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martes, 18 de enero de 2022

LA PRODIGIOSA TELARAÑA

 


 

La abuela Tara tejía y tejía sin parar diminutos patucos para la cercana llegada de sus nietecitas. Mentalmente, multiplicaba “ocho por… uffff, tengo que darme prisa, ya llegan, ya llegan”. Y llegaron, después de dieciséis semanas de incubación: su hija Añara trajo al mundo unas diminutas criaturas muy “cuquis”, de cuerpo redondeado, colores vivos, enormes y simpáticos ojos; aún tenían por delante de nueve a doce mudas hasta llegar a ser adultas.

            Añara les puso nombre: Añita, Ñara y Peludita. Para celebrarlo con los animales de la granja en la que convivían, tejió una telaraña. ¡Cómo brillaba con los rayos del sol! El burro, el cerdo, la oveja, las ocas, las gallinas…, todos  admiraron, “la prodigiosa telaraña”.

Añita, Ñara y Peludita crecían bajo la dura disciplina de su madre y el cariño de la abuela Tara. A las tres hermanas les gustaba salir y divertirse con otras arañas, pero Añara, la madre severa, no las dejaba. Siempre escuchaba sus conversaciones, aunque hablasen bajito (las arañas oyen muy bien), y se enteraba de todos sus planes, así que Añita y Ñara inventaron una lengua para que su madre no supiera lo que hablasen. Poseían inteligencia y creatividad, y crearon el idioma “TI”. Consistía, en poner la sílaba “ti” delante de cada una de las sílabas de una palabra.

            Añita:

–Tiñatira, timatiñatina tiretimos tial tibaitile (Ñara, mañana iremos al baile).

            Ñara:

            –Tique tibitien, tihertimatina (Qué bien, hermana).

            Peludita, no se enteraba; le costaba el idioma “TI”.

            Peludita:

            –¡Ti no os entiendo, ti nada de ti nada!

            El nombre de Peludita era acertado: tanto pelo sobre su cabeza presionaba sus entendederas. La madre estaba enfadada, no había quién las entendiera. Les decía:

            –¡Dos tontas juntas dan mucho de sí!

            –Peludita:

            –Y yo, mamá, y yo ¿doy mucho de tisí?

            La abuela Tara decía a su hija:

            –¿Por qué no las dejas salir más? ¿No te acuerdas de cuándo eras de su edad? Los tiempos han cambiado, hija mía.

            –Mamá, si salen todos los días se van a hacer muy vistas.

            Añita y Ñara tejían telarañas lingüísticas. Habían adquirido una asombrosa capacidad, monopolizaban sus charlas allí por donde iban. Tanto, que llegó a oídos de la primera ministra de las arañas, de raza Huntsman: la señora Picapica. Ésta las mandó llamar y las recibió bajo su lujosa corteza de árbol, junto a sus dos hijos varones, Spider y Aracni: dos apuestos jóvenes, en edad de casar, a los que, al ver a Añita y Ñara, sus sendos quelíceros se les hacían agua. El flechazo fue total: las dos hermanas quedaron prendadas de Spider y Aracni Huntsman.

            La señora Picapica, tras hablar con ellas, quedó fascinada, las nombró ministras de educación e instauró como idioma oficial el “TI” en el país de los arácnidos, y… TIFUETIRON, TIFETILITICES y TICOTIMIETIRON, TIPERTIDITICES. (No, perdices no comieron precisamente. Prefiero omitir lo que engulleron).

            ¿Peludita? Después de ser dama de honor en la doble boda de sus hermanas, fue la tía más dichosa, cuidando a la larga prole de sobrinos. ¡Ah!, y jamás aprendió el idioma, “TI”.

“TIFIN”.

                                                                                  Ana Pérez Urquiza©

 

martes, 14 de diciembre de 2021

TERESA BERGANZA

 


 

            Junio de 2006. Alicia y Luis se enteraron por la prensa de que la mezzosoprano Teresa Berganza, acompañada por el guitarrista José María Gallardo del Rey, iba a cantar en “Las Noches del Soplao”, evento organizado por el Gobierno de Cantabria a petición de la cantante, la cual, durante una visita a la cueva, vio la singularidad de esta antigua mina: magníficas condiciones acústicas y un escenario extraordinario para cantar. Alicia y Luis adquirieron las entradas para ese viernes, 23 de junio, a las 21.30. Al llegar al lugar, tras conducir por una carretera sinuosa y ascendente, encontraron muchas personas congregadas: las señoras, con vestidos de noche pero abrigadas con prendas acolchadas; los señores, trajeados, como Luis, pero protegidos por parkas. Al finalizar la actuación de la mezzosoprano, se ofrecería un cóctel para los asistentes.

