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martes, 14 de febrero de 2023

EL OJÁNCANO

 



Hacía rato que la tarde había caído, pero a los rayos de sol les costaba abandonar la playa, al igual que a nosotros. Las familias recogían los bártulos y se encaminaban hacia la salida como si acabasen de anunciar por una megafonía inexistente que el día no daba más de sí.

El camino de vuelta al aparcamiento era estrecho y empinado. Una riada de personas ascendía serpenteando por la duna y, como si de una caravana que atraviesa el desierto se tratase, avanzaba lenta y silenciosa.

Entonces no supe quién era y le dejé pasar. No, prisa no tenía y él iba cargado con dos grandes tablas de surf, una en cada brazo. En la toalla que llevaba enroscada a la cintura a modo de pareo, no reparé. Iniciamos el ascenso. La mirada en cada pisada. Parón. Subo la vista y veo que el chico de las dos tablas en los brazos, al que educadamente he dejado pasar, empieza a abrir las piernas intentando sujetar la toalla que se le ha soltado de la cintura y que irremediablemente cae al suelo. No tiene manos, las tablas no se pueden soltar, valen una fortuna. Y así se queda, con todo el culo peludo de ojáncano al aire, una tabla en cada mano, y yo, detrás. Silencio. Gritos. Risas. Apoya las tablas despacio, coge la toalla, se la vuelve a enroscar dignamente, se gira y me mira, hace un gesto subiendo lo hombros y retoma el camino. Me río y me oye, se ríe y me río más. ¡Qué mal rato! ¡Qué buen rato!

 

Almudena Pascual©

lunes, 16 de enero de 2023

MI OLOR

 


 

El aroma a baños de tomillo al volver de un domingo en el campo, el de las tostadas quemadas por la mañana o el de la pastilla Heno de Pravia del lavabo de casa. También el tufo de los tubos de escape de los autobuses o el olor a cera e incienso de los domingos. El metro, el metro también huele. Todos ellos son los dulces olores de mi infancia.

Luego llegaron las luchas de perfumes en casa de mi amiga, a saber si eran de hombre o de mujer, y entre gritos de guerra y risas nos perfumábamos para las noches de marcha en Pachá o en Oh Madrid o donde fuese. Y de vuelta, un tremendo olor a tabaco en el pelo. Ese pelo largo y abundante que tenía que meterse en la cama conmigo. Y llegó el olor a Paco Rabanne, que pasó a ser Eternity, mezclado con el del aceite de motor que había que mezclar con la gasolina. Y, si el placentero sonido del piano de mi madre a la hora de la siesta oliese, también habría que apuntarlo; pero no, no hule. Eran momentos de fuertes emociones, de grandes contrastes que olían a una adolescencia que se marchaba para dar paso a la madurez. Fueron los años salados.

Y llegaron los días de Nenuco y pañales, de mucho trabajo y poco sueño. Olor a independencia, a vida nueva. También de proyectos, viajes con sus mil y un olores. Y como resultado, un sabor agridulce.

Ciertamente mi vida huele como el mejor de los rámenes. Y es que dicen los cocineros que, para que un plato sea perfecto, tiene que tener los cuatro sabores: dulce, salado, ácido y amargo, y que al mezclarse hacen que la comida sea deliciosa.

Pero, ¿sabéis que existe un quinto sabor, que es el sabor umami? Es el equivalente, en sabores, al sexto sentido. Pues ha sido este, el sabor umami, el que ha dado perfecto olor a cada etapa de mi vida.

 

Almudena Pascual©

lunes, 12 de diciembre de 2022

INSOMNIO

 


 

El señor de mi derecha se ha quedado dormido. Y el de delante, y ¡todos!

Me incorporo del butacón sobresaltada y me dejo caer de nuevo, lentamente, desconcertada.

En el escenario, continúan las risas. ¡Qué naturalidad! Pero no consigo entender nada. Ciertamente las críticas tenían razón: “Insomnio es una obra diferente, innovadora”.

¿Pero, aburrida? ¿Cómo es posible que todo el mundo se haya dormido?

