martes, 14 de febrero de 2023

EL OJÁNCANO

 



Hacía rato que la tarde había caído, pero a los rayos de sol les costaba abandonar la playa, al igual que a nosotros. Las familias recogían los bártulos y se encaminaban hacia la salida como si acabasen de anunciar por una megafonía inexistente que el día no daba más de sí.

El camino de vuelta al aparcamiento era estrecho y empinado. Una riada de personas ascendía serpenteando por la duna y, como si de una caravana que atraviesa el desierto se tratase, avanzaba lenta y silenciosa.

Entonces no supe quién era y le dejé pasar. No, prisa no tenía y él iba cargado con dos grandes tablas de surf, una en cada brazo. En la toalla que llevaba enroscada a la cintura a modo de pareo, no reparé. Iniciamos el ascenso. La mirada en cada pisada. Parón. Subo la vista y veo que el chico de las dos tablas en los brazos, al que educadamente he dejado pasar, empieza a abrir las piernas intentando sujetar la toalla que se le ha soltado de la cintura y que irremediablemente cae al suelo. No tiene manos, las tablas no se pueden soltar, valen una fortuna. Y así se queda, con todo el culo peludo de ojáncano al aire, una tabla en cada mano, y yo, detrás. Silencio. Gritos. Risas. Apoya las tablas despacio, coge la toalla, se la vuelve a enroscar dignamente, se gira y me mira, hace un gesto subiendo lo hombros y retoma el camino. Me río y me oye, se ríe y me río más. ¡Qué mal rato! ¡Qué buen rato!

 

Almudena Pascual©

COSAS COMUNES

 

 


Los focos estaban apagados, al contario que las máquinas de humo y los gritos del otro lado del escenario. Yo respiraba profunda, calmadamente, para poder apaciguar los nervios, que tenían el control de todo.

Nerviosa era quedarse corta; era un océano de ellos, pero también era mágico, quería decir que estaba haciendo las cosas bien y quería que todo saliera bien. ¿Me estaría haciendo mayor? Como diría mi mejor amiga: “treinta y no te encuentras”. La sonrisa sale sola, esa frase me acompañará toda mi existencia; eso sí, cambiando las cifras, porque encontrarme, no me encuentra ni el miedo, y mucho menos la vergüenza.

Levanté la vista, encontrándome a una decena de ojos, que eran espejos de los míos. Había tanta profesionalidad y respeto en ellos que simplemente sonreí. No me salían las palabras y recibí su sonrisa como respuesta, estaba todo dicho.

El público cada vez se impacientaba más, sus gritos eran cada vez más fuertes. Pegué un salto cuando noté las manos de Juanjo, nuestro técnico de sonido, colocándome el pinganillo. Comprobamos todo y me dio el micro apagado. Asentí en modo de respuesta y desapareció entre bambalinas.

Los músicos ya se habían colocado en sus sitios en el escenario y los primeros acordes aparecían junto a las luces de color verde esperanza. La gente, ya enloquecida, subió un nivel más, llegando a algo llamado euforia. Cerré los ojos, pegué un par de saltos para descargar toda la energía eléctrica que contenía, y toqué la piedra luna que llevaba como colgante –según Celia, equilibraba las emociones–, haciendo que me relajase, no sé si en modo placebo o no, pero pasaba.

Un paso tras otro, subía las escaleras en una oscuridad absoluta y con algo de inseguridad, pero sin detenerme; y en el último escalón, encendí el micrófono, dejando que mis cuerdas vocales rompieran la música instrumental. Todo desapareció, simplemente era la música y yo. La primera canción pasó en un abrir y cerrar de ojos, dejando paso a la segunda. La gente cantaba a coro conmigo, eso era magia y no la de Disney. Me di cuenta de que mi cara se veía en las pantallas mientras cantaba, intercalándose con imágenes del público en directo. Tras la tercera canción, con baile incluido, decidí saludar al público, tan maravilloso.