Al entrar por el pasadizo, hasta el lugar de la actuación, había carteles avisando de que, en el interior de la cueva, la temperatura era de entre 12 y 14 grados. Alicia pensó: “¡claro, por eso las señoras van tan abrigadas!” Ya no le extrañó el atuendo, pero ella iba a pasar frío, eso seguro, pues vestía únicamente un traje pantalón negro de terciopelo y un fino top debajo de la chaqueta. Descendieron por un pasillo. Se respiraba humedad y ya se notaba el frío. Al finalizar el recorrido, se abrió a una gran bóveda llena de estalactitas y estalagmitas de diferentes colores, iluminadas estratégicamente. El pequeño escenario, con dos sillas y una guitarra. El aforo era para trescientas personas, dispuestas como en un aula magna. Teresa Berganza y el guitarrista iban a interpretar obras de los siglos XVI y XX, de Juan de la Encina, Fernando Sor, Manuel de Falla y el “Cancionero” de García Lorca.

            A las 21.30, comenzó el repertorio. El marco era inigualable: la voz, la guitarra y las estalactitas sobre las cabezas del público. Alicia estaba emocionada, pero una de estas formaciones calcáreas le estaba dando la noche, goteándole sobre su hombro izquierdo: tic, tic, tic. Se arrimó un poco a Luis, sentado a su derecha, pero la situación no mejoró. Hacía un frío insufrible. Puso su pequeño bolso acolchado en el hombro; no era buena idea: se estaba mojando y le tenía mucho aprecio, ya que se lo regaló Luis el día de su cumpleaños. Este, al ver las operaciones que ella estaba haciendo, le ofreció su pañuelo. Entre canción y canción, aplausos, excepto por un grupo de cinco señoras. Una de ellas no paraba de hablar: que si suelta gallos; que si está mayor para cantar; que si no hay que aplaudirle, ¡con los cien euros que ha costado la entrada!... Alicia comprendía que la actuación de tres horas había sido mediocre, sumada al frío y al hombro mojado; pero no pudo más: se giró hacia la señora de detrás y le dijo:

            –Perdone, y a usted, ¿quién le ha dado vela en este entierro? Aplaudo por respeto y admiración a su larga y consolidada carrera y a sus setenta y tres años. Puede que la humedad le afecte, ¿no le parece?

Al día siguiente, en El Diario Montañés: “LA HUMEDAD ATACÓ LA VOZ DE LA MEZZOSOPRANO TERESA BERGANZA”.

                                                                              Ana Pérez Urquiza©

viernes, 12 de noviembre de 2021

SUPERMERCADO

 


            Hoy me ha tocado ir al supermercado. Anoche hice la lista de la compra. Voy bien preparada para esta ardua tarea: mascarilla, gel y templanza, ya que al ser sábado, siempre hay colas de gente. Dejo el coche en el aparcamiento del súper. Hace mucho calor, tengo una sed terrible y decido tomarme una cervecita en la cafetería de al lado, para relajarme antes de la compra. Pido una caña bien fresquita con mucha espuma, la bebo delante del camarero que, atónito, dice: “¡Se la bebió de un trago! Tenía sed, ¿eh?” Y pienso… “¿A ti qué te importa?” Pago, me pongo la mascarilla y le saco la lengua –como no me ve, es una de las ventajas de usarla–. Al entrar en el establecimiento, con mascarilla y guantes puestos, le doy al dispensador del hidrogel; con él, froto mis guantes y el agarrador del carro de compra, dispuesta a comenzar la “odisea”.

