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jueves, 24 de mayo de 2018

COGORZA




Imagina las lomas verdes del campo cántabro agostándose  bajo  un sol de justicia en pleno mes de agosto.  Yerba alta y granada. Momento óptimo para la siega. Los segadores, a pecho descubierto, ligeramente inclinados hacia adelante, lanzando una y otra vez la guadaña, van dejando tras ellos, además de gruesos goterones de sudor,  filas de ‘hombillos’ de yerba cortada que,  con la ayuda de rastrillos, van esparciendo las mujeres para que  el sol la seque…

            Era el vivir de las gentes de mi familia una tarde del año 1.938, mientras que yo, sin nada más importante que hacer en el momento, me entretenía viendo  pasar cerca del prado y camino de Santander los  trenes de mercancías cargados del carbón  que los mineros asturianos arrancaban cada día de las entrañas de sus minas…

            Calor, y el sol aplanando el campo con sus rayos. Entonces  mi madre  se fijó en mí y me gritó:

–¡Muchachu, quítate de la testera del sol ahora mismu, que vas a coger un dolor de cabeza…! Mira, túmbate un ratucu encima de la chaqueta de tu padre, que está a la sombra de esos avellanos…

            Y yo, a mis escasos siete años de edad, la obedecí al instante. Me tumbé sobre la chaqueta de mi padre a la sombra de los avellanos. Panza arriba, mirando el cielo azul bajo el cual un par de milanos planeaban en círculos concéntricos…

            Cuando me aburrí, me puse panza abajo, y entonces noté una incomodidad sobre el estómago. Hurgué bajo la chaqueta y descubrí la bota del vino. La saqué. Desenrosqué el pitorro y chupé con cautela. Me supo fresco y agradable. Volví a chupar. Y después, mamé de ella como mamaban los ternerucos de las tetas de las vacas  en la cuadra. ¿Cuánto mamé? Lo ignoro. Intentaron despertarme más tarde, a la hora de regresar a la casa, pero yo continuaba medio dormido. Mi padre me levantó agarrándome de un brazo y, en cuanto me soltó, caí desplomado. Se asustaron. Me volvieron a levantar y entonces vomité  vino agrio, que me produjo un asco terrible.       

–¡Dios mío, la bota del vino! – exclamó mi madre.

            Cargó mi padre conmigo hasta depositarme en mi cama, donde permanecí aquella noche y todo el día siguiente. Fue la cogorza más grande que he cogido en mi vida.

Jesús González ©

domingo, 29 de abril de 2018

TORTURA




Me tortura un poco lo que os quiero escribir. Pero es que tal vez el  tiempo… Los años…. o el no sé qué… Estoy en el Taller de Escritura desde su fundación, y os juro que en él he pasado ratos de lo más agradables que podáis imaginar. Pero me pesan los años una barbaridad, me siento cansado sin hacer nada y he perdido el deseo de seguir participando. 

Es la vejez, que me envuelve y que, con una sabiduría infinita, va atando  las cuerdas de mis aficiones hasta paralizarlas. Digo que con sabiduría, porque para que  no me sienta defraudado por ello, a cambio,  me da la oportunidad de recrearme en el puñetero placer de no hacer nada, que es a donde poco a poco me ha traído este montón de años que tengo encima. 

El Taller, además del placer de la escritura, me sirvió para reforzar la amistad de muchos de vosotros y la oportunidad de hacer otras amistades nuevas, por lo que le estoy sumamente  agradecido. Por todo ello, me gustaría pediros un favor: que me permitáis asistir esporádicamente a vuestras reuniones  cuando el gusanillo de la curiosidad me lo pida, y que, si de vez en cuando me apeteciera enviaros alguno de mis escritos, los escucharais como si estuviera en activo. 

Pero, de verdad, no quiero seguir sintiéndome atado a nada en absoluto, porque cualquier cosa que por anticipado sepa que debo hacer es un peso que me agobia. Me doy de baja en el Taller, pero siempre estaré cerca de vosotros.

Jesús González ©

martes, 20 de marzo de 2018

JUGUETE ROTO


LA CASA DE LOS GITANOS
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No era de los gitanos, por supuesto. Era de la familia Gil, unos oriundos del pueblo que tenían bodegas de vino en el Puerto de Santa María, donde vivían.
Una casa  toda de piedra, grande y hermosa, que parecía condenada a permanecer eternamente cerrada; que tenía adosadas las ruinas de una cuadra que, a juzgar por las vigas quemadas que conservaba, en algún tiempo debió de ser pasto de las llamas; y haciendo escuadra con estas ruinas, había una socarrena, donde vecinos cercanos guardaban  madera y aperos de labranza. De frente y hasta  el vértice que separaba los caminos que van a  la Corraliega y al Cotero, tenía una braña  con un trozo  de tierra sin yerba, donde solían ‘ganar la cebada’ los burros de aquellos barrios.
Que yo recuerde, solo un par de veranos vinieron los dueños a pasar el mes de agosto en la casa de piedra: Antonio Gil, el oriundo, su esposa Emilia, una andaluza  morena, flamencota y con pachorra, y sus tres hijas, Emilita, Encarnita y Pilarin, de edades  parecidas a las de los críos que habíamos en el barrio. Antonio, como buen bodeguero, era bebedor. Además, era sociable, hablador y amigo de invitar a cuantos le rodeaban, cosa que, sin proponérselo, le comprometía a ser el último que por las noches salía de los bares, antes de que el dueño diera media vuelta a la llave de la cerradura.
Regresaba tarde a  la casa, y Emilia, preocupada, salió más de una noche en su busca. Una de aquellas noches encontró cerrada la taberna del pueblo y, pensando que estaría alternando en la de Treceño, continuó camino, porque la experiencia le había dicho que más de una vez  su marido necesitó ayuda para volver; y a la salida del pueblo, justamente frente a la puerta rota y desvencijada del cementerio, vio un bulto en el suelo. Emilia, maternal y solícita, se agachó  y comenzó a darle tiernas palmadas: “Antonio, hijo, haz un pequeño esfuerzo, que yo te ayudo a levantar…” –Fue al encontrar tanto pelo en sus palmadas cuando Emilia se percibió de que estaba acariciando a un burro medio dormido.
Así era Antonio, y así era Emilia. Otro día, en la taberna de Agustina, Antonio bebía con unos amigos cuando entró Emilia con el brazo izquierdo vendado y sujeto a un pañuelo que llevaba atado al cuello. Sorprendido, el hombre preguntó: “¿Qué te ha pasado, Emilia?” Y la andaluza, soltando con aire la venda, le respondió: “No me pasó  nada, mira. Pero como saliste de casa enfadado conmigo, lo hice para ver si me hablabas…” –Sería  Emilia así por ser andaluza, o sería por ser…
Pero, salvo esos dos años, que yo recuerde, la casa permaneció totalmente cerrada hasta muchos años más tarde, que la compraron Concha y Víctor, para hacer de ella una mansión.
Los gitanos la hicieron sede de su estancia, al menos durante tres o cuatro días al mes, que era la frecuencia con que  el clan de El tuerto vino durante muchos años  a mi pueblo. No la casa propiamente dicha, sino la braña donde pacían sus burros y donde, entre cuatro piedras grandes, encendían el fuego donde guisaban y se calentaban, y la socarrena donde extendían los colchones en que habían de dormir.
Nosotros, los críos del barrio, lo pasábamos en grande jugando con los hijos de El tuerto: Rosa, la mayor, una gitana guapísima, de ojos azules como el cielo y un lunar en la mejilla que la agraciaba de forma especial… Con ella  y sus muchos hermanos, aprendimos a cantar mientras jugábamos al corro, cogidos todos de las manos, aquello de: Tú eres Pepe ‘Lalomero’, tu eres ‘ma’ vida, tu eras ‘ma-mór’, tu eres ‘ma’ vida, de mi corazón…
Pero, un día, el clan de El tuerto dejó de venir, y se nos rompió el juguete. Solo quedó la casa, que los viejos aún seguimos llamando ‘de los gitanos’.

