Año 2010, en la
actualidad.
Sentí que me impregnaba
una prodigiosa tela de araña, con sus miasmas inyectadas en su tenebroso
tejido. El veneno circulaba por la tupida urdimbre del conjunto de todos sus
hilos. No tenía escapatoria. De repente, desperté bañada en sudor. El sueño se
sucedía noche tras noche. Las uñas estaban clavadas en la carne de la palma de
la mano derecha, siempre la misma, donde se empezaban a apreciar unos puntos
color carmesí.
Año 1995. Srebrenica,
Bosnia Herzegovina.
Era domingo, muy de
mañana. La casa estaba silenciosa. Me despertaron unos golpes en la puerta
principal. Oí su rechinar al abrirla mamá, y luego un intenso estallido.
Seguidamente, a papá gritando, y otro gran estallido con cierta intensidad
luminosa. Salté de la cama y empecé a bajar las escaleras, muy despacio. Allí
estaba mi hermano, de doce años, en el suelo, cubierto de sangre, junto a mis
padres. Unos pocos metros más allá, mi hermana pequeña, de seis años, en
posición fetal y sin pijama. Estaban todos muertos. Me quedé petrificada. No
podía despegar los pies del escalón de madera. Todo era un mar de sangre.
Un hombre enorme,
vestido de color verde y acompañado de otros que vestían igual, decía que
registraran la casa. Faltaba una niña de diez años, según el listado. Se
llamaba Esbieta. Eran dos niñas y un niño. Faltaba la mayor.
–Buscadla y encontradla
–dijo el hombre enorme.
En aquel momento no
sabía que aquel hombre era el general Ratko Mladic y que los hombres que
estaban bajo su mando eran un grupo de paramilitares serbios llamados Los
Escorpiones.
De pronto y después de
cerrar los ojos unos instantes para dejar de mirar la crueldad de las imágenes,
mis pies empezaron a funcionar al igual que mi cabeza. Vi cómo se dirigían todos
a la cocina. Bajé los peldaños sin hacer ruido, sintiéndome flotar sobre una
nube. Solo quería ser invisible, hacerme muy y muy pequeña.
Me escondí detrás de la
leñera que había debajo de la escalera. Pegué mi cuerpo en la pared y me metí
debajo de los leños. Los hombres destrozaban la casa, rompiendo muebles y todo
lo que encontraban, gritando que había que encontrar a la otra niña.
Me costaba respirar.
Veía cómo las botas de los hombres pasaban una y otra vez por delante de mis
ojos. Yo me hacía cada vez más anodina, más diminuta. De sopetón, uno de los
hombres pegó un puntapié a los leños. Se desparramaron por el pasillo. Yo
apreté con mis manos los que me tapaban y los hombres pasaron de largo delante
de mí, gritando. Aquellos feroces gritos cortaban el aire, tenía que taparme la
boca con la mano. El miedo azotaba mi cuerpo en convulsiones arrítmicas. Creía
que oirían el ruido de mi corazón, de mi carne, de mis huesos.
Después de un tiempo
interminable, se marcharon, no sin antes prender fuego a la casa. El humo
empezó a asfixiarme. No sé de dónde saqué el valor para levantarme de mi
escondite. Me dirigí a la cocina y levanté la parte baja de la ventana. Salí al
exterior y el viento me sacudió el pelo, pegándomelo alrededor de la cara.
Las casas ardían y la
calle era un caos: gente muerta por todas partes: niños, ancianos,
adolescentes.
Luego, de mayor, me
enteré de que el objetivo del general Mladic era conseguir la limpieza étnica
de la ciudad de Srebrenica. Este serbio, al que llamaban “el carnicero de los
Balcanes”, perpetró el mayor genocidio de Europa desde la Segunda Guerra
Mundial, con más de ocho mil bosnios muertos.
Súbitamente, un golpe
de la gente que corría despavorida en medio de la confusión me hizo tambalear
en medio de la calle. Era una auténtica masacre todo lo que había alrededor.
No recuerdo nada más,
sólo que unos brazos me cogieron fuertemente.
Desperté en un coche.
Una mujer, de brillantes ojos azules, me miró dulcemente mientras me acariciaba
y me hablaba en susurros. El hombre conducía sin decir ni una palabra.
Año 2010, en la
actualidad.
Así recuerdo cómo
llegamos los tres a Alemania. Aún tengo presente el miedo a que nos cogieran y
fusilaran durante el trayecto.
Después de los años, no
siento apaciguarse mi desazón.
Bien, ya es hora de
dejar el pasado.
Me levanto de la cama y voy directa a la
ducha.
–Esbieta –dice mamá–,
el desayuno ya está en la mesa. Papá está acabando de hacer el chocolate que
tanto te gusta. Date prisa.
Sonrío, porque también,
después de todo este periodo, he aprendido otra vez a sonreír, consciente de lo
afortunada que soy.
Ellos son mis padres
adoptivos. A mis veinticinco años, me siento muy querida y los adoro, pero... las
imágenes siguen registrándose en mi cerebro y no cesan en mis sueños.
Pensar que el genocida
Ratko Mladic, en la actualidad, sigue vivo, me hace arder las entrañas. Sé que
morirá en prisión, pero después de la persecución, exterminio y actos inhumanos
que realizó, entre otros, a mi gente, además de la angustia y el dolor que
miles de niños tuvimos que sufrir, me hace recordar nítidamente un proverbio
que decía mi abuelo materno islandés: “Cuando amaina la tormenta, rugen las
olas”.
Francis
Cortés Pahissa©
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