Mostrando entradas con la etiqueta ANGELES SANCHEZ GANDARILLAS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ANGELES SANCHEZ GANDARILLAS. Mostrar todas las entradas

lunes, 13 de febrero de 2023

DIGNO HEREDERO DEL HUMOR NEGRO

 



 

—Hola, abu. He de escribir sobre el humor negro, y dice papá que tú lo utilizas a menudo. ¿Podrías ayudarme?

—¡Por supuesto! ¡Y te he dicho mil veces que me llames Pepe, o te llamaré nieto en vez de Tito!

—Disculpa, ab… Uy, quise decir Pepe. ¿Con humor negro se pueden escribir poemas alegres?

—Claro, lo hago cada día.

—Entonces, ¿por qué solo editas los tristes?

—Porque se venden mejor.

—¿Lloras al escribirlos?

—Algunas veces.

—¿Qué tal te llevas con la esperanza?

—¿Acaso no ves que todavía respiro aunque sea con la botella de oxígeno?

—Dice la abuela que eso te pasa por fumar como una nuétaba. Por cierto, ¿qué animal es?

—¡Vaya con tu abuela! La nuétaba es de la familia de las lechuzas. Verás, en la cárcel pasé tantas ganas de fumar que, aún libre, no se me quitaron.

—¡Bonita disculpa! ¿Qué piensas de las fronteras?

—Que no las hay. Mira, viví dos posguerras, una guerra, la cárcel y una dictadura, y creo que la única frontera está entre vivir y morir y, de momento, vivo.

—¡Uy, si no cambio de tema, me va a contar sus batallitas! ¡Ah, ya sé!, le preguntaré sobre su forma de escribir; total, no ha sacado a relucir ese humor negro que decía papá. Pepe, nunca te escuché decir “sí”; tampoco lo he leído en tus poemas.

—Chaval, esas dos letras no las uso ni dentro de palabras donde conserven ese orden. La última vez que las dije, me costó años de cárcel.

—¿Y cómo dices “sí”?

—Con un gesto.

—¿Y cuando escribes?

—Simplemente, lo hago con otras palabras: afirmo que, lo confirmo… Tito, te estás poniendo cargante, y te voy a mandar al carajo.

—Venga, hombre, que sólo es por curiosidad. ¿Y cómo dices “siete”?

—Seis más uno, u ocho menos uno. Y con las cifras que contengan ese número, lo mismo.

—¿Y “sílaba”?

—No la escribo ni la mento.

—Perdona que insista. ¿Y “sinónimo”?

—¡Eres más pesado que un ataúd llevado a mano alzada! Digo: palabra equivalente de...

—Cuando te casaste, tendrías que decir sí, porque, no me creo que lleves así toda la vida.

—Estaba afónico y no tuve que aplicar mi norma.

—He observado cómo te comportas, y me da la sensación de que eres rarito.

—¡Ahora resulta que eres antropólogo social!, ¡y yo con estos pelos!

—¡Pepe, si valen las puyas, yo también lo haré: ¡y tú hablas de pelos, pero tienes la cabeza como una bola de billar! Lo digo porque en la cantina te apartas de los demás, y en casa, de nosotros.

—Sólo lo imaginas, que no somos siameses. Intento coexistir cuando escribo.

—¡Te he pillado! Has dicho la palabra “sí” en coesistir!

—Coexistir se escribe con equis, ¡y quítate la boñiga de los ojos, Tito, que te impide ver las normas ortográficas!

—Abu, si no te importa, ¿podemos seguir pasado mañana?

—¡¡Qué te dirijas a mí como Pepe!! —Este chaval no se entera de nada, qué castigo... Vale, ‘nieto’, quedamos, a no ser que tenga que acudir al entierro.

—¿Qué entierro?

—¡El mío!

—¡Ahhh! Pues dame un beso de despedida, por si acaso…

 

©Ángeles Sánchez Gandarillas

lunes, 14 de noviembre de 2022

EL LUCERO DEL OLVIDO

 



(Letra de fandango).

 

¡Qué inacabable este túnel,

buscando vetas de olvido

que se enmascaran de tumba

con mi corazón herido,

que tirita y se derrumba!

