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sábado, 15 de febrero de 2020

EL CAOS




Al caos aparente del arte le han buscado, como a todo, un sentido. Se ha ido, a través del tiempo, compartimentado y dividiendo. Arte rupestre, egipcio, romano, gótico, expresionista, impresionista, hiperrealista, cubista… ¡Todo es arte, parecen decir ahora! No hay nada más que ver ARCO.

            El descubrimiento de las pinturas rupestres de la cueva Chauvet, en Francia, parece que obligó a replantearse el pasado con las maravillas que encierra, tan elaboradas, y las clases de animales. Se pensó que tendrían 20.000 años, pero, con la prueba del carbono 14, se supo con gran sorpresa que tenían 36.000. La tienen cerrada, pero hay un documental, que se llama LA CUEVA DE LOS SUEÑOS OLVIDADOS. Si se podía pintar así, ¿éramos tan monos como quieren hacernos creer? Ufff…

            Con nuestro cuerpo humano, cuando nos hacemos una herida algo grande, nos asustamos y pensamos que somos una bolsa de sangre y más sangre, hasta que caemos en la cuenta de que ese caos aparente tiene bastante solución. Venas, arterias, muchos órganos y huesos, cada uno estableciendo su trabajo.

            ¿Quién no ha hecho alguna vez una mudanza? Y después de hacer una selección de lo que se va a llevar, cuando llegas, dices: ¿Dónde diablos metemos todas esas cajas que llegan al techo? Pero procuramos relajarnos y vamos leyendo el contenido: cocina, salón, ropa cama, juguetes, libros, libros, libros… ¡Como pesan! Y los vas dejando, y entonces piensas en el caos aparente de una biblioteca… Historia, Ciencia, Poesía, Arte… ¡Todo en su sitio!

            Al día de hoy, ¿queremos más caos que el que tiene este planeta Tierra con el temido Coronavirus? Desde China, por desgracia, se va extendiendo. Con los aviones, estamos todos conexionados y, como dice el Dr. Cavadas, esto no tiene trazas de ser un negocio para vender mascarillas. Ya van muriendo muchas personas.

            ¡Es para pensar! Qué grandes somos al lado de un virus que solo se ve al microscopio, y él solito se puede cargar a media humanidad. Ya pasó otras veces a lo largo de la historia, y ahora, con tantos adelantos, esperemos que de verdad se pueda atajar y desarrollar una vacuna.

            Estamos en manos de la Madre Naturaleza. Animales y personas, a lo largo de los siglos, nos hemos tenido que plegar a ella, y seguimos siendo arrogantes… Ella no nos necesita, siempre ha seguido triunfante. Somos nosotros los que la necesitamos.
                                                                      
Mª Eulalia Delgado González©
                                                                                   Febrero 2020


viernes, 17 de enero de 2020

¿IMPOSIBLE?




–¡Tronco!  ¿No te tiras a la piscina con nosotros? ¡Deja ya el móvil!

–¡Que sí, que ya voy! ¡Qué pesados sois…! Estoy viendo un video muy interesante que me acaban de enviar –contesta Luis a sus amigos, que hace rato están en el agua.

            Cuando acaba de ver el video, se levanta, hace unas respiraciones profundas y se da una buena ducha antes de tirarse de cabeza.

–¡Anda, mira este! –dice uno de sus amigos–. ¡Haciendo respiraciones profundas y duchándose! ¿Te pasa algo?

–¡Jo…! Es que me ha dejado impactado lo que acabo de ver. ¿Habéis escuchado hablar alguna vez del método WIM HOF, del llamado “hombre de hielo”?

            –¡No! –contestan al unísono.

            –¡Imposible, pero cierto! Estamos en pañales con lo del control de la mente… A este tío lo están estudiando los científicos. Puede evitar enfermar subiendo los niveles de noradrenalina a voluntad, aunque le inyecten virus. Ha escalado el Everest en pantalón corto, y hecho un maratón por el desierto sin beber agua. Ha estado dos horas metido en hielo, todo bajo vigilancia científica, y tan campante. Él enfoca su mente, con una técnica de respiraciones profundas, inmersión en agua fría, meditación tumo de los monjes tibetanos y también porque tiene lo que se llama “grasa parda”.

