lunes, 14 de noviembre de 2022

IMPREVISTOS

 


 

Noté que el aire llegaba hasta mi nuca, haciendo que todo mi cuerpo se pusiera en tensión en busca de una amenaza invisible: ¿qué era aquello que tanto temía y no entendía?

Cerré los ojos, respiré profundamente e intenté poner la mente en blanco, como siempre me repetían mientras intentaba meditar en mi nueva clase de relajación. Fue imposible, el miedo lo invadía todo, cada vez se hacía más grande y yo más pequeña. Intenté entonces pensar en algo agradable, como unas vacaciones, un abrazo..., y además sumar la técnica de respiración 4-7-8, consiguiendo como resultado hiperventilarme con mareo incluido.

Tras más de treinta minutos para volver al punto de partida, dentro de mi cama y en mi mano derecha el mando de la televisión como posible arma arrojadiza, vi algo reflejado en mi espejo de cuerpo entero ornamentado en color azul cerúleo, el último regalo de mi tía Marta, provocando que me escondiera debajo de las sábanas como escudo protector.

            ¿Por qué tendremos los humanos la idea de que debajo de las mantas nada nos puede pasar, que son mejores que las puertas blindadas de las cajas fuertes de los bancos?

Respiré profundamente, pedí a Alexia que encendiera la luz del cuarto y, con todo el valor que mi cuerpo contenía (que no era mucho), salí de un salto de la cama. Pero todo seguía en tinieblas y unos ojos me observaban desde la esquina del pasillo.

–Alexia, ¡luz, más luz!

Y entonces… un maullido invadió toda la casa.

 

Jezabel Luguera©

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