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sábado, 16 de abril de 2022

BRUMA EN LA MEMORIA

 

 


Poeta de prestigio

tuve la dicha de ser

bajo esta parda tez,

y mente de prodigio

de la cual simple vestigio

tan solo quedará,

pues el tiempo que vendrá

será un desconocido,

una suerte de aullido

que en silencio pasará.

Aplauso atronador;

hasta el último confín

de las letras, paladín;

apodado “El Ruiseñor”,

pues mi genio creador

holló tan sublimes cotas

como agudas son las notas

que trinan sin cesar,

en acrobacia singular,

de sus entrañas ignotas.

Influyente posición,

atalaya de gigantes,

huraño en los talantes,

soberbio aun sin razón,

lamentaré siempre, corazón,

haber solo sentido

tu piel bajo el sigilo

de aquella noche castellana

entre lloros de campana,

aromas de miel y trigo.

Desde aquel aislado encuentro,

mil lluvias han pasado,

y de pozos anegado,

la agonía que llevo dentro

de mi universo, en el centro.

¡Qué absurda tontería!

¿Fue cosa de brujería

o sólo un capricho de la diosa Fortuna?

¡Alivia mi tortura,

reina de la morería!

Fría era aquella sala blanca.

Flemático el galeno,

me explicó que ese veneno

muerde fuerte y manca,

imposible detener una vez arranca;

nada podré recordar

ni dos tristes letras trenzar.

Laberinto sin postigo,

tampoco yo seré testigo

a la hora de marchar.

Gran ateo me confieso

bajo este cielo de jazmín,

y solo pido a Dios, como fin,

que la muerte me haga preso

antes de olvidar el aliento de tu beso,

ese húmedo ardor salvaje,

tu cuerpo mi paisaje.

Cuando todo sea nada,

noche de la alborada,

será mi último equipaje.

Sea ésta final ocasión

para un postrero y roto verso.

Me siento ya disperso,

casi fuera del renglón,

más de sueño que razón

mi último ingenio de cuerdo

para jurarte amor eterno

y que no habrá enfermedad

ni opaca oscuridad

que nublen tu recuerdo.

Óscar Gutiérrez©

martes, 15 de marzo de 2022

OFERTA DE EMPLEO

 


 

Cuando surgió aquel anuncio, en una web de mujeres eslavas con mucha carne y poca ropa, pensé que sería broma. Uno de esos banners habituales en los que, sorprendentemente, en la actualidad la gente sigue mordiendo el anzuelo, creyendo haber resultado ganadores de un sorteo al que nunca se han apuntado, de diez teléfonos móviles de última generación o de un millón de euros, cuando en realidad lo único que están consiguiendo es llenar de virus informáticos sus ordenadores y mostrar abiertamente sus cuentas bancarias y contraseñas a los mejores piratas de la red de redes.

Han pasado más de dos décadas desde aquel instante que cambió mi existencia. Me encontraba anudado entre las sábanas revueltas de mi cama. El suelo de la habitación estaba minado de cervezas vacías, y unos cuantos ceniceros desbordados de colillas ocupaban la única balda de la estancia, lo que podría servir para explicar la presencia de aquella neblina tóxica y persistente. La persiana estaba bajada y la ventana no se abría desde tiempos inmemoriales. El aire era rancio y nauseabundo. La camiseta interior que vestía desde hacía varias semanas amarilleaba sospechosamente por la zona de las axilas. Unas lorzas cada vez más prominentes colgaban desganadas de los laterales de mi barriga.

Pensé, ¿Puede empeorar aún más la situación? Abandonado por mi esposa, me habían despedido hacía casi un año por bajo rendimiento laboral. Malvivía en un antro minúsculo en el extrarradio más conflictivo de la capital, y mi aspecto era harapiento y repugnante. La última vez que había salido de allí fue para enterrar a mi padre, que aún hoy sigo convencido de que murió de pena y de vergüenza por ver a su único hijo en ese estado tan deplorable.

Así que cliqué en aquel icono verde fosforescente que apareció de repente en mi pantalla. Letras blancas intermitentes captaron rápido mi atención. Era una oferta de trabajo: “Se busca persona con imaginación, empatía y curiosidad. Cultura general, aunque se valorarán en especial conocimientos en Historia e idiomas. Trabajo desde casa. Elevada remuneración. Contrato por obra o servicio de muy larga duración”. Demasiada buena pinta. Rellené los campos obligatorios con mis datos, adorné un poco el currículum –picaresca española… ¿inglis? ¿Mi? Yes very well fandango (un poco de poesía macarra siempre venía bien, eran los 90)– y botón de enviar.

Oye, a los pocos minutos, un email entra en mi bandeja y me cita en un lugar y hora concretos para realizar una entrevista. Al día siguiente, martes 13, en una mansión abandonada de las afueras. Como os lo cuento. Por fin parecía sonreírme un poco la vida.

Sin embargo, aquella mañana me levanté hecho unos zorros. Gripazo y una gastroenteritis que me barría. Pero no podía dejar pasar aquella oportunidad. Así que hice de tripas corazón y me puse en marcha. Me aseé levemente, tampoco es que me hiciera mucha falta. Llovía a mares y no tenía ni un triste paraguas, así que imaginaos la caladura. A mi flojera intestinal tuve que añadir que pisé una mierda de perro al tiempo que un cuervo practicaba su puntería. Una gitana me echó mal de ojo por no sé qué de un romero. Un carterista me robó el poco dinero que tenía encima, así que me tuve que colar en el autobús, con la mala fortuna de que volcó al entrar en una rotonda debido al volantazo que tuvo dar el conductor al intentar evitar el choque con un repartidor de comida china made in Vallecas.

Hundido y derrotado, me cobijé de tanto incidente en una cabina de teléfono azul. Con la última peseta que me quedaba, me rendí, llorando, y llamé a mi madre, que no había querido volver a saber nada de mí. Le expliqué mis últimas desventuras y, rebuscando en el fondo de su corazón ese amor de madre innegociable, lo más cariñoso que acertó a decir fue:

–Está claro que ese trabajo no es para ti. Las señales son evidentes. Tú mismo te tenías que haber preguntado ¿será esto una premonición? Vete para casa, anda. Además, sea para lo que sea, seguro que lo harías mal, como lo has hecho todo en la vida.

Y colgó. Sin más. Con la frialdad de una daga de acero. Pero, en vez de hundirme, me espoleó, y saqué fuerzas que desconocía estaban dentro de mi ser para correr como un loco desquiciado. Kilómetros. Y llegar. Por fin llegar a un sitio a la hora concertada.

La silueta fantasmal del ecléctico y abandonado Palacio del Canto del Pico era aterradora bajo la luz escarlata del atardecer. Erigido sobre un promontorio granítico, regalaba una incomparable panorámica de Madrid desde aquel rincón olvidado de la sierra noroccidental. Una mujer ataviada con ropajes de enferma salió de aquel caserón, se acercó con una sonrisa tierna y me clavó una jeringuilla en el brazo. Perdí el conocimiento al instante, y de ahí en adelante, el resto de la historia se mueve entre terrenos nebulosos y efluvios de mi mente.

Creo recordar el desfile de una serie de personas influyentes, que aseguraban formar parte de unos supuestos grupos de poder y sociedades secretas de los que no había oído hablar en mi vida: que si Rosacruces, Masones, Illuminati, Bilderberg… y unas amenazas de que si no cumplía con lo pactado… –solo de pensarlas se me encoge el alma.

Mi siguiente recuerdo es estar nuevamente tirado en ese habitáculo inmundo lleno de mugre. Pero con mi contrato laboral firmado. Y ahí que llevo ya camino de veintitrés años. Deben de estar contentos los jefes, no me ha caído ninguna reprimenda. Así que a seguir así, dándolo todo. Motivación máxima.

¿Que en qué consistía la oferta de empleo? Ah, claro, perdonadme, con tanto lío me había olvidado de contaros lo fundamental. Fui seleccionado como la persona más adecuada para ejercer la labor, desde el día 1 de enero del año 2001, de guionista del siglo XXI… ¿A que no lo estoy haciendo tan mal como presagió mi madre?

 

Óscar Gutiérrez©

martes, 18 de enero de 2022

INSPIRACIONES ATEMPORALES

 


 

Las infinitas y heladas praderas de gramíneas se habían convertido en su indeseado hogar. Aquel grupo de nómadas llevaba varias lunas penando frío, hambre y muerte. Las pieles desgarradas que cubrían sus cuerpos no eran suficientes para hacer frente al afilado viento boreal que azotaba, asesino, en múltiples direcciones.

