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martes, 14 de febrero de 2023

AGUANTA EN LA ERA

 



—Sospechoso intentando golpear con bolso en el control de equipajes. Cambio.

—Afirmativo. Describa sospechoso. Cambio.

—Excéntrico. Barba densa a lo Bakunin, sombrero Fedora, falda de tablas y botas de cowboy. En Seguridad ríen, ya ha pasado el control. Cambio.

—No le pierda de vista. Cambio.

—Afirmativo. Va preguntando a la gente que si quieren ver sus tetas, y le dicen que sí. Cambio.

—Campuzano, ¿es usted tonto o se lo deletreo en alfabeto de la OTAN? Le estoy llamando al móvil o no se entera. Deje ya el puto walkie y escúcheme.

—Disculpe, Sr. Martínez, a sus órdenes.

—Campuzano, hemos escuchado el audio del control de equipajes y les ha dicho: Mamá, mamá, en el colegio me llaman maricón. ¿Y tú, qué haces? Pegarles con el bolso. Y ahora les está contando el clásico e infantil del perro Mis tetas ¿Ha visto a Mis tetas? No, pero me gustaría verlas. Campuzano, usted no ha tenido infancia, ¿verdad?

—No señor; digo, sí señor.

—Campuzano, el sospechoso es una patata caliente. Vamos a intentar infiltrarle en su vuelo a Osaka.

—Pero Sr. Martínez, tengo entradas para el clásico de esta noche.

—Campuzano, el deber es el deber y puede salvar muchas vidas; además, no tiene familia y no se le conoce novia.

—Lo que usted mande.

—Campuzano, y si cree que puede poner en peligro a los pasajeros, dispare a matar.

 

—Sr. Martínez, soy Campuzano. Le llamo desde la cabina del piloto. Vamos a ver, por dónde empiezo. Este hombre, o lo que sea, parece no estar muy cuerdo. No para de contar chistes de “un inglés, un alemán, un francés y un español van en un avión…” Y hasta los tripulantes se mondan de risa. Habla mucho de su mujer, que falleció recientemente y que se llamaba María y, según cuenta, se la llevaba con frecuencia a la era para el folleteo –las noches mágicas, las llama–. Parece ser que se dedica a la inteligencia artificial y está creando una aplicación de chistes. También dice que va a Osaka de peregrinación, como regalo de su familia política, para conocer al chino Cudeiro, aquel de humor amarillo. Pero digo yo que el chino Cudeiro estará en China.

—Campuzano, usted no opine. Remítase sólo a describir los hechos.

—A sus órdenes, Sr. Martínez.

—Por cierto, ¿le ha dicho el nombre?

—Chelsea, Sr. Martínez, dice que se llama Chelsea.

—Infórmeme en cuanto esté en tierra.

 

—Sr. Martínez, estamos en el aeropuerto de Osaka y esto es una locura. Escuche, escuche lo que la gente canta:

¡AGUANTA EN LA ERA! ¡MARÍA AGUANTA EN LA ERA! ¡AGUANTA EN LA ERA! ¡MARÍA AGUANTA EN LA ERA! (Versión libre de Guantanamera).

—Seriedad, Campuzano, le pido seriedad. ¿Dónde está el sospechoso?

—Se ha puesto a cantar Aguanta en la era… Y hay cientos de personas por el aeropuerto secundando sus congas y cánticos. Escuche, escuche... Sr. Martínez, ¿sabe lo que le digo? Que dimito, ¡váyase usted a tomar por culo!

—¡Campuzano, Campuzano…!

—AGUANTA EN LA ERA, ¡YEAH!

 

En una de estas desatadas congas colectivas del aeropuerto, Campuzano conoció a Shigeo, un fofisano, dulce y cariñoso, con el que montó una tienda de dorayakis rellenos y se quedaron a vivir en Osaka con sus caniches.

 

¿Y qué fue de nuestro sospechoso?

Chelsea, que era más listo de lo que parecía, montó las congas para dar boleto a Campuzano, que sabía que le vigilaba. Pidió un taxi y se fue al hotel Cudeiro, engañado por la familia de María, que querían vengarse de él por haberse operado las tetas tras su muerte.

El hotel pertenecía a la Yakuza y era una tapadera. Aparecía en Booking para no levantar sospechas, pero no tenía clientes. Cuando llegó Chelsea, sólo había un recepcionista con cara de pocos amigos y múltiples tatuajes por toda la parte visible de su cuerpo.

