Noté
que el aire llegaba hasta mi nuca, haciendo que todo mi cuerpo se pusiera en
tensión en busca de una amenaza invisible: ¿qué era aquello que tanto temía y
no entendía?
Cerré
los ojos, respiré profundamente e intenté poner la mente en blanco, como
siempre me repetían mientras intentaba meditar en mi nueva clase de relajación.
Fue imposible, el miedo lo invadía todo, cada vez se hacía más grande y yo más
pequeña. Intenté entonces pensar en algo agradable, como unas vacaciones, un
abrazo..., y además sumar la técnica de respiración 4-7-8, consiguiendo como
resultado hiperventilarme con mareo incluido.
Tras
más de treinta minutos para volver al punto de partida, dentro de mi cama y en
mi mano derecha el mando de la televisión como posible arma arrojadiza, vi algo
reflejado en mi espejo de cuerpo entero ornamentado en color azul cerúleo, el último
regalo de mi tía Marta, provocando que me escondiera debajo de las sábanas como
escudo protector.
¿Por qué tendremos los humanos la
idea de que debajo de las mantas nada nos puede pasar, que son mejores que las
puertas blindadas de las cajas fuertes de los bancos?
Respiré
profundamente, pedí a Alexia que encendiera la luz del cuarto y, con todo el
valor que mi cuerpo contenía (que no era mucho), salí de un salto de la cama. Pero
todo seguía en tinieblas y unos ojos me observaban desde la esquina del pasillo.
–Alexia, ¡luz, más luz!
Y
entonces… un maullido invadió toda la casa.
Jezabel
Luguera©

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