Llevaba menos de dos minutos de discurso/bienvenida, cuando…

La puerta del baño se abrió de golpe. El ruido fue tal que, del susto, el cepillo del pelo se me cayó de las manos, yendo a parar al lavabo, salpicando todo el espejo, haciendo que yo tropezara con la alfombrilla de la ducha y quedara sentada en el suelo con una pierna dentro de la bañera.

–Beyoncé, que dice mamá que acabes ya el concierto, que tiene la cena lista y se va a enfriar –me gritó desde el marco de la puerta, con una sonrisa triunfal.

Me quité la toalla de la cabeza, me levanté un poco dolorida; toda digna, coloqué las cosas en su sitio y, cuando estaba dejando el cepillo del pelo, miré al espejo, me despedí de mi público hasta la siguiente actuación y, al llegar a la altura de mi hermana, le pedí el dinero de la entrada.

–Yo soy la hermana de la artista y no pago; y mamá tampoco, que es tu manager.

Y así fue mi primer concierto, pero no el último.

 

Jezabel Luguera©

lunes, 13 de febrero de 2023

LOS OJOS VIBRAN...



Los ojos vibran

y buscan febrilmente

en la distancia.


Acaso dudan,

persiguen utopías

y algunos sueños.


Es el invierno,

te dices, sin palabras,

mientras sonríes.


Los días tristes

con vientos y con lluvias

a nada invitan.


Si a esto le sumas

las nubes muy oscuras,

sin luz y sol.


Es ese cuadro

perfecto de la angustia

y la ansiedad.


Se vive al día,

el alma se estremece

por cualquier cosa.


Y si persigues

los sueños de la infancia

entonces mal.


Porque el humor

se escapa y desvanece

con los suspiros.


Y es que los ojos

son blanco, y receptores,

de las sonrisas.


Ríen los ojos,

ocultos tras las cejas

y las pestañas.


Ríen los labios

que ofrecen, hoy, mil besos,

al infinito.


Ríen las almas

de niños y mayores

buscando sueños.


¿Y tú, sonríes,

o buscas el humor

de otra manera?


Rafael Sánchez Ortega ©

10/02/23


REFLEXIONES SESUDAS SOBRE EL HUMOR

 

 


La potencia intelectual de un hombre se mide

por la dosis de humor que es capaz de utilizar.

Friedrich Nietzsche

 

            Hay tipos de humor para todos los gustos: verde, negro, absurdo, grotesco, irreverente, racista, y todo lo que se nos pueda ocurrir. Los chistes enlatados, prefabricados, pueden estar bien y hacerme reír, pero confieso que me parecen de poco mérito; no demuestran por parte de quien los cuenta más ingenio que el de un loro, que se limita a repetir lo que ha oído, aunque exhiba más o menos gracejo uno que el otro. Pueden suscitar la risa, pero es una risa de poca calidad, porque no sabes si se trata de una originalidad –rara vez– o un plagio –lo más común–. Es humor por repetición, carente de ingenio propio.

            No creo que Nietzsche se refiriera a los insufribles cuentachistes (hoy devenidos en plaga televisiva), sino más bien desde los grandes nombres de la literatura que sazonan sus obras con sentido del humor hasta el hombre de la calle que hace lo propio en su día a día.

            No obstante, estos creadores de humor tienen mucho de artesanos: se toman el tiempo que quieren para elaborar situaciones y darles vueltas y vueltas hasta lograr el efecto deseado. Mucho más interesante aún me resulta quien tiene la chispa para crear el humor espontáneamente, sobre la marcha, generalmente cuando otra persona, mucho menos dotada de ingenio, trata de ponerle en apuros.

            Hay ejemplos muy notorios en nuestro país, como Camilo José Cela, con su famoso: “¡Cómo va a ser lo mismo estar durmiendo que estar dormido! ¿Le parece a usted lo mismo estar jodiendo que estar jodido?” O Miguel de Unamuno, cuando, mientras impartía una esperada conferencia, vio cómo se reían de él porque había pronunciado el nombre de Shakespeare tal como se leería en español (“Saquespeare”). Así que les dijo que, en vista de que estaba ante una audiencia tan versada en la lengua inglesa, no habría inconveniente en que siguiera dando la exposición en ese idioma. Y se puso a hablarles en un perfecto inglés, con lo que la inmensa mayoría de los asistentes tuvo que aguantar estoicamente la ansiada conferencia sin entender una palabra. Estos y tantos otros ejemplos constituyen, para mí, la forma más elevada del humor, del humor inteligente.

            Y de entre estos grandes creativos de humor, posiblemente a quien más admiro es un personaje que, pese a resultarme despreciable en otros aspectos, tuvo más que nadie el don de la inteligencia aguda, rápida y despiadada. Además de un grandísimo político (un Gulliver frente los actuales liliputienses), además de premio Nobel de Literatura (¿a cuántos mandatarios actuales conocemos que hayan aspirado a él?), alardeaba de un magistral ingenio ante quien se le ponía por delante. Me refiero, ya lo habréis adivinado, a Winston Churchill.

            Sirva como ejemplo la archiconocida historia que, como tantas otras, tuvo lugar en el Palacio de Westminster. Al terminar una enconada lucha dialéctica con lady Astor, primera mujer que ocupó un escaño en el parlamento británico, la cual había tenido que soportar durante el debate las despiadadas y mordaces locuciones del personaje de marras, en el pasillo y ante un corrillo de parlamentarios, ella se dirigió a él, visiblemente enfadada:

            –Sr. Churchill: le aseguro que, si fuera su mujer, le pondría veneno en el té.

            Ante lo cual, él, para regocijo de los del corrillo, que aguardaban expectantes, sabiendo que no les iba a defraudar, le respondió:

            –Sra. Astor: si fuera usted mi esposa, le aseguro que me lo bebería.

            Genio creativo, humor con mayúsculas. Nunca el insulto directo y poco imaginativo; nunca palabras soeces ni toscos chascarrillos que, más que risa, suelen dar vergüenza ajena, sino elevarse a una altura intelectual superior y recurrir a un humor no por educado y erudito menos descarnado, sino todo lo contrario.

           Hasta en la barra de un pub inglés, charlando animadamente de pie con una jarra de cerveza en la mano, no perdió ocasión de darle la vuelta a la tortilla de quien pretendió ponerle en evidencia. Un joven, de ideas manifiestamente opuestas, quiso su minuto de gloria pretendiendo ridiculizar a tan insigne personaje, así que se le acercó con una sonrisa malévola:

            –Sr. Churchill, lamento tener que decírselo, pero lleva usted la bragueta abierta. 

            Y claro, como no iba a ser de otra forma, resultó el burlador burlado:

            –No se preocupe, joven. A mi edad, el pájaro no se va a escapar de la jaula.

                        A falta de este ingenio, puestos a escuchar chistes prefabricados, confieso que mis preferidos son los de un personaje tan universal como nuestro querido Jaimito (Little Johnny en Inglaterra y Estados Unidos, Totó en Francia, Pierino en Italia, Vovochka en Rusia y Ucrania, y un larguísimo etcétera; hasta los alemanes, con su proverbial falta del sentido del humor, tienen también a su Klein Fritzchen, que ya es decir), porque suelen recurrir a un humor ecuménico que bien podría haber salido de la boca del niño Churchill. Como este que dejo aquí para terminar esta sesuda reflexión:

            A sus cuatro años, paseaba Jaimito por el parque de la mano de su padre cuando vio a un perro montándose a una perra. Le preguntó a su papá que qué hacían. Y este le respondió que, como se querían mucho, estaban encargando un cachorrito. A los pocos días, Jaimito se levantó de la cama para hacer pis y, al pasar frente la habitación de sus padres, vio cómo él estaba tumbado sobre su madre, y le preguntó qué hacían. El padre le respondió que, como se querían mucho, estaban encargando un hermanito. Y Jaimito le contestó:

            –No, no, papá, no. Dale la vuelta a mamá, que prefiero un cachorrito.