Jesús González©

sábado, 3 de febrero de 2018

EL BESO



EL BESO 
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Fue el tema propuesto esta vez para nuestro Taller de Escritura y, al escucharlo, de sopetón, me recordé de Mena.
Verás: La conocí en mi pueblo siendo ya una anciana, pero alegre y jovial. Las arrugas de su rostro invitaban a suponer una mujer de juventud hermosa, y la luz de su mirada despedía continuos destellos de simpática sinceridad… Aunque natural de aquí, había vivido en Madrid, en Cádiz, y en Murcia, y tenía en su haber un montón de vivencias, que con frecuencia relataba con su gracejo especial…
Contaba, por ejemplo, que, siendo ella niña, su padre se desplazó desde Caviedes a la feria de San Mateo, en Reinosa, acompañado de otro vecino del pueblo. A pie, por supuesto, los cincuenta kilómetro más o menos que hay de uno a otro de estos lugares. Sendos atados de borona y tocino al hombro junto a  la bota del vino, y…’pies, para qué os quiero…’
            Les sorprendió el ocaso del día tras remontar los pueblos de  Cabuérniga y, pensando dónde habían de guarecer  en la noche, descubrieron  una luz  a lo lejos, lo que les hizo suponer  la cabaña de algún pastor, y se encaminaron a ella. Efectivamente: Llamaron a la puerta y les abrió un hombre de aspecto consumido, al que expusieron su viaje a la feria de Reinosa y la  necesidad de pernoctar aquella noche  entre la yerba seca de su pajar.
Amablemente, el hombre los invitó a sentarse al calor de la lumbre que tenía encendida, cuando, de repente, se abrió de nuevo la puerta y entró la pastora. Con la mirada de un basilisco, se dirigió a su marido, le dio dos bofetadas por haberlos admitido sin su permiso y, sin más contemplaciones, reanudó sus quehaceres.
Entre resignados suspiros, el hombre les preguntó quedamente qué les parecía la clase de mujer que le había tocado en suerte, y el padre de Mena, todo comprensivo y consolador, le respondió: “No se queje usted, que le pega, pero le deja llorar. A mí, la mía me pega, y encima no me deja llorar para que no encuentre ningún tipo de alivio…”
Contaba también que tuvieron un bar cuando  la familia vivió en Cádiz. Llegó al Gran Teatro Falla una compañía de zarzuela, y soñó con asistir a la representación, cosa imposible porque su marido estaba en el bar hasta altas horas de la madrugada y los niños eran pequeños. Solucionó el problema una amiga tan deseosa como ella  de ir al teatro: “Mira, le damos de cenar a los niños, los acostamos, que se duerman pronto, nos vamos al teatro y todavía volvemos a casa sin que tu marido haya vuelto del bar”.
Santa medicina: dicho, y hecho. Se fueron al teatro, vieron la zarzuela, regresaron y, por el camino  a casa, encontraron algunas vecinas que la advirtieron:  “Menuda la espera a usted en su casa, doña Filomena: los niños se despertaron y empezaron a barrear de tal forma que a la Juana, su vecina, no le quedó  más remedio que bajar al bar en busca de su marido, por miedo a que les pasara algo grave a las criaturas…”  Otra vecina: “Ojúuuu cómo está su marío. Tuvo que cerrar el bar y que venir a cuidar de los niños… ¡Usté verá cuando llegue a la casa!”
Cuando llegó a la casa, Mena fue derecha a su marido, le echó los brazos al cuello y le llenó de besos la cara mientras le susurraba al oído: “Si quieres, mañana me das una paliza; pero ahora mismo no me digas ni media palabra, que están todas las vecinas escuchando por las  ventanas del patio.” Y abriendo ella la suya, que daba  también al patio, comenzó a cantar: “Siempre me dices lo mismo, tus consejos no quiero escuchar…”, de la zarzuela que terminaba de ver.
Pero fue otra historia la que me recordó ‘El Beso’ del tema obligado: Hablando un día de jóvenes gamberros, Mena aseguró que los hubo en todas épocas. Mira, me dijo: “No es por vanidad, sino la pura verdad. De jóvenes, tu tía Mena (tuve una tía que también se llamó Mena) y yo éramos las mozas  más guapas de toda la comarca. En aquél entonces fuimos famosas las Menas de Caviedes.
Un día fuimos juntas a Santander. Con vestidos nuevos, zapatos nuevos, bien peinadas, bien empolvadas, parecíamos dos auténticas señoritas, cogidas del brazo y caminando sin prisa alguna por el Paseo de Pereda, cuando unos mozos que venían detrás nos empezaron a chistar: “He, la de acá, la de acá”. Y nosotras, todas tiesas, sin hacerles ningún caso. Ellos, insistentes: “La de acá, la de acá”. –“La de acá” era yo y, con mucho disimulo, le miré con el rabillo del ojo. Era guapo y buen mozo, pero seguimos tan tiesas.– “La de acá, la de acá”, insistió el muchacho. Y cuando al fin me volví para sonreírle ampliamente, repitió mirándome a la cara: “La de acá, bésale el culo a la de allá”. Soltó una risotada, se dieron media vuelta y se alejaron de nosotras…