            –Pero ha entrenado en Polonia a doce personas con su técnica y también ha dado resultados.

            –¡Jo, qué pasada…! Bueno, luego nos mandas ese video increíble. Ahora, a seguir nadando, que nos estamos quedando como ese tío pero sin respiraciones para controlar…

                                                                       Mª Eulalia Delgado González©
                                                                                   7 enero 2020


jueves, 12 de diciembre de 2019

VACÍO




El viejo profesor salió a dar su paseo. Esta vez la tarde era soportable de calor, con una brisa suave, y decidió ir más allá de los confines de su pueblo castellano, donde ya la tierra había quedado yerma después de la recogida del trigo. Y vio el campo enorme y vacío, tan vacío como había quedado su alma desde que su esposa muriese y desde que le dieron la jubilación y sintió el vacío del aula cuando se despidió por última vez de sus alumnos. Tenía calor, todavía los días seguían siendo largos.

Distinguió un árbol; no estaba demasiado lejos, pero sí inexplicablemente en medio del terreno. Nunca se había fijado en él, pero decidió ir hasta allí y poder tumbarse a su sombra. Llegó fatigado, se caminaba mal entre las trochas que quedaban después de la siega, pero llegó y vio con asombro que era un manzano.

–¿Y qué haces aquí tan solo? Estás como yo, y sentirás el vacío en tus ramas y en tus hojas. ¿Pero, sabes? Das sombra, cobijas a los pequeños animales que se arriman a tu tronco; además, das de comer tus sabrosas manzanas que tienes derramadas por doquier. Aquí creciste solo, con el rumor de las espigas verdes cuando parecen olas mecidas al viento, y gracias al dueño, que no quiso cortarte.

Y el viejo profesor se comió una sabrosa manzana y se tumbó a su sombra, y se sintió feliz y arropado como nuestro planeta nos cobija y alimenta dentro del cosmos en el que estamos inmersos y que, si pensamos en ello, no comprendemos por más que queramos. Nunca le ven fin los astrónomos…

Galaxias y más galaxias…, con unas distancias abismales entre ellas. ¡Da vértigo pensar en ello! Y sin embargo, estamos en una de ellas, ¡en el vacío del cosmos!

Y de repente, se sintió como el árbol, alzó los brazos relativamente fuertes, y pensó: ¡Tenía conocimiento y experiencia! Todavía podía ayudar... Todavía podía cobijar… Todavía podía dar gracias al Ser Supremo que creó el Universo, en el que todo está relacionado.

                                                                       Mª Eulalia Delgado González©

domingo, 13 de octubre de 2019

RUMORES




Clara ha salido a dar un paseo por su pueblecito  de verano. La mayoría de turistas se ha ido y ya se ve más despejado.

En lontananza, distingue una cara que le parece conocida y, efectivamente, es su buena amiga Manoli.

–¡Clara! 

–¡Manoli!

Efusión de besos y abrazos.

–¡Cuánto hace que no nos vemos! –dijo Clara. 

–Pues sí, hacía años que no aterrizábamos por aquí –contestó Manoli.

–Pues ahora mismo lo celebramos y nos vamos a tomar algo contemplando el mar –dice Clara.

Cuando estuvieron en una terraza desde donde se divisaba una panorámica deliciosa, con las montañas resguardándolo todo, se sintieron a gusto. Vino el camarero y pidieron dos vermuts y unas rabas (calamares fritos).

–Ya has visto que verano tenemos, ¿no? –dijo Clara–. Con estos rumores sobre el cambio climático, en cuanto podemos, huimos del calor.

–¡Pero qué calor! Yo me asfixiaba –dijo Manoli–. Y luego las inundaciones tan terribles, y para qué contar los incendios. Viendo  los telediarios, a veces parece el fin del mundo.

