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martes, 14 de febrero de 2023

COSAS COMUNES

 

 


Los focos estaban apagados, al contario que las máquinas de humo y los gritos del otro lado del escenario. Yo respiraba profunda, calmadamente, para poder apaciguar los nervios, que tenían el control de todo.

Nerviosa era quedarse corta; era un océano de ellos, pero también era mágico, quería decir que estaba haciendo las cosas bien y quería que todo saliera bien. ¿Me estaría haciendo mayor? Como diría mi mejor amiga: “treinta y no te encuentras”. La sonrisa sale sola, esa frase me acompañará toda mi existencia; eso sí, cambiando las cifras, porque encontrarme, no me encuentra ni el miedo, y mucho menos la vergüenza.

Levanté la vista, encontrándome a una decena de ojos, que eran espejos de los míos. Había tanta profesionalidad y respeto en ellos que simplemente sonreí. No me salían las palabras y recibí su sonrisa como respuesta, estaba todo dicho.

El público cada vez se impacientaba más, sus gritos eran cada vez más fuertes. Pegué un salto cuando noté las manos de Juanjo, nuestro técnico de sonido, colocándome el pinganillo. Comprobamos todo y me dio el micro apagado. Asentí en modo de respuesta y desapareció entre bambalinas.

Los músicos ya se habían colocado en sus sitios en el escenario y los primeros acordes aparecían junto a las luces de color verde esperanza. La gente, ya enloquecida, subió un nivel más, llegando a algo llamado euforia. Cerré los ojos, pegué un par de saltos para descargar toda la energía eléctrica que contenía, y toqué la piedra luna que llevaba como colgante –según Celia, equilibraba las emociones–, haciendo que me relajase, no sé si en modo placebo o no, pero pasaba.

Un paso tras otro, subía las escaleras en una oscuridad absoluta y con algo de inseguridad, pero sin detenerme; y en el último escalón, encendí el micrófono, dejando que mis cuerdas vocales rompieran la música instrumental. Todo desapareció, simplemente era la música y yo. La primera canción pasó en un abrir y cerrar de ojos, dejando paso a la segunda. La gente cantaba a coro conmigo, eso era magia y no la de Disney. Me di cuenta de que mi cara se veía en las pantallas mientras cantaba, intercalándose con imágenes del público en directo. Tras la tercera canción, con baile incluido, decidí saludar al público, tan maravilloso.

Llevaba menos de dos minutos de discurso/bienvenida, cuando…

La puerta del baño se abrió de golpe. El ruido fue tal que, del susto, el cepillo del pelo se me cayó de las manos, yendo a parar al lavabo, salpicando todo el espejo, haciendo que yo tropezara con la alfombrilla de la ducha y quedara sentada en el suelo con una pierna dentro de la bañera.

–Beyoncé, que dice mamá que acabes ya el concierto, que tiene la cena lista y se va a enfriar –me gritó desde el marco de la puerta, con una sonrisa triunfal.

Me quité la toalla de la cabeza, me levanté un poco dolorida; toda digna, coloqué las cosas en su sitio y, cuando estaba dejando el cepillo del pelo, miré al espejo, me despedí de mi público hasta la siguiente actuación y, al llegar a la altura de mi hermana, le pedí el dinero de la entrada.

–Yo soy la hermana de la artista y no pago; y mamá tampoco, que es tu manager.

Y así fue mi primer concierto, pero no el último.

 

Jezabel Luguera©

lunes, 16 de enero de 2023

NAPOLITANAS Y CAFÉ

 

 


Como cada día, estoy despierta antes de que el despertador haga su aparición. De pequeña, le hacía la competencia a las marmotas; pero desde que cumplí un cuarto de siglo hace ya unos años, Morfeo va reduciendo sus horas de trabajo.

Decidí darme una ducha, sin ella no soy persona. Después, un desayuno relajada –es mi momento del día, donde me cuido y mimo como mi mejor amiga–, mientras mi perro me pide parte del mismo por el simple hecho de hacerlo, y siempre consigue su objetivo –la verdad es que me parece poco pago por su amor incondicional–. Tras un paseo a la luz de las estrellas –el sol tardará todavía varias horas en aparecer– para las necesidades perrunas, emprendo rumbo a Bombón. Sin saberlo, había adquirido una responsabilidad: abrir la pastelería.

Seguro que os imagináis que, nada más girar la llave, el olor a chocolate, azúcar glas, crema pastelera…, invade tu nariz; pues dejadme que os desilusione: al abrir, Bombón huele a limpio, a jabón. Sin las manos expertas de nuestros pasteleros, pinches, aprendices, trabajando en nuestras materias primas por medio de la más novedosa maquinaria –es la frase favorita de mi jefe de pastelería, desde que llegaron a nuestras vidas Neux 20.26– lo que te invade es olor a limón, del desinfectante, pero no te entran ganas de comerlo.

Me dirijo a las oficinas, mis dominios. Enciendo el ordenador: sesenta emails nuevos, ¡y dejé ayer la bandeja vacía!, ¡qué ganas tiene la gente de endulzarse la vida! Tras varias horas sumergida en pedidos, facturas y algún que otro malentendido de fechas de entrega, Bombón ha cobrado vida, y con ella el ruido aumenta, el olor a limón disminuye y… llaman a mi puerta de manera exagerada.

–Buenos días, jefa. ¿Qué tal estás? Me gusta mucho el modelito que llevas. ¿Quieres un café? ¿Cuál es el organigrama de hoy? ¡Qué frio hace!, ¿tienes cerrado el radiador?... –me dice una voz suave pero de manera atropellada que ni ha tomado aire para invadir mi paz mental laboral.

–Buenos días, Amanda. ¿Qué tal todo? ¿Qué te parece si cierras de nuevo la puerta, respiras tranquilamente unos treinta segundos y llamas otra vez y empezamos de nuevo?

Decido cerrar el documento sin acabar, mientras escucho cómo Amanda respira detrás de la puerta. Me relajo en la silla y, por primera vez esa mañana, observo por mi ventana el paisaje que me hizo enamorarme de esta ciudad. Antes de que empezara mi mente a soñar, llaman a la puerta.