       Jesús González©

jueves, 18 de enero de 2018

MANÍAS


MANÍAS

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Quien tiene manías es un maníaco. Y me suena tan mal la palabra que hasta me horroriza un poco admitir que yo lo pueda ser.
El tema de las manías me interesó. Y me empecé a estudiar a mí mismo con interés creciente, tratando de descubrir ese yo maniático que ignoro, y… no. Decididamente, no soy maniático. Yo no tengo manías.
Convencido de ello estaba cuando escuché a mi mujer que me preguntaba: “¿En qué estás pensando, que tienes en marcha el ‘círculo de lectores’? ¡Ay, coño, con esta manía!” Y es que, cuando me quedo pensativo, sin darme cuenta, me agarro la barbilla y giro, despacio pero sin cesar, el índice de la mano en rededor de los labios. A esa manía de girar el dedo, la llama ella ‘círculo de lectores’, en memoria, sin duda, del que fui socio hace un montón de años.
Y de repente también, sin necesidad de ningún esfuerzo, descubrí otra manía a la que soy incapaz de encontrarle el origen –oye, una manía rarísima, porque no es física (¿se la podría llamar ‘manía virtual’?)–. Es una manía del subconsciente: todas las mañanas, absolutamente todas, descubro mi subconsciente cantando el Himno de Infantería:
Ardor guerrero vibra en nuestras voces, y de amor Patria henchido el corazón…” –pero, coño, si yo hice la mili por aviación, ¿de dónde me pueden venir a mí esos recuerdos?– “…Entonemos el himno sacrosanto, del deber, de la Patria y del honor, ¡honor!…”
En cuanto me doy cuenta de que el subconsciente canta, lo rechazo y me obedece al instante. Pero en cuanto me descuido, en tanto no me asee y me despeje un poco, ahí lo tengo otra vez con la misma historia:
“…Los que tu amor y vida te consagran, escucha España la canción guerrera; canción que brota de almas que son tuyas, de labios que besaron tu bandera…” –¡Hay que joderse!, pero si hasta me sé el himno de memoria, y ni idea tengo dónde lo pudo aprender este puto subconsciente mío…
“…Nuestro anhelo es tu grandeza, que sea noble y fuerte. Que por verte temida y honrada, contentos tus hijos irán a la muerte…” –¡Pero si yo solo vi la guerra por el agujero de los seis a los ocho años que tenía cuando terminó! 
Por amor a la vida militar, tampoco, que las armas de fuego nunca me gustaron; y cuando por necesidad tuve que hacer prácticas con ellas durante el servicio militar, el teniente que me acompañaba me dijo:
–Si Franco te ve tirar, te licencia.
–¿Y eso por qué, mi teniente?’
–No le sirves para nada. Ni por casualidad has dado un tiro en la diana.
Me despierto al día siguiente, y ahí está otra vez:
“…Si al caer en lucha fiera, ves brillar victoriosa la bandera, ante tu misión postrera orgulloso morirás”. –Sí, por los coj…  
¡Y pensaba que yo no tenía manías! ¿Tú qué crees? ¿Ves estas cosas normales, o debo ponerme en manos de algún siquiatra castrense…?


Jesús González ©

miércoles, 22 de noviembre de 2017

infancia

UNA HISTORIA DE MI INFANCIA
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El barrio de La Corraliega no era más que seis casas unidas unas a otras y un corral para todas ellas, que las separaba de los huertos familiares que teníamos en frente.
Allí vivíamos una nutrida criazón que alborotábamos lo indecible, porque te hablo del tiempo en que el mayor de todos tendría nueve o diez años y el que menos rondaría los cinco. José Manuel y Varisto, en la casa primera; yo, en la tercera; Tinín y Juanita, en la cuarta; y Teresina, Meliuca, Julianín, Toñín, Soterín y alguno más cuyos nombres se encargó el tiempo de borrar de mi memoria, en la última de ellas.
Era tarde de primavera y todos juntos, como en procesión, buscábamos ‘niales’ entre las bardas que había la ‘Güertona’ cuando, de repente, sonó un trueno lejano y, tras él, cayó un chaparrón que nos hizo correr como liebres a refugiarnos en la socarrena que Sotero tenía frente a su casa.
Sotero era el padre de toda la reata de críos que había en la última casa. La mayor de los hermanos, y posiblemente la mayor de todos nosotros, era Teresina. Teresina era ‘resculitera’, una palabra que jamás volví a escuchar fuera de mi pueblo, pero que definía de forma extraordinaria un modo de ser: ‘resculitera’ significaba ser sabionda pero simpática al mismo tiempo,  mandona y amiga de dominar a quienes la rodeaban.
Pues bien, como el tiempo obligaba a permanecer bajo teja, cogimos un cajón, que nuestra imaginación convirtió en cuadra, y unos garojos que, para nosotros, fueron vacas ‘tudancas’ con la cornamenta y la estampa del ganado más esbelto que puedas imaginar. Pero claro, a Teresina, ese juego no le gustaba, y así, de repente, me ‘ordenó’ que fuera a mi casa en busca de trapos de los recortes de tela que mi madre dejaba cuando cosía, para hacer con ellos una muñeca de trapo. Yo me disculpé: “Está lloviendo”. Ella insistió, ofreciéndome un saco de esparto: “Toma, tápate”. Yo reusé: “Hoy mi madre no cose, y no hay trapos”. “Pues si no hay trapos, os quito el cajón y los garojos, que son míos”. Y sin más, nos lo quitó todo. Varisto, que era impulsivo, le dio un cachete, y ella, como respuesta, el cachete me lo devolvió a mí, que, al fin y al cabo, fui quien no quiso acatar su orden. Julianín y Toñín se pusieron de parte de su hermana y, viéndonos en minoría, optamos por marchar de allí, pero sin renunciar a la venganza:
Había dejado de llover, y le dije a Varisto: “Vamos a ‘Debajo Casa’, que esa ‘Teresinona’ y ‘esi’ Soterón se van a enterar de quiénes somos nosotros”.
            ‘Dejabo Casa’ era un sitio donde Sotero, el padre de Teresinona, tenía un huerto al lado justo de otro huerto que era de mis padres, y, sin dudarlo un momento, fuimos derechos hasta el lugar y, como locos, empezamos a arrancar todo  cuanto había plantado: cebollas, repollos, lechugas, guisantes… Rompíamos todos los injertos de manzanos jóvenes que encontrábamos a mano, mientras repetíamos sin  cesar: “Mira Teresinona, mira Soterón, pa que aprendáis a no saliros siempre con la vuestra…” Y nos volvimos a casa, ufanos y satisfechos.
El día siguiente no debió haber amanecido. Mi tía María, una hermana solterona de mi madre, que siempre vivió con nosotros, venía de ‘Debajo Casa’ con las manos en la cabeza: “¡Esos demonios de críos! Me rompieron tos los injertos que hice, y destrozaron la huerta entera… ¡Son la mismísima piel del diablu…!”
Y es que yo sabía que el huerto de Sotero estaba al lado del de mi familia, pero lo que no sabía  es que era el del lado izquierdo, y nosotros nos vengamos destrozando el del derecho…

Jesús González ©

lunes, 23 de octubre de 2017

Verano

VERANO DE 2017
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Fue un verano tontorrón. El sol se burló de los veraneantes: Amanecía muy sonriente y, en cuanto estos pisaban la playa, se escondía tras las nubes y les fastidiaba el proyecto. Hablo del verano en San Vicente de la Barquera, que fue el que yo conocí. A esta gente no le quedaba más remedio que hacer un  turismo extra, aunque en un principio esa no fue su idea. Pero dime tú: si no hacía para playa, ¿qué es lo que ellos venían buscando?, ¿qué otra cosa podían hacer?  Primero, pasearon por los soportales y se dedicaron a CERNER de comercio en comercio. Pero los comerciantes de aquí, que son agudos como ellos solos, enseguida descubrieron, en su forma de mirar, el CONFALÓN que los delataba como turistas que no iban a comprar.
Y volvieron a pasear, soportal arriba y soportal abajo, hasta que les empezaban a doler los pies, como a las caballerías les duelen los corvejones cuando tienen ESPARAVANES. Entonces no les quedó más remedio que subirse al coche y aprovechar para visitar el Santuario de Santo Toribio de Liébana en su año Jubilar, o irse a Cabuérniga en busca de un cocido montañés… Vamos, digo yo.
Tampoco es que lloviera, porque a mi huerto aún sigue resquebrajándosele la tierra a causa de una seca que está dejando vacíos los pantanos de toda España. Por eso digo que el verano fue tontorrón.
Como consecuencia, me tiré  muchas horas sentado en mi casa. Leía, y cuando me cansaba de leer, miraba un poco la tele; pero como tampoco soy ducho en ESTASIOLOGÍA, no me dediqué al estudio de los partidos políticos para decidir a cuál de ellos debía votar en las próximas  elecciones, y me bajaba al pueblo en busca de otro tipo de distracciones.
Las terrazas de bares y restaurantes  estaban abarrotadas de gente que bebían y comían sin descanso. Algunos lo hacían con tal ansia que, más que comer, parecían devorar, y escapé de allí a toda prisa ante el temor de que me diera un ataque de MISOFONÍA.
No deja de ser sorprendente que, con un verano tan  incierto, hubiera en San Vicente  más gente que ningún año. Si le preguntamos a Mari Carmen, a lo mejor nos responde que es porque aquí sabemos OLDEAR muy bien al forastero. Pero ¡coño!, si al forastero le pasa lo mismo que a mí, que desconocemos totalmente tal expresión, ¿cómo sabe él si es bien o mal OLDEADO?
De todos modos, en verano, y también en invierno, siempre se ven cosas curiosas: En un bar, vi a dos catalanes (ajenos totalmente a Francis y a Pedro) que, cuando el camarero dejó sobre el mostrador la vuelta de un euro, los dos le echaron mano al mismo tiempo. Uno tirando para un lado, y el otro para el otro. Oye, ¿quieres creer que lograron TREFILAR la moneda y cada uno se llevó la mitad del alambre? Increíble, ¿verdad?  Pues como te lo cuento. Ninguno de los dos consiguió REPUCHAR al otro. ¡Qué valor le daban al dinero! Supongo yo que les costaría mucho ganarlo; seguramente lo conseguían a base de ZABOYAR y más ZABOYAR ladrillos con yeso, porque si no, tampoco era para tanto…
Y así se nos fueron julio y agosto, y ahora, en septiembre, hice el resumen con las palabras raras, raras, raras que el jefe nos mandó y que procuré colocar en el mismo orden que él las escribió. Empezando por “cerner” (porque en mi pueblo también se le llama “cernedor” al que quiere estar en todas partes al mismo tiempo) y acabando por “zaboyar”, que tiene ‘perendengues’ la palabreja…


Jesús González ©

sábado, 1 de julio de 2017

LA VEJEZ

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Esta señora se fue acercando a mí con un disimulo increíble. La vi de lejos, y  como pensé que iba a visitar  a cualquiera de mis congéneres y no a mí, ni caso le hice. De repente, un día descubrí que yo era el motivo de su visita y que, lejos de volverse a marchar, se quedó conmigo para siempre. Me quedé perplejo. Porque yo, a pesar de la sabiduría que me ha dado el montón de años que tengo, nunca creí que me atraparía. Pero me atrapó.
Lo primero que hice fue tranquilizarme y pensar un poco. Lo de luchar en su contra, lo descarté porque adiviné rápidamente que el tiempo estaba a su favor, y el tiempo es inexorable. Al principio me hice el tonto, simulando que la cosa no iba conmigo, pero… ya verás:
De  una forma ladina se fue colando en mi mente, y con mucha lentitud, casi de un modo impredecible, transformó mi pensamiento. Todo aquello que hasta su llegada habían sido proyectos, lo convirtió  en recuerdos.
Borró mi posible visión de futuro, por lo que al escribir, que es mi entretenimiento, no me atrevo a predecir sobre ningún tema. Casi ni a discernir entre lo bueno y lo malo. A lo más, solo me atrevo a decir si la cosa me gusta o no me gusta.
La vejez me atrapó e infantilizó mi memoria, haciéndome escribir cien historias de los años pasados, y evocarlas  con la añoranza de quien ha perdido tiempos inmejorables, cuando la realidad es que actualmente  vivimos mucho mejor de lo que entonces ni siquiera pudiéramos soñar. Porque lo que el mundo avanzó en este último  medio siglo pasado es increíble. Tenías que haberlo vivido para que te dieras cuenta de ello.
No obstante, con mis recuerdos, me voy arreglando. Aunque los repita, procuro narrarlos  de formas distintas, y  mientras haya un lector que me haga saber que leyéndolos distrae sus ratos perdidos, me doy por satisfecho. Pero… la vejez es implacable: por todos lados me arrima achaques que algunos médicos se ocupan de mantener a raya. Pero ella, que se ha empeñado en fastidiarme los días que me queden por vivir, se me agarró a las ‘patas’ y ya no creo que me suelte. A Dios gracias, no me duele nada. Pero no puedo caminar sin bastón, y más de doscientos metros seguidos, me es imposible. Lo repito. No me duele nada. Sólo eso, lo que solían decir los viejos de mi pueblo cuando yo no era viejo: ‘Que las piernas no me  llevan’. Que no pueden con el peso de mi cuerpo, y se niegan a trasladar mi esqueleto  de un lugar a otro…
Oye, que no. Que no me estoy quejando de nada. Que lo acepto con muchísima  deportividad, porque la vida es así, y porque ¡pobre de aquél que no llegue a viejo! Te lo cuento para eso, para  que, cuando te llegue el turno a ti, estés prevenido y te hayas buscado un entretenimiento que puedas practicar de sentado. Lo más fácil, la lectura.
Porque eso, lo que te decía más arriba: antes, antiguamente —o sea, cuando yo no era más que un niño—, podías entretener las horas sentado en un ‘bancucu’ desgranando maíz para llevarlo a moler al molino de Mónica, en Las Cuevas de Roiz. O desgranando  alubias para que al día siguiente el ama de casa las pusiera  en ensalada con tocino y chorizo. Pero ya ni se come borona, ni se comen alubias porque son flatulentas…  Que la vida cambió un montón; menos la coño Vejez, que sigue siendo la misma, y más vale tenerla como amiga.


jueves, 4 de mayo de 2017

"LA CONFESIÓN"

