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lunes, 13 de febrero de 2023

BETH

 


                                   

            Empezaba a entreverse el horizonte de alfombra verde desde un rincón resguardado de la mansión solariega. El brillo de un amanecer anaranjado despuntaba  a lo lejos cuando los copos de nieve caían estrellándose contra el suelo. Eran las seis de la madrugada. Beth miraba a través de los fríos cristales del gran salón. Sus ojos no alcanzaban a vislumbrar la casita de piedra caliza de color miel con tejadillo de pizarra que tanto adoraba. Allí tenía todas sus antiguas cosas. Era su refugio. Una valla blanca de madera lo rodeaba, como arropándolo de las bajas temperaturas del invierno. Ahora estaba medio sepultado por la espesa nieve. Ni rastro a olor a campo u hojarasca. Ni asomo del escenario de colinas verdes salpicadas por ovejas.

            La mansión estaba situada a las afueras de Bibury, en plena campiña inglesa. Beth, con sólo doce años, era la niña más feliz en ese paraje campestre. Pertenecía a una de las estirpes más nobles de Inglaterra, y aunque vivían en Londres, las Navidades siempre las pasaban en el bucólico pueblo.

            Se preparó un waffle con mermelada de ruibarbo y esperó al amparo del hogar a que bajaran las doncellas y también sus papás. 

James, su hermanito de cinco años, al que adoraba, aún tardaría en despertarse.

            Ensimismada mirando a la lejanía y pasado un buen rato, vislumbró una gran furgoneta blanca delante de la mansión. Le atrajo poderosamente la atención, porque por allí cerca no había ningún vecino ni pasaba nadie, ya que la casa estaba bastante alejada del pueblo. Además, el camino para llegar moría allí mismo. ¡Qué raro!, se dijo. De pronto, como un vendaval, entraron las doncellas seguidas de su mamá y, por unos segundos, se le olvido la rareza del vehículo aparcado.

            –He dormido bien, de un tirón, y no he tenido pesadillas –le dijo a su madre.

            Ésta se preparó un té Earl Grey, como cada mañana, y arrimó su taza al velador de delante de la glorieta, depositándola en él.

            –Mami: desde primera hora de la mañana, hay una furgoneta aparcada al otro lado de la calle. ¿No te parece raro?

            –A ver, cariño –contestó su madre–, eso es que la persona que la llevaba se equivocó de camino, o que se le estropeó. Ya la recogerá más tarde.

            –Pero, mamá, hoy es Navidad. No creo que venga nadie a buscarla. Además, ¿cómo es que no llamó a la casa para pedir ayuda?

            Súbitamente, la irrupción de James, su hermanito, llenó el recinto de alegría y color. Hacía las delicias de toda la familia, y ahora sí se le olvidó por completo la extraña furgoneta.

            Abrieron los regalos colocados debajo del gran árbol de Navidad, repleto de luces luminosas de un color blanco cálido, y se les pasó la mañana entre risas y alborozo.

            Fuera, la tormenta y un vendaval no remitían desde hacía horas.

            Llegó el momento del gran banquete, como cada año. Las doncellas arreglaron la mesa con esmero. Los candelabros de cristal, la vajilla de porelana inglesa Wedgwood, los cubiertos de plata y las rosas blancas, no faltaban en un día tan señalado.

            Cuando todos estuvieron sentados a la mesa, llegó el pavo asado relleno, el rey de la fiesta, acompañado de pigs in blankets, una especie de salchichas de cerdo envueltas en tocino, gravy, salsa de arándanos y coles de Bruselas. James empezó a chillar como un loco, pero el remate final fue a la hora del postre: el tan esperado Christmas pudding, relleno de ciruelas y acompañado de custard.

            Pero... antes de empezar a deleitarse y, como exigía la tradición en aquella casa, James se subió a una silla y empezó a contar un chiste sobre un niño pequeño y bastante travieso que continuamente hacía preguntas pícaras a los papás o la profesora. Todos se rieron de buen grado, ya que siempre contaba el mismo. Las risas y el crepitar de los leños de la chimenea tejieron de cantos cada recoveco de la mansión.

            Al rato, James le preguntó a su mamá si podía salir al jardín para hacer un muñeco de nieve. La tormenta había remitido y caían pocos copos.

            –Puedes salir –le dijo su madre–, pero quiero verte delante del ventanal del salón de té. Y abrígate bien. Ponte la bufanda y el gorro de los patitos, que están colgados en el zaguán.

            –Vale, mami.

            El niño salió atropelladamente, tocando un tambor que le había traído Santa Claus.