Formado en origen por más de cuatro decenas de personas, los miembros del clan que se mantenían en pie se podían contar ya utilizando únicamente los dedos de las manos. Muchos perecieron mientras dormían, sepultados bajo los enormes bloques de roca que cayeron procedentes del techo de la caverna en la que habían instalado su campamento. Entre ellos, el jefe y el chamán de la tribu, las más poderosas personas y las encargadas de tomar las decisiones capitales en el día a día, el alfa y el omega de la comunidad, los guías del mundo físico, uno, y de la esfera espiritual, otro.

Ante la ausencia de sus líderes, las normas a seguir eran precisas. Sería el hijo del jefe fallecido quien heredaría su poder, su rango social, sus derechos y sus obligaciones. Así se lo habían dictado los dioses a sus ancestros, entre susurros indómitos, en la noche de los tiempos. Y así había quedado inscrito, a la luz de sombras danzantes, en los santuarios mágicos del útero de la Madre Tierra.

Kemano no estaba preparado aún para asumir esa responsabilidad cuando se precipitó sobre sus hombros. Apenas había sido iniciado por su padre en las enseñanzas más básicas. No era hábil en el arte de la caza, no había aprendido a escuchar los colores de la naturaleza, no conocía el territorio con la exactitud necesaria, no había heredado el carisma innato de su progenitor… y, sobre todo, no gozaba del respeto del resto de hombres adultos del clan, que lo veían, ciertamente sin falta de razón, como a un adolescente asustado e incapaz que los tenía vagando entre hielos a la espera de que la muerte les aliviara el sufrimiento.

Era vital encontrar una nueva cueva con las condiciones necesarias para refugiarse de aquella cellisca y plantar las bases de un nuevo asentamiento. Al menos sobrevivir, para después, desde cero, intentar levantar una vida. Pero parecía una misión imposible. Por mucho que recorriera y revisara, palmo a palmo, montes, colinas y riscos, ninguna gruta reunía el tamaño, forma y orientación mínimas.

La última noche fue aún más gélida y cruenta. Arremolinados alrededor del tronco huesudo de un abeto desnudo, la alborada trajo la pérdida de dos miembros más. Kemano se alejó unos metros, dirigiendo sus pasos hacía un pequeño promontorio elevado. Desde allí pudo ver cómo los tres hombres que se mantenían con vida estaban también apartados del resto de mujeres y niños. Sus rostros adustos, sus gestos firmes, la manera en la que lo apuñalaban con la mirada sin disimulo alguno, así como el abrazo final con el que terminaron su cónclave particular, le dejaron claro que su fin había llegado. Como ya intuía, planeaban derrocarle y desterrarle, lo que se traduciría en un desenlace rápido y solitario ante aquellas condiciones extremas. Su padre debía de estar sintiendo una punzante vergüenza desde el otro plano de la realidad al que había viajado.

Decidió descender desde la loma hacia el fondo de un angosto vallejo por donde corría, alterado, un río de tonos blancos. Carente de ánimo, la desesperación y la desazón inundaron su alma. Pensó que lo mejor, quizás, sería hundirse en aquellas aguas y darse por vencido. Pero en ese instante último, algo llamó su atención. Entre las rocas de la ribera, salpicada de gotas saltarinas, destacaba la trampa mortal de seda que había elaborado con mimo una araña. Y una luz nunca antes conocida recorrió los entresijos de la mente humana. Pensó: ¿y si construyo nuestra propia telaraña? Con palos tratados, pieles curtidas, cuerdas de cáñamo que unan, piedras que la afiancen…, ¿funcionaría?

El impacto de un pedrusco sobre su cabeza lo volvió todo opaco y denso, poniendo el broche de sangre a su efímero liderazgo. 

En su despacho a las afueras de Stuttgart, el arquitecto Frei Otto era consciente de que el camino vital estaba llegando a su fin. Postrado en su sillón marrón de piel vuelta de becerro envejecida, paseaba su mirada cansada, pero aún con esa chispa brillante de ingenio vivo, por las tres maquetas que descansaban sobre la amplia mesa de nogal que presidía el centro de la sala. Se trataba en todos los casos de réplicas en miniatura de sus más imponentes e importantes diseños: el Estadio Olímpico de Múnich, el Multihalle de Mannheim y el Tuwaiq Palace de Riad. Hacía ya más de tres décadas que habían sido inaugurados, pero sus líneas ligeras y flexibles, la optimización de las formas estructurales y el uso de elementos curvos y parabólicos les permitían codearse, aún hoy en día, con edificaciones ultramodernas erigidas al calor de las nuevas tecnologías, los nuevos materiales y las más incipientes corrientes vanguardistas. Siempre definió sus creaciones como desafíos a la gravedad, sueños de aire y luz, de sombras livianas y espacios flotantes.

Condecorado a lo largo de su trayectoria profesional con los premios y galardones más prestigiosos en el campo de la arquitectura, miles de veces le preguntaron por su principal fuente de inspiración. Él simplemente sonreía y, con tono reservado y algo burlón, mantenía el misterio, contestando que sus musas eran muchas y variadas; y que siempre había alguna próxima, por eso tenía que permanecer atento en todo momento.

Antes de cerrar los ojos por última vez, fijó su vista en la esquina inferior derecha del inmenso ventanal, por donde entraba la tibia luz parda del amanecer. Sobre la esquina del alfeizar, escondido tras la forma redondeada de un macetero cerámico, un diminuto artrópodo invertebrado de ocho patas cosía, afanoso, una prodigiosa telaraña, una obra de ingeniería geométrica fascinante, que brillaba empapada por el rocío del alba. Exhaló relajado, sabiendo que dejaba a buen recaudo sus secretos. 

Óscar Gutiérrez©

jueves, 9 de diciembre de 2021

MALAS COMPAÑÍAS

 


 

Las sombras de tres individuos se proyectaban sobre la amarillenta pared de la pequeña sala, danzando en simétrica coreografía al son del arrítmico iluminar de una decena de cirios verdes. Sus rostros denotaban seriedad. Sus cuerpos estaban tensos y rígidos. A pesar del sepulcral silencio, los nervios y la crispación monopolizaban el ambiente.

En el centro de la estancia, un humilde féretro marrón de esquinas cuadradas descansaba sobre una mesa de mármol. El difunto era un hombre aún joven y apuesto, de frondosa mata de pelo moreno repeinado hacia atrás, fuerte complexión, afiladas facciones y unos ojos tan grandes y oscuros que, abiertos de par en par en ese rostro yerto, asemejaban dos azabaches perdidos en el fondo de un pozo infinito. Vestía túnica de ruán negro con cinturón y cíngulo franciscano de esparto, como era preceptivo para un cofrade y nazareno de la Hermandad.

El aire que entraba desde el exterior era abrasador, a pesar de que, a esas horas, era la madrugada quien recorría serena las calles empedradas. El sol aún descansaba, preparando su furibundo ataque. La canícula sevillana no había faltado a su puntual cita con el mes de julio a orillas del Guadalquivir.

No demasiado lejos, se oía retumbar los disparos y cañonazos de las fuerzas militares al mando del General Pavía. Según las últimas noticias, ya habían tomado el ayuntamiento de la ciudad y ajusticiado a los líderes de la revuelta cantonal. Solo una débil barricada resistía sin esperanzas en el entorno del barrio de San Bartolomé.

Sobresaltados y estremecidos por uno de aquellos sonidos belicosos, las tres personas, dos hombres y una mujer, que velaban al finado en un manifiesto estado de irritabilidad, más que de la presumible tristeza, expresaron por fin en palabras públicas sus pensamientos internos.

–¿Quién te mandaría meterte en medio de esta refriega, inútil? ¡Si no habías cogido un rifle en tu vida, desgraciado! Mira que plantarte delante de un anarquista armado, así, sin más… Y encima ahora tenemos que pagarte el entierro. ¡Maldita sea la hora en que tu familia entró en esta cofradía, porque no habéis hecho más que robarnos! –exclamó uno de ellos.

–Siempre fue un blando. Un baldragas. ¡Nunca jamás fue digno de portar en sus hombros a nuestro Cristo! Borrachuzo, mal pagador y cobarde. Desde la infancia hemos estado juntos. ¡No sé cómo le he aguantado tanto! –añadió con inquina el otro hombre.

–¡Aaaayyy, mi Antonio! Con lo que yo te quería. ¡La de veces que te provoqué! ¡Y no hubo manera de que me rozaras ni una vez! Yo, la más guapa y deseada desde Triana hasta La Macarena, que estaba dispuesta a darte todo mi cuerpo. Al final tendré que creer las habladurías que, de esquina a esquina, rumoreaban que te ponías más zalamero con las barbas que con estos pechos que Dios me dio. ¡Aaaayyy, mi Antonio, pero qué bobo fuiste! lamentó finalmente la mujer.