             La zona de frutería está algo petada de gente. Delante de los melones, se me cuela una señora mayor. Me retiro sin decir nada y espero detrás de ella. Los contempla y toquetea, uno por uno, ¡por fin, ya mete uno en su carro! Y a mí, se me han quitado las ganas de melón, lo sustituyo por sandía. Zona de lácteos: la misma señora. Se me pega sin que se note, cual tortuga “Ninja”, y, con su zarpa, coge los mismos yogures que casi yo tenía al alcance de mi mano. Sigo la rutina de los pasillos y me la encuentro por todos los lineales. Los supermercados son un buen lugar para ir conociendo mejor la mentalidad humana; a esta señora, la tenía calada. Era de esas que quieren dar pena, andando despacito, torpemente, utilizando como escusa la edad y la artrosis. Por fin, termino la compra; ahora, a las cajas, a esperar. ¿Quién quiere esperar? Un estudio americano dice que, por término medio, un ciudadano pasa cinco años de su vida esperando en distintas colas o filas. Hacer cola es odioso, pero si hay algo más aborrecible que esperar en fila es la gente que se cuela con la técnica de “hablar y colarse”. He llegado a la conclusión de que es mejor colocarte detrás de un comprador con el carro lleno y en la fila de la izquierda, ya que hay más diestros y tienden ir a la derecha. Me pongo detrás de un carro lleno en la fila de mi izquierda y… ¿atrás de mí? Si, la señora “Ninja”, que, sin guardar distancia de seguridad, se me pega y utiliza la técnica de “hablar”. Mira mi carro y dice:

            –Ufff, qué de cosas lleva.

            –No lo crea; abultan, pero no es mucho.

            –Comparando con lo poquito que yo llevo… Como vivo sola…

De pronto, por megafonía dicen: “PASEN POR FAVOR A LA SIGUIENTE CAJA POR ORDEN DE FILA”.

La señora “Ninja” sale despavorida, cual “VELOCIRAPTOR”, por su presa, dejando su artrosis reumatoide en mis narices, ¡si se cuela por la cara, sin darme tiempo a reaccionar! Llega mi turno, ahora viene lo bueno y el estrés: intentar guardar la compra a la misma velocidad que la señorita cajera te la va lanzando, tras pasarla por el lector de códigos de barras. ¡Logrado, la cajera y yo hemos quedado en tablas!

Por fin en casa. Ya solo me queda guardar las cosas y limpiarlas una por una con una bayeta, impregnada en desinfectante 99,9% de eficacia.

 

                                                                                   Ana Pérez Urquiza©

lunes, 18 de octubre de 2021

TEMA LIBRE

 



No puedo negar que me encantan las películas que se desarrollan en Navidad. En todos los canales, la televisión las proyecta continuamente Made in USA. Todas contienen la misma temática dulzona, vista una, vistas todas; con diferentes actores y actrices, claro está. Lo común es un pequeño pueblo con los habitantes más buenos del mundo, simpáticos y acogedores, muy felices todos los vecinos. Al fondo, altas montañas verdes, pobladas de inmensos árboles. En medio de estos, una cabaña perdida en lo profundo del bosque, habitada por un joven y apuesto hombre viudo, junto con dos niñas, rubias como él, de unos doce y seis años, encantadoras. Es de noche, nieva, la chimenea del hogar está encendida, la leña arde. Las niñas, cautivadoras, leen tumbadas en el sofá. Faltan cuatro días para Navidad. El padre sale a por más troncos de madera. Escucha un golpe seco, suena la bocina de un coche ininterrumpidamente. Tira la leña y corre despavorido, abrochándose la camisa a cuadros de leñador americano, en dirección al sonido. Encuentra a una joven de poblada melena, también rubia, dentro del coche, con la cabeza apoyada sobre el volante. Al cogerla en brazos, esta recobra el conocimiento, le mira y lo vuelve a perder. La lleva hasta la cabaña, la acuesta en una cama, vuelve en sí y lo típico: ¿Dónde estoy…, qué ha pasado? Él la tranquiliza relatando lo sucedido y ofreciéndole una taza de té caliente –sí, té; es lo más normal después de un accidente, ¿no?– Las niñas entran a la habitación y se sientan en la cama. Ya de mañana, la rubia despierta perfectamente maquillada y peinada, sólo tiene un pequeño arañazo en la frente. Baja al salón, donde los otros tres desayunan. Se une a ellos, se presentan y las preguntas de rigor: que si está bien, que si la llevo al médico… Él es sheriff del condado; ella, una ejecutiva estresada de Nueva York, de vacaciones y sola en el mundo, perdida en la noche. Ante la insistencia de los tres, accede a quedarse unos días con ellos. Las niñas saltan de alegría. Lo demás viene rodado: jornadas felices acudiendo a los preparativos navideños con las gentes del lugar, musiquita navideña que te invita a ser feliz. A ti se te va dibujando una sonrisita bobona ante el televisor y te dices “qué tontería de película”, pero, aunque sabes el final desde el principio, la ves hasta que termina.