–Se van a tener que poner las pilas todos los países para hacer sus propios pulmones. Muchos millones de árboles habrá que volver a plantar… –dice Clara.–    Cambiando de tema, es apabullante lo de los avances científicos con la clonación de células madre. Con una inyección en el sitio adecuado, nos van a poder curar. Las células se pueden clonar al infinito. Muchas personas en silla de ruedas volverán a caminar. Podrán hacer que el hígado esté sano y no genere colesterol malo. Y con células de la piel, crear células cardiacas. Se lo escuché a un cirujano científico por radio. ¡Esto de la ingeniería genética, es como de ciencia ficción!

–¡Pues anda, no viste en la TV, qué maravilla de robot! Te contesta, y lo más, no sé si decir tremendo, es que va aprendiendo de nosotros al mismo tiempo. Todo lo que leíamos en los libros de ciencia ficción se convierte en realidad –contesta Manoli–.   Hay un rumor muy fundado de que todo lo que la mente humana sea capaz de pensar, tarde o temprano, con más medios o tecnología, acaba pudiéndose hacer.

–Pero usado para el bien, por favor…. Mira lo que ha pasado con los drones…

Ese es el gran problema de este mundo… ¡Qué! Pagamos y nos vamos ya a comer, ¿no te parece? –dice Clara.

                                                                     

  Mª Eulalia Delgado González©

jueves, 13 de junio de 2019

ALGARROBAS




            Tengo que reconocer que, sobre algarrobas, nunca he sabido nada. Cuando vivía en Madrid, dando un paseo por la urbanización, en una hondonada, vi unos árboles frondosos de los que colgaban como unas judías enormes que me llamaron la atención. Pregunté y me dijeron que eran algarrobas. Sentí curiosidad, pero la verdad es que, en el sitio donde estaban, era complicado satisfacerla y desistí.

            La segunda vez que me topé con otras algarrobas fue el año pasado en el Puerto de la Cruz (Tenerife). Cerca del hotel, caminando por la acera, otras algarrobas que sobresalían de un jardín pendían sobre nuestras cabezas, pero ni se me ocurrió tocarlas.

            Dado que tenemos que escribir sobre ellas, he mirado en Internet y me he llevado una grata sorpresa al ver el valor de esta planta, lo olvidada que está y el hambre que quitó en los tiempos de guerra.

            Alimento muy completo, y España, productor principal mundial. En Argentina usan su harina para hacer un pan especial llamado patay. Desecadas, tostadas y pulverizadas, se usan como espesante. Tienen un sabor dulce; el cincuenta por ciento, azúcares naturales. Gran cantidad de minerales –calcio, seis veces más que el cacao y equiparable al queso–. Ácidos grasos, oleico y linoleico. No posee gluten –una maravilla para celiacos–. Hasta sus flores son comestibles, con un gusto agradable, picante, usadas en ensaladas y hasta para hacer buñuelos. ¡TODO UN DESCUBRIMIENTO!

                       
                                    Mª EULALIA DELGADO GONZÁLEZ©

jueves, 16 de mayo de 2019

LA CHINA




Acabo de estar con amigas unos días en Menorca. Ya la conocía y había hecho excursiones, pero esta vez cogimos un coche alquilado por cuatro días y decidimos ir tranquilas a nuestro aire. Fuimos a Maó a ver el puerto, aparcamos al principio y nos lo pateamos hasta el final. Ya lo conocí en catamarán y ahora tengo las dos versiones, estupendas ambas, del puerto natural más grande de Europa. Conocimos Fornells, otro precioso puerto pesquero y turístico, donde es típica la caldereta de langosta y que quedaba cerca de donde estaba el hotel en Arenal d’en Castell, y subimos a la torre defensiva. Cerca  también quedaba  el punto más al norte, el Cap de Cavallería, con su famoso faro.

            Descubrimos calas que no conocía, de aguas cristalinas de color turquesa con sus praderas (mal llamadas algas) de posidonias, que son las responsables de tal maravilla. Nos recomendaron Cala Galdana, un rincón maravilloso; el pueblecito en miniatura de Binibèquer, rememorando un antiguo pueblo de pescadores; Son Bou, con su playa grande y larga de arenas finas; Cala Turqueta, Macarella, Cala en Porter, Cala Addaia…

            Subimos al Monte Toro, la cima más alta, desde donde se puede apreciar toda la isla. Te recibe un Sagrado Corazón y una iglesia con maravillosos tapices (y un montón de antenas).

