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jueves, 16 de marzo de 2023

COLORES

 


                                                             

     La paleta va pintando de fucsia y rosa el vestido entallado.  Un corazón, rojo, ondulado, grande, cubre toda la parte del tórax. Los zapatos, forrados en fucsia, hermoseados con una línea horizontal y  roja,  ondulan en su caminar los pasos de la modelo.  La mano, que maneja la paleta imaginaria: el  vestido como los accesorios... disfruta de libre albedrío, (fantasía pura), totalmente: antisistema, ecléctico.  Así es nuestra  diseñadora, nuestra modelo, nuestra  aristócrata:  capaz  de mezclar todos los matices, formas, texturas y épocas.  El cabello ensortijado, pelirrojo: “barroco”  -opinan las envidiosillas-, pero Ágatha,  para más inri, lo adorna con una diadema de mariposas multicolores. 

     La mirada de José  Picasso, cada vez, se nubla más ante los bocetos infantiles de su hijo Pablo y; antes de deprimirse, opta por regalarle todos sus pinceles, colores, paletas a su hijo; y no vuelve a pintar.  El arlequín cubista se presenta con un cuello de gasa cerúlea y un mono plagado de cubos verdes y azules. La cabeza, modernista, muestra un tocado ladeado, negro. Los iris bailan sin tregua ante la influencia de este cubismo zumbón.

     Bajo los estores y me mantengo a oscuras. ¿Se habrán normalizado los ojos?  -me pregunto-  Y a mi cerebro llega la canción de mi juventud.

De colores,

de colores

se visten los campos

en la primavera.

De colores,

de colores

son los pajaritos

que vienen de afuera.

De colores.. (Joan Baéza)

     La finca, de mi vecino, ha reverdecido por la lluvia primaveral. Parece que, el estiércol abonó más el trapecio que se extiende cerca del nogal; está cuajado de chiribitas.  El movimiento de rotación de la tierra, muestra una capa blanquecina.  Me acerco a la alambrada, pasa el dueño de la finca; lo veo receloso cuando saco una foto del Edén. ¿Puedo ver su móvil?  -me inquiere-   “La felicito, no sabía que hubiera más colores que los del arco iris...” Los pajaritos, cual saltimbanquis, vuelan a mi jardín; adiós al almuerzo del gato callejero. 

     Tomo asiento en la tumbona: ansiosa, cojo el móvil:  5 de marzo, 14horas. Los rayos de sol se reflejan sobre los sépalos y los miles de pétalos de la camelia; las margaritas africanas: lilas, granates...  me saludan. El  limonero extiende su fresco aroma, y su suave sombra en la aterciopelada azalea.  Se  han hermoseado hasta sus últimos estambres y pistilos... Me preparo un té con mi limón.  Me siento a la mesa del embaldosado, extiendo un cuarto de metro de cartón, y sobre él, el papel blanco  de embalar: aumento de tamaño la foto del móvil y según las directrices pinto las cuatro líneas de la finca en verde y, despacito, a paso de tortuga, he copiado del original, a patch work, una sola chiribita bajo una avispa anillada, en el centro del puzzle.  

 

                                                                             Isabel Bascaran Garechana

                                                                             San Vicente de la Barquera,a 5 de marzo de 2023 

lunes, 13 de febrero de 2023

EL HUMOR

 

 


28 de enero del 2023, 3:30. Andrea conducía su auto azulón, híbrido, “Toyota”, hacia el hipermercado Lupa. En el recorrido, visualizó el vestido azul pastel, con florecillas rosas que había visto, por la puerta acristalada de la tienda Nicolasa. ¿Y si giras 60 grados a la derecha y echamos un vistazo a la joya? –preguntó la influencer–. Andrea seguía con las manos en el volante y el auto continuó unos 100 metros y, en el ceda el paso, giró 90 grados a la izquierda. La decisión le devolvió la sonrisa, sobre todo, porque en un tris, había dejado de ser obsesiva, compulsiva.

En el aparcamiento, había seis autos –la influencer, absorta en las ofertas que la firma Cartier ofrecía por el móvil, siguió, ensimismada, en el asiento.

Con  los pies en tierra, las manos enguantadas, fue eligiendo las frutas y verduras que necesitaba y, ¡cómo no!, exprimió un litro de zumo de naranja: la sonrisa, más amplia. Llegó al puesto de Elena y pidió dos rodajas de salmón y un bogavante:

 –Como mañana es domingo, te adjunto el bogavante que queda –le aclaró la pescadera.