Ah, ¿qué cómo finaliza? Pues estas cercanas Navidades os sentáis delante de la televisión y ¡a ver el emocionante desenlace!

 

Ana Pérez Urquiza©

viernes, 17 de enero de 2020

¿IMPOSIBLE?



             
            ¿Y esa parte de la Navidad y Año Nuevo en la que no se qué día es, quién soy o qué se supone que debo estar haciendo? Esos interminables días estoy como en el limbo. Siento angustia, como que tengo que hacer algo, o que voy a llegar tarde a no sé donde. No sé si sacar la basura –por Dios, qué enredo–. Comprar comida como si no hubiera o hubiese un mañana, mensajes en el móvil que te sorprenden justo cuando estás en la caja del supermercado descargando con una grúa las mercancías que tu familia y tú vais a engullir, mañanas tardes y noches, todos esos días. Mensajes que se repiten, FELIZ NAVIDAD, en diferentes formatos y músicas; y lo sabes, pero… tienes una necesidad imperiosa de responderlos, así que, ya descargado el carro de la compra, vuelto a cargar y abonado a la feliz cajera con gorrito de Papá Noel, que también te desea FELIZ NAVIDAD, enrollas la factura de la compra, tamaño puro cubano, y te vas con tu carrito, que ya cojea del sobrepeso, y respondes al mensaje número “taitantos”: FELIZ NAVIDAD. Uff…, qué a gusto me he quedado.

            Hay personas que, sin preguntarles, te dicen qué menú van a poner en Navidad o Año Nuevo. Insisto, sin tú preguntarles, te largan la receta de caracoles. No me gustan los caracoles –dices, para ver si así te libras–. Si están muy ricos –te responde–, y hala, la receta entera, que va directamente al maltrecho disco duro de tu cerebro.

¿Y lo de las uvas? Esa noche, más nervios. ¡Pero si nunca las como!, ¿por qué me pongo nerviosa? Y después de las uvas… –ahora viene lo peor–, si estás en un cotillón de un hotel, prepárate a recibir serpentinas, que hay gente que no las sabe tirar y te las lanza enteras, como misiles, dándote en un ojo. Y, cómo no, la conga, la temida y famosa conga. Sin tú quererlo, te dan un tirón y siguiendo a tu brazo; sin saberlo, ya formas parte de la conga. El de detrás, un señor metidito en años y en carnes, con su correspondiente matasuegras en la boca, te engancha de la cintura –no hay escapatoria posible– y hala, ha recorrer todo el salón formando grupo de esta bochornosa y humillante serpiente multicolor. Y más serpentinas y más matasuegras y las garras del madurito en tu cintura, y más barra libre y más beodos y beodas, ¡FELIZ AÑO!

            ¿Y los anuncios de perfumes en televisión? Señoras y señores, impresionantes. Piernas de dos metros, ellas. Torsos de Tarzán, ellos. ¿Dónde viven, de qué se alimentan, de qué planeta vienen? Porque yo, por la calle, no las ni les veo. ¿Y por qué hablan “gago”? CAGOLINA HEGUEGA, ¿Qué les pasa en la boca?

            Otra cosa, un aviso para los padres: PADRES, CUIDADO CON LOS NIÑOS, ¡VEN ELFOS POR TODOS LADOS! Una chica en moto: el niño dice que es un elfo; o una elfa, no sé. ¿Un señor paseando a dos perros?: es un elfo. ¡Padres, llevadles al psicólogo en cuanto terminen estas fiestas, por favor!

            Por último, queridos Santa y Reyes Magos:

            Solo dejadme vuestras tarjetas de crédito bajo el árbol de Navidad. ¿IMPOSIBLE? ¡Entonces no sois tan magos!  


                                                                              Ana Pérez Urquiza©

jueves, 12 de diciembre de 2019

VACÍO




En cuanto vi el edificio, me pregunté cuántas personitas especiales habitarían en su interior. ¿Qué les puedo decir? ¿Cómo iban a recibirme?