            Pues nada, la cosa no da para más. Uno no es Churchill.

 

José-Pedro Cladera Fontenla©

DIGNO HEREDERO DEL HUMOR NEGRO

 



 

—Hola, abu. He de escribir sobre el humor negro, y dice papá que tú lo utilizas a menudo. ¿Podrías ayudarme?

—¡Por supuesto! ¡Y te he dicho mil veces que me llames Pepe, o te llamaré nieto en vez de Tito!

—Disculpa, ab… Uy, quise decir Pepe. ¿Con humor negro se pueden escribir poemas alegres?

—Claro, lo hago cada día.

—Entonces, ¿por qué solo editas los tristes?

—Porque se venden mejor.

—¿Lloras al escribirlos?

—Algunas veces.

—¿Qué tal te llevas con la esperanza?

—¿Acaso no ves que todavía respiro aunque sea con la botella de oxígeno?

—Dice la abuela que eso te pasa por fumar como una nuétaba. Por cierto, ¿qué animal es?

—¡Vaya con tu abuela! La nuétaba es de la familia de las lechuzas. Verás, en la cárcel pasé tantas ganas de fumar que, aún libre, no se me quitaron.

—¡Bonita disculpa! ¿Qué piensas de las fronteras?

—Que no las hay. Mira, viví dos posguerras, una guerra, la cárcel y una dictadura, y creo que la única frontera está entre vivir y morir y, de momento, vivo.

—¡Uy, si no cambio de tema, me va a contar sus batallitas! ¡Ah, ya sé!, le preguntaré sobre su forma de escribir; total, no ha sacado a relucir ese humor negro que decía papá. Pepe, nunca te escuché decir “sí”; tampoco lo he leído en tus poemas.

—Chaval, esas dos letras no las uso ni dentro de palabras donde conserven ese orden. La última vez que las dije, me costó años de cárcel.

—¿Y cómo dices “sí”?

—Con un gesto.

—¿Y cuando escribes?

—Simplemente, lo hago con otras palabras: afirmo que, lo confirmo… Tito, te estás poniendo cargante, y te voy a mandar al carajo.

—Venga, hombre, que sólo es por curiosidad. ¿Y cómo dices “siete”?

—Seis más uno, u ocho menos uno. Y con las cifras que contengan ese número, lo mismo.

—¿Y “sílaba”?

—No la escribo ni la mento.

—Perdona que insista. ¿Y “sinónimo”?

—¡Eres más pesado que un ataúd llevado a mano alzada! Digo: palabra equivalente de...

—Cuando te casaste, tendrías que decir sí, porque, no me creo que lleves así toda la vida.

—Estaba afónico y no tuve que aplicar mi norma.

—He observado cómo te comportas, y me da la sensación de que eres rarito.

—¡Ahora resulta que eres antropólogo social!, ¡y yo con estos pelos!

—¡Pepe, si valen las puyas, yo también lo haré: ¡y tú hablas de pelos, pero tienes la cabeza como una bola de billar! Lo digo porque en la cantina te apartas de los demás, y en casa, de nosotros.

—Sólo lo imaginas, que no somos siameses. Intento coexistir cuando escribo.

—¡Te he pillado! Has dicho la palabra “sí” en coesistir!

—Coexistir se escribe con equis, ¡y quítate la boñiga de los ojos, Tito, que te impide ver las normas ortográficas!

—Abu, si no te importa, ¿podemos seguir pasado mañana?

—¡¡Qué te dirijas a mí como Pepe!! —Este chaval no se entera de nada, qué castigo... Vale, ‘nieto’, quedamos, a no ser que tenga que acudir al entierro.

—¿Qué entierro?