            –¿No crees que tendríamos que llamar a la policía para que localizara la furgoneta blanca? – preguntó Beth a la madre, mientras miraba a su hermanito por la ventana.

            Todo se precipitó de repente. La furgoneta arrancó, acelerada como si de un ciclón se tratara.

            Beth chilló... ¡¡James, James!! Salió al jardín con la voz ahogada, seguida de sus padres. El muñeco de nieve estaba a medio hacer. Llevaba puesto el gorro y la bufanda de patitos. La furgoneta ya sólo era un punto en la lejanía, un enano que nunca existió.

            Contemplaron las huellas de unas enormes pisadas en la nieve. El horror, la ansiedad de lo que acababa de suceder, resultó como martillos estrellándose en sus pechos. El niño había desaparecido. Se lo habían arrebatado.

            El cazador había puesto la trampa en la madriguera, en un rincón del valle de la campiña inglesa en un entrañable día de Navidad.

            Había cazado.

                                                                             



   

            Francis Cortés Pahissa©

domingo, 15 de enero de 2023

PERFUME FATAL

 



             Las alas no dejan de moverse con la hambruna.

            No se puede pasar hambre, o la bestia despertará.

           

            The New York Times y The Street Journal destacaban en portada el horripilante crimen acontecido la pasada noche. La mayor parte de la prensa estadounidense se hacía eco esta mañana del cadáver de un hombre encontrado en East River, un estrecho de agua del océano Atlántico en Long Island, en la ciudad de Nueva York.

            A las tres de la madrugada, la guardia costera había atisbado un bulto flotando. Enseguida se percataron de que se trataba de un ser humano. El cuerpo estaba semisumergido en el agua, boca abajo. El agente que le dio la vuelta, un joven recién salido de la academia, no pudo evitar vomitar. Un enorme agujero se abría en el cráneo de la víctima y le habían extraído el cerebro. Cuando llegó el médico forense, sacado a toda prisa de su plácido sueño, tras examinar el cuerpo y aunque no hubiera realizado la autopsia, dijo que estaba claro que no quedaba nada de la masa encefálica. Un trozo del lóbulo occipital y algunos pequeños restos de hueso se mantenían pegados al pelo.         

            Eran las 08.00 AM cuando llegué a mi puesto de trabajo en la compañía de seguros de la Quinta Avenida de Nueva York. Todo estaba revolucionado. No hizo falta preguntar, ya que enseguida me informaron atropelladamente de los pormenores del macabro asesinato. Salí disparada al baño, con unas ganas terribles de deshacerme de los donuts y el líquido negro del Starbucks recién ingerido.

            Durante el día no pude probar bocado, y al llegar a casa, por la noche, me sentía fatigada. Me miré al espejo y no me reconocí. Estaba terriblemente demacrada y hambrienta.

            Cuando desperté al día siguiente, era una persona nueva, renovada. Había descansado como si me hubiesen estado balanceando en una cuna bajo un cielo salpicado de volátiles estrellas. Observé mi aspecto, más juvenil que nunca. Me vestí y me olvidé del día anterior, que recordaba como el golpeteo de unos afilados cuchillos chocando entre sí.

            Camino al trabajo, me paré en el kiosco de Kevin y compré la prensa sensacionalista. La locura estaba desatada: el lanzamiento del perfume unisex Hierba. La sublime marca francesa Etiencelle hablaba acerca del revolucionario ingrediente jamás antes empleado en un perfume, advirtiendo que hacía aflorar sentimientos profundos de los que luego no quedaba traza. Alertaba sobre el cambio que podía realizarse en cada persona: ¿riesgo?, ¿peligro?, ¿seducción? En letras doradas y talladas en el reluciente cristal esmeralda del frasco, estas palabras prevenían acerca del atrevimiento o de las consecuencias de que la piel absorbiera las notas florales del mítico y ancestral perfume, rescatado de alquimistas de siglos pasados.                                          

            La Navidad aguardaba a la vuelta de la esquina. Hierba llevaba ya un mes en el mercado y aún así no paraba de ser noticia. Estaba prácticamente agotado. Lo había olido varias veces en alguna persona allegada o al cruzarme con alguien en la calle, o en una cafetería, y al instante me infundía una euforia semejante a un racimo de uvas explotándome en la boca.                                                                                           

            Al cabo de cuatro días sucedió lo inimaginable. Los periódicos ya no lo ocultaban: “Es un asesino en serie, y ha vuelto a actuar”. Esta vez, una mujer había sido hallada muerta en su piso de un edificio ruinoso del Bronx. La puerta estaba cerrada con llave, y solo la ventana de la habitación, en un noveno piso, permanecía abierta. La cavidad del cráneo de la mujer estaba vacía, ni rastro del cerebro.                                    

            Cuando llegué al trabajo, me encontré nuevamente con un gran alboroto. Hablé con mi íntimo amigo y me transmitió que nadie se explicaba qué clase de depredador andaba suelto y además podía volar, ya que la puerta estaba cerrada, y la ventaba abierta era la única forma posible de acceder al piso y escapar de él.

            –Uno de nosotros podría ser el próximo –me advirtió.

            Sentí que las piernas me fallaban, y no por el hecho en sí del macabro crimen, sino por lo que acababa de oler. Aquel perfume… Alguien llevaba Hierba. Salí despavorida y me encerré en una sala llena de polvorientos y antiguos expedientes.

            Lo siguiente que recuerdo es estar ya en casa con una terrible jaqueca. Tenía muchísima hambre. Me fui al baño, me miré al espejo y la vista se me nubló un instante. Llamé a mi novio para pedirle que pasara la noche conmigo. Sentía pánico y no quería estar sola. Descongelaría una lasaña y descorcharía una botella de un buen vino.

            Al chico le falto tiempo para llamar a la puerta. Para Jimmy, yo era la mujer más bella, dulce y enigmática que jamás había conocido. Cuando le abrí, un primario y embriagador olor llenó el hall en segundos. El perfume Hierba se extendió y me alcanzó como una bofetada.

            Le dije que se acomodara, ya que necesitaba irme un momento al baño. Me encerré y clavé la mirada en el espejo. No se me nubló la vista como las otras veces. Mis ojos ya no eran azules. Estaban inyectados en sangre. Se oyeron unos suaves crujidos al tiempo que se me rompían parte de los omóplatos. Unas grandes alas brotaban a mi espalda, dotadas de una espesa y babosa membrana acabada en puntiagudos pinchos. La boca se me ensanchó sobremanera y unos prominentes dientes, afilados como cuchillos, ocuparon parte de la cara. Mis manos hacían un ruido siniestro mientras de las uñas surgían unas garras fuertemente curvadas, enormes y negras. Olía todo a podrido, a descomposición.

            Hacía dos años que salía con Jimmy y siempre lo tuve por un hombre inteligente. Lo que nunca sospeché es que tuviera… tanto cerebro. Con un reguero de sangre rezumando por la comisura de mis labios, y relamiéndome los restos de masa encefálica que aún tenía entre los dientes, abrí la ventana: aún no había acabado, tenía más hambre.                         

                                               

Francis Cortés Pahissa©

miércoles, 14 de diciembre de 2022

OBOE

 

 


            Cuando te oí, caían lisonjeras las hojas rojas sobre la hoguera.

            Cuando te oí, se mezclaron sangre y sudor bañando mi cuerpo.

            Cuando te oí, la angustia dejó paso a la paz.

            Cuando te oí, sentí lo que soy.

 

            No, no pregunto cómo se siente vivir sin ti,

            sin tu melodía en el aliento de la noche

            azotando, perezosa, la hierba entre las tumbas.

            Pregunto: ¿cómo no quererte hasta la eterna sepultura?

 

            Todo tu proyecto me convierte en esclava de tu don,

            sintiendo en mis muslos, en mis labios, en mi cuello,

            latigazos de tus sonidos envueltos en notas musicales,

            traidores por haberme vencido perdiendo la razón.

           

            No he perdido el juicio ni los sentidos,

            sólo absorbo tu canto en vaivén tamizado por el cielo.

            Sin olvidar tus pasos ante nadie,

            me inclino y detengo mi vida ante tu navío caprichoso.

 

            ¿Y qué, si ni lo bueno ni lo malo se destruye?

            ¿Y qué, si los jóvenes y ancianos se desnudan ante ti?

            ¿Y qué, si no eres culpable?

            ¿Y qué, si soy insondable ante Dios?

 

            ¡Ah! Veo gemidos deteniendo el ritmo.

            Ahora comprendo cómo atraviesas lo inmaterial,

            y puedo ser capaz de sonreírte llegando a la cima,

            volando envuelta en blandos algodones.

 

            Sé que eres el alma de los hombres.

            Sé que eres el alma de las mujeres.

            Sé que eres inmortal y admirado, ¡qué más da si hombre o mujer!

            Sé que eres canto de orgullo en el proyecto de la vida.