Andrea, con los ojos brillantes y la mirada iluminada, pasó por la carnicería.  Sergio, tras su eterno y agradable saludo –“¿Qué te pongo, hija?”–, fileteó la pechuga de pollo, picó 800 gramos de vacuno y porcino y, con una amplia sonrisa, la despidió.

Andrea, con el corazón palpitante, se hizo con la caja  de leche desnatada, con dos litros de aceite sostenible –se sentía ecológica–, con un botellón de agua Solares, y se acercó con la bolsa térmica a la sección de yogures... Parece que está todo –reflexionó–. ¡Huy, el café!

            –¡Pasa, Andrea!  

Y mientras ésta ponía la compra sobre la franja transportadora, Cristina, más rápida que un robot, tecleaba en la caja registradora y llenaba las bolsas portadoras. Andrea, compulsivamente, insertaba las dos tarjetas en la cartera; alzó los ojos y vio que su ángel empujaba el carro hasta el auto. La llave lo abrió y, mientras Andrea pronunciaba su contrariedad, la cajera, ya por empatía, ya porque la veía muy mayor, había colocado toda la compra. Un abrazo agradecido fue lo único que la clienta le pudo ofrecer.

La influencer permaneció callada hasta el lunes. Andrea no se encontraba bien, pero se duchó antes de descansar en la cama. Otra vez, sin planear, dobló el chaquetón rosa con pinceladas de gris y negro –sin estrenar– y, unida a la influencer, condujo al pueblo. Según habían acordado, el vestidito azul pastel de florecillas rosas se hallaba en la tienda El Pom Pom. La alegría se esfumó de sus caras: no podían cerrar los botones.  Se dirigieron al establecimiento Anur. Andrea se probó un vestido calentito: su talla, su color cuadraba con los del chaquetón... Pero ¿negro? A ninguna le gustó. La influencer le está aconsejando a Andrea que teniendo, como tiene, el síndrome de Diógenes, podrá guardarla en el vestidor de ropa y accesorios intactos.

            La oscuridad envuelve por completo a Andrea: lleva tiempo atrapada en las zarpas obsesivas, compulsivas, y ahora, asfixiada en las garras de la influencer, teme que ésta la devore.

                                                                                  

                                                                                  San Vicente de la Barquera

                                                                                   Isabel Bascaran Garechana©

lunes, 16 de enero de 2023

OLORES

 


 

Lo habían pedido tantas veces... Por fin, llegó el perrito. Olisqueaba a Nerma y a Rena. Se dejaba abrazar, jugaba con ellos, corría a su vera y los tres saltaban de alegría. Nítsam crecía como si en la comida le inyectaran crecederas; mas los dueños sabían que, como mastín pirenaico, iba a  llegar al metro de altura. Según crecía, más noble y leal se mostraba: Nerma y Rena introducían sus manos en la bocaza del perrín y éste retiraba sus dientes como si  fueran retráctiles. Según llegaban de la ikastola, Nítsam se abalanzaba, como un cohete, hacia la puerta del taxi, los olfateaba, los liberaba de sus mochilas y, cual Cicerone, los llevaba a saborear las meriendas que la querida landlady  les había preparado. Después, sus amores lo llevaban a pasear; libre de ataduras y sin bozal.

Una tarde calurosa de mayo, antes de que llegara el taxi, Nítsam apareció renqueante ante la landlady que, con la llave inglesa en la mano, intentaba arreglar el grifo del regadío. Ésta, oliendo a pólvora y siguiendo el trayecto del cartucho, se enfrentó con palabras ofensivas al vecino, que, con la escopeta aún al hombro, le respondió de la misma forma, y dejaron de hablarse. Un silencio dubitativo se cernió sobre el can; pero el dueño, veterinario, lo sanó como a  un ángel; no, no, no podía ser otro Lucifer.

Los corderitos, regalo, que provenían del pastor, fueron congelados, mientras el hielo que se extendía sobre los adultos se fue licuando, asedándose...

En el atardecer noche, mientras los amores del can disfrutaban de una chocolatada y la landlady seguía abriendo el grifo con la llave inglesa, apareció el perro con la cabeza entre sus patas delanteras.

            –Hola, Nítsam... ¡Pero mírame! De sus belfos, caían unos hilillos rojos. Ante aquella bolsa colorada que era la boca canina, no le cupo ninguna duda: corrió hacia el rebaño, que aparecía formando un círculo inescrutable. Corrió unos veinte metros y allí, en un charco de sangre, con la nalga derecha magullada, mordisqueada, la yugular humeante, yacía el cordero moribundo. La madre de los chavales salió de su inocencia y le atizó tres golpes en el entrecejo del animal, que se despanzurró y lanzó al aire los últimos estertores, y descansó la víctima desvalida.