Tonos dorados y violáceos de la madrugadora alba estival comenzaban a bañar el campanario de la Capilla del Dulce Nombre de Jesús, que era donde se había instalado la capilla ardiente, cuando un sacerdote orondo, con los ojos arrasados después de no haber pegado ojo en toda la noche, hizo su entrada. Cada paso que daba parecía costarle un esfuerzo titánico.

–¡Por fin! Ya era hora, Padre. Venga, terminemos con esto de una maldita vez. No se merece tantas atenciones este malnacido –indicó el primero de los hombres, sin dejar al párroco siquiera colocarse los hábitos.

Los tres presentes tomaron una vela cada uno. Con la ayuda de unos vagabundos callejeros que holgazaneaban por allí, levantaron el féretro, lo colocaron en un destartalado carromato de madera tirado por un burro cojo y comenzaron a descender la calle Baños. De repente, pegando unos alaridos desgarradores, una pareja de campesinos, viejos y sucios, llegó corriendo para unirse a la comitiva.

Uno de los hombres se giró, se colocó ante ellos y, con ademanes y gestos muy agresivos, les gritó:

–¿Se puede saber a qué viene este espectáculo? ¡Fuera de aquí, escoria nauseabunda!

La anciana cayó de rodillas, prácticamente desmayada entre sollozos y balbuceos de lástima. El cura intentó mediar en la violenta situación, acercándose a ella y preguntándole, en un tono reconfortante:

–Señora, intente tranquilizarse. Pero, y a usted ¿quién le ha dado vela en este entierro?

Ni tan siquiera tuvo tiempo de responder, porque ese vehemente ser disfrazado de persona humana se le adelantó, altanero e inquisitivo:

–Mi nombre es Alonso Cortijo, Hermano Mayor de la Hermandad de la Santísima Vera Cruz, la cofradía más antigua y honorable de esta ciudad de Sevilla. Y dado el cargo que ostento, yo decido quién tiene derecho de portar candela en este sepelio y quién no, ya que me he visto en la obligación de correr con los gastos debido a la condición de cofrade de este fulano; que desde luego no la merecía, pero las normas son las normas y hay que cumplirlas. ¡Y ahora fuera, alejaos, ganapanes sarnosos!

De esta manera, tan solo el cofrade acusador, el mal amigo y la amante despechada conformaron la compañía del fallecido en su trayecto final. Desde el umbral sagrado de la puerta de la capilla, aquella pareja de viejos tiznados por el polvo seco del campo andaluz, empapados en sudor de aceituna y ahogados en lágrimas de azahar y romero, vieron alejarse en lontananza al lúgubre, pero sobre todo hipócrita y fraudulento, cortejo. Esos ancianos eran sus padres, y estaban viendo marchar a su único hijo.

 

Óscar Gutiérrez©

lunes, 15 de noviembre de 2021

EL PATO DE LA INSPIRACIÓN

  


Fue portada de periódicos y revistas internacionales. Desbordó los angostos límites de la sección de cultura y su cara se convirtió en popular y familiar para personas de cualquier confín perdido del planeta. Era querida, deseada y envidiada a partes iguales.


Artista polifacética y multidisplicinar, Paloma Berlanga se hallaba en la cúspide de su aún corta trayectoria. Resultaba complejo etiquetarla: premiada como actriz y directora de cine, cantante número uno en ventas y compositora lírica, escritora de una tetralogía de novela negra traducida a decenas de idiomas, escultora de referencia para las vanguardias contemporáneas… Una mente privilegiada refugiada en una mujer de agresiva belleza y afable carácter. Siempre sonriente y cercana. Un ser que elevaba a la enésima potencia los ideales renacentistas.


Madrileña de cuna, siempre presumió de ser más castiza que las mantillas de las chulapas de la “Verbena de la Paloma”. Residía en un imponente apartamento con jardín en la Avenida Séneca, en el distrito de Moncloa. Solo necesitaba cruzar la carretera para perderse entre la frondosidad, los monumentos y las charcas del Parque del Oeste.


Esos paseos, tan mundanos y usuales, bastaban para encender en ella la mecha de la creatividad. Allá donde posara su mirada, veía una historia que narrar, magia que crear: abuelos contando avatares de su vida, parejas de adolescentes de la mano, la caída rítmica de la hoja parda rendida al otoño, el titileo de la luz de una farola averiada o una bandada de patos picoteando las migas que les lanzaban los niños. De hecho, su obra más reconocida era la escultura de un extraño y feo pato en mármol de Carrara de más de cinco metros de altura, inspirada en el famoso cuento de Hans Christian Andersen, que presidió la entrada a un congreso internacional sobre el acoso infantil y la dictadura de la belleza, que se celebró en Johannesburgo.


Nadie hubiera imaginado que, a su meteórica ascensión personal y profesional, le sucedería un descenso aún más vertiginoso hacia el inframundo. Las razones fueron multicausales: el relato de pareja ideal que había creado junto a su marido escondía las infidelidades de éste tras la puerta del armario, lo que desembocó en una agresiva ruptura matrimonial narrada con luz y taquígrafos. Tuvo que sumar además las enfermedades de personas muy cercanas, un accidente de tráfico que la mantuvo postrada en cama varios meses… Una serie de obstáculos tan inesperados dentro de su vida inmaculada que, sencillamente, no tenía las herramientas necesarias para hacerles frente, lo que provocó su hundimiento hacia la bruma del desquicie y de la abulia. Su inagotable inspiración e imaginación se habían secado al tiempo que su cuerpo se empapaba de madrugadas, drogas y alcohol.


Abandonada y olvidada por familia, amigos y multinacionales, se convirtió en una vagabunda anónima más. Dando tumbos, entró en aquel tugurio con la certeza de que nada bueno podía suceder allí. El olor era fétido y nauseabundo. El suelo de madera carcomida estaba pegajoso, lleno de grasa y sustancias cuya procedencia prefería desconocer. Los ojos beodos de hombres sudorosos, con los codos apoyados sobre la barra, intentando mantener una verticalidad cada vez más improbable, la desnudaban, lascivos.


Sin saber realmente cómo, acabó derrumbándose sobre una silla en la parte más lúgubre y apartada de aquel antro de mala muerte. Todo le daba vueltas. Vomitó allí mismo, sin que nadie hiciera ademán de ayudarla, expulsarla o interesarse por ella. Perdió la noción de su existencia. Se dejó ir.


En ese estado alterado de conciencia, transitó por sueños densos, grises y plomizos, moviéndose con la lentitud de un encadenado entre arenas movedizas. De repente, en ese universo de oscuridad y temor infinitos, surgió la figura luminosa de una mujer menuda y tan delgada que podían apreciarse todos los huesos de su endeble esqueleto. Llena de arrugas, apenas cuatro pelos grises asomaban bajo un gorro sucio y puntiagudo. Parecía haber sido testigo del primer segundo del mundo.


Sin mediar palabra, sacó un recipiente en forma de caldero pequeñito y se lo tendió. En su interior bullía un líquido amarillento de aspecto nada apetecible. Aunque aquella especie de chamana no abriera la boca, el mensaje llegó claro a su cerebro:


–Los ingredientes de ese brebaje inmundo son tus miedos, penurias y desdichas. Trágatelos y lucha. Todo depende de ti.


Cerró los ojos, se tapó la nariz, cogió el cuenco donde se reunía esa mezcla ignominiosa de su existencia, y se la bebió de un trago.


Cuando volvió en sí misma se encontraba confortablemente acurrucada bajo el cálido abrazo de las mantas de su cama. El reloj de la mesilla de noche aseguraba que eran las diez en punto de la mañana. Un petirrojo cantaba, pizpireto, sobre el alfeizar de su ventana. Cómo había llegado hasta allí será un misterio eterno.


Se levantó animada. Nueva. Con el ánimo fresco. La cabeza, despejada. El cuerpo, poderoso. Sin rastro de síntomas resacosos. Con la sonrisa tatuada en su rostro, desempolvó su viejo chándal gris, se calzó sus deportivas, trenzó su eterna cola de caballo y salió a caminar con una dirección clara y firme en sus pasos. El día había amanecido despejado y se agradecían las primeras caricias del sol de la incipiente primavera verde.


