Ahí estábamos, postrados a la lujuria,
pasando nuestros días sin dar palo al agua. Era nuestro estado puro y nuestra
forma de relacionarnos.
¡PIMBAOM, PIMBAOM, PIMPAOM!
¡Cómo disfrutamos con esos sonidos primitivos,
hipnóticos y a la vez electrizantes! Ese mundo lleno de sombras y sonidos
destinado sólo para los elegidos.
Me llamo Diego y mis compis son
Valeria y Emiliano y somos los tres mariachis o los tres sudamericanos, depende
de quién lo mencione, y eso que hay una diferencia notable de latitud entre un
mariachi y un sudamericano.
¡BUM, BUM, BUM!
¡BUM, BUM, BUM!
Somos lo que somos: auténticos nihilistas,
no creemos ni en nosotros mismos. Opositores a parásitos y chupasangres, que
nos mantienen ahí, sin hacer nada. Nuestra visión es tomar todo tipo de
sustancias por la patilla mientras escuchamos nuestros ritmos preferidos. Epicúreos
del goce y el disfrute, ahí tirados en esa gruta sin fin y de la que no
queremos salir para no conocer la verdad cegadora, la resaca, la
responsabilidad y el hastío de todo lo convencional.
¡PIMBAOM, PIMBAOM, PIMBAOM, PIMBAOM!
Valeria, ¡qué haces!, eso no puede
ser, es demasiado pronto, quédate un rato más, que ahora viene lo mejor. Moña,
más que moña, desertora, ¿adónde vas? Ahí afuera sólo hay ruina y mucho frío.
Quédate con nosotros.
Pero, Emiliano, ¿tú también? ¡Joder,
no empujes! Venga, tío, no te pires, no me podéis dejar aquí solo, justo ahora
que viene la fiesta colectiva de sustancias prohibidas. Bueno, iros; imaginaba
que podría ocurrir; así toco a más, o eso espero.
¡Por Dios!, no me zarandees, que yo no
quiero abandonar la sala, déjame en paz disfrutando de esta masturbación infinita.
¡Qué no me empujes!, he dicho, que como vuelvan mis colegas te la liamos pero
bien. ¡Joder!, me están echando afuera. De verdad que qué poca delicadeza.
Esto es cegador, ¿qué ha pasado? ¡Luz,
más luz! No, por favor. Es cegadora, ¡apagad esa luz! Estoy fuera: me golpean,
me desplomo, vomito y me desangro, esto es demasiado. Hay gente, mucha más
gente que me mira como si fuese un despojo; y me gritan, pero no acabo de
interpretar el sentido de sus palabras; está todo nublado. Hace mucho frío,
será el mono. Estoy perdiendo la consciencia, escucho un pitido largo y
decadente en mi interior, un pitido largo, muy largo.
Despierto, me han limpiado la bilis y
me han vestido con una especie de coraza caliente y suave alrededor. Percibo que
por ahí están Valeria y Emiliano.
Alguien me tiende los brazos y me
apoya en una almohada caliente y esponjosa. Siento que Valeria está postrada
sobre el otro cojín, que es igual al mío. Vuelvo a escuchar esos ritmos que me
eran familiares y que tanto me gustaban, pero ahora amortiguados y a través de
esa forma redonda, caliente y turgente. Me reconforta sobremanera.
¡DUM, DUM, DUM!
Coloco mis labios sobre a una pequeña tetilla
que sobresale de la almohada abombada y carnosa y empiezo a chupar, a morder y
succionar una sustancia que es nueva para mí.
Mamá, te quiero. Hoy, por esta leche tan rica;
mañana, ya veremos.
Este es el comienzo de la historia de
mis hermanos Valeria, Emiliano y yo mismo: los tres mariachis o los tres
sudamericanos, el apodo varía siempre dependiendo de la formación del hablante.
También, por algunos, conocidos como los tricigóticos, y no precisamente porque
nos gustasen The Cure, Sister of Mercy
y la estética Emo de nueva hornada, sino
más bien porque somos la herencia de tres
espermatozoides y tres óvulos. Aunque los óvulos originarios realmente eran de
una amiga de mi madre que se los prestó cuando vivían en Puerto Escondido, en
el estado de Oaxaca; bueno, y los espermatozoides eran de un amante de la prima
de la amiga, groenlandés que, al fin y al cabo, aunque no le conozca, es mi
padre genético.
Y si la audiencia lo permite y el
algoritmo nos da la razón, os contaremos el resto en posteriores suculentas
entregas a rebosar de bilis, mezcales, fluidos y viscosidades varias; y, cómo
no, para ablandar vuestros corazones y bombear vuestras libidos, añadiremos una
pizquita de amor y toneladas de entrega y pasión. Aunque espero que a estas
alturas sepáis que todo es una farsa y nada de esto ocurrirá; o sí, pero eso ya
depende del mito de la caverna y las ganas de regresar allá dentro.
Óscar Nuño©

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