 

Sus ojos son lunas negras

entre el blancor de los días

que me abrasan como hielos

y embelesan las heridas

debajo de mis desvelos.

 

Su sombra no se deshace,

ni tampoco el amorío,

desangrado con mentiras,

que mancha de rojo el río

con mi corazón a tiras.

 

Y moriría cantando

al lucero del olvido

por sofocar mi condena

con el llorar descosido

si así ahogara esta pena...

 

Mas, cuando escampe Nostalgia,

he de sembrar tierra y vida

con amores sin abrojos

y la lección aprendida:

no regar en falsos ojos.

 

Me has de pedir: ¡luz, más luz!

cuando salgas de tu sombra…

Mas cerraría los ojos…:

ya no eres luz, ni yo, alfombra

que rasgaste con antojos.

 

©Ángeles Sánchez Gandarillas

lunes, 24 de octubre de 2022

SIN FEBRERO (Seudónimo: Agua)

 

Escrito seleccionado para su lectura el día 19 de octubre de 2022 en la inauguración de la 14ª edición del Taller de Escritura, curso 2022/2023, de San Vicente de la Barquera.    

 

 

SIN FEBRERO fue el poema ganador en el I Certamen de Cartas de Amor 2021 del ayuntamiento de Astillero. SIN FEBRERO es una adaptación de otro poema, OBSCENIDAD, que escribí para el Taller de Escritura en diciembre de 2019, con el tema VACÍO, propuesto por su director, José-Pedro Cladera.

 

 

SIN FEBRERO

(Seudónimo: Agua)

 

Te escribo porque no tengo otra

posibilidad de comunicar contigo

desde que nos enfadamos en enero…

 

Has de saber que me siento

como un año sin febrero y una noche

condenada a no amanecer, y que apenas soy;

por eso mendigo tu respuesta.

 

Cada día me despierta el mismo sueño,

donde hablamos tras cruzar infinitos

a bordo de perfectos frenesís,

adornando tus oídos con aretes de diamantes:

“cada segundo te quiero más”…

 

Y me embriago de esperanzas

bajo la tibieza generosa de las sábanas,

y no quiero levantarme

para replantar ilusiones en la maceta Paciencia

―desde que no estás, todas se marchitan,

incluso las fantasías;

es como plantar en un vacío–.

 

Y mis dedos se hacen memoria entre tus poros;

veo tu mirada, ámbar y volcán;

rememoro tu voz en escalofríos de nostalgia

y escucho, de memoria,

nuestras risas trenzando ternuras

atadas con anhelos infinitos.

 

Risas incontenibles que aflojaban

nuestros cuerpos y avivaban el pulso

sin saber de qué reíamos.

E imagino que vivimos

bajo el sol del tiempo,

cultivando amores e ilusiones,

vaciando los relojes de ausencia

y llenando este sin ti.

 

Y al abrir los ojos, vuelvo a sentirme

año sin febrero porque…

se marchó contigo.

Pero, si vuelves a mí,

estrellaremos los vacíos

contra el tiempo de desamor,

y encarcelaremos las discordias

para corregir esta realidad

maniatando al maldito desacuerdo.

 

Y quiero pensarnos

rebosantes de armonía. De felicidad.

Y dejar de sentir vacíos

para crear presentes desmemoriados,

retomándolos cada segundo en un para siempre.

Y por fin, seremos un único mundo,

y uno ante el espejo, Amor,

donde el dolor se apagará, tan solo, con tenernos.

 

Ansío tu respuesta, una pizca de ti,

para poder crear otro febrero,

si aún me amas...

 

Te amo desde ayer, ahora y para siempre.

 Afro

 

©Ángeles Sánchez Gandarillas

jueves, 16 de mayo de 2019

LO ÚLTIMO




El espía americano, Donald Archer, fue capturado cuando recopilaba información desde un edificio cercano a la sede del Servicio de Inteligencia e Investigación del Ministerio de Seguridad del Estado (MSE), en Pekín. En el piso, su base de operaciones, encontraron micrófonos y cámaras espías, microfilms, documentos y el control, exhaustivo, sobre las entradas y salidas de los miembros de la MSE y de los altos cargos del ministerio de exteriores chino. Los agentes asiáticos le habían localizado unos días antes; lograron identificarle por medio del contraespionaje chino en la CIA.

Una vez detenido, fue sometido a un interrogatorio con torturas refinadas y sicológicas. Inyectándole el suero de la verdad, lograron averiguar en qué consistían los propósitos de espionaje de la CIA. Intentaban desentrañar los posibles contactos con otros países, las armas nucleares y de alta tecnología que fabricaban y la formación de militares para manejarlas. En aquel interrogatorio consiguieron las claves para comunicarse con la central americana, con el fin de seguir enviando informes y evitar que se descubriera su detención. Para ello, remitieron datos ficticios y de poca relevancia, mientras preparaban la forma de introducirse en la Agencia Central de Inteligencia americana suplantando a Archer, uno de los planes más audaces que habían acometido hasta ese momento.

Entre los integrantes del MSE estaba el hombre adecuado para ese proyecto, Chu-Lo-King, hijo de irlandés y china, y que dominaba, casi a la perfección, el idioma anglosajón. Su aspecto era similar al de Archer: edad, altura y complexión, cabello y barba cobrizos, pero con ojos achinados. Chu-Lo-King fue sometido a una operación facial, cambiaron la forma de sus ojos y le trasplantaron las huellas digitales de Donald Archer para conseguir acceder a los departamentos de la CIA, y mantuvieron vivo al americano hasta comprobar el resultado de las intervenciones quirúrgicas.

Durante la recuperación le instruyeron para que se comportara con el carácter, autosuficiente y orgulloso, de los norteamericanos, y cambiar el saludo tradicional de reverencia, sin contacto físico, por un apretón de manos.

Un mes y medio después, Chu-Lo-King era el doble perfecto de Donald Archer. Enviaron un mensaje a la CIA, donde comunicaba que había sido descubierto por los agentes chinos y que debía regresar lo antes posible, para poner a salvo su vida y toda la información recopilada hasta entonces… El doble de Donald Archer tomó un vuelo con destino a Estados Unidos, aeropuerto Internacional John F. Kennedy, y desde la misma terminal cogería otro avión hasta Virginia, donde se encontraba la sede de la Agencia Central de Inteligencia.

Durante el viaje, Chu-Lo conversó con sus dos compañeros de viaje, americanos, y lo hizo con desenvoltura. Hablaron de sus diferentes destinos en América. Uno de ellos volaría en el mismo enlace hasta Virginia. Conversaron sobre Richmond, su universidad, de los lugares emblemáticos de la ciudad… Incluida en esa charla, la admiración de ambos por el pecho prominente de la azafata que los atendía. El pasajero de la derecha, un ganadero fuerte, alto y de tez morena, que no se desprendió de su sombrero tejano en todo el viaje, bebía constantemente, dormía la borrachera durante horas, y despertaba para volver a beber; tan solo una vez habló para decir que Texas era el mejor estado para vivir, que su rancho se extendía hasta México y que, tanto ellos dos como todos los que vestían traje y corbata, eran unos blandos.

Chu-Lo voló hasta Virginia en un asiento individual de primera clase. Durante el trayecto repasó, mentalmente, el plano del edificio OHB de la CIA, en Langley, y de los departamentos de investigación sobre China. Tras el aterrizaje, tomó un taxi para llegar a su destino. Una vez allí, mostró la tarjeta de identificación a los guardias de seguridad de la entrada al recinto, logró acceder al edificio sin problemas y con las huellas digitales, trasplantadas de Archer, que le abrieron paso hasta el departamento donde le esperaban.

Nadie desconfió de él, excepto el director, que no cesaba de mirarle… Expuso, durante dos horas, los secretos que, supuestamente, había recopilado en sus investigaciones: las cifras del armamento nuclear y tácticas de defensa, las posibles alianzas con otros países, y varios nombres de miembros activos del contraespionaje chino en Norteamérica.