El Parque del Oeste, que nunca se había ido, volvía a estar ahí. Nada había cambiado. Los viejos de siempre sentados en los mismos bancos, repitiéndose las mismas historias y batallas; enamorados lanzando guijarros a la lámina de agua impertérrita; cada árbol, anclado en el lugar exacto; el sendero adoquinado... Paisaje inamovible. Pero a la vez, todo era diferente. Realmente, era ella la diferente. El aire que rodeaba aquella escena era bucólico y jovial. Sintió esa chispa ardiente dentro de sí misma. Había llegado la hora de regresar.


Miró hacia el cielo mientras espiraba un suspiro de paz y satisfacción. Y lo hizo justo en el espacio, tiempo y dimensión exacta para poder disfrutar del despegue torpe y solitario, pero valiente y decidido, de un pato extraño, pero muy bonito.


 


Óscar Gutiérrez©

 

lunes, 18 de octubre de 2021

PERCEPCIONES ESPACIALES OPUESTAS

 



 Si la mente humana ya es complicada y misteriosa de por sí, en edad adolescente, esa complejidad se multiplica. El paso de gigante sin retorno que supone la pubertad es algo así como un seísmo diario dentro de esos jóvenes cerebros aún lejos de su pleno desarrollo y madurez. Y ante los nuevos desafíos y obstáculos que van apareciendo en su vida diaria, pueden caer con relativa frecuencia en el estrés, la ansiedad o la depresión.

–¡Te repito que no pienso volver a esa casa de mierda! ¡Que me dejes en paz! ¡Aquí la única loca eres tú!

–¡Sólo te intento ayudar, hija mía!

Harald Christensen observaba distraído la discusión entre madre e hija mientras garabateaba trazos inconexos y abstractos en un folio blanco inmaculado. A pesar de su corta edad, se había convertido ya en uno de los psicólogos más reputados del país. El problema de la joven Karen era que se veía obligada a vivir junto a su madre viuda y a sus cuatro hermanos menores en una cabaña perdida en lo profundo del bosque, aislada por completo del mundo, cuando el crecimiento de su cuerpo ya le estaba pidiendo asfalto, madrugada, luces de neón y sábanas revueltas. El diagnóstico era fácil. No era otra cosa que un intento de llamada de atención y la incapacidad de superar la pérdida de su padre. Un caso más, tan similar a tantos otros.

Harald tenía su consulta médica en el barrio de Frederiksberg, en la parte occidental de Copenhague. Pulmón verde de la ciudad, salpicado de chalets unifamiliares en un entorno tan bucólico como exclusivo.

La sala rezumaba tranquilidad. El ambiente era sereno y confortable. Aseguraba la privacidad y la seguridad. En sus paredes de tonos claros se reflejaba la suave e inofensiva luz de los últimos atardeceres estivales, que entraba por unos grandes ventanales abiertos de par en par por donde se colaba una leve brisa cada vez más fresca, pero aún agradable, bañada en aromas a hierba mojada. Dos imponentes abetos blancos se erguían, como dos centinelas, al otro lado del cristal.

La habitación era diáfana, pero cálida. Una vez cruzabas el umbral de su puerta, te recibía una mesa de roble americano barnizada, con varias carpetas perfectamente colocadas sobre ella. Justo detrás, una librería humilde donde se entremezclaban volúmenes sobre psicología, terapias y conductas con revistas de actualidad sobre naturaleza y viajes. La alfombra invitaba a descalzarse y a sentir el relajante roce que otorgaba la felpa de pelo largo en las plantas de los pies. Bajo los ventanales, un chaise longue de terciopelo rosa te acogía y te acunaba con la misma suavidad que el abrazo de una madre primeriza.

Nacido en el seno de una familia adinerada y con tradición en la medicina mental, tuvo que soportar una enorme presión desde niño. Siempre se le exigían las mejores notas, los mejores expedientes. Tenía que estar a la altura que su apellido exigía. Estudió y se doctoró en las mejores universidades del mundo. Nunca le faltó de nada. Opulencia y riqueza opresivas. Hoy tiene renombre, fama y dinero. Pero no es feliz. Ni triste. Sencillamente no siente nada. Ha levantado una muralla rodeada de un foso lleno de fieras mitológicas y se ha vestido con coraza y cota de malla medievales. Ha sido su mecanismo de defensa para sobrevivir a su existencia y a los problemas de las vidas que acuden a buscar socorro en él.

El portazo de Karen le sacó de su ensimismamiento. Había salido llorando y gritando que nunca más volvería allí. Realmente la niña no necesitaba para nada ese tipo de ayuda. Hacía tiempo que no prestaba atención a sus lamentos. Por lo único que la seguía citando era para verse con Aneka, su atractiva madre. Por fin les había dejado a solas…

Tenían relaciones sexuales gélidas. Matemáticas. Asépticas. De corbata puesta y camisa sin arrugas. Pero ella era tan solo otra más de tantas mujeres. Nunca supo ni pudo, ni seguramente quiso, entablar una relación seria. Siempre le acaban recriminando una extrema frialdad, distanciamiento o dejadez incompatibles con el amor.

Una vez finalizado el coito y el papeleo del día, Harald cierra con cuatro vueltas la cerradura de máxima seguridad de su consulta, monta en su vehículo de alta gama y conduce hasta el centro de la ciudad. Aparca en su plaza de garaje, monta en el ascensor de botones dorados y asciende hasta la última planta del inmueble, al ático, donde se encuentra su vivienda. Es un loft de lujo, no especialmente grande, pero más que suficiente para una única persona. Dispone de todo lo último en tecnología y comodidad. La cocina inteligente ha preparado su cena favorita, unas frikadeller de carne de cerdo picada con patatas cocidas, col y lombarda. En la nevera encuentra una cerveza de su marca preferida y un vaso frío donde verterla. El sofá de cuero le recibe con una placentera comodidad. Por los altavoces multifunción de sonido envolvente silban los primeros acordes de su canción favorita. Echa un vistazo rápido a la pantalla digital del sensor de temperatura, que indica que en el interior de la casa es de 22´5°C. Se acerca hasta la puerta que da paso a una amplia terraza azulejada, desde donde se domina todo el corazón de la urbe, que, decenas de metros más abajo, corre a toda prisa bajo el manto de la noche cerrada.

Cierra los ojos. Suspira con desazón mientras intenta deshacerse de su panoplia de caballero impertérrito. Pero es imposible. Su armadura es inquebrantable. No percibe los miedos ni las tribulaciones. Pero la amistad, el afecto o el cariño también resbalan por su piel sin explorar ninguno de sus poros.

Se sube a la estrecha cornisa de ladrillo visto, danzando entre el mundo real y la ensoñación. Una farola parpadea asustada al final de la calle. Su último pensamiento fue que ojalá hubiera vivido él en una cabaña perdida en lo profundo del bosque.

 

Óscar Gutiérrez©

miércoles, 30 de junio de 2021

NUNCA FUE TARDE

 


 

Francesc rodeó, acariciándola con cariño, sabedor de que sería la última vez, la base del edificio de estructura circular que había sido su única patria y reino durante prácticamente las últimas seis décadas de su existencia. Su mano, arrugada y carcomida por el tiempo y el salitre, recorrió cada poro de la lisa superficie, que conocía de memoria. Levantó la vista hasta alcanzar con sus ojos turquesa la cúpula acristalada del inmueble, que resplandecía bajo los últimos estertores de un sol crepuscular disfrazado en tonos púrpura y lila. No le gustó cuando pintaron el cuerpo de la torre con esa decoración geométrica a base de rombos rojos y blancos, porque le recordaba a la marioneta deshilachada de un arlequín siniestro que el abuelo Jaume, ese borracho trilero que se ganó la vida de feria en fiesta, colocaba en su mesilla de noche cuando era niño.

Tomó la pequeña maleta, donde había sobrado espacio para meter toda su vida, y comenzó a descender la rampa de hormigón, que serpenteaba entre los arbustos de romero y de acebuche esquivando farallones descarnados de caliza. El olor a mar era imperceptible, al tiempo que innegable. Las olas bailaban un tango de ritmo sincopado y lento en aquella cala resguardada.

Fue en ese instante cuando lo escuchó con claridad. Ese ruido de la electricidad. Ese “Bzzz” que recorre los cables como la sangre por las venas. Ese “Chaaass” cuando la alta tensión prende la linterna. Se giró y, allá a lo lejos, erguido orgulloso, en la cima de aquel agreste peñón acantilado, con su contorno silueteado sobre el telón de un horizonte infinito, pudo ver cómo el faro de n’Ensiola, perdido en el extremo suroeste de la indómita isla de Cabrera, iluminaba la oscuridad mediterránea. Nunca lo había observado desde esa perspectiva, y tuvo que reconocer, a regañadientes, que el paisaje era hermoso. Y es que aquella era la primera vez, en los últimos 57 años, que no era él el que accionaba el interruptor que encendía la bombilla giratoria e intermitente que tantas vidas del mar había salvado. Un ordenador de última generación, del tamaño de una caja de zapatos, le había sustituido.