El querido dueño, ciego por las lágrimas que brotaron de su corazón agónico por la acción macabra que iba a cometer…, mas aliviado porque no habían sido su hija Nerma y su hijo Rena los asesinados, portaba sobre su hombro izquierdo la escopeta  juez. El perrazo, sin que hubiera sufrido ningún exabrupto, dócilmente, seguía los pasos hacia su libertad. No hubo palabras de odio, nadie le pronunció su muerte; admitía su culpa, su insaciable, su irreprimible deseo de manjar ovino, y ahora, situado delante de su amigo, se ofreció al primer escopetazo que le llegó a la esquilada yugular; el segundo cartucho le abrió las tripas. Ambos olfatearon el olor a chamusquina, a carne frita, a los intestinos asados al chilindrón... El tercero fue al entrecejo (hasta entonces los ojos de Tínsam permanecieron abiertos, arrepentidos...). Sin pensarlo más, el doliente amo se guardó el cuarto y último cartuchazo en el bolsillo pectoral de su chaleco, camuflado.

 

                                                                             Isabel Bascaran Garechana©

San Vicente de la Barquera, 14 de enero de 2023  

lunes, 12 de diciembre de 2022

INSOMNIO PERTINAZ

 


 

FUNÁMBULA EN LA CUERDA DE LA MUERTE

 

Viajes de 64 kilómetros a Bilbao. Por fin, el 17 de julio, la puerta del Consulado se abrió: yo era la primera en la fila de espera –la noche en el hotel San Antonio dio su fruto–. El cónsul me tendió la mano e hizo ademán de que me sentara. Me pidió el pasaporte (a estrernar); después, el certificado, donde el director, Félix Sánchez, había escrito los pormenores de mi trabajo, como el compromiso de que el 5 de setiembre del curso 1974/75 me presentaría, bajo pena de amonestación seria, en mi lugar de trabajo. Por fin, asió su estilográfica y echó una firma de rasgos elegantes en el  visado. Con mis dedos derechos tamborileando en la tapa cárdena del pasaporte, traspasé, ufana, la puerta. “Oh, otra vez, no”; mas yo, altiva, no sentí lástima por los defraudados conciudadanos. Y guardé el tesoro y sigo, desde entonces, con la  querencia de Diógenes.

            El 3 de agosto, recibí el telegrama tranquilizador de mi amiga Mari Cruz: “5  agosto te recogeremos, aeropuerto Miami, hora local: 17 horas.” 

Durante el vuelo, entablé conversación con una chica que también iba a Miami: se ofreció a ayudarme en el caso de que tuviera algún tropiezo en la aduana, mas fui yo quien le tuve que ayudar a pasar, por la base del mostrador, el espejo envuelto; según ella, nos desollarían vivas... Según me despedía del agente, con el pie izquierdo iba adelantando el alijo. ¡”Andrea, Andrea...”!, oí la voz masculina, conocida; seguí, sin inmutarme, como un zombi. Ni el jet lag pudo cerrar mis ojos...

Mari Cruz nos ofrecía unas bebidas refrescantes, mientras hacíamos ejercicios de relajación.  Y por la mañana: hi...hi...hi..., saludando a los vecinos de la urbanización, llegábamos a la playa. Aquel calor era  insufrible y me lancé al mar; tan rápida como entré, salí de la escaldadora agua: dos minutos en la orilla, otros dos en el agua... Por la tarde, a eso de las 18h., conducíamos al frontón Jai Alai. Comprábamos helados artesanos con el saludo de la vendedora: I was waiting for you. “Y esta ¿cómo sabe que veníamos hoy?” Mi amiga se reía de mi ocurrencia, pues ella, con cinco años viviendo en Miami, bien sabía que era un simple saludo, como si hubiera dicho hello. Apenas había gente viendo el buen hacer de los pelotaris; se colocaban ante los monitores y apostaban fajos de dólares  y apuraban cigarrillo tras cigarrillo.

Finalmente, me despedí de mis amigos. Mari Cruz me dio las gracias por mi visita. En aquellos días de buen humor y tranquilidad, había quedado embarazada.

Yo viajé a Fort Pierce, donde jugaba mi hermano José y sus amigos. Los fines de semana cocinaban los platos de Euskal Herria. “Venga, Andrea, sé valiente y fuma dos caladas”. Ellos y sus amiguitas me aplaudían; me daban órdenes para que me levantara, pero yo me asía a la silla: no sólo temía el golpetazo contra el suelo embaldosado de la cocina, sino  también la levitación a la que mi mente me llevaría.