 

            Llego casi al final, donde los cañaverales huelen a miel,

            donde el agua baña las raíces del almendro,

            donde se sombrea con cautela la montaña del ocaso,

            donde permaneces cerca de nosotros, sin abandonarnos.

 

            La hora solitaria en que los sueños flotan en el espacio vacío,

            donde mi cerebro vaguea por los confines del universo,

adentrándose, insomne, en dimensiones impensadas. 

No duermo. No quiero. Me arrulla el oboe de Marcello.

           

            Francis Cortés Pahissa©

lunes, 14 de noviembre de 2022

¡LUZ, MÁS LUZ!

 


                                                                                                

            El otro día, mientras tomaba mi té Earl Grey como cada tarde, mi mente viajó en expansión incansable sin rumbo, pero al mismo tiempo cabal y equilibrada.

            No sé si a ustedes les pasa, pero en mí los pensamientos se empujan unos a otros desnudos por un laberinto, golpeando mi cabeza y mis oídos aturdidos, convirtiéndose en mis compañeros de viaje.

            No me pregunten cómo caminó mi cerebro así de inconsciente mientras miraba el negro líquido en la taza.

            Yo creo que nuestras posibilidades de razonar son infinitas, llegando como gritos resoplando en plena tormenta y demostrando a golpe de latigazos cuan perezosa es nuestra mente.

            Oímos solo lo que queremos oír, escribiéndolo con tiza en unas enormes letras para que no se nos olvide, y lo que no, lo dejamos escapar atravesando muros y ruinas, enterrando todo vestigio de humanidad.

            ¡Tanto tacto a veces! ¡Tanta traición desatinada!

            Ustedes pensarán: ¿qué me está contando?, ¿qué cree que nosotros debemos imaginar con estas frases?

            No se preocupen, enseguida voy a intentar abrirles la puerta a este mensaje, sin tinieblas ni oscuridad.

            ¿Han reflexionado alguna vez en la destrucción que origina una guerra? Pues ahí es por donde voy a empezar.

            Nos podemos preguntar: Después de una guerra, ¿qué ocurre? Las opiniones son divergentes, ya que los conflictos bélicos han salpicado de sangre a muchas familias y una se plantea al cabo de unos años: Y ahora, ¿qué?

            Ustedes son gente inteligente, igual se les han pasado por la cabeza esas dos palabras mágicas que voy a decir a continuación.

            Después de una guerra, ¿qué es más importante: la justicia o la paz?

            Desafortunadamente, no es siempre posible que un país logre tener paz a través de la justicia.

            En Irlanda no había justicia. Muchos de los terroristas están actualmente en el gobierno; sin embargo, hay paz.

            ¿Qué es más importante, la justicia o la paz?

En Ucrania no hay paz; pero algún día, quizás, habrá justicia.

            ¿Qué es más importante, la paz o la justicia?

            ¿Es posible la paz sin justicia? ¿Es posible la justicia sin paz?

            Los muertos no pueden hablar. Si pudieran hacerlo, ¿qué dirían al ver a sus asesinos en el poder? Los vivos sí podemos hablar, aunque a veces callamos. ¿Qué eligen ustedes, la justicia o la paz?

            Ya ven, no todo es blanco o negro, sino que hay infinidad de matices.

            ¿Aplaudo a los muertos con la justicia o aplaudo a los vivos con la paz?

            ¡Luz, más luz!, fue la última frase que pronunció Goethe antes de morir. Unas palabras sabias en todo su contexto, simbolizando un espectro de miles de colores y tonalidades.

 

            ¡Luz, más luz! en la tierra huérfana.

            ¡Luz, más luz! en la noche desnuda.

            ¡Luz, más luz! en el mar en llamas.

            ¡Luz más luz! en la paz del cuerpo y del alma.

 

            ¡Luz, más luz! en mis oídos heridos.

            ¡Luz, más luz! en mi magnánimo corazón.

            ¡Luz, más luz! en el cabalgar de las estrellas.

            ¡Luz, más luz! en la opereta del paseo de la vida.

           

Francis Cortés Pahissa©

lunes, 24 de octubre de 2022

LA DANZA DE LAS FURIAS

 

Escrito seleccionado para su lectura el día 19 de octubre de 2022 en la inauguración de la 14ª edición del Taller de Escritura, curso 2022/2023, de San Vicente de la Barquera.    

 

Adaptación para reducir el número de palabras del relato 180627, “La danza de las furias”, presentado al taller de junio de 2018, cuyo tema propuesto era ”Fantasmas”. Inicialmente tenía 1287 palabras y lo he reducido a 1000 por exigencias de este taller.