            Tocaba ver la Cova d’en Xoroi al atardecer para contemplar la puesta de sol. Impresiona donde está; es un acantilado grandioso. Bajas y bajas escaleras, con terrazas imposibles, hasta la Cova, en la que hay una sala de fiestas. Conseguimos por fin una mesa en una terraza para tomar una “pomada” bebida típica, y entonces la vi: “LA CHINA”.

            Se acercó a la barra una pareja joven con una niña. Eran chinos y me quedé gratamente sorprendida: ella calzaba sandalias planas, vestido moderno largo, chal y bandolera. Va mejorando la raza –pensé–. Era la primera vez que veía a una china tan alta y tan guapa y entonces pensé en un libro que habíamos leído en el Club de Lectura que nos gustó mucho y nos impactó, pues al principio cuenta el sufrimiento indecible de la reducción de sus piececitos con agua caliente y vendajes, ya que iba a ser su mejor atractivo sexual.

            Nadie como Pearl S. Buck para hablar de las costumbres ancestrales de ese país milenario. Tengo una trilogía: La buena tierra, Viento del este, viento del oeste y La estirpe del Dragón. También he leído La madre. Ahora sigue siendo la tierra de grandes estructuras, todo a lo grande…

            Seguimos viendo y perdiéndonos por Maó y Ciutadella, con sus monumentos y casas típicas de los tiempos de dominación británica, sus tiendas llenas de las sandalias menorquinas –imposible resistirse– y de sus famosos quesos, sus poblados talayóticos de piedra y sus caballos negros, como de seda brillante, que salen en Ciutadella en las famosas Fiestas Ecuestres de San Joan.

            Pero también es una isla cuidada y mayormente virgen y así la quieren conservar.
                                                          
Mª Eulalia Delgado González©

viernes, 5 de abril de 2019

QUINCE AÑOS




            Una vez tuve quince años… Y de repente me acordé de una libretita, pequeña y roja, guardada como reliquia colegial; plena época de los años sesenta, en el internado. La busco y, cuando la encuentro y abro sus pequeñas páginas, alucino en colores de lo que pude escribir con letra pequeña (y tan pequeña…). Primero, las señas de todas mis amigas, algunas de pueblos de la provincia. Sigue con dos versos: El arroyuelo y Tus lindos ojuelos; por lo visto, anónimos.

            Una poesía…

                        Marcharse es morir un poco,
                        Pero es tan dulce volver
                        Que dan ganas de marcharse
                        Para volver otra vez…

            Una oración a la Virgen María.

            Una canción de folklore colegial.

            Cinco proverbios: No hay virtud más eminente que hacer, sencillamente, lo que tenemos que hacer…

Un montón de tan-tanes.

Dos versos de Lope de Vega: Montañas heladas y El campo en mayo.

Un verso de José Zorrilla: La luna.

La letra de tres canciones: Que te deje de querer, de Los Sirex; Quisiera, de Raphael, y Muñeca de cera, de Sandie Show.

Cincuenta títulos de discos: Los Brincos, Dúo Dinámico, Miguel Ríos, Los Beatles…

            Y vuelves a verte en aquella época de colegiala. Buenos y a veces no tan buenos recuerdos. ¡No entendía lo de los castigos colectivos!

            Pero llegaron las vacaciones. Venía la moda Op Art. Mi madre, muy moderna ella, en un viaje a Oviedo compró una tela muy original, azul, blanca, y cuadritos azules y blancos. Me hicieron el consabido vestido, que estrené en mi cumpleaños, del que tengo testimonio fotográfico. La primera vez que me vestí de mujercita, bolso blanco y zapatitos de medio tacón.