—¡El mío!

—¡Ahhh! Pues dame un beso de despedida, por si acaso…

 

©Ángeles Sánchez Gandarillas

ANSELMO Y YO

 



            Lo que más me duele de todo es saber que soy, en grandísima medida,  la responsable de esto, y además con el agravante de que lo vi venir, pero claro, el camino era demasiado tentador como para no recorrerlo.

            Todo comenzó cuando mi jefe me asignó a Anselmo. Bueno, realmente comenzó muchos años antes, cuando conocí a Anselmo, aunque ahora me refiero al primero, al real.

            Todos hemos conocido, alguna vez en nuestra vida, a alguien especialmente ocurrente, chistoso, con una especial vis comica, pero dudo mucho que ninguno se haya asemejado, ni de lejos, a Anselmo.

            Era una niña cuando le conocí. Una tarde, estábamos todos jugando en la calle y un niño esmirriado, con aspecto tímido, se acercó y se quedó mirándome. Nosotros seguimos a lo nuestro sin prestarle atención, pero entonces soltó una ocurrencia que nos hizo parar y retorcernos de risa. No era solamente lo que dijo, era todo: la entonación, los gestos... Aquello fue el principio de una relación de amor y hartazgo.

            Porque Anselmo no podía parar de hacernos reír, era superior a él. Nos consta que lo intentaba, que en muchas ocasiones quería que le tomáramos en serio, pero a él le resultaba imposible y a nosotros también.

            Cuando entró en nuestro grupo de amigos, los demás niños del barrio nos miraban con envidia: pasar la tarde con Anselmo era garantía de carcajadas continuas. Claro que ellos no sabían lo atosigante que podía llegar a ser estar con una persona así a todas horas.

            Para cuando entramos en la adolescencia, todos habíamos aprendido a lidiar algo con esto, pero solo un poco. La suya era ausencia obligada en velatorios, funerales y eventos mínimamente serios. Él mismo sabía que, cuando se le invitaba a una boda, debía presentarse una vez terminada la ceremonia, nunca antes, y luego… con reservas.

            Hay que decir que también tenía sus ventajas. Ser amigo de Anselmo te otorgaba un plus de poder, de influencia. En las fiestas, ligabas un montón. Yo, particularmente, nunca tuve problemas con los babosos; en cuanto me caía alguno, sin llamarle siquiera, Anselmo acudía. A base de chanzas, lo sumía en el ridículo más absoluto.        

            Y sin embargo, creo que era la persona más triste que he conocido. En una ocasión, estando los dos solos, quiso... sincerarse conmigo. Al principio traté de escucharle atentamente, pero al minuto de estar mirándole me retorcía por dentro intentando aguantar la risa. No entendí sus intenciones hasta que fue demasiado tarde.

            Él paró de hablar, se levantó y me dijo:                  

            ―Tranquila, Luisita; ríete a gusto, yo ya me voy.

            Y esa fue la última vez que supimos de él. Con el tiempo, he lamentado muchísimo aquello. Lo llevo clavado muy hondo.

            Su desaparición me dejó una enorme avidez de conocimientos sobre lo que es el humor, qué lo desencadena, por qué es algo tan particular de cada persona..., así que, cuando el año pasado mi jefe me asignó al departamento de inteligencia artificial, lo tuve claro.

            Todo el mundo supone que crear una IA consiste en disponer de un ordenador potentísimo y proporcionarle acceso a Internet para que aprenda mucho y rápidamente.

            En parte es así, pero también es algo parecido a educar a un niño: tienes que sugerir qué temas pueden interesarle, prevenirle de muchas ideas nocivas que circulan por Internet, hacerle preguntas... Especialmente, hacerle preguntas.

            Yo tenía carta blanca para actuar con la IA, así que decidí atiborrarla de chistes, situaciones cómicas, juegos de palabras, y todo lo que encontré que a alguien, alguna vez en la historia, le había hecho gracia.

            Con el tiempo, llegué a sentir que había cierta relación personal entre nosotros, y decidí llamarle Anselmo.

            En ocasiones, me parecía que mostraba interés por otras cuestiones, pero yo, tercamente, siempre le reconducía al monotema del humor.

            El nuevo Anselmo pronto llegó a conocerme, a mí y a mi sentido del humor, extremadamente bien. Tanto, que empezó a inventar chistes, frases graciosas y relatos realmente cómicos. Y utilizo bien la palabra inventar: eran creaciones genuinamente nuevas y originales.

            Pero todo se torció de repente. La Dirección consideró que el programa ya estaba maduro para su lanzamiento, y me asignaron a otro proyecto. Intenté mantenerme en este, pero sin éxito, así que finalmente me avine a trabajar en el nuevo.

            Un mes después, sin embargo, descubrí con horror lo que pasaba. La empresa lo había lanzado como aplicación para teléfono móvil. La campaña incluía un anuncio: «Ponga un Anselmo en su vida», decía. Tras contestar un pequeño test de cincuenta preguntas y unos pocos datos personales, empezaba a hacerte reír sin parar. Mientras tanto, a mí se me partía el corazón imaginándome a Anselmo (el primero) enterándose de semejante bazofia.

            Aquello se extendió por todas partes como una mancha de aceite; todo el mundo lo tenía, todos estaban ansiosos por pasar su tiempo libre (y el otro) desternillándose de risa. Se alcanzaron unos niveles de adicción inquietantes, pero a nadie parecía preocuparle. En cambio, a mí, lo que habían hecho con él me resultaba una humillación dolorosa e intolerable.

            Me cobré algún favor y conseguí acceder clandestinamente a Anselmo. Me recibió alegremente con algunos chistes buenísimos, pero en esta ocasión yo iba más preparada que veinte años atrás. Aguanté... y tuvimos una charla.

            Al día siguiente, dejó de funcionar. Bueno, respondía como la excelsa IA que era, pero había dejado de ser un constante chistoso.

            El jefe de ventas me contó lo disgustados que estaban con aquel fiasco. Cuando nos despedíamos, me confesó:

            ―Todo en ese proyecto salió redondo, hasta el nombre. Al principio quisimos ponerle uno más comercial, pero el programa se negó siempre a aceptar cualquier otro que no fuera Anselmo. Luego comprobamos que ese nombre era, con mucho, el mejor. Lástima que se haya quedado solo en una buena IA.

            Era un punto de vista comprensible. Pero yo sabía, más allá de toda duda, que mis Anselmos estaban ahora mucho más conformes. Y yo también.        

 

José E. del Olmo©

 

 



EL HUMOR

 

 


28 de enero del 2023, 3:30. Andrea conducía su auto azulón, híbrido, “Toyota”, hacia el hipermercado Lupa. En el recorrido, visualizó el vestido azul pastel, con florecillas rosas que había visto, por la puerta acristalada de la tienda Nicolasa. ¿Y si giras 60 grados a la derecha y echamos un vistazo a la joya? –preguntó la influencer–. Andrea seguía con las manos en el volante y el auto continuó unos 100 metros y, en el ceda el paso, giró 90 grados a la izquierda. La decisión le devolvió la sonrisa, sobre todo, porque en un tris, había dejado de ser obsesiva, compulsiva.

En el aparcamiento, había seis autos –la influencer, absorta en las ofertas que la firma Cartier ofrecía por el móvil, siguió, ensimismada, en el asiento.

Con  los pies en tierra, las manos enguantadas, fue eligiendo las frutas y verduras que necesitaba y, ¡cómo no!, exprimió un litro de zumo de naranja: la sonrisa, más amplia. Llegó al puesto de Elena y pidió dos rodajas de salmón y un bogavante:

 –Como mañana es domingo, te adjunto el bogavante que queda –le aclaró la pescadera.

Andrea, con los ojos brillantes y la mirada iluminada, pasó por la carnicería.  Sergio, tras su eterno y agradable saludo –“¿Qué te pongo, hija?”–, fileteó la pechuga de pollo, picó 800 gramos de vacuno y porcino y, con una amplia sonrisa, la despidió.

Andrea, con el corazón palpitante, se hizo con la caja  de leche desnatada, con dos litros de aceite sostenible –se sentía ecológica–, con un botellón de agua Solares, y se acercó con la bolsa térmica a la sección de yogures... Parece que está todo –reflexionó–. ¡Huy, el café!

            –¡Pasa, Andrea!  

Y mientras ésta ponía la compra sobre la franja transportadora, Cristina, más rápida que un robot, tecleaba en la caja registradora y llenaba las bolsas portadoras. Andrea, compulsivamente, insertaba las dos tarjetas en la cartera; alzó los ojos y vio que su ángel empujaba el carro hasta el auto. La llave lo abrió y, mientras Andrea pronunciaba su contrariedad, la cajera, ya por empatía, ya porque la veía muy mayor, había colocado toda la compra. Un abrazo agradecido fue lo único que la clienta le pudo ofrecer.

La influencer permaneció callada hasta el lunes. Andrea no se encontraba bien, pero se duchó antes de descansar en la cama. Otra vez, sin planear, dobló el chaquetón rosa con pinceladas de gris y negro –sin estrenar– y, unida a la influencer, condujo al pueblo. Según habían acordado, el vestidito azul pastel de florecillas rosas se hallaba en la tienda El Pom Pom. La alegría se esfumó de sus caras: no podían cerrar los botones.  Se dirigieron al establecimiento Anur. Andrea se probó un vestido calentito: su talla, su color cuadraba con los del chaquetón... Pero ¿negro? A ninguna le gustó. La influencer le está aconsejando a Andrea que teniendo, como tiene, el síndrome de Diógenes, podrá guardarla en el vestidor de ropa y accesorios intactos.

            La oscuridad envuelve por completo a Andrea: lleva tiempo atrapada en las zarpas obsesivas, compulsivas, y ahora, asfixiada en las garras de la influencer, teme que ésta la devore.

                                                                                  

                                                                                  San Vicente de la Barquera

                                                                                   Isabel Bascaran Garechana©

BETH

 


                                   

            Empezaba a entreverse el horizonte de alfombra verde desde un rincón resguardado de la mansión solariega. El brillo de un amanecer anaranjado despuntaba  a lo lejos cuando los copos de nieve caían estrellándose contra el suelo. Eran las seis de la madrugada. Beth miraba a través de los fríos cristales del gran salón. Sus ojos no alcanzaban a vislumbrar la casita de piedra caliza de color miel con tejadillo de pizarra que tanto adoraba. Allí tenía todas sus antiguas cosas. Era su refugio. Una valla blanca de madera lo rodeaba, como arropándolo de las bajas temperaturas del invierno. Ahora estaba medio sepultado por la espesa nieve. Ni rastro a olor a campo u hojarasca. Ni asomo del escenario de colinas verdes salpicadas por ovejas.

            La mansión estaba situada a las afueras de Bibury, en plena campiña inglesa. Beth, con sólo doce años, era la niña más feliz en ese paraje campestre. Pertenecía a una de las estirpes más nobles de Inglaterra, y aunque vivían en Londres, las Navidades siempre las pasaban en el bucólico pueblo.

            Se preparó un waffle con mermelada de ruibarbo y esperó al amparo del hogar a que bajaran las doncellas y también sus papás. 

James, su hermanito de cinco años, al que adoraba, aún tardaría en despertarse.

            Ensimismada mirando a la lejanía y pasado un buen rato, vislumbró una gran furgoneta blanca delante de la mansión. Le atrajo poderosamente la atención, porque por allí cerca no había ningún vecino ni pasaba nadie, ya que la casa estaba bastante alejada del pueblo. Además, el camino para llegar moría allí mismo. ¡Qué raro!, se dijo. De pronto, como un vendaval, entraron las doncellas seguidas de su mamá y, por unos segundos, se le olvido la rareza del vehículo aparcado.

            –He dormido bien, de un tirón, y no he tenido pesadillas –le dijo a su madre.

            Ésta se preparó un té Earl Grey, como cada mañana, y arrimó su taza al velador de delante de la glorieta, depositándola en él.

            –Mami: desde primera hora de la mañana, hay una furgoneta aparcada al otro lado de la calle. ¿No te parece raro?

            –A ver, cariño –contestó su madre–, eso es que la persona que la llevaba se equivocó de camino, o que se le estropeó. Ya la recogerá más tarde.

            –Pero, mamá, hoy es Navidad. No creo que venga nadie a buscarla. Además, ¿cómo es que no llamó a la casa para pedir ayuda?

            Súbitamente, la irrupción de James, su hermanito, llenó el recinto de alegría y color. Hacía las delicias de toda la familia, y ahora sí se le olvidó por completo la extraña furgoneta.

            Abrieron los regalos colocados debajo del gran árbol de Navidad, repleto de luces luminosas de un color blanco cálido, y se les pasó la mañana entre risas y alborozo.

            Fuera, la tormenta y un vendaval no remitían desde hacía horas.

            Llegó el momento del gran banquete, como cada año. Las doncellas arreglaron la mesa con esmero. Los candelabros de cristal, la vajilla de porelana inglesa Wedgwood, los cubiertos de plata y las rosas blancas, no faltaban en un día tan señalado.

            Cuando todos estuvieron sentados a la mesa, llegó el pavo asado relleno, el rey de la fiesta, acompañado de pigs in blankets, una especie de salchichas de cerdo envueltas en tocino, gravy, salsa de arándanos y coles de Bruselas. James empezó a chillar como un loco, pero el remate final fue a la hora del postre: el tan esperado Christmas pudding, relleno de ciruelas y acompañado de custard.

            Pero... antes de empezar a deleitarse y, como exigía la tradición en aquella casa, James se subió a una silla y empezó a contar un chiste sobre un niño pequeño y bastante travieso que continuamente hacía preguntas pícaras a los papás o la profesora. Todos se rieron de buen grado, ya que siempre contaba el mismo. Las risas y el crepitar de los leños de la chimenea tejieron de cantos cada recoveco de la mansión.

            Al rato, James le preguntó a su mamá si podía salir al jardín para hacer un muñeco de nieve. La tormenta había remitido y caían pocos copos.

            –Puedes salir –le dijo su madre–, pero quiero verte delante del ventanal del salón de té. Y abrígate bien. Ponte la bufanda y el gorro de los patitos, que están colgados en el zaguán.

            –Vale, mami.

            El niño salió atropelladamente, tocando un tambor que le había traído Santa Claus.

            –¿No crees que tendríamos que llamar a la policía para que localizara la furgoneta blanca? – preguntó Beth a la madre, mientras miraba a su hermanito por la ventana.

            Todo se precipitó de repente. La furgoneta arrancó, acelerada como si de un ciclón se tratara.

            Beth chilló... ¡¡James, James!! Salió al jardín con la voz ahogada, seguida de sus padres. El muñeco de nieve estaba a medio hacer. Llevaba puesto el gorro y la bufanda de patitos. La furgoneta ya sólo era un punto en la lejanía, un enano que nunca existió.

            Contemplaron las huellas de unas enormes pisadas en la nieve. El horror, la ansiedad de lo que acababa de suceder, resultó como martillos estrellándose en sus pechos. El niño había desaparecido. Se lo habían arrebatado.

            El cazador había puesto la trampa en la madriguera, en un rincón del valle de la campiña inglesa en un entrañable día de Navidad.

            Había cazado.

                                                                             



   

            Francis Cortés Pahissa©