 

 

LA DANZA DE LAS FURIAS

 

Los rayos caen sobre el mar embravecido mientras una ligera neblina asciende desde el agua.

Mónica mira cómo la salvaje lluvia quiere traspasar los cristales golpeando el viejo faro. Todo es oscuridad, mientras las lágrimas resbalan por su cara, hasta que su mente desconecta para entrar en la más absoluta de las locuras.

Todo empezó una tarde clara y templada de mediados de junio de hace casi un año.

Recuerdo salir por la puerta oeste de la Facultad de Historia para recoger mi bicicleta, pero veo que las dos ruedas están pinchadas.

Oigo  su voz a mis espaldas.

–Parece que te han gastado una broma.

–Pues sí, eso parece –le contesto.

–Si quieres, puedo acercarte con el coche, ya que me cae de camino.

–Pues no sé…, no sé –le digo.

–Bueno, pues tú misma. Me voy, o llegaré tarde. Chao.

–Espera, espera… De acuerdo.

Me senté en la parte de atrás, ya que el asiento del copiloto estaba cubierto de mantas. ¿Mantas? –pensé–, ¿para qué las querrá, con el calor que hace?

No tuve tiempo de averiguar la respuesta. El mundo se diluyó ante mí.

Cuando abrí los ojos, todo me resultó extraño. Estaba tumbada sobre una cama, atada a sus barrotes. Las  muñecas y los tobillos me escocían por la presión de las cuerdas. Miré a mi alrededor, recorriendo el austero habitáculo, en el que había solamente un bureau con una silla, una mesa redonda, un pequeñísimo sofá Chester y un váter químico. Unos altavoces retumbaban con La danza de las furias, de Gluck. Él sabía que era una de mis músicas favoritas y se quiso asegurar de que llegaría a odiarla. Ya jamás se detendría, ni de día ni de noche. Su obstinado ritmo trepidante me torturaba sin cesar, hasta que los latidos de mi corazón se acompasaron con el galope enloquecedor de la música y sentía como si me fuera a reventar dentro del pecho. Ansiaba que se detuviera, pero las furias escondidas en sus compases se habían apoderado de mí.

Jamás iba a escapar de allí, de la parte más alta de aquel viejo faro.

De pronto, oí cómo se abría la puerta y entró él, llevando una palangana con agua y una esponja.

–Mi princesa se ha despertado.

–Suéltame, por favor; no diré nada, te lo prometo –supliqué.

Se rió, y su cara se desfiguró en una mueca macabra.

–Eso es lo que decís todas. No te preocupes, pequeña; yo cuidaré de ti.

Con los ojos vidriosos, comenzó a lavar todo mi cuerpo. Yo lloraba desesperadamente entre temblores, pánico y terror.

Cuando acabó, noté cómo algo me oprimía la nariz, con un olor fortísimo, hasta que caí en un profundo sueño.

 

Lejos de allí, pasados muchos meses, la policía de Gerona busca alguna pista para encontrarme, pero es como si me hubiese volatilizado.

Mi novio ayuda en todo lo que puede, pero los agentes no confían demasiado cuando le interrogan.

Marc, mi profesor preferido, parece un fantasma desde que desaparecí. Cuando, con mis amigas, lo vimos por primera vez entrar en el aula, nos quedamos sin respiración. Alto, rubio, ojos verdes y con la maravillosa fragancia del perfume Issey Miyake. No es de este mundo –nos decíamos, riendo.

La policía interrogó también a Albert, compañero de clase. Vestía como un cuervo. Llevaba los ojos pintados con Khôl y siempre aparecía cuando yo estaba sola y en lugares más bien apartados. Me miraba con aquellos ojos negros y siniestros que, cuando se me acercaba y me susurraba al oído, me daban escalofríos, miedo y asco. Negaba haberme acosado. Pedía que lo dejaran en paz.

 

La tormenta sigue cayendo, negra y poderosa, contra el faro. Ya no estoy atada; pero sí encerrada con varios cerrojos.

Oigo crujir la escalera de madera y sé que es él con la bandeja de la cena. Puntual. Tengo un miedo atroz.  

Abre la puerta, con tanta fuerza que choca estrepitosamente contra la pared. Hoy está de mal humor.

–Toma. Empiezo a cansarme de verte. Además, es peligroso tenerte tanto tiempo encerrada. Es hora de deshacerme de ti. ¿Me oyes? –me dice mientras me arrastra con fuerza por los pelos.