Las ojeras eran cada día más negras. El tembleque de las manos rompía todo lo que cayera en ellas. Vomitaba cualquier comida o bebida. Por fin, mi hermano, tan insomne como yo, pidió ayuda a Kepa –médico masajista– y con su auxilio pude empezar, a tiempo, el curso escolar 1974/1975.

 

                                        Isabel Bascaran Garechana

                                        San Vicente de la Barquera, a 10 de diciembre de 2022

lunes, 14 de noviembre de 2022

¡AY!, AMOR DE MIS AMORES

 


            No sé cuántos años tendría: quizá seis. Seguro que tú, con tu memoria de  elefante, te acuerdas. Yo iba agarrada al vestido floreado de mi madre. Eras un mastodonte en el horizonte del mar de Ondarroa –autonomía de Euskal Herria–; echabas espumarajos, cual torpedos ruidosos; junto con tus luengas blancas lenguas, llegabas hasta mis temblorosos pies: sí, te tenía pánico. Mi madre me exhortaba a que disfrutara de ti, pero yo jugaba con tus infinitos granitos marrones. Surgían borbotones por doquier: era la respiración de los cangrejos..., y si llegaba a las  rocas del perímetro de la coqueta playa, los crustáceos echaban carreritas hacia sus cavernas; nunca me atreví a pescar uno. Cuando se abría la cesta de la merienda, más distendida, contemplaba el céfiro manto del cielo intentando solapar tu azul mar: intento baldío. Mas, imbuida en tu kresala, en tu dulce frisa, en tus masajes en los pies, se me cerraban los ojos...

            Hoy, 26 de octubre de 2022, he bajado a la playa de Merón, en San Vicente de la Barquera, en la autonomía de Cantabria. Parece que la naturaleza quiere alargar el verano: tenemos unos 22 grados de temperatura, tú nos ofrecerás unos 19 grados; apenas alcanzas medio metro al llegar a la orilla. La playa, nada acicalada; en tu avanzada, vas dejando ramas, ramitas… (el día 21 sopló un viento huracanado que nos rompió la valla del jardín).

            Estáis las dos a falta de un poco de maquillaje: no te enfades, todavía me parece que estoy en un paraíso, que te me ofreces sin diezmos. Y yo avanzo, cual tortuga, intentando sortear los obstáculos, y plasmar tu belleza en mi interior. ¡Alto! Alguien cubierta con vestido brillante se me presenta. ¡Luz, más luz! Me quito las gafas de sol: es una medusa viscosa. Ahora sí que camino con pies de plomo y ojos de Sherlock Holmes. Otra medusa por la playa de la Braña. Cada diez metros, me paro: observo la línea del agua y alzo los ojos. Alguien ha construido un tipi, pero, en vez de lienzo, lo han construido con maderos de todo tipo y lo han ornado con toallas rayadas. Tú, mar, vas subiendo y me haces un favor: no tendré que llegar hasta El cabo. En mi lento y temerario retroceder, cuento otras diez medusas. Nadie paseando por la orilla silente, pero a mí, como buena socorrista, me habría gustado vociferar: ¡Medusas! Llego a El zapato y a su retoñoaquí, a primeros de setiembre, acompañada de mis nietos, fui testigo de pececitos que nadaban entre los líquenes en un pequeño estanque–. Visualizo a los nietos y los tesoros que me ofreces: en tus pleamares, habrás hecho el cambio de tus nadadores. Como cabezas negras de alfileres antiguos, cuento hasta cuarenta surfistas cerca del faro viejo. Yacen con ojo avizor... ¡Una ola! Seis acróbatas han cogido la onda. Ningún veneno acechando... Una surfista, en zigzag, se acerca hasta la orilla: su proeza me anima a entrar en tus ondas... Es la suprema sensación de bienestar y agradecimiento.

 

                                                 San Vicente de la barquera, a  9 de noviembre de 2022

                                                  Isabel Bascaran Garechana©                      

lunes, 24 de octubre de 2022

EL ANTAGONISTA

 

Escrito seleccionado para su lectura el día 19 de octubre de 2022 en la inauguración de la 14ª edición del Taller de Escritura, curso 2022/2023, de San Vicente de la Barquera.         

 

Inicialmente presentado al taller de febrero de 2022, cuya frase obligada era ”Una prodigiosa telaraña”.

 

 

EL  ANTAGONISTA

    

Señor Mario Vargas Llosa:

Con todo respeto y con su venia, le escribo esta carta. Quisiera que mis letras fueran tan elaboradas, y a la vez tan respetuosas, como se merece. 

Por favor, señor Mario, tenga un poco de paciencia, pues esto no es lo que parece.

            Hace tan solo tres días que terminé de leer su libro Las travesuras de la niña mala y durante este breve tiempo material, pero larguísimo sufrimiento para mi alma, espinas incrustadas que derraman ríos de sangre..., mi mente ha ido tachando vejaciones acá, macabradas acullá, hasta casi dejar una urdimbre deshilachada. Estuve a punto de cejar en mi empeño lector, echar por la borda mi empecinamiento  masoquista de llegar al final de la insufrible pendeja. La ha descrito como mentirosilla, luego como arribista,  sin la  mínima delicadeza; después como amante-perruna... Este sórdido episodio es parte lo que se  ganó a pulso: le felicito por su bien trabajada  osadía. Como bomba antipersona, la ha pintado como un dejado de piel y huesos: sus restos pueden haber pasado al cementerio canino. Quizá algún matarife pueda arrancarle la piel y por fin la niña satánica pueda curar, en su olvido, a quemados insalvables. Gracias, científicos, por  obrar milagros. 

 

            Ah, el antagonista Ricardo; quisiera romper una lanza por él. ¿Piensa usted, de verdad, que hay en este mundo tan calamitoso un hombre tan misericorde como él?  Bueno, sí, quiero otorgarle el beneplácito de la duda: sin duda alguna, un altruista. Una persona capaz (como aprendimos en el Evangelio) de perdonar hasta setenta veces siete. ¿Se puede estar enamorado hasta las trancas, desde la niñez hasta la vejez, de la misma cortesana? ¿Se puede fundir y endeudarse hasta las cejas, pasar a ser un sin techo por una víbora?

Yo querría que Ricardo siguiera siendo bueno, mas no un calzonazos; que tomara él el placer de estrangularla antes de que la vida tomara la revancha contra ella.

Querría que el futuro le devolviera su inteligencia creativa: convirtiera sus dotes políglotas en escritor galardonado con el premio Nobel (al igual que usted). Querría que una cirugía le librara de sus cataratas físicas y multicolores hacia las niñas malas. Yo querría que, como en la película Casa Blanca, siempre le quedara París.

 

Atentamente, una lectora agradecida.

 

                                                                           Isabel Bascaran©

San Vicente de la Barquera, a 7 de febrero  de 2022  

                                   

sábado, 25 de junio de 2022

CIELO SORPRENDENTE

 


 

Atmósfera asmática, lluvia pertinaz y cambio de itinerario: adiós, playa de Merón;  hola, zoo de Santillana. Cielo negro, reflejo de las alas de los cuervos; mas Aner, fan de la fauna, disfrutaba con la estampa de los buitres de cuellos ajirafados, enroscados y pelones. La explosión de los fuegos artificiales le reventaba los tímpanos, pero aquel estrepitoso griterío no le afectaba.

Hacia las 13h, se hallaba nuestro trío ante la sección acristalada de las nutrias –goterones sobre los paraguas, lágrimas sobre las caras– por apreciar los mamíferos nadadores. Medallas de oro para estos animales fugaces: vistos y no vistos. Aner, enajenado, con sus manos posadas sobre el cristal; como por ósmosis, sentía la sedosa piel de la nutria jefa. El cuidador empatizaba con las rezagadas y les arrojaba pececitos una vez que la sprinter les daba la espalda. El niño, a pesar de sus ocho añitos, entendió que el festín había acabado y asintió, por fin, a marcharse. Se percataron de que sus jugos gástricos atizaban el estómago: era su hora de saciarlo. Aner eructó de placer –¿emitirían sus amigas las nutrias señales de bienestar?

Pasearon, lentos, hasta el recinto de las iguanas. Cuando los ojos fueron amoldándose a la claridad de la estancia, visualizaron una, luego contaron cuatro, después Maren contó diez; estaban mimetizadas en el tronco desnudo de un manglar. Ampliando el iris como con una imaginaria lupa, Aner fue agrandando el cómputo hasta veinte. “Yo también me echaría una siesta en una cama camuflada: marrón-verdosa”–dijo.