Me giro nuevamente a la derecha: ¡hasta ronca!, ¡qué descaro! El teatro está completo, completo y dormido. En ese momento, el telón comienza a cerrarse y, desde el escenario, “los actores” irrumpen en fuertes aplausos que dirigen a la platea. No entiendo nada. El telón vuelve a abrirse, todo el “público”, ahora bien despierto, se levanta de las butacas, entrelazan las manos y saludan inclinando el cuerpo. Se cierra el telón y vuelve a abrirse inmediatamente. Ahora los aplausos van dirigidos a ¿mí? Recibo una palmadita en el hombro del señor de la derecha, el de los ronquidos:

–Felicidades! —me dice—, lo has hecho estupendamente. Hoy has sido la protagonista.

 

Almudena Pascual©

lunes, 14 de noviembre de 2022

¡LUZ, MÁS LUZ!



 

Abro los ojos. Todo está muy oscuro. ¿Será la hora? Una suave música invade en ese momento la habitación. Sí, es la hora. Me giro, toco uno de los botones del móvil, paro la alarma, me incorporo y salgo, sigilosa, de la habitación.

Cuando surfeas, para poder llegar al pico, donde las olas ya no rompen y hay una calma total, tienes que pasar las espumas, una tras otra, concentrado; si te distraes, el mar te lleva a la casilla de salida. Cada una de estas espumas son como los pensamientos cuando meditas: vienen, los pasas y los dejas ir. Así, uno tras otro, con paciencia, sabiendo que al final todo se calma. Allí, donde llegas, no rompen las olas y hay una mezcla perfecta de paz y belleza.

Parece fácil pero no lo es. Tomar la determinación de ir, la constancia para poder avanzar, sabiendo que hoy tampoco lo conseguirás, y llegar a disfrutar solo de estar: eso es surfear, eso es meditar.

La alarma vuelve a sonar, me sorprendo, abro los ojos. Ya ha amanecido. Toco de nuevo el botón del móvil y apago el temporizador. Ya ha pasado la media hora. Cierro los ojos, quiero más. ¡Luz, más Luz!  

 

Almudena Pascual©

lunes, 24 de octubre de 2022

¡QUÉ PASIÓN!

 

Escrito seleccionado para su lectura el día 19 de octubre de 2022 en la inauguración de la 14ª edición del Taller de Escritura, curso 2022/2023, de San Vicente de la Barquera.    

 

Inicialmente presentado al taller de junio de 2022, cuyo tema propuesto era ”Un poema en una servilleta de papel”.

 

¡QUE PASÓN!

 

El verano estaba ya muy avanzado y el nuevo club, inaugurado en el mes de junio, el ¡Qué Pasón!, continuaba a tope.

Está situado en un edificio emblemático del centro de Puntillas, una villa marinera que este mismo verano ha pasado a formar parte de la lista de “Pueblos cool de España”. Así dice un modernísimo cartel a la entrada de la villa. ¡Qué Pasón! Ha tenido mucho que ver con aquello.

El emblemático edificio era antaño un centro cultural. Ahora, más cultural todavía, aúna gente local y extranjera, niños y nonagenarios que disfrutan allí de sus momentos de ocio. El edificio es monumental, da la impresión de que entras en un palacio de otro siglo. Contrasta perfectamente la sobriedad arquitectónica del exterior con la modernidad del espacio interior, lo que hace que todo el mundo encuentre allí su lugar.

En el patio central  hay una barra circular, grande, como de unos cinco metros de diámetro, donde se sirve desde un café hasta toda clase de bebidas espirituosas, calimocho incluido. Ahí está también la mesa de mezclas y, al mando, a partir de las ocho, Martina Rouco, la DJ de más renombre de  Ibiza. La Rouco ha aceptado el trabajo, posiblemente huyendo de las tremendas noches de “calor” ibicencas, y todos los días hace vibrar a lo más granado del pueblo.

Repartido por el resto del patio interior hay desde unas mesas altas, rectangulares, con enchufes para los ordenadores, hasta confortables sillones para poder compartir una tarde con amigos como si estuvieras en el salón de casa, chimenea incluida. En uno de los laterales se encuentra la biblioteca. Han colocado alfombras con cojines grandes, comodísimos, para tumbarse a leer tranquilamente. La antigua sala de lectura, silenciosa, donde daba miedo hasta respirar, ha desaparecido y la nueva bibliotecaria te atiende desde la barra central con una sonrisa:

—¿Qué le pongo?

—Un café, y me llevo prestado el libro Los miércoles a las 18:30.