El director le felicitó, aunque Chu-Lo-King percibía su desconfianza. Ordenó que trajeran licores para celebrar el éxito de la operación. Ofreció un whisky con soda al espía. Chu-Lo aceptó la bebida y dijo:

–Muy amable– y agachó la cabeza en el gesto de reverencia chino.

Lo último que vio fue el cañón de un 9 mm. cerca de su frente. Y lo último que escuchó fue la detonación del disparo.

Tanto Chu-Lo-King como Donald Archer fueron enterrados bajo tierra extranjera, pero en el mismo cementerio: el nuevo acuerdo, comercial y de armas nucleares, chino-americano.

Ángeles Sánchez Gandarillas©

miércoles, 25 de abril de 2018

LA PREGUNTA


SIN …
 Imagen relacionada
Madrugo para percibir los aromas invernales.
Observo y envidio al rocío
deshaciéndose en vaho que acompaña
el adiós de lunas y estrellas;
¡si pudiera disolver así mis incertidumbres!

Aspiro ese aire neto que se autoproclama único
para despejar. Quizá su suspiro in crescendo
revele respuestas; resplandeciente,
galopa a lomos del silencio y este, entre vaivenes de luz y noche,
multiplica sus crines sobre el espejo gigante del estuario.

Luz y sonidos se desperezan
con la rutina de costumbre,
maquillando con pericia las ojeras de esta luna,
insomne y apática, que, como yo,
rezuma pesadillas tras el concierto de rock
nocturno y obstinado de los segundos.

Quizá mis ansiadas respuestas
se escriban en renglones de nubes.
Quizá reposen en las líneas, desordenadas y efervescentes,
tras otra resaca de marejada,
acariciando playas y resbalando en vértices rocosos,
donde su espuma expira con himnos de vida.

Sobre ella puedo leer mi presente,
espejismo efímero que, en una exigua tregua,
es desbancado por pasado y futuro.
La naturaleza me responde tan machaconamente
como padres que, ante la insistencia de sus hijos
para salir solos, advirtieran:
“Antes, cumple tus obligaciones;
ten cuidado; ve despacio”… O quizá
refute a Aristóteles con una nueva teoría:
El arrepentimiento no tiene ‘razón’ de existir,
porque lo hecho, hecho está.

Renglones y respuestas parecen diluirse.
Culpo al sol, precoz y descarado,
por deslumbrarme.

Repaso estos renglones que, como la vida,
la mañana y la noche, van y vienen,
anulando presuntas certezas
con otras distintas que, pareciendo mejores,
serán, igualmente, eliminadas.

Vuelvo a casa.
Enderezo mi figura para ver ese horizonte,
dueño de todas las respuestas
pero que, cuanto más caminas hacia él,
más se separa de ti. Hoy, sin embargo,
logré descifrar una advertencia en su bruma:

‘¡No te hagas más preguntas!,
porque, hasta yo, ignoro la utilidad
de la lluvia en el mar y la luna de día’.

©Ángeles Sánchez Gandarillas

sábado, 3 de febrero de 2018

EL BESO

BESO PERDIDO
Resultado de imagen de BESO DE PELICULA

Al leer mi poema,
preguntaste por tu beso,
ese que te correspondía…
También me pregunté
dónde estuvo perdido.

Quizá se escabulló u olvidé recogerlo
entre ternuras distraídas;
quizá se distrajo con amores de paso
donde es posible que se desorientara
tras pasiones y abrazos borrosos…

Sé que ese beso se equivocó
algunas veces,
cuando recorría atajos por amores
no correspondidos;
tampoco pudo nadar en otras almas,
porque su cariño ocupaba demasiado.

Es posible que este beso
estuviera esperando, simplemente,
el verdadero amor.

Quizá mi beso permaneciera escondido
para entregarse ahora,
única y exclusivamente para ti.