–No me hagas daño, por favor, por favor.

Me da una bofetada, tan violenta que caigo al suelo y noto un sabor metálico que se extiende en mi boca.

Se va, dando otro portazo.

Dios mío, no he oído girar las llaves. ¿Será posible que se haya olvidado?

Inspiro lentamente y, temblando, me acerco. Bajo la manecilla y la puerta se abre. Mi corazón golpea tan fuerte que pienso que él lo va a oír. Decido bajar, pisando de puntillas la madera para no hacer ruido.

Está estirado en el sofá, de espaldas a mí, viendo una película. En una esquina, hay un fusil de pesca submarina. Tengo que cogerlo como sea, es mi única oportunidad. Todo pasa en cuestión de segundos. Me lanzo sobre el arma. Él se gira como accionado por un resorte y se abalanza sobre mí. Disparo. El arpón le alcanza de lleno en el estómago y cae gritando de dolor, sin poder ponerse en pie. Lo miro con los ojos rojos, llenos ira.

–Aquí te vas a pudrir, porque nadie va a entrar y, para cuando lo hagan, sólo serás un esqueleto.

–No quiero morir. Perdóname. Todo lo hice porque te quiero –suplica, aterrado.

–Tu suerte se ha acabado, ¡espero que tardes en morir!

Salgo al exterior. Oigo sus gritos maldiciéndome. Cierro con llave. La lluvia torrencial azota mis cabellos, pegándolos a mi cara, y mi delgado cuerpo se tambalea por las fuertes ráfagas de viento. Los fantasmas del miedo han quedado atrás… ¡con él!

Miro el faro por última vez y digo en voz alta:

–Jamás volveré a oler ese maldito perfume. ¡Adiós, Issey Miyake!

 

Con el correr del tiempo, quienes llegaban paseando hasta el faro se decían los unos a los otros:

–¡Qué olor a putrefacción más desagradable! Deben de ser las gaviotas muertas.

 

Francis Cortés Pahissa ©

 

lunes, 27 de junio de 2022

CADAQUÉS

 


 

Nací en Barcelona, en pleno mes de las flores, pero no os preocupéis que no voy a hablar de mi ciudad. De sobra se sabe que la han escogido varias veces como la ciudad más bonita del mundo, como así ha sido hace muy pocos meses, con lo cual no quiero aburrir con más detalles.

Pero, ¿es en Barcelona donde me siento identificada con su gente? ¿Donde sueño con la vida pincelada en  paletas explosivas de brillantes colores?

Pienso que no hay persona que no tenga un sitio en el universo que sienta como suyo. Un lugar donde, al descubrirlo, nos cambia la vida para siempre.

Estos espacios físicos nos sirven como refugios a través de nuestros sentimientos e inquietudes, tanto de felicidad como de dolor.

Claro que nací en Barcelona, pero mi auténtico flechazo, mi amor, es Cadaqués. El azul del Mediterráneo y su luz encierran toda la esencia de este pueblo del litoral de la Costa Brava. Su gente acogedora, generosa y sencilla marca la diferencia. Gente en la que confiar y sentirse a gusto, gente que deja que los problemas se alejen con las mareas. Y así viene a colación una cita de Einstein, que dice: “La gente débil se venga. La gente fuerte perdona. La gente inteligente ignora.” Mejor no la pudo describir este gran físico, y así me lo transmitieron siempre esas personas.

Cuando tenía cuatro años, mis padres compraron una casa a tan sólo trescientos metros del centro de Cadaqués, delante de la playa Es Sortell. Al igual que le pasó a Salvador Dalí y a tantas otras personas, se enamoraron de sus tranquilas y cristalinas aguas, así como de sus preciosas casas encaladas. El jardín estaba rebosante de buganvillas bicolores. Al inicio de su floración, las flores eran rosas, pero, poco a poco, se transformaban en un hermoso color blanco. Siempre me fascinó esta metamorfosis.

Recuerdo pasar los meses de verano junto con mis amigas en Cadaqués. Nos gustaba bañarnos en esa playa, pero con lo que más disfrutábamos era en ir caminando a un lado de ella y cruzar un pequeño puente a través del que accedíamos a la pequeña isla de Es Sortell.

Así he ido cumpliendo años y un pedacito de mí estará siempre en cualquier esquina de ese pueblo de pescadores.

Es curioso, pero por muchos años que pasen, la esencia de donde nacimos, de donde crecimos, nunca nos abandona.