El palacete de moda abre a las 9:00 de la mañana para acoger a los más madrugadores y servirles desde un capuchino acompañado de unas buenas tostadas o un pincho de tortilla que a estas alturas compite con el del Cañadío hasta una buena cerveza, bien tirada, eso sí, para los que se encuentran muy perjudicados por la noche de jarana y necesitan retrasar la resaca.

Por las mañanas es muy normal ver al señor marqués leyendo el Diario Montañés mientras escucha a Billie Holiday  con la maravillosa acústica del local.

Por las tardes, cuando las luces cambian y la bola de cristal que cuelga del techo comienza a girar, aparece la señora duquesa. A sus 95 años llevados como puede, le quedan muchas ganas de fiesta. Cuando entra por la puerta, todas las miradas se clavan en ella, sin disimulos. Ella, orgullosa, avanza renqueante, con su vestido transparente, porque es lo que se lleva en Ibiza, y sus gafas de sol para camuflar las ligeras arrugas que han empezado a emerger desde la última operación de estética. Debajo del vestido, un bikini escueto cubre su bien ganada rechonchez. A los pocos minutos, la música empieza a tronar y ella a danzar como poseída, y la pista o el patio o el palacio o el centro cultural, o lo que solo Dios sabe que sea aquel espacio, vibra y todo el mundo enloquece. La fiesta está asegurada.

Y cada noche lo mismo. Aparece la señora duquesa y, a las dos horas de haber comenzado a brincar, se dirige al primero que tenga delante y, gritando para dejarse oír, le dice “¡Voy al servicio, pero al uno!” y desaparece por el fondo a la derecha y no vuelve a aparecer hasta bien entrada la noche.

Y así, al igual que la duquesa, llegan los papardos, los surferos, los guiris, el hijo de la tal o el del bar de cual. Y todos, todos, al rato de bailar se hacen un gesto con la cabeza diciendo “vamos”, sacan un dedo o dos, depende, y se dirigen a los servicios, donde desaparecen.

Bueno, a ver, desaparecer no desaparece nadie en un centro cultural: la señora duquesa entra en el servicio uno, toca la oreja del surfero pintado en la pared a la vez que dice las palabritas mágicas “Aunque la mona se vista de seda mona se queda” y la pared se abre. Sube por las escaleras y entra en una sala donde ya le esperan los miembros de la junta para tratar los temas del día. Se retira las gafas de sol, se pone las de ver y arreglan España.

¿Y los papardos, los surferos, y los tal y cual? Ellos van al dos. En este servicio hay surfera, no surfero. Para poder acceder a su sala tienen que tocar con los dedos los dos pezones a la vez. Si no lo consiguen por estar ya algo perjudicados, no pueden entrar. A su vez tienen que decir “No por mucho madrugar amanece más temprano”. La pared se abre y, en este caso, las escaleras descienden.

Lo que allí pasa, ya se sabe: de todo.

Vamos, que Puntillas se ha convertido en el hit del verano y temen los parroquianos que cueste vaciar el pueblo cuando termine el mes de agosto. Creo que la duquesa anda debatiendo en la sala 1 los pasos que van a dar para que cada uno vuelva a su puñetera casa.

 

Almudena Pascual©

lunes, 27 de junio de 2022

¡QUE PASÓN!

 

 


El verano estaba ya muy avanzado y el nuevo club, inaugurado en el mes de junio, el ¡Qué Pasón!, continuaba a tope.

Está situado en un edificio emblemático del centro de Puntillas, una villa marinera que este mismo verano ha pasado a formar parte de la lista de “Pueblos cool de España”. Así dice un modernísimo cartel a la entrada de la villa. ¡Qué Pasón! Ha tenido mucho que ver con aquello.

El emblemático edificio era antaño un centro cultural. Ahora, más cultural todavía, aúna gente local y extranjera, niños y nonagenarios que disfrutan allí de sus momentos de ocio. El edificio es monumental, da la impresión de que entras en un palacio de otro siglo. Contrasta perfectamente la sobriedad arquitectónica del exterior con la modernidad del espacio interior, lo que hace que todo el mundo encuentre allí su lugar.

