El dolor no siempre viene de
golpe. A veces llega poco a poco, avisándote, con la inútil intención de que te
hagas a la idea, como si así fuese a doler menos. Hay gente que piensa que el
poco a poco es mejor; que te prepara, que vas con preaviso a recibir el golpe y,
por tanto, es más difícil que el golpe te tumbe.
Yo discrepo de esa teoría. Pienso
que las tiritas se deben quitar de golpe, que poco a poco se sufre más;
primero, por el dolor repartido, y segundo, por todo lo que piensas y sufres
antes de cada tirón, que se repite y repite… Y lo peor, en mi opinión, la
incertidumbre de no saber cuál será el último tirón, cuándo será el momento
exacto en que la tirita saldrá totalmente de la piel, cuándo el golpe te dejará
KO...
Y por eso, tras varios meses
de ver que la tirita estaba fijada en mi piel, pero ya deshilachada, y que
había que empezar a tirar de ella..., llegaron los peores quince días de mi
vida. En esos días pasé por varios tipos de dolor. Aunque quisiera, no podría
describirlo, porque fue mucho más que desgarrador.
Dentro de ese dolor, hubo etapas
de tristeza, rabia, negación, falsa esperanza... Perdí el brillo de los ojos y
mis miradas eran más apagadas. Llegué a ser incluso egoísta, porque yo te
necesitaba aquí, conmigo, y el resto me daba todo igual, y no quería comprender
nada más.
Quizás
el dolor más desgarrador nos acerque un poco a la locura,
y quizás sólo el amor pueda devolvernos a la cordura.
Y ahí estaba yo, tumbada contigo
en la cama, en un ataque de amorosa cordura, comprendiendo que ya no estabas
del todo aquí. Podía acariciarte la mano, pero tú ya no te agarrabas a mí ni a
la vida. Desprendías paz, una paz que casi me dejaba vacía. La vida que
desprendías durante noventa y cinco años, ¿se te estaría apagando?
Una voz en mi interior me gritó:
¡Luz, más luz! Me levanté rápidamente a encenderla. Te juro que creí con
absoluta certeza que era lo que necesitabas: luz para volver a brillar. Pero
todo siguió igual, la oscuridad seguía ahí.
Empecé a entender que brillabas
en el recuerdo de cuando no te hacía competencia ni un millón de faros
encendidos a la vez. Pero que te estabas apagando en esta habitación. Empecé a
comprender que la oscuridad sería total e irreversible cuando tu corazón dejase
de latir. Quizá era el propio dolor el que me estaba avisando de que, pronto, el
todo se iba a convertir en nada.
Y llegó... Llegó el día fatídico
que tanto había temido y el que tanto había sufrido anticipadamente. A veces
tengo la sensación de que lloré tanto el antes, que me quedó poco para el
luego.
Tu último suspiro acompañado de
mi último beso... Todo fue tan rápido, tan en calma, tan en paz... Mientras, de
mis ojos caían lágrimas mudas. Un último suspiro te llevó... y se llevó un poco
de mí contigo. Nada nunca será igual sin ti.
Tu último suspiro me dejó sin
aliento. ¡Me partió la vida! Y el puto mundo sigue girando, sin darme tiempo a
pegar los trozos. Quiero gritar, y que nadie me escuche, que me siento vacía,
en bancarrota emocional sin ti.
Es en esos momentos cuando ya
estás en fuera de juego, cuando el dolor es inexplicable e insoportable, cuando
sientes la oscuridad dentro, tan dentro que se ha anclado a ti y hace fuerza
para que no te levantes. Así estaba yo, atrapada en una oscuridad sin
escapatoria.
Y así, fugaz e inesperadamente,
entre tanta guerra de emociones, hubo un momento en que sentí la calma. Sentada
en un banco, en medio de un paseo donde se juntan el mar y el cielo, estaba
perdida en mis pensamientos y, por un momento, los dejé hablar: ¡Luz, más luz! Esa
frase resonó fuerte en mi cabeza. Como si ahora fuese yo quien la necesitaba,
como si esa luz fuese capaz de derretir este dolor y hacerlo un poco más
llevadero.
Miré al cielo, entre resignación
y súplica, como si en él estuviera mi consuelo. Y justo ahí, en un cielo
despejado, un corazón de nube apareció ante mí. Y no fue un corazón cualquiera,
sino uno perfectamente visible, firme y brillante... Fue increíble. Un corazón
en una nube de luz, solo para mí. Sonreí y lloré a partes iguales. En él brillaba
toda la magia, la fuerza, la bondad y la luz de la persona más especial de mi
vida.
Y ahora, el cielo ya no me
parecía un lugar tan lejano... Ahora sé que el mundo seguirá girando, pero que
tú no me dejarás sola, güelita. Estás conmigo y siempre hallaremos la forma de
encontrarnos, bien sea con una luz que nos una y nos saque de la oscuridad o
con un corazón que nos brille por el suelo o por el cielo. Te quiero, mi reina.
Sigue brillando por encima de las nubes.
Susana Arobes Álvarez©
13 noviembre de 2022

No hay comentarios:
Publicar un comentario