–Buenos, Gema. ¿Qué tal se encuentra? Hace un poco de frío aquí, ¿quiere que le abra el radiador? –dice, mucho más tranquila y miedosa que antes.

–Buenos días, Amanda. Me encuentro genial, gracias por preguntar. La verdad es que no me había dado cuenta de que había bajado la temperatura; pero yo me encargo, gracias –con mi sonrisa triunfante, de conseguir que Amanda se relaje.

–Me encanta el modelito que llevas, jefa. ¿Qué organigrama tenemos para hoy? ¿Quieres un café?

–Gracias –digo, mientras me levanto y observo mi nueva falda escocesa y mi jersey de cuello cisne–. Ya sabes que yo nunca digo que no a un buen café; y prepárate a ti otro, que el día va ser movidito. Y como nos lo vamos a ganar, pásate por el obrador y coge dos napolitanas, la mía de chocolate –ella me sonríe y sale corriendo del despacho en busca de nuestros cafés. Sonrió para mis adentros: es un torbellino, pero bendito torbellino.

Cuando regresa, veo que nada más abrir la puerta se le ilumina la cara. Voy a su encuentro y cojo la bandeja que lleva en las manos, que casi abraza el suelo al ver la sorpresa. Le doy un empujón hacia adelante, para que termine de entrar y así poder cerrar la puerta. Dejo la bandeja en mi mesa y veo cómo su cara se ilumina cada vez más, tamborilea los dedos encima de su nueva mesa y con la mirada me pide permiso para sentarse en su nueva silla. Asiento con un gesto.

–Pero, pero, ¿y esto? Jefa, explícate que me va dar un ataque cardiaco, o por lo menos una crisis de ansiedad.

–¿Qué quieres que te explique? Que el trabajo bien hecho se recompensa. Han sido muchas horas extras, broncas, nervios que no te merecías; con olor a chocolate y café, eso sí, pero muy duros estos meses. Esta mesa y silla son mi forma de decirte que eres la nueva ayudante de dirección; me vas a tener que aguantar en nuestro despacho y aprenderás a tener paz mental.

Y así es como comenzó la transformación de “Bombón” a “Bombones y napolitanas”.

 

Jezabel Luguera©

miércoles, 14 de diciembre de 2022

LA INFINIDAD DE LA NOCHE

 


 

Todo estaba negro, en calma, preludio de nada bueno y perfecto. En el mismo instante, busqué con la mirada algo que no fuera la oscuridad, pero lo invadía todo, no se veía nada. De repente, como si mis plegarias fueran escuchadas pero por el mismísimo averno, gritos de miedo y terror entrelazados con disparos rompieron la nada, transformándolo en todo.

Los segundos se convirtieron en eternidad. La noche se volvió día. Gracias a la pólvora de las bombas, no podía moverme, algo me oprimía el pecho cada vez más, como si con cada llanto de desesperación fuera un peso más sobre mi cuerpo.

Grité con todas mis fuerzas, hasta que las lágrimas cruzaron mi rostro y la desesperación casi me come de un solo bocado; pero una voz hizo que todo fuera luz, pero nada más.

–Claudia, ¿me escuchas?, ¿estás bien? Sigue el sonido de mi voz. Respira tranquilamente; si no, vas a entrar en hiperventilación. Claudia…

Pero la voz se desvaneció, encontrándome en el mismísimo infierno de nuevo. Busqué algo con lo que poder soltarme del abrazo invisible que me oprimía. No podía pensar en otra cosa que en moverme, hacer algo.

Los gritos cada vez eran más aterradores, si eso era posible. Mi miedo crecía con cada bocanada de aire y el aire cada vez llegaba menos a mis pulmones, haciendo que el botón de pánico de mi cabeza se accionara, y así lo hizo. Entonces dejé de ser dueña de mis actos y fui mera espectadora de cómo mi cuerpo entraba en shock y no obedecía a nada que mi mente le mandase, y cuando ya había decidido dejarme llevar porque no tenía el control, la voz volvió.

–CLAUDIA, DESPIERTA. JODER CLAUDIA, DESPIERTA…

Entonces abrí los ojos, y me encontraba tirada en un sofá viejo de color marrón –bueno, en el viejo sofá de mi amiga Lucía–. Ella misma estaba encima de mí, con los ojos inyectados en sangre mezclada con lágrimas, mientras me gritaba de manera desgarradora que me despertara. Cuando se dio cuenta de que me había despertado, se quitó de encima y salió corriendo hacia algún destino que yo desconocía. Intenté pararla y preguntar qué había pasado, pero estaba atrapada, inmóvil, y entonces vi que las mantas se habían hecho una especie de camisa de fuerza y que, cuanto más intentaba salir, menos me movía. Cerré los ojos, respiré una bocanada fuerte de aire e intenté tranquilizarme. Todo lo que había pasado parecía ser solo un mal sueño. Escuché unos pasos acelerados entrando por la puerta, abrí los ojos, y una Lucía un poco menos revolucionada entraba con un vaso de agua.

–¿Cómo estás? ¿Me escuchas? Bebe un poco de agua…

Le sonreí como pude y asentí con la cabeza, ya que era la única parte de mi cuerpo que la manta no había hecho prisionera. Parece que Lucía me había leído la mente, porque dejó el vaso encima de la mesa, junto al mando de la televisión, y empezó a liberarme como hacía Houdini antaño en sus trucos de escapismo.

–¡Tía, qué susto me has pegado! De verdad que te falta una patata para el kilo, no te vuelvo a hacer caso. Te lo dije, llevas demasiados meses con insomnio y te ibas a quedar dormida viendo ese documental sobre la Segunda Guerra Mundial; pero no, la señorita es una cabezota, piensa que es una chorrada el no dormir bien durante varios meses, que es una etapa y ya pasará… ¿Pues sabes qué, amiga? Que te ha pegado un ataque de pánico mientras te echabas una siesta.

Intenté no salir corriendo para no darle la razón; pero ella me conocía muy bien, me tendió el vaso de agua y, mientras doblaba las mantas del sofá, me dijo:

–Clau, necesitas ayuda, no hay más excusas.

–Tienes razón. Voy a llamar para pedir cita –dije, mientras bebía agua.

–No, bebe tranquila y relájate, que para pedir cita con mi loquero ya lo hago yo, que igual nos hace una rebaja de 2x1 como en el súper.

Y solo pude sonreírle y dejarme cuidar.

 

Jezabel Luguera©

lunes, 14 de noviembre de 2022

IMPREVISTOS

 


 

Noté que el aire llegaba hasta mi nuca, haciendo que todo mi cuerpo se pusiera en tensión en busca de una amenaza invisible: ¿qué era aquello que tanto temía y no entendía?

Cerré los ojos, respiré profundamente e intenté poner la mente en blanco, como siempre me repetían mientras intentaba meditar en mi nueva clase de relajación. Fue imposible, el miedo lo invadía todo, cada vez se hacía más grande y yo más pequeña. Intenté entonces pensar en algo agradable, como unas vacaciones, un abrazo..., y además sumar la técnica de respiración 4-7-8, consiguiendo como resultado hiperventilarme con mareo incluido.

Tras más de treinta minutos para volver al punto de partida, dentro de mi cama y en mi mano derecha el mando de la televisión como posible arma arrojadiza, vi algo reflejado en mi espejo de cuerpo entero ornamentado en color azul cerúleo, el último regalo de mi tía Marta, provocando que me escondiera debajo de las sábanas como escudo protector.

            ¿Por qué tendremos los humanos la idea de que debajo de las mantas nada nos puede pasar, que son mejores que las puertas blindadas de las cajas fuertes de los bancos?

Respiré profundamente, pedí a Alexia que encendiera la luz del cuarto y, con todo el valor que mi cuerpo contenía (que no era mucho), salí de un salto de la cama. Pero todo seguía en tinieblas y unos ojos me observaban desde la esquina del pasillo.

–Alexia, ¡luz, más luz!

Y entonces… un maullido invadió toda la casa.

 

Jezabel Luguera©

lunes, 24 de octubre de 2022

NIEBLA

 

Escrito seleccionado para su lectura el día 19 de octubre de 2022 en la inauguración de la 14ª edición del Taller de Escritura, curso 2022/2023, de San Vicente de la Barquera.            

 

Inicialmente presentado al taller de febrero de 2022, cuya frase obligada era ”Una prodigiosa telaraña”.

 

NIEBLA

 

La habitación se siente oscura; una niebla espesa cubre la única ventana de la estancia y no deja pasar ni un rayo de claridad. La única luz entra por debajo de la puerta, en un tono amarillento enfermizo. Me muestra una estancia minimalista –según dirían las influencer–; pero para mí es austera, simple, o peor: sin vida.

Me encuentro sentada en un viejo sofá de cuero, o que fue cuero cuando se compró. Escucho voces detrás de la puerta; reconozco casi todas: el director, la jefa de estudios, mis padres, pero… a una de ellas no consigo ponerle rostro, y eso que es mi deporte favorito, cuando veo películas, descubrir dónde he escuchado esa voz anteriormente.

Decido abstraerme de esa conversación tan ajena y tan mía a la vez, esconderme en las esquinas de mi mente –esos lugares en que me siento bien, real, y no la sombra que todo el mundo ve y cree entender–. Ya es hábito, no recuerdo cuándo fue la primera vez que descubrí que allí, solo conmigo, era feliz y, todavía mejor, no dolía ser yo. Porque fuera de mis esquinas, ser yo es horrible, simplemente horrible.

Sin darme cuenta, unos ojos color ceniza escrutaban todo mi ser, sin haber pedido permiso. Me siento indefensa y se refleja en mi cara en forma de mueca, provocando que esos ojos ceniza sientan más culpa que intriga.

            –Hola, soy Eva. Tú eres Patricia, ¿verdad?

            –¿Vas a fingir como si no conocieras todo de mí? Esa puerta no bloquea los sonidos y he escuchado cómo te ponían al tanto de “mi vida y sus problemas”.

Mis padres eliminan sus miradas de su campo de visión, se sienten culpables de no poder ayudar y de haber hablado de mí sin mí.

            –Patricia, esto no es lo que parece; yo no he venido a juzgarte, y ellos simplemente quieren ayudarte.

–¿Cómo vas ayudarme si ni yo misma sé qué me pasa? O si sé qué siento pero no sé ponerle nombre y, menos, remedio.

Eva se levanta, habla con mis padres y el director. Ellos, mirándome de forma temerosa, asienten y desaparecen de la estancia. Ella vuelve a sentarse enfrente de mí y su mirada vuelve a atravesar mis ojos.

            –¿Quieres hablar de ella?

            –¿Serviría de algo?

–Patricia, ellos me contaron qué paso con Ruth, pero quiero saber qué te paso a ti en ese momento, y sobre todo meses después.

            –Me sentí sola, abandonada, impotente, rota, triste; pero sobre todo, me sentí impostora de sentir dolor, ese dolor que no vi en ella y le hizo tomar la decisión de desaparecer. ¿Cómo puede alguien ocultar todo ese dolor y dar consejos o querer como mi amiga me quería? ¿Cómo? ¿Cómo no vi que se rompía por dentro, que día a día se desmoronaba? Ellos no se imaginaron el daño que le hacían. Nunca pensé que el bullying quedara impune. Porque ellos ahora se sienten culpables, pero ¿se sienten culpables de lo que le hicieron o de que ella se quitara la vida? Me levanto del sofá y froto mis ojos llenos de lágrimas. Eva, simplemente la echo de menos; y esta sociedad que me rodea me hace sentir cada vez peor, porque me miran con compasión y yo solo quiero tener una última conversación con ella.

            –¿Para qué?

–¿Cómo que para qué? Para abrazarla, para reírnos juntas; pero sobre todo, para despedirme de ella y decirle que este mundo es una mierda, que la sociedad premia más la violencia que la empatía, que prefieren vivir es sus mundos virtuales perfectos que en una realidad imperfeta pero real; pero sobre todo, para decirle que mi vida sin ella no va ser igual y que la quise como era, con sus aristas y sus tristezas.