Chelsea le contó varios chistes con el traductor del móvil: el del fantasma de los ojos azules y el del fantasma de los calzoncillos rotos. Y la primera noche, de madrugada, bajó a la recepción, despertó al malas pulgas y le contó el de los “perros del curro no me dejan dormir” pero en chino, o lo que es lo mismo: “los pelos del culo no me dejan dolmil…” El yakuzero, enfurruñado ante lo que interpretó como ofensa, cogió una espada de samurai y se lanzó al ataque. Pero Chelsea, que había sido legionario en Ceuta y experto en Kung-fu, Muay Thai y Aikido, se la arrebató de las manos, rodó por el suelo y, haciendo una elipse, le corto los dos pies a la altura de los tobillos. El nipón, en señal de horror, subió las dos manos y se las rebanó también, dejándole con cuatro muñones escupiendo sangre, y le dijo: ¿Has visto mis tetas? Y se subió la camisa para enseñárselas y, mientras el mafioso gritaba horrorizado, le seccionó la cabeza de una tajada.

Todavía espada en mano y rezumando chorros de sangre por las extremidades, escuchó unos aplausos pausados en la penumbra. Era Yamaguchi-gumi, jefe de la Yakuza, que invitó a Chelsea en perfecto castellano a que se acercara y se sentara en el Chester frente a él. Y ahí Chelsea, con la cara, la barba y las manos a rebosar de viscosidades, le deleitó durante más de tres horas con toda una retahíla de chistes old school. Fueron tal el disfrute y las carcajadas de Yamaguchi-gumi que decidió cederle el establecimiento, el cual, a partir de entonces, pasó a llamarse el Chelsea Palace, donde por fin pudo incubar la aplicación de inteligencia artificial de chistes clásicos que se iba retroalimentando con la participación de aquella creciente comunidad de japo-freaks. Y no sólo eso, sino que, para endulzar a aquellos fanáticos del chiste, Campuzano y Shigeo llevaron allí su tienda de dorayakis rellenos.

Y por supuesto, los sábados por la noche, con reservas a un año vista, lo más exitoso fueron las veladas especiales de la archiconocida conga y reivindicable desde ya: Aguanta en la era.

 

Óscar Nuño©

lunes, 16 de enero de 2023

MI PEQUEÑA AVENTURA

 


 

Ahora o nunca, tenía que hacerlo. Tras el empacho, por séptima vez, de “Hacia rutas salvajes”, estaba decidido: había que volar y abandonar el nido.

Dejo una nota a mis padres, diciéndoles que si alguna vez me volvían a ver sería convertido en algún tipo de héroe o estrella de las finanzas. Y por supuesto, deseándoles un feliz año nuevo.

Salgo de la casa, con una minúscula mochila y trecientos euros, que no es mucho, pero pensaba buscarme la vida. Una vez fuera, percibo el penetrante olor de la hierba recién cortada, respiro hondo para no olvidar ese aroma, me giro y hago una peineta a mi casa de toda la vida.

Me encauzo hacia la gasolinera del centro comercial donde había quedado con los del BlaBlaCar —sí ya sé que no es muy aventurero, pero de alguna forma tenía que empezar—. De camino, al pasar junto a un Burger King, me entra gusa y hago mi primer avituallamiento para apretarme un doble Whopper y unos Nuggets.

Seat León negro a la vista. Me acerco y sale un tipo en chándal y riñonera con el pelo recortado por los laterales a lo futbolista y me dice que pase dentro, que van con prisa. Entro y en el asiento del copiloto va postrada una jíbara igualmente uniformada con chándal, moño informal y unos aros colgando de sus lóbulos más grandes que mi mano.

—Esta es la Jenny, o la moños, chaval, mi piba de toda la vida, ¿verdad que sí, mi moñis? —y le toca una teta al son de ¡moc, moc!— ¡Qué haría yo sin ti, mi moñitos!

—Ponte el cinto, que salimos.

Suena a todo volumen una mezcla de electro-latino, reguetón y trap que por momentos era vomitiva. Pero lo peor no era eso, sino que llevaban un ambientador de coche colgando del retrovisor que, en conjunción con el hedor a nicotina que exhalaba la mugrienta tapicería, hacía aquello insoportable. A los 100 km aproximadamente, no podía más; les dije que parasen, que me estaba mareando, pero como el volumen estaba tan alto y coreaban todas las canciones, los muy cabrones, no me escuchaban. Yo aguantaba con toda mi alma, me entraron arcadas y vomité, pero pude contenerlo dentro de la boca totalmente llena durante unos minutos. Y estos seguían con el “dale más gasolina, porque le gusta la gasolina”. Me entraron más arcadas, pero en mi boca ya no cabía ni un escupitajo. Aquello fue una explosión, como si hubiese estallado una olla a presión. Los trozos de hamburguesa y pollo se esparcieron por todo el habitáculo, especialmente sobre el parabrisas, que prácticamente se quedó opaco, y aderezaron las cabezas, moños y chándales de los respectivos.