 

Francis Cortés Pahissa©

 

 

lunes, 16 de mayo de 2022

LA SIRENA




Atardecía en Oia, un pueblecito que se cuelga de los últimos farallones de Santorini.

El dios Sol se hundía poco a poco en el transparente mar Mediterráneo, entre tonos amarillo-anarnajados y malvas brillantes.

Quedaba lejos la multitud de turistas que invadían su paz y sosiego durante el verano. Bien es cierto que nunca está desprovista de gente procedente de otros lugares que quieren conocer la isla de los acantilados.

Poco después del ocaso y atisbando la oscuridad, Nikos, un adolescente de dieciseis años, salía de su casa como cada día, a la misma hora y regresaba a medianoche. Sus padres empezaban a estar preocupados por él, pero luego se decían: ”será cosa de la edad”.

El muchacho sabía a dónde dirigirse. No necesitaba pensar. Sus piés iban ligeros como los de una gacela.

El pequeño puerto de Ammoudi lo esperaba. Pero… ¿era realmente esa pequeñísima cala lo que le tenía fascinado?

Nikos pisó la playa de arena negra y guijarros. Todo estaba en silencio. Sólo se oía el romper suave de las olas en la orilla.

De pronto, como una exhalación, emergió del mar un fulgurante cuerpo. Su aleta estaba recubierta de mágicas escamas que brillaban en tornasolados turquesas. Su pecho estaba al descubierto, pero una melena rubia, voluminosa y larga, los tapaba. La cara era blanca, inmaculada, y los ojos del color azul del mar bravío. Su belleza era matemáticamente perfecta.

La sirena se sentó con su cola descansando en la arena, al lado de Nikos.

El muchacho le hablaba en griego y ella le contestaba emitiendo sonidos guturales. Pese a ello, se entendían a la perfección. No necesitaban más. Se juraron amor eterno, un amor que duraría hasta la muerte.

Así fue sucediendo el tiempo, hasta que los padres de Nikos, muy intrigados, decidieron seguirle una noche.

El espectáculo que vieron les dejó mudos. Dirigiéndose hacia el raro personaje, empezaron a gritarle como locos.

Nikos se quedó petrificado. La sirena los miró, y en aquel mismo instante sus ojos se oscurecieron como las profundas y oscuras simas marinas.

Miró intensamente al muchacho. Sus ojos hablaban por sí solos. Un adiós los selló. Con agilidad felina, la sirena desapareció en el mar.

Nikos quiso seguirla, pero sus padres se lo impidieron.

Al día siguiente, el acontecimiento fue la comidilla de todo Santorini.

El chico siguió yendo a la cala cada día a la misma hora, y la abandonaba también, como antes, a medianoche. Sus padres pensaron que ya se le pasaría, que dentro de unos meses sería agua pasada. Pero se equivocaron.

Nikos esperaba que la sirena apareciese en algún momento en medio de la oscuridad de la cala. También él se equivocó. Jamás volvió a verla.

Al cabo de un año, la madre de Nikos fue a despertarlo como cada mañana para ir al instituto público. La cama estaba vacía y la ventana abierta. El chico no estaba. Los padres se asustaron y lo buscaron como locos por toda la isla. Luego, rotos de dolor, regresaron a la cala Ammoudi y volvieron a rastrearla milímetro a milímetro. De repente, el padre vió un pequeño bulto en un saliente de una roca. Escondidos en una hendidura, había unos pantalones y una camiseta, junto con sus sandalias preferidas. La madre gritaba enloquecida. El padre trataba de calmarla fundiéndose con ella en un abrazo. Las lágrimas eran la sepultura que podían darle, junto al último adiós, a su hijo.

Unas horas antes, Nikos  pensó muy bien lo que iba a hacer. Sabía que la sirena no volvería. Entonces sólo había un camino que recorrer después de tantos meses de espera: ir a su encuentro.

Con un temple impropio para su edad, decidió cuál era su camino. 

Sería esa noche.

Salió de su casa como siempre, a la misma hora y, a través de la oscuridad, sus pasos lo guiaron hacia donde había sido tan feliz.

El mar estaba en calma. Se desnudó. Por un instante, pasó por su mente, como si se tratase de una película a cámara rápida, toda su vida con la familia y los amigos. Se despidió de ellos. Otra vida plena de felicidad le esperaba.

Puso un pie en el agua. Estaba fría y oscura. Dio un paso, y luego otro, y otro. El agua, en un momento, le alcanzaba la boca. Luego la respiración se hizo entrecortada y los sentidos empezaron a desvanecerse. A lo lejos, como una música, oyó el canto de su sirena que lo llamaba, guiándolo hasta las profundidades del bellísimo mar Mediterráneo. 