Nadie fue a despedirlo. Nadie fue a agradecerle los servicios prestados. Era el precio a pagar por haber tenido una vida solitaria dentro de una isla despoblada.

Melancólico y taciturno, sus pasos desembocaron en la playa de s’Espalmador, anclada al fondo de la ensenada utilizada como puerto natural desde tiempos inmemoriales. Un pequeño llaüt, embarcación tradicional de madera, con sus característicos tres palos y una gran vela latina, descansaba varado en la fina arena amarillenta. A lo lejos, en el extremo contrario de la bahía, destacaban los restos de un castillo de planta hexagonal en lo alto de un promontorio pedregoso.

La oscuridad era ya plena, pero la luna llena estival regalaba cierta claridad y una temperatura maravillosa. Francesc, dentro de su desazón, sentía en su interior más profundo una calma sosegada. Una quietud serena. No se había planteado qué hacer con el trayecto vital que le quedaba por delante. No tenía casa, ni familia, ni amigos, ni aficiones… Una nada que, al contrario de la lógica, le daba una paz inmensa.

Se tumbó, con la cabeza sobre la arena y los pies salpicados por las gotas fronterizas del Mediterráneo. Un firmamento plagado de estrellas ya desaparecidas pero aún visibles le servía como cobijo bajo el que arroparse. Se quedó dormido, tranquilo. Y soñó. Sueños nebulosos, lejanos, de una infancia feliz por aquellos parajes. Días de pesca, grupos de amigos, casas de puertas sin cerrojos, espeleología, piel tostada, saltos sobre hogueras, pulseras de conchas y promesas de eternidad a un amor juvenil. Pero después vinieron pesadillas mucho más reales, tan físicas que podía tocarlas. La muerte de su padre, la obligación de hacerse cargo de su empleo por herencia familiar, la soledad, el viento frío que borra recuerdos, la penumbra de la vida, el despoblamiento de la isla, la vejez, los achaques o las conversaciones con las hojas de papel amarillento como únicas y mudas compañeras, testigos de su ira y tormento.

Cuando abrió los ojos, el sol ya reinaba sobre un cielo azul radiante. Despertó inquieto, pero con una lucidez y claridad de ideas que hacía siglos que no sentía dentro de su mente. Dentro de su alma. El mundo tenía ese brillo diferente de los momentos de inspiración. Sin saber por qué, tenía la certeza de que había pasado acompañado la madrugada. Un regusto de calidez y ternura recorría la comisura de sus labios y se reflejaba en la rectitud de sus intimidades.

Se levantó, y pudo comprobar que la forma de su cuerpo, a causa del peso, había quedado marcada en la arena, como una especie de escultura en bajorrelieve. No pudo evitar pensar en esas escenas de cine policíaco en las que la silueta del cadáver, ensangrentado y aún caliente, era remarcada con tétrica pintura blanca. Contempló el entorno, gozando de un paraíso inhóspito y virgen. Pero seguía sintiéndose extrañamente acompañado.

Efectivamente, al mirar hacia abajo, descubrió las huellas de unos pies humanos que recorrían la orilla en dirección hacia el poniente, hacia el extremo del arenal. Siguiendo con la vista ese rastro, como las miguitas de pan de Pulgarcito, pudo divisar, a un centenar de metros, la efigie galana de una mujer anciana. Se fue acercando sin que aquella dama, con la mirada perdida en el mar, hiciera movimiento ni gesto alguno. A medida que se aproximaba, pudo ir fijándose en más detalles. Lucía un vestido blanco, sin mangas, estampado con motivos primaverales, que era mecido por una ligera brisa litoral. Un pañuelo verde decoraba su larga melena gris con reflejos de oro. La tez de su piel era bronceada y brillante. Su rostro y sus manos estaban surcados por arrugas de pronunciado desnivel, como las que deja el arado roñoso al penetrar en la tierra seca. Aquella mujer, no le cabía duda, había tenido que ser muy bella en su juventud. Y a pesar de que el tiempo no había tenido clemencia con ella, no parecía haber perdido ni un ápice de dignidad, decoro u orgullo. Estaba ya tan cerca que el aire le trajo su aroma de azahar. Fue en ese momento cuando, sin alharacas ni ademán ninguno, sin girarse a mirarle, habló. Lo hizo con un tono cálido, pero cansado. Sin reproches ni resentimiento, pero con un matiz de nostalgia y aflicción que llevaba siglos madurando.

–Fue justo aquí, Francesc. Justo aquí.

No hizo falta más. Los recuerdos le golpearon como un látigo de fuego incandescente. Como un torbellino descarnado.

–Dios mío… Carme…

Ella se volvió, y por fin pudo ver su rostro. Esos ojos esmeralda, esos pómulos marcados y ese mentón redondeado eran inolvidables.

–Veo que aún te acuerdas de mí. Me alegro mucho. Han pasado unos cuantos años, ¿verdad? Habrás podido cerciorarte ya de que todo ha cambiado tanto… No queda nadie en la isla, solo nosotros. Casi todos los muchachos fueron marchándose hacia Mallorca, siguiendo promesas de vidas más atractivas y modernas, a cambio de dejar atrás su esencia. Y los mayores, pues fueron faltando, ley de vida.

–¿Y tú? –preguntó Francesc, realmente aturdido ante toda aquella situación.– ¿Qué tal estás? ¿Qué tal todo?

La sonrisa más triste jamás imaginada afloró en su cara.

–¿Yo? Esperándote. Simplemente, esperándote. Aquella noche de San Juan me prometiste que me amarías siempre. Y yo prometí que te amaría siempre. Fue mágico. A la mañana siguiente se produjo el triste accidente de tu padre, y parece que olvidaste todo ese futuro juntos que habíamos soñado.

–La situación me superó. Era poco más que un niño y tuve que hacerme cargo de una responsabilidad laboral para la que no estaba preparado.

–Ni tan siquiera te despediste. Ni tan siquiera me dijiste que te acompañara. Has pasado los últimos 57 años de tu vida al otro lado de esa montaña, y nunca jamás regresaste. Para absolutamente nada.

–No tenía ni idea. Pensé que habrías conocido a otra persona, que habrías llevado una vida normal… La verdad es que no sé qué decir.

–No, querido Francesc. Me enseñaron a cumplir mis promesas. Y juré ser tuya y solamente tuya. Tú me prometiste lo mismo. Pero lo borraste, supongo. Yo no lo hice. No he faltado ni un solo día a esta cita. Nuestra cita. Habíamos quedado aquí aquella mañana, para sellar nuestro compromiso. Nunca perdí la esperanza de que algún día te presentaras.

En ese instante, él abrió la pequeña maleta donde había guardado sus únicas pertenencias. Ella comenzó a llorar cascadas de ausencias. En su interior, únicamente había una horquilla, un colgante con un corazón de plata y un broche de fieltro.

–Esto es toda mi vida, Carme. Nunca te olvidé. Nunca me he separado de estas tres cosas que me regalaste aquella noche. Era la única forma de sentirte. De sentirme vivo. Tuve miedo de regresar y de que estuvieras con otra persona, con otra vida en la que no tuviera espacio ninguno. No lo hubiera podido soportar. Sé que es muy tarde, que he sido un cobarde, y solo puedo decir: lo siento.

–Te sigo queriendo con locura. Has tardado, pero para nosotros nunca fue tarde. Y aún tenemos que cumplir nuestra promesa.

Se abrazaron. Se tocaron. Se desnudaron. Posturas desconocidas que fluían como coreografías ensayadas desde la infancia de la humanidad. Sensaciones nunca experimentadas. Conocieron escondites salvajes y vírgenes. Y ese amor congelado, hibernado pero latente, se elevó al cielo, inundando la cúpula celeste de fuegos artificiales.

 

Óscar Gutiérrez©

domingo, 30 de mayo de 2021

CADA OMBLIGO ES UN MUNDO

 



Considerarse imprescindible y necesario. Absolutamente básico. Insustituible. El mejor. La referencia. El centro geométrico alrededor del cual gravita un todo inefable y atemporal, como el sol de Copérnico o esa cicatriz redondeada y arrugada en el vientre de ese matemático, artificial y robótico hombre que pintara Leonardo como modelo ideal renacentista. Ese es el significado, según la tradición y el rico refranero de la lengua castellana, de ser el ombligo del mundo.