Descargué los paquetes, los apilé en el carro de transporte y entré en el edificio. Era de ladrillos rojos cara vista, grandes ventanales, rodeado de jardines bien cuidados. En el amplio hall, la recepción; tras el mostrador, una agradable señorita me pidió el DNI y anotó mis datos, indicándome después a dónde dirigirme.

Tomé la dirección. Pasillos con suelos brillantes, limpios, puertas grandes por todo mi recorrido y salitas de visitas con cómodos sofás y máquinas expendedoras de café, a las cuales me encargaría de abastecer desde ese mi primer día. En la primera de ellas, me recibió un simpático joven de unos veinticinco años, mediana estatura, delgado, ojos azules.

–Hola, ¿cómo te llamas? –preguntó con palabras que con poca dificultad entendí.

–Carlos, ¿y tú?

–Vicente. ¿Qué traes?

–Café para las máquinas.

Se mordía las uñas sin descanso y, subiéndose el puño de la camisa, me mostró una pulsera del BARSA.

–¡Mira, del BARSA! –dijo, muy orgulloso.

–Lo siento mucho, amigo Vicente, soy del REAL MADRID.

–¡Uy, uy, uy! –chilló, llevándose las manos a la cabeza–. Os vamos a ganar, cinco a cero.

Yo, siguiéndole el juego, le picaba, y él más se crecía, Messi, Messi.  En estas estábamos cuando entró una joven de su misma edad, morena, delgada, ojos y pelo negro muy bien cortado, tímida. Me observó un rato y me dijo hola. Vicente le dio la mano y me dijo que era su novia. Se sentaron en un sofá y así permanecieron, cogiditos de las manos, hasta que finalicé mi trabajo en esa salita. De frente, se abrió una gran puerta. Tras ella, salían personitas discapacitadas, la mayoría en sillas de ruedas, empujadas por personal sanitario; otras, manejadas por ellos mismos y, los menos, como Vicente y su novia Carmen, sin ninguna apariencia física destacable. Me saludaban muy contentos. Salían, como cada mañana, de las clases de estimulación, psicomotricidad, manualidades, música, etc. Algunos estaban enfadados, gritaban; otros, como ausentes. Los cuidadores, muy cariñosos, les daban caricias y buenas palabras de cariño.

Me encontraba en otra salita reponiendo café. Allí me topé con otra chica joven, que llevaba un casco especial en la cabeza. Su padre me dijo que era para evitarle golpes, ya que a veces caía al suelo y se daba contra las paredes. Tragué saliva.

 Al terminar mi trabajo, salí a la calle a fumar un cigarro, lo necesitaba yo y mis retinas. Había un cenicero en una esquina. Al rato, un señor mayor, en silla de ruedas, mutilado de una pierna, se puso a mi lado. Sacó una desgastada pitillera plateada. Me mostró su interior con tres cigarrillos; en otra, esta de plástico, guardaba cuatro o cinco encendedores. Conversamos a duras penas, pero entendí que le daban esos cigarrillos al día. Encendió uno y lo fumó como no recuerdo ver a nadie poner en ello tal placer. Más personitas entraban con familiares o cuidadores tras un paseo por los jardines. No dejaba de desplazar mis ojos a cuanto allí me rodeaba…

Ya sentado ante el volante de mi coche, me sentía vacío por la impotencia hacia estas inocentes criaturas que nacieron con ese destino sin merecerlo, en sus padres, hermanos… A la vez, experimenté un cariño muy especial hacia estos seres que en mi primer día de trabajo tanto me aportaron sin ellos saberlo. Fue dura la experiencia, pero he de decir que me hizo más humano desde que trabajo en el CAMP, Centro de Atención a Discapacitados Psíquicos.

                                                                          Ana Pérez Urquiza©

domingo, 13 de octubre de 2019

RUMORES




Al día siguiente de La MASCLETÁ que originó Sindulfo involuntariamente aquella noche fatídica en el restaurante La FONDUE para impresionar a Altagracia y que provocó que ésta huyera despavorida, él no se atrevió a volverla a ver. Deambuló por Benidorm como un alma en pena, cabizbajo, abatido, absorto; ni las mozas en shorts que pasaban a su lado le despertaban las “inquietudes”.