Atesorado en su mano, un poema escrito en una servilleta de papel se disolvía como el azúcar en las aguas negras de la noche:

Las lágrimas no me dejan ver, y duele.

El amor me quema en la carne como un suspiro.

Eres mi diosa amada del agua y del aire.

Siento que tu delicadeza me hiere como un volcán.


Francis Cortés Pahissa©


sábado, 16 de abril de 2022

YO SOY REBELDE

 

 


La rebeldía es el único refugio digno de la

inteligencia frente a la imbecilidad.

                                           (Cita de Arturo Pérez-Reverte)

 

Ella lo mira a través de la puerta entreabierta del zaguán, acechando como una loba. Recuerda por unos instantes el antiguo anuncio de la Coca-Cola. Una tenue sonrisa asoma por sus húmedos labios. Se da la vuelta y entra a la sala contigua, donde huele a fresco y a flores. El cristal del gran ventanal brilla dejándola casi ciega, pero sus ojos descienden por el cuerpo del muchacho, en el que se dibujan elásticamente todos sus fuertes músculos. No necesita ver. Temblorosa, se aparta del incandescente cristal mientras su cuerpo jadea.

Él no la ve, pero la intuye.

El marido no está en casa. El despacho es su vida.

Como cada lunes, el joven jardinero corta el césped del jardín y arregla los parterres de espléndidas flores rojas.

Ella aspira el aire viciado de la mansión. Sube al vestidor descalza, quitándose por el camino la ropa interior. Se pone un vestido blanco, fino, deliberadamente mojado para que transparente. Sale a su encuentro con una limonada fría y seductora entre sus manos. El muchacho la ve. Su cuerpo se tensa cuando roza los dedos de la mujer en torno a la superficie helada vaso. Ella cierra los ojos, capturando el precioso instante, dejándolo sudoroso y sin aliento.

La mujer piensa en la amargura de lo que está bien y mal, creándole una perversidad cada vez mayor. ¿El bien? ¿El mal? ¿Dónde empieza el uno y termina el otro?

Vuelve a entrar en la casa. El dormitorio está suspendido entre indolentes presagios. De pronto, nota que el reloj se para. La puerta de la habitación se abre como una sombra. La suave brisa la agita. El olor es fuerte, a sudor cargado de deseo. El muchacho se acerca por detrás. La tumba en la cama de la traición y el pecado. El mojado vestido yace ya lejos de su cuerpo. Sus pensamientos se desbocan. Todo su ser la abandona. El muchacho se desnuda y se tiende a su lado. Ella adivina un mar tormentoso, lleno de una inmensa y delicada humedad.

¡Oh, Dios ensombrecido! ¡Oh, Dios que estás en la Tierra! Renazco de entre las tinieblas para abrasarme en un cabalgante sol.

Ella es poeta en esencia. Todo son tambores y música a su alrededor. El vicio no lo rechaza. ¿Quién es quién para expresar el significado de esta palabra? Sonríe tímidamente mientras su amante la tiñe con una apasionante y delicada ola. Está en el sitio que quiere estar. Es agua y hierba a la vez. El aire se tiñe de una melodía celestial. No hay vencedores ni vencidos. Ningún malvado la despreciará. Siente de nuevo sus labios, jugosos, ávidos, hambrientos, y se pierde en el mal.

Medio lúcida entre sábanas llenas de sudor y propósitos ocultos, oye detenerse el ruidoso motor del Porsche y cerrarse su puerta. La devuelve a ese mundo consciente. Unos pasos ligeros se acercan a la corredera de cristal del jardín de atrás. Una voz ronca, conocida y generosa, la llama.

Ella toca su cuerpo, cubierto de sepulturas cerradas. Quiere huir, pero está herida de muerte.

El marido vuelve a llamarla desde lo alto de la escalera: baby, te traigo un regalo que te va a encantar. Su voz le recuerda el sonido del restallar de unos leños.

There is no love without forgiveness, and there is no forgiveness without love. No existe el amor sin el perdón, y no existe el perdón sin amor. Bryant McGill.

El martirio de la mujer al oír las palabras, la avergüenzan. Pero… se ríe satisfecha entre las sábanas blancas, revueltas, atesoradoras de furtivos y guardados silencios.

Finalmente, ya despierta del todo, se pregunta: ¿Fue cosa de brujería o sólo un capricho de la diosa Fortuna? Y se fue a la ducha. Apremiaba.

 

Francis Cortés Pahissa©