—¡HIJO DE PUTAAAAA! ¡TE VOY A MATAR!

Tiraron del freno de mano y dimos un par de trompos hasta que el coche se detuvo. Salió el prenda con un machete en la mano, y la choni me abrió la puerta con señal unívoca de que tenía que salir. Me agarra del pelo y, arrastrándome, me patean entre los dos, me escupen no sé cuántas veces, se meten en el coche y se van con el parabrisas a tope de vómito y sin limpiar. No sé cómo podían ver, y además se les olvida el machete.

Tras dos días durmiendo bajo el cobijo de los árboles, por fin llego a una pequeña ciudad y lo primero que veo es un cine, lo cual pienso que me vendrá bien para evadirme y descansar un rato. Ni me fijo en la cartelera, estoy muy cansado. No hay mucha gente, seremos unos veinte. Me siento lo más atrás posible. Aquello tiene un olor también especial, una mezcla de Ozonopino con amoniaco perfumado. Percibo que hay un trasiego importante de gente moviéndose por el cine y cambiándose de butaca. Veo que alguien se dirige hacia mí y se sienta a mi lado. Le miro, me sonríe diabólicamente y me coloca la mano en la entrepierna. Le meto un cabezazo y salgo corriendo de allí.

Abandono esa ciudad de provincias y sigo rumbo hacia el norte, hasta que unos días después llego a una hermosa villa marinera. Me tumbo en la playa a dormir anestesiado por el olor a salitre… Al rato me despiertan y es un negro que me dice que la marea está subiendo y que si no me muevo me empaparé. Charlamos un rato, me cuenta todas sus penas que son una barbaridad, y me consigue un curro de producción para la cabalgata que será esa misma tarde. Me ofrece oler algo de Popper, pero le digo que no; aquello es una mezcla de benceno con nitrito de amilo que te hace perder la consciencia durante veinte segundos —realmente lo utilizan los gais en sus orgias para dilatar el esfínter, pero mi negro lo huele para evadirse. Él es Baltasar.

Mi cometido es encender los fuegos artificiales desde la torre del campanario de la iglesia. Empieza la fiesta, huele a pólvora. Veo entre la humareda que Baltasar ha subido también a la balconada del campanario.

—¡Pero qué hace éste aquí! —me digo.

Se coloca una soga alrededor del cuello, inhala con energía del frasco de Popper y se lanza al vacío. La multitud que está abajo, en la plaza, grita espantada al ver al rey mago colgando. Yo, sin dudarlo, desciendo por su cuerda y, con el machete de los canis, la corto y caemos los dos sobre la multitud de familias con niños.

Al día siguiente, decido que ya he tenido bastante aventura y regreso a casa en otro BlaBlaCar, esta vez sin percances. Entro en el jardín y me vuelve el olor a hierba. Mis padres me saludan como si nada, debo de ser invisible, y les dejo un recorte de periódico donde se me ve junto al negro con el titular de “Heroico adolescente salva a Baltasar y su cabalgata”. Sinceramente, no creo que lo lean.

Enciendo la Play y me recreo con todos los olores de los últimos días.

 

Óscar Nuño©

miércoles, 14 de diciembre de 2022

DOÑA ENRIQUITA Y EL ROSCO PERDIDO

 



—¿Duermes mal y tienes ansiedad durante el día? Pues te jodes.

Eso me soltó, la muy hija de, como si fuese un eslogan publicitario. Me quedé perplejo y sobrecogido mientras sus carcajadas de bruja maléfica rebotaban por las paredes de aquel minúsculo ascensor.

Estamos hablando de doña Enriquita, mi vecina de puerta, enviudada hacía cuatros meses y que progresivamente se había convertido en la reina leona de la fogosidad supina, o al menos así lo sufría yo. Se pegaba unas noches desenfrenadas, donde vibraban las paredes, se agitaban las lámparas y los gemidos parecían una ópera de Puccini. Al principio me parecía gracioso e incluso invité a amigos para que disfrutasen de semejante orquestación sexual, pero con el tiempo me fui agotando, al no poder dormir por las noches. Empecé a levantarme, irme al salón y encender la tele; y de repente me encontraba viendo El pico 2 a las tres de la madrugada, aquella película ochentera de Eloy de la Iglesia donde los yonquis coleguitas son el hijo de un picoleto y un macarra a chute limpio por las rías de Bilbao. ¡Y qué demonios hacía viendo cine quinqui a esas horas cuando a las diez de la mañana tenía un examen de física computacional y estaba en mi último año de carrera!