YO CONFIESO
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Creo que sueño todas las noches. Cuando era joven, recordaba perfectamente lo que soñaba. Ahora no. Ahora tengo la impresión de que solo sueño en las mañanas cuando estoy próximo a despertarme, y lo soñado se me escapa como peces sorprendidos. Se escurre de mi mente con una rapidez increíble, y solo me queda en el subconsciente una débil estela de lo soñado.
No obstante, hay sueños que recuerdo perfectamente. Son los que sueño estando despierto y que, por estar despierto cuando los sueño, no sé si, mejor que sueños, debería llamarlos ilusiones. Posiblemente su verdadera identidad esté a mitad de camino entre  ambas definiciones. Creo que sueños de este tipo los tenemos todo el mundo. Son sueños íntimos de los que no hacemos partícipe a  nadie. Sueños secretos en los que siempre nos recreamos en la más absoluta intimidad. Sueños que ocultamos no por temor a nada, sino por puro pudor, y que nos ruborizaría como niños dejarlos al descubierto. Pertenecen a la vida interna de cada persona, y supongo que son un eslabón más de esa pequeña cadena de cosas que nos diferencia de lo que llamamos animales.
En esta ocasión escribo para el Taller de Escritura, y el tema que hoy tenemos a redactar es ‘La Confesión’. Por ello, y por primera vez  para vosotros que sois mis amigos, os voy a confesar, (también en secreto), uno de mis más viejos sueños que nunca veré cumplido. Guarda íntima relación con la escritura, por lo que espero acojáis la confesión de este sueño  con la máxima comprensión y  benignidad:
            Como a vosotros, siempre me gustó escribir. Y a quienes escribimos, nos gusta que nos lean. Es la más normal de las aspiraciones de todo  aquél que practique cualquiera de las distintas artes que embellecen nuestra existencia. (Un cantante no cantaría en un escenario sin público, ni un rapsoda declamaría un poema sin alguien que le escuchara). Nosotros, (al menos yo), no escribiríamos si supiéramos que nadie había de leer lo que escribimos.
Pues bien, siempre soñé con ver publicado alguno de mis escritos, y acabo de llegar a la conclusión de que nunca se realizará este  sueño. Sí es verdad que han aparecido algunas cosas mías en periódicos locales y en alguna revista, pero eso no ha sido ‘mi sueño’. Mi sueño fue un libro. Y la imagen siempre soñada, fui yo parado ante el escaparate  de una librería, leyendo mi nombre impreso sobre la cubierta de un libro.
Mitigo mi decepción pensando que quizás yo no hice lo suficiente por conseguirlo. Aunque también pienso que, de haberlo hecho, mis escritos no interesarían al gran público, porque solo escribo cosas sencillas sobre temas rurales de escasa importancia. Pero me hubiera conformado con eso: una publicación menor, para un reducido número de lectores sin grandes ambiciones literarias.
Nunca lo conseguí. Sin duda, por justa penitencia a mi pecado de íntima vanidad. Y tras esta confesión de auténtica sinceridad, solo espero de vosotros, mis amigos, la más noble y comprensiva de las absoluciones….

Jesús González ©


lunes, 27 de marzo de 2017

GOLONDRINAS

GOLONDRINAS
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Sin querer que sea así, el pensar en ellas me retrotrae  a los años de mi más tierna infancia, porque posiblemente las golondrinas  sean los primeros pájaros que conocí en mi vida. Y te explico el porqué: Nací en una vieja casa ubicada en medio de cuatro casas más, unidas una a la otra lo mismo que se unían del brazo las muchachas de mi pueblo cuando los domingos por las tardes, después del rosario, salían a pasear cantando por la carretera. Aunque remozadas, las casas de mi barrio siguen conservando aquellos largos corredores con barandillas  y tornos de madera, donde yo descubrí por vez primera las golondrinas:
De dos en dos. Negras y blancas, como las monjas. Su presencia anunciaba la primavera. Las recuerdo de espalda, agarradas  sus  finísimas patas  a cualquiera de los dos largos alambres donde mi madre colgaba a secar  ropa de la colada. Juntas. Mirando siempre hacia afuera; al resto de las casas del pueblo que se extendían a lo largo del panorama. Emitían entre ellas dos un leve gorjeo, que siempre me dio la impresión de que era un parloteo, una crítica que hacían sobre mi persona cada vez que me veían salir al  balcón. Los días soleados estaban como más contentas. Los gorjeos se transformaban en trinos encadenados con un final alargado al que los críos de mi pueblo le inventamos una  letra, que decía: “Fui por mar, vine por mar, hice una casa como un pilar, y tú, te quedaste en casa, ¿y no hiciste ‘naaaaaaa’…?”
En el techo del corredor de mi casa había no menos de media docena de nidos, donde criaban. Trabajadoras meticulosas, con tierra amasada y largas yerbas que sirvieran como nervios de acero, reconstruían poco a poco  alguno de aquellos nidos que mis hermanas habían roto en invierno, con la esperanza de que a la primavera siguiente buscaran otro lugar. Porque la realidad era que las dichosas golondrinas ponían el piso del corredor hecho una pena con la tierra que caía y los excrementos que  dejaban. Cartones ponían en el suelo, pero siempre eran un incordio.
Respetábamos a las golondrinas, porque desde niños nos las mostraron nuestros mayores como aves protegidas por el cielo. Nos aseguraban que las golondrinas fueron quienes le arrancaron a Cristo las espinas que de su corona le habían quedado incrustadas en la cabeza, y nos aseguraron que si alguno les prohibía anidar en el techo de su casa, se le moriría la mejor vaca que tuviera en la cuadra. Y nada mejor que la mejor vaca poseía nadie en el pueblo.
Es curiosa la actitud de las golondrinas, que siempre les gustó vivir cerca de los humanos, sin ser excesivamente amigas de ellos. Gorriones y pisonderas se dejaron acercar mucho más a ellos y,  sin embargo, siempre anidaron más lejos.
Todavía hoy me sigue alegrando la presencia de las golondrinas, porque, entre otras cosas, son un certificado de buen tiempo. Y decoran el espacio vacío, con sus alas y colas horquilladas, sus  vuelos  raudos y sus picos chicos de anchas bocas con las que atrapan mil insectos que pululan en el espacio…
Jesús González ©



domingo, 15 de enero de 2017

UNA VEZ SOÑE

UNA VEZ SOÑÉ…
(Tema obligado con el que iniciaremos
 nuestra andadura en el año 2017)

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Hace unos días y por primera vez, nos juntamos en la Biblioteca Municipal los componentes del Taller de Escritura y los del Club de Lectura. Nos sentimos más arropados, más hermanados. Por sorpresa para mí, también  asistieron dos concejales de nuestro ayuntamiento (uno de ellos, la de Cultura), que escucharon con atención la lectura de nuestros relatos y sus comentarios correspondientes. Aquella noche fue la de mi sueño:
«La Concejala  de Cultura permaneció hasta el final, con una atención increíble. Después nos felicitó. Dio la mano a cada uno de nosotros y se despidió prometiendo que asistiría a todas nuestras reuniones, siempre que le fuera posible.
Volvió varias veces con un entusiasmo creciente. Tanto fue así que su imaginación comenzó a madurar una idea, que, según nos dijo, iba a exponer  en el primer pleno que se hiciera en el Ayuntamiento: “Tomar cuatro o seis escritos de cada uno de los componentes del Taller y editar un libro”. En el pleno hubo consenso total y editaron el libro. La corporación municipal regaló un ejemplar a cada uno de los autores y dos ejemplares a cada biblioteca municipal de nuestra Comunidad Cántabra.
Fue como una fértil semilla dejada caer sobre  un terreno ansioso de producir. A los dos  o tres meses, la semilla germinó, y prácticamente todas las bibliotecas municipales de Cantabria tuvieron funcionando un taller de escritura. La historia se repitió. Cada municipio publicó su libro, que también  regaló a las demás bibliotecas, con lo que estas se fueron enriqueciendo, y así todos los lectores pudieron conocer la creatividad, el trabajo y sentir de sus congéneres más cercanos.
Como la curiosidad es la madre del atrevimiento, algunos de los pocos cántabros que jamás tuvieron un libro entre las manos, primero, quisieron saber lo que por escrito contaban sus conocidos y se atrevieron a leer lo editado por su ayuntamiento. Quedaron satisfechos y luego quisieron saber lo de los demás ayuntamientos. Sin darse cuenta, estaban ampliando sus conocimientos. Y así, a lo tonto, que dirían en mi pueblo, o a la buena de Dios, que diría alguien más recatado, la Comunidad entera se aficionó a la lectura. Los hubo que empezaron por leer a los aficionados como nosotros y terminaron por leer a los clásicos, ¡que ya es leer!»