Caía un sirimiri, mas los chavales, habituados a él, se quitaron sus chubasqueros. También, Maren le quitó el protagonismo a Aner: “Vamos a jugar con las mariposas”. Eran cientos; no, miles; no, millones... Volaban como locas, en todas las direcciones, no se ajustaban a ninguna norma, hacían lo que les apetecía: cábalas (se saludaban con sus alas y al instante se despedían), formaban un cielo tachonado de siluetas frágiles, como sofisticadas. Había que agitar los brazos para impedir que el polvo de los rubíes, las esmeraldas, los zafiros... hirieran los ojos. “¡Pobre arco iris de solo siete colores!”. Los científicos deberían investigar de nuevo y, valiéndose de un microscopio –¿o de rayos láser?–, corregir los dígitos ante este cielo variopinto. Maren, de diez años, y Aner se comportaron cual mariposas: corrían, saltaban, perseguían a las más excelsas, reculaban en su búsqueda, pero las perdían en aquel guirigay. Andrea, medio asfixiada por aquel hedor, se abstuvo del inhalador en tal mortífero espacio; y aguantó su suplicio por la felicidad de sus nietos. “Abuelita, qué cara más atormentada tienes”, y asiendo sus manos a la de la yaya y a la de Aner, se dirigió a la salida. Allí, bajo un cielo tormentoso, Andrea aspiró no una, sino dos inhalaciones. Con paso lento, dieron un paseíto (pues la tormenta se sentía cada vez más cerca) por la arboleda. El perfume de las lavandas, el de los rosales y el aire artificial inspirado le devolvieron la vitalidad a Andrea: belleza contra oscuridad inminente...

A pesar de su corta edad cronológica, los nietos decidieron ser generosos con su abuelita. Entraron en una galería dividida en covachas. Los monos y las monas jóvenes vivían en la intemperie: era el hábitat perfecto para sus acrobacias, sus gracias, las imitaciones de los humanos. Las ancianas, al resguardo. A Andrea le fascinó ver cómo se preparaba una mona: se puso un vestido rojo de seda, se perfiló las cejas con lápiz negro, se achinó los ojos con rímel, se pintó los labios de rojo chillón –todo ayudado por un espejito de su neceser–, se colocó una melena rubia y, por último, se calzó unas manoletinas rojas (a su edad, debería de padecer artrosis)... Se imaginaba en un camerino, a punto de que la llamaran. La llamaron cuatro borregos que se creían cuatro adonis. “Mirad esto: qué adefesio, pero qué fea eres; fea, no: feísima, una vergüenza de simio...”

Se arrancó la melena. Los lagrimones formaron surcos negros por la cara; extendió el pintalabios con la palma de su mano derecha; de un tirón, se despojó de su vestidito. Debajo, a modo de refajo, fueron apareciendo telas oscuras; luego, otras raídas.  Se presentó tal cual era: un cuerpo tiñoso y una cara que podría presentar cien años... Se echó sobre un hatajo de mantas pringosas... ”¿Volvería a actuar?”

Andrea ofreció a sus nietos unas servilletas de papel. Ella  parecía serena; sin embargo, le carcomía el hecho de haber contribuido, junto a los cuatro energúmenos, al refrán que ora así: Aunque la mona se vista de seda, mona se queda.

 

                                              Isabel Bascaran Garechana©

                                              San Vicente de la Barquera,  a 31 de mayo de 2022

domingo, 15 de mayo de 2022

POETA AÑORADO

 



Movió el servilletero para hacer sitio al café manchado, al pastelito de merengue y al vasito de agua. Su mano derecha se hizo con un poema en una servilleta de papel. Saludó a Ana e intercambiaron unas frases sobre el hermoso día. Pagó nada más estuvo el pedido en la mesa, dejando diez céntimos de propina: otra manía. Acababa de tomar el segundo sorbo cuando un hombre, bien parecido, llegó y alzó el servilletero. Sin mediar palabra, voló y volvió a la carpa con Ana, que le explicó al señor que no había encontrado ninguna servilleta bajo el servilletero. No muy  convencido, acariciándose la barbilla, pidió a la camarera que le permitiera inspeccionar el cubo de basura. El inspector, con cara circunspecta, devolvió los guantes de goma a su dueña y se alejó lentamente. Ana le observó compungida. Medio café se quedó en la taza, frío; el merengue le supo insípido y el agua poco fresca. Cogió su bolso, enderezó la silla, despidió a Ana con la mano y... desistió de su idea de comprar una orquídea en los coreanos –¿y si al sacar la cartera se le perdía el papel-tesoro...?–. El trayecto desde la cafetería Toki Eder a casa se le hizo  interminable. Los ojos se le mojaban; aleteaba los párpados cual colibrí. Por fin, se le solearon los ojos; las manos se le serenaron según restaba las hojas secas de las azaleas. El contacto y el aroma de su precioso jardín siempre la tranquilizaban. Se sentó en la tumbona de la terraza. Ante sus ojos, en una letra de escritor excelso, aparecía un poema cuasi fúnebre que rezaba así:

 

Tan triste vivo

que muero porque no muero:

tantos avatares hieren mi corazón... 