—Anda, chavalín, no te lo tomes a mal, que es sólo una broma –me dijo cuando el ascensor llegó a nuestro piso.

Doña Enriquita gastaba un sarcasmo que no acababa de pillar.

—Venga, pasa un ratito, que te invito a una Mirinda.

Aquella mujer era una manipuladora nata y yo tenía muy poca voluntad para decir que no. Y ahí estaba, en aquel salón decorado con tapicerías de animales de la jungla, como tigres, cebras, jirafas y muchos espejos, hasta por el techo.

—¿De naranja o de limón, chavalín?

—De limón, por favor, doña Enriquita.

Había también varios televisores y libros y cuadernos abiertos con anotaciones. Al principio pensé que las teles serían para ver porno y las anotaciones serían posturas del Kamasutra. Pero era sabido por todos que doña Enriquita era aficionada a participar en programas de televisión de esos a los que sólo van los listos de pacotilla; y afortunadamente para mí, todos los miércoles podía descansar, porque al día siguiente la vecina tenía que estar ágil mentalmente para asistir a la tele.

—Se me olvidó tu nombre.

—Felipe, doña Enriquita.

—¡Uy!, como nuestro rey. Ven pacá, mi príncipe, que te voy a enseñar una cosita. ¿Habías visto alguna vez una cama de agua?

—No, doña Enriquita.

—Pues pasa, que además es redonda.

No sé cómo, pero de repente estaba ahí, en el templo del desenfreno mayúsculo: cama redonda de agua, tapizados de tigre, y más televisiones y espejos por el techo.

Y no es que estuviese de mal ver doña Enriquita, era la clásica MILF, madurita, ultrafogosa, con un cuerpo exuberante, pero me imponía tanta mujer, y además yo no tenía las ideas claras. De momento, me excitaban más los pectorales desnudos de José Luis Manzano en El pico que retozar con aquella señora multiorgásmica.

—Anda, Felipín, mi príncipe, quítate la ropa y túmbate, que te voy a dar un masaje con estos aceites.

Y así respondí, solícito, quitándome la camiseta y los pantalones y tumbándome boca abajo sobre aquel lecho viscoso y vicioso. Giré la cabeza y distinguí unas esposas sobre la mesilla, lo cual fue una señal que me hizo incorporarme y precipitarme hacia la salida.

—¡Pero qué haces, desgraciado, dónde crees qué vas!

No dije nada, ni me preocupé de coger la ropa y me fui de ahí derrapando y en pelotas por el descansillo.

—¡Te falta calle, Felipe, te falta mucha calle! –resonaba su voz mientras escapaba de aquel antro de perversión.

Aquellas noches de pasión fueron in crescendo. Por allí pasaban de todos los colores y razas y ya no se conformaba con uno, sino que venían de dos en dos o en cualquier formato para completar los tríos, las dobles parejas o las escaleras de color.

Para olvidar aquellas sinfonías, empecé a frecuentar un after que había a dos manzanas de casa y que se llamaba Insomnio, lo cual no era lo más recomendable para terminar la carrera como esperaba ese año. Una de las madrugadas de aullidos, mientras veía, para más inri, por la tele El graduado, decidí que había que poner fin a la pesadilla.

Al día siguiente saqué todos mis ahorros y compré seis máquinas de percutir, pedí prestados algunos ordenadores y los conecté a un amplificador de 2000 vatios con sus correspondientes altavoces prestados por el Insomnio. Lo programé todo para que entrase en acción a las dos de la madrugada del día que doña Enriquita tenía su sesión de programa de sabiondos. Esa noche me fui al Insomnio y, según regresaba a casa a las siete de la mañana, vibraban las calles por los golpes percutivos y volaban los gemidos que emitían las plataformas de porno conectadas a los ordenadores. La calle estaba llena de gente bramando al ritmo de las embestidas mientras gritaban ¡Qué se asomen!, ¡qué se asomen! Los bomberos, dispuestos a tirar la puerta abajo, y la policía, explicando a doña Enriquita —con bata guateada y pantuflas con orejas de conejo— que sin orden del juez no se podía… Yo creo que estaba más fastidiada por no haber podido ser partícipe de la bacanal que por no haber dormido.

A las nueve encendí la tele y allí estaba Enriquita en primer plano: ojerosa y nerviosa y a tres letras de conseguir el rosco de 1.800.000€.

—“Con la C: acto consistente en la introducción del pene en la vagina”.

—“Coito”.

—“Con la H: falso fruto, dulce y nutritivo, que se prescribía en la antigua Grecia a los atletas olímpicos”.

—“Higo”.

—“Con la I: trastorno frecuente del sueño con dificultades para conciliarlo”.