            Habíamos formado una pandilla. Éramos ocho amigas del colegio y otros ocho o más chicos. Algunos estudiaban fuera y los demás, aquí. Total, que quedábamos por las tardes en un banco del bulevar, y paseo viene y paseo va, contándonos nuestras cuitas. Los domingos, todos al cine en pelotón. Cuando había alguna romería por los contornos, dábamos caminatas y, en las Fiestas de la Patrona, bailábamos en las verbenas con la Orquesta Cubanacán –era muy buena y se estaba haciendo muy famosa–. Los padres quedaban, mientras, en las terrazas de alguna cafetería y raro era que nos dejasen algo más que hasta las doce. La orquesta tocaba en Pista Río, que era donde estaban las piscinas, y alguna que otra tarde aterricé con amigas para darnos “un cole”.

            Había que aprovechar el verano. A la playa con los papis si hacía bueno. En septiembre, otra vez al colegio hasta Navidad, pero esas fiestas son más familiares y hace frío, con lo que no era igual; y las de Semana Santa, muy cortitas y de procesiones.

            ¡Hasta el siguiente verano, en que cumpliría los dieciséis!

Mª Eulalia Delgado González©

viernes, 15 de marzo de 2019

LA HORMIGA Y LA ORTIGA.




            En el hormiguero pesaba el desánimo. Se acercaba el invierno y los almacenes estaban casi vacios. Además, las ortigas iban invadiendo el terreno. Gracias a unos troncos que llevaban tiempo allí y de los que nadie se acordaba, podían coger alguna que otra larva; además, eran pocas. Sus huestes habían quedado muy mermadas desde la última incursión a la casa más cercana; se salvaron unas pocas de milagro. ¡Con lo bien que lo habían desarrollado!, pensaba una de ellas. ¡El olor del azúcar pudo más que la prudencia!

            ¡A ver! La casa estaba lejos para nosotras, pero enfilamos de una en una, trepamos la pared, entramos por la junta de la ventana, bajamos y seguimos por debajo, a ras de los muebles de la cocina, volvimos a subir igual por los muebles de la parte alta y, cuando el olor se hizo irresistible, nos fuimos metiendo dentro del armario. ¡Y allí estaba nuestro tesoro: un hermoso paquete de azúcar, abierto para nuestro deleite! Lo llenamos todo, ¡qué gozada! De repente una mano abrió el armario y pegó un grito enorme:

            –¿Qué es esto? ¡Hormigaaas…!

De un manotazo, cogió el paquete y nos tiró a la basura. Todo quedó en silencio por unos instantes, hasta que un olor intenso lo invadió todo. Esperamos hasta intentar salir de allí  y regresamos al hormiguero.

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            No muy lejos de allí…

            –¿Qué haces, Estrella?

            –Un bocadillo, mamá. He quedado con Marta y Ángela para ir a merendar al monte.

            –Va a ser que no iréis muy lejos. Tendréis que llevar a Carlitos, yo tengo que ir al pediatra con el bebé.

            –¡Mamá, que tiene tres años!

            –¡Pues lo lleváis de la mano entre dos y así se cansa menos, y le haces una papilla de frutas y la metes en un tarro.

Carlitos entró en ese momento a la cocina.

            –¡Yo tero bocadillo chorizo!

            –¡Papilla de frutas con unas galletitas!, ¿vale?

            Carlitos se quedó más contento. Su hermana siguió haciendo el bocadillo un poco más grande.

–¡Si te portas bien, te daré un trozo de lo mío! –dijo
.
            Repasó lo que iba a llevar: botellín de agua, bocadillo y servilletas, un plátano y el tarro de frutas. Lo metió todo en una pequeña mochila y, de la mano de su hermanito, salieron en busca de sus amigas, que, en cuanto vieron el panorama, torcieron el morro; pero al rato lo cogieron entre las dos, dándole saltitos en el aire con el consiguiente regocijo del niño:

–Un, dos, tres… ¡Yupiii…!

            El pueblo acaba y enfilaron una pequeña cuesta donde las casas ya estaban más diseminadas y el verde se hacía cada vez más visible, hasta que vieron vacas paciendo plácidamente.

            –¡Vacas, vacas! –decía Carlitos, alborozado.