La presión de mi vejiga me despertó. Medio dormido, me fui al baño y, como todavía no había despertado totalmente, en lugar de orina. Vi como mi cuerpo eliminaba una catarata de libros diminutos que el sanitario fue tragando uno tras otro. 
Jesús González González


martes, 3 de enero de 2017

navidad

PUDO OCURRIR EN EL MONTE CORONA

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En aquel tiempo, el Monte Corona era un bosque sin fin. Desde las cumbres más altas, solo alcanzabas a ver lomas y hondonadas perdiéndose en el horizonte, y allá, a lo lejos, la frondosidad del monte se fundía con las brumas grises que difuminaban la unión del cielo y la tierra. Solo hacia el norte, y en días limpios y despejados, las aguas del mar Cantábrico ponían pinceladas de azul en la estampa inmensa.
Batallones de robles gigantes pregonaban con su ancianidad el señorío del lugar, y hayas de esbelto talle agrupadas junto a ellos parecían seducirlos. Castaños y laureles trepaban por las laderas, mientras que los abedules y alisos buscaban canales y profundos riachuelos. Entre ellos, tilos y nogales, y servales, y cajigas, y acebos cargados de bolas rojas… Y salpicando el monte, en las simas y barrancos, pero siempre en solitario, el tejo mágico y sagrado, junto al cual  hacían los cántabros de entonces sus conjuros.
El suelo, de espesa alfombra confeccionada con hojas secas de muchos años, con helechos y tímidas flores silvestres que ocultaban la belleza  de sus pétalos tras musgos siempre húmedos, y líquenes de cien colores donde habitaban legiones de invertebrados, daba al bosque el olor acre y penetrante de su naturaleza salvaje.
Arriba, justo donde inicia su descenso la Canal de la Biércola, y como si fuera una calva del robledal, estaba la braña. Eran cuatro carros de tierra mal contados y, casi en el mismo centro de ellos, una vieja casuca mostraba al sol cuando lucía, y al agua cuando llovía, sus paredes de piedra, sujetas unas  a otras con cal y barro. La viga maestra del tejado dejaba sentir el peso de sus años hundiéndose  en el centro,  y las tejas de barro cocido, quebradas a causa de ello, obligaban a la mujer de la casa a poner un par de cacharros donde recoger las goteras que de otro modo  mojarían el jergón de hojas secas de maíz donde dormían. El camastro en un rincón y, sobre el jergón, dos mantas de pura lana donde dormitaban los gatos de la casa durante el día.
María cuidaba celosamente de que al menos uno de los dos cirios que tenía sobre un cajón de madera ardiera de continuo para ahuyentar a los malignos núberos, esos genios diminutos y malévolos que conducían hasta allí las nubes y las tormentas. Tanto como tenían de pequeños,  tenían de obstinados y caprichosos, y cuando, a pesar de estar las dos velas encendidas, seguían arreciando las tormentas, a la pobre mujer no le quedaba más remedio que quemar en la lumbre del llar alguna de las pocas hojas de laurel bendito que para tales ocasiones guardaba. Cuando el olor de laurel quemado inundaba la cocina, huían de allí los núberos,  llevándose con ellos los rayos y las centellas a lugares menos defendidos.
El suelo de la casa era de barro apisonado, y una pared, hecha de zarzo revocado de boñiga, separaba a los humanos de las bestias. La puerta de la casa era angosta, y un solo ventanuco dejaba pasar un tímido rayo de luz sobre el fogón, donde unas astillas de roble ardiendo daban calor a la única olla de hierro.
Tasio era partidario de que, mientras no llegaran los días fríos, la puerta debía permanecer abierta para que se ventilara el interior; pero María la cerraba de continuo por miedo a que volvieran los núberos de las tormentas. Y si no eran ellos, podían entrar los trentis, que las mujeres del pueblo decían que iban siempre vestidos con hojas y musgos, que comían endrinas del monte y panojas y que, cuando ya no las había en las tierras, se metían en las casas para robarlas y para levantar las sayas a las muchachas… Aseguraban aquellas mujeres que los trentis tenían la cara negra, que los ojos eran verdes como el musgo con que se cubrían, que en verano dormían bajo los abedules del bosque y en el invierno buscaban cobijo entre las peñas de las hondonadas.
La mesa donde comían separaba la cocina del dormitorio, y bajo ella buscaba el perro los mendrugos caídos a mediodía. Después de olfatear todos los rincones de la cocina, salía al sol de la calle, se enroscaba ante la puerta y, con mucha paciencia y finísimas dentelladas, iba matando alguna de las muchas pulgas que acribillaban su cuerpo escuálido.
Durante las noches de invierno, María y Tasio pasaban horas interminables sentados al calor de las brasas y, para entretenerse, asaban castañas, que pelaban y comían con parsimonia, mientras que de cuando en cuando sorbían, del tanque  que estaba sobre la mesa, leche recién ordeñada.
Hablaban de los últimos comentarios de los hombres del pueblo en la taberna de Blas: decían que, en unos riscos  cerca del mar de San Vicente de la  Barquera, un cúlebre atacó a dos hombres que pescaban percebes y mató a uno de ellos, mientras el otro, que pudo escapar, contó la tragedia a la gente que le escuchaba asombrada.
María, que escuchaba con toda atención cuanto Tasio le relataba,  volvió los ojos a la puerta de entrada, y después cerró el ventanuco. Cuando se le pasó el miedo que la historia de Tasio le provocó, volvió la mirada al techo, donde el humo intentaba escapar por entre las negras ripias del tejado, y se dio cuenta entonces de que los chorizos colgados del techo estaban bastante curados. Los descolgaría al día siguiente y los guardaría  en el fondo del arca de castaño entre las cáscaras secas de alubias, donde no pudieran alcanzarlos las uñas de aquellos gatos tan ladrones que tenían en la casa.
En primavera, cató Tasio las colmenas que estaban junto a la estacada, y apenas encontró miel. Aseguró María que le robaron las ijanas que vivían en la cueva aquella que estaba en la falda de una loma cercana; que sabía ella de muy buena tinta que eran unas glotonas y que por eso tenían las tetas  que tenían. Tan grandes y gordas como maconas, que, para poder andar sin que el peso las hiciera caer de bruces, las echaban al hombro al tiempo de caminar, y que si no eran tan malas como las ojáncanas, que pegaban y pinchaban a los ojáncanos hasta hacerlos sangrar, poco les faltaba.
Fue una pena que aquella primavera no hubiera más miel en los dujos, porque no podría cocinarle al “lambión” de Tasio tantos dulces como otras veces. Los pocos panales que cogieron tenía que llevarlos a Gullanu como todos los años, porque se acercaba la “noche de las anjanas” y de todo era capaz María, menos de dejar sin miel a sus brujas protectoras.
En medio de la braña de Gullanu estaba “la cajiga de los siete pernales”, y en torno a ella danzarían las anjanas aquella noche, iniciando así sus ritos de primavera.
Aunque nunca las había visto, María siempre estuvo segura de que irían hermosas y radiantes, vestidas de tul y gasa de blancura deslumbrante, con flores y cintas de seda adornando sus largas cabelleras. Deshojarían rosas mientras bailaban para que ningún transeúnte se perdiera en el bosque, para que los animales del monte no sufrieran epidemias y para que los árboles se libraran de los rayos con que los núberos los solían azotar. Tocarían con sus báculos mágicos las zarzas para que produjeran buena cosecha de moras, y al amanecer, antes de que nadie pudiera verlas, desayunarían la miel que María les dejaba,  junto con las perfumadas ”maétas” que crecían bajo los árboles…
A la mañana siguiente, María madrugó y corrió a Gullanu con la esperanza de encontrar algún pétalo de las rosas deshojadas, porque sabía que ser poseedora de alguno de ellos era garantía de salud y felicidad para toda la familia. Se sorprendió cuando descubrió que los panales de miel que tan primorosamente les había colocado en la escudilla de barro, estaban intactos. Ni rosas, ni pétalos, ni flores, ni hierbas pisadas que indicaran que las anjanas danzaron allí aquella noche.
María sabía que, antes de subir a Gullanu para danzar, las anjanas se bañaban en la poza de “Salvieju”, y corrió a comprobar si el agua olía a madreselvas, como olía todas las primaveras después que ellas se bañaban.
Caminando canal abajo, la mujer descubrió que los espinos y abedules habían perdido las hojas recién nacidas y que una legión de pájaros negros volaba sobre la poza. De repente, percibió que cuanta vegetación crecía en torno al agua se había secado, y era ensordecedor el graznar  de los cuervos y grajos junto a ella. Entonces las descubrió: blancas como la cera, transparentes como el cristal, cubiertas por el agua de la poza. La gasa de sus túnicas diluyéndose en el agua, y las flores de su pelo arrastradas por la corriente.
Remangó la saya a la cintura y entró en el agua tratando de socorrer a las anjanas. Cuatro, cinco, seis, siete… Como siete princesas muertas.
―Pero, ¿cómo?, ¿qué ocurrió? ―y sin esfuerzo alguno, levantó a la más próxima. Entonces la anjana se movió para hacer el último de sus prodigios, y la muerta respondió:
―Nuestro mundo se acabó, María. La gente ha dejado de creer en nosotras y ya no hay razón para seguir viviendo. Hoy morimos las anjanas y nace la mitología. A partir de este momento, no seremos más que leyenda de estos maravillosos montes cántabros…
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Jesús González González ©

