Abro los ojos. Todo está muy oscuro. ¿Será la hora? Una suave música
invade en ese momento la habitación. Sí, es la hora. Me giro, toco uno de los
botones del móvil, paro la alarma, me incorporo y salgo, sigilosa, de la
habitación.
Cuando surfeas, para poder llegar al pico, donde las olas ya no rompen y
hay una calma total, tienes que pasar las espumas, una tras otra, concentrado;
si te distraes, el mar te lleva a la casilla de salida. Cada una de estas
espumas son como los pensamientos cuando meditas: vienen, los pasas y los dejas
ir. Así, uno tras otro, con paciencia, sabiendo que al final todo se calma.
Allí, donde llegas, no rompen las olas y hay una mezcla perfecta de paz y
belleza.
Parece fácil pero no lo es. Tomar la determinación de ir, la constancia
para poder avanzar, sabiendo que hoy tampoco lo conseguirás, y llegar a
disfrutar solo de estar: eso es surfear, eso es meditar.
La alarma vuelve a sonar, me sorprendo, abro los ojos. Ya ha amanecido.
Toco de nuevo el botón del móvil y apago el temporizador. Ya ha pasado la media
hora. Cierro los ojos, quiero más. ¡Luz, más Luz!
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