Sí, señor.

–¿Ah, sí? ¿Y puede explicarnos por qué hizo usted cosa semejante?

–Porque me la metió en la boca, coño, y pensé que era pa comerla. Pero no valía pa na, ¿eh?, que estaba toa crúa, y mu sosa.

No lo metieron en la cárcel, pero la compensación económica le dejó arruinado.

 

‘Agua pasá no mueve molino’, filosofó solemnemente. En fin, iba siendo hora ya de llevar el ganado al aprisco. Sacó otro pitillo de su cajetilla de Ideales y lo encendió. Saboreó el humo mientras recogía el zurrón y la manta cuando se apercibió de que pasaba por allí la Felisa –beee– y que le miraba asín, con los ojos entornaos y… medio e soslayo.

 

   José-Pedro Cladera Fontenla ©

sábado, 25 de junio de 2022

EL VIEJO Y EL BAR

 

 


            La noche era fría y húmeda, y la espesa niebla difuminaba una luz amarillenta, tenue e incierta, que provenía de algunas farolas demasiado espaciadas. Mis botas de agua chapoteaban por los charcos del camino mal empedrado. La taberna del puerto estaba llena cuando entré. Olía a vino y el aire estaba saturado por una nube de humo alimentada por docenas de marineros que fumaban sus pipas mientras hablaban animadamente, sentados los más en torno a recias mesas de madera y otros reunidos de pie en pequeños grupos. Me miraron con cierta curiosidad, pues con toda certeza la mía era la única cara desconocida para ellos. No eran corrientes los forasteros en aquel pequeño pueblo costero al final de una carretera sin asfaltar y que no conducía a ningún otro lugar, y menos que aparecieran en una noche como aquélla. Un par de parroquianos me sonrieron e hicieron un gesto de saludo con sus jarras de vino, y volvieron a lo suyo, ignorándome.

Estaba cansado y traté de encontrar algún sitio para sentarme. No había mucho donde elegir: el único taburete libre estaba junto a un viejo que bebía solo en un rincón, así que pedí una jarra de vino y me dirigí allí, le pregunté si le importaba que me sentara con él, ya que no había otro sitio, y me indicó con un gesto que adelante.

            Jaime era un marinero de toda la vida, retirado ya desde hacía mucho tiempo. De los lados de su negra gorra con visera, que llevaba ligeramente ladeada y que debía de tener casi tantos años como él, se descolgaba una cabellera canosa que le llegaba hasta los hombros, aún fornidos. La larga barba y el tupido bigote no conseguían ocultar los surcos profundos de su piel, donde llevaba codificados sus muchos años de durísimo trabajo bajo el azote de los vientos y los rigores de la mar. Pese a ello, bajo sus gruesas cejas, sus ojos, negros como el azabache, reflejaban una frescura y una viveza que parecían más propias de tiempos para él pasados. Su pipa despedía un olor a tabaco seco pero ligeramente aromático que me resultaba agradable. No tardamos en encontrarnos charlando, y resultó tener una conversación fácil y amena.

            Hacía treinta años que no había estado en una ciudad, me contó, ni ganas tenía de hacerlo. No le gustaba la gente de las ciudades, decía, porque sólo se preocupaban por las modas, y él pensaba que éstas eran cosa de tontos. Todos querían ir “monos”, le parecía a él, y se ponían ropas y calzados incómodos, apretados, y los llevaban siempre muy limpios, y se los cambiaban cada dos por tres porque un año los pantalones se llevaban muy largos, al siguiente no les servían porque se llevaban muy ceñidos, al otro acampanados, y así con todo. Y sentenciaba que a esos monos les pasaba lo que a las del otro sexo: que aunque la mona se vista de seda, mona se queda.