©Ángeles Sánchez Gandarillas


jueves, 18 de enero de 2018

MANÍAS




TINTA INVISIBLE
Imagen relacionada
Mientras conversábamos en grupo, salió a colación una palabra que me supo picante: manía. Se dijo de ella que tenía muchas y diferentes definiciones, porque no era lo mismo tener manías que te tuvieran manía o ser maniaco.
Comencé a rebuscar en mi interior para saber si tenía alguna manía o si se la tenía a alguien. Decidí que no poseía ese defecto o cualidad. Automáticamente, supe que no entraría a formar parte de esa estadística –odio las estadísticas–, aun a sabiendas de que entraría en otra: en la de los que no están o estamos en la primera.
Lo que sí creo tener es la peculiaridad de leer entre líneas o escuchar entre ondas los medios de comunicación. Esto comenzó tras investigar unos datos periodísticos de principios del siglo IX, donde los malos políticos tenían la misma manía que los actuales: creerse superiores e intentar establecerse en el poder de por vida, sean o no autócratas, y tener la convicción de convertirse en inmortales o algo parecido. También tenían tendencia a mudarse en infantes malcriados y caprichosos en busca de su propio interés y hablaban únicamente del bien común en las elecciones o en discursos rimbombantes.  Ya lo decía mi bisabuelo: “Dios me ponga donde haya, que de coger ya me encargo yo”.
Por lo que quedarían dos opciones: la primera, leer y escuchar todos los medios para obtener una opinión de la media… Compruebo, asombrada, que mi criterio también puede ser partidista.
La segunda opción sería no hacer caso, o querer creer que hay políticos honrados y que desarrollan esta labor como es debido. La mayoría de ellos son destituidos, dimiten por la desagradable y vomitiva experiencia de ejercer la mala política, y otros que fallecen… ‘como de improviso’.
Ligada a la definición de política, me pregunto por qué llamaremos “familia política” a los familiares de nuestra pareja. ¿Tendrá ese calificativo algo que ver con la ofensa o la indiferencia…? ¿O será para endulzar las palabras suegra y suegro, que suenan ácidas y resecas? Ay…, mejor dejo el tema.
Descubrí en mis recuerdos otro factor que podría calificarse como un trastorno u obsesión: imaginar. Es posible que una de las causas fuera que nuestro padre, desde muy pequeños, nos leía cada noche antes de dormir, a pesar de llegar agotado del trabajo, y a la luz de una vela, dado que carecíamos de luz eléctrica, no porque yo naciera a primeros de siglo, sino porque estábamos alejados de núcleos poblados y, por esa causa, a la compañía eléctrica no le era rentable conectarnos.
            Eso y el aislamiento de aquella casa, rodeada de montes, animales domésticos y  silvestres –algunos, fieros– y por lindes de caminos que sospechaba sin final y, menos aún, que llegaran a lugares con más personas –porque, excepto mi familia, sumada a la llegada esporádica de obreros para la recolección de manzanas, la siega en verano y la tala de los eucaliptales que nos rodeaban, así como las escasas visitas de familiares, no había nadie más–, acrecentarían mi fantasía infantil.
Eso cambió al comenzar a ir a la escuela, que estaba a varios kilómetros de la casona colonial en la que habitábamos. Se añadió otro sumando singular: mi curiosidad vestida de un insaciable ‘por qué’, que dio lugar  al producto que me llevó al interés por la lectura, la escritura y la búsqueda del significado de las palabras. Todo esto, incluida la integración en un grupo social que desconocía, colmó de sorpresas mis ojos y oídos.
Y en esas me encuentro todavía.
            Intentaba levantar aquellas pequeñas alfombras de palabras de su suelo blanco y me asombraba descubrir lo que guardaban debajo. Aquellas letras que formaban las palabras me parecían trenzas que desmelenaba a mi antojo para averiguar de dónde procedían, para qué sirvieron, por qué cambiaron… Las separaba, mezclaba y destripaba hasta llegar al fondo del fondo. Me maravillaba saber y manejar todas esas grafías. Es etimología, pero yo lo llamé “diversión en blanco y negro”.
            El primero de mis experimentos fue separar la palabra paraguas, ‘para-aguas’, y me gustó el resultado: artefacto para parar el agua y más elementos. La segunda palabra que manipulé fue separados, ‘sé-para-dos’ y ‘separa-dos’. Curiosa palabra que, con una sola tilde, obliga al trío; sin ella, a un adiós o al mandato de separar a dos.
En el largo camino hasta el centro escolar, recorría lindes de bosques y montes. Mis padres me prohibían atajarlos, para evitar un insecto, la garrapata, porque se agarra con las patas y su boca de dientes en la piel de los animales o en la nuestra. La tentación era grande y separé esa palabra, ‘garra-pata’, y le di este significado: tenaz, sádica, vampírica y feroz…
            La escuela hizo de mí una buscadora insaciable de palabras y respuestas en verbos, adverbios y adjetivos que desmenucé, mejor dicho, diseccioné, y recosí… Así comenzó este devenir de preguntas y respuestas; había muchas, muchísimas, hasta en la asignatura de Religión, que, según decían los maestros, estaba todo muy claro, pero que a mí me producía sarpullidos cuando tocaba esa clase.
Nunca comprendí lo que denominaban milagro ni mandamiento o pecados. Según mi código, ‘manda-miento’ significaba mandar pero mintiendo; diseccioné ‘peca-dos’ y encontré que guardaba contrasentidos, porque para pecar no hacían falta dos, con uno era más que suficiente y, además, se podía pecar un montón de montones de veces.
Tampoco concebía que un dios pudiera castigar y hasta condenar con guerras, terremotos, huracanes y carencias varias, si tenía el poder de crear o evitar todo eso porque Él era sobrehumano: ‘sobre-humano’…
Imaginé que Mefistófeles, otro ente ‘sobre-humano’ pero maligno, y Dios tenían disputas para ejercer su poder y que, cuando ganaba el demonio, se desataban los cataclismos. El duelo se solucionaba, eso creía yo, jugando a los bolos en el cielo, y cuando el demonio tiraba todos los bolos, incluido el emboque, producía truenos espeluznantes para cuerpo y alma y estallaban los desastres por toda la Tierra. Ese pensamiento infantil me dio pesadillas. Muchas. Y siguen, porque el demonio parece ganar demasiadas veces o… se hace mejor publicidad.
Los adjetivos, sustantivos, propios y comunes, conjugación de los verbos, matemáticas y latín me produjeron y producen grandes satisfacciones en este devenir… ¡Hum!, ´de-venir’… Uf, si lo analizo bien, pude padecer algo de manía.
Por entonces, una vez a la semana y en el momento en que la luna empujaba sin miramientos al sol, mi padre se reunía con algunos amigos en la inmensa cocina de la casona y escuchaban una radio de galena y una emisora, ¡sin música; aburridísima!
Mi padre había conseguido que, pagando el precio de su mejor vaca lechera, llegara la luz a bordo de un cableado sujeto en postes escuálidos que tan pronto se ladeaban de un lado como del otro, dependiendo del viento –nunca estaban derechos–, como azotados en el suelo, donde los cables soltaban chispas que parecían estrellas de tierra.
El vozarrón que todos ellos tenían, del que hacían gala en otras ocasiones, se volvía un ligero murmullo; eso me intrigaba.
Una vez los sorprendí cuchicheando sobre una tal Dictadura… En principio, creí que era una persona malísima. Nunca había oído hablar de ella, ni siquiera en la escuela. Supe de su importancia cuando busqué su significado en el diccionario; la analicé y separé con rabia, ‘dicta-dura’: algo o alguien que ordena y que ahoga con hambre, injusticia, cárceles, etc., por, solo, tener una idea diferente. Era salvaje y sanguinaria, rencorosa, asesina… Intenté suavizarla con un pequeño cambio, ‘dicta-blanda’, porque dictar hay que dictar, pero con algo de ternura; seguro que se aprendería y viviría mejor.
Más tarde, llegaron a mis oídos infantiles, entre sus rumores mientras escuchaban la emisora, palabras sueltas: disparo, censura, injusticia, matar, dolor, guerra…. Nunca pude manipularlas, solo las estudié con inquina sospechando su mal fondo… Todas juntas y separadas por guiones sonaban como una ráfaga de ‘miedo’: ‘dis-pa-ro-cen-su-ra-in-jus-ti-cia-ma-tar-do-lor’…