            La tarde de sábado estaba preciosa y disfrutaban riendo y contándose sus avatares colegiales.

            –¡Teno hambre! –dijo Carlitos.

            –¿Tan pronto? –contestó Estrella.

            –¡Sííí…, teno hambre, teno hambre!

            –Bueno, bueno –dijo Ángela–, podemos merendar en aquellos troncos de allí, que el suelo está húmedo de haber llovido anteayer…

            –¡Aquí hay muchas ortigas! –dijo Marta.

            –Da igual –contestó Estrella–, le damos la merienda a mi hermano; si no, nos va a dar el cante toda la tarde.

            Dieron unos saltitos, con cuidado de no ortigarse, y se sentaron en aquellos troncos tan estupendos.

            Estrella sacó su bocadillo con la servilleta y lo puso encima del tronco para sacar el tarro de fruta.

            –¡Tero bocadillo, tero bocadillo! –decía Carlitos.

            –¡Cuando te comas las frutas!

Pero llagó tarde. El bocadillo cayó hacia la parte de atrás de los troncos, donde las ortigas estaban gigantescas.

            –¡Dale de merendar a tu hermano, y ya veremos cómo lo cogemos después! –dijo Ángela.

            Carlitos merendó y se quedó muy satisfecho, pero cuando volvieron a mirar el bocadillo vieron con estupor que estaba lleno de hormigas…

            ¡Solo ellas y nada más que ellas estaban contentas!
           
                                       Mª EULALIA DELGADO GONZÁLEZ©

sábado, 16 de febrero de 2019

MASAJITOS




Es invierno. Hace un día tremendo y Lourdes decide pasar la mañana haciendo algo útil; se pondrá a revisar armarios. En un cajón se topa con una bolsa de tela. “¿Qué tengo yo aquí?” No se acordaba. Sacó dos jerséis muy bonitos, de colores. Uno se lo había confeccionado hacía bastantes años en rojo blanco y negro con unos ciervos, que le había costado mucho hacer; el otro era obra de su madre para que lo llevase a esquiar, todo de dibujos en tres colores. Se lo vio hacer durante tiempo, y eso que parecía una máquina. “¡Qué bonito mamá!”, le decía. Así que un día decidió guardar su jersey con el de ella, como reliquia familiar.

            Se acordó del día que lo tenía que estrenar. ¡Qué tiempos aquellos! Dieciocho años, ¡quién los pillara! Trabajaba en una oficina, pero los domingos de invierno apuraba hasta no quedar un copo blanco en la estación de esquí. Iba con mis amigas en el autobús de la Deportiva, que era socia. Me eché a reír recordando los primeros tiempos de culadas y arrastradas y maravillándome de cómo subían y bajaban los pequeños que pululaban alrededor.

            Aquel iba a ser un día especial, estrenaría por fin el jersey. El domingo anterior había nevado tanto que el autobús tuvo que quedarse en el pueblo cerca de la estación y nos tuvimos que conformar tomando calditos calientes por los bares y haciendo guerras de bolas. Fue divertido.

            Pensaba disfrutar del día; además, ya había dado alguna clase. Sabía dar la vuelta María, el paso del patinador y hasta hacer cuña.

            Lo tenía todo preparado en mi habitación. Los esquíes atados y limpios, las botas engrasadas y el pantalón con su maravilloso jersey bien colocado. “¡Que no se olvide nada!”, pensé. “Anorak, guantes y gorro. ¡Bien!” ¡El billete! Lo tenía, lo tenía… desde el martes anterior, para no quedarme sin ir.

            Puse el despertador y a dormir. De pronto me desperté y me levante de la cama para salir huyendo de algo que había soñado, pero tenía una pierna dormida y se torció un tobillo. “No es nada”, pensé. Miré el reloj. “¡Todavía no es hora!” Y me volví a dormir.

            Sonó el despertador y, cuando puse los pies fuera de la cama, vi con desconsuelo que tenía el tobillo hinchado y amoratado. ¡Imposible ir! Me fui hasta el baño como pude. En el botiquín, solo había alcohol de romero para tal fin, y allí me quedé, llorando en silencio para no despertar a nadie, dándome “masajitos”.