Bien. Es una expresión habitual, que todos hemos utilizado en más de una ocasión. Pero, antes de escribir nada, me paré a pensar: oye, ¿existirá un ombligo del mundo oficial? Me puse a investigar… ¡y vaya si lo hay! Cientos de ellos. Para la cultura griega clásica, es el Santuario de Apolo, en Delfos, donde se encuentra el ónfalo que se había tragado Cronos, rey de los titanes, engañado por su esposa, y al tiempo hermana, Rea, para salvar la vida de su hijo menor, un tal Zeus. Pero para otros, el centro del mundo está en Mirna, allá por Siberia Central, donde se halla el agujero artificial más grande y profundo del planeta. Para el pueblo aborigen Anangu, es el monolito Uluru, una mole pétrea de más de nueve kilómetros de extensión en el corazón perdido e inhóspito de la planicie central australiana, donde habitan desde antes incluso de que naciera el tiempo. Cuzco, para los pueblos incas; las Colinas Negras, para los Sioux; el Monte Fuji, para los antiguos japoneses; la Roma imperial, para los romanos (que por algo todos los caminos llevaban hasta ella); el punto de contacto entre cielo y tierra, en el contexto religioso; o la terraza del bar de abajo, si tu única motivación de hoy es bajar a emborracharte y no pensar en nada más.

En este mismo instante, es más que probable que un multimillonario narcisista esté celebrando haber introducido una bola de cuero y poliuretano entre tres palos de acero, mostrando su torso atlético y bronceado ante los ojos de millones de espectadores, al tiempo que un niño afgano llora desconsolado porque una bola de papel, que era su único juguete, ha rodado pendiente abajo por un terraplén de tierra  marrón y se acaba de perder debajo de una amasijo de escombros.

Donald Trump, sentado en el Despacho Oval, acariciaba un botón rojo en el que podía leerse “Ataque Nuclear”, mientras en el norte de Nepal, a los pies de gigantes nevados, las mujeres de la tribu de los Dolpo decidían en asamblea los futuros matrimonios de conveniencia a celebrar.

A la sombra del Aconcagua, una nube de pobreza recorre el cielo sobre un humilde viticultor argentino, que observa impotente como una plaga de mosquito verde apenas ha dejado unos racimos de uva aprovechables. En ese preciso segundo, un jeque saudí bautiza el decimocuarto yate de su flota privada lanzando una botella, con incrustaciones de diamante, del champán más caro del mundo sobre la proa de la embarcación.

En la conocida como “Casa del Tesoro”, junto al Alcázar Real donde residía el rey Felipe IV, Diego Silva de Velázquez daba los últimos y orgullosos retoques a un cuadro sobre la familia del monarca, siendo totalmente desconocedor de que, milenios atrás, un hombre de piel oscura y marcadas facciones había creado ya, en un mundo de rocas soñadas, entre luces y sombras danzantes, la obra de arte más perfecta jamás imaginada.

Un avión de papel, con una imposible declaración de amor escrita a bordo, volaba errante, desde una mano femenina hasta los pies de la mujer amada, entre el laberinto de calles de Saná, capital de Yemen, mientras toneladas de metal convertidas en bolas de fuego se incrustaban en el corazón del país más poderoso de la Tierra.

Un monje de clausura, que guarda voto de silencio, muerde con muda desesperación una toalla mientras sufre los dolores de un cólico renal. Con la espalda apoyada en los muros de ese convento, una joven pareja descubre por primera vez los secretos más ocultos de sus cuerpos entre jadeos indómitos procedentes del averno de sus entrañas.

Si miramos hacia abajo, todos veremos esa pequeña y extraña concavidad en nuestra barriga, dando igual que ésta esté ribeteada de onzas de chocolate, bien por fuera, bien por dentro. Ahí está, impasible. Así que, probablemente, todos nosotros, quizás en este preciso instante, o a lo mejor en algún momento alejado, en alguna existencia que no recordamos, vivida en una realidad diferente o en otra galaxia inexplorada, también nos hemos sentido así. Y es, que en mi humilde opinión, hay tantos mundos como ombligos.

 Óscar Gutiérrez©

 

 

lunes, 26 de abril de 2021

LA SEÑAL DEL TIEMPO

 


 

Son las 7 horas, 32 minutos y 57 segundos de la mañana del 14 de abril de 2021. Miércoles. El teléfono de última generación que descansa sobre la mesita de noche comienza a emitir una suave música melódica que, según un reciente estudio científico, es la mejor opción para dejar atrás la inercia del sueño y, gracias a ello, alcanzar el mejor grado de concentración y rendimiento en las primeras horas del día.

La persiana comienza a subir de manera automática y gradual. Hace casi tres horas que la corona del sol asomó tras los precipicios del horizonte. La luz exterior traspasa los gruesos cristales creando reflejos tornasolados en las cortinas de lino puro y dibujando pinceladas en tonos miel sobre las paredes blancas de la habitación.

La temperatura en el interior de la estancia es de 17´8°C. Una temperatura que se convierte en aún más agradable cuando, al acercarse a la ventana, los ojos azules anclados en el imperturbable rostro de Volodia Startsev contemplan el gélido e inabarcable paisaje de tundra siberiana helada que se abre ante él. Ya le advirtieron, antes de llegar allí, que la primavera es muy tímida una vez que dejas atrás los Urales. Pero su decisión, cuando surgió aquella oportunidad, fue firme. Segura. Duda no es una palabra que aparezca en su diccionario.

En medio de aquella nada perenne, lo único que rompe la horizontalidad infinita del panorama es el cíclico, incansable y monótono cabeceo de cientos de bombas de varilla que, una y otra vez, pican el durísimo suelo en busca de extraer hasta la última gota de ese oro negro que mueve el mundo llamado petróleo. Ser el propietario y director de las explotaciones de Samotlor, el mayor campo petrolífero de Rusia, no es fácil. No es sencillo. Él lo ha conseguido a base de esfuerzo, sacrificio y  una determinación sin límites. Y gracias a esas cualidades, hoy se ve recompensado acumulando la mayor fortuna económica de toda Europa.

Volodia Startsev había nacido a mediados de la década de los 70 en la pequeña ciudad industrial de Vorónezh, 500 kilómetros al sur de Moscú. De familia humilde, su madre murió durante el parto de su hermano pequeño cuando apenas contaba con año y medio. Su padre trabajaba horas y horas en el mantenimiento de las vías del ferrocarril, por las que discurrían constantemente trenes de calderas rojas humeantes y frenos chirriantes que hacían temblar el endeble cabecero de madera de su cama. El poco tiempo que pasaba en casa su progenitor lo hacía oliendo a grasa y borracho como una cuba. Así que se crio entre la soledad, el frío, la pobreza, la suciedad y el hambre.

Fue una tarde de finales de septiembre de 1989 cuando todo sucedió. Cuando todo cambió. Se encontraba junto a un grupo de amigos, pegando patadas a un bote de hojalata, levantando polvo de un suelo de tierra parda y marrón tapizado por las primeras hojas caídas de los álamos y chopos. Un columpio roñoso y taciturno, que un día fue rojo, gemía sus dolores mecido al compás del viento. Un parque cualquiera en un barrio pobre de extrarradio de ciudad, en esa abstracta línea en la que la urbe se convierte en campo y viceversa.

Fue muy rápido, aunque realmente no sabe precisar la duración de los hechos. El relato es borroso, pero las imágenes son nítidas. Demasiado nítidas: un brillo rosado en el cielo, una bola roja de aspecto metálico que se posa en el suelo del parque, que desaparece, que vuelve a surgir de la nada y aterriza de nuevo, los gritos de los otros niños, aquellos seres gigantescos de movimiento robótico, con tres ojos y extraños ropajes e instrumentos, la incapacidad de mover ni un músculo de su cuerpo mientras todo aquello ocurría, a escasos metros de donde él se encontraba, la forma en que todo se evaporó… Y después el dolor de cabeza, el malestar, las pesadillas, la turbación, las mil y una declaraciones ante hombres de uniforme marrón lleno de galones, y de aparentemente inocentes y agradables enfermeras de batas verdes deslavadas que le ofrecían una piruleta a cambio de confesar que toda aquella historia no había sido más que una inocente gamberrada infantil para llamar la atención.

No lo supo en aquellos momentos, pero el supuesto OVNI de Vorónezh del que fue testigo principal abriría, durante varios días, los informativos de los principales medios de comunicación del planeta. En la actualidad, varios de los principales expertos en la materia se decantan por que aquel incidente no fue más que una burda teatralización orquestada desde el corazón del Kremlin para desviar el foco mediático de los cada vez más evidentes problemas políticos, económicos y sociales de ese gigante comunista con pies de barro que, apenas meses más tarde, desembocarían en la caída de muros y telones tras los cuales vivía, triste, el torero cantado por Sabina.