            –Patricia, escríbele una carta, despídete de ella y quítate esa carga tan pesada que tú sola te has cargado.

            –¿Y con esa carta conseguiré eliminar el odio que siento cuando me cruzo con sus acosadores y maltratadores? Porque los veo todos los días en el instituto.

–Ella ya no está, pero eso no implica que ellos queden impunes, que ahora parezca que no hicieron nada porque ella no puede defenderse.

–Me siento impotente, me siento mala persona y simplemente necesito tiempo. Tiempo para que el dolor sea menor. Tiempo para llorar. Tiempo para odiar. Tiempo para perdonar. Tiempo para aprender a vivir sin ella. Diles a mis padres que me dejen espacio y tiempo. No necesito más, porque lo que necesito ya no está, y sus acosadores serán juzgados por la ley, pero sobre todo por sus conciencias. Nos volveremos a ver, Eva. Necesito ayuda para manejar tantos sentimientos, pero por ahora, simplemente déjame tiempo y espacio para vivir.

 

Jezabel Luguera©

lunes, 27 de junio de 2022

LA MONA QUE SE HIZO MODELO

 


 

Toda la vida se dijo que “Aunque la mona se vista de seda, mona se queda”. Pero ¿qué pasaría si la mona fuera modelo y la vistiera Versace? ¿Seguiríamos utilizando la misma frase? Seguramente no; utilizaríamos “La mona se vistió de seda y todo el mundo la critica”, y pasamos de neutralizar a criticar, ese ejercicio que, por desgracia, cada vez más gente practica de forma amateur y excusándose en que las verdades son buenas.

¿Pero nadie dijo que la verdad tenía que llevar complementos? Nosotros, la sociedad, necesitamos que tenga empaque, como si fuera un regalo que el mundo necesitara y nadie ha pedido.

¿Y si “La mona se vistió de seda porque el algodón le da alergia”? Entonces traspasaría esa línea roja llamada comprensión disfrazada de culpabilidad de la sociedad egocéntrica en que nos hemos convertido, de la minoría que nadie espera ser pero todo el mundo comprende en las redes sociales.

¿Y si “La mona se viste de hábito y ese hábito sí la hace monja”? Entonces es cuando nos damos cuenta de que, por desgracia, valoramos a las personas por sus atuendos: es mejor alguien con pantalones largos que con bermudas, aunque éstas simplemente nos hacen ver sus pantorrillas y no lo que es realmente.

Por desgracia, esos refranes o frases hechas que toda la vida acompañaron a nuestra sociedad y son de otra época no evolucionan; como no hemos evolucionado nosotros, simplemente nos hemos quitado la seda y monas nos hemos quedado.

 

Jezabel Luguera©

lunes, 16 de mayo de 2022

DUELO

 



            


El chirrido de las bisagras lo inundó todo, hasta el aire que salía de mis pulmones. Saqué la llave con dificultad de la vieja puerta —aquel trozo de metal, que de niño me parecía inmenso, ahora es uno más en mi llavero.

Al cruzar el umbral, pensé que la atmósfera me abofetearía con el olor a soledad, dolor y despedidas. Pero todo lo contrario: fue una caricia llena de alegría y amor incondicional, que provocó que una lágrima despistada dibujara un camino en mi mejilla, dejando constancia de aquel maravilloso sentimiento.

Decidí abrir las ventanas y que la claridad eliminara hasta la oscuridad de mi ser, esa vieja amiga que vino para quedarse desde la última vez que estuve aquí. Observé todo a mi a alrededor: era increíble, todo seguía igual, el tiempo se había detenido; todo menos yo. Las paredes cubiertas de fotos (eran más marcos que paredes): se supone que eran nuestros momentos más felices, capturados para siempre, pero yo solo veía sonrisas forzadas y miedos ocultos. 

Escuché voces procedentes del patio comunitario. Llegué a mi vieja cocina y los decibelios aumentaban cada vez más. Al abrir la ventana, esa inconfundible voz me hizo sonreír de inmediato: era Maruja, la del primero, cantándole a sus plantas mientras Bombón la ladraba por desafinar (¡qué pena no tener encima mi móvil para grabar un video!). Llevaba varios minutos absorto en ese instante de felicidad cuando Bombón se dio cuenta de mi presencia y empezó a ladrar y dar vueltas sobre sí mismo provocando el fin del concierto acústico.

—¡Pero si tenemos aquí a lo más bonito de la escalera! ¿Qué tal estás, José? 

—Muy bien, Maruja, ya veo que usted sigue igual.

—No me trates de usted, y bájate a tomar un café conmigo, que tengo algo para ti.

—Ummm… Vale, ahora bajo —dije, con cara de saber que ese café iba durar más de lo que yo quería y menos de lo que ella necesitaba.

Dejé las ventanas abiertas para que saliera todo el polvo y así tener excusa si el café se alargaba demasiado. Decidí bajar por las escaleras, solo eran dos pisos y así me daba tiempo a pensar respuestas a las posibles preguntas que me hiciera Maruja. No tuve ni que llamar a la puerta, porque allí estaba Bombón esperándome con medio cuerpo fuera de ella. Me saludó como siempre, porque para los animales el tiempo no es como para nosotros: para él, me había visto ayer.

Mientras comía las pastas que acompañaban al tanque de café —porque eso no era una taza normal, excepto que fueras Goliat—, la anfitriona me abandonó en busca de aquello que tenía para mí (y yo pensando que era una excusa, ¡qué mal pensado soy!). Volvió con un sobre, que como mínimo había vivido varias vidas pero resistía frente al tiempo como buen soldado en la batalla, lo dejó frente a mí y simplemente me dijo: “lleva esperándote un año, así que no hagas aguardar al remitente”. Salió hacia el patio con su taza de café humeando y Bombón detrás, como su escudero.

Abrí con cuidado el sobre —aún así lo rompí por las esquinas— y me encontré con una vieja postal de Manchester. Las lágrimas brotaron de mis ojos, sabía perfectamente quién era el remitente.