                                                                Mª Eulalia Delgado González©

jueves, 17 de enero de 2019





Semblanza: Tú, mi esposo, compañero y amante, fuiste, eres y seguirás siendo mi referente en la vida.

Este año entramos en el que celebraríamos nuestras bodas de oro, pero, como me decías en el verso de nuestro veinticinco aniversario “Los vaivenes de la vida, caprichosos, nos juntó”, también caprichosamente al otro lado te llevó. Te necesitaba nuestro hijo; yo aquí sigo, quedándome con dos.

Con tu carácter alegre y tu fe inquebrantable en Dios, me hiciste ser mejor. A veces te sobraba genio, pero la balanza de la vida se inclinaba con mucho a tu favor. A  veces no quedaba más remedio que anteponer el trabajo y, como marino de profesión, recorriste mucho mundo y adquiriste mucho conocimiento de la Creación. Pero la familia era lo primero. La Navidad fuera de casa, un suplicio; pero cuando se podía, un follón alegre y bullanguero, que en tu recuerdo seguimos celebrando con animación.

La vida sigue, ya con nietos, recordándote todos en las fotos que metí en álbumes, haciendo un montón.

A veces me decías que, si yo moría antes, te meterías a cartujo.
–¿Cartujo tú? ¿Nada menos que cartujo? ¡Con lo que habla, Señor…! –te decía yo.

Sigo junto al mar, ese que tanto amamos y que tantos sustos da, pero que aquieta la mente cuando plácido está.

            Pensaba…

            Sentada en la roca,

            La mirada perdida

            Y en meditación sumida.

            Pensaba…

            Tantas cosas…

            En nuestro amor, vida mía,

            Mirando siempre en el agua.

           
                                               Mª Eulalia Delgado González©
                                                           12 Enero 2019

viernes, 14 de diciembre de 2018

LA CENA


           


Más que “la cena”, eran “las cenas”. Me tengo que remontar a cuando vivíamos en Madrid, a esas noches de verano, a veces un tanto agobiantes, pero con una suave brisa de la sierra que las hacía más soportables.

            Era cuando la parte norte de la casa tenía entonces más protagonismo. Habíamos hecho un patio, con una mesa redonda de piedra en el centro y sus cuatro bancos abrazándola; enfrente, la barbacoa de obra; en un lateral, puse rosales altos y bajos y, a ambos lados, dos encinas enormes creaban un ambiente más acogedor. En época de cosecha, llenaba calderos de bellotas que desgraciadamente tiraba (os aseguro que intenté asarlas –como si fueran castañas, me decían–, y hasta hice varias tartas que, al final, era yo quien acababa con ellas). Después he sabido que se usan en confitería, fileteadas y tostadas a modo de almendras, y hasta probé un licor hecho con ellas, delicioso.

            Detrás de la barbacoa, pusimos un seto de arizónicas para disimular el tendedero, donde, en invierno, las manos no las sentía al poner las pinzas en la ropa. A continuación, en la esquina de la parcela, había una pequeña huerta con unos cuantos frutales que me empeñé en hacer sacando cientos de piedras, ¡pero lo conseguí!

            Era en esas noches, con el olor penetrante de las jaras que inundaban las parcelas sin edificar, cuando hacíamos alguna que otra cena con amigos de la urbanización. Daba igual que fueran unas chuletillas, ruedas de bonito o sardinas; todo quedaba muy apetecible. Éramos más jóvenes y cualquier pretexto era bueno para estar juntos, reír un rato y llevar una tertulia. Si era fin de semana y sin prisas, se alargaban, y hasta hacíamos queimadas con orujo gallego y el conjuro en verso que le habían regalado a mi marido allí.

¡Tiempo para el recuerdo! La última foto que tengo de ese sitio fue ver a los gorriones comiendo las migas de pan que les eché para despedirme de ellos en un día frío y triste de marzo en que nos vinimos a Santander.

                                                          
Mª EULALIA DELGADO GONZÁLEZ
                                                                                  Diciembre 2018