Amo a una dama,

pero sin la mínima  esperanza

de que sea mía.

 

            La primera paradoja y los dolorosos vocablos: triste, hieren; los sinónimos: corazón, dama; la soledad: mínima esperanza, inalcanzable...

            La tercera vez que leyó el pseudopoema, Andrea dedujo que el escrito  pertenecía a una persona alfabetizada, es decir, conocedora del idioma unificado, el batúa, pero que difería mucho del poema del Cancionero Vasco, cantado por el famoso poeta, escritor y bertsolari guipuzcoano Bilintx: poema amoroso, apasionado, entrañable, pero de sabor lúgubre: 

 

Triste bizi naiz eta

illko banitz obe,

badauzkat biyotzian

zenbait atsekabe;

dama bat maitatzen det

bañan… aren jabe

sekulan izateko

esperantza gabe.       (Bilintx)

 

De golpe, su mente volvió al apuesto hombre de la carpa. Podía fácilmente ser el bilbaíno: exprofesor, su excoordinador y exvalorizador de relatos. Podría dedicarse a sacar el título de euskara: el EGA; o como tenor que era, a ponerle música al poema bilingüe.

Andrea, a punto de pedirle que cejara en su empeño de codearse con Bilintx que Blintx era mucho Bilintx–, detuvo su bolígrafo en el aire. ¿Por qué iba a pagarle con la misma moneda?  “Andrea, sigue con tus narraciones; deja la poesía a los entendidos.” Sí, así de escueto. Sólo ante su único cuarteto, supo su corregidor que ella, su amiga, no tenía veta para el verso.  

Andrea seguiría con la espina clavada en su yo íntimo. Años ha, había prometido al autor del poema escrito en una servilleta de papel que respetaría la palabra dada. No osaría escribir, jamás, un solo verso...

                                                                        Isabel Bascaran Garechana

                                                                        San Vicente de la Barquera, 7 de mayo de 2022

    

sábado, 16 de abril de 2022

¿SE PERDIÓ EL HADA?

 



 

            La vida es una tómbola

            ton, ton, tómbola...

 

            En la tómbola del mundo

            yo he tenido mucha suerte... 

    

            Mi infancia transcurrió entre risas y juegos, sobre todo, los musicales a la comba: El cocherito, leré...; ¿Dónde están las llaves, matarile, rile, rile...?; En la barca de los mares... Los de destreza mental: El juego del pañuelito. Los de habilidad visual y motricidad: El juego de las tabas e incluso los juegos didácticos: deletreando, a la pata coja, El nombre de Gertrudis, que nueve letras tiene – la g, la e, la r, la t, la r, la u, la d, la i, la s... Y por encima de todas, las habilidades: la acrobacia sobre la bici. ¡Gracias, Asun! Fui una correcaminos de habilidades... Volvía a las clases con la mente oxigenada y el  ánimo estudiantil repleto.

 

            Ton, ton, tómbola.

            La segunda etapa: Con su varita mágica, mi hada Fortuna me transformó en una mocita pizpireta, colegiala bromista, estudiosa, de ideas revolucionarias: una Teresita de Ávila. Tan animosa y sacrificada que, después de la jornada de estudios, era capaz de viajar y ayudar anímicamente a jóvenes desorientadas del colegio de Otxarkuaga, en Bilbao. Este peregrinaje, cinco horas en total, ¿fue cosa de brujería o sólo un capricho de la diosa Fortuna? Exhausta, mas colmada de felicidad, me entregaba al sueño reparador. Etapa altruista, de empatía y de desarrollo intelectual y personal.

    

            Ton, ton, tómbola.

            Quiso la diosa Fortuna que gozara de la vida en libertad; que sólo me preocupara por la docencia excepcional –el resto de las horas, me liberó de todo quehacer–. Me asía a su mano sedosa; pero me dejaba modelar libremente. Se dirigía donde mis deseos y mis pies la llevaban.

Gracias, hada Fortuna.

 

            Cuarta etapa. Llegaron los desvelos por las lágrimas de los hijos: ¿qué mal les afligirá? ¿Por qué se escaquearán de las clases? ¿Por qué optarán por el vicio? A los porqués se sumaron mis propios ayes: caí en una profunda depresión. Mi hogar hacía agua olas arenosas, olas tenebrosas, olas gargantúas... avanzaban hasta dudar de la diosa Fortuna. Era, pues, incapaz de traspasar el vestíbulo, el miedo me atizaba. Me  postraba en la antesala de la no existencia.

            Una tenue luz me llevó hacia el psiquiatra Arizmendi y a la psicoterapeuta Armentia. 