“Pequeñajo: 


Deja que la tristeza llegue a ti, no te enfrentes a ella; pero no para siempre, porque eso no es vida, cariño. Y cuando sientas dudas, háblame; yo te escucharé y tú encontrarás la respuesta.


Te quiere, mamá.”


No podía parar de llorar, pero sentí que todo el peso que llevaba dentro se desvanecía. No sé cuánto tiempo estuve así, pero una mano, que también había limpiado las de ella, limpió mis lágrimas, y sentí todo el amor en ese gesto.

—Te has dejado algo dentro del sobre, cariño.

Miré a mi alrededor y lo encontré. Era mi poema, escrito en una servilleta de papel. No me lo podía creer, se había acordado, no se olvidó de mí.

No tenía más papel que esta servilleta, pero ella dijo que lo importante no es el continente: es el contenido.

Lloré, pero esta vez de alegría. Eso significaba que la demencia le había robado nuestros momentos pero no se olvidó de mí; este poema era la prueba de ello. Le di un abrazo enorme a Maruja y, cuando salía por la puerta, me dijo:

—Espero no tardar en verte, cariño.

—Claro que no, Maruja. Me vas a tener de vecino; esa casa necesita volver a vivir.

Y salí con una sonrisa en mi cara y en la mano, el poema.

Jezabel Luguera©


martes, 19 de abril de 2022

UN SOLA COPA DE VINO

 

 


Llegó al fin el ansiado fin de semana, ese que sueñas desde el lunes y que, cuando pestañeas, ya es domingo a la tarde. Había decidido que no me iba a quedar en casa porque estuviera sola; ese fin de semana todo el mundo cercano a mí  tenía planes ineludibles.

Así que decidí hacer lo que la gente no hace: tener una cita conmigo misma, tratarme con mino y hacer lo que me apeteciera. Lo había decidido: me iba a cuidar. Al llegar a casa, tomé la determinación de descansar después de comer; la semana ya pesaba, así que una siesta de media hora me esperaba en mi viejo sofá verde menta. Nada mas despertar, me dije que empezaría por ir al cine. Tenía muchísimas ganas de ver la última película de Icíar Bollaín, así que miré la cartelera: a las 19.30 había sesión. Compré la entrada vía online; no me gustó nunca hacer cola y, con la época del Covid, me pasaba la vida en ellas, así que… pagué un poco más por hacer yo misma los trámites –no tiene ningún sentido, pero el mundo es así.

Decidí arreglarme más de lo normal, que es ir con vaqueros y un jersey. Hoy tocaba  vestido, dejar mis adoradas playeras en el armario y sacar mis zapatos a pasear. Me miré en el espejo y mi reflejo me devolvió una sonrisa; me sentía guapa, me había puesto guapa para mí, para nadie más, y el resto del mundo no me importaba lo que opinara. Lista para salir, lo primero que tenía que hacer es pasar por el cajero y sacar dinero, porque esto es lo malo de salir contigo misma: no se paga a medias; pagas tú o te toca fregar platos, ya que tu yo interior no lleva efectivo.

            Eran ya las 22.30 y, tras disfrutar como una niña de la película e ignorar varias miradas de personas en modo condescendiente por ir sola al cine y responderles con una sonrisa e ignorarles, me fui a cenar a un sitio muy chulo llamado Drika; pero lo mejor de ese sitio, además de su maravillosa comida, era la simpatía y amabilidad de la chica de la barra –bueno, de Lorena, que así se llama–: te hace sentir bien con una simple sonrisa y con su buen humor.

Nada más llegar a la puerta, veo que ya hay ambiente; y eso me gusta, porque no hay nada más divertido que observar a la gente que no conoces e imaginar sus vidas. Me siento al final de la barra y, en menos de un pestañeo, tengo a mi camarera favorita.

–¿Qué vas a tomar?

–Un blanco. ¿Qué me recomiendas?

–Miii… Déjame pensar…: ¡Éste! –me enseña una botella y, al ver el nombre, sonrió.

–“El novio perfecto”. ¿En serio se llama así?

–Sí, es valenciano. También tengo… “La novia perfecta”, que es un rosado y… “El marido de mi amiga”, que es tinto –y su sonrisa de pícara enmarca el final de la frase.

–Me quedo con “El novio” entonces, y voy a cenar también.

–Perfecto. ¿Dónde te apetece? ¿En la mesa al lado de la barra?

Sorprendida porque no me preguntan cuántos somos o si espero a alguien:

                –Para mí sola, perfecto esa mesita al lado de la barra y así…

                –Observas a la gente –dijo, mientras me guiñaba un ojo y me guiaba a la mesa.

Me quedé con cara de idiota, y me respondió que ella hacía lo mismo: miraba a la gente que tenía alrededor y se imaginaba sus vidas.

Tras pedir varias raciones acompañadas de mi “novio perfecto”, me fijé en un par de amigas que no paraban de reírse. Pero, no sé por qué, me dio mala espina, como si algo se estuviera fraguando, y de pronto escucho…

–Lola, te he pedido el vino expresamente para ti.

–¿Ah, sí? ¿Qué me pediste? ¿”El novio ideal”, a ver si llega de alguna vez?

–No, qué va… Te pedí… Lorena, dile el nombre del vino.

La camarera se quedó con cara de pocos amigos y algo avergonzada, pero se acercó a ellas y, casi en su oído, le dijo el nombre. ¡Menuda intriga me carcomía por dentro!: ¿cómo se llamaría el vino? Pero, en menos de dos pestañeos, le tiró la copa por encima, le dijo que ya no eran amigas y la rubia salió toda digna del lugar. Yo seguí con mi comida, y el resto del bar a lo suyo –eso sí, mirando de reojo–. La chica morena se metió en el baño y, en menos de dos minutos, salió directa a la puerta, no sin antes pagar los vinos y pedir disculpas a la gente que se encontraba.

Decidí abstraerme de los clientes del bar, disfrutar de la comida y viajar en el océano de mi mente –eso sí, de reojo, miraba a Lorena con cara de… menudo apuro hemos pasado–. Ya me encontraba con el postre, cuando decidí volver a la realidad que me rodeaba. Mi camarera lo notó, porque se acercó a mí y me dijo:

–En cuanto acabes el postre, al chupito te invita la casa y comentamos el momento camiseta mojada de antes.