Aquella trágica vivencia marcó su carácter. Pudo haber caído en el alcohol, las drogas o en cualquier otra desgracia. Pero la mejor forma que encontró su joven mente de encauzar todo aquello fue considerarse un elegido. Una señal venida de otros mundos, universos o realidades paralelas, porque a día de hoy sigue sin albergar dudas de que estuvo ante seres que no procedían de este pequeño mundo llamado Tierra, que lo escogieron a él por alguna razón que desconoce, y que se esforzaría incluso por encima de sus posibilidades para hollar el seguro brillante destino que le albergaba. Concentró todas sus fuerzas a tal fin, y evitó cualquier tipo de distracción. Progresivamente se fue convirtiendo en una persona huraña, recta, adusta, marcial e insociable. Matemático y preciso a escalas enfermizas. Maniático. Vanidoso y ególatra. Trabajó incansablemente en miles de pequeños oficios hasta poder pagarse la matrícula universitaria. Se doctoró cum laude en Ingeniería del Petróleo y en Gestión de Empresas. Su nombre comenzó a sonar con fuerza entre las empresas del sector, pero su complicada personalidad y las excesivas ansias de éxito y poder hicieron que, una a una, fueran rechazando su currículum.

El gran Volodia Startsev no iba a permitir que unos oligarcas de silla vieja carcomida por la polilla, puros caducados y despachos de luz gris se entrometieran en su camino. Si no iban a confiar en él, levantaría él mismo su propia empresa petrolífera. Comenzó a prospectar metro a metro la inmensidad de la Formación Bazhenov, un estrato de la cuenca siberiana occidental en plena estepa. Según sus estudios, millones de toneladas de crudo se encontraban a más de tres kilómetros de profundidad de aquellos helados suelos. Apretó cada tornillo, dibujó cada mapa, condujo cada kilómetro, soportó temperaturas casi incompatibles con la presencia humana, gastó hasta el último rublo… y se manchó con la primera gota negra que fue capaz de extraer. Hoy tiene miles de empleados a su servicio, ha construido ciudades enteras, posee aviones y aeropuertos privados, mansiones palaciegas en las capitales más importantes y lujosas, colecciones de arte al nivel de la mejor pinacoteca del mundo, y una suma de dinero sencillamente incalculable que crece de forma exponencial cada vez que cualquier persona reposta gasolina, juega un partido de tenis o pone la lavadora. En los últimos años ha invertido parte de su riqueza en nuevos sectores como la banca online, la nanotecnología, la biomedicina o la robótica, en todos los casos con acierto y obteniendo cuantiosos beneficios.

A sus 45 años ha alcanzado unas cotas de éxito impensables para cualquier adolescente. Mucho más para alguien con unos orígenes tan miserables. Fue hace diez primaveras, ya en pleno ascenso meteórico entre las grandes fortunas mundiales, cuando decidió que casarse y crear una familia podría dar un empujón interesante a su imagen de empresario de prestigio. Sin tiempo para el amor y el cariño, entró una mañana en el área administrativa y de gestión, echó un vistazo rápido, buscó a la mujer que, según sus gustos, mejor combinaba la juventud con la belleza, y dos semanas más tarde se casaban con la simple presencia de dos compañeras de trabajo como damas de honor. María, ese era su nombre, solo pudo yacer junto a su esposo aquella inicial noche de bodas. Fue su primera y única vez. Eso sí, con la puntería de un francotirador de élite, quedó encinta de mellizas que, nueve meses después, verían la luz bajo los nombre de Sasha y Alina. Su padre fue siempre una figura lejana, imperceptible, más una leyenda fantasmagórica que un ser de carne y hueso. Su único contacto, visual, nunca físico, eran cuatro segundos después del desayuno. Mientras ellas, junto a su madre, se levantaban de la mesa en dirección a una gran puerta apeinazada de estilo renacentista, con elaborados dibujos geométricos labrados y aristas molduradas, por el otro extremo de la estancia aparecía un señor alto y musculoso, con su pelo rubio engominado y con un elegante traje negro con corbata a juego, al que tenían que llamar papa y señor esposo, respectivamente, mientras realizaban una practicada y elegante reverencia con el cuello. Vidas absolutamente separadas. Tres cisnes blancos aislados, encerrados en una jaula de platino desbordada de riqueza monetaria y de pobreza del alma.

Y es que el tiempo es muy preciado en la vida del magnate ruso. Y no admite ninguna distracción que le aparte de sus quehaceres. La familia, el ocio o la cultura, desde luego, son algunas de esas distracciones a evitar. Y todo queda mensurado con escrupulosa exactitud. El instante preciso para levantarse tras haber dormido las horas adecuadas. A las ocho de la mañana en punto se sienta en su despacho y empieza a mover y revisar documentación sobre la mesa de ébano y marfil durante 113 minutos. Tras ello, baja al campo de trabajo para inspeccionar en primera persona las labores de extracción y evitar la holgazanería de algún peón perezoso. De ahí a la zona de talleres, a reunirse con proveedores, a sacar camiones del recinto, a realizar videoconferencias con grandes líderes políticos mundiales a los que deja con la palabra en la boca si considera que sus discursos se exceden de la duración conveniente, o a llevar la contabilidad exacta hasta del último kopek que entra o sale de su cuenta bancaria. Así durante los 365 días del calendario. Sin un descanso. Sin un respiro. La palabra delegar es otro de esos vocablos que no aparecen en su enciclopedia. Él es el mejor, y él tiene que controlar todas las operaciones que se ejecuten en su empresa. Desde cómo se barre el cuarto donde el personal de limpieza guarda sus productos y utensilios hasta cerrar un acuerdo de cooperación multibillonario con algún jeque caprichoso de Oriente Medio. El motivo por el que ha alcanzado la cima para la que fue elegido no ha sido por ser un tuerto rodeado de ciegos, sino por ser un tiburón tirano y absolutista sin escrúpulos que ha aniquilado todo rastro de vida de los océanos.

A última hora de la jornada se acuesta, pero, antes de caer en los brazos de Morfeo, arropado entre las suaves sábanas y en la silenciosa quietud de su alcoba, dedica los últimos 27 minutos de lucidez a pensar, a reflexionar en cómo puede mejorar su actividad empresarial y, en definitiva, su situación económica. Porque quiere más. Volodia Startsev siempre quiere más. Es insaciable.

Sumido estaba en sus cavilaciones cuando creyó encontrar el filón que estaba buscando. La mina inacabable. Aquello que todo ser humano desea poseer, pero que absolutamente nadie es capaz de conseguir. Algo que superaría los límites conocidos del precio, de la oferta y de la demanda. Se incorporó de un salto de la cama y gritó.

–¡Cómo no me he dado cuenta antes! Lo único que necesito para ser cada vez más poderoso es tener cada vez más tiempo. Tengo que conseguir tiempo. Como sea.

Bañado en una fiebre descontrolada, en un estado alterado de conciencia, comenzó a garabatear fórmulas matemáticas imposibles, a trazar con tiralíneas miles de rayas sobre los planos, y a triangular las constelaciones de estrellas. Hasta que lo tuvo claro. Hasta que creyó haber hallado la coordenada precisa en donde tenía que buscar.

Descendió hasta la zona de talleres y garajes. Los trabajadores del turno de noche no daban crédito a lo que estaban observando. Su jefe, totalmente fuera de su ser, perturbado, subía hasta la cabina de la tuneladora de que disponen en la empresa, arrancaba, y salía disparado atropellando a todo obstáculo, vivo o inerte, que se encontrara a su paso.

Avanzó kilómetros y kilómetros por la agreste e impávida taiga hasta que, según sus cálculos, alcanzó el punto correcto. Activó la cabeza giratoria con elementos de corte y comenzó la perforación del túnel vertical más profundo jamás proyectado. Jamás imaginado. El descenso hacia las profundidades magmáticas fue bastante rápido. Estaba seguro de que al final del camino se toparía con lo que estaba buscando. Los potentes focos del vehículo alumbraban una oscuridad física que se podía tocar. Empezó a encontrarse con señales que indicaban desvíos hacia lugares que no le interesaban: paciencia, solidaridad, amor, sabiduría…

–¡No! ¡No es eso lo que necesito! –gritaba, exasperado.

Estaba a punto de arrojar la toalla y de perder toda esperanza. Pero, por fin, tras un recoveco casi imperceptible, pudo ver que sobre una gruesa compuerta metálica de doble hoja, desvencijada y descuadrada, colgaba el letrero que tanto anhelaba. En sencillas letras negras mayúsculas sobre fondo blanco se podía leer con total claridad: EL TIEMPO.