Entró en un local que le pareció pintoresco, en la playa. Le atrajo una música diferente a la de María Jesús y su acordeón, a la que tan acostumbrado estaba. En el letrero se podía leer: REGGAE, y pasó. El bar era pequeño, cubierto por un techo de paja con banderitas de colores; la barra, decorada con redes de pesca; cinco taburetes de madera; tras las botellas, un gran poster con hojas grandes y verdes sobre fondo amarillo y, en letras rojas: “REGGAE MUSIC JAMAICA”. La atmósfera olía… diferente. Le recordó al heno de sus campos, pero más dulzón. Detrás de la barra, un tipo con trencitas de color negro, moviéndose al son de aquella música pegadiza “One Love”, de Bob Marley, le preguntó:

–¿Qué te pongo, hermano?

Sindulfo miró a su alrededor, pero allí no estaba nada más que él y el moreno. Pensó: ¿Qué hermano?

             –¡Paz, amor, unión e igualdad, hermano!

Sidulfo, respondió:

–¡Mu buenas!

El camarero feliz, al verle indeciso, le sugirió:

–Te voy a poner “AGUA DE JAMAICA”. Ya tú verás, hermano.

–Sindulfo aceptó la sugerencia. Le dio un primer sorbo al cóctel: le gustó. Otro sorbito: le gustó aún más. El Bob Marley rastafari, al ver que lo terminó al tercer trago, le dijo:

–¿Otra “AGÜITA DE JAMAICA, hermano?

–Sí, esta agua está mu güena, pero que mu güena, hermano, más mejor que la de mi pueblo.

–Sobre la barra, había un gran bizcocho, doradito y esponjoso, y le pidió al rastafari un trozo. Sindulfo se lo comió con avidez. Sabía diferente al que preparaban sus hermanas, pero le gustó mucho; tanto que le pidió al trencitas que le pusiera otro para llevárselo a la pensión. Al pagarle, el rasta le advirtió que lo comiera despacito:

–¡Le he puesto MARÍA, eh!

Sindulfo respondió:

–MARÍA… ¡Bonito nombre pa un pastel!

Ya en la habitación de la pensión, le entró hambre y atacó al bizcocho, se acostó y durmió. Al cabo de unas horas, despertó muy malo, las piernas se movían solas, temblaba, el corazón latía en su pecho como un potro desbocado… Asustado, acertó a abrir la puerta de su habitación y pedir socorro. La dueña de la pensión le llevó al hospital. Allí, tendido en una cama en un box, le hicieron las pruebas correspondientes. Pasadas unas horas, el médico de urgencias llegó con los resultados, acompañado de una enfermera. Sindulfo, con ojos de cachorro abandonado, preguntó:

–¿Qué ma pasao, dortó?

–Ha dado positivo toxicológico. ¿Qué ha tomado usted?

–Yo…, yo…, dos aguas…, pero de Jamaica, ¿eh?, y dos trozacos ansí de grandes de bizcocho MARÍA.

El médico y la enfermera se miraron, conteniendo las carcajadas. Son rumores, pero se dice que aún se comenta en el hospital de Benidorm lo del bizcocho MARÍA.

Ana Pérez Urquiza©

jueves, 13 de junio de 2019

ALGARROBAS




Después de las tres noches que durmió en “decúbito prono”, es decir, boca abajo y la cabeza de lado, debido a sus “inquietudes” sin resolver, se prometió no volver a la playa a contemplar mozas en ropa interior de colores.

            Los cuatro días restantes de sus vacaciones, se dedicó a conocer el entonces pueblo marinero y a las “benidormeras”.

Cambió el traje negro por una camisa de grandes flores naranjas y verdes, pantalón verde hasta la rodilla, calcetines blancos, chanclas azules de playa y gorra a juego. Ese cuarto día paseó por las concurridas calles, viendo mozas en pantalón corto y camiseta ceñida, lo que no le ayudó a calmar sus “inquietudes”. Cansado, con sed y los ojos como un camaleón, se animó a entrar a una cafetería, ¡él, que nunca entró en la taberna de su pueblo! Pidió una caña de cerveza fresquita. No solía beber, pero tenía tanto calor que la ingirió de un trago. Y luego siguió otra y otra… y otra. Todo le daba vueltas, no atinaba a poner el codo en la barra. Como pudo, se sentó en un taburete, que comenzó a girar sin parar, y salió despedido, cayendo estrepitosamente al suelo. Las chanclas, también; la gorra no, la llevaba bien enroscada.