martes, 8 de noviembre de 2016

vacaciones

VACACIONES

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            Llega octubre y en la Biblioteca Municipal reanudamos las actividades del Taller de Escritura. Hasta que nuestro habitual director se incorpore, toma  la  dirección del Taller Pedro Cladera, un mallorquín que hace unos pocos años se dejó caer por San Vicente de la Barquera, y  el tío es tan familiar y agradable que nosotros le adoptamos como hermano predilecto.
            Para empezar, nos puso como tema “Las vacaciones”. Espero yo que nos cuente las suyas, que debieron de ser largas, a juzgar por el tiempo que llevo sin verle, puesto que, en los tres meses que si no me equivoco dura el verano, no he logrado echarle la vista encima.
            Por mi parte, yo… Mira, es que no sé si los ancianos no tenemos vacaciones o es que las disfrutamos permanentemente. Porque mira mi situación: hacer, lo que se dice hacer, no hago nada. No sé si es que no quiero o es que no puedo. Puede que sea una combinación de ambas cosas. El caso es que yo me encuentro mucho más a gusto sentado en un sillón, aunque no tenga un criado que me abanique, como tienen los rajás esos de “Pasión india”, el libro que estamos leyendo actualmente los componentes del Club de Lectura.
            A veces, me siento más animoso, busco el apoyo de mi bastón y doy un paseo por la huerta visitando los árboles frutales, que este año se portaron de forma desagradecida, pues salvo las higueras, que dieron fruto con abundancia, los demás parece que también se fueron de vacaciones, porque no dieron más fruta que la muestra. Si los ánimos no me han abandonado, seguidamente suelo coger una escoba y un recogedor y, con calma, con mucha calma para no cansar a la escoba, barro el suelo de losas que circunda mi vivienda, y hasta me entretengo en quitar las hojas secas que les cuelgan a los geranios de las macetas.  Por último, miro el par de colmenas que tengo en un rincón y me hago el propósito de que, en cuanto  venga algún hijo que me ayude, las abriré para ver si se dignaron a  llenarme al menos un par de panales de miel.
            Pero pienso yo que esto nada tiene que ver con las vacaciones, ¿no crees? Cuando tenía las patas ágiles como las tienen las liebres, cogía el coche y, con mi mujer y cualquier amigo o familiar que se quisiera apuntar, alguna vez atravesamos el interior de Marruecos a la aventura hasta llegar a Marrakech y luego regresamos por toda la costa hasta Tánger. Eso sí me parecían a mí vacaciones, pero lo demás…
            Porque vacaciones, digo yo, son esas horas de tu vida (en este caso, de la mía, que para eso soy yo quien lo cuenta) que las dedico a algo distinto a mi rutina habitual y que me sirven de desconexión con la monotonía repetitiva del vivir por vivir.
            Viéndolo así, sí creo que disfruto de vacaciones, mira. Todas las tardes, de siete a diez,  tengo vacaciones. Además, no solo en verano, sino prácticamente todo el año. Con buen tiempo, en la terraza, y cuando refresca, en el interior del local, que tiene un ambiente donde jamás se le quedan a uno los pies fríos. A esa hora se produce el encuentro con los amigos. Tres, cuatro, y a veces cinco parejas de amigos, y algún otro desparejado que cae cuando cuadra. Cervezas, descafeinados y chocolate con alguna pasta o palmera es la disculpa. La realidad es el contacto con nuestros semejantes, algo que, aun sin darnos cuenta de ello, todos necesitamos. Cada cual es hijo de su madre y, como consecuencia de ello, somos bastante distintos. Perfectos, no somos ninguno, aunque a veces nos lo creamos. Sería un asco tener como amigo a una persona perfecta. Lo bueno es saber nuestras imperfecciones (solemos saber mejor las del amigo que las propias), aceptarnos tal cual somos y brindar juntos  todos los días por esas tres horas diarias  de vacaciones que estamos teniendo mientras el cuerpo lo aguante.

