Escritos seleccionados para su lectura el día 19 de octubre de 2022 en la inauguración de la 14ª edición del Taller de Escritura, curso 2022/2023, de San Vicente de la Barquera y que corresponden a compañeros que nos dejaron. Las fechas son con las que se editaron en este Blog.
"La niñez es una etapa
que no se olvida jamás,
es un corazón sincero
de inocencia sin maldad,
si le miras a la cara
derrocha alegría y paz.
Me apasiona cuando hablo
de mi infancia ya lejana,
me recuerdo de pequeña
cuando mi madre dormía
y me cantaba una nana."
17/03/09
Hace unas semanas me enteré de la noticia de Blanca y
quiero que sean para ella mis primeras palabras.
También recuerdo ahora a Jesús:
"Caminé hasta
el fondo, y allí, entre silenciosos
ordenadores, estabais todos vosotros, los miembros del Taller de Escritura,
cada uno con la historia de una escalera relatada en un papel que teníais en la
mano. Foncho dispuso el orden en que cada cual debía leer lo suyo, y así
supimos lo mucho que una escalera puede dar de sí cuando nos decidimos hablar
de ella.
A mí,
ya lo visteis; la edad me hizo dar tumbos de una escalera a otra, hasta
encontrar el sitio perfecto, que es con
todos vosotros, en nuestro entrañable
Taller…"
20/01/13
También recuerdo a Maxi:
"Los árboles mecían sus copas acompasadamente al son de
una tenue brisa. Comencé a oír unas melodías que deleitaban mis oídos. Unas,
provenían de un lado. Cuando miraba, sonaban del otro. Cambiaba la vista y
sonaban por encima de mí. Con curiosidad miré hacia arriba y noté tal claridad
de luz, pero tan dulcemente extraña, que ni siquiera me hacía parpadear. Pensé
quedarme tumbado al lado del camino y gozar del instante. Decidí seguir.
De repente, dejan de sonar las suaves melodías. Los
árboles detienen sus movimientos. La luz
se oscurece y se escuchan sonidos extraños, risotadas que me estremecían.
Comenzaron a aparecer toda clase de animales, que hablaban"
15/12/12
Y a Laura:
"El silencio del dolor no compartido y el del abandono
de los seres a los que quieres y te quieren es el más duro de soportar. De ahí
que a partir de ahora voy a ser la persona más bulliciosa que nunca pudiera
imaginar, con todos los que no dejáis que escuche nada más que muchos ánimos y
mejores quereres.
Por eso aquí estoy, de nuevo con vosotros, para meter
mucho ruido con las carcajadas que todos vosotros provocáis en quien os
escuchamos y si llega el caso, y puedo provocaros una sonrisa, aunque no sea
sonora, disfrutarla también.
Siempre se han comentado en diversos escritos, y de
palabra también, que somos como una pequeña familia con aficiones y necesidades
muy parecidas. Y aquí viene muy bien una frase de las muchas recibidas por mí
en estos meses que dice que: “La sangre te hace pariente pero la lealtad te
hace familia”. Y yo me he topado con una inmensa familia, que estoy segura
que no he hecho nada por ganármela, pero
que la generosidad de la gente que me conocéis habéis creado a mí alrededor."
10/10/13
DECIR ADIÓS...
Decir adiós siempre es difícil
y más cuando se rompen las amarras
que te atan a un círculo concreto,
a una vida seguida hasta ese instante,
a un cariño sincero y verdadero
que entregaste sin palabras.
Pero el adiós es algo necesario
y lo precisas, quizás sin darte cuenta.
Es algo que te viene golpeando en las entrañas
y te hace entristecer
cuando lo elevas al presente.
Decir adiós es siempre así,
como una despedida en la distancia,
como la mano de la novia que despide
al navegante en la novela,
o aquella otra que saluda con nostalgia, en la
estación,
aquel vagón que ya se pierde por las vías.
Decir adiós es penetrar en las pupilas
y en el llanto,
es comprender que si se llora
es porque un tierno sentimiento sigue ahí, en ese
pecho,
del que asoman unos ojos soñadores,
una risa proverbial y cristalina
troceada en mil pedazos
y unos sueños de ilusión
que ahora vuelan por el cielo.
Decir adiós es renunciar a amar
y a la batalla por querer y que te quieran,
es enjuagar nerviosamente unas lágrimas traidoras
que se asoman a los ojos y rebelan sentimientos.
Decir adiós es ser igual a quien se va
y a quien no quiere conseguir un objetivo perseguido,
aunque en esa lucha queden los sudores y la entrega
con la sangre derramada en la batalla.
Decir adiós es escuchar la música del viento
y ver cómo sacude, en la pelea,
esa orquesta irreverente de las ramas de los árboles,
es contemplar a las corrientes de los ríos,
bajando presurosas,
y trazando mil formas caprichosas en meandros y
riberas.
Decir adiós es, algo así, como una triste despedida
que encoge el corazón en un instante
o quizás en poco tiempo
y lo eleva a los confines del invierno de la vida.
Decir adiós es apagar las voces de los hombres,
es renunciar a premios e imposibles
basados en los sueños y utopías,
es devolver al niño su mirada
y es entregar aquello que más quieres
sin una condición, ni pedir nada.
Decir adiós es ser igual a la verdad
que escapa presurosa de los dedos,
es admitir que un tiempo, ya pasado, se nos marcha,
que dejas en los labios la sonrisa de una infancia
y vuelas al otoño de tu vida,
buscando en esa alfombra tan dorada,
el sueño que te arrope y te proteja
de recuerdos y fantasmas del pasado.
Decir adiós es hilvanar ahora las palabras
y levantar la vista hasta unos ojos,
es pronunciar sin prisas un te quiero y un te amo
y es admitir que aquí, en el corazón,
existe la razón de tanta entrega generosa,
de tanto tiempo transcurrido con susurros y suspiros
y es el adiós de un curso que se acaba,
de un tiempo que termina,
de un cáliz que se apura y paladea con delicia.
Decir adiós es más y mucho más que todo esto
y yo sé bien que tú, mi corazón,
también lo sabes y comprendes,
como yo, en este instante,
en que escribo este poema para ti.
Rafael Sánchez Ortega ©
23/06/14
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