En el patio central  hay una barra circular, grande, como de unos cinco metros de diámetro, donde se sirve desde un café hasta toda clase de bebidas espirituosas, calimocho incluido. Ahí está también la mesa de mezclas y, al mando, a partir de las ocho, Martina Rouco, la DJ de más renombre de  Ibiza. La Rouco ha aceptado el trabajo, posiblemente huyendo de las tremendas noches de “calor” ibicencas, y todos los días hace vibrar a lo más granado del pueblo.

Repartido por el resto del patio interior hay desde unas mesas altas, rectangulares, con enchufes para los ordenadores, hasta confortables sillones para poder compartir una tarde con amigos como si estuvieras en el salón de casa, chimenea incluida. En uno de los laterales se encuentra la biblioteca. Han colocado alfombras con cojines grandes, comodísimos, para tumbarse a leer tranquilamente. La antigua sala de lectura, silenciosa, donde daba miedo hasta respirar, ha desaparecido y la nueva bibliotecaria te atiende desde la barra central con una sonrisa:

—¿Qué le pongo?

—Un café, y me llevo prestado el libro Los miércoles a las 18:30.

El palacete de moda abre a las 9:00 de la mañana para acoger a los más madrugadores y servirles desde un capuchino acompañado de unas buenas tostadas o un pincho de tortilla que a estas alturas compite con el del Cañadío hasta una buena cerveza, bien tirada, eso sí, para los que se encuentran muy perjudicados por la noche de jarana y necesitan retrasar la resaca.

Por las mañanas es muy normal ver al señor marqués leyendo el Diario Montañés mientras escucha a Billie Holiday  con la maravillosa acústica del local.

Por las tardes, cuando las luces cambian y la bola de cristal que cuelga del techo comienza a girar, aparece la señora duquesa. A sus 95 años llevados como puede, le quedan muchas ganas de fiesta. Cuando entra por la puerta, todas las miradas se clavan en ella, sin disimulos. Ella, orgullosa, avanza renqueante, con su vestido transparente, porque es lo que se lleva en Ibiza, y sus gafas de sol para camuflar las ligeras arrugas que han empezado a emerger desde la última operación de estética. Debajo del vestido, un bikini escueto cubre su bien ganada rechonchez. A los pocos minutos, la música empieza a tronar y ella a danzar como poseída, y la pista o el patio o el palacio o el centro cultural, o lo que solo Dios sabe que sea aquel espacio, vibra y todo el mundo enloquece. La fiesta está asegurada.

Y cada noche lo mismo. Aparece la señora duquesa y, a las dos horas de haber comenzado a brincar, se dirige al primero que tenga delante y, gritando para dejarse oír, le dice “¡Voy al servicio, pero al uno!” y desaparece por el fondo a la derecha y no vuelve a aparecer hasta bien entrada la noche.

Y así, al igual que la duquesa, llegan los papardos, los surferos, los guiris, el hijo de la tal o el del bar de cual. Y todos, todos, al rato de bailar se hacen un gesto con la cabeza diciendo “vamos”, sacan un dedo o dos, depende, y se dirigen a los servicios, donde desaparecen.

Bueno, a ver, desaparecer no desaparece nadie en un centro cultural: la señora duquesa entra en el servicio uno, toca la oreja del surfero pintado en la pared a la vez que dice las palabritas mágicas “Aunque la mona se vista de seda mona se queda” y la pared se abre. Sube por las escaleras y entra en una sala donde ya le esperan los miembros de la junta para tratar los temas del día. Se retira las gafas de sol, se pone las de ver y arreglan España.

¿Y los papardos, los surferos, y los tal y cual? Ellos van al dos. En este servicio hay surfera, no surfero. Para poder acceder a su sala tienen que tocar con los dedos los dos pezones a la vez. Si no lo consiguen por estar ya algo perjudicados, no pueden entrar. A su vez tienen que decir “No por mucho madrugar amanece más temprano”. La pared se abre y, en este caso, las escaleras descienden.

Lo que allí pasa, ya se sabe: de todo.

Vamos, que Puntillas se ha convertido en el hit del verano y temen los parroquianos que cueste vaciar el pueblo cuando termine el mes de agosto. Creo que la duquesa anda debatiendo en la sala 1 los pasos que van a dar para que cada uno vuelva a su puñetera casa.

 

Almudena Pascual©

lunes, 16 de mayo de 2022

ALHAURÍN

 

 


—¡Mira, un castillo! —exclamó mientras serpenteábamos con el coche por la Sierra de Mijas, camino de una de sus playas.

