lunes, 24 de octubre de 2022

LA LLAMADA DE LA TIERRA

 

Escrito seleccionado para su lectura el día 19 de octubre de 2022 en la inauguración de la 14ª edición del Taller de Escritura, curso 2022/2023, de San Vicente de la Barquera.

           

Adaptación para reducir el número de palabras del relato 180124, “El beso”, presentado al taller de enero de 2018, cuyo tema propuesto era ”El beso”. Inicialmente tenía 1967 palabras y lo he reducido a 1000 por exigencias de este taller.

 

LA LLAMADA DE LA TIERRA

 

            Sentado sobre un tocón, manta sobre los hombros, boina bien calada, Liborio sacó una cajetilla de Ideales y encendió un cigarrillo. Mientras sus ovejas pacían, él fumaba y meditaba sobre sus cosas. Liborio era un pensador solitario, un filósofo de la dehesa.

Un par de años atrás su vida pudo haber dado un giro inesperado, cuando lo detuvo la Guardia Civil y lo llevaron ante un juez. Estaba asustado. Sólo conocía a su abogada, a la que no había visto en su vida hasta unos días antes: joven, de la ciudad, morena, buenas…

Un señor con toga se dirigió a él con sequedad:

–¿Es usted consciente del delito del que se le acusa?

–Mentira, tóo mentira.

–¿Qué es lo que afirma ser mentira?

Tóo. Yo no he hecho na.

–¿Es usted consciente de que se le acusa de un delito de bestialismo, tipificado en el Código Penal?

Tóo mentira.

–¿Quiere entonces decirle a este tribunal qué hacía usted cuando fue sorprendido y detenido por la Guardia Civil?

–Yo, na. Sólo me estaba sepillando a la Aurora.

–Lo que usted llama Aurora es una de sus ovejas, ¿cierto?

–Sí, sí, claro: la Aurora. ¿Quién va a ser?

–¿Y quiere explicarnos por qué estaba usted, esto…, ‘cepillándose’… a la susodicha Aurora?

–Pues coño, porque me lo pedía.

Un rumor de solidaria aprobación se elevó de entre las filas de los paisanos de Liborio.

–¿Se burla usted de este tribunal? ¿Dice que la oveja… se lo pedía?

–¡Sí, señor! Mire, pasó y me miró asín, con los ojos entornaos y medio e soslayo. Y cuando la Aurora mira asín, hay que cumplir, que si no después la lana sale dun color como blanco roto, ¿sabe? Y además se pone de mu mal carácter, no hay quien la aguante.

La abogada convenció al juez para que lo dejara en un apercibimiento y Liborio se mostró muy agradecido con ella. Además, aquella mujer le gustaba, olía bien.

Ella sintió también una irresistible atracción hacia aquel ejemplar rudo, asilvestrado, filósofo de algarrobas y alcornoques. Aquel hombre era la llamada de la tierra. Su olor a oveja producía en ella una inexplicable alteración por todo el cuerpo –por algunas partes más que por otras, todo sea dicho–. Le gustaba aquel animal indómito, aunque le costara acostumbrarse a los peculiares arrumacos del pastor:

Quieeeta, quieeeta; aamos bien, aamos bien.

Llegó a pensar que aquello no iba a acabar como es debido, como una noche, cuando, en un arrebato de pasión, Liborio le pidió que balara y, ante su negativa, le espetó:

–Es que si no, me cuesta más dominar el trastu. 

Un buen día, se percató de que Liborio nunca la había besado. Nunca había besado más que a su madre, y eso cuando era pequeño. Ella se propuso enseñarle. Lo besó en los labios y él se puso muy, muy nervioso. Apretaba las mandíbulas, como cuando el dentista quiso extraerle un diente. Ella fue paciente. Le dijo que entornara los labios y se dejara hacer. A Liborio le temblaban las rodillas, sudaba; tenía los ojos muy abiertos, la respiración entrecortada… Finalmente, ella, persistente, tenaz, introdujo amorosamente su lengua en la boca de Liborio. A éste le dio como un relampagueo, se excitó como no lo había estado en su vida… y le arrancó la lengua de un mordisco.

 

La abogada, llorando de dolor, la cara hinchada, los labios apretados en un vano intento por contener los regueros de sangre, oscura y espesa, que se le escapaban por las comisuras, entró en el cuartelillo de la Guardia Civil. El cabo llamó a su superior:

–Mi teniente, haga el favor de venir, que tenemos un caso grave.

El teniente hizo un gesto de disgusto y le dijo a su subordinado:

–Haga el favor de llamarme cuando esta impresentable haya acabado de comerse la hamburguesa, que me da mucho asco que me hablen con la boca llena.

–No, mi teniente, que no es una hamburguesa; es que me parece que se ha comido la lengua.

–¡Joder, cómo está el patio! Pobre mujer. Y luego nos vienen con que hemos salido de la crisis. Ande, llévesela al hospital y luego ya procederemos.

Le salvaron la vida, pero nada pudieron hacer por reconstruirle la lengua, porque quien sí se la había tragado fue su desenfrenado pastor.  

 

Era la segunda vez que Liborio estaba en un juicio y ya, como que le resultaba más familiar. El de la toga, el que parecía que tenía algo contra él, estaba decidido a que no se le fuera de rositas como en la anterior ocasión.

–¿Es usted consciente del delito del que se le acusa?

–Mentira, tóo mentira.

–¿Qué es lo usted afirma ser mentira?

Tóo. Yo no he hecho na.

–¿Es usted consciente de que se le acusa de un delito de canibalismo, tipificado en el artículo 526 del Código Penal?

Tóo mentira.

La examante deslenguada no pudo más:

–Eh ha gancao tagao engua, joputa.

El juez miró, como en un aparte, al secretario judicial:

–¿Y ésta, qué es: vasca?

–No, señoría, es a la que le han comido la lengua.

–Ah, vale, vale. Prosigamos.

El de la toga volvió a su interrogatorio:

–¿No es cierto que arrancó usted de un mordisco la lengua de la demandante y luego se la tragó?

–Sí, señor.

–¿Ah, sí? ¿Y puede explicarnos por qué hizo usted cosa semejante?

–Porque me la metió en la boca, coño, y pensé que era pa comerla. Pero no valía pa na, ¿eh?, que estaba toa crúa, y mu sosa.

No lo metieron en la cárcel, pero la compensación económica le dejó arruinado.

 

‘Agua pasá no mueve molino’, filosofó solemnemente. En fin, iba siendo hora ya de llevar el ganado al aprisco. Sacó otro pitillo de su cajetilla de Ideales y lo encendió. Saboreó el humo mientras recogía el zurrón y la manta cuando se apercibió de que pasaba por allí la Felisa –beee– y que le miraba asín, con los ojos entornaos y… medio e soslayo.

 

   José-Pedro Cladera Fontenla ©

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