Olegario fue obispo de Barcelona y arzobispo de
Tarragona.
Sus restos, incorruptos, reposan en la capilla del
Cristo
de Lepanto, en la catedral de la Ciudad Condal.
En Corrales de San Cristóbal
acababan de inaugurar sus dos primeras farolas de aceite para el alumbrado
público. Atendiendo al mejor uso de tan novedoso avance, una fue colocada en la
esquina de la posada del hermano del alcalde, a fin de que los parroquianos
ebrios que salían tambaleándose dejaran de tropezar y dar con sus morros en el
barro frente al establecimiento, y la otra, delante de la casa del propio alcalde,
por motivos que se entendieron sin necesidad de que nadie los explicara. El
encendido y apagado de las dos farolas fue encomendado a Olegario, a quien,
siendo de todos conocido por sus pocas luces, se consideró que no le vendría
mal encender algunas, a ver si algo se le pegaba. Todos los días, al anochecer,
a la hora de las oraciones, Olegario, armado con escalera, mechas y mechero,
arrastraba penosamente calle arriba su pierna, coja desde que, de joven, un
burro le arreó una coz por un desacuerdo en cuanto a subir una cuesta empinada
con carga excesiva a juicio del animal (para más claridad: el burro). Una vez
apoyada la escalera contra la farola, procedía a su escalada para iniciar la
laboriosa operación del encendido. Habitualmente le llevaba un cuarto de hora
largo, ya que el viento le apagaba la mecha, o su estado etílico le dificultaba
el ascenso por los peldaños, y más aún mantener el equilibrio cuando la complejidad
de la tarea hacía necesario el uso de ambas manos.
–¡El Olegario se ha pegao otra
hostia! –gritó un crío frente a la puerta de la posada; pero nadie le hizo
caso, pues nada hay de novedoso en el pan de cada día.
Conseguido el objetivo, sucio de
barro y con los huesos maltrechos por la caída, tocaba reponer fuerzas, así que
asomó la cabeza por la puerta del establecimiento y pidió que alguien le
acercara media jarra de vino, ya que él no podía entrar sin arriesgarse a que
al salir le hubieran robado la escalera.
–Olegario, ¿has encendío ya la
farola del alcalde?
–Aún no. Es que ésta me ha llevao
mucho rato. Como hace viento…
–Pues bebe rápido y lárgate, que ya
es oscuro y, como vea su mujer que no está encendía, te va a moler a palos.
Pero Olegario necesitaba descansar
antes de caminar con la escalera hasta el otro extremo del pueblo, así que, a
medio camino, noche cerrada ya, las callejuelas desiertas, se apoyó en la pared
de la casa de la Encarna y encendió un pitillo. No es tan mal trabajo, después de too, se dijo para sus adentros. Supongo que me lo dieron a mí porque es mu
técnico y no too el mundo vale, conjeturó. Y de mucha responsabilidad, apostilló. Nadie encendía las farolas
mejor que él –sobre todo porque era el único que hacía el trabajo.
Hallábase sumido en sus reflexiones
mientras aspiraba el humo caliente de su cigarrillo cuando oyó el ruido de una
ventana abrirse unos metros sobre su cabeza. La misma cabeza sobre la que cayó
el contenido, fétido y humeante en el frío de la noche, de un orinal.
–¡Coño, Encarna, pero qué haces! ¿No
puede uno ni fumarse un pitillo sin que se le meen encima? ¡Mira cómo me has
puesto! ¿Qué le cuento ahora a la parienta cuando llegue a casa apestando, eh?
–¿Y cómo voy a saber que estás ahí,
si no se ve nada? Aquí hace falta luz, más luz, ¿te enteras? Si pusierais una
farola en la esquina, no te pasaría esto.
–¿Y a mí qué me cuentas? Eso se lo
dices al alcalde, que él sí que tiene. Y cuando vayas a vaciar el orinal,
primero grita: “¡Agua va!”, por si acaso. Un respeto para un trabajador, ¿no?
¡Y encima me has echao a perder el cigarro, con lo que cuestan, desgraciá!
El trabajo de Olegario nunca fue justamente reconocido.
Con el tiempo, Corrales de San Cristóbal llegó a tener seis farolas y el hombre
terminaba agotado. Tanto que una noche sin luna, después de la quinta farola,
se encontró mal, comenzó a deambular desorientado por los campos y se despeñó
por el Barranco del quebrantahuesos.
Tardaron
mucho en encontrar sus restos mortales. Al igual que los del otro Olegario,
también éstos fueron incorruptos. No por santos, sino porque no tuvieron
tiempo. Las ratas se vieron gordas aquel mes por el pueblo.
José-Pedro
Cladera Fontenla©

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