      
           
En la tómbola del mundo...

 

            Con un parcheo casi perfecto, recuperé mi salud mental. ¡Yupi! Disfruto por Noruega: entre fiordos, entre cataratas, entre montañas Everest, entre aguas cristalinas y asalmonadas... ¡Ay, pero qué despertar!: un trombo en el tríceps derecho. Con un dolor intenso (similar al que había padecido en la pierna izquierda), con náuseas –pero sin vomitar la milagrosa sopa de pescado en Bergen–, con mareos..., aguanté erróneamente, por no ir a Urgencias y dejar sin vacaciones a mi pareja; la diosa Fortuna me imbuía aire y así llegué al hospital Txagorritxu, de Vitoria. El trombo había formado embolias en los pulmones... La especialista me dio la bienvenida a la vida.

 

            ...Yo he tenido mucha suerte porque todo mi cariño a la suerte yo aposté.

 

                                                               Isabel Bascaran Garechana©

                                                               San Vicente de la Barquera, a 7 de abril de 2022

lunes, 14 de marzo de 2022

EL ESLABÓN ROTO

 


 

            Mi vida transcurría como la mar en calma, y disfrutaba como las olas, dibujando filigranas en la arena. Vida y mar me llevaban de sus manos sedosas.

Un pedrusco irrumpió de golpe. Mi mente se trastabilló en su avance: la composición escrita. Se convirtió en mi talón de Aquiles. Suspendííí... y volví a suspender... Perdí aplomo: nada me confortaba. Mi mente entró en un claroscuro, entró en un sinsentido. Empecé a olvidar lo que había enseñado el día anterior: se esfumaba la memoria reciente; comencé a llevar un diario recordatorio. Y lo peor: comencé a desconfiar de mis compañeros, dejé de solicitar un SOS. Pasaron a ser mis inquisidores más atroces. 

            Dos años de gestiones, un archivador repleto de fotocopias: certificados,  instancias, diagnósticos médicos, informes psiquiátricos... El tumor cerebral se somatizó;  la memoria, en su  totalidad,  se esfumó. Si salía a hacer un simple encargo, me olvidaba de si había abonado el importe... Ni en la calle donde vivía reconocía ningún rostro amigo; por lo que me disfracé con una sonriente careta. Al llegar a casa –ya que no era  un hogar–, me desnudaba del disfraz.

            Por fin, me otorgaron la inhabilitación absoluta. 

Durante un par de meses, mi mente me concedió una tregua. Me vestía de domingo, tomaba un mosto sentado bajo un parasol en una terraza elegante de la calle Gasteiz, henchido de la vitamina D. Veía a los excompañeros que se apresuraban a comer a la una, para en menos de dos horas retomar el fatigoso trabajo. En este corto tiempo de sensatez, escribí tres misivas de agradecimiento a mi mujer Arantza, a mi hija Itxaso (mar) y a mi hijo Gaizka (desgracia). 

            Pero, de golpe, se ocultó el sol. Volvieron las fauces carnívoras, las neuronas mortecinas y el chándal deportivo. Y retomé las visitas a los especialistas, a mi remendador pastillero y a la súbita salvación: la práctica diaria del ejercicio físico. Cada mañana, temprano, aunque hiciera un frío siberiano, caminaba unas cinco horas: ida y vuelta de la colegiata de San Prudencio. Por la tarde, después de hojear el periódico (no me centraba en el contenido), volaba al centro cívico Lakua. ¿Sería esto una premonición? Rayos de brillantez... Me atraían, como a los simios, las alturas, la escalera horizontal, las espalderas, la cuerda vertical y, sobre todo, el rocódromo. Así, día tras día, como el perro fiel a su amo. Sí, tenía un animador: el cancerbero. El aire soplaba a mi favor: el monitor, por motivos personales, me adjudicó las llaves. Acudía media hora antes al gimnasio y, sin colchonetas ni arneses, arriesgaba mi vida, dejándome caer desde la máxima altura. Llegaba a casa magullado. Temí que pasaría poco tiempo antes de que mi compañera Arantza (espina) llamara al coordinador y éste retomara su trabajo. Enuncié un problema matemático: Cómo romper el eslabón.  Si de una altura de cinco metros resultaba convulso, inconsciente y con varias falanges rotas, ¿qué sucedería si saltaba al cemento, transitado por una oleada de vehículos, desde el  puente que había elegido, a unos cincuenta metros de altura?...   Pues que, en un nanosegundo, me vería volando libre... hacia mi ansiado destino.

 

                                                                                 Isabel Bascaran©

San Vicente de la Barquera, a 8 de marzo de 2022