Jesús González ©

martes, 1 de noviembre de 2016

ADIOS

ADIÓS
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            Se llamaba Enrique, y era mi amigo desde hace sesenta y siete  años. Prácticamente toda una vida. Condado Cano eran sus apellidos.  Castellano.  De Alcocer, un pueblo de Guadalajara.  Convivimos  intensamente un par de años. Después nos separamos de repente. Cada uno por un lado, y nunca más nos volvimos a encontrar.  Pero la amistad perduró. Aquellos dos años fueron  suficientes para que  se petrificara, y  quedó  intacta,  con una solidez increíble dentro de nuestros sentimientos.  Todos los años nos telefoneábamos dos o tres  veces para ponernos al día de la marcha de nuestras vidas. Así, hasta que hace muy pocos días, una voz de mujer, me informó de que Enrique ya no estaba en este mundo. Por unos instantes me quedé con el teléfono en la mano, sin hallar una palabra para su viuda. Al fin, le dije algo que no recuerdo, y colgué. Adiós, Enrique. Adiós, amigo.

            Y las imágenes de los recuerdos se empezaron a suceder unas tras otras… Verás: Nos conocimos en la Base Aérea de Tauima, en lo que entonces se llamaba “Protectorado Español”, dentro de Marruecos. A la Base, se la conocía además con el nombre de Aeródromo de  Villa Nador, y  extendía su pista de aterrizaje en la  gran llanura  que hay junto a Mar Chica, no muy lejos de aquel Monte Gurugú, que tan tristes recuerdos dejó   su desastrosa  batalla  en el Barranco del Lobo.

 En la época de que te hablo, la Base Aérea hacía también las veces de Aeropuerto de Melilla, y recibía dos vuelos diarios de Iberia: Uno de Madrid, y el otro que hacía de puente aéreo con Málaga.

            Por lo demás, allí  solo había cuatro bombarderos, tres “Júnkeres” alemanes, y un “Pedro”, que de vez en cuando volaban a Madrid, (según decían las malas lenguas, cargados de tabaco y medias de cristal de contrabando), y una docena de avionetas donde los pilotos de complemento hacían sus horas reglamentarias de vuelo.

            Como es lógico, la Base tenía su Observatorio Meteorológico, y yo fui el primer recluta de los recién llegados, que tras el período de instrucción, fue  destinado al mismo. Para entonces yo había hecho amistad con Ángel Alonso Alarcón, (Triple A), un melillense alto y bien plantado, que en un principio califiqué de chuleta; más tarde le añadí los apelativos de cara dura y  pasota, hasta que un día, por razones que no vienen a cuento, descubrí que bajo su aspecto de frivolidad, escondía un corazón de oro. Y me atreví a recomendarle a  mis superiores del Observatorio, como el segundo recluta a sustituir a quienes dentro de un par de meses se licenciarían. Tenía una novia en Tetuán, y con frecuencia aseguraba que en cuanto ganara lo suficiente para comprar una cama, una mesa y dos sillas, se casaba.

            Los demás, uno tras otro hasta completar el total de siete que habíamos de componer la plantilla, fueron cayendo como insectos que se pegan al atrapamoscas que cuelga de un techo:Antonio Trillo Castañón, de Mieres, Asturias, con un tic nervioso que le hacía sacudir la cabeza fuerte y brevemente, como  si quisiera espantar una mosca posada en una oreja, y que un día nos asustó a todos al grito de júbilo que dio mientras leía la carta que acababa de recibir  de su novia: ”La mi rapaza ¡por fín, cortóse les coletes!”

            Manuel Luque Estévez, de Málaga. Barbilampiño, de ojos azules, tristes y suplicantes, con una novia llamada Carmela, a la que escribió  setecientas treinta cartas, (una cada día de los dos años que  permanecimos allí), larguísimas, y en estilo dialogal: -(“Yo le dije”. Punto y aparte. –“Él me contestó:”),  y que nosotros le cogíamos de la taquilla con una llave falsa, para leerlas y luego tomarle el pelo repitiendo alguna de sus frases. Fue el primero en faltar de los siete. Murió con cincuenta y pocos años en su Málaga natal.

            Carlos Bermúdez Ledo, de Mondoñedo, Lugo. Ex seminarista; inteligente y socarrón, que  tranquilizaba mi conciencia cuando yo le comentaba que sentía remordimientos por los bocadillos que le robábamos a Víctor, el  viejo cantinero que tenía su “negocio” junto a la entrada principal de la Base: “Tranquilo, hombre. Esto lo ve Dios, y se harta de reír. De sobra sabe Él que no es más que otra travesura de soldados”. Y como había sido seminarista,  a mí casi me servía de confesión, y se me relajaban los pesares. Después de una vida laboral en Barcelona, murió en su pueblo nada más jubilarse.

            Francisco Jiménez Manso, de Quintanilla de las Torres, Palencia. Tan menguado de estatura, que debió dar la talla por medio centímetro.  Pero de  pecho saliente, cabeza empinada y cuello estirado como le estiran a casi  todos los chiquitines; con un gran mostacho para que se le viera como una matrícula, y un vozarrón de gigante que parecía salirle de la planta de los pies y explayarse en un amplificador que tuviera en la garganta. Jamás se equivocaba: Tanto era así, que una vez discutiendo sobre el significado de una palabra, aseguró que el diccionario al que acudimos estaba equivocado, antes de reconocer su error…

            Enrique. De Alcocer, Guadalajara. Gañán. Por lo  que él mismo contaba,  mozo de labranza que añoraba las tertulias nocturnas que los jornaleros hacían ante las portaladas de la Casa Grande para la que trabajaban, y a las que de vez en cuando acudía la anciana y soltera hermana de la señora, aconsejando con grandes aspavientos a las muchachas de servicio: “Casaros, hijas, casaros. Que si yo volviera a nacer, me casaría aunque fuera con un barrendero…”

            Dos años conviviendo los siete sin una discusión. Juntos aprendimos bajo las explicaciones de los tenientes Naya y Cereceda  los nombres de los distintos tipos de nubes. A interpretar los gráficos del anemocinemógrafo, y de las horas que lucía el sol en un día. Trazar mapas isobáricos. Hacer sondeos  para conocer dirección y velocidad del viento a distintas alturas. Barómetro, termómetros, pluviómetros… Pero lo verdaderamente importante fue que, mientras hubiera una peseta en el bolsillo de uno, a nadie le faltarían media docena de cigarrillos para hacer más llevaderas las  solitarias e interminables noches de servicio. Mientras hubiera una peseta en el bolsillo de otro, había un bocadillo de la cantina para que el primero que sintiera hambre. Y cuando  cualquiera recibía un paquete de su familia, fue como si tocaran fajina floreada, y todos juntos  participábamos del banquete inesperado… De los siete, quedamos cuatro que nos seguiremos llamando por teléfono, hasta que…


Jesús González ©