No se molestó ni en llamar. El método de apertura era una rueda metálica, al estilo de los submarinos, que giró, por imperativo y entre suspiros oxidados, ante la fuerza indómita de aquel hombre. Al abrir el portón y traspasar el umbral, no pudo reprimir un grito ahogado que salía desde lo más profundo de su entraña adolescente.

Aquellos seres. Aquellos humanoides gigantes de andares y gestos autómatas que habían aterrizado ante él en aquel desangelado parque, se afanaban en mantener en movimiento las coronas, los piñones, los barriletes y volantes de un enorme reloj mecánico que, como si de en un corazón se tratase, bombeaba segundos y segundos hacia la superficie.

Un terrible sentimiento de inmovilidad se apoderó de sus músculos y de su mente. Sus pies parecían revestidos de plomo y varados en el suelo. Otra vez, como aquella primera vez, quedaba a su plena merced. Convertido en estatua inamovible. Uno de aquellos seres, con los mismos tres ojos y con la misma absurda vestimenta, una especie de mono azul sin costuras, que ya tuvo delante hace casi tres décadas, se le acercó. No movió ningún tipo de órgano ni parte anatómica que pudiera reconocerse como una boca, pero su voz robótica retumbó clara dentro de su cabeza. Le dijo así:

–El tiempo no es controlable para un simple humano mortal. Lo podéis medir, lo podéis fragmentar, incluso podéis intentar obviarlo…, pero en el fondo da igual. Es un juez que no admite debate ni protestas. Siempre gana. Estuvo antes que vosotros, está ahora, y estará después. ¿Te has preguntado cómo era el tiempo antes del tiempo? Cuando el cronómetro se puso en marcha, cuando nació el primer segundo, ¿qué había antes? Cuando se acabe el mundo, ¿no seguirán girando las manecillas del reloj? ¿No seguirá cayendo la arena? Que no haya nadie midiéndolo no quiere decir que el tiempo, de alguna manera, no siga avanzando. No sabréis si para adelante, si para atrás, o sin dirección concreta. Pero correrá, ¿no crees?

Ese ser enigmático se giró, obviando la cercana presencia de Volodia, para continuar con sus tareas. Éste noto que la vida volvía a su ser, que tenía de nuevo el control sobre su cuerpo. Indignado y furioso, no iba a permitir que aquella bestia de procedencia desconocida se entrometiera en sus faraónicas aspiraciones de futuro. Con toda la potencia que pudo almacenar en sus músculos se abalanzó para golpearlo, pero cuando su puño estaba a pocos centímetros, una cegadora luz violácea le envolvió, le zarandeó en el aire como a un guiñapo, y le lanzó con fuerza desmedida hasta chocar brutalmente contra el marco del portón de entrada. Malherido y mareado, aquella voz volvió a reverberar en su cabeza.

–Querido Volodia, no has entendido gran parte del mensaje. O, mejor dicho, lo has malinterpretado y deformado. Sí, puedes considerarte una persona especial, algo así como un elegido, después de aquella visita que te hicimos. No teníamos dudas de tus capacidades, de que podrías alcanzar grandes cotas de éxito a partir de tu tesón, tu capacidad de sacrificio y tu férrea voluntad. Pero ¿de qué te ha servido? Te has convertido progresivamente en un ser despreciable, ruin y mezquino. Eres muy pobre, porque solo has sabido acumular dinero. Y eres el ejemplo más evidente de que el dinero, por sí solo, no otorga la felicidad. Busca a tu alrededor, y encuentra la dicha. Pero date prisa. Ese rayo de luz que te ha sacudido te ha expuesto a unos altísimos niveles de radiación. Miles de células cancerígenas están ya recorriendo tu cuerpo, no te quedarán más que unos pocos meses de vida. ¿Te das cuenta de esa paradoja? Los humanos os pasáis la vida preguntándoos cuánto tiempo os quedará por delante, y, qué curioso, cuando por fin lo descubrís, es porque os queda muy poco. Mala cosa.

Totalmente desfallecido, con todo dando vueltas a su alrededor debido al tremendo golpe, simplemente cerró los ojos y, con la visión de aquellos engranajes movidos por gigantes, se dejó ir…

(…)

Son las 7 horas, 32 minutos y 57 segundos de la mañana del 15 de abril de 2021. Jueves. El teléfono de última generación que descansa sobre la mesita de noche comienza a emitir una suave música melódica que, según un reciente estudio científico, es la mejor opción para dejar atrás la inercia del sueño y, gracias a ello, alcanzar el mejor grado de concentración y rendimiento en las primeras horas del día.

Volodia Startsev se despierta empapado en sudor, con la respiración entrecortada, la piel pálida y el pulso agitado taladrándole en las sienes. Las sábanas están mucho más revueltas que de costumbre. Balbucea en soledad.

–Oh, por Dios…, solo ha sido un sueño. Una maldita pesadilla. Todo ha sido un sueño. Tranquilo.

La persiana comienza a subir de manera automática y gradual. La coreografía diaria arranca de nuevo con la estricta fidelidad y precisión perpetuas. Los ojos azules, anclados en su imperturbable rostro, contemplan el gélido e inabarcable paisaje de tundra siberiana helada que se abre ante él. En medio de aquella nada perenne, lo único que rompe la horizontalidad infinita del panorama es el cíclico, incansable y monótono cabeceo de cientos de bombas de varilla que, una y otra vez, pican el durísimo suelo… hasta que algo fuera de lo rutinario capta su atención.

–¿Qué demonios es eso?

En la lejanía de aquella llanura sin fronteras, en los estertores del campo visual humano, un brillo rosado refulge en el cielo, escoltado por un ejército de nubes esculpidas en algodón. Antes de llegar a asimilar siquiera esta imagen, una voz que parece proceder de las cuatro paredes de la habitación, y a la vez de ningún sitio concreto, percute con fuerza en el interior de su cerebro. Reconoce al instante esa entonación mecánica.

–¿Estás seguro de que solo ha sido un sueño?

El impacto mental es salvaje. Está a punto de perder la conciencia. Tiene que agarrarse al pie de la cama para evitar caer desvanecido. Tiene miedo. Después de tantos años, vuelve a sentir el sabor del pánico y del terror bajando por su garganta y dando puñetazos en la boca del estómago. Pero, poco a poco, empieza a comprender, empieza a entender, que lo que importa no es si todo aquello ha sido real o no, si le aguarda mucha existencia por delante o está en realidad gravemente enfermo. Lo crucial es que tiene que dar un cambio drástico en su vida. La señal del cambio. El camino que tenga por delante, ya sea muy corto o muy largo, lo andará con otra actitud, otro talante, otras prioridades y, sobre todo, con las personas con las que lo tiene que hacer.

Sale corriendo hacia el comedor del lujoso apartamento. Al entrar en la sala, su esposa y sus hijas aún permanecen sentadas a la mesa, dando los últimos bocados a unos dulces de nata. Las tres mujeres se giran, sobresaltadas, al escuchar el sordo golpe de la puerta contra el tope pegado en el suelo. Aunque les separan una decena de metros, Volodia puede advertir con claridad que en sus rostros se entremezclan sentimientos de sorpresa, miedo y confusión. Ese hombre distinguido y acicalado, metódico, calculador y milimétrico, se ha presentado ante ellas en pijama, con el pelo alborotado, ojeras profundas y una incipiente barba. Tras ese shock primario de unas décimas de segundo, las tres, como animales bien adiestrados, se levantan al mismo tiempo y se encaminan raudas hacia la puerta de salida, donde en perfecta alineación cronológica ejecutan la pertinente reverencia.

Es ese momento cuando ese individuo dictador, gélido y déspota, extiende su mano con la palma hacia delante indicando que paren. Gesto dulce, cercano, cálido, y sonrisa con hoyuelos.

–Esperad, chicas. Esperad. ¿Queréis tomar el desayuno conmigo? Así podéis contarme qué planes tenéis para hoy… ¡Vaya! Qué guapa estás, querida María, nunca me había fijado en que ese vestido te sienta como un guante… y oye, Sasha y Alina, ¡pero qué altas estáis! ¿Y desde cuándo tenéis el pelo tan largo? ¡Pero si os va a llegar a las rodillas!

La cara de las tres féminas oscila entre la desconfianza, el asombro y la estupefacción.

–¿Se encuentra bien, señor esposo? ¿Ha sucedido algo extraño? –pregunta María.

–¿Algo extraño? No, para nada. Simplemente es que tengo cinco minutos libres y los quiero aprovechar con vosotras.

 

Óscar Gutiérrez©