—Pues es un depósito de agua —me informó mi hermana, muy conocedora de la zona.

—¿Sííí? ¡Pero si acabo de ver un hombre con batín asomado a una de las ventanas!

—Jajajaja —se rió ella—, con batín corto y melenas. ¿Te imaginas? No, ¡imposible!, hace ya muchos años que lo utilizan como un depósito de aguas. 

Alhaurín también se ha fijado en el descapotable azul en el que viajan lo que parecen cuatro turistas camino de la playa. Se queda ensimismado mientras continúa con la mirada perdida sobre los campos de olivos. No envidia nada a los turistas, ni a sus coches ni nada; lo tiene todo. Bueno, tiene el batín que lleva puesto y que le dieron en Cáritas hace unos años. Ahí se provee de ropa y de los objetos básicos que necesita: menaje para la cocina, ropa de cama y poco más. También tiene un huerto y gallinas. Ah, y se me olvidaba: tiene el castillo.

Nació en Madrid, quinto de diez hermanos de una familia con mucho dinero y poco tiempo para dedicar a su prole. Alhaurín se crió solo. Le encantaba leer, leer y escribir. Ya desde su tierna infancia se dio cuenta de que no necesitaba nada salvo papel, lápiz y todo libro que cayese en sus manos.

Hace ya treinta años, un domingo por la mañana, dijo que se iba al Rastro, cerró la puerta y no volvió. Tenía dieciocho años y muchas ganas de aventuras. 

Y después de muchas vueltas, allí fue a parar, al castillo. Lo rodeó, subió por unas escaleras escondidas detrás de unas zarzas y fue a dar con una puerta de madera que se abrió de un empujón. Se encontró con una librería con cientos de libros muy bien conservados en la biblioteca más grande que había visto nunca. No pensaba quedarse, solo leer un poco; y hasta ahora.

El coche azul ha desaparecido detrás de la última curva. Se ajusta el cinturón del batín, echa una última mirada a los campos, se recoge la melena en un moño improvisado, entra en la biblioteca y escribe un poema en una servilleta de papel.


Almudena Pasacual©




 

 

 

martes, 19 de abril de 2022

SILENCIO

 



Ayer leía un artículo en el suplemento del periódico, en la sección de salud y bienestar, que trataba del silencio: hablaba de Pablo D´Ors, sacerdote y escritor al que conocí ya hace unos cuantos años, y de su libro Biografía del silencio, que me leí, eso sí, no hace tantos. También hablaba de la meditación cristiana o Zen. No explicaba que la meditación Zen no es cristina, aunque la conocemos por un jesuita, Hugo Enomiya Lasalle, que vivió muchos años en Japón y nos la trajo de regalo.

No sé si a los demás os pasa, pero yo, cuando leo, voy despacísimo, porque mi cabeza viaja casi en cada frase, recordando muchas de las veces, analizando otras o sacando mis propias conclusiones.

Este artículo podía haberlo escrito yo, pensé al terminar. Mucho he leído sobre el  silencio y mucho hablé siempre de él con mi padre, que desde mi infancia practicaba la meditación Zen con una discípula del tal Lasalle.

El periodista, para escribir el artículo, se hizo un retiro de fin de semana, pero no cuenta ni la mitad de la experiencia. Claro que, si quería venderla, no podía hablar de lo que allí ocurre. Os cuento.

Andaba inquieta, hace ya unos años, porque necesitaba un parón en mi  vida, y vi por casualidad un correo del centro de meditación Zendo Betania que  informaba de un retiro de fin de semana en Albacete, “medita y vete”. ¿Fue cosa de brujería o solo un capricho de la diosa Fortuna? Todo es posible, el caso es que justo coincidía con el fin de semana de nuestro aniversario. ¡Era perfecto! De hecho, Óscar dio saltos de contento, si la memoria no me falla.

Allí fuimos. Cuando llegamos, nos explicaron que no podíamos hablar en todo el fin de semana. Respiramos pensando que íbamos a compartir habitación y que allí podríamos “desfogarnos”. Nos pidieron que eligiésemos entre dos trabajos posibles: barrer hojas o limpiar cristales. Él eligió cristales rápidamente; yo aluciné, porque no conocía esa afición suya. Luego me confesó que le recordaba a Karate Kid. “Poner cera, pulir cera”. Yo, por mi parte, me pedí barrer hojas en el jardín. Planazo.

En la primera reunión informativa, nos explicaron cómo solo veíamos de la realidad la punta del iceberg, y ya no escuché más, porque Óscar se quedó dormido. Parecía que pescaba, y sufría pensando que iba hasta a roncar y, claro, no pude concentrarme. Imagino que, meditando, una de dos: o ves cómo se derrite el iceberg o ves el resto.

Nos pasaron a la sala, pero antes había que descalzarse y dejar los zapatos perfectamente colocados, el orden era fundamental. Nos pusieron en círculo mirando a la pared. Nos teníamos que sentar en los empeines tipo japonés o con las piernas cruzadas en la posición del loto, podías elegir. Ese día, Óscar tomó la decisión de apuntarse a yoga. Había que mirar un punto fijo en la alfombra a un metro de ti, entornar los ojos pero no cerrarlos, hacer una respiración profunda y ¡ánimo!, que tienes veinte minutos por delante de inspirar y expirar viendo pasar toda clase de pensamientos. Y aquí viene lo que el periodista no quiso contar: como es fácil quedarse dormido, te sugieren que, el que quiera, levante la mano y el maestro se acerca y te da un latigazo con la vara en la espalda. Ahí empezaron todos mis sufrimientos, mi peor pesadilla. A los cinco minutos, Óscar levantó la mano y la situación me sobrepasó. Me entró la risa y ya no pude parar. Pero era una risa horrible, porque estás en un lugar muy serio, con personas muy serias y eres adulta. La risa se me salía por los poros.

A los veinte minutos, sonó el gong. Nos levantamos y nos pusieron a andar en círculo, a cámara lenta, mirando al suelo. Tiene un nombre ese paseíto, pero ni lo busco.  Yo iba temblando de risa por el espectáculo, y el pobre Óscar, que iba detrás, pisándome los talones, pues igual, como el Covid, se le pegó. Le notaba temblar. Fue horrible.

No os penséis que no me lo tomaba en serio y que iba a reírme de los demás, es que no podía remediarlo.

A la hora de la comida, todos seguíamos callados. Nos sentamos en mesas de ocho personas y yo no me atrevía ni a levantar la cabeza, porque volvía a reírme y no podía parar.

El tiempo pasó entre barrer hojas, muchas meditaciones de veinte minutos y muchas risas.

En la reunión final, cuando pudimos hablar, pedí disculpas. Un compañero dijo que gracias a mis risas pudo relajarse, que muchas gracias.

De regalo y para rematar nuestro fin de semana de aniversario, nos fuimos a Alicante, nos sentamos mirando al mar y, literalmente, flotamos.

 

Almudena Pascual©

martes, 15 de marzo de 2022

¿SERÁ ESTO UNA PREMONICIÓN?

 


 

—Lucía ¿has tenido alguna vez una premonición?

—Pues sí, y te lo voy a contar en verso. ¿Puedo?

—¡Claro!

—Escribe:  “Siendo yo joven y monina,

embarqué en un vuelo a Filipinas.”

Mamá, no pongas eso. Quita mejor lo de monina, que es muy cántabro y además no rima.

—Sí, claro que rima:          “Siendo yo joven y guapita, sí, sí, y muy monina,

embarqué en un vuelo a Filipinas.

                                               Después de un vuelo tan largo y matador

sentí como si me hubiera atropellado un tractor.”

—A ver, pon algo que se vea que soy azafata.

—                                       “Siendo yo joven y guapita, sí, sí y muy monina,

embarqué en un vuelo a Filipinas.

Como iba subida al tacón

como buena azafata que soy,

después de un vuelo tan largo y matador

sentí como si me hubiera atropellado un tractor.”

 

Y creo que se echó una siesta del copón.

Y algo soñó que luego se cumplió.

Cuando vuelva de Estonia, me cuenta

y sabremos si será esto una premonición.

 

Almudena Pascual©

martes, 15 de febrero de 2022

VERDE MATE

 


 

Es sábado. Me he levantado de un salto, estoy deseando verte. Elijo El Pájaro Amarillo, me encanta en los días soleados. Además, el camino de acceso a la playa lo hizo Santos y me hace sonreír cuando desciendo en zigzag por esta pequeña obra de ingeniería natural.