            Se rió solo de su propia ocurrencia y me preguntó si quería que me contara la moda más ridícula que había conocido en su vida. Pues sí, me interesaba, así que fui a por dos jarras más de vino y le invité a una para que me lo contara. La moda más estúpida que había visto en su vida fue la de las corridas de toros para el turismo nórdico en los años cincuenta. En España estábamos todos acostumbrados, me dijo, pero en los países escandinavos ni se conocían, ni siquiera habían oído hablar de ellas y ni falta que les hacía. Pero hete aquí que un buen día alguien descubrió el filón de oro y, además de ofrecer en el paquete turístico las consabidas playas, el sol, las paellas y los buenos vinos, empezó a incluir también una corrida de toros. Ah, aquello era algo nuevo, exclusivo, salvaje, mágico, atractivo como ningún otro espectáculo para las rubias y asépticas arias septentrionales, que quedaban hechizadas desde los primeros compases. En Noruega, Suecia, Finlandia, Dinamarca, donde jamás habían asistido a una corrida de toros, los precios de las vacaciones a España se dispararon desde que fueron incluidas en los paquetes turísticos. Las mujeres regresaban a sus países enamoradas, con un cartel de la efemérides bajo el brazo y contando los días hasta las próximas vacaciones para repetir. Una moda que se propagó como la pólvora por aquellas latitudes frías y faltas de las emociones fuertes que les proporcionaban nuestras primarias y brutales corridas de toros.

            Recargó la pipa con parsimonia, aplicó a ella el fuego de una cerilla y observó cómo el tabaco se hinchaba. Dejó que la superficie ardiente se apagara y la apretó lentamente con un pulgar para que volviera al nivel que tenía antes de expandirse. Encendió otra cerilla y volvió a aplicar el fuego en forma circular, sin prisa, encima del tabaco mientras realizaba cortas inspiraciones a la pipa, exhalaba pequeñas nubes de humo aromático y se reía entre dientes y sacudía la cabeza como diciendo: ¡pero qué tontas! Bebió un largo trago de vino y me dijo:

            –¿Quieres saber cómo acabó la puñetera moda esa?

            –Estoy impaciente por saberlo. Suéltalo ya.

            –Pues mira: Un día caluroso de verano, de repente y sin que nadie pudiera preverlo, se murió de un infarto por sobrecarga de trabajo don Anacleto Toros Heredia. A partir de entonces, el turismo escandinavo cayó en picado y no se recuperó jamás. Modas…

             

José-Pedro Cladera Fontenla©

jueves, 12 de mayo de 2022

¿QUÉ ES POESÍA?

 

 


                                               “¿Qué es poesía?, dices mientras clavas

                                               en mi pupila tu pupila azul...”

                                                                                           

                                               ¿Tu pupila azul? ¡Menuda empanada!

                                               A eso lo llamo un ripio al tuntún.

                                               Ni azul, verde, amarilla o colorada:

                                               la pupila es más negra que el betún.

 

                                                “¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?”

                                               Pues sí, te lo pregunto, ¿pasa algo?

                                               Que yo para esas cosas no valgo:

                                               incapaz de meter dos rimas juntas.

 

                                               “¿Qué es poesía?”… Gustavo, Gustavico,

                                               te va a caer una somanta palos

                                               como sigas dándole gusto al pico

                                               con tantas rimas y ripios malos.

 

                                               “¿Qué es poesía?”… Éste no tiene arreglo,

                                               es el tío más pesao de too el pueblo;

                                               no se sale de la misma matraca;

                                               como yo, que sólo ordeño la vaca.

 

                                               “¿Qué es poesía?”… ¡Ojito, que me tientas!

                                               ¿Qué es poesía? ¡Y tú a mí qué me cuentas!

                                               Yo, con este asunto, ya es que me troncho,

                                               ¿no será que me confundes con Foncho?

 

                                               “¿Qué es poesía?”… ¡Y dale que te dale!

                                               ¡Que eso de mi sesera no sale!

                                               No me toques más los cataplines:

                                               eso tú se lo preguntas a Lines.

 

                                               “¿Qué es poesía?”… ¡Uy, cómo me contengo!

                                               Vigilar debo, y no hablar en balde,

                                               que no me cago en tu rancio abolengo

                                               porque está aquí la hija del alcalde.

 

                                               “¿Qué es poesía? Poesía eres tú”.

                                               ¡Eh, quieto parao! Aparca el “I love you”.

                                               A ver si vas a creer que me gustas.

                                               Pues a mí, mariconadas, las justas.

 

                                               “¿Qué es poesía?”… Ya estoy harto del tema,

                                               no he conocido un plomo como él.

                                               ¡Si todo este asunto es por un poema

                                               en una servilleta de papel!

 

José-Pedro Cladera Fontenla©