Mis ojos se iluminaron. Asentí muy contenta, disfruté de la maravillosa tarta de queso deconstruida y, tras esperar a que la última mesa pagara la cuenta, le pedí el chupito de la casa.

Llegó con lo pedido para mí y una Coca-Cola para ella y, antes de sentarse, dijo a su compañero:

–Me voy a coger mi descanso ahora, ¿vale?

El muchacho, algo extrañado, asintió y se puso al frente de la barra.

Volví mi vista a Lorena y me dijo…

–El nombre del vino es…

Y la corté diciendo yo:

– “EL MARIDO DE MI AMIGA”, ¿verdad?

–Exactamente. ¿Y sabes lo mejor?: que no sabemos si fue cosa de brujería o solo un capricho de la diosa Fortuna que le ofreciera hoy la gama de vinos valencianos con nombres originales.

 

Jezabel Luguera©

martes, 15 de marzo de 2022

TARDE DE CARTAS

 

 


El día comenzó como todos los de trabajo. Pero era fin de semana: madrugaba por devoción y no por obligación. Decidí poner la radio para sentirme acompañada mientas desayunaba; pero en menos de treinta segundos se me quitaron las ganas, ya que las noticias matinales hacían que se me indigestaran las tostadas con tomate. Por mi salud mental y emocional, decidí cambiar de emisora, dejando que la música atemporal embriagara los azulejos de mi cocina y con ellos mi estado de ánimo.

El sonido del móvil interrumpió mi concierto a todo pulmón acompañando a los Beatles. Sin mirar el nombre que aparecía en la pantalla, descolgué:

–La línea de la esperanza, ¿dígame? –Al otro lado de la línea se había dibujado una sonrisa enmarcada con un ¡qué gili eres!– Idiota. No te abras olvidado de mí, ¿verdad?

–¿Cómo me voy a olvidar de la mejor amiga del mundo? –dije con ironía.

–Te hablo en serio, ¿a qué hora te paso a buscar? Estoy súper nerviosa y ansiosa, he dormido menos de una hora, estaba peor que cuando hice las oposiciones, ya llevo dos valerianas y son las nueve de la mañana. ¿Y si nos dice algo malo y no lo digerimos? No sé, tía tengo la premonición de que no va a salir bien; que nunca hemos ido a que nos lean las cartas y... –todo esto en modo atropellado que cualquier persona normal no entendería, pero ya tengo máster en ello.

La interrumpí:

–Espera, espera…, ¿de qué me estás hablando? Nosotras hemos quedado para una tarde de cartas, ¿no?

–Sí, para que nos eche las cartas la gitana Anastasia, que según me contó mi cuñada es la mejor de todo el norte.

–¿Cómo? Yo tengo todo preparado para una “timba de cartas“. Hablé con Nuria, Sara, Paula, Julia… Vienen todas. Además, vamos a apostar. Tengo la nevera llena de cervezas, refrescos, pizzas y todo tipo de guarradas comestibles…

–¿QUÉÉÉÉÉ? ¡La madre que te parió! Ya me pareció a mí muy fácil convencerte para ir a ver a una gitana, pero de eso a que me entendieras una tarde de póquer, los conceptos tienen un océano de distancia.

En modo atropellado de nuevo:

–¿Y ahora, qué hacemos? Porque tenemos cita con Anastasia a las cinco de la tarde y, claro, seguro que no quieres ir, y yo sola no me atrevo. Y encima, como es gitana, nos echará un mal de ojo. Y mi cuñada me hizo el favor de pedirme la cita, ya verás qué cabreo. Si ya tenía yo la premonición, qué injusto…

La volví a interrumpir de nuevo:

–María, por favor, lo primero que tienes que hacer es bajar tus decibelios de voz a la mitad, que mis tímpanos no aguantan más y estás en manos libres. Seguido, respira un par de veces, bebe agua y escúchame. ¿Sigues ahí, Mery? –Escuché un humm en forma afirmativo–. Lo primero, ¿cómo piensas que nos van a echar un mal dejo si no vamos? ¿Con un audio de whatsapp o una video llamada?

–Mira que eres tonta, Elenita.

–La tonta soy yo por decirte opciones modernas de mal de ojo. A ver, la timba la tenemos a las siete de la tarde y a la Anastasia la tenemos a las cinco, ¿no? Pues nada, vamos a las dos cosas y así tenemos la tarde de cartas completita. Eso sí: ni una palabra de esto a las chicas, que una tiene una imagen y tengo que protegerla.

En modo atropellado:

–Te quiero, te quiero muchísimo. Eres la mejor, la mejor, Elenita. Te va a encantar, ya verás. ¡Qué haría yo sin ti…! A las cuatro y media te paso a buscar, ¡qué ilusión…! Bueno, te dejo, que tengo que hacer cosas. Besos.

Cuelgo el teléfono con más preguntas que respuestas. Miro el reloj y ya son las diez de la mañana… Tengo la premonición de que esto no acaba aquí…

 

Jezabel Luguera©

martes, 15 de febrero de 2022

NIEBLA

 


 

La habitación se siente oscura; una niebla espesa cubre la única ventana de la estancia y no deja pasar ni un rayo de claridad. La única luz entra por debajo de la puerta, en un tono amarillento enfermizo. Me muestra una estancia minimalista –según dirían las influencer–; pero para mí es austera, simple, o peor: sin vida.

Me encuentro sentada en un viejo sofá de cuero, o que fue cuero cuando se compró. Escucho voces detrás de la puerta; reconozco casi todas: el director, la jefa de estudios, mis padres, pero… a una de ellas no consigo ponerle rostro, y eso que es mi deporte favorito, cuando veo películas, descubrir dónde he escuchado esa voz anteriormente.

