lunes, 24 de octubre de 2022

LA DANZA DE LAS FURIAS

 

Escrito seleccionado para su lectura el día 19 de octubre de 2022 en la inauguración de la 14ª edición del Taller de Escritura, curso 2022/2023, de San Vicente de la Barquera.    

 

Adaptación para reducir el número de palabras del relato 180627, “La danza de las furias”, presentado al taller de junio de 2018, cuyo tema propuesto era ”Fantasmas”. Inicialmente tenía 1287 palabras y lo he reducido a 1000 por exigencias de este taller.

 

 

LA DANZA DE LAS FURIAS

 

Los rayos caen sobre el mar embravecido mientras una ligera neblina asciende desde el agua.

Mónica mira cómo la salvaje lluvia quiere traspasar los cristales golpeando el viejo faro. Todo es oscuridad, mientras las lágrimas resbalan por su cara, hasta que su mente desconecta para entrar en la más absoluta de las locuras.

Todo empezó una tarde clara y templada de mediados de junio de hace casi un año.

Recuerdo salir por la puerta oeste de la Facultad de Historia para recoger mi bicicleta, pero veo que las dos ruedas están pinchadas.

Oigo  su voz a mis espaldas.

–Parece que te han gastado una broma.

–Pues sí, eso parece –le contesto.

–Si quieres, puedo acercarte con el coche, ya que me cae de camino.

–Pues no sé…, no sé –le digo.

–Bueno, pues tú misma. Me voy, o llegaré tarde. Chao.

–Espera, espera… De acuerdo.

Me senté en la parte de atrás, ya que el asiento del copiloto estaba cubierto de mantas. ¿Mantas? –pensé–, ¿para qué las querrá, con el calor que hace?

No tuve tiempo de averiguar la respuesta. El mundo se diluyó ante mí.

Cuando abrí los ojos, todo me resultó extraño. Estaba tumbada sobre una cama, atada a sus barrotes. Las  muñecas y los tobillos me escocían por la presión de las cuerdas. Miré a mi alrededor, recorriendo el austero habitáculo, en el que había solamente un bureau con una silla, una mesa redonda, un pequeñísimo sofá Chester y un váter químico. Unos altavoces retumbaban con La danza de las furias, de Gluck. Él sabía que era una de mis músicas favoritas y se quiso asegurar de que llegaría a odiarla. Ya jamás se detendría, ni de día ni de noche. Su obstinado ritmo trepidante me torturaba sin cesar, hasta que los latidos de mi corazón se acompasaron con el galope enloquecedor de la música y sentía como si me fuera a reventar dentro del pecho. Ansiaba que se detuviera, pero las furias escondidas en sus compases se habían apoderado de mí.

Jamás iba a escapar de allí, de la parte más alta de aquel viejo faro.

De pronto, oí cómo se abría la puerta y entró él, llevando una palangana con agua y una esponja.

–Mi princesa se ha despertado.

–Suéltame, por favor; no diré nada, te lo prometo –supliqué.

Se rió, y su cara se desfiguró en una mueca macabra.

–Eso es lo que decís todas. No te preocupes, pequeña; yo cuidaré de ti.

Con los ojos vidriosos, comenzó a lavar todo mi cuerpo. Yo lloraba desesperadamente entre temblores, pánico y terror.

Cuando acabó, noté cómo algo me oprimía la nariz, con un olor fortísimo, hasta que caí en un profundo sueño.

 

Lejos de allí, pasados muchos meses, la policía de Gerona busca alguna pista para encontrarme, pero es como si me hubiese volatilizado.

Mi novio ayuda en todo lo que puede, pero los agentes no confían demasiado cuando le interrogan.

Marc, mi profesor preferido, parece un fantasma desde que desaparecí. Cuando, con mis amigas, lo vimos por primera vez entrar en el aula, nos quedamos sin respiración. Alto, rubio, ojos verdes y con la maravillosa fragancia del perfume Issey Miyake. No es de este mundo –nos decíamos, riendo.

La policía interrogó también a Albert, compañero de clase. Vestía como un cuervo. Llevaba los ojos pintados con Khôl y siempre aparecía cuando yo estaba sola y en lugares más bien apartados. Me miraba con aquellos ojos negros y siniestros que, cuando se me acercaba y me susurraba al oído, me daban escalofríos, miedo y asco. Negaba haberme acosado. Pedía que lo dejaran en paz.

 

La tormenta sigue cayendo, negra y poderosa, contra el faro. Ya no estoy atada; pero sí encerrada con varios cerrojos.

Oigo crujir la escalera de madera y sé que es él con la bandeja de la cena. Puntual. Tengo un miedo atroz.  

Abre la puerta, con tanta fuerza que choca estrepitosamente contra la pared. Hoy está de mal humor.

–Toma. Empiezo a cansarme de verte. Además, es peligroso tenerte tanto tiempo encerrada. Es hora de deshacerme de ti. ¿Me oyes? –me dice mientras me arrastra con fuerza por los pelos.

–No me hagas daño, por favor, por favor.

Me da una bofetada, tan violenta que caigo al suelo y noto un sabor metálico que se extiende en mi boca.

Se va, dando otro portazo.

Dios mío, no he oído girar las llaves. ¿Será posible que se haya olvidado?

Inspiro lentamente y, temblando, me acerco. Bajo la manecilla y la puerta se abre. Mi corazón golpea tan fuerte que pienso que él lo va a oír. Decido bajar, pisando de puntillas la madera para no hacer ruido.

Está estirado en el sofá, de espaldas a mí, viendo una película. En una esquina, hay un fusil de pesca submarina. Tengo que cogerlo como sea, es mi única oportunidad. Todo pasa en cuestión de segundos. Me lanzo sobre el arma. Él se gira como accionado por un resorte y se abalanza sobre mí. Disparo. El arpón le alcanza de lleno en el estómago y cae gritando de dolor, sin poder ponerse en pie. Lo miro con los ojos rojos, llenos ira.

–Aquí te vas a pudrir, porque nadie va a entrar y, para cuando lo hagan, sólo serás un esqueleto.

–No quiero morir. Perdóname. Todo lo hice porque te quiero –suplica, aterrado.

–Tu suerte se ha acabado, ¡espero que tardes en morir!

Salgo al exterior. Oigo sus gritos maldiciéndome. Cierro con llave. La lluvia torrencial azota mis cabellos, pegándolos a mi cara, y mi delgado cuerpo se tambalea por las fuertes ráfagas de viento. Los fantasmas del miedo han quedado atrás… ¡con él!

Miro el faro por última vez y digo en voz alta:

–Jamás volveré a oler ese maldito perfume. ¡Adiós, Issey Miyake!

 

Con el correr del tiempo, quienes llegaban paseando hasta el faro se decían los unos a los otros:

–¡Qué olor a putrefacción más desagradable! Deben de ser las gaviotas muertas.

 

Francis Cortés Pahissa ©

 

No hay comentarios: