Nuestro
querido director nos pide este mes, después de un precioso ejemplo de
paralelismo entre sagradas escrituras y descubrimientos científicos, que arrojemos
luz, más luz sobre un texto. Acepto el encargo y pienso en cuánto hay de misterioso
entre la génesis del universo y el Génesis libro. Pienso entonces si don Pedro
daría por buenas las palabras de Pepe Colubi: "Yo soy radicalmente
pro-ciencia, porque la fe solo cubre aquellos espacios a los que la ciencia no
llega, nada más. Es más fácil decirle a un axioma ‘te creo’ que a una ley
física ‘no entiendo’, simplemente porque esto último nos debilita". Y
pensando en ello me quedo, y me gustaría poder explicaros, como ellos hicieron
conmigo, cómo es posible ir desentrañando el origen del universo hasta llegar a
comparar "la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban
sobre la faz del abismo", que relata el Génesis, y los últimos
descubrimientos sobre el origen del universo que Pedro nos relató, vaya
casualidad.
Ellos
son dos amigos, dos buenos amigos, de los que estudiaron hasta el final y hoy
son doctores, una en física y otro en química. Y los conozco hace años.
Formaron parte de uno de los equipos internacionales que cruzaron datos sobre
neutrinos y antineutrinos que han explicado por qué la materia dominó sobre la
antimateria en el origen del cosmos. Se enamoraron por internet, pero no como
seguramente imagináis. El recogía datos
para el proyecto IceCube en la Antártida, ella analizaba en el Instituto Max
Planck los cientos de miles de millones de datos recogidos. Todos los días
tenían una videoconferencia por satélite para revisar los datos más
significativos, cotejarlos con los recogidos en el impresionante Super-Kamiokande
en Japón y pasarlos a un laboratorio en Wisconsin. Pero la soledad de ella en
Alemania y el frío de él en la Antártida hicieron que esas videollamadas se
fueran alargando, a la friolera de cincuenta dólares el minuto pagados por no
se sabe bien quién, un poquito más cada día hasta llegar a conocerse y
enamorarse, una historia increíble.
Pero
me he desviado, porque de lo que os quiero hablar es del impresionante esfuerzo
que ha llevado a cientos de científicos, entre ellos mis amigos, a descubrir la
existencia de neutrinos estériles. Unas increíbles partículas fundamentales que
viajan a través del universo y que, recogidas en impresionantes estructuras a
lo largo del planeta, nos están dando la llave del comienzo del universo, un
comienzo que en verdad es tan parecido al que varios textos sagrados relatan.
Pero
la ciencia no solo se acerca a las explicaciones divinas, también lo hace a las
humanas y nos asombra. Einstein predijo, a principios del siglo pasado, que en
presencia de gravedad, la luz, que no tiene masa, se desviaría. Cómo es eso
posible es una incógnita que me da que pensar que si la luz, un intangible sin
masa ni carga, se desvía en presencia de un agujero negro, no nos ocurre a
nosotros lo mismo con nuestra energía. Me explico: como cuerpo energético que
somos, emitimos energía, una parte como luz, así que lo mismo que la luz se
dobla al pasar cerca de un agujero negro, ¿por qué no se va a ver afectada la
nuestra en presencia de situaciones negativas? Sabemos además que las células
se adaptan a las condiciones negativas de nuestro entorno, preparando sus
receptores para recibir flujos distintos a los normales cuando
nuestros pensamientos son positivos.
Pues
volvemos a tener un paralelismo entre un axioma sobre lo que nos ocurre cuando
nos rodeamos de cosas y gente negativa, y un descubrimiento científico. Odiar y
tener rencor es un acto que nos desvía, nos dobla, de nuestra conducta natural como humanos, como seres que
en millones de años de evolución han desarrollado unos mecanismos de defensa
superiores, más elevados, que no contemplan lo que les rodea como una resta,
sino como una suma infinita. Cada vez que tenemos un pensamiento negativo, nos
acercamos a nuestro ser primitivo, nos colocamos del lado de la supervivencia,
de la necesidad de ser fuertes para sobrevivir en un entorno hostil. Cuando
caminamos felices y perdonamos, nos acercamos al ser superior que podemos ser,
el que nos lleva a alcanzar la plenitud de la existencia, en la que nosotros y
los demás son uno, sin competencia. Alcanzando ese estado de gravedad cero, en
el que no atraemos nada, nuestra luz viaja recta y libre hacia el infinito, y
nuestro cuerpo, ese efímero armatoste que nos sirve de excusa tangible para
viajar por el tiempo, es lo que tiene que ser. Así lo entendieron mis amigos y
así he intentado explicarlo.
Pensar
así no es una carga que nos retrasa, no es un acto de fe; la ciencia no nos
aleja de nada de esto, nos acerca de la mano a la gran pregunta de: Y al principio de todo, ¿qué? Así que,
emulando a Galileo Galilei, ante la Inquisición de quienes creen que nada de
esto tiene sentido, yo diré: "Y sin embargo, se dobla".
Santos
Gutiérrez©

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