—…

TIC-TAC-TIC-TAC

—…

—¡OOOOHHHHHHHH!

Suspiré satisfecho, diciéndome: le falta calle doña Enriquita, le falta mucha calle. Y me eché un sueñecito bien profundo.

 

Óscar Nuño©

lunes, 14 de noviembre de 2022

EL MUNDO DE LAS IDEAS Y LOS TRES MARIACHIS

 


 

Ahí estábamos, postrados a la lujuria, pasando nuestros días sin dar palo al agua. Era nuestro estado puro y nuestra forma de relacionarnos.

¡PIMBAOM, PIMBAOM, PIMPAOM!

¡Cómo disfrutamos con esos sonidos primitivos, hipnóticos y a la vez electrizantes! Ese mundo lleno de sombras y sonidos destinado sólo para los elegidos.

Me llamo Diego y mis compis son Valeria y Emiliano y somos los tres mariachis o los tres sudamericanos, depende de quién lo mencione, y eso que hay una diferencia notable de latitud entre un mariachi y un sudamericano.

¡BUM, BUM, BUM!

¡BUM, BUM, BUM!

Somos lo que somos: auténticos nihilistas, no creemos ni en nosotros mismos. Opositores a parásitos y chupasangres, que nos mantienen ahí, sin hacer nada. Nuestra visión es tomar todo tipo de sustancias por la patilla mientras escuchamos nuestros ritmos preferidos. Epicúreos del goce y el disfrute, ahí tirados en esa gruta sin fin y de la que no queremos salir para no conocer la verdad cegadora, la resaca, la responsabilidad y el hastío de todo lo convencional.

¡PIMBAOM, PIMBAOM, PIMBAOM, PIMBAOM!

Valeria, ¡qué haces!, eso no puede ser, es demasiado pronto, quédate un rato más, que ahora viene lo mejor. Moña, más que moña, desertora, ¿adónde vas? Ahí afuera sólo hay ruina y mucho frío. Quédate con nosotros.

Pero, Emiliano, ¿tú también? ¡Joder, no empujes! Venga, tío, no te pires, no me podéis dejar aquí solo, justo ahora que viene la fiesta colectiva de sustancias prohibidas. Bueno, iros; imaginaba que podría ocurrir; así toco a más, o eso espero.

¡Por Dios!, no me zarandees, que yo no quiero abandonar la sala, déjame en paz disfrutando de esta masturbación infinita. ¡Qué no me empujes!, he dicho, que como vuelvan mis colegas te la liamos pero bien. ¡Joder!, me están echando afuera. De verdad que qué poca delicadeza.

Esto es cegador, ¿qué ha pasado? ¡Luz, más luz! No, por favor. Es cegadora, ¡apagad esa luz! Estoy fuera: me golpean, me desplomo, vomito y me desangro, esto es demasiado. Hay gente, mucha más gente que me mira como si fuese un despojo; y me gritan, pero no acabo de interpretar el sentido de sus palabras; está todo nublado. Hace mucho frío, será el mono. Estoy perdiendo la consciencia, escucho un pitido largo y decadente en mi interior, un pitido largo, muy largo.

Despierto, me han limpiado la bilis y me han vestido con una especie de coraza caliente y suave alrededor. Percibo que por ahí están Valeria y Emiliano.

Alguien me tiende los brazos y me apoya en una almohada caliente y esponjosa. Siento que Valeria está postrada sobre el otro cojín, que es igual al mío. Vuelvo a escuchar esos ritmos que me eran familiares y que tanto me gustaban, pero ahora amortiguados y a través de esa forma redonda, caliente y turgente. Me reconforta sobremanera.

¡DUM, DUM, DUM!

Coloco mis labios sobre a una pequeña tetilla que sobresale de la almohada abombada y carnosa y empiezo a chupar, a morder y succionar una sustancia que es nueva para mí.

Mamá, te quiero. Hoy, por esta leche tan rica; mañana, ya veremos.

Este es el comienzo de la historia de mis hermanos Valeria, Emiliano y yo mismo: los tres mariachis o los tres sudamericanos, el apodo varía siempre dependiendo de la formación del hablante. También, por algunos, conocidos como los tricigóticos, y no precisamente porque nos gustasen The Cure, Sister of Mercy y la estética Emo de nueva hornada, sino más bien porque somos la herencia  de tres espermatozoides y tres óvulos. Aunque los óvulos originarios realmente eran de una amiga de mi madre que se los prestó cuando vivían en Puerto Escondido, en el estado de Oaxaca; bueno, y los espermatozoides eran de un amante de la prima de la amiga, groenlandés que, al fin y al cabo, aunque no le conozca, es mi padre genético.