            Cuando abrió los ojos, la señora de la limpieza, con moño apretado, le daba cachetitos en la cara intentando reanimarlo.

            –¿Está “usté” bien?

            –Fsi, fsi –decía Sindulfo, con risita tonta.

            Ya sentado en una silla y con un café bien cargado, ella se presentó: Altagracia, onomástica: 21 de enero. Alta sí era, le sacaba dos cabezas, y seca, alargada y cetrina como una algarroba.

            Soltera como él, Altagracia le acompañó hasta la pensión, agarrada, melosona, a su brazo. Y pensaba: ¡Soltero!, tierras, animales, tractor y… ¡virgen! ¿Dos hermanas? Bah, ya se verá, si son como él… ¡Este no se me escapa!

            –Sindulfo, mañana es mi día libre. Vendré a visitarle por la tarde, para quedarme tranquila.

            Esa noche, él estaba como en éxtasis y durmió decúbito supino, pensando… guapa no es, pero las feas duran más, ¡no te las quita “naide”! Y es soltera, y virgen, de pueblo, como yo. ¡Esta no se me escapa! La impresionaré. Iremos a ese restaurante fino que he visto hoy, “La Fondue”. Suena a extranjero. Y, con sonrisita tontorrona, se entregó a los brazos de Morfeo.

            Altagracia llegó enfundada en un vestido gris, abotonado hasta el moño y cubriéndole las rótulas. Encontró a Sindulfo frente al televisor, con su traje negro y camisa blanca, repeinado como si le hubiese lamido su vaca Margarita. Se saludaron tímidamente y él le dijo que se encontraba ya muy bien.

            –Altagracia, “soy agradecío” por lo de ayer. La invito a cenar a un restaurante “desos de postín”.

Ella se hizo la remolona, lo justo, diciendo que no la confundiera con una fresca, ya que era “mu honrá”. Sindulfo, colorado como una amapola, respondió;

            –Usté perdone, si no pué ser…

            Altagracia, al ver que él daba marcha atrás…

            –Haré “unaparte por ser usté”. Iré.

            Caminaron, sin apenas hablar, hasta el restaurante. Un camarero, que hablaba extranjero, les condujo hasta una coqueta mesita con mantel rosa y una velita encendida, en un balconcito lleno de plantas. El garçon les dejó dos grandes cartas. No entendían nada de lo que estaba escrito. Sindulfo, para impresionar a su dama, leyó lo primero: “FONDUE BOURGUIGNONNE DE VIANDE DE BOEUF, FRITE A L´HUILE”. Silbó al garçon, que, anonadado, acudió:

–¿Monsieur?

            –Queremos dos de “FONDO BORGINO DE VIEN DE BUF FRITO”, “mufrito pamí y vien de buf y pa ésta tambien”.

            –¿Et pour boire?

A Sindulfo se le cambió “la color”, se puso blanco. El camarero, al verle desorientado, les hizo entender, por mímica, que qué deseaban beber. Miró a Altagracia y ésta pidió agua. El garçon dijo:

            –¿De l´eau?

       Y Sindulfo:

            –De lo… de la que quiera. Del grifo mismamente, una jarra bien grande.

            Les sirvieron la fondue: calentador de alcohol, recipiente con aceite, tenedores de mango largo, varias salsas y la carne cruda en daditos para freírla en el aceite. Miraban sin saber qué hacer. Sindulfo, una vez más, tomó la iniciativa: pinchó y pinchó la carne, dos, tres, cuatro trozos, los untó en las diferentes salsas y, por último, en aceite. Ella le imitó: la comieron cruda. Al rato, llegó el garçon pidiendo perdón –eso sí, en extranjero– por no haber encendido el infiernillo. Lo prendió y, con gestos, les hizo saber que la carne se fríe. Minutos más tarde, el aceite comenzó a humear, chisporrotear… Sindulfo, de pie, asustado, vertió sobre el recipiente la jarra de agua. Altagracia huyó despavorida, hasta se salió del vestido gris abotonado hasta el moño.       De lo que allí ocurrió, aún se comenta hoy en día por la enorme bola de fuego que se formó.

            Continuará…
                                                                          
Ana Pérez Urquiza©