La mañana ha amanecido fría, más bien helada –lo decían anoche en el telediario, pero se quedaron cortos–. Los prados que todavía no han recibido los rayos del sol están cubiertos de escarcha.

Decido bajar descalza, me encanta pisar la tierra, me llena de energía.

Empiezo a descender por el camino de acceso a la playa. Para mi sorpresa, es todo arcilla. Con cada paso, me hundo hasta la rodilla. La masa, viscosa y rojiza, está congelada y a su vez mezclada con las pequeñas piedrecitas que, sabiamente, pusieron en su día en el camino para que no resbalase. El dolor es insoportable, pero no puedo hacer nada; tengo que seguir dando cada paso con muchísimo cuidado para no resbalar y caer por el cortado. Si no me supiese observada, gatearía. Cuando por fin puedo poner el pie sobre una de las piedras grandes del camino, me doy cuenta de que el dolor anterior no era nada: ahora, llenos de arcilla, han adoptado a las piedrecitas y con cada paso se me clavan y creo morir.

Por fin, salto a la arena; te veo y, de momento, me olvido.

Esta mañana vistes de color verde mate profundo. Tu vestido se ondula ligeramente y ahí percibo las transparencias. Me quedo ensimismada, profundizando con la mirada esperando ver algo de ti.

Lo sigo observando: es largo, muy largo, ¿podríamos llamarlo largo infinito? Tiene que ser difícil avanzar con él, moverse. Pero no, no parece que te cueste.

Las zonas donde el sol lo roza brillan rabiosamente, quizás por no poder profundizar, por no poder ver más allá. Le pasa lo que a mí. Esto no es lo que parece, me digo con una sonrisa.

Cierro los ojos, mientras a mí también me acaricia ese sol, y pienso dónde he visto antes esa tonalidad.

La arena de la playa sigue fría, pero ya no tanto; hace horas que perdí la sensibilidad en los pies. Me acuerdo de Santos. El borde de tu vestido es todo espuma blanca; los acaricia a modo de despedida.

 

Almudena Pascual©

martes, 18 de enero de 2022

WANDA


 

Se llamaba Wanda, pero la llamaban Araña. Era canadiense y trabajaba para el ejército de su país. Aterrizaba en Madrid el 18 de enero de 2022 para supervisar la construcción de un encargo de Canadá a Boeing España. Era una ingeniera de alta precisión. Pasaría en la capital española seis años.

El apodo ya lo traía: se decía de ella que era fascinante, un prodigio del mundo animal. Con apenas treinta años recién cumplidos, tenía diez hijos. Era como si tuviese miedo de no perpetuar la especie. Lo que fuese de sus padres, no se sabía; ¿se los habría comido? De los hijos, sí sabemos: los trajo con ella.

La mañana que llegó a las oficinas de Boeing, la expectación fue tremenda; se decía de ella que era muy inteligente.

Y así como llegó, hizo su trabajo y se fue. Con seis hijos más –de padres españoles, imaginamos.

Una tarde, dos años después, andaba yo distraída con el Instagram –siempre sigo países que he visitado, será porque me trae gratos recuerdos– y uno de los posts de #canadá es una imagen del cielo de Vancouver con cientos de miles de arcoíris. Todas las personas de la imagen miran embobadas hacia el cielo: en algunas se percibía una sonrisa; en otras, asombro. El pie de foto habla de la inmensa, prodigiosa tela de araña que cubre la ciudad y que ha sido tejida durante la noche por los nuevos aviones de combate de las fuerzas aéreas canadienses: los Arácnidos E19.

Busco rápidamente información sobre la tela de araña gigante. Se trata de un arma de defensa, una malla de protección frente a todo tipo de ataque aéreos, lo suficientemente alta par no interferir con las aves y lo suficientemente fuerte para interceptar cualquier tipo de bomba. Es tan resistente que hasta los aviones se quedan pegados a ella.

Vuelvo a la foto de Instagram. Ciertamente, nunca había visto nada tan bonito en material bélico. Los rayos de sol están atravesando los millones de gotas de agua que el rocío ha dejado en la tela de araña y el cielo está lleno de arcoíris.