Y si la audiencia lo permite y el algoritmo nos da la razón, os contaremos el resto en posteriores suculentas entregas a rebosar de bilis, mezcales, fluidos y viscosidades varias; y, cómo no, para ablandar vuestros corazones y bombear vuestras libidos, añadiremos una pizquita de amor y toneladas de entrega y pasión. Aunque espero que a estas alturas sepáis que todo es una farsa y nada de esto ocurrirá; o sí, pero eso ya depende del mito de la caverna y las ganas de regresar allá dentro.

 

Óscar Nuño©

lunes, 24 de octubre de 2022

SÍ, LLEGARÉ.

 

Escrito seleccionado para su lectura el día 19 de octubre de 2022 en la inauguración de la 14ª edición del Taller de Escritura, curso 2022/2023, de San Vicente de la Barquera.    

 

Inicialmente presentado al taller de enero de 2020, cuyo tema propuesto era ”¿Imposible?”.

 

 

SÍ, LLEGARÉ

 

Levántate y anda.

Corre hacia el andén.

Que el que decide es el que manda

y lo vas a conseguir.

 

Si te conformas,

morirás en el consuelo

del ser arrepentido.

 

Si te achantas,

caerás en la desdicha

del llorón enmudecido.

 

Y la próxima vez,

la barrera será

más difícil de esquivar.

 

Pero no habrá próxima,

porque la flojera será más fuerte

e imposible superar.

 

No podrás llegar.

Sí, llegaré.

No podrás volar.

Sí, volaré.

 

Y que no te engañen con las tazas,

los Coehlos y sus morcillas fritas.

Camina, disfruta y salta por los aires.

 

Nada es real

hasta que  ocurre.

 

Porque imposible es jugar

con tu familia a Marco Polo

en la piscina de un burdel.

O que tu abuela te regale

un disco de Napalm Death.

 

Imposible es nada.

 

Nada es imposible.

 

Y la nada no existe.

 

Óscar Nuño©

lunes, 27 de junio de 2022

VACACIONES EN GEORGIA

 

 


…Y de lejos toda la familia avanzando bajo un sol de justicia en aquel domingo georgiano. El viento soplaba de mar dificultando, junto con las ráfagas de arena, avanzar hacia la orilla. En total, cuatro miembros, pero uno de ellos era como una especie de porteador, cargaba con todo: las sillas, la sombrilla, las bolsas con comida y refrigerio y algunos elementos neumáticos. Se llamaba Iósif y era un gayumbazos, un pusilánime, un hombre maltratado que si se llega a cruzar con El Fari le da una hostia que le pone a hacer el tornado por hombre blandengue. Era el patriarca, pero su función en la familia, aparte de encajar insultos y golpes, era la de criado.

—Vamos, Iósif, avanza más rápido y colócame la silla –decía Nadezhda, su mujer, mientras le propinaba una colleja. Sus hijos, Vasili y Svetlana, iban detrás de él cuchicheando, llamándole flojeras y maricón de playa mientras le lanzaban escupitajos.

A Iósif se le caían tantas lágrimas que iban directamente a reposar sobre su poblado bigote, provocando un barrizal junto con la arena que se filtraba a través del viento; pero a la vez esbozaba una sonrisa maligna de satisfacción porque sabía que hoy era el día señalado para el comienzo de su nuevo curso.

—¡Para ya, maldito Iósif y despliégame la silla! –Seguidamente Nadezhda, como si fuese una reinona, se acomodaba y le lanzaba un exabrupto de agradecimiento.

Después Iósif instalaba el resto del campamento e inflaba los flotadores de sus dos criaturas y, una vez terminado todo el trabajo, se echaba sobre la arena sin toalla ni nada. Allí, tirado, en modo croqueta, mientras Nadezhda se embadurnaba y Vasili y Svetlana se bañaban, aprovechaba para volver a recrearse en que hoy era la presentación de los compañeros del curso por correspondencia al que se había apuntado.

Ensimismado en sus pensamientos, le distraían unos recién casados que se cambiaban de ropa mientras les hacían fotografías. Estaba todo el séquito allí presente y se preguntaba por qué todas esas chicas y chicos lozanos se vestían tan ridículos cuando asistían a este tipo de fastos, estarían más guapos desnudos que con esa indumentaria asatenada y de saldo que gastaban. El constante repicar de aquel clic, clic, clic le hizo girar la cabeza y mirar a Nadezhda embutida en aquel bañador de Dior mientras se cortaba las uñas de los pies, y pensó que, en su caso, aunque la mona se vista de seda, mona se queda.

—¡Tenemos hambre! –gritaron al unísono los dos angelitos.

