Escrito
seleccionado para su lectura el día 19 de octubre de 2022 en la inauguración de
la 14ª edición del Taller de Escritura, curso 2022/2023, de San Vicente de la
Barquera.
Adaptación para reducir el número de palabras
del relato 180124, “El beso”, presentado al taller de enero de 2018, cuyo tema
propuesto era ”El beso”. Inicialmente tenía 1967 palabras y lo he reducido a 1000
por exigencias de este taller.
LA LLAMADA DE LA TIERRA
Sentado sobre un tocón, manta sobre
los hombros, boina bien calada, Liborio sacó una cajetilla de Ideales y encendió un cigarrillo. Mientras
sus ovejas pacían, él fumaba y meditaba sobre sus cosas. Liborio era un pensador
solitario, un filósofo de la dehesa.
Un
par de años atrás su vida pudo haber dado un giro inesperado, cuando lo detuvo la
Guardia Civil y lo llevaron ante un juez. Estaba asustado. Sólo conocía a su
abogada, a la que no había visto en su vida hasta unos días antes: joven, de la
ciudad, morena, buenas…
Un
señor con toga se dirigió a él con sequedad:
–¿Es
usted consciente del delito del que se le acusa?
–Mentira,
tóo mentira.
–¿Qué
es lo que afirma ser mentira?
–Tóo. Yo no he hecho na.
–¿Es
usted consciente de que se le acusa de un delito de bestialismo, tipificado en
el Código Penal?
–Tóo mentira.
–¿Quiere
entonces decirle a este tribunal qué hacía usted cuando fue sorprendido y
detenido por la Guardia Civil?
–Yo,
na. Sólo me estaba sepillando a la Aurora.
–Lo
que usted llama Aurora es una de sus ovejas, ¿cierto?
–Sí,
sí, claro: la Aurora. ¿Quién va a ser?
–¿Y
quiere explicarnos por qué estaba usted, esto…, ‘cepillándose’… a la susodicha
Aurora?
–Pues
coño, porque me lo pedía.
Un
rumor de solidaria aprobación se elevó de entre las filas de los paisanos de
Liborio.
–¿Se
burla usted de este tribunal? ¿Dice que la oveja… se lo pedía?
–¡Sí,
señor! Mire, pasó y me miró asín, con
los ojos entornaos y medio e soslayo.
Y cuando la Aurora mira asín, hay que
cumplir, que si no después la lana sale dun
color como blanco roto, ¿sabe? Y además se pone de mu mal carácter, no hay quien la aguante.
La
abogada convenció al juez para que lo dejara en un apercibimiento y Liborio se
mostró muy agradecido con ella. Además, aquella mujer le gustaba, olía bien.
Ella
sintió también una irresistible atracción hacia aquel ejemplar rudo,
asilvestrado, filósofo de algarrobas y alcornoques. Aquel hombre era la llamada
de la tierra. Su olor a oveja producía en ella una inexplicable alteración por
todo el cuerpo –por algunas partes más que por otras, todo sea dicho–. Le
gustaba aquel animal indómito, aunque le costara acostumbrarse a los peculiares
arrumacos del pastor:
–Quieeeta, quieeeta; aamos bien, aamos bien.
Llegó
a pensar que aquello no iba a acabar como es debido, como una noche, cuando, en
un arrebato de pasión, Liborio le pidió que balara y, ante su negativa, le
espetó:
–Es
que si no, me cuesta más dominar el trastu.
Un
buen día, se percató de que Liborio nunca la había besado. Nunca había besado
más que a su madre, y eso cuando era pequeño. Ella se propuso enseñarle. Lo besó
en los labios y él se puso muy, muy nervioso. Apretaba las mandíbulas, como cuando
el dentista quiso extraerle un diente. Ella fue paciente. Le dijo que entornara
los labios y se dejara hacer. A Liborio le temblaban las rodillas, sudaba; tenía
los ojos muy abiertos, la respiración entrecortada… Finalmente, ella,
persistente, tenaz, introdujo amorosamente su lengua en la boca de Liborio. A
éste le dio como un relampagueo, se excitó como no lo había estado en su vida…
y le arrancó la lengua de un mordisco.
La
abogada, llorando de dolor, la cara hinchada, los labios apretados en un vano
intento por contener los regueros de sangre, oscura y espesa, que se le
escapaban por las comisuras, entró en el cuartelillo de la Guardia Civil. El
cabo llamó a su superior:
–Mi
teniente, haga el favor de venir, que tenemos un caso grave.
El
teniente hizo un gesto de disgusto y le dijo a su subordinado:
–Haga
el favor de llamarme cuando esta impresentable haya acabado de comerse la
hamburguesa, que me da mucho asco que me hablen con la boca llena.
–No,
mi teniente, que no es una hamburguesa; es que me parece que se ha comido la
lengua.
–¡Joder,
cómo está el patio! Pobre mujer. Y luego nos vienen con que hemos salido de la
crisis. Ande, llévesela al hospital y luego ya procederemos.
Le
salvaron la vida, pero nada pudieron hacer por reconstruirle la lengua, porque quien
sí se la había tragado fue su desenfrenado pastor.
Era
la segunda vez que Liborio estaba en un juicio y ya, como que le resultaba más
familiar. El de la toga, el que parecía que tenía algo contra él, estaba decidido
a que no se le fuera de rositas como en la anterior ocasión.
–¿Es
usted consciente del delito del que se le acusa?
–Mentira,
tóo mentira.
–¿Qué
es lo usted afirma ser mentira?
–Tóo. Yo no he hecho na.
–¿Es
usted consciente de que se le acusa de un delito de canibalismo, tipificado en
el artículo 526 del Código Penal?
–Tóo mentira.
La examante
deslenguada no pudo más:
–Eh ha gancao tagao engua, joputa.
El
juez miró, como en un aparte, al secretario judicial:
–¿Y
ésta, qué es: vasca?
–No,
señoría, es a la que le han comido la lengua.
–Ah,
vale, vale. Prosigamos.
El
de la toga volvió a su interrogatorio:
–¿No
es cierto que arrancó usted de un mordisco la lengua de la demandante y luego
se la tragó?
–Sí,
señor.
–¿Ah,
sí? ¿Y puede explicarnos por qué hizo usted cosa semejante?
–Porque
me la metió en la boca, coño, y pensé que era pa comerla. Pero no valía pa
na, ¿eh?, que estaba toa crúa, y mu sosa.
No
lo metieron en la cárcel, pero la compensación económica le dejó arruinado.
‘Agua
pasá no mueve molino’, filosofó
solemnemente. En fin, iba siendo hora ya de llevar el ganado al aprisco. Sacó
otro pitillo de su cajetilla de Ideales
y lo encendió. Saboreó el humo mientras recogía el zurrón y la manta cuando se
apercibió de que pasaba por allí la Felisa –beee–
y que le miraba asín, con los ojos entornaos y… medio e soslayo.
José-Pedro Cladera Fontenla ©
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