Decido abstraerme de esa conversación tan ajena y tan mía a la vez, esconderme en las esquinas de mi mente –esos lugares en que me siento bien, real, y no la sombra que todo el mundo ve y cree entender–. Ya es hábito, no recuerdo cuándo fue la primera vez que descubrí que allí, solo conmigo, era feliz y, todavía mejor, no dolía ser yo. Porque fuera de mis esquinas, ser yo es horrible, simplemente horrible.

Sin darme cuenta, unos ojos color ceniza escrutaban todo mi ser, sin haber pedido permiso. Me siento indefensa y se refleja en mi cara en forma de mueca, provocando que esos ojos ceniza sientan más culpa que intriga.

            –Hola, soy Eva. Tú eres Patricia, ¿verdad?

            –¿Vas a fingir como si no conocieras todo de mí? Esa puerta no bloquea los sonidos y he escuchado cómo te ponían al tanto de “mi vida y sus problemas”.

Mis padres eliminan sus miradas de su campo de visión, se sienten culpables de no poder ayudar y de haber hablado de mí sin mí.

            –Patricia, esto no es lo que parece; yo no he venido a juzgarte, y ellos simplemente quieren ayudarte.

–¿Cómo vas ayudarme si ni yo misma sé qué me pasa? O si sé qué siento pero no sé ponerle nombre y, menos, remedio.

Eva se levanta, habla con mis padres y el director. Ellos, mirándome de forma temerosa, asienten y desaparecen de la estancia. Ella vuelve a sentarse enfrente de mí y su mirada vuelve a atravesar mis ojos.

            –¿Quieres hablar de ella?

            –¿Serviría de algo?

–Patricia, ellos me contaron qué paso con Ruth, pero quiero saber qué te paso a ti en ese momento, y sobre todo meses después.

            –Me sentí sola, abandonada, impotente, rota, triste; pero sobre todo, me sentí impostora de sentir dolor, ese dolor que no vi en ella y le hizo tomar la decisión de desaparecer. ¿Cómo puede alguien ocultar todo ese dolor y dar consejos o querer como mi amiga me quería? ¿Cómo? ¿Cómo no vi que se rompía por dentro, que día a día se desmoronaba? Ellos no se imaginaron el daño que le hacían. Nunca pensé que el bullying quedara impune. Porque ellos ahora se sienten culpables, pero ¿se sienten culpables de lo que le hicieron o de que ella se quitara la vida? Me levanto del sofá y froto mis ojos llenos de lágrimas. Eva, simplemente la echo de menos; y esta sociedad que me rodea me hace sentir cada vez peor, porque me miran con compasión y yo solo quiero tener una última conversación con ella.

            –¿Para qué?

–¿Cómo que para qué? Para abrazarla, para reírnos juntas; pero sobre todo, para despedirme de ella y decirle que este mundo es una mierda, que la sociedad premia más la violencia que la empatía, que prefieren vivir es sus mundos virtuales perfectos que en una realidad imperfeta pero real; pero sobre todo, para decirle que mi vida sin ella no va ser igual y que la quise como era, con sus aristas y sus tristezas.

            –Patricia, escríbele una carta, despídete de ella y quítate esa carga tan pesada que tú sola te has cargado.

            –¿Y con esa carta conseguiré eliminar el odio que siento cuando me cruzo con sus acosadores y maltratadores? Porque los veo todos los días en el instituto.

–Ella ya no está, pero eso no implica que ellos queden impunes, que ahora parezca que no hicieron nada porque ella no puede defenderse.

–Me siento impotente, me siento mala persona y simplemente necesito tiempo. Tiempo para que el dolor sea menor. Tiempo para llorar. Tiempo para odiar. Tiempo para perdonar. Tiempo para aprender a vivir sin ella. Diles a mis padres que me dejen espacio y tiempo. No necesito más, porque lo que necesito ya no está, y sus acosadores serán juzgados por la ley, pero sobre todo por sus conciencias. Nos volveremos a ver, Eva. Necesito ayuda para manejar tantos sentimientos, pero por ahora, simplemente déjame tiempo y espacio para vivir.

 

Jezabel Luguera©

martes, 18 de enero de 2022

EL BALANCEO DE LOS ELEFANTES

 


 

Si os dijera: “Tres elefantes se balanceaban…”, seguro que estaríais cantando la canción, ¿verdad? Pues venga, que la acabamos: “…sobre la tela de una araña…”

Qué increíble es la imaginación cuando eras pequeño, cuando una muñeca podía ser astronauta, veterinaria y profesora al mismo tiempo, sin olvidarme de que podían vivir en una isla paradisiaca o en lo alto de una montaña sin salir de nuestra vieja alfombra del dormitorio. Y todo esto lo sabíamos porque ella misma nos lo contaba, porque era nuestra mejor amiga.

Me encantaría volver a tener esa imaginación, creer que todo es posible, ¿a vosotros no? Esa sensación de nervios en el estómago el 5 de enero porque sus majestades mágicas se iban a colar por el hueco de la lavadora con camellos incluidos (en mi casa, era el hueco de la lavadora; otros son por la chimenea), o la felicidad que regala un ratón que intercambia dinero por tus dientes de leche, y tú deseando que se te cayera otro y sin miedo a ser un desdentado. Ojo, que la puerta del ratoncito Pérez está en la boca del metro del palacio Buenavista (os confieso un secreto: yo la busqué en mi último viaje a Madrid y allí estaba; durante un tiempo, fui niña otra vez).

Walt Disney dijo en una ocasión: “si puedes soñarlo, puedes hacerlo”. Y eso es lo que nos falta a los adultos: creer que todo es posible. ¿Por qué no iba a poder aguantar una majestuosa telaraña a tres elefantes, ¿no? Actualmente, la imaginación se ha ido reduciendo según aumentan las olas: es inversamente proporcional.

Creo que si el sombrerero loco saliera del país de las maravillas, nos diría lo mismo que a Alicia: “imaginad tres cosas imposibles antes de desayunar”. Y yo le sumaría que cada día durante un mes. Y veréis que al principio cuesta; luego es un reto y, al final, esa sensación se convierte en un hábito que alimentará a vuestro niño interior –o, por lo menos, te reirás un montón.

 

Jezabel Luguera©

 

martes, 14 de diciembre de 2021

COSAS DE MAYORES

 


               

No sé si os ha pasado alguna vez –pero a mí, muchísimas– que, cuando la gente alta habla de cosas que no entiendo, pregunto y siempre obtengo la misma respuesta:     –Son cosas se mayores, Martita; ya lo entenderás cuando seas mayor” –acompañado de una sonrisa.

Pero yo ya soy mayor, tengo cinco años; y la gente  alta se ríe, y yo no le encuentro la gracia.

A Pablo, un amigo mío, también le pasa como a mí; pero él es algo lento y hay cosas que no  sabe pero yo sí, y me toca explicárselas. Como el otro día, que llegó a clase con una cara de interrogación que casi, casi era una exclamación. Le pregunté qué le pasaba y me dijo:

            –Que el domingo, mientras comía con mi familia, mi hermana se puso a llorar sin razón alguna. Yo pensé que podía ser porque pusieron mi plato favorito para comer y no el suyo, pero… no se había ni sentado a la mesa. Mi madre salió corriendo detrás de ella, y mi padre, gritando desde el pasillo: “¡NO ME LO PUEDO CREER, QUE ESTÁS  EMBARA…!”, y se calló de golpe al encontrar mi mirada de miedo. Pegunté a mi abuela qué pasaba, si era por mi plato preferido; pero ella cogió mi cara con las dos manos, ya huesudas, y me dijo, muy bajito: “Mi vida, tu comida no tiene nada que ver; más bien tiene que ver con el novio de tu hermana y de tu futuro sobri…”, pero fue interrumpida por otro grito de mi padre: “SEÑORA, Y A USTED, ¿QUIÉN LE HA DADO VELA EN ESTE ENTIERRO? ¡DEJE A SU NIETO SEGUIR SIENDO UN NIÑO!” Y se fue de casa, dando un portazo, y mi abuela salió corriendo a por su rosario y se pasó toda la tarde rezando; vamos, que me quedé solo en la mesa, Martita.

 

–No entiendo nada, Martita. ¿Hice algo malo?

–Tú no hiciste nada malo, Pablo. Fue cosa de tu hermana, que seguramente se dio muchos besos con su novio y claro, ahora vas a ser tío.

–¿En serio? Yo quería un perrito y no un sobrinín.

–Ya, bueno, siempre puedes lanzarle un palo –le dije, guiñándole un ojo, mientras nos subíamos al tobogán.

 

Jezabel Luguera©

lunes, 18 de octubre de 2021

CAMBIOS

 

 

Uno no sabe cuándo ha cometido un error hasta que ya ha tomado la decisión, o por lo menos eso me pasa a mí: esa sensación en las tripas que es confirmada por el cerebro en forma de… “te vas a cagar”. Pues así me encontraba yo ahora mismo, sentada frente a un mostrador en la trastienda de un almacén de azulejos, avasallada por una pelirroja rizosa que hace más de media hora que no ha parado ni para respirar, además de formar una torre de materiales y azulejos para mi nuevo baño que me desafiaba como la gran muralla china a los mongoles. Y mi mente me recordaba el dicho que siempre decía mi abuela: “Vale más saltarla, que rodearla”. Esa torre no tenía fin…

Pero ¿cómo había llegado a esa situación? Si mi baño era viejo pero no estaba tan mal; sólo tenia moho en el techo (con una mano o dos de pintura estaba listo), algún que otro azulejo suelto y… bueno, la bañera ajada por un lado. Pero… en las series de reformas americanas, están mil veces peor y, en menos de dos horas de programa (dos semanas en el mundo real), estaba listo y no tenían que aguantar las chorradas que estoy escuchando. Hablando de escuchar, noto un silencio a mi alrededor y unos ojos mirándome de forma interrogante.

–Perdóname, peli… Azucena, que me he puesto a pensar en qué disposición quería los azulejos y me he despistado. ¿Qué decías?

–Que igual te estoy dando demasiada información nada más llegar. Empecemos por la gama de colores.

–Me gustan los tonos verdes y negros para el baño, pero estoy abierta a opciones.

–Están muy de moda los tonos marinos salvajes para el baño, con el contraste de negro y blanco –dijo, con un tono snob y sus gafas de pasta en la mano.

Sacó un libro que era más grande que las antiguas guías de teléfono y lo depositó encima de mi propia muralla china. Empezó a decirme:

–Este es E152 “Manzana fresca del Cantábrico” –y yo miré la imagen y era el verde manzana de toda la vida.

–Este es T506 “Piscina olímpica de Rusia” –para mí, el azul piscina.

–Pero el que más se vende, y para mí el más bonito, es E942 “Una cabaña perdida en lo profundo del bosque”.

Debí de poner mi mirada de… “¿Qué me estas contando?”, porque en menos de dos segundo empezó a explicarme el color:

–Es un verde botella oscuro con colores tierra de fondo y un tono nacarado. ¿Qué te parece? Te puedo enseñar tonos más marinos, si quieres…, pero mira qué bien queda con este lavabo que acaba de llegarnos.

Mi cabeza estaba dando vueltas como una peonza. Yo lo veía verde botella, ¡y ya!

–¿Pero quién le pone los nombres a la gama de colores, Azucena? ¿Dónde quedó el verde oscuro y los marrones? Ahora son cabañas perdidas y piscinas rusas.

La pobre dependienta me miraba como si acabara de salir del medievo y hablara castellano antiguo, y cuando vi que me iba a explicar cómo le explico yo a mi padre las nuevas tecnologías, le digo:

-Azucena, creo que necesito algo de tiempo para decidirme. El jueves me paso y te digo, ¿vale?

Se quedó mirándome como si le acabara de decir la mayor de las locuras, pero en dos segundos se compuso de nuevo, me ofreció varios libros de mobiliario y, con una gran sonrisa en mis labios, salí del establecimiento. Marqué el teléfono y….

–Papá, ¿sabes de qué color es una cabaña perdida en lo profundo del bosque? ¿No? Pues pásate por casa, que te invito a una cerveza y te explico la nueva configuración de Netflix.

 

Jezabel Luguera©