—Vamos, pringado, prepáranos la sandía. –Y allí acudió, servicial, Iósif a cortar las rajas de sandía. Una vez las devoraban le lanzaban los restos sobre la arena para que los rebañase. Y le decían:

 —Ladra, ladra, perro, venga: ¡guau! ¡guau! –Y Iósif adoptaba su postura de can y ladraba solícito.

Mientras se mantenía sumiso a cuatro patas se presentó una especie de viento caliente y absorbente, el cielo empezó a tornase rojo, adornado con unas luces giratorias que lograban casi hipnotizar a todos los presentes; aquello era un objeto volante que iba acercándose más y más, el calor iba aumentando hasta ser insoportable y allí, hierático y todavía en cuatro apoyos, veía cómo los del bodorrio se desprendían de aquellos atuendos quedándose en pelota picada, luchando para no ser abducidos por aquel artefacto. Sin duda más guapos sin el disfraz, masculló, y rotando de nuevo la cabeza hacia Nadezhda, le dijo:

—Tú no, adefesio, déjate el bañador, que al menos te cubre el esperpento que hay detrás.

Se puso en pie, deshaciendo por fin la postura del perrito, enganchó una botella de vodka, se quitó la ropa y, una vez en cueros, subió por la rampa que había desplegado aquella nave y antes de desaparecer se giró, le metió un generoso trago a la botella e hizo una peineta a su familia y al mundo, exclamando:

 —¡Volveré con más ganas e ilusión para construir una sociedad nueva y más justa!

Y así fue como Iósif Stalin se embarcó en aquella nave rumbo al planeta rojo para realizar su curso por correspondencia. Lo que aconteció tras su vuelta es ya una historia conocida por todos o por casi todos.

 

Óscar Nuño©

lunes, 16 de mayo de 2022

ODA AL SULFITO

 

 


No limpia, no seca,

pero embellece el estrado

y es la nuestra,

la de toda la vida.

 

No limpia, no seca,

e incluso ensucia los suelos,

pero nos agita las neuronas

de la creación.

 

Don Draper iría tostado

y nos vendió una campaña.

John Lennon, mientras, en el Hilton,

escribió “Imagine”.

John Atanasoff, de taberneo,

imaginó el primer ordenador moderno.

En la Rana Verde, sobre una servilleta, se pusieron

las primeras notas de ¡Hala Madrid! ¡Hala Madrid!

Noble y bélico adalid, caballero del honor.

En un pedazo de sulfito del Club de tenis Pompeya

se plasmó el futuro de Messi.

Y hasta yo mismo escribí

un poema en una servilleta de papel.

Y garabateé: ¡qué te follen!

Y, sinceramente, funcionó.

 

No limpia, no seca,

pero confabula, conspira

y nos pone a trabajar

tanto en barra como en mesa.

 

No limpia, no seca,

siempre en zigzag,

a rebosar de grasa y espuma

la que permanece y queremos,

que es la Servilleta Nacional.

 

¡Oh, sulfito!, hacedor de atrezo y

propulsor de ideas en los bares patrios.      

Gracias, gracias,

muchas gracias por su visita.

 

©Óscar Nuño

martes, 19 de abril de 2022

¿CUÁNDO LAMBO?

 

 


Me cago en Julio Iglesias y en su “La vida sigue igual”, pues seguirá igual para él, pendejo follador de la pradera. “Unos que ríen, otros llorarán”. En mi caso lloro, y la vida es más bien una regresión de doscientos pasos hacia atrás. Tengo 48 años, divorciado sin hijos y me veo obligado a volver a casa de mis papis, a mi habitación de adolescente. Con lo que mejoró nuestra relación paterno filial desde la distancia, sé que ahora me van a fiscalizar las entradas y salidas y que además engordaré diez kilos con sus casi diarios festivales gastronómicos. Pero no queda otra, estoy arruinado desde hace un año y no me quedan ni ganas ni recursos para seguir luchando. Invertí en varias empresas fraudulentas gestionadas por auténticos timadores, y poco a poco han ido menguando los ahorros que tenía del bar, mi querido “Imposible”, uno de los más concurridos y emblemáticos de la ciudad y además, para mí, una suculenta fuente de ingresos. Dieciséis años hace que lo monté y, por una decisión precipitada, me he arruinado; vamos, que me han engañado. A todos nos engañan alguna vez. Pero, caracoles, me han dejado en pelotas.

Seamos positivos y aprovechemos para purificar cuerpo, alma y enseres y, de paso, hacer limpia antes de volver a casa de papá y mamá. Porque ¿dónde voy a meter todos estos libros? ¿Y mi colección de vinilos? ¡Si no van a caber en esa minúscula habitación! Y lo que no puedo hacer es abordar su salón. ¿Y mi colección de zapatillas y camisetas?, ¿no seré ya muy madurito para seguir llevando camisetas de bandas de rock? Por cierto, tocan los Rolling Stones en unas semanas; pero ¿cómo voy a ir?, si estoy canino y las entradas cuestan trescientos euros. Al menos me consuela que los he visto tres veces y ya eran viejos la primera que los vi hace treinta años. ¿Qué tomarán para seguir dando guerra? Seguro que la misma dieta que Julito con su meneito. Voy a llorar, esto es una ruina. Bueno, me he dicho que voy a ser positivo, sigamos desechando todas estas tontunas que no utilizo desde hace tiempo. ¿Y este portátil prehistórico? Doce años sin tocarlo. Al menos voy a echar un vistazo y hacer una copia del contenido.

¡Anda!, la dirección de correo POP3 que me instalé de imposible.es y que no revisaba desde... Casi todos los mensajes son de entidades financieras que estoy seguro querrán acceder a mis datos. La verdad es que todo esto del phishing es muy cansino: aunque no les contestes, ahí siguen, erre que erre. Creerán que somos gilipollas –bueno, yo debo de serlo, porque me acaban de timar–. ¡Anda!, qué recuerdos, también tengo correos de Kanoa Karagashi con el asunto de When Lambo.

¡Ostias!, ¡joder!, no me lo puedo creer. Ahora me acuerdo, pero no puede ser verdad. Aquel grupo de geeks –la mayoría eran norteamericanos– vinieron al bar dos noches seguidas. Sí, recuerdo que era la feria mundial de Techfinancial Leaders  y estos colegas estaban desaforados. Eran todos unos cachondos mentales. Menuda juerga el último día. Igual que algunos terminan haciéndose un tatuaje en una noche loca, yo finiquité depositando dinero en no sé qué leches de criptomoneda en la que todos estos listillos, con anteojos de monturas setenteras y que todavía se explotaban granos y de verdad, la mayoría, con pinta de pajilleros, estaban implicados, y gritaban algo así como ¡Güen Lambo! ¡Güen Lambo! Debo de estar soñando, dejarme que compruebe si es verdad, se me está poniendo el corazón a mil. No parece una broma, o sí lo es. No sé si romperme un meñique para comprobar si es cierto lo que creo entender. ¡Joder!, el cabrón de Kanoa, me adjunta un motón de fotos con su deseado Lamborghini –de ahí el grito de guerra de “When Lambo”–, lo ha conseguido. ¡Ay, mamá, ayúdame, que me va a dar algo!

Aquella noche de abril de 2010 nos bebimos entre todos el bar y al final jugamos a los típicos clichés de borrachos testosterónicos por ver quién le echaba más huevos: ingresé cien euros en una cuenta para la compra de bitcoins, que para mí fue lo mismo que quemar un billete. Al día siguiente y con ayuda de la resaca, inmediatamente lo borré de mi memoria para no sentirme culpable por haber destinado ese dinero a fondo perdido. Sin embargo, en la noche de marras, su valor era de 0,08 dólares por bitcoin; hoy está aproximadamente en 40.000 euros por moneda. Multipliquen por favor y no me digan que ahora sí que ustedes son amigos míos de toda la vida. A mí no me gustan los Lamborghinis como a Kanoa, pero hoy quiero a mis padres más que nunca. ¿Fue cosa de brujería o sólo un capricho de la diosa Fortuna?

 

EPÍLOGO

Finalmente conseguí la entrada para los Rolling Stones, y no la de 300 pavos de plebeyo sino la ultra vip de 1800 €. Me maqueé para la ocasión con una blazer de lentejuelas que había pertenecido a Iggy Pop y que acababa de comprar en una subasta por 15 k. Cuando me acerqué a la barra para apretarme otro copón, conocí a Pamela, una mujer llena de curvas, pero plana en su interior. Me di cuenta tarde de que había tomado de nuevo una decisión poco meditada, ya que, si no, ¿qué hacía ella que sólo escuchaba reggaeton en un concierto de los Rolling Stones? Nos casamos y tuvimos trillizos, los tres negros como el betún y ella era rubia –bueno, rubia de bote–. Acabamos de divorciarnos; y no debía de ser tan plana, porque me está sacando hasta el alma y según mi asesor financiero, que también me está haciendo el lío, solo me quedan fondos para sobrevivir seis meses más, por lo que tendré que regresar a mi acogedora habitación de la infancia y la próxima hacer más caso a Julio Iglesias.

¡Hey! No vayas presumiendo por ahí…

 

Óscar Nuño©