Escrito seleccionado para su lectura el día 19
de octubre de 2022 en la inauguración de la 14ª edición del Taller de
Escritura, curso 2022/2023, de San Vicente de la Barquera.
Adaptación para reducir el número de palabras
del relato 180627, “La danza de las furias”, presentado al taller de junio de
2018, cuyo tema propuesto era ”Fantasmas”. Inicialmente tenía 1287 palabras y
lo he reducido a 1000 por exigencias de este taller.
LA DANZA DE LAS FURIAS
Los
rayos caen sobre el mar embravecido mientras una ligera neblina asciende desde
el agua.
Mónica
mira cómo la salvaje lluvia quiere traspasar los cristales golpeando el viejo
faro. Todo es oscuridad, mientras las lágrimas resbalan por su cara, hasta que
su mente desconecta para entrar en la más absoluta de las locuras.
Todo
empezó una tarde clara y templada de mediados de junio de hace casi un año.
Recuerdo
salir por la puerta oeste de la Facultad de Historia para recoger mi bicicleta,
pero veo que las dos ruedas están pinchadas.
Oigo su voz a mis espaldas.
–Parece
que te han gastado una broma.
–Pues
sí, eso parece –le contesto.
–Si
quieres, puedo acercarte con el coche, ya que me cae de camino.
–Pues
no sé…, no sé –le digo.
–Bueno,
pues tú misma. Me voy, o llegaré tarde. Chao.
–Espera,
espera… De acuerdo.
Me
senté en la parte de atrás, ya que el asiento del copiloto estaba cubierto de
mantas. ¿Mantas? –pensé–, ¿para qué las querrá, con el calor que hace?
No
tuve tiempo de averiguar la respuesta. El mundo se diluyó ante mí.
Cuando
abrí los ojos, todo me resultó extraño. Estaba tumbada sobre una cama, atada a
sus barrotes. Las muñecas y los tobillos
me escocían por la presión de las cuerdas. Miré a mi alrededor, recorriendo el austero
habitáculo, en el que había solamente un bureau
con una silla, una mesa redonda, un pequeñísimo sofá Chester y un váter
químico. Unos altavoces retumbaban con La
danza de las furias, de Gluck. Él sabía que era una de mis músicas favoritas
y se quiso asegurar de que llegaría a odiarla. Ya jamás se detendría, ni de día
ni de noche. Su obstinado ritmo trepidante me torturaba sin cesar, hasta que
los latidos de mi corazón se acompasaron con el galope enloquecedor de la
música y sentía como si me fuera a reventar dentro del pecho. Ansiaba que se
detuviera, pero las furias escondidas en sus compases se habían apoderado de
mí.
Jamás
iba a escapar de allí, de la parte más alta de aquel viejo faro.
De
pronto, oí cómo se abría la puerta y entró él, llevando una palangana con agua
y una esponja.
–Mi
princesa se ha despertado.
–Suéltame,
por favor; no diré nada, te lo prometo –supliqué.
Se
rió, y su cara se desfiguró en una mueca macabra.
–Eso
es lo que decís todas. No te preocupes, pequeña; yo cuidaré de ti.
Con
los ojos vidriosos, comenzó a lavar todo mi cuerpo. Yo lloraba desesperadamente
entre temblores, pánico y terror.
Cuando
acabó, noté cómo algo me oprimía la nariz, con un olor fortísimo, hasta que caí
en un profundo sueño.
Lejos
de allí, pasados muchos meses, la policía de Gerona busca alguna pista para
encontrarme, pero es como si me hubiese volatilizado.
Mi
novio ayuda en todo lo que puede, pero los agentes no confían demasiado cuando
le interrogan.
Marc,
mi profesor preferido, parece un fantasma desde que desaparecí. Cuando, con mis
amigas, lo vimos por primera vez entrar en el aula, nos quedamos sin
respiración. Alto, rubio, ojos verdes y con la maravillosa fragancia del
perfume Issey Miyake. No es de este mundo –nos decíamos, riendo.
La
policía interrogó también a Albert, compañero de clase. Vestía como un cuervo.
Llevaba los ojos pintados con Khôl y siempre aparecía cuando yo estaba sola y
en lugares más bien apartados. Me miraba con aquellos ojos negros y siniestros
que, cuando se me acercaba y me susurraba al oído, me daban escalofríos, miedo
y asco. Negaba haberme acosado. Pedía que lo dejaran en paz.
La
tormenta sigue cayendo, negra y poderosa, contra el faro. Ya no estoy atada;
pero sí encerrada con varios cerrojos.
Oigo
crujir la escalera de madera y sé que es él con la bandeja de la cena. Puntual.
Tengo un miedo atroz.
Abre
la puerta, con tanta fuerza que choca estrepitosamente contra la pared. Hoy
está de mal humor.
–Toma.
Empiezo a cansarme de verte. Además, es peligroso tenerte tanto tiempo
encerrada. Es hora de deshacerme de ti. ¿Me oyes? –me dice mientras me arrastra
con fuerza por los pelos.
–No
me hagas daño, por favor, por favor.
Me
da una bofetada, tan violenta que caigo al suelo y noto un sabor metálico que
se extiende en mi boca.
Se
va, dando otro portazo.
Dios mío, no he oído girar las
llaves. ¿Será posible que se haya olvidado?
Inspiro
lentamente y, temblando, me acerco. Bajo la manecilla y la puerta se abre. Mi
corazón golpea tan fuerte que pienso que él lo va a oír. Decido bajar, pisando
de puntillas la madera para no hacer ruido.
Está
estirado en el sofá, de espaldas a mí, viendo una película. En una esquina, hay
un fusil de pesca submarina. Tengo que cogerlo como sea, es mi única oportunidad.
Todo pasa en cuestión de segundos. Me lanzo sobre el arma. Él se gira como accionado
por un resorte y se abalanza sobre mí. Disparo. El arpón le alcanza de lleno en
el estómago y cae gritando de dolor, sin poder ponerse en pie. Lo miro con los
ojos rojos, llenos ira.
–Aquí
te vas a pudrir, porque nadie va a entrar y, para cuando lo hagan, sólo serás
un esqueleto.
–No
quiero morir. Perdóname. Todo lo hice porque te quiero –suplica, aterrado.
–Tu
suerte se ha acabado, ¡espero que tardes en morir!
Salgo
al exterior. Oigo sus gritos maldiciéndome. Cierro con llave. La lluvia
torrencial azota mis cabellos, pegándolos a mi cara, y mi delgado cuerpo se tambalea
por las fuertes ráfagas de viento. Los fantasmas del miedo han quedado atrás…
¡con él!
Miro
el faro por última vez y digo en voz alta:
–Jamás
volveré a oler ese maldito perfume. ¡Adiós, Issey Miyake!
Con
el correr del tiempo, quienes llegaban paseando hasta el faro se decían los
unos a los otros:
–¡Qué
olor a putrefacción más desagradable! Deben de ser las gaviotas muertas.
Francis
Cortés Pahissa ©
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