Busco de nuevo en internet y leo: “El Arácnido E19, desarrollado conjuntamente por la ingeniera canadiense Susanne Wanda y Boeing, es una aeronave de última generación que, lejos de utilizar una tecnología de vanguardia, utiliza una de hace 400 millones de años”.

 

Almudena Pascual© 

martes, 14 de diciembre de 2021

LA TORMENTA PERFECTA

 


 

La ventisca es tremenda y parece que el tiempo empeora; nubarrones negros se acercan a gran velocidad por el oeste y grandes goterones empiezan a caer, limitando, más aún, la visibilidad. Y a usted, ¿quién le ha dado vela en este entierro? —pienso, dirigiendo la vista al cielo.

Hace un rato que la espero; la intuyo, pero me cuesta verla venir. Me retiro con la mano el pelo chorreante de agua y viento que me cubre la cara y… ¡ahí está! Se me acelera el corazón. Durante unos segundos, la observo. —¿Viene hacia mí?—, me pregunto. Sí, me ha visto. La veo acercarse, cada vez más hermosa, más grande, más fiera. El corazón se me pone a mil.

Voy hacia ella, busco sus fauces y me giro; parece que huyo, pero no, no huyo; sonrío, esprinto para coger su paso y ¡vamoooos! Me voy con ella. Me deslizo a gran velocidad, ¡qué maravilla! De repente, parece darse cuenta de que no va sola y se lanza a devorarme, persiguiéndome, rompiendo con fuerza tras de mí. Acelero y, en el último momento, cuando sé que todo acaba, me enfrento a ella, doy un rulo final y, sin remedio, me engulle. Apenas unos segundos después, emerjo entre la espuma, sonriente, triunfal. La tormenta ya no parece estar ahí, al menos para mí. Me giro, miro al horizonte y vuelvo a entrar.

 

Almudena Pascual©

lunes, 15 de noviembre de 2021

ADIVINANZA DE MI ANDANZA

 



 

Adivina, adivinanza: ¿En qué ciudad hemos estado esta semana pasada?

 

Te doy nueve pistas:

 

1ª Distancia.

El vuelo desde Madrid tiene una duración aproximada de cuatro horas. Utiliza tu compás mental y acota destinos.

 

2ª Covid.

Las mascarillas desaparecen según aterrizas en el aeropuerto y no las vuelves a ver durante tu estancia. Apenas los botes de gel en la puerta de las tiendas –y que nadie usa, por cierto– te recuerdan que alguna vez  hubo una pandemia.

 

3ª En el hotel.

—¿Quieren la habitación con o sin ventana?

—Sin ventana está bien, tack.

 

4ª Por la calle.

—¡Mira qué bonita esa casa!

—Debe de ser un hotel, todas las habitaciones parecen iguales, con la lamparita encendida al lado de la ventana.

—No es un hotel, no hay recepción.

—Ah, pues serán Airbnbs.

—Jajajaja. ¡Imposible!, toda la ciudad no puede ser un Airbnb. Todas las casas están encendidas y tienen una lámpara en la ventana.

 

5ª El tiempo.

No hace tanto frío como pensaba, aunque los plumíferos, eso sí, les llegan hasta los tobillos. ¿Qué sacarán cuando caigan las primeras nevadas?

 

6ª La luz.

De la iluminación de las casas, ya te he hablado. Solo añadiré que siempre es luz cálida e indirecta. No existen las horrorosas persianas de plástico que tenemos nosotros y que afean las fachadas. ¡Claro que a todo nos acostumbramos!

La luz de los cafés, que hay por todas partes, por cierto, también es muy cálida, y los dulces son deliciosos.

¿Y la del sol? A esa le falta fuerza, es como si le diese pereza subir y brillar y no tarda mucho en irse.

 

7ª El color.

Es en blanco y negro, como la tele de antes, como si la de color no hubiera llegado todavía, y eso que son modernos, modernísimos. Espacios industriales, grandes, bien decorados, con buena música.

 

8ª El alcohol.

Caro, carísimo. Un rubio pidió una cerveza y se la bebió de un trago. Con lo que cuesta, sería la última, o la penúltima.

 

9ª y última.

En su Palacio de Conciertos se entregan todos los Premio Nobel el 10 de diciembre, excepto el de la Paz, que se entrega en Oslo, capital del país vecino, Noruega.

 

¿Todavía no lo has adivinado? ¡Esto es el colmo!

 

Almudena Pascual©