La palabra guerra me sonaba menos fuerte, hasta dócil, a pesar de que producía toda esa ráfaga, quizá porque, una vez declarada, solo quedaba vivirla o morirla..., o las dos cosas. Quise creer que, algún día, guerra sería borrada del vocabulario e inventé mi primera palabra para sustituirla: “pazamor”. Me sonó enérgica y, a la vez, cordial.
Muchos años después, me di de bruces contra la censura que actuó en contra de mis paupérrimas letras que intentaban hablar de literatura. También se cebó con un poema de amor para el que tomé prestadas palabras sobre tauromaquia. Sucedió en una época en que la libertad de palabra se había instaurado ‘democrática-mente’, y me pregunté por qué algunas mentes asumían esa libertad, solo, en su propio beneficio.
Alguien me dijo una vez que la libertad de expresión y la democracia habían vuelto, motu proprio, a su cárcel, en la que habían malvivido durante cuarenta años, y que llegaron demacradas y muy maltratadas.
            Mi pubertad llegó al mismo tiempo que el internado donde estudié el bachiller. Los adverbios, prefijos y sufijos fueron buenos compañeros, lo mismo que el idioma francés y la música.
Una religiosa nos recibió en nombre de la superiora. Se presentó como sor Teófila y dijo en su discurso de bienvenida que pretendía hacer de nosotras, y de nuestra capa, un sayo. Lo primero que hice fue separar su nombre: ‘sorteo-fila’… Y mi código acertó de pleno porque, si te tocaba en suerte, no te movías, ni siquiera orinabas, mas que cuando ella lo ordenaba; tampoco levantabas la cabeza ni respirabas en su ‘fila’. Incluso leía las cartas que enviaban nuestros familiares, controlaba las escasas monedas que poseíamos o se las quedaba, y nos hacía comer a pesar de las arcadas que nos producía aquella comida nauseabunda que cobraban a nuestros padres como comida “decente”…
Disponía y machacaba nuestro cuerpo, la moral y el alma. Nos vestía de temor, a la vez que con aquellos uniformes de los que no salíamos, con suerte, más que dos días y una vez al mes, para ir a nuestras casas. La verdad es que, con aquel hábito, tenía aspecto de garrapata, o de demonio con dos puntitos de luz en lo alto: sus ojos. Su figura oscurecía todos los lugares por donde pasaba, y estaba adornada con una sonrisa amarillenta y tétrica.
            En aquella otra soledad, el miedo, me refugié en los adverbios que asumí con rapidez y separé de inmediato. Por ejemplo: ‘divina-mente’, ‘bella-mente’, ‘afanosa-mente’... Hablaban de la belleza interior, solo de ella. Y eso me salvaba porque, según creía, mi aspecto físico no tenía cabida en los cánones de la belleza de entonces y pensaba que hubiera tenido más éxito en el período de los homo erectus; pero tampoco, porque mi piel no estaba cubierta de pelo. En fin...
            En el colegio, descubrí que Quevedo solía jugar con las palabras y, por medio de ellas, ofender o ensalzar a amigos o enemigos: “su majestad escoja”. También supe que Caro Baroja, en uno de sus ensayos, habló de que era un “en sayo”, de forma desdeñosa, cuando trataba de analizar, interpretar o evaluar la “Literatura de cordel”. Y conocí las obras hiperrealistas de Dalí, que transformaba la realidad. Ellos fueron mi consuelo e hicieron que no me sintiera tan diferente y que, hoy, me impida adjudicarme el término de maniaca, derivada de la famosa palabra, manía.
Intento ‘pre-venir’ y pongo exquisito cuidado en mis textos, procurando evitar concluir mis correos con un ‘rabazo’ en lugar de abrazo, porque tengo una diversión nueva, cambiar el orden de las letras y conseguir otros significados. Aun así, ante el temor de que mis familiares o amigos las descubran y me encierren en un manicomio –otra derivación de manía–, sigo escribiendo estas y otras teorías con tinta invisible.
Estoy contenta tras ‘releer’ este escrito; me satisface comprobar que apenas tengo manías, salvo uno o ‘dos-cientos’ factores que así pudieran indicarlo